PRIMERA PARTE    Volver al Indice

 

ÍNDICE

 

PRESENTACIÓN                                                     

UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO

CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD

LA MALA PRENSA

LA EVOLUCIÓN DE LOS DIOSES

LAS SECTAS Y LA POLÍTICA

LA ETERNA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO PERDIDO

EL MERCADILLO ESPIRITUAL DE NUESTROS DÍAS

LAS OFERTAS ESPIRITUALES

LA ERA DE ACUARIO

LA RELACIÓN CALIDAD-PRECIO

LA LIBERTAD DE ESPÍRITU

CÓMO ENTRAR Y PERMANECER EN UNA SECTA

CONSUELO PARA LOS DESENCANTADOS DE LA VIDA

EL TURISMO 

CREER O NO CREER, DOS EXTREMOS DE UNA VARIABLE

LA EXPERIENCIA MÍSTICA Y EL FANATISMO

EL RACISMO SECTARIO

EL ATEÍSMO

LAS FINANZAS

EL DUDOSO SIGNIFICADO DE LA TERMINOLOGÍA ESOTÉRICA

LA ALIMENTACIÓN

EL AYUNO

RENACER A UNA NUEVA VIDA

DIFERENTES FORMAS DE MEDITAR

LOS CHACRAS

EL YOGA

LA RELAJACIÓN

LA VISIÓN

LA PERCEPCIÓN EXTRASENSORIAL

PERCEPCIONES EXTRASENSORIALES EN HERMANDAD

LA ATMÓSFERA SAGRADA

LAS REALIDADES VIRTUALES ESPIRITUALES

LA TRANSMUTACIÓN DE LAS ENERGÍAS

LA ASTROLOGÍA

EL YIN Y EL YANG, EL KI Y EL PRANA

INTENTOS UNIFICADORES

DIFERENTES FORMAS DE INTENTAR LLEGAR A DIOS

LOS MEDIADORES

EL GRAN FRAUDE ESPIRITUAL

LOS GURÚS

LA CREACIÓN DE MITOS

JESUCRISTO

EL PECADO, LA CULPA Y EL KARMA

LA POBREZA Y LA RIQUEZA

EL SERVICIO A LOS DEMÁS

FORMAS Y COLORES

LA MÚSICA Y LA DANZA

ABRAZOS BESOS Y CARICIAS

LA DROGADICCIÓN MÍSTICA

LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL

CON O SIN RAZÓN

RELIGIÓN O CIENCIA

CIENCIA-FICCIÓN Y EXTRATERRESTRES

LAS INICIACIONES

LOS INDICADORES DEL RUMBO

SECTAS DESTRUCTIVAS

EL LAVADO DE CEREBRO

LA DESPROGRAMACIÓN

LA RUPTURA DE LAZOS EMOCIONALES

CAMBIOS EN LOS VALORES ESPIRITUALES

LAS TOXICOMANÍAS

LA SANACIÓN

EL EXORCISMO

LAS MEDICINAS ALTERNATIVAS

LA REENCARNACIÓN

EL DESTINO

LAS ARTES ADIVINATORIAS

LOS PODERES SOBRENATURALES

MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA

EL SEXO

CASTIDAD O PROMISCUIDAD

EL TANTRA O LA ALQUIMIA SEXUAL 

LAS TRAICIONERAS PASIONES                    

LA VIOLENCIA Y EL INSTINTO DE MUERTE

EL PACIFISMO

SECTAS TERRORISTAS

LA PACIFICA DEMOCRACIA

TERRORISMO POLÍTICO

MENSAJES DEL MÁS ALLÁ

REVELACIONES PUBLICADAS

LAS PROFECIAS

EL FRACASO DE LOS MENSAJES APOCALÍPTICOS

LAS SEMILLAS DEL SUICIDIO COLECTIVO

LOS MILAGROS

LA ETERNA JUVENTUD

(FIGURA)

REPASO ESQUEMÁTICO

EL AMOR

DIOSES A LA CARTA

EL FUTURO

CONCLUSIONES FINALES

MANIFIESTO REVOLUCIONARIO

LA HIPÓTESIS

NUESTRO MUNDO VIRTUAL

AMOR REAL O AMOR VIRTUAL

UN POCO DE FILOSOFÍA

DEDICADO A LA PSICOLOGÍA

LA SALIDA O EL DESPERTAR

EL MAL

SOBRE EL TERROR

EL PROGRAMA

EL INSTINTO RELIGIOSO

PAUTAS DE DESPROGRAMACIÓN

DESPEDIDA

 


 

PRESENTACIÓN

 

            Cuando los populares ámbitos culturales de nuestra civilización no satisfacen plenamente nuestra sed de conocimiento, y estamos dispuestos a aumentar nuestro saber más allá de los cánones establecidos, es habitual recurrir a otros medios especiales de enseñanza que nos ayuden a traspasar las barreras del saber tradicional.  Entre estos medios didácticos se encuentran las sectas, escuelas dispuestas a desvelar grandes misterios y a dar repuesta a las grandes preguntas transcendentales que siempre se ha hecho el hombre.

            Lamentablemente, las personas que eligen una secta para satisfacer su natural impulso de aprender, suelen encontrarse con problemas extraordinarios, con situaciones imprevisibles, e incluso pueden correr graves peligros.  De tal forma que sus expectativas de aprendizaje, además de resultar frustradas, pueden convertirse en un sinfín de inesperadas desgracias.  Riesgos favorecidos por la notable falta de información que el ciudadano medio tiene de lo que realmente sucede en el interior de las sectas,

             A pesar de que en los últimos años se está prestando una atención especial al fenómeno sectario, apenas disfrutamos de informaciones precisas, equilibradas y objetivas.  Frecuentemente, cuando la información no nos llega a través de un descarado proselitismo, son exmiembros de sectas los que nos transfieren testimonios nublados por sus resentimientos, o son comentaristas que a priori descalifican toda actividad sectaria, influenciados por la mala fama que las sectas tienen en nuestra sociedad.  Informaciones muy a menudo tan superficiales que no llegan ni a mostrarnos la punta del iceberg de lo que realmente se vive en el interior de estas asociaciones. 

            “Paseo por el interior de las sectas” pretende cubrir el vacío informativo que existe entre las posturas extremistas de los fanáticos creyentes y la dura oposición de los detractores intransigentes con toda forma de asociación esotérica o religiosa poco corriente.  La lectura de este libro invita a recorrer las sendas que conducen a los ocultos parajes sectarios, examinando los detalles más importantes de los diferentes caminos, estudiando el mundo esotérico con profundidad, de forma imparcial, sin pasiones cegadoras ni deslumbrantes fanatismos.  Pero, siempre, con el primordial objetivo de informar sobre los peligros y engaños que tanto abundan por esos caminos del alma.  Pues, si no evitamos los peligros, y desenmascaramos los espejismos, mal vamos a reunir las condiciones necesarias para explorar, con un mínimo de calidad, un territorio tan desconocido.

            Dos fueron los impulsos más importantes que me llevaron a lo largo de treinta años a recorrer diferentes sectas: por un lado, el hecho de que las enfermedades no me abandonaran desde la infancia, me obligó a buscar otros métodos de curación diferentes a los que proporcionaba la medicina oficial; y, por otro lado, una intensa llamada mística durante la adolescencia, me afectó de tal manera que no he cesado durante toda mi vida de sondear en la dimensión espiritual, con la intención de arrojar luz sobre los misterios escondidos en el  interior del hombre.

            Los logros conseguidos en la dimensión espiritual son difíciles de pesar y de medir.  Lo aprendido me sirve para llevarme medianamente bien conmigo y con los demás, y a disfrutar de un grado de felicidad de lo más normal.  A pesar de haber pasado tanto tiempo en las incubadoras sectarias, no puedo presumir de los grandes éxitos espirituales que tanto se anuncian en las sectas.  Lo más sustancioso, probablemente, sea todo lo que he llegado a observar y a experimentar, conocimientos de los que pretendo dejar detallada constancia en este libro. 

            Los logros conseguidos en la dimensión material ya son más tangibles.  Bien puedo decir que evité la muerte gracias a las enseñanzas curativas naturistas y esotéricas.  Cuando, allá por mi juventud, la medicina oficial no me daba muchas esperanzas de vida, fue a través del yoga como inicié una recuperación que más tarde fue completándose con el uso de otras disciplinas esotéricas y medicinas alternativas; hasta que conseguí abandonar mi fatalidad enfermiza.  Y, aunque no haya conseguido fortalecer totalmente mi constitución física, ―pues nunca conseguí abandonar la delgadez― disfruto habitualmente de buena salud.

Por supuesto que treinta años no es tiempo suficiente para que una persona experimente al detalle todo el abanico de posibilidades que nos ofrece el mundo de lo oculto, aunque se esté introducido en varías sectas simultáneamente durante algunos años, como fue mi caso.  Las limitaciones que impone la integridad psíquica del estudiante impiden realizar estudios excesivamente intensivos.  Al ser el laboratorio de experimentación uno mismo, resulta muy peligroso realizar varios experimentos simultáneos dirigidos por métodos de trabajo dispares.  Riesgo que no llegué a correr, pues mis intereses personales me llevaron a seleccionar sectas de enseñanzas no excesivamente contradictorias.

 A causa de esta selección circunstancial, no podré hablar ―con la propiedad que avala la experiencia― de las sectas de origen satánico, asociaciones que no tuve el “gusto” de conocer.  Por lo tanto, no entraremos en minuciosos detalles sobre la magia negra, aspecto esotérico ignorado por la gran mayoría de las vías espirituales que recorrí; mas ello no nos impedirá observar el lado oscuro del ser humano.  Las tenebrosas sombras de nuestras profundidades siempre se manifiestan en cualquier camino esotérico, aunque éste sea un camino de luz.

También excluiremos del minucioso análisis a las sectas de carácter religioso-militarista.  La violencia es otro mal del que huyen la mayoría de los modernos caminos espirituales occidentales, por lo tanto, no me tocó fomentarla; aunque, como veremos más adelante, no tendremos otro remedio que estudiarla, pues nos la vamos a encontrar de frente incluso en los más sosegados senderos de paz.

A pesar de mis limitaciones experimentales, no nos vamos a privar de estudiar el espíritu humano en gran parte de su extensión.  Los temas que pretendemos analizar son de una amplitud tan extensa y profunda que difícilmente se nos escaparán aspectos importantes del alma humana.  Tan extenso es nuestro temario de estudio que nos veremos obligados a condensar en su esencia todos los temas que vamos a tratar, pues, si no lo hiciéramos así, sería imposible incluirlos en un solo volumen.  Cada capítulo de este estudio trata un tema del que se podrían escribir varios libros, por lo que nos vamos a ver en la obligación de resumirlos al máximo.  Procurando que no se nos quede nada de suma importancia en el tintero, evitaremos perdernos en los minuciosos detalles de cada caso particular y procuraremos realizar los comentarios indispensables sobre personas concretas o determinados grupos.  Generalizar ―además de evitarme algún que otro disgusto― nos va a permitir hablar sin trabas de todo lo que podemos encontrarnos en estos mundos ocultos, y nos ayudará también a enfocarnos en lo esencial, a tener una visión global y consistente de los fenómenos más importantes y frecuentes que nos encontraremos.  Extraordinarias pautas de comportamiento se repiten con asombrosa asiduidad en estas sociedades sean del color que sean.  Ya se adore a un dios o a otro, muy a menudo solamente varía de una secta a otra el grado de intensidad y de calidad con que viven sus experiencias.  Por lo tanto, nos enfocaremos en la esencia de las cosas. 

Para el materialismo occidental no hay otro mundo más propicio para andarse por las ramas que el espiritual, su carácter volátil invita a convertir el pensar en ave soñadora perdida en un bosque de ilusiones.  Resulta habitual centrar la atención sobre las sectas en frivolidades acerca de sus personajes o en llamativos aspectos de escaparate de sus doctrinas, sin prestar atención a lo que realmente está sucediendo en el interior de esas personas que las componen.

