LAS FINANZAS

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            Salgamos de nuestras profundidades para tomarnos un respiro en la superficialidad, y observemos, ya en una dimensión más material, el fluir del dinero por los caminos espirituales.

Las sectas en relación con el dinero se comportan de forma muy semejante a las demás formas de asociaciones, son comunidades humanas por mucho que presuman de divinas.  Necesitan de una economía  para financiar sus actividades, sus locales de reunión, oficinas, ediciones, gastos de sus dirigentes y subordinados, etc. Y el porcentaje de anormalidades económicas que hayan podido suceder en su seno, o estén sucediendo, no creo que superen en número al de cualquier otro tipo de grupos, sociedades, empresas o individuos.  Si bien es cierto que hemos observado multitud de llamativos escándalos, no ha sido porque por sistema se haga un uso del dinero diferente al que se hace en otro tipo de sociedades, sino porque de estos grupos espirituales se espera que no se comporten con el dinero como se comportan los demás.  En Occidente esperamos que todo lo referente a la espiritualidad vaya acompañado de la pobreza.  En Oriente no sucede así porque en sus escrituras sagradas tienen unas encarnaciones divinas que vivieron en la miseria y otras que vivieron en la abundancia.  Pero en los países desarrollados ―curiosamente, donde tanto abunda el dinero― carecemos de semejante variedad de opulentas santidades en nuestra Historia, pues las que tenemos no solían llevar unas monedas en los bolsillos ni para pan.  Naturalmente, esto lo consideramos una virtud esencial de todo aquel que emprende el camino espiritual, penalidad añadida a las dificultades de este dificultoso caminar; voto de pobreza imprescindible según nuestro concepto de religiosidad.  Privaciones económicas que en mi humilde parecer no considero en absoluto necesarias.  No está menos obsesionado con el sexo quien lo vive a diario que quien no lo vive por intentar ser más espiritual y no puede quitárselo de la cabeza.  Y otro tanto sucede con el dinero.  Por ello considero oportuno dar al César lo que es del César y a dios lo que es de dios; y, obviamente, el dinero es del César, como todo lo material conque nos vemos obligados a tratar en este mundo. 

En el caminar espiritual esperar o pretender imitar que el maná nos caiga del cielo, montar en burra en nuestros desplazamientos o que se nos dé de comer como dicen los creyentes que dios da a los pájaros, es exponerse a un ridículo espantoso; porque, como en general no hemos alcanzado merecimiento de semejantes gracias divinas, si pretendemos imitarlas, probablemente nos muramos de hambre o de frío; cosa que no suele suceder, porque los imitadores de pobres suelen preferir esconder el dinero que necesitan para sus gastos, avergonzados de tener que manejar semejante sustancia mundana.  Como si lo sucio del dinero estuviera en las monedas de cambio y no en el egoísmo del hombre.  No dejan de resultar gracioso los grandes esfuerzos que las sectas realizan para disimular sus necesidades mínimas, y en otros casos sus ambiciones económicas. 

Otra actitud, opuesta a la anterior, que algunas modernas sectas suelen adoptar respecto a su economía, es considerar que su dinero es sagrado, regalo del cielo, destinado a un fin divino; y por lo tanto no tienen porque dar cuentas de sus cuentas a ningún estamento mundano.  Vuelven a olvidarse de dar al César lo que es del César, esperando que dios les proteja del fisco; y así, más de un moderno gurú o predicador ha terminado en la cárcel por no presentar las cuentas claras y no pagar los tributos mundanos de sus actividades divinas.

También muchos protestan ―y no sin razón― de los beneficios fiscales e incluso ayudas económicas que muchos estados proporcionan a las religiones oficiales; y, sin embargo, las religiones minoritarias, además de no obtener ayuda alguna, tienen que pagar impuestos.

La mayoría de las sectas ya han aceptado su cruz, y se mueven por el mundo de la economía como lo haría cualquier otra organización de otro tipo.  Siempre procurando evadir los impuestos en lo posible, pero sin correr grandes riesgos; por ello casi todas las más importantes tienen sus cuentas en Suiza o en cualquier otro paraíso fiscal.  No cabe duda de que una buena cuenta en Suiza es el mejor seguro en este mundo antes de llegar al otro. 

También, en los sistemas de recaudación de ingresos, las sectas hacen lo que pueden para evadir impuestos, evitando en lo posible no dejar constancia alguna de las donaciones o de las cuotas de sus afiliados; si es en grupos pequeños pagando en mano sin recibo, y si se trata de fuertes organizaciones internacionales, enviando los ingresos a alguna cuenta de Suiza.

También existen sectas que tienen incluidas en su infraestructura  económica a empresas, formando holdings que en ocasiones alcanzan el tamaño de auténticas multinacionales.  Así se garantizan un reino aquí en la tierra, (supongo que será por si les falla el otro).

Pero lo que realmente le interesa a la persona buscadora, que no pertenece a una secta de por vida, es la relación calidad precio de las ofertas.  Dejando a un lado la polémica de si la secta defrauda al fisco o si es el fisco quien defrauda a la secta, lo que más nos interesa es que no nos defrauden a nosotros.  Para ello, la primera regla de oro ya comentada es no pagar grandes sumas, de esta forma difícilmente nos podrán robar lo que no exponemos.  Quien se inicia en estos mundos corre el riesgo de ser engañado, ya que le pueden acabar vendiendo a un alto precio, por ejemplo, una parcela en el otro mundo; terreno que todos tenemos ya guardado lo compremos o no lo compremos.  Con esto quiero decir que el inexperto puede ser engañado, y terminar pagando por lo que es de dominio público.  Casi todas las sectas ponen este tipo de trampas para los novatos, pues se atribuyen funciones de carácter universal como únicas concesionarias de las gracias que anuncian, y la persona inexperta acaba pagando por un cielo que le acaban de descubrir, cuando en realidad no tenía nada más que haber mirado hacia arriba para vivir gratis lo que ahora le está costando tanto.       

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de cuándo le están pidiendo a uno más de lo que debiera dar, o cuándo está sencillamente pagando los gastos mínimos necesarios para desarrollar la actividad que se esté realizando.  Si se están realizando los trabajos en grupo en el campo, será más barato que si se realizan en una elegante sala de reuniones o conferencias alquilada. Y si todo se desarrolla en un piso, pues también habrá que pagar el alquiler de éste.

Yo he llegado a pagar por cursillos de fin de semana cantidades excesivas, y, sin embargo, en otras ocasiones no he pagado ni lo que valía la comida.  Claro está, un cursillo se realizaba en un lujoso hotel con todas las comodidades, y el otro en una casa de campo cedida por alguna persona miembro o simpatizante de la secta que además nos invitaba a comer.  Ante todo siempre procuré tener bien claro qué era lo que deseaba aprender, y, después de sopesar si estaba dispuesto a pagar lo que costaba, aceptaba las condiciones económicas de la enseñanza o nos las aceptaba; sin más problemas.  Y con el convencimiento de que la enseñanza cara podría ser diferente, pero no mucho mejor que la que no me costaba nada.  En los temas del espíritu y de la mente no siempre el precio va acorde con la calidad de lo que se ofrece.  Los elevados precios, más que ofrecer una calidad superior lo que hacen es seleccionar a un tipo de gente adinerada, así, además de forrarse el gestor de la idea, da la oportunidad a la gente rica de reunirse en labores espirituales, cosa que no harían si tuvieran que agruparse con gente pobre.  (Esto lo dejamos claro en el capítulo sobre el racismo).

Los que pertenecemos a la clase media nos podemos permitir el lujo de meternos en sectas de ricos mientras nos alcance el dinero, estemos dispuestos a gastárnoslo y no nos sintamos incómodos entre tanta opulencia. Y en las sectas de pobres no tendremos problemas económicos, pero quizás nos perturben sus insistentes lamentos, las quejas de sus penurias económicas pueden hacernos sentir incómodos; conviene recordar que los de la clase media somos los ricos de los pobres.  De todas formas, la clase media somos los más afortunados porque tenemos mucha más variedad de sectas para elegir que los ricos y los pobres.  Las sectas de clase media suelen tener unos precios acordes con los gastos que generan sus actividades, sin un gran ánimo de lucro.  Sus cuotas alcanzan sumas comparables a otros entretenimientos típicos que en nuestra sociedad utilizamos para llenar nuestro tiempo de ocio.

Pero aunque el dinero que una persona se gaste en el seno de una secta sea el mismo que se pudiera gastar en otra actividad que llenase su tiempo de ocio, puede llegar a tener auténticos problemas.  Existe la idea generalizada de que las sectas te comen el coco al mismo tiempo que te roban el dinero.  Y, si una persona pertenece a un grupo familiar de economía compartida, no va ser bien visto por los otros miembros que se gaste un dinero en la secta, aunque éste sea mucho menor que el que se gastan los otros miembros de la familia en otras actividades de entretenimiento.  Esta injusticia social la están padeciendo muchas personas, sobre todo se da entre cónyuges; si uno de ellos se afilia a una secta, el otro no cesará de echarle en cara el dinero que se está gastando aunque él se esté gastando mucho más.  En realidad se trata de un oculto problema de celos, ya que en las sectas se viven fuertes relaciones emocionales, y el cónyuge termina sospechando que el amor místico de su pareja por el nuevo ambiente sectario pudiera no ser tan místico y tener un cuerpo con nombre y apellidos (situación que ―sin ánimo de asustar a nadie― también se suele dar en las sectas).  El reproche también puede esconder una preocupación, un temor por que nos puedan robar a la persona amada, llevándosela a un extraño mundo esotérico desconocido para nosotros.   Sea por una causa o por otra, el caso es que casi siempre se reprocha el dinero que se gasta en las sectas.  Lo más habitual y lo más aconsejable en estos casos es disimularlo entre otros gastos para evitar este tipo de problemas.

  De todas formas, si no se desea correr riesgos económicos, también es muy aconsejable, para quien gusta de andar por estos mundos de dios, asignarse una cantidad de gastos mensuales para estos menesteres, y no superarla en ningún caso.  Esta decisión, a ser posible se tomará antes de entrar en el mundo de las sectas, fríamente, pues puede suceder que nos empiecen a calentar la cabeza con la intención de vaciarnos los bolsillos.  La  cantidad cada uno la puede fijar según sus recursos económicos, bien puede ser ese dinero que nos gastaríamos de todas formas si invirtiéramos el tiempo en otro tipo de ocio, desembolso que no nos va a privar de atender nuestras necesidades esenciales.  Pero una vez fijada la cantidad conviene mantener esa decisión con gran determinación y realizar el firme propósito de no modificarla pase lo que pase.  No es habitual que las sectas arruinen a sus acólitos, pero puede suceder.  El típico argumento que nos incitará a vaciarnos los bolsillos en esos casos es que no se pueden alcanzar los cielos llevando cargas materiales, recordemos aquello de que es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello pase por el agujero de una aguja.  Se nos intentará convencer de que conviene desprenderse de todo aquello que nos pese, haciendo clara alusión a los ingresos de nuestra cuenta corriente y a todas nuestras propiedades, problema que se nos querrá resolver ayudándonos a  desprendernos de nuestra pesada carga, fardo que de forma altruista la secta o su dirigente se ofrecerá a cargar con él por nuestro bien y el de la Humanidad.  Repito que, aunque en el argot popular, esta sea una estafa típica de las sectas, en la realidad no es frecuente que suceda.  Incluso, a causa de la fama de ladronas que tienen las sectas, muchas personas que se meten en ellas, se agarran a su dinero como si fuera su vida, y no lo sueltan ni para pagar la luz del local donde se están reuniendo.  Ya sabemos que nos podemos aprovechar de las sectas tanto como ellas se pueden aprovechar de nosotros.  No es fácil que nos quiten el dinero que no estamos dispuestos dar.  Aun así conviene estar advertido de que podemos ser estafados, no sólo porque nos engañen, sino porque también nos podemos engañar a nosotros mismos.

En nuestra ansia por evolucionar espiritualmente podemos observar nuestra avaricia como un importante impedimento para la evolución espiritual, y es probable que estemos dispuestos a darlo todo en el nuevo camino que hayamos emprendido, para intentar de forma radical desprendernos de ese importante pecado capital ―lo digo por experiencia―.  Y podemos acabar al cabo de un tiempo arruinados y con la misma avaricia de siempre.  La codicia no se la quita uno del cuerpo de un plumazo.  La generosidad altruista inducida por terceros no suele corresponder a un auténtico cambio interior, sino a un impulso momentáneo de la persona que, pretendiendo conseguir un cambio radical en su vida, lo da todo a cambio de unas promesas que en muchas ocasiones no se cumplen.  El camino a los cielos está lleno de ocultos atajos conocidos únicamente por “expertos guías” que nos pueden llegar a cobrar muy caro sus servicios aprovechándose de nuestra desbordante generosidad económica.  Pero puede suceder que en esos atajos, a la vuelta de una esquina, de una de esas ocultas sendas esotéricas, sin saber cómo y porqué, nos encontremos sin guía, en un infierno y sin dinero.  Y si vivir en un infierno ya resulta muy penoso, si encima estamos arruinados, puede ser una auténtica tragedia.