LA RELAJACIÓN

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            Relajarse se está convirtiendo en una necesidad para quienes habitamos en los países desarrollados.  El estrés nos obliga a buscar la manera de aliviar nuestras tensiones internas.  La agitada vida occidental está creando un aumento de la demanda de procedimientos para tranquilizarse.  Existen innumerables métodos de relajación, desde los típicos caseros que cada cual se busca después de una jornada ajetreada, hasta los más sofisticados que necesitan de todo un complicado método difícil de aprender.  Algunos de estos métodos se basan en concentrase tanto en el ritmo relajante de una suave música como en una monótona voz que te invita a aflojar el cuerpo, o fijar la atención en un ritmo biológico, como puede ser el de la propia respiración.  Otras formas de relajarse se basan en un elevado control mental que te obliga primero a tomar conciencia de todas tus tensiones, habitualmente inconscientes, y a aflojarlas después una por una.  De la imaginación también se hace uso, visualizar que salen las tensiones de nuestro cuerpo o soñar despierto que se está en una playa de las Bahamas puede resultar muy relajante.  Y otros métodos, los más cómodos, son los llevados a cabo por terapeutas, donde sólo tienes que dejarte relajar.

            No cabe duda de que la relajación está siendo muy aceptada y solicitada en la actualidad, incluso está admitida como la ideal forma de descanso.  Y aprovechando esta popularidad, muchas sectas anuncian su método particular de relajación como gancho para captación de adeptos.  Recordemos que todas las formas de meditación, en sus fases previas, necesitan de una relajación física y mental, y que el adentrarse en la meditación conlleva a su vez una profunda relajación.  Por ello las sectas que trabajan con las meditaciones saben bastante de relajarse.  También existen gabinetes de terapeutas, escuelas o métodos dedicados exclusivamente a  la relajación, que en muchas ocasiones no son otra cosa que imitaciones de las técnicas relajantes utilizadas por las expertas sectas.  Pero el dedicarse exclusivamente a relajarse implica otro tipo de complicaciones y peligros dignos de estudiar.

            Calificar a la relajación de peligrosa, cuando está aceptada popularmente como un método muy beneficioso e inofensivo, me hace arriesgarme a ser calificado de maniático obsesionado en ver peligros donde no los hay.  Pero continuando en mi empeño por denunciar peligros donde ―bajo mi punto de vista― los haya, no voy a silenciar los que conlleva la relajación, a pesar de jugarme la credibilidad de mis argumentos que la gran cantidad de adeptos de la relajación no perderán oportunidad de poner en duda.

            Las tensiones inconscientes que albergamos en nuestro cuerpo están ahí por algo; no es un capricho de nuestra naturaleza que podamos manejar a nuestro antojo.  Las investigaciones más serias nos indican que las tensiones inconscientes son producidas por las prisas vividas a diario, por grandes responsabilidades, por conflictos internos, por nuestras propias contradicciones, así como por deseos frustrados, represiones, traumas, miedos, etc.  Estas situaciones, mantenidas durante tiempo, acaban generando una contracción muscular permanente que pasa inadvertida, como tantas anormalidades que vivimos y no sentimos por ser habituales.  El inconsciente es el saco donde echamos todos los problemas, que no podemos o no queremos resolver, para olvidarnos de ellos; actitud que todos utilizamos cuando nos negamos a digerir ciertos acontecimientos ante los que sentimos rechazo o porque sencillamente desbordan nuestra capacidad de digerir. 

Esto sucede en especial en la infancia, donde nuestra capacidad de asimilar intensos acontecimientos es mínima, y nuestro inconsciente hace un abundante acopio de las experiencias traumáticas que desbordaron nuestra pequeña capacidad de asimilación.  Estos conflictos psíquicos se reflejan en el cuerpo en forma de tensiones inconscientes.  En los circuitos bioenergéticos de las redes que entrelazan los chacras podemos observarlos como nudos que cierran el paso de la energía psíquica. 

No es de extrañar que se hagan grandes esfuerzos por erradicar esta anormalidad biológica, pues la mayoría de las enfermedades corporales son producidas por tensiones inconscientes que atrofian la parte de nuestro organismo donde se ubican, no permitiendo que la fuerza de vida se manifieste plenamente, debilitando nuestro sistema inmunológico.  Y si a esto le sumamos la agradable sensación que se produce cuando nos relajamos, cuando soltamos tensiones que llevamos años soportando, la relajación se nos presenta como una panacea digna de tener en cuenta.

No obstante, todas las partes de nuestro ser están unidas de forma interactiva: lo que sucede en una zona de nosotros, se manifiesta en las demás.  Lo que sucede, por ejemplo, en nuestra mente se manifiesta a la vez en nuestro cuerpo físico, en nuestro cuerpo bioenergético, emocional, espiritual, etc.  Somos una unidad de diferentes partes que siempre actúan de forma conjunta; por lo tanto, si manipulamos las tensiones inconscientes, estaremos manipulando también, todos los otros aspectos de nuestra persona que guardan relación con dichas tensiones.  Pretender unilateralmente eliminar las  opresiones inconscientes de nuestro organismo, sin tener en cuenta la relación que mantienen con los otros niveles de nuestro ser, es un error que se puede llegar a pagar muy caro.  Recordemos que la tensión inconsciente es la solución más efectiva, que nuestro sofisticado sistema cibernético personal ha elegido, para apartar de nuestra conciencia ese problema al que nosotros no le dimos solución y deseamos olvidar.  Si no fuera por ese sistema de almacenar en el inconsciente esas situaciones conflictivas sin resolver, no podríamos vivir, desbordados por los acontecimientos que sobrepasan nuestra capacidad de asimilación.  Y mientras no estemos en disposición de asimilar aquello que tiempo atrás arrojamos al olvido sin digerir, será mejor no pretender manipular esa tensión corporal testigo de la represión afincada en la memoria inconsciente.  Porque lo que nos sucederá es que, al expulsar del cuerpo la tensión, expulsaremos también del inconsciente el conflicto que la provoca, y nos encontremos en la actualidad con aquella desagradable y dramática situación que echamos en el saco del olvido hace mucho tiempo.

            No debemos de olvidar que somos nosotros quienes nos producimos las tensiones inconscientes con nuestra determinación de arrojar a la inconsciencia esa tensa situación que no resolvimos.  Cada tensión corporal se corresponde con alguna tensión psicológica no resuelta de nuestra vida; y fue nuestra decisión de huir de ella, de olvidarla, la que la hizo inconsciente.  Tal es la fuerza de voluntad que pusimos en el empeño de arrojarla al inconsciente que, sólo quienes se adentran en las profundidades de la relajación, saben de la insistente persistencia de las tensiones inconscientes más importantes; su relajación definitiva exige de una gran paciencia diaria, y cuando se consigue despacharlas de la zona corporal donde se encuentran, en ocasiones, observamos como esas tensiones se han desplazado a otra zona de nuestro cuerpo.  Al final, si se utiliza un buen método de relajación, se acaba por expulsar la tensión del cuerpo y uno termina experimentando un aumento del bienestar fisiológico.

Y es entonces cuando empieza la fiesta.  Por nuestro cuerpo corren energías renovadas, y, pletóricos de euforia, nos solemos olvidar de que la mente y el cuerpo trabajan en régimen interactivo; por consiguiente, si hemos despachado del cuerpo una tensión inconsciente, también hemos expulsado de nuestro inconsciente esa tensa situación, donde se encontraba muy tranquila, haciéndonos la puñeta, pero, al menos, sin darnos cuenta de ello.  Ahora, la experiencia reprimida se encuentra fluctuando por nuestra conciencia y tenderemos a revivirla, y como no estemos atentos a ello y en predisposición de integrarla en nuestra personalidad, probablemente volveremos a fracasar a la hora de asimilarla, y puede que de nuevo la arrojemos al inconsciente con mayor fuerza que la vez anterior, hartos de ella.  Volveremos a tomar la misma decisión que nos produjo la tensión, pero ahora lo haremos más intensamente apoyados por la euforia energética que nos proporcionó la relajación.  Y así nos crearemos nuevas tensiones inconscientes todavía más persistentes, más intensas y dañinas, inmunizadas incluso al método de relajación que nos resultó más exitoso.

Pongamos un ejemplo: desde hace años, el vecino de enfrente nos ha causado tantos problemas y disgustos que durante mucho tiempo estuvimos sintiendo un fuerte impulso de romperle las narices.  La situación nunca llegó a resolverse, pero a fuerza de reprimir esa tendencia violenta, terminamos por arrojar al inconsciente el conflicto con el impulso agresivo incluido. Y a pesar de que nos sigue cayendo fatal esa persona, ya no sentimos esa tendencia impulsiva tan poco civilizada.  Sin embargo, observamos que nos apreciamos más tensos desde que comenzaron los problemas con nuestro odiado personaje, nuestro cuerpo ha sido invadido por diversas tensiones inconscientes.  Especialmente notamos el brazo ―que estuvo dispuesto durante tanto tiempo a dar el arriesgado puñetazo― muy poco relajado, como atrofiado.  Entonces decidimos emplear algún método de relajación, y a base de bastante esfuerzo o dinero, hemos conseguido relajar nuestro cuerpo y llenarnos de nuevas energías.  Pero, ¡sorpresa!, la situación problemática expulsada del cuerpo, liberada de la cárcel que la retenía, ahora anda libremente por nuestra vida, y un día nos volvemos a encontrar con nuestro vecino, se vuelven a producir las circunstancias que no soportamos, esta vez con mucha más tensión emocional, ya que estamos pletóricos de energía, y observamos como en nuestro brazo hay más ganas que nunca de asentar un puñetazo en las narices de la persona que tenemos enfrente.  Naturalmente, pueden suceder dos cosas: dar rienda suelta a la agresividad, lo que nos creará serios problemas con la justicia o con la respuesta agresiva de nuestro vecino (ya que si no es manco nos puede dejar peor que lo que estabamos antes de nuestra terapia relajante); o también podemos optar por volver a reprimir de nuevo el impulso, pero esta vez, como lo sentimos con más fuerza, la represión habrá de ser más intensa, y nos crearemos tensiones inconscientes tan fuertes que probablemente no podamos volver a relajar.

Por lo tanto, no conviene olvidar que relajarse ―hablando en un duro idioma esotérico― es expulsar a los demonios del cuerpo.  El problema consecuente es qué hacemos después con ellos.     

            Los métodos de relajación más serios que conozco tienen muy en cuenta este hecho.  Hay algunos, conducidos por expertos terapeutas, que primero relajan una pequeña parte del cuerpo y luego se dedican, con una paciencia de santo, durante los días siguientes, a observar las perturbaciones que el paciente ha experimentado en su vida cotidiana, ayudándole a integrarlas con algún tipo de psicoterapia.  De esta forma se intenta conseguir que la tensión inconsciente no vuelva a producirse por la misma causa. 

Las más frecuentes opresiones que experimentamos son de tipo emocional, el ocultar las emociones es una pauta general de nuestra sociedad, en esté nivel es donde más habrá de trabajar el psicoterapeuta.  Estos conflictos de relaciones personales pueden llegar a ser solucionados o mermados por la Psicología.  Lo malo es cuando se trata de los problemas transcendentales que apenas nadie nos puede resolver, como puede ser el miedo a la muerte o la falta de respuestas ante las grandes interrogantes que forman parte de la condición humana.  No saber quién en realidad somos, si hay un más allá de esta vida, hacia dónde nos encaminamos, o si estaremos haciendo lo que deberíamos; son inquietudes inherentes del ser humano que propician en nuestro fondo un estado muy poco relajado, e incluso pueden producir una angustia opresiva.

Estos conflictos, llamémosles transcendentales, ocupan las zonas más profundas de nuestro inconsciente, de tal forma que la persona que ha conseguido liberarse de las tensiones inconscientes más superficiales y aprende a aflojarse del todo, a soltar su mente y su cuerpo, a vaciarse por completo, inevitablemente acaba encontrándose cara a cara con esos conflictos.  Por ello, todo aquel que persiga una relajación profunda, tarde o temprano acabará experimentando conflictivas vivencias transcendentales.  Las escuelas de relajación no ignoran este hecho, y por ello, casi siempre, tendrán a disposición del cliente algunas convincentes respuestas preparadas para las preguntas transcendentales que van a surgir de esos estados profundos de relajación, para lo cual habrán de estar adscritos a alguna vía de índole esotérica, con doctrina incluida, mas que por el empeño de proselitismo de estas escuelas o gabinetes terapéuticos, para atender la demanda de respuesta de los clientes.  Y es ahí precisamente donde la relajación puede llegar a complicarse tanto que acabemos con mayores problemas de los que en un principio nos condujeron a aprender a tranquilizarnos.  Podremos acabar transfiriendo las tensiones de nuestro cuerpo a nuestro espíritu.  O, visto de otra manera, al calmar los movimientos de nuestra corteza cerebral emergerán las movidas transcendentales de nuestros niveles profundos, con las que nos podremos encontrar de frente, con el susto correspondiente.  Por ello, cuando estemos dispuestos a adoptar la inofensiva aptitud de relajarnos, primero habremos de tener bien claro hasta donde queremos llegar.  Nuestro empeño investigador en la búsqueda de aumentar el estado del bienestar, a través de una profunda relajación, nos puede llevar a encontrarnos cara a cara con terribles preguntas transcendentales de muy difícil respuesta. 

Claro está que ahí estarán las sectas ofreciéndolos sus respuestas particulares para todas ellas, sólo necesitaremos tener una fe extraordinaria para creérnoslas y otro tanto para seguir sus doctrinas, y de esa forma nos liberaremos probablemente de algunas de nuestras angustias transcendentales.  Pero, si bien es cierto que el creyente se libera de muchos de los miedos y de las pesadas intrigas existenciales que padecen quienes no lo son, por otro lado, sufren las consecuencias de su nueva forma de vida, de las imperfecciones o amenazas de su religión, o de las nuevas preguntas que surgen como consecuencia de sus nuevas creencias. 

Por lo tanto, mientras no descubramos una nueva forma de vivir en total armonía con nosotros mismos y con los demás, con nuestra conciencia y con nuestras creencias, siempre tendremos conflictos interiores que se reflejarán en tensiones inconscientes.  Soltar esas tensiones sin encontrar solución a los conflictos que las provocaron es como intentar relajar nuestros brazos cuando están sujetando un enorme peso sobre nuestra cabeza; es peligroso hacerlo, es preferible tomar conciencia de nuestra delicada situación y procurar solucionarla con paciencia; y, si no podemos encontrarle solución, mejor permanecer así, en tensión hasta que el cuerpo aguante.  Sin necesidad de desesperar.  La Naturaleza, habiendo previsto nuestra necesidad de relajarnos, nos ha dotado del sueño.  El dormir es el mejor método de relajación, el más  completo.  Cuando dormimos nos relajamos, soltamos tensiones inconscientes y con ellas liberamos nuestros conflictos psicológicos que pasan al mundo de los sueños, donde nuestra mente hace lo que puede para solucionarlos.  Intentar conseguir un nivel de relajación mayor, ignorando los reajustes mentales que son necesarios para que la relajación sea efectiva, es un empeño inútil.

Así que, mientras no resolvamos nuestros conflictos internos y no descubramos soluciones a todos nuestros problemas existenciales, propongo como el mejor método de relajación una buena siesta.