EL ATEÍSMO

Volver al Indice

 

            Después de tantas barbaridades históricas en torno al fenómeno religioso, ¿a quién le puede extrañar que existan personas convencidas de que se trata de un cuento chino creado para satisfacer oscuros intereses personales, políticos o económicos?  La manipulación de la experiencia mística ha sido tan brutal en nuestro pasado que muy poco de su auténtica realidad se ha llegado a contar en las páginas de la Historia.  El ateísmo, en cierta manera, es una lógica respuesta a las grandes mentiras encarnadas en los movimientos religiosos, es un intento de negar la falsa espiritualidad y de denunciar los intereses escondidos tras las doctrinas, es una extrema oposición a esa religiosidad manipulada, una negación de la existencia de todo lo divino.

            Para el ateo dios no existe, y para la persona creyente dios existe por que su percepción y su fe así lo testifica.  Si aplicamos lo expuesto en el capítulo “Creer o no creer, dos extremos de una variable”, observaremos que entre el ateo y el creyente existe un inmenso espacio inexplorado, donde podemos empezar a realizar un análisis más objetivo, en vez de inclinarnos por la cómoda opción de los extremos.

            Las interpretaciones que siempre se han hecho de los fenómenos espirituales han sido tremendamente subjetivas y extremistas, además de estar manipuladas por los intereses de quienes las manejan.  Estas manipulaciones interesadas fueron el principal pretexto del que se valió el ateismo para arremeter contra la religiosidad hace unas cuantas décadas.  La brutal represión que las fuerzas de la izquierda aplicaron sobre ciertas manifestaciones religiosas en muchos de los países donde llegaron al poder, se asemeja a la brutal represión que las fuerzas eclesiásticas aplicaron sobre la sexualidad porque la consideraban pecaminosa.  Y de la misma forma que no se pudo destruir ni acallar el tremendo impulso vital sexual a través de siglos de represión, tampoco el marxismo más extremista ha conseguido acallar el tremendo impulso vital que subyace tras la religiosidad.

(Espero que no se me califique de sarcástico por utilizar a menudo el ejemplo del sexo en mis explicaciones.  La vivencia sexual tiene muchos puntos en común con la experiencia mística, y nuestro pasado sexual tiene grandes semejanzas con nuestro presente espiritual). 

Todas las pulsaciones de vida en el ser humano, nos gusten o no nos gusten, son patrimonio nuestro, y en ellas se manifiestan nuestra vitalidad; el negarlas o el reprimirlas supone reprimir parte de nuestras posibilidades vitales.  Y una sociedad reprimida es una sociedad privada de las riquezas humanas que le correspondería vivir.  No considero arriesgado afirmar que los países socialistas, a causa de su excesiva represión de la espiritualidad, no se desarrollaron como otros países donde hubo una mayor permisividad religiosa.  Sé que hay muchas otras explicaciones para este hecho de gente más experta que yo en temas sociales; pero, aun así, me atrevo a no considerar una casualidad que sean precisamente los Estados Unidos el país más desarrollado del mundo y a la vez el más permisivo en la dimensión espiritual, donde más sectas se han asentado y donde más están floreciendo.  No quiero decir con esto que Norteamérica sea un paraíso, han tenido problemas muy graves con las sectas y los seguirán teniendo, esto es la consecuencia de un régimen de libertades tan amplio como el que tiene, es un precio que han de pagar todos los países que abran sus puertas a la libertad de culto.  Pero, en el caso de los Estados Unidos, es un precio pequeño para el gran rendimiento que en mi opinión están obteniendo de toda la actividad espiritual que se desarrolla en su seno. 

No quiero dar a entender al decir esto que las personas que no sean religiosas tienen mermadas el uso de sus facultades humanas, no es así si no se desea religiosidad alguna en la vida de uno.  Existen otras formas de evolucionar espiritualmente fuera de la religiosidad.  Resultarán mermadas las facultades del individuo que sienta impulsos religiosos y no pueda desarrollarlos.

El ateísmo es una postura tan respetable como otra cualquiera, siempre que no pretenda imponerse a los demás.  Tan desastroso resultó la persecución de infieles siglos atrás, cuando eran llevados a la hoguera por no ser creyentes, como cuando hace unas cuantas décadas también podías ser quemado, con iglesia y todo, por el solo hecho de ser creyente y encontrarte rezando dentro.  Gracias a que en la mayoría de los países desarrollados hoy en día pueden los creyentes ejercer el culto que se les antoje, sin sufrir persecuciones a la antigua; y los ateos pueden vivir sin dioses a sus anchas, alejados de esas extrañas entidades divinas que tantos conflictos sociales han provocado (y continúan provocando), y sin peligro de ser captados por unas sectas de fanáticos cuyas creencias no van con ellos.

Aunque si yo fuera ateo, y me interesara por la vida interior, no estaría muy seguro de no acabar seducido por alguna secta.  Pues las sectas más avispadas, conociendo la gran cantidad de adeptos potenciales que encierran las filas del ateísmo, suelen cambiar el nombre de “dios” por otro que no recuerde viejas tragedias históricas.  Y así nos encontramos en estas modernas vías espirituales con: “el poder supremo”, “el gran espíritu”, “la energía cósmica”, “la gran armonía”, etc.  Calificativos diferentes para un mismo dios, para una misma vivencia religiosa, en la mayoría de los casos.

            Aunque también es cierto que según el calificativo que se le dé a dios, la forma en que se le invoque o la doctrina que lo acompañe, influye en los efectos que provoca en sus seguidores.  Parece ser que nuestra actitud ante la divinidad, y las características que le apliquemos, es esencial para obtener sus gracias o sus desgracias.  Por ejemplo: si creemos en un dios generoso que regala beneficios a raudales sin tener que realizar grandes sacrificios, obtendremos de él más satisfacciones que si creemos que se trata de un dios que aplica su justicia implacablemente aplicando castigos a diestro y a siniestro a la menor violación de sus severas leyes.  La creencia influye notablemente sobre la experiencia.  Quien cree que el sexo es pecado difícilmente lo podrá disfrutar, la culpa aniquilará su goce sexual, o incluso puede convertirlo en dolor.  La fe también modifica o trastorna las vivencias espirituales más intensas y naturales del ser humano.

            Por ello, aunque la vivencia espiritual de la divinidad sea en esencia feliz, las diferentes creencias la moldean a su gusto.  Los practicantes del culto al sol seguro que tendrían una vivencia de la divinidad mucho más cálida que los adoradores de la luna.  Las características de cada deidad influyen en las vivencias místicas de quienes creen ellas.

            Así que acabamos de descubrir un doble juego: estábamos viendo que tanto las interpretaciones como las explicaciones que nos damos sobre las vivencias espirituales pueden ser erróneas, y ahora observamos cómo esas aptitudes mentales influyen y moldean la experiencia espiritual. 

            Un doble juego que puede dar pie a otro argumento para justificar el ateísmo, pues, si nuestra percepción de dios depende del dios en el que creamos, parece evidente que todo el conglomerado de creencias y de experiencias religiosas que existen son creaciones de nuestra mente.  Más, volviendo a utilizar el símil del sexo, sabemos que existen infinidad de fantasías y de sensaciones sexuales, y no por ello negamos la existencia de la energía sexual.  Probablemente el ateísmo no se equivoque al negar la existencia de dios, pero negar la existencia de lo divino, de lo sagrado, equivaldría a negar la existencia del sexo por el mero hecho de en cada persona se viva de forma diferente.  La gran diversidad de cultos es semejante a la gran diversidad de formas que las personas tenemos de vivir nuestra sexualidad, el hecho de que las creencias moldeen el fluir espiritual del hombre no nos da derecho a negar la existencia de esa energía tan especial.  Nadie niega hoy en día la existencia del fluir sexual porque la mente de cada persona lo moldee a su manera.  Fue cuando eliminamos los tabúes del sexo cuando empezamos a ver claro nuestra dimensión sexual.  Por lo tanto, cuando la divinidad deje de ser tabú en las diferentes culturas, empezaremos a ver claro nuestra dimensión espiritual.

            A poco que uno estudie mitología sin prejuicios religiosos, acaba sacando la conclusión de que desde el culto al sol, pasando por los diferentes dioses de los panteones de las diversas culturas del mundo, hasta los dioses infinitos, son creaciones de la mente humana.  Así como también se puede  observar cómo la propia mente moldea la vivencia espiritual del creyente según crea en un dios o en otro.  Pero la magnitud de las vivencias espirituales, así como las sexuales, necesita de una energía esencial, sagrada, divina, espiritual, igual que detrás de la compleja sexualidad de los seres humanos existe una energía básica sexual.  Freud nos indicó que las vivencias religiosas se producen por una sublimación de la libido, de la energía sexual.  Según él se trata de una misma energía que toma un curso espiritual en unos casos o un curso sexual en otros.

En nuestro paseo por el interior de las sectas iremos en busca de esa energía primigenia, necesitaremos sumergirnos con el bisturí de la razón por los terrenos prohibidos de las divinidades, a sabiendas de que nos vamos a encontrar con los tabúes divinos por todos los caminos espirituales, señales de peligro que nos indicarán la inconveniencia de continuar adelante so pena de correr grandes riesgos.  Vamos a necesitar cierta valentía para continuar.  Recorrer el camino entre el ateísmo y la fe nos va a exigir un esfuerzo extra, pues necesitaremos adentrarnos en el territorio de los dioses donde nos encontraremos con los tabúes religiosos.  Y conviene recordar que cada vez que nos encontremos con ellos, sentiremos una resistencia para avanzar, una prohibición irracional de seguir adelante, pues el tabú no sólo reside enraizado en lo más profundo de las culturas, sino también en lo más hondo de nosotros.