            Hemos de ser más rigurosos de lo que hemos sido hasta ahora en el momento de emitir juicios o sacar conclusiones.  La mente humana es ciertamente compleja y profunda, y nuestra espiritualidad apenas la conocemos.  Siglos y siglos de culturas manipuladas por intereses religiosos en el poder nos ha privado de una visión objetiva del fenómeno espiritual del hombre.  El estudio serio de la diversidad de sectas actuales, que emergen en nuestra civilización, es indispensable para acercarnos al conocimiento del espíritu humano.  Las sectas están compuestas por personas que precisamente están comprometidas con su interior, experimentando con su alma. 

Rigurosidad y objetividad serán dos objetivos a los que intentaremos aproximarnos en lo posible en este nuestro paseo por las sectas.  Y digo en lo posible porque, en el mundo espiritual, el cientificismo al que estamos acostumbrados los occidentales, en otros diferentes temas de estudio, no se puede aplicar contundentemente cuando estudiamos el espíritu humano.  Las arenas movedizas, los espejismos, y la imposibilidad de utilizar un sistema de pesas y medidas de magnitudes homologadas, en ocasiones hacen desesperarse al intelectual que busca explicaciones concretas para situaciones determinadas.  Muchas veces habremos de conformarnos con retener la mirada allí, hasta donde nos alcance la vista, e intentar describir lo que vemos, y quizás añadir algún tímido comentario o sacar alguna atrevida conclusión.  Si conseguimos el difícil equilibrio entre el andarse por las ramas y el radicalismo fanático, me daré por satisfecho.  Un cierto toque de informalidad nos hará más ameno el esfuerzo que nos exigirá mantenernos en tan difícil equilibrio.

            No soy poseedor de ningún título ni medalla a pesar de haber dedicado gran parte de mi vida al estudio de nuestros mundos interiores.  No me considero maestro de nada ni de nadie, quizás porque en vez de dedicarme a acumular conocimientos en una doctrina determinada, y a alcanzar en ella alguna elevada categoría, me he dedicado a caminar por los mundos esotéricos, observando todo lo que se ponía a mi alcance, y aprovechándome de aquello que consideraba bueno para mi persona; interesándome en unos casos por una doctrina y en otros por otra.

En la actualidad no pertenezco a ninguna secta en concreto, a pesar de haber pertenecido a muchas de ellas.  No soy muy bien visto por mis antiguos “hermanos”.  La mayoría de las sectas se consideran insuperables en sus funciones aquí en la Tierra, y no entienden muy bien que me haya alejado de ellas ―para acudir a la competencia en muchas ocasiones― después de haber probado sus insuperables glorias divinas.

            La verdad es que, desde el punto de vista de estos grupos de trabajo espiritual, mi aprendizaje se puede considerar un fracaso.  Ya me vaticinaban que con tanto cambio de doctrina, de ambiente religioso, de terapia, no iba a obtener buenos resultados espirituales.  Y cierto es que algo de razón llevan, cambiar de método didáctico puede perjudicar un aprendizaje determinado; pero también ofrece, a la persona que así se comporta, un análisis comparativo entre escuelas difícil de conseguir de otra manera, a la vez que nos descubre aspectos de nuestra mente muy difíciles de descubrir por las personas que se dedican de por vida a un mismo camino espiritual o religión.

            Recorrer diversos caminos espirituales también puede ayudarnos a ser imparciales en nuestras conclusiones.  Procuraremos no emitir juicios bajo el prisma de ninguna doctrina, filosofía o religión.  Ésta será una de nuestras metas más importantes: evitar los abundantes partidismos divinos que observaremos en nuestro paseo por el interior de las sectas.  No nos resultará fácil, pues, como veremos, el fanatismo nos esperará detrás de cada recodo del camino.

            Con este libro espero satisfacer, con cierto grado de calidad, la curiosidad de aquellas personas que se interesan por todo aquello que sucede en estos grupos o sociedades.  Es mi intención aportar mi granito de arena a la creciente demanda de información sobre las sectas de nuestra sociedad, procurando extenderme en aquellos aspectos importantes que se ignoran en las informaciones que habitualmente se dan sobre el tema.

Este libro también puede utilizarse como una introducción o una guía para quienes deseen adentrarse en el mundo del ocultismo o para quienes ya están en su seno.  Y, los detractores de las sectas, aquí encontrarán argumentos más que suficientes para documentar al detalle sus típicas condenas al fenómeno sectario.  En las dimensiones espirituales suele suceder que cada uno encuentra lo que busca. 

Espero abordar con el mayor grado de imparcialidad que esté en mi mano la escritura de este libro.  Siento desengañar a quienes esperen de mí una férrea postura a favor o en contra de las sectas en general.  A pesar de que pueda dar a entender que estoy en algunas ocasiones a favor de ellas cuando hable de sus gozos, o en contra cuando informe de los engaños y peligros que se dan en su seno, no estaré sino informando fríamente de lo que sucede en su interior.

En la actualidad, como en cualquier otro periodo histórico, las sectas son condenadas por la sociedad dominante en la mayoría de los países del mundo; más por tradición, o como defensa de determinados intereses, que por un conocimiento de lo que realmente sucede en el interior de ellas.  Nuestro nivel cultural nos exige informarnos más adecuadamente antes de emitir juicios, aunque tengamos que hacer un esfuerzo intelectual extra, pues el estudio de las sectas nos obliga a profundizar en el ser humano.  Nuestro paseo por el interior de las sectas es también inevitablemente un viaje a nuestro interior.  Los temas que aquí tratamos son difíciles de entender.  Y los idiomas, sobre todo los occidentales, no están diseñados para definir todos los matices espirituales que un ser humano puede llegar a experimentar.  Faltan palabras en nuestros diccionarios, y las que tenemos a duras penas podemos utilizarlas correctamente para describir con claridad los fenómenos esotéricos.  Aun así intentaremos detallar lo mejor posible aquello que nos iremos encontrando en nuestra exploración de los mundos espirituales.

Teniendo en cuenta que no serán las dificultades idiomáticas el principal obstáculo para entender este libro.  En muchas ocasiones no podré hablar tan claro como quisiera, para evitar en lo posible herir susceptibilidades, y, sobre todo, para evitar desatar ―por la cuenta que me tiene― la temible “furia mística” que experimentan algunos creyentes cuando se cuestionan sus creencias.  Aunque sé que no siempre podré conseguirlo por completo.  Ya el abordar con lógica humana los grandes misterios divinos será un sacrílego atrevimiento para muchos creyentes.  Como también lo será la decisión que me he visto obligado a tomar de escribir la palabra dios siempre con minúscula para salvaguardar la imparcialidad de este estudio.  Las reglas ortográficas nos dicen que habremos de escribir con mayúscula la palabra dios y sus atributos, siempre y cuando nos refiramos al dios verdadero.  Sin embargo, en nuestro pasear por el interior de las sectas, nos vamos a encontrar con tal cantidad de dioses diferentes, considerados verdaderos por sus seguidores, y vamos a tratar tantos de sus aspectos y atributos, que yo me siento impotente para saber cuando hay que hacer uso de las mayúsculas y cuando no. 

Conviene recordar que nuestra lengua nació bajo influencias religiosas totalitarias que no dejaban lugar a dudas ortográficas.  Nunca nos cupo ninguna duda de qué deidad tendríamos de escribir con mayúscula y cuales no, (entre otras cosas porque si alguien se atrevía a dudar le cortaban la cabeza).  Pero, si hemos de ser objetivos e imparciales en el presente estudio, no debemos de hacer uso de estas normas ortográficas interesadas.  Sé que esta decisión puede escandalizar a muchos creyentes, pero si no lo hiciésemos así también se escandalizarían, pues les resultaría ofensivo si escribiéramos con mayúscula la palabra dios cuando nos refiriéramos a otra deidad infinita no reconocida por ellos.  Lamento tomar esta decisión por la incomodidad que puede llegar a crear.  Probablemente sean los ateos los únicos que estén satisfechos con esta medida ortográfica.  Con ello no estoy haciendo una defensa del ateísmo, sencillamente estoy abogando por un idioma espiritual imparcial al relatar todo lo que nos vamos a encontrar en nuestro camino.  Lamentablemente, es muy probable que muchos ateos también se sientan indignados al leer estas paginas, pues, aunque escribamos la palabra dios con minúscula, no negamos la existencia de la divinidad.

Y ya, para concluir esta presentación, mostrar mi agradecimiento a todos los maestros, gurús, instructores, sacerdotes, sanadores, y predicadores que me han transferido sus enseñanzas; y, a la vez, pedirles disculpas por hablar de ellas en este libro; así como también pido perdón por atreverme a comentar aspectos íntimos tanto de ellos como de sus sociedades.  Ruego también se me disculpen las audaces conclusiones que en ocasiones me atrevo a formular.  No es muy típico en las sectas que los acólitos cometan semejantes osadías.  Lamento violar el servilismo intelectual del que ―como buen sectario― siempre hice gala.  Actúo así con la esperanza de que mi atrevimiento sirva para arrojar un poco más de luz sobre las inmensas sombras que invaden los caminos espirituales.

 


 

UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO

 

            Desde tiempos inmemoriales el hombre a hecho uso de su facultad de reunirse en grupos o sociedades de individuos con ideologías, propósitos o aspectos religiosos en común.  El consenso da firmeza a las opiniones o a las decisiones.  Y las experiencias religiosas alcanzan un notable grado de realismo cuando se viven en hermandad.  Todo grupo compuesto por individuos con intereses afines poco comunes puede alcanzar una convincente visión del mundo diferente a la de los demás y actuar en consecuencia.  Esta diversidad de opiniones y propósitos ha sido la causa de innumerables dramas históricos.  Cuando las opiniones o las actividades de estos grupos se oponían al sistema dirigente del momento o al grupo dominante, eran perseguidos, en ocasiones con gran ensañamiento.  Los grupos discrepantes solían verse obligados a reunirse en la clandestinidad para protegerse, para mejor compartir sus vivencias, o para llevar a cabo las intrigas o ataques contra el poder dominante si el grupo deseaba derrocarlo.  De esta forma surgieron las sectas.

            Obviamente, el grado de clandestinidad venía impuesto por el grado de discrepancia o de agresividad contra el poder social, y el grado de permisividad del sistema dominante o del gobernador de turno.  Cuanto más revolucionario era un grupo social, más se tendría que convertir en una secta si deseaba sobrevivir.  La clandestinidad y el sectarismo, han sido ingredientes claves en el devenir histórico de la Humanidad.  Infinidad de grandes cambios sociales se engendraron en el seno de sectas.

En unas ocasiones el sectarismo vino propiciado por la intransigencia del poder gobernante, representado en la antigüedad la mayoría de las veces por severas y totalitarias deidades.  Cualquier grupo que se atreviera a pensar de forma diferente a esos dioses totalitarios era severamente castigado.  En esas sociedades el sectarismo era algo natural, un sistema de agrupación obligado cuando los individuos intentaban hacer uso de su libertad de pensar.  Pero, en otras ocasiones, el sectarismo surgía en sociedades que acogían gran diversidad de culturas y de religiones.  En estos casos eran los grupos sectarios los que enarbolaban ideologías intransigentes con las libertades sociales, en su clandestinidad no se escondía una ideología liberadora, sino una ideología opresora de las libertades de culto y del pensamiento.

En unos casos u en otros, si la revolución sectaria no se aplastaba en sus principios, y seguía adelante hasta alcanzar el poder, era enorme el precio que había que pagar en vidas humanas, en torturas y en persecuciones, hasta que las nuevas ideas lograban imponerse.  Y cuando lo conseguían, el grupo responsable de ellas alcanzaba el poder, se hacía con el sello divino; y vuelta a empezar.

Las religiones universales han conseguido su expansión a base de duras luchas en el pasado.  Y aunque ahora sean las religiones oficiales de diferentes países, en sus principios fueron sectas que con gran esfuerzo consiguieron el poder que ahora tienen.

No existen apenas grandes diferencias esenciales entre los grupos o sociedades de carácter místico, esotérico, espiritual o religioso, porque unos sean oficiales y otros clandestinos.  Las religiones oficiales de los diferentes países son consideradas sectas en otros países que no las acogen como verdaderas.  Unas agrupaciones sectarias alcanzan la popularidad y el poder en diferentes zonas del mundo, y otras continúan en la sombra esperando que les llegue la hora del éxito.  

Sin intenciones peyorativas, en el presente estudio incluimos a las religiones oficiales.  Espero que nadie se avergüence de sus orígenes.  Además, aunque no se trate expresamente de sectas, las religiones universales, gracias a su enorme extensión, tienen abundantes ramificaciones sectarias: confraternidades que trabajan de forma soterrada en beneficio de su religión universal.

No se pueden estudiar las sectas sin estudiar el fenómeno religioso en general.  Nuestro paseo por el interior de las sectas es también un paseo por el interior de las religiones, e inevitablemente por el interior del hombre.  Obviar la complejidad y la extensión de la espiritualidad humana, y su evolución a través del tiempo, es uno de los grandes errores que se comete a menudo a la hora de estudiar las sectas.

Entre las antiguas sociedades con mayor permisividad religiosa resalta Babilonia.  Todos la recordamos como un desmadre social castigado por la ira divina.  Versión particular de las escrituras sagradas hebraicas que nos enseñaron en las escuelas, historia sagrada que tiene muy poco de Historia aunque tenga mucho de sagrada para quienes creen en ella.

En otras sociedades también permitieron cierta convivencia entre diferentes dioses en sus paraísos particulares ―como por ejemplo en Egipto, en Grecia y en la India―, deidades que se repartían todas las dimensiones humanas, circunstancia consentida por los antiguos que se empeñaban en ver a sus dioses en acción en todo aquello que les rodeaba o les sucedía.  

Hasta la llegada del cristianismo y del Islam, multitud de dioses y sus seguidores, tolerantes con el resto de las deidades, convivían en amplias zonas del planeta, sin necesidad de esconderse ni de convertirse en sectas.  El pueblo judío era de los pocos que se negaba a cohabitar con otros dioses, mas no les quedaba otro remedio que hacerlo, pues el politeísmo era algo natural en las sociedades en las que llegaron a vivir. 

La Meca, antes de la llegada de Mahoma, fue otra gran ciudad acogedora de un gran número de divinidades, gran cantidad de ídolos se agrupaban en la Caaba, en sana competencia.

Estas deidades, ya fueran más o menos permisivas con las demás, siempre estaban presentes en la vida de los pueblos.  Había deidades para todas las actividades humanas, con sus templos, sacerdotes y seguidores.  La prosperidad de todo pueblo debía de estar cuidada por las divinidades.  Naturalmente, las que adquirían un mayor protagonismo eran aquellas que ayudaban a ganar las batallas o dirigían los pasos de los gobernantes en el poder, (cuando los gobernantes no se erigían en dioses vivientes, naturalmente).

En sus principios, tanto los mahometanos como los cristianos podrían haber convivido en paz con el resto de seguidores de otros dioses, pero su voracidad destructiva de toda deidad antigua, que no fuera la suya, les obligó a convertirse en sectas perseguidas.  Hasta que alcanzaron el poder e implantaron sus regímenes totalitarios por gran parte del mundo, obligando así a convertirse en secta clandestina a los seguidores de otras deidades, a los políticos y militares independientes, e incluso a las agrupaciones de pensadores o filósofos no creyentes.

(Para evitar extendernos excesivamente en este capítulo, estamos evitando hablar de otras civilizaciones del mundo, que poco tuvieron que ver en el desarrollo de la nuestra.  Esas culturas que apenas influyeron en  nuestro devenir histórico son cimientos de otras civilizaciones que no difieren en demasía de algunas de las etapas históricas de nuestra civilización occidental.  Y en los países subdesarrollados podemos observar que viven en circunstancias sociales semejantes a alguna de las etapas de nuestro pasado histórico.  Donde las sectas tienen un protagonismo tan importante como lo tuvieron en las sociedades de nuestros antepasados).

En contraposición al fenómeno religioso, probablemente fue en Grecia donde un grupo de personas llamadas filósofos empezaron a cuestionar la validez de las divinidades en los asuntos de los hombres.  La creación de la filosofía elevó al pensamiento humano y a la razón por encima de los caprichos de los dioses (conveniente es recordar que los dioses del Olimpo eran excesivamente caprichosos).  La germinación de las diferentes semillas filosóficas comenzó a concebir sistemas de gobierno que prescindían en un grado notable de los sacerdotes.  La cultura griega creó la democracia.  Más tarde, en los primeros tiempos gloriosos del imperio romano, la separación entre la política y la religión se hizo más palpable, aunque no definitiva, pues todavía se solicitaba el apoyo de los dioses en las batallas y se consultaba el oráculo para recibir su consejo en las grandes empresas.

Los personajes filosóficos, políticos y militares de todo el mundo iban robando la confianza que el pueblo depositaba en a las fuerzas divinas.  Pero la religiosidad no se dio por vencida, y dio tan fulminantes coletazos en la edad media que aplastó las tímidas intentonas de apartarla de la escena social.  Tanto el cristianismo como el Islam alcanzaron un gran poder y acabaron con la libertad de culto y de pensamiento religioso.

Durante muchos siglos el sectarismo estuvo propiciado por la intransigencia de estos dos sistemas dominantes.  Estas religiones totalitarias impusieron su hegemonía en todas las dimensiones humanas.  A poco que la imaginación de los individuos se pusiese en marcha, violaba los estrictos cauces culturales marcados por las sagradas escrituras, pues los textos sagrados impusieron el dogma de fe en todos los ámbitos culturales así como en el poder político.  Uno se convertía en un peligroso hereje por el simple hecho de pensar, y la hoguera u horribles torturas era el final destinado a quienes cometían el terrible delito de manifestar su libertad de pensamiento.

Tuvimos que esperar hasta el Renacimiento para presenciar el renacer de las libertades.  En Occidente, el cristianismo, debilitado por la corrupción y por las grandes divisiones internas, ya no fue capaz de aplastar los nuevos aires revolucionarios, y estallaron con sorprendente creatividad las grandes dimensiones humanas sedientas de manifestarse tras tantos siglos de represión. 

La filosofía, apoyada por el auge de las ciencias, volvió a cuestionar la prepotencia divina. Y los gobernantes empezaron a independizarse de los dioses.  Pero hubo que esperar hasta la llegada de la edad moderna para que las fuerzas de izquierda consiguieran separar totalmente a la política de la religión y emprender un tipo de gobierno sin ninguna influencia divina.  Fue entonces cuando comenzaron a surgir los cambios sociales más sorprendentes.  El ejército rojo, en clara lucha contra los poderes religiosos, se empeñó en matar al gran dios infinito, quiso aniquilar toda manifestación divina e intentó erradicar de la política todo dogmatismo religioso.  Pero, sobre todo al principio, las fuerzas de izquierda fueron tan totalitaristas como los poderes que pretendían derrocar: tras el déspota autoritarismo de los regímenes marxistas existía un endiosado ateísmo tan tiránico como la fanática religiosidad que intentaban destronar.  Fue un brutal y doloroso cambio, pero esta revolución nos abrió las puertas hacia las libertades actuales, pues, al conseguir separar totalmente a la religión de la política, preparó el camino al sistema de gobierno más permisivo de toda nuestra Historia, a la actual democracia, exenta de toda influencia divina.

Al demostrarse que ya no era necesario deidad alguna para gobernar a un pueblo, las religiones, destronadas de su reinado, pasaron a un segundo plano y se incluyeron en el saco de los movimientos culturales, a la altura de los artísticos o intelectuales, lo que nos permite en los países desarrollados volver a disfrutar de una gran variedad de creencias gracias la libertad religiosa. 

Con la llegada de la democracia, los partidos en oposición al gobierno vigente de cada país democrático pudieron salir de la clandestinidad, las ideas apoyadas por el pueblo tienen ahora cabida en los parlamentos de los países más desarrollados, las ideas políticas pueden ser expuestas públicamente por grupos o por individuos sin temor a ser perseguidos por ello.  Las sectas de carácter político ya no tienen razón de ser.  Las leyes son las más permisivas en los países desarrollados que lo que nunca lo han sido a la hora de permitir agrupaciones de individuos.  Y también soplan los aires de libertad en la cultura y en la espiritualidad, ningún grupo o individuo ha de esconderse por el simple hecho de pensar diferente de los demás o de adorar a un dios poco común.  Con la libertad de culto ya no hay motivo ―en teoría― para la existencia de las sectas.  Sin embargo, este milenario sistema de agrupación clandestina continúa existiendo, y las numerosas sectas de carácter religioso, esotérico o espiritual, son una sorprendente realidad que no termina de ser asimilada por nuestra sociedad.

 


 

CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD

 

            Habitualmente se piensa en el delito como la única causa que explica la clandestinidad de las sectas, en nuestros tiempos de grandes libertades no parece existir otro motivo para la ocultación que las actividades ilegales.  Esta sospecha popular ha llevado frecuentemente a las sectas a los tribunales, mas, cuando las denuncias se investigan, la mayoría de las veces se demuestra que esas personas no cometen otra infracción que la de pensar diferente de los demás.  Y el porcentaje de delitos, de injusticias o de corrupciones, no excede de los que puedan tener otro tipo de grupos o comunidades de nuestra sociedad.

            Una de las causas más importante de la clandestinidad de las sectas puede hallarse en nuestro comportamiento con ellas.  Por mucho que presumamos de sociedades permisivas, todavía no sabemos acoger con naturalidad en nuestra sociedad al profundamente distinto que nos vino de afuera, o a quien era como nosotros y ahora ha decidido no serlo.  Nuestra sociedad está acostumbrada a las diferencias en el pensamiento filosófico y político, pero no a las profundas diferencias en la forma de pensar y de vivir que se pueden alcanzar en el interior de caminos religiosos muy diferentes a los nuestros.  Aunque la exótica persona religiosa no haga otra cosa hacer uso de las libertades que le otorga la constitución del país libre en el que resida, casi siempre tiene esa sensación de persona incomprendida y rechazada por sus semejantes. 

            A nuestra sociedad le cuesta acoger a quienes siempre han creado grandes conflictos sociales.  No termina de desaparecer de la memoria del pueblo el dramático recuerdo histórico de las viejas contiendas sectarias, como tampoco desaparece de la persona sectaria el recuerdo de las persecuciones y de las masacres que sufrieron en el pasado los miembros de las sectas.  Existe un temor recíproco ―soterrado en la actualidad en la mayoría de las ocasiones―  entre quienes están dentro y los que están fuera de las sectas, entre quienes siempre fueron enemigos.  Probablemente esa sea la causa más importante que justifica la clandestinidad. 

No terminamos unos y otros de firmar una paz duradera: el mundo siempre ha sido y continúa siendo el gran enemigo de las sectas de carácter espiritual; y para el mundo, tras el ocultismo sectario, subyace el latente peligro de unas sociedades, que se rigen por patrones desconocidos, capaces de derrocar al sistema social vigente, como en tantas ocasiones sucedió en el pasado.

Resulta inevitable un cierto temor provocado por todo aquello que desconocemos.  El estudio minucioso de las sectas es la única manera de superar ese miedo ancestral; cuando se conocen los peligros, los ataques indiscriminados provocados por el miedo ya no tienen razón de ser, y la prudencia sustituye al desasosiego ante lo desconocido.

Peor lo tiene el sectario para librarse de su condición de perseguido, el temible complejo de víctima lo padecen muchos de los viandantes de los diversos caminos espirituales que existen en el mundo, creyentes en que la santidad es sinónimo de martirio.  Tragedia masoquista, deseada y temida, que inevitablemente ―según muchas doctrinas― habrán de padecer las personas que deseen conseguir las más altas gracias que les promete su religión.

Como vemos, existe más de un argumento para que los miembros de las sectas continúen escondiéndose.  Y todavía nos quedan por nombrar las terribles luchas entre sectas, que siempre han sido de una virulencia espantosa entre las más radicales.  En Occidente, en la actualidad, aunque la sangre no llega al río, se aprecia una notable violencia soterrada entre sectas o diferentes vías espirituales.  Los ataques ya no se efectúan con el filo de la espada, como antiguamente, pero las actitudes agresivas entre ellas continúan siendo extremas:  “El sectario del dios de la competencia no es una persona normal, es un demonio que atenta contra nuestra doctrina, contra nuestro dios, que por supuesto, es el verdadero”.  Argumentos como éste abundan en las profundidades sectarias de nuestro mundo civilizado.  Todavía se pretende descalificar a la competencia con insultos atroces que incitan a una agresividad malsana.  La lucha por el poder en los territorios celestiales ha sido muy dura, y sigue siéndolo.  La clandestinidad permite un atrincheramiento, un camuflaje entre las sombras de lo desconocido, muy eficaz para desenvolverse en el combate. 

El espíritu de la guerra no termina de desaparecer del alma de los sectarios, espíritu de lucha que en ocasiones ni siquiera es consciente, no llega a reconocerse; son otros los argumentos que aducen para seguir escondidos en sus camuflados búnkeres manteniendo a buen recaudo los secretos.  Muchos dicen que la profunda sabiduría esotérica resulta peligrosa en manos profanas, y que de poco le servirían esos conocimientos al ignorante pueblo, pues no está preparado para recibirlos, y se corre el riesgo de que sean mal interpretados.  Argumento que podemos considerar válido, y al que podríamos añadir algún otro, como, por ejemplo, el mantener bien guardados sus secretos profesionales para evitar que la competencia haga uso de ellos. 

La clandestinidad permite a las sectas ocultar parte de sus doctrinas, de sus actividades y de sus rituales, reservando ciertas enseñanzas exclusivamente para los iniciados.  El ocultismo tiene su nombre más que justificado.  Ya desde la antigüedad, los chamanes y los brujos de la tribu transferían sus conocimientos más profundos de forma oral a los elegidos.  Y hoy en día apenas esto ha cambiado.  Incluso en las sectas más pacíficas y más altruistas, formadas por personas muy normales, gustan de mantener a buen recaudo todas sus posesiones, en este caso posesiones intelectuales de carácter esotérico místico.  Y, como todavía en los derechos de la propiedad intelectual no se incluyen a las iniciaciones esotéricas, la escuela ocultista en cuestión o el gurú de turno, protegen con el secreto sus habilidades didácticas.

            Otra de las causas menores de la clandestinidad es el hecho de que las doctrinas sectarias predican elevados virtuosismos para sus miembros, y si muestran abiertamente que son personas muy normales, con sus defectos y sus virtudes, como todo hijo de vecino, su proselitismo podría verse afectado seriamente.  Por lo que les resulta conveniente correr un tupido velo sobre algunos de los acontecimientos que suceden en su interior, ya que, como en toda asociación de personas normales, se cometen errores humanos, y, si se descubrieran, desvirtuarían su carisma divino de cara al público.

Otra importante causa de la clandestinidad es la mala prensa que tienen las sectas, tema al que le vamos a dedicar un capítulo aparte.

 

 


 

LA MALA PRENSA

 

Allá por los años setenta asistí a una reunión internacional de los miembros de una secta de la que yo era adepto.  Esta organización tenía por costumbre no informar a la prensa de sus actividades.  Días más tarde leía sorprendido en una revista la noticia de nuestra reunión con todo tipo de detalles: ninguno de ellos coincidía con la realidad, habían sido todos inventados, con una imaginación apropiada para la ciencia-ficción, y que nos dejaba a todos los asistentes en ridículo.

Después de aquello empecé a comprender la mala prensa de las sectas.  Pregunté por qué no se le daba a la prensa una información detallada de las actividades, ya que no estábamos cometiendo ningún delito; pero se me respondió que daba igual: se les dijera lo que se les dijera, iban a escribir lo que les diera la gana. 

Yo, ciertamente, me quedé descorazonado.  Cuando una persona está en el interior de una secta es porque la considera un tipo de asociación positiva, y le gustaría informar de los beneficios que ―según su parecer― puede aportar a la sociedad y a los individuos.

Pero cuando uno se da cuenta que se ha metido en una guerra ancestral, entre el sistema dominante y las sectas, toma conciencia de que el proselitismo no es tarea fácil, y que aunque a uno le vaya muy bien con lo nuevo aprendido, no es nada sencillo convencer a los demás de ello: el sistema social vigente actúa como una enorme secta celosa guardiana de sus numerosos adeptos, y hace uso de las artimañas más viles para evitar que ni un solo individuo se salga de su costumbrismo, intentando proteger sus cimientos siempre cuestionados por las sectas.

La manipulación de la información es propia de toda contienda bélica y de toda guerra fría.  Tal es la mala fama que el sistema dominante puede dar a sus “enemigos” que puede conseguir que el pueblo los aborrezca aunque se trate de virtuosas personas. 

Ha sido tan brutal la cantidad de calumnias que se han publicado en torno a las sectas, y es tal la mala fama acumulada por éstas, que cuando te aproximas a alguna de ellas, y sin ni siquiera darte tiempo de preguntar, lo primero que les oyes decir es: “esto no es una secta”; pretendiendo así liberarse de la mala fama que acompaña a ese calificativo; negando lo evidente.

Nadie debería en nuestros tiempos de libertades avergonzarse de llamar a las cosas por su nombre.  No es digno de nuestro nivel cultural esta guerra sucia.  Si bien es verdad que la persona con revolucionarias inquietudes esotéricas o místicas ya no tiene ninguna espada que penda sobre su cabeza como en la antigüedad, también es verdad que hoy en día se le presiona socialmente para que no atienda sus inquietudes acudiendo a grupos de estudio y experimentación religiosa.  No podemos continuar anclados en el recuerdo de la infinidad de tragedias que las sectas protagonizaron en la Historia, observando sus actividades como residuos de un oscuro pasado.

Los partidos políticos, los estamentos militares y tantos otros tipos de agrupaciones sociales, que en el pasado protagonizaron tantas situaciones dramáticas para la Humanidad, ya son aceptados popularmente.  Nuestro nivel cultural ha corregido los errores del pasado y gozamos de una convivencia pacífica entre agrupaciones que antiguamente eran nidos de contiendas dramáticas.  Pero ¿qué está sucediendo con las sectas espirituales?  ¿Por qué no son aceptadas popularmente?  La mayoría de ellas ya no cometen las brutalidades que cometían en el pasado.  ¿Quizás se piensa que son innecesarias sus actividades e incluso dañinas?  ¿Se les considera un inútil reducto del pasado a extirpar de la sociedad?  ¿En nuestras relaciones con ellas manda más el miedo que la razón?  ¿No será la mala prensa un racismo encubierto, una agresividad contra el distinto, contra quienes viven de forma diferente a nosotros?

Por mucho que nos empeñemos en borrar del mapa a las sectas a golpe de insultos, me temo que será imposible.  Mientras no encontremos respuestas a las grandes preguntas sobre nuestra existencia, mientras nuestro interior siga siendo un gran desconocido, siempre habrá grupos de aventureros dispuestos a surcar los inmensos mares espirituales en busca de respuestas.  Fanáticos, muy a menudo, que proclaman a los cuatro vientos su grito de ¡tierra!, anunciador del descubrimiento de su soñado paraíso perdido. 

Las sectas tienen tanta razón de existir hoy día como hace siglos.  Los mares del alma siguen tan inexplorados como siempre, a pesar de nuestro supuestamente elevado nivel cultural.  Aunque pretendamos apartar de nuestra modernidad a las viejas sectas, la espiritualidad esotérica continuará resurgiendo en ellas, produciendo cierta inquietud social, llegando incluso a preocupar a las grandes magnitudes sociales que nos gobiernan. 

La política y la economía, dirigentes de nuestro mundo moderno, vigilan con preocupación el resurgir de la religiosidad, de ese poder que las tuvo fuera del primer plano del protagonismo social durante tantos siglos.  El materialismo va a defender su poder a ultranza; y aunque sea un poder que no corte cabezas, empleará, y las emplea, todas las armas de las que pueda hacer uso para defender su protagonismo social y a cuantos lo apoyan.  La exagerada mala prensa que tienen las sectas, el hecho de que ser sectario sea considerado un insulto, y el atribuir a todos estos grupos en general las barbaridades que haya cometido alguno de ellos en particular, son armas psicológicas que se están usando descaradamente en contra de un tipo de asociación que está pidiendo a gritos ser más reconocida públicamente.

¿No estaremos emprendiendo con las sectas una nueva caza de brujas al estilo moderno?  Y por parte de las sectas ¿no existe cierta complacencia en que así sea?  La persecución de sus líderes pertenece a un pasado glorioso que les es muy grato evocar, incluso en algunas de ellas se sueña con el martirio como expiación para alcanzar la salvación.

Esta es una situación que no puede mantenerse por mucho tiempo.   De hecho ya está empezando a cambiar.  Muchas sectas están abandonando su masoquismo y denuncian en los tribunales las injurias que se lanzan contra ellas.  Por ello los informadores cada vez tienen más cuidado con lo que dicen. 

La gran proliferación de medios informativos también está ayudando a cambiar esta denigrante situación.  La competencia conduce a aumentar la calidad del producto.  Un gran número de medios informativos están aumentando la objetividad en sus informaciones, y los reportajes sobre las sectas son de mayor calidad.

Esto nos puede llevar en un futuro no muy lejano a que podamos llamar a las cosas por su nombre, a que una secta no se avergüence de ser llamada así, y a que los ciudadanos no nos tengamos que enterar de que nos hemos metido en una secta después de llevar varios años en ella. 

 


 

LA EVOLUCIÓN DE LOS DIOSES

 

            En la infancia de la Humanidad, cuando todavía no habíamos desarrollado el intelecto, el hombre antiguo vivía en un mundo lleno de grandes misterios, no conocía como nosotros conocemos el porqué de gran parte de lo que nos rodea.  Probablemente, para él, desconocedor de toda ciencia, todo existía y funcionaba por arte de magia. Y, naturalmente, cuando hay magia, también tiene que existir un mago o unos magos que la realicen; y, si esos magos no se ven, entonces se intuyen, o se inventan; invisibles espíritus, poderosas entidades que mueven los hilos de las marionetas del teatro del mundo: dioses. 

            Si pudiéramos viajar en el tiempo, probablemente veríamos al hombre primitivo dar gracias a un árbol, al espíritu del árbol o al dios de los árboles, por el sencillo hecho de que las frutas, cuando maduraban, caían a sus pies.  Naturalmente, la creencia en esta magia sólo duró hasta que Newton descubrió que las manzanas no caían de los árboles por ninguna gracia divina, sino que llegaban al suelo debido a la fuerza de la gravedad. 

Hasta que las ciencias nos fueron dando esas explicaciones, que tranquilizan nuestras ansias de entender los misterios de la vida, los espíritus invisibles o los dioses fueron la única explicación que podía darse el hombre a las misteriosas fuerzas que movían los hilos de su vida y de todas las cosas de su entorno.

            Y no estamos hablando de algo que sucedió hace muchos miles de años, esto mismo continúa sucediendo ahora: todos los misterios que todavía limitan nuestro saber son aprovechados por las mentes religiosas para implicar a los dioses en ellos.  Hasta que reciben un jarro de agua fría, cuando las ciencias descubren que aquello no sucede por voluntad divina sino por una ley natural que actúa con una sorprendente precisión matemática.  No es de extrañar que la mayoría de los científicos no sean personas religiosas, y que la mayoría de las personas religiosas sean poco aficionadas a las ciencias.  Por esta razón, los dioses o espíritus, engendrados por el hombre antiguo, se mantienen vivos hasta nuestros días en aquellas sociedades de bajo nivel científico, países subdesarrollados frecuentemente.  Hoy todavía podemos observar como en los rituales de los chamanes, en la macumba, y en el vudú, o en creencias semejantes, populares en dichos países, invocan a esos ancestrales espíritus y se relacionan con ellos.

Dioses que nacieron cuando los grupos sociales fueron tribus y el contorno más habitual con el que se relacionaba el hombre fue la Naturaleza, razón por la que sus cultos eran de carácter animista.  Las deidades más comunes de esas gentes fueron los espíritus de la Naturaleza: la gran madre tierra, el dios sol, el poderoso dios del trueno, del rayo y del fuego, el espíritu de las aguas; y cada especie animal y cada planta tenían su espíritu que les daba vida y gobernaba su destino.  Su representación física se resumía al fetiche o al tótem, y el encargado más directo de comunicarse con ellos era el brujo o el chamán.

Pero cuando los poblados se convirtieron en ciudades, el hombre dejó de relacionarse íntimamente con su entorno salvaje, y los espíritus de la naturaleza empezaron a pasar a un segundo plano, eclipsados por unos dioses más deslumbrantes, más sofisticados y más poderosos, afines con la nueva grandeza social, representantes de las nuevas circunstancias psicológicas que rodeaban la existencia de los hombres.  Las grandes agrupaciones humanas engrandecieron a los dioses, su grandeza era la representación espiritual del poder y de la gloria de las nuevas civilizaciones que se extendieron por toda la antigüedad; sus monumentales templos y sus enormes ídolos así lo atestiguan.

En los escenarios celestiales emergieron dioses representantes de las nuevas aperturas espirituales: dioses de amor, de la guerra, del placer, de la sabiduría, del arte, del sufrimiento y de las pasiones, del bien y del mal.  Así se perdía contacto con cada elemento de la Naturaleza pero se ganaba en amplitud en la invocación de gracias.  Cuando el hambre apretaba, ya no era necesario invocar al espíritu del animal que se deseaba cazar para conseguir comida, ahora se invocaba a la entidad divina que gobernaba a toda caza para conseguir sus favores y llenar los estómagos.  La mente humana se expandía espiritualmente; y, de paso, los chamanes y los brujos también se engrandecían, convirtiéndose en sacerdotes o sacerdotisas representantes de deidades mayores.

Con estos nuevos dioses, llamémosles psicológicos, entraron en escena otros de índole superior, todavía más espirituales, más poderosos y más divinos, que gobernaban sobre los demás dioses que ya se habían quedado pequeños.  En Grecia, en Egipto, en Mesopotamia, en el imperio incaico, en la India, y por toda Asia, se alzaban templos y más templos de deidades supremas que tenían a su servicio a las demás deidades menores.  Ya no era necesario invocar a cada una de las deidades que satisfacían cada una de nuestras necesidades, con solicitar las gracias de uno de esos grandes dioses se conseguía comida, casa, riquezas y bienestar.  La mente humana continuaba “progresando”; y los sacerdotes también, pues su poder ya abarcaba todo, incluso el poder político.

En torno a esos poderosos dioses crecieron las sociedades y se formaron grandes pueblos.  Las luchas por el poder dejaron de ser entre tribus, se convirtieron en guerras de gran magnitud, entre imperios, y los grandes dioses se pusieron a prueba.  Cuando se perdía una batalla, el pueblo perdía la fe en el poder de sus dioses y en sus sacerdotes.  Por lo que era esencial poseer los favores de los dioses más poderosos.  Era esencial hacerlos crecer hasta que alcanzasen el tamaño supremo, hasta que se hicieran infinitamente grandes, totalitarios, omnipresentes y omniscientes, insuperables, insustituibles por otros dioses. Vamos, el no va más:  infinitamente poderosos, invencibles, creadores de todas las cosas: del universo, de los cielos y de los infiernos, incluso creadores del hombre que los había inventado.

Mas toda invención suele llevar en alguna parte el sello de su creador, y a estos dioses, exceptuando su exagerado tamaño, los creó el hombre a imagen y semejanza suya: dioses creadores y destructores, dioses llenos de amor y de ira, dioses llenos de compasión y de castigos infernales; dioses llenos de las dramáticas contradicciones humanas.

 La Humanidad lleva miles de años adorando a estos dioses.  Su larga permanencia en el tiempo se explica debido a su doble función: no sólo sirven a sus seguidores para vivir lo sagrado y explicarse el sentido de la vida, también son temibles armas de guerra de terrible eficacia, armas psicológicas de aterradora efectividad en las contiendas bélicas.

El creyente en este tipo de dioses no considera al infiel enemigo como a un igual que adora a otro dios diferente al suyo, porque no puede existir otro dios que el suyo (así lo afirma toda religión monoteísta), por lo tanto, el enemigo es un infiel que ya está condenado, sin ningún dios que lo apoye, derrotado antes de ser vencido, objetivo de la ira infinita e infalible del dios propio.  Esta anulación total de adversario, y la promesa del paraíso para el creyente que cae en el combate, convierte al soldado religioso en un vencedor eterno salga o no salga victorioso.

Cuando todavía los armamentos no eran tan sofisticados como lo son en la actualidad, esta terrible arma psicológica propició una sorprendente expansión de las sectas que la utilizaron, llegando a convertirse en religiones universales.  Y cualquiera de ellas podría haber ostentado el gobierno de todo el planeta, de no ser porque esta poderosa arma fue utilizada por diversos contendientes simultáneamente, lo que produjo un equilibrio de fuerzas durante muchos siglos que evitó un gobierno totalitario universal.  Recordemos los más de mil años de contienda entre moros y cristianos.

En nuestros tiempos, estas doctrinas todavía continúan en su fanatismo bélico como hace siglos, en especial en los países subdesarrollados.  Porque en cuanto el desarrollo industrial alcanza a los países, y los cañones demuestran reiteradamente que son más potentes que los dioses omnipotentes, la fe religiosa comienza a decaer, los sacerdotes representantes de los dioses son apartados del gobierno de los pueblos y sustituidos por los representantes de los poderes económicos, políticos y militares, que aunque no gobiernen tan divinamente como ellos, no lo hacen del todo mal.

            No vamos a afirmar que fue exclusivamente la ambición competitiva, o las luchas por el poder, lo que produjeron esta evolución en el concepto divino; podríamos sospechar que el crecimiento de la grandeza divina fue también consecuencia del propio crecimiento de la grandeza del ser humano.  Todo parece indicar que son los cambios en los hombres los que causan la evolución en los dioses.  Aunque los creyentes no estarán de acuerdo conmigo.  Para ellos, sus dioses son eternamente estables; es el hombre el que cambia su visión de ellos.  Algo con lo que no estamos de acuerdo, pues ya hemos vivido tantos cambios en los dioses que uno no puede sino sospechar que son producto de la mente humana, ya que sufren una evolución pareja a la nuestra.  Pues no solamente el hombre cambia la grandeza de sus dioses según se va engrandeciendo su conciencia, es que también cambian otras características de las deidades según cambian las circunstancias de los hombres.  Y, además, son habitualmente los cambios sociales los que preceden a los cambios en los dioses, lo que nos demuestra que es el hombre quien cambia los escenarios espirituales según le va en la vida.  Para muestra, baste observar cómo continúan evolucionado los dioses en la actualidad.

Las décadas de paz que llevamos disfrutando las naciones del mundo moderno están empezando a provocar nuevos cambios en el concepto divino.  Los dioses occidentales se están convirtiendo de la noche a la mañana en seres mucho más pacíficos.  Incluso el tan venerado dios infinito occidental está cambiando en ese sentido, reduciendo sus habituales maldiciones infernales contra los infieles.  Y en los movimientos espirituales más modernistas, la competencia entre sectas o vías religiosas no se centra en el tamaño de los dioses, ya no se lleva presumir de ser devoto del dios que tiene los atributos más grandes, pues las cualidades de infinitud que les aplicamos hace siglos nos impiden hacerlos crecer más; ahora el espíritu competitivo se centra en la calidad de esos atributos.

La evolución de los dioses se encuentra en un momento fascinante:  Protegidos por nuestros ejércitos ya no necesitamos dioses que nos defiendan ni machaquen al enemigo, (las bombas atómicas lo hacen mucho mejor).  Ahora se están creando en las cámaras ocultas de las sectas bocetos de dioses mucho más pacíficos que no incluyen en sus creaciones demonios, infiernos, ni penosos castigos.  Son dioses sin ira, tan infinitos y totalitarios como los anteriores, pero sin el terrible aspecto de intransigentes justicieros; dioses todo amor y sumamente permisivos.  Ya no es necesario un dios que sirva de arma arrojadiza sobre los infieles.  Éste es un cambio que está comenzando a emerger. 

Ya era hora de que se empezase a dudar de la incongruencia que supone concebir una entidad infinitamente amorosa y misericordiosa, y a la vez creadora de los mayores tormentos que el hombre pudo imaginar.

 


 

  LAS SECTAS Y LA POLÍTICA

 

            Los gobernantes de los países han de tener muy claro que la mayoría de las sectas aspiran a gobernar el mundo, es éste un temible sueño místico que debe de mantener en guardia a todos los dirigentes de los diferentes estamentos sociales, especialmente en aquellos países cuyos ciudadanos hemos elegido ser gobernados por gobiernos aconfesionales.  La “poderosa armonía espiritual” que se vive en el interior de las sectas siempre tiende a expansionarse mientras no encuentre la suficiente resistencia que lo evite.  Es frecuente que el sectario, o la persona religiosa, sueñe con extender por toda la Tierra su doctrina liberadora, o coronar como rey del mundo a su salvador particular, y crear así un poderoso fanatismo opresor de la libertad humana. 

La Historia de la Humanidad está llena de casos donde hemos podido observar la temible y poderosa efectividad que surge de la combinación de la espiritualidad con la política.  El ejemplo más espectacular lo encontramos en el antiguo Egipto, donde durante milenios la mística y el poder dirigente se aunaron en la figura del faraón, gobernante y dios a la vez.  Combinación que resultó ser muy efectiva a la hora de mantener en pie a los grandes imperios.  Fueron innumerables civilizaciones las que convirtieron en dioses a sus gobernantes; pero este título digamos que casi siempre lo ostentaban de forma honorífica, no había necesidad de que el emperador fuera en realidad una persona muy espiritual para convertirlo en dios.  De la misma forma que se colocaban la corona del reino como muestra de su poderío terrenal, hacían otro tanto con la corona celestial, como si de un honor o medalla divina se tratara.  Sin embargo, en Egipto, era donde se lo tomaban más en serio, quizás por ello resultó ser una civilización tan extraordinaria y tan duradera.  La función primordial de los sacerdotes se centraba en fomentar la divinización de los faraones, los grandes templos egipcios no fueron erigidos para culto del pueblo, como en otras civilizaciones.  Esos monumentos sagrados, incluyendo a las pirámides, eran lugares de sacralización exclusivamente de los faraones; exceptuando a los sacerdotes, el pueblo no tenía acceso a ellos.  Fue una civilización que se tomó muy en serio la soñada metamorfosis de convertir al hombre en dios.  Meta que no consiguieron del todo, pues sus adorados hombres dioses, sus inmortales faraones, acabaron hechos unas momias.

En la antigüedad era habitual que los poderes religiosos cohabitaran con los poderes políticos, económicos y militares. Y al parecer resultó muy eficaz la fórmula de fundir todos esos poderes en una sola persona, el rey dios fue durante milenios la figura ideal para representar a un país o a un imperio.  Por ello la competencia por el poder social entre sectas religiosas siempre fue sangrienta, pues no estaban en juego únicamente los poderes del cielo, sino que también entraban en disputa los poderes de la tierra.  La Historia nos habla de la enorme brutalidad con la que resolvían sus desavenencias.  Las diferencias religiosas entraban muy a menudo en sangrienta competencia bélica.  Los grupos o sociedades sectarias se demostraban entre sí que su dios era el mejor cuando les ayudaba a vencer en las batallas a sus enemigos, a machacarlos a ellos y a sus deidades.  El Islam todavía mantiene su filosofía de guerra santa.  Y en países del tercer mundo los asesinatos se suceden sin piedad como castigo para quienes contradicen la ley divina que defiende la secta asesina en cuestión.  Y las luchas entre los brujos de diferentes tribus o entre chamanes, tanto en África como en Centroamérica o Sudamérica, siempre han sido de una virulencia espiritista espantosa.  Los intereses políticos o económicos casi siempre han estado unidos a los intereses religiosos, esto ha creado unas luchas por el poder extraordinarias, de un fanatismo brutal. 

            Hoy en día, todavía quedan países en los que su máximo dirigente espiritual es a la vez el máximo dirigente político.  Estos dos aspectos unidos en un gobernante le otorgan un extraordinario poder de influencia sobre su pueblo.   Pero, en general, esta excepcional situación ya ha pasado a la Historia, sobre todo en los países occidentales dejó hace muchos siglos de existir.  Mas lo que no termina de desaparecer definitivamente es la influencia soterrada del sectarismo religioso en la política.  Los dioses o las fuerzas espirituales nos han estado gobernando hasta tiempos relativamente recientes, y probablemente continúen haciéndolo desde la sombra.  Napoleón y Hitler fueron fervientes adeptos de sectas ocultas.  Y recordemos que la masonería fue durante varias décadas recientes adiestradora habitual de nuestros gobernantes. 

            En la actualidad nos es imposible conocer al detalle el papel de las sectas en la vida de nuestros políticos.  Pero todo parece indicar que este matrimonio continúa existiendo en determinados casos a pesar de que se haya anunciado el divorcio a bombo y platillo.  Muchos políticos continúan resistiéndose a gobernar el mundo en solitario a pesar de que así lo anuncien, la ayuda de dios se sigue considerando imprescindible en muchos casos.  Y las sectas más avispadas se ofrecen como representantes divinas para ofrecer al político esa solicitada ayuda celestial, de forma clandestina, por supuesto. 

A pesar de que los dirigentes espirituales de las religiones, o de las sectas actuales, acostumbran a utilizar la típica afirmación de que su reino ―donde ellos reinan― no es de este mundo, todos sabemos que, con el pretexto de reinar en el otro mundo, nunca han cesado de entrometerse en los asuntos de éste. 

            Las tijeras moralistas de las diferentes censuras religiosas son otro claro ejemplo de la intromisión en la libertad que los modernos gobiernos intentan otorgar a los ciudadanos.  Los poderes absolutos que la religiosidad perdió en este mundo, no le han supuesto nada más que una pequeña merma de su influencia sobre el pueblo.  Su poder de fascinación sobre las masas continúa vigente, la palabra de dios siempre será superior a la palabra del hombre (excepto para los ateos), y su influencia sobre los individuos está garantizada si no hacemos un excepcional esfuerzo para evitarlo.

            El hecho de que, a medida de que transcurran las décadas, las viejas religiones vayan perdiendo credibilidad, puede hacernos pensar que estamos liberándonos de sus influencias; pero no es del todo cierto, porque sus viejas influencias las estamos sustituyendo por otras nuevas.

            La elevada proliferación de sectas está propiciando que no descienda el número de creyentes; quienes antes eran seguidores de una sola religión, ahora lo son de una gran variedad de creencias.  Es tan elevado el número de sectas que existen actualmente y de seguidores que acogen, que los mensajes del más allá alcanzan a un alto porcentaje de individuos.  Si hace pocas décadas las religiones oficiales, con sus ramificaciones sectarias, ostentaban el mando en los subterráneos de los gobiernos, ahora son innumerables excisiones de estas mismas religiones universales, y otras nuevas venidas de Oriente, de países exóticos o de reciente creación, las que están intentando gobernar sobre las dimensiones más profundas del hombre. 

Las sectas más ambiciosas siempre aspiran a situar a sus mejores adeptos en importantes puestos de influencia social, ya sea en los equipos de dirección de las más importantes empresas, en los medios de comunicación, en las sociedades culturales o en los puestos de la política.

            Cierto es que continúan siendo las viejas religiones quienes todavía influyen sobre un mayor número de individuos dirigentes.  Pero, ya sea la influencia venida de un lugar o de otro, el caso es que difícilmente existirá un estamento social importante que no incluya en su gabinete de dirección algún o algunos miembros sectarios que intenten imponer su moralidad religiosa y su doctrina sobre el ámbito social que abarque su influencia.  De esto no se libra ningún estrato social, los adeptos sectarios se encuentran esparcidos por todos los distintos gabinetes dirigentes de los más importantes estamentos sociales, influenciando en el gobierno de nuestro mundo, aplicando su particular ideología, especialmente en el ámbito de influencia que le permite su cargo social. 

Solamente la amplia diversidad de sectas y de doctrinas, y la dura competencia entre ellas, nos salva de la imposición de una ideología determinada; pero su influencia en la dirección de los pueblos más liberales de la actualidad es innegable.

Por supuesto que el pastel de influencia más preciado es el de la política.  En Occidente, aunque creamos que a las sectas se las ha separado de la política ―como hemos indicado anteriormente―, éste es un divorcio que no ha llegado a realizarse nada más que oficialmente; clandestinamente continúan siendo amantes.  Las sectas se niegan a perder su ancestral poder totalmente y se infiltran por los pasillos de los gobiernos de los países occidentales, intentando introducirse furtivamente en los despachos de los diferentes ministerios y partidos políticos.  De hecho, me temo que nunca los han abandonado: las religiones oficiales, viejos gobernantes derrocados, nunca abandonaron su poder social, manteniendo infiltrados a miembros de sus sectas más importantes en los gobiernos aconfesionales, influyendo en las decisiones de éstos, y vigilando que no penetren otro tipo de influencias sectarias aparte de las suyas en los despachos gubernamentales.

Solamente los partidos de izquierda, que han combatido tenazmente contra la vieja religiosidad, pueden presumir de no tener infiltraciones sectarias en sus despachos.  Más yo no me atrevería a asegurar que eso sea totalmente cierto.  Nuevas creencias esotéricas, o nuevas vías de religiosidad, están siendo utilizadas por las personas de izquierdas como armas arrojadizas contra las viejas religiones; muchas personas con inquietudes espirituales de izquierdas se llegan a convertir en creyentes de nuevas creencias, más que por fe en ellas, por aliarse con una nueva fe que está tan en contra de la vieja como lo está el pensamiento de izquierdas.  Estas nuevas creencias espirituales son muy a menudo prolongación de la larga guerra entre la derecha y la izquierda llevada a la dimensión espiritual.

Tanto empeño como pusieron los primeros pensadores de izquierdas por hacer desaparecer a la religiosidad de la escena social, apenas lo han conseguido; en las sociedades que siguen su idealismo, si éstas gozan de unas libertades mínimas, no cesan de emerger grupos o sociedades con exóticas actividades místicas.  Por mucho que las ideas de izquierdas intentaron relegar a la experiencia religiosa a un pasado superado por la evolución socialista, por mucho que los ejércitos rojos se empeñaron en hacer desaparecer a dios y a los sacerdotes de la escena política, cultural, científica y económica, sectas y sectas emergen por doquier con gran diversidad de cultos.

Cabe preguntarse si éste es un inútil costumbrismo muy difícil de erradicar del pueblo, una lastra que arrastramos del pasado, o la búsqueda de la experiencia religiosa es un impulso psicológico propio de la naturaleza humana.  Sea por una causa o por otra, el caso es que si intentamos erradicar de la sociedad la vieja religiosidad, vuelve a emerger en el pueblo de mil formas y maneras en miles de sectas. 

Mientras una secta o religión es la dominante, mantiene a todas las demás a raya impidiendo su extensión; esto no solamente se consigue por decreto, por reprimir otras diferentes manifestaciones religiosas del pueblo, también se consigue porque la dimensión espiritual del pueblo queda atendida, con mayor o menor grado de calidad, por los cultos populares dirigidos por la secta o religión dominante.  Cuando el cristianismo occidental desbancó del escenario social a tantos rituales religiosos durante la invasión de las Américas, lo consiguió gracias a que se continuó alimentando al pueblo espiritualmente con una nueva alternativa religiosa, que en ocasiones se mezcló con la vieja tradición. 

Pero cuando a la religión dominante se le arrebata el poder político sobre el pueblo y se mina su credibilidad, cuando la masa pierde la fe en ella y no se le ofrece otra alternativa ―tal y como hicieron las ideologías de izquierdas―, entonces muchas personas inician una búsqueda interminable de diferentes formas de relacionarse con lo sagrado, y las sectas emergen por doquier para intentar llenar este tremendo vacío que dejó la desaparición de la vieja religión de la escena social.

 Ésta podría ser una de las explicaciones que nos podemos dar a la enorme proliferación de sectas en la actualidad.  Las fuerzas de izquierdas nunca sospecharon que tras su asesinato del poderoso dios, que gobernó a nuestros pueblos durante milenios, pudieran nacer multitud de nuevos dioses ansiosos por sentarse en el trono vacío. 

Grandes cambios políticos han sucedido por llevarse a cabo asesinatos de los gobernantes.  Tanto la revolución francesa como la revolución rusa hizo uso de dichas matanzas.  Pero los cambios en la dimensión espiritual del hombre necesitan de mucho más tiempo.  Un asesinato divino no garantiza revolución alguna, los dioses pueden volver a renacer (por eso son dioses).  Las causas de la reticencia del pueblo a asumir un auténtico cambio espiritual habremos de buscarlas no en las religiones impuestas, si no en nuestros hábitos espirituales, muy difíciles de cambiar.  Observemos uno de esos hábitos en el próximo capitulo.

 

 


 

LA ETERNA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO PERDIDO

 

            Existe un gran número de relatos mitológicos que nos hablan de nuestros orígenes, de un paraíso en el que vivíamos y de cómo lo perdimos.  Y aunque los detalles de cómo sucedió aquello varían de una cultura a otra, en lo que sí coinciden es en confirmar que un desenlace fatal nos alejó de una supuesta ancestral felicidad.

            Si son o no son ciertas, alguna de esas viejas historias, es algo difícil de demostrar.  Desde luego que todas no pueden serlo, ya que sus relatos difieren notablemente de unas a las otras.  Dudo que algún día podamos saber a ciencia cierta cómo nos sucedió aquel desastre, o si en realidad llegó a suceder.  En mi pasear por los mundos sectarios he oído innumerables historias de cómo el hombre perdió el paraíso en el que vivía.  Cada diferente creencia religiosa o esotérica tiene su visón particular.  El relato bíblico, de nuestra expulsión del paraíso por el pecado original, es una historia más entre muchas otras.  No vamos a entrar en detalles, nos baste saber que, aparte de esos cuentos fantásticos, la Humanidad no ha cesado nunca de buscar el hipotético paraíso perdido. 

Sea cual sea la forma de vida que los seres humanos hayamos tenido en cualquier época de la Historia, siempre hemos intentado mejorarla buscando una felicidad que casi siempre se nos escapa de las manos.  El conformismo con lo tradicional, tarde o temprano, es abordado por nuevos cambios prometedores de un mundo mejor.  El desarrollo de nuestra civilización se debe a este impulso inconformista e investigador de lo desconocido. 

Nuestro comportamiento de incesante búsqueda parece confirmar que debimos de vivir en un estado más feliz que el actual.  Puede que nuestra profunda memoria nos recuerde que nos merecemos una felicidad mayor, y por ello no cesamos de buscarla.  Aunque también podrían ser los mitos sobre el paraíso perdido una justificación literaria de la fantasía de nuestros ancestros para un instinto de búsqueda innato en el ser humano; una entre tantas ocasiones en que la mitología escenifica en sus cuentos fantásticas explicaciones de los complejos impulsos humanos.

Ya sea porque realmente perdimos algún paraíso, o porque nos mueve una fuerza instintiva, el caso es que nunca hemos cesado de buscar.  Desde la antigüedad, y prácticamente hasta hace unas pocas décadas, la búsqueda se dirigía principalmente hacia aquellos lugares desconocidos de nuestro planeta.  El espíritu investigador y aventurero del ser humano se enfocaba fundamentalmente en descubrir nuevas tierras.  El paraíso se encontraba allende los mares, en tierras lejanas y vírgenes que se nos antojaban paradisiacas.  Pero, como la Tierra no es infinita, terminamos por buscar en todos sus rincones sin encontrar lo que andábamos buscando.  Una vez colonizado todo el orbe, se nos acabó la esperanza de encontrar el país de las maravillas; ya no nos quedan tierras por descubrir.  Sin embargo, continuamos rebuscando, con lupas, con microscopios y con telescopios; aparatos que nos permiten ver lo que se nos pasó de largo.

 Las ciencias nos dieron nuevas oportunidades de búsqueda que, de alguna manera, nos ha llevado a vivir en un cierto paraíso.  A las personas de siglos atrás, nuestra vida les resultaría paradisiaca, la tecnología y la paz social que disfrutamos nos ha propiciado un estado de bienestar envidiable para cualquier civilización de la antigüedad.  Pero ni aún así dejamos de buscar.  Es como si cada paso que damos hacia nuestro bienestar no nos satisficiera por completo, como si al final tuvieran razón esos individuos místicos que no han cesado de denunciar el error que estamos cometiendo buscando la verdad y la felicidad donde ellos dicen que no se encuentra.  Y todo parece indicar que llevan razón: en el seno del materialismo parece ser que no se nos ha escondido el paraíso perdido.  Sin embargo, continuamos buscándolo en el seno de la materia, no hemos perdido las esperanzas; aunque cada día aumenta el número de quienes, aburridos de este tradicional método de búsqueda, indagan por las dimensiones espirituales.  Zonas vírgenes, desconocidas, buceando en nuestras profundidades, donde nos volvemos a encontrar con las frondosas selvas de los misterios, territorios soñados por los espíritus aventureros.  Pero donde, me temo, que no sabemos ni andar a gatas.

Es en estos ámbitos donde ahora se centra el mayor impulso popular de nuestro ancestral espíritu investigador.  Siempre buscando más allá, traspasando fronteras, venciendo el miedo a los peligros que nos puedan estar esperando.  Éste es el viejo y admirable espíritu humano, sobre todo en Occidente, que no cambia con el paso de los siglos, ni parece que cambiará hasta que encontremos lo que estamos buscando (si es que existe, evidentemente).

Las sectas son grupos de individuos que, como en el pasado, emprenden juntos la aventura de buscar una hipotética felicidad.  En ellos no cabe la duda ni la indecisión, sino no buscarían.  Nadie se arriesga por nada.  Por ello resulta siempre indispensable el apasionamiento, un cierto impulso fanático, para meterse de lleno en la aventura de encontrar el paraíso perdido, sobre todo para quienes van en cabeza en las diferentes expediciones, que cada día son más.

Esta nueva época de aventureros me recuerda a aquellos buscadores del oro, soñadores de una riqueza que muy pocos encontraron.  Ahora no es muy diferente, se sigue buscando el oro, en este caso el oro espiritual.  La aventura está llena de peligros: piratas y corrupciones internas atentan constantemente contra el elevado espíritu del altruista buscador empedernido.  Y son muy pocos los que encuentran algo valioso.  La mayor diferencia con la búsqueda material consiste en que el oro espiritual no se puede pesar ni medir, y es muy fácil confundirlo con todo lo que brilla.  Así encontramos a muchos buscadores entusiasmados con sus hallazgos, deslumbrados con el brillo de lo que consiguieron en su filón particular; pero, lamentablemente ―sucede muy a menudo―, sólo hay que esperar un poco para ver como el tiempo oxida su baratija.

En este mundo del espíritu, conviene recordar que no es oro todo lo que reluce.  En los mercadillos espirituales hay que estar siempre alerta para que no nos den gato por liebre.

 

 


 

EL MERCADILLO ESPIRITUAL DE NUESTROS DIAS

 

            Nunca los individuos hemos tenido acceso a tal variedad de vías espirituales como ahora lo estamos teniendo en los países desarrollados.  Esta era de la abundancia nos ofrece una libertad de elegir el tipo de alimento para el alma semejante a la libertad de elección que uno tiene para alimentar el cuerpo.  Si antiguamente el pueblo tenía que conformarse frecuentemente con pan y agua para alimentarse ―cuando no se estaba muriendo de hambre―,  ahora sólo tenemos que visitar un supermercado para observar que la abundancia y la libertad de elección alcanza proporciones extraordinarias.  Cada persona puede alimentarse con aquello que se le antoje y considere que le sienta bien para su organismo.  Y hablando del alimento espiritual sucede algo semejante: la variedad de los caminos espirituales que podemos escoger es cada día mayor, pues constantemente se están creando nuevas formas de tratar nuestras dimensiones ocultas.

            La gran diferencia en el abastecimiento de un alimento o de otro radica en que no tenemos supermercado espiritual donde dirigirnos para adquirir aquello que deseamos, no disponemos de ricas estanterías donde se exponga toda la variedad que existe en el mercado, no podemos comparar precios, calidades ni cantidades; y si a esto añadimos que las organizaciones de consumidores no incluyen en sus estudios este tipo de productos, resulta obvio que el consumidor de productos esotéricos está muy desatendido en comparación con los consumidores de otros productos.

Solamente en las librerías encontraremos gran variedad de libros que nos hablen de estos temas, de hecho es la única fuente de información decente que tiene el aficionado al esoterismo para llegar a conocer toda la gama de ofertas espirituales; pero puede resultar agotador tenerse que leer todos los libros necesarios para obtener una visión equilibrada y profunda.  Recordemos que la mayoría de los textos son folletos propagandísticos, ediciones realizadas por las propias sectas con la primordial intención de crear nuevos adeptos, donde se exaltan los supuestos beneficios que uno obtendrá ―si se introduce en la secta― y donde se ocultan las dificultades y problemas con los que se encontrará.  Y, por otro lado, de un tiempo a esta parte, han ido apareciendo, en oposición a estos textos, otros, no menos extremistas, que pintan todo el universo de las sectas más negro que el carbón, exagerando en plan negativo lo que los otros exageran en plan positivo.  Así que el lector lo tiene muy difícil para saber qué le ofrece realmente cada secta, cual es su precio y los riesgos que va a correr.

Por ello, habitualmente, no es ese tipo de información el que le conduce a uno a introducirse en una secta.  La mayoría de las veces se trata de una información transmitida por otro sectario: persona entusiasmada que consigue contagiar su euforia a quien está recibiendo la información, convenciéndole de que aquello es lo que necesita, lo que está buscando.  De tal forma que uno acaba aceptando la oferta, no porque sea lo mejor para él, sino porque no le ofrecieron otro producto que se adaptase mejor a sus necesidades.

Como podemos ver es un mercado difícil, al que podemos añadirle         ―para empeorarlo― una competencia muy desleal:  El producto que cada cual  vende es inmejorable porque lleva el auténtico sello divino, y porque lo que ofrece la competencia es una auténtica porquería muy dañina para la salud, además de llevar un sello divino falso, claro está.

Este tipo de agresividad competitiva, si bien es verdad que en ocasiones no resulta tan extrema, en el fondo casi siempre la llegamos a descubrir tal y como la estamos presentando: brutal.  Por mucho que se presuma del respeto a las libertades humanas en los ambientes espirituales, la competencia entre creencias religiosas, entre sectas, es sumamente agresiva.  Baste observar la intransigencia de cada religión con el resto de religiones a lo largo de la Historia, para hacernos sospechar que en otro tipo de asociaciones esotérico espirituales no va a resultar muy diferente.  Prueba de ello es que el mercadillo espiritual no lo encontramos en la calle del mercado central o en galería comercial alguna.  Los tenderetes de venta se dispersan por la superficie de cada una de nuestras ciudades, evitando toda vecindad con la competencia.

Existen excepciones a esta norma general: en los recintos feriales de algunas grandes ciudades se reúnen de vez en cuando multitud de videntes, astrólogos, expertos en ciencias ocultas, parapsicólogos, curanderos, sanadores, y expertos en todo tipo de terapias alternativas, mostrando su producto al público, y mostrándose, de paso, los dientes entre ellos; no es difícil descubrir a algún ocultista protegiendo su stand como puede y sabe del mal de ojo que según él le hecha la competencia excesivamente próxima.  Esta “sana” convivencia, aunque haya males de ojo de por medio, es todo un logro.  Mas conviene aclarar que los vendedores de este tipo de mercados son de la línea blanda, pertenecientes al movimiento esotérico llamado de la nueva era, mucho más tolerantes que los viejos vendedores de la línea dura, los cuales nunca entrarían a formar parte de semejante mercadillo, pues cada uno de ellos se considera poseedor de la única verdad divina, y en vez de echarse un mal de ojo se echarían veneno en sus bebidas.  ¿Cómo podría existir un mercado de ofertas espirituales si cada uno de los vendedores considerara a todos los demás demoniacos charlatanes embaucadores?

Los medios informativos realizan auténticos esfuerzos para aclarar todo este turbio enmarañado de ofertas totalitarias.  Los debates entre partes enfrentadas es una aceptable forma de ofrecer al público una información equilibrada.  Pero ese tipo de reuniones públicas resulta muy difícil de conseguir, cuando no imposible.  La intransigente parte sectaria habitualmente se niega a enfrentarse a sus detractores; huyen de ellos como si del diablo se tratara, porque todo detractor de la secta es precisamente eso, un demonio, pues sólo la encarnación del mal se atrevería a oponerse a la voluntad divina, de la que, por supuesto, ellos son los únicos portavoces.

Cada una de esas sectas calificará de infernal este libro porque no le damos la razón a ella en particular.  ¿Quién se atreve a sentenciar cual de ellas lleva la razón divina?  Si nos inclináramos por darle la razón a una de ellas, las otras se arrojarían sobre nosotros como fieras.

Cuando se decide caminar por el mundo de las sectas, uno ha de acostumbrarse a tratar con este tipo de actitudes “espirituales”.  Creo que habremos de esperar bastante tiempo hasta que el mercadillo espiritual de nuestros días alcance el grado de madurez competitiva y de tolerancia que hemos alcanzado en el ámbito económico y político en los países desarrollados.  Mientras tanto, la persona buscadora hará bien en no prestar oídos a semejantes descalificaciones si tiene decidido llegar a conocer todas las ofertas del mercado. 

 


LAS OFERTAS ESPIRITUALES

           

            Cuando hayamos alcanzado la suficiente madurez como para prestar oídos sordos a los extremismos que acabamos de comentar, podremos empezar a enterarnos de lo que realmente ofrecen las sectas.  Primero necesitaremos realizar una criba de conceptos propagandísticos, pues la desmesurada competencia que se ha creado entre ellas, al aumentar tanto su número en el mercado, ha creado como consecuencia inevitable un aumento de ofertas espirituales de dudosa calidad. 

El mercado espiritual está de rebajas: gracias, beneplácitos, indulgencias, iniciaciones, títulos, medallas y salvaciones, se ofrecen cada vez más por menos.  Ahora se puede conseguir el perdón divino e infinidad de gracias con sólo seguir ciertas pautas de doctrinas sectarias.  Incluso los grandes almacenes de las grandes religiones, para no perder su nivel competitivo, están empezando a rebajar los precios.  El ser humano siempre ha necesitado dedicar gran parte de su vida a hacer el bien y a purgar sus culpas para concluir su evolución espiritual, pero, en la actualidad, las cosas están cambiando.

Los creyentes en la reencarnación ―por ejemplo― siempre han asegurado que podemos llegar a necesitar miles de vidas para completar nuestro proceso evolutivo.  Sin embargo, actualmente, existen ofertas que te rebajan el cupo de vidas que te quedan por vivir con sólo darte un paseo por una montaña ―sagrada, claro está―, dedicándote de por vida a un gurú, cantando muy a menudo ciertas jaculatorias, haciendo turismo por lugares sagrados, etc.  De esta forma uno puede reducir el calvario de su dolorosa evolución en varios miles de años, incluso millones, según ciertas ofertas.

            En Occidente se ha hecho muy famosa la teoría oriental del karma.  Resumiéndola, dice que toda obra que realicemos engendra intereses si ésta es buena, y deudas si es mala.  Es como si fuera una cuenta corriente que nos acompaña a lo largo de todas nuestras vidas, y, cuando hemos ahorrado lo suficiente, podemos dejar de reencarnarnos en este mundo y comprar el billete de entrada al cielo.  Pues bien, como la mayoría de nosotros no hemos sido santos, ni lo somos, tenemos bastante karma en números rojos.  Pero, no hay porque preocuparse, las sectas, conscientes de los problemas de nuestra economía celestial, nos ofrecen soluciones para sanearla como lo haría cualquier banco o caja de ahorros; solamente hemos de cambiarnos a una de sus sucursales para ser atendidos y conseguir una rentabilidad extraordinaria a nuestras inversiones.

            Las modernas ofertas sectarias también nos ofrecen la oportunidad de elegir el cielo al que se quiera ir después de muerto.  El tradicional seguro de vida eterna de las viejas religiones occidentales tiene serios competidores.  Ahora, por muy poco esfuerzo, muchas sectas o religiones ofrecen sus viajes al más allá con grandes ventajas y con exóticos funerales incluidos.  Sólo hay que seguir sus doctrinas por un tiempo relativamente breve para conseguir que te den una ventajosa póliza de seguro de muerte. 

            Incluso existen agencias que te permiten visitar el cielo antes de morirte, donde aseguran que no hace falta jubilar el cuerpo ni acumular tanta bondad de por vida para gozar en vida del plan de pensiones para el alma.  Hay sectas que garantizan la felicidad del alma aquí en la Tierra.  En plena vida mundana son capaces de llevarte al cielo con sólo invertir parte de tu tiempo y de tu dinero en ellas.  Todo un regalo.

            Cuando las líneas aéreas que nos llevan al cielo estaban monopolizadas por las religiones oficiales, sólo existía una tarifa de viajes a elevados precios, y corrías el riesgo, por no haber ahorrado lo suficiente, de quedarte a medio camino, en el purgatorio.  Y si a estas dificultades se añadía que el viaje se realizaba después de muerto ―del que nadie regresaba para contarlo―, era de esperar que las avispadas sectas inventaran unos viajes mucho más atractivos.  Son los viajes al cielo antes de lo entierren a uno, y a un precio razonable.  Viajes que están haciendo furor.  Yo los he probado, soy testigo de ellos.  Por un módico precio se puede visitar el paraíso sin necesidad de morirse.  Es una experiencia gloriosa, puedes sentir una fuerza espiritual que te levanta del suelo y te lleva a un mundo maravilloso, donde la felicidad se vive a raudales; es como si estuvieras de vacaciones celestiales.

Pero, como sucede en las vacaciones, el viaje se acaba; en ocasiones no dura más que lo que dura el cursillo espiritual, tiempo en el que se practican los métodos intensivos de elevación del alma.  Y, como suele suceder cuando vuelves de vacaciones, el retorno al trabajo diario se suele hacer muy cuesta arriba, en ocasiones traumático; pues, ya de regreso a tus rutinas, te puedes sorprender irritado, discutiendo con el vecino, por ejemplo; y, de paso, frustrado, preguntándote dónde se fue la paz celestial tan gozosamente vivida los días pasados.

Se están haciendo auténticos esfuerzos para alargar el bienestar vacacional de estos viajes espirituales, pero apenas se está consiguiendo.  Algo falla, no sé si será por el bajo precio de los vuelos o porque es muy difícil experimentar por largos períodos el cielo aquí en la Tierra.  O quizás sea porque todavía no sabemos mantenernos en equilibrio en las alturas, y acabamos cayéndonos en picado.  Por esta razón, siempre hay que tener en cuenta que cuanto más alto subamos, más dolorosa puede ser la caída; y que un accidente espiritual puede dejarnos tan maltrechos como un accidente corporal. 


LA ERA DE ACUARIO

 

            Era de esperar que este furor de ofertas competitivas sucediera en una temporada de ventas especiales.  Y así es, los astrólogos nos dicen que acabamos de estrenar una nueva era astrológica: la era de acuario, también llamada la nueva era, con una duración aproximada de dos mil años; siglos de  facilidades para todo aquello concerniente al desarrollo de nuestra mente y de nuestra alma.  Nos esperan dos mil años de rebajas.

Puede parecer un tiempo excesivo, pero recordemos que para la infinitud existencial del alma, dos mil años podrían muy bien corresponder al mes de rebajas de cualquier año de nuestra vida; vamos, un suspiro, un insignificante lapsus en la Historia de la Humanidad.

            Un mes de rebajas donde todo son facilidades, ofertas y oportunidades con substanciosos descuentos.  Tiempo propicio para adquirir todo aquello que facilitará el crecimiento de nuestra alma.  Abundantes ofertas de productos, quizás excesivas para tan sencillo propósito; pues el crecimiento del alma, como el del niño, es un proceso que se produce por si solo, y lo mejor es cuidarlo, pero no dificultarlo forzando excesivamente su crecimiento.

            Está sucediendo lo típico después de una época de carestía alimenticia.  Pasamos tanta hambre de libertades espirituales que, ahora, llegada la era de la abundancia, quienes gustamos de esos alimentos nos empachamos por comer todo lo que se nos pone a nuestro alcance sin realmente necesitarlo.  Hasta que aprendemos que la moderación y el equilibrio en los temas del espíritu son otras virtudes a aprender.

            Los escaparates esotéricos de esta nueva era están a rebosar de productos que nos tientan a atiborrarnos de cosas innecesarias.  Libros y más libros que nos enseñan a ser más felices, a buscar nuestro equilibrio interior y a sanar las enfermedades.  Música y más música, de relajación, suave, hermosa, terapéutica; algunas de raíces orientales; otras de otros orígenes, siempre esotéricos, extraños a nuestra cultura, diferentes; es la música nueva era, es el acompañamiento de este nuevo movimiento cultural.  Dietas y más dietas, diferentes formas de alimentarte, algunas sorprendentes, como son los diferentes tipos de ayunos, innumerables formas de experimentar con nuestro estómago, alimentación dietética, naturista; experimentos que muchas veces terminan en dolor de tripas, otras en éxito, pues logran desintoxicarnos de los dañinos residuos intestinales causados por nuestros malos hábitos alimenticios.  Medicinas alternativas, innumerables formas de curar nuestras dolencias.  Meditaciones y más meditaciones, de todos los colores, nuevas técnicas de búsqueda interior, de bucear en uno, de conocerse a través del submarinismo por las profundidades de nuestro inconsciente, donde nos encontramos con delicias nuestras, escondidas, y también con el desagradable espectáculo de nuestro lado oscuro, de esas profundas aguas donde reside todo lo que no queremos ver de nosotros, y donde están todos aquellos recuerdos olvidados que un día tiramos a las profundidades de nuestro propio mar porque no los soportábamos.  Visualizaciones, proyecciones de nuestros deseos en la pantalla de nuestra mente, proyectos de cambio para nuestra vida y para el mundo.  Relajaciones, calmantes para la mente, el cuerpo y el alma; métodos para combatir el estrés, para calmar nuestros impulsos agresivos, a veces misión imposible en nuestra sociedad donde la lucha por sobrevivir la realizamos a base de empujones.  Sectas y más sectas, modernas, de la nueva era, más tolerantes que las tradicionales; sectas integradoras de la personalidad, escuelas dispuestas a ayudarte a equilibrar tu mente, a superarte a ti mismo y a aumentar tu autoestima.  Grupos de trabajo para ayudarte en tus relaciones personales.  Sanadores, gurús, predicadores, terapeutas; portavoces de nuevas vías de perfeccionamiento, de nuevas formas de respirar, de pensar, de sentir y de vivir.

            No cesaríamos de describir todo lo que muestran los escaparates de la nueva era, todo fascinante, mágico, prometedor, a estrenar; tentaciones para el curioso, para el necesitado de arreglarse un poco por dentro, para el adicto a los productos esotéricos.  Explosiones de entusiasmo en el comienzo de la nueva era, fuegos de artificio en la fiesta de los nuevos milenios, brindis por la nueva era de luz.

            Publicidad desmesurada, exaltada, para un comercio en fase de lanzamiento, con excesivos comercios y comerciantes atraídos por las buenas expectativas del consumo.

            Ahora, a los consumidores, nos queda decir la última palabra en este nuevo mercado.  Para ello habremos primero de informarnos.

 

 


 

LA RELACIÓN CALIDAD-PRECIO

 

            En un mercado que está en sus comienzos resulta muy difícil conocer la relación calidad-precio de sus productos.  No existe tiempo suficiente para sopesar la rentabilidad de una inversión de este tipo.  Las sectas, para competir con las grandes multinacionales religiosas, lanzan campañas publicitarias donde acostumbran a exagerar las prestaciones de sus ofertas (tal y como las grandes religiones han hecho siempre).  Y muchos de los productos que fracasan y desaparecen del mercado, reaparecen de nuevo con algún pequeño cambio en sus ingredientes y con otro título anunciador de una nueva panacea.

            Al consumidor no le queda otra opción que la de convertirse en un experto en estas lides si no quiere pagar un elevado precio por lo que en realidad es una ganga.  Y, cuando digo un elevado precio, no me refiero solamente al dinero, sino a la salud y a la integridad psíquica del individuo.

            Cuando la estafa es grave se puede recurrir a los tribunales para denunciar el robo o el peligro al que fue sometida nuestra integridad personal. Aunque casi nunca se llega a esos extremos, las sectas conocen bien sus límites legales.  Muchas denuncias se quedan en papeleos sin consecuencias.  Recordemos que nuestra sociedad de mercado libre nos permite adquirir infinidad de productos peligrosos como el tabaco, el alcohol, practicar deportes de riesgo, montarnos en un coche a pesar de la cantidad de los accidentes provocan, etc.  Es el individuo libre quien tiene la responsabilidad del buen o del mal uso de estos productos.  Aunque también es cierto que la sociedad se encarga de adiestrarnos para enfrentarnos a los peligros.  Para andar por las sectas haría falta crear algún título de manipulador de productos espirituales peligrosos, o algún carné para conducir por los cielos, o algo así.

            Existen muchos peligros en los caminos espirituales, y uno de ellos es el de arruinarnos.  Yo no tuve la suerte de encontrarme un libro como éste.  Aprendí la relación calidad-precio a base de consumir alegremente todo lo que me apetecía.  Y, digo alegremente, porque pasearme por las sectas llegó a ser para mí todo un hobby, donde no me importaba gastarme el dinero y correr riesgos. Todo por vivir la aventura de ir en pos de nuevos descubrimientos por el universo de la mente y del espíritu.  Allí donde veía que podía aprender algo interesante, allí me metía e iba a por ello sin importarme mucho el dinero que me iba a costar.  Ahora, eso sí, mis gastos de ese tipo no sobrepasaban nunca lo que una persona corriente se suele gastar en su tiempo de ocio; por lo tanto, el dinero que necesitaba para vivir siempre estuvo a buen recaudo.  Y, respecto a correr otro tipo de riesgos, exceptuando los trompazos que me di al principio, con el tiempo acabé desarrollando una especie de intuición que me avisaba de los peligros y me invitaba a salir corriendo.  En cuanto algo me incomodaba en demasía, desaparecía de la secta en cuestión.  Esa es una de las causas por las que me he paseado tanto por ellas.

            Y así fue como fui aprendiendo la relación calidad-precio.  Al principio me tragaba todo lo que me echaran.  Después, ya afinado más el gusto, fui desarrollando la libertad de elegir el producto que deseaba, aprendí  también a desechar toda la paja que lo envolvía y a sopesar la conveniencia de pagar el precio que me iba a costar.

            Una de las primeras sorpresas que se lleva, el consumidor principiante de estos productos, es el encontrarse en casi todas las etiquetas el texto de:  “Fabricado en el cielo”.  Y ante tan elevada calidad  ¿qué precio está usted dispuesto a pagar?  Obviamente pague lo que pague usted habrá adquirido una ganga, pues es de suponer que no tiene precio lo que usted está comprando.

Es entonces cuando se le puede comunicar al vendedor que, como lo que estamos comprando no tiene precio, hemos decