EL RACISMO SECTARIO

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No cabe duda de que las pasiones y los instintos más bajos del hombre, disfrazados muy a menudo de virtud, campan a sus anchas por los caminos espirituales.  La persona religiosa ―creyente muy a menudo en realidades que tienen muy poco de reales― puede llegar a no aceptar sus bajos instintos, lo que le llevará a reprimirlos, a esconderlos, a disimularlos, o incluso a justificarlos.  El complejo impulso del racismo es un compuesto de varias pulsaciones psicológicas no gratas para los viandantes espirituales.  En mi opinión, su principal componente es el de la violencia.  Incluso me atrevería a asegurar que el racismo es una válvula de escape de la agresividad, una justificación más para agredir, otro pretexto para atacar, en este caso al distinto, a quien no es como los demás.

Yo he vivido las dos caras del racismo en mi pasear por las sectas, sin llegar a vivir la violencia física.  Por un lado he sido miembro de clanes de “elegidos para la gloria”, menospreciando al resto de los mortales (la mayoría de creyentes así se sienten: miembros del pueblo elegido por el creador), y por otro lado he vivido el desprecio de los demás por ser precisamente un sectario.  Estas posturas surgen imperceptiblemente en las conciencias.  Existe alguna especie de instinto que insta a defender al clan y a atacar al resto, supongo que para defender del extraño al grupo homogéneo, a la familia, a la nación, al conjunto de seres semejantes.  El ataque al distinto debe de estar impulsado por algún instinto destinado a la perpetuación de las especies, de las razas.  Es un rechazo hacia quienes no pertenecen al modelo ideal de persona que persigue el grupo, la sociedad o la nación.  Debido a mi delgadez, yo he sido despreciado muy a menudo durante toda mi vida por no dar la talla del macho típico.

Las enormes diferencias ―virtuales en muchos casos― que se viven en las sectas, propician sentimientos de elite que son un caldo de cultivo ideal para que surja en ellas el racismo.  Pero, como se trata de grupos o sociedades que persiguen la virtud, les cuesta reconocer sus propias miserias, y tienden a ocultarlas; sin darse cuenta de que es mucho más honesto reconocer nuestro instinto racista que no reconocerlo.  El espíritu racista invade a la mayoría de las sectas por mucho que quieran negarlo y prediquen lo contrario.  En los casos de las sectas más radicales ―no por ello menos abundantes― nos encontramos con un notable sentimiento de raza, sociedad o grupo especial de elegidos para la salvación del mundo.  En las vías de realización más tolerantes con la diversidad de caminos espirituales, no se aprecia tanto este fenómeno, pero cuando profundizamos en el interior de sus doctrinas, lamentablemente, solemos encontrarnos con alguna cláusula que declara su categoría de única forma de salvación, pretexto suficiente para creerse miembro de la única elite divina que reside en al tierra; distintivo suficiente para sentirse con derecho a ciertos privilegios divinos, negados al resto de los mortales.

El hermanamiento que siempre se produce entre los creyentes de una misma fe, práctica esotérica o religión, produce una sensación de familia, de elite.  Aparte quedan los demás, los extraños infieles; que serán aceptados en la familia divina siempre y cuando cambien sus creencias por las de la secta y comiencen a compartir con ellos las experiencias sagradas en secreta complicidad. 

            Las creencias compartidas producen en el grupo sectario o sociedad religiosa un fuerte sentimiento de raza elegida, que sumado a la experiencia religiosa, presencia de lo divino sentida y compartida por el grupo, da como resultado la fe en una doctrina irrebatible avalada por el cielo.  Aunque a la vuelta de la esquina les esté sucediendo lo mismo a otro grupo con una doctrina que contradice la anterior.

            Este tipo de racismo “avalado por lo divino” lo encontramos a lo largo de la Historia en infinidad de ocasiones acompañado de una brutal violencia.  Muchas de las sectas que llegaron al poder en las diferentes naciones, religiones dominantes hoy en día, consiguieron su triunfo sobre las demás a base de una violenta pasión racista.  Su brutal fanatismo les llevaba a obligar a los infieles, que no se dejaban convencer por las buenas, a cambiar de fe por las malas, y si aún así no se dejaban convencer, se les cortaba la cabeza.  Así se terminaba con la ingrata existencia de un demoniaco hereje para los de un lado, y se creaba un santo mártir para los del otro.  Esta cómica situación no dejaría de resultar graciosa si no fuera por la cantidad de guerras que ha provocado y de la sangre inocente derramada por su causa.

Aunque hoy en día, en nuestra civilización mucho menos sanguinaria,  las sectas no se comporten tan violentamente, podemos observar en su interior las semillas que tiempo atrás produjeron un sinfín de barbaridades y actualmente crean problemáticas situaciones de índole racista.  El principal origen de todos estos males es la tremenda obsesión por convencerse y querer convencer a los demás de que la divinidad está exclusivamente de una parte, que es propiedad privada de unos pocos elegidos.  Así observamos a los ejércitos de salvación, con el supuesto supremo poder divino de su parte.  Razas elegidas, algunas milenarias, individuos destinados a ser los únicos que se salvarán de sus particulares invenciones apocalípticas.  Desfiles de diferencias que dejan bien claro a la vista que no son iguales que sus hermanos.  Diferencias de sectas modernas, llamativas, novedosas, y otras centenarias, ancladas en la cultura de los pueblos.  Trajes diseñados para distinguirse.  Peinados, afeitados, rasurados, maquillados; el caso es marcar bien la diferencia.  Saludos especiales entre sus miembros, bendiciones homologadas, frases que sólo ellos los predestinados entienden, palabras de su idioma particular.  Son la elite de los elegidos por dios porque en sus reuniones viven lo que todo ser humano puede vivir o porque su fundador vivió lo que ya no consiguen vivir ellos.  A estas marcadas diferencias se añaden las costumbristas, los rituales sagrados, las formas de vivir, los comportamientos, la imagen social.  (Cuanto menos se vive la santidad más hay que aparentarla).  Hay que marcar bien la diferencia, que se vea lo que no existe, que se note que son los elegidos, ya que como nadie los eligió en realidad, se eligen ellos.  Hay ya tantas sociedades, razas o religiones de elegidos, todas diferentes, todas asegurando que son las auténticas y que las demás son un fraude, que uno llega a sentirse muy a gusto sin pertenecer a ninguna de ellas.

El grado de hermanamiento racista entre los individuos sectarios a veces es tan espeso que hasta se puede palpar.  El parecido entre sus miembros, dejando aparte las diferencias materiales y costumbristas, suele resultar muy notable: tienen la misma sonrisa, los mismos gestos, el mismo tono en el habla, hasta su mirada es semejante, parecen todos cortados por el mismo patrón, hijos de la misma madre y miembros de una familia bien avenida.

Entidad familiar siempre dispuesta muy gratamente a admitir nuevos miembros.  Son familias que acogen a los desamparados de la vida como hijos adoptivos, (digo como hijos porque siempre suele haber algún padre o alguna madre de por medio).  El hermanamiento suele ser muy real, muchas familias quisieran para sí la afectividad que se derrocha en las sectas, de hecho es uno de sus grandes atractivos, sobre todo para quien haya vivido un desengaño amoroso o tenga carencias emocionales, allí tendrá a unos nuevos hermanos que lo llenaran de amor y lo admitirán en la elite de los elegidos.  ¿Se puede pedir más?  El problema le vendrá cuando decida abandonar la secta, entonces sus amados hermanos ―ya menos amorosos― le dejarán bien claro que eso no se hace. ¡Con todo lo que ellos han hecho por él!  Incluso puede que le  amenacen.  Por ello, yo aconsejo, que en el proceso de hermanamiento, indispensable en muchas sectas, no se pase del parentesco de primo lejano.  Puede ser que ese parentesco no dé acceso a los secretos más profundos que la secta tiene reservado para los hermanos más entrañables, pero al menos se tendrán menos problemas para salir de tan divina familia cuando desee hacerlo.

Otro aspecto que nos delata el racismo de este tipo de grupos o sociedades es el hecho de que sus miembros suelen pertenecer a una misma clase social; y así tenemos sectas de pobres y otras de ricos, sectas de jóvenes y otras de ancianos, sectas de intelectuales y otras de personas de baja cultura, sectas de políticos, de dirigentes sociales y de empresarios.  Podríamos exceptuar a las religiones oficiales, pues acogen a todas las clases sociales incluidas en su nación, pero si afinamos la atención, veremos grupos que actúan como sectas dentro de la religión, y en ellas se afilian miembros de una misma clase social.

De nuevo vuelvo a tener que denunciar un nuevo contrasentido: si la secta está destinada a acoger a todo ser humano como entidad salvadora de toda la Humanidad ¿cómo es posible que sus miembros pertenezcan exclusivamente a una clase social?  Volvemos a encontrarnos con que los bajos instintos, en este caso racistas, superan a la buena voluntad de los individuos.

Cuan a menudo las aspiraciones espirituales quedan truncadas por las miserias humanas.  El racismo es una tumba que se labran las propias sectas.  Cuando el progreso espiritual del hombre exige una apertura constante a los demás, y se vive un encerrarse en el elitismo, el empobrecimiento espiritual es inevitable.  Se encierran en sí mismos para enriquecerse espiritualmente y consiguen lo contrario.  Algo que cualquiera puede apreciar.  Es tan corriente que la miseria humana del racismo invada a las sectas, que hoy en día ya nadie se sorprende al ver las miserias de los hombres en los caminos de los dioses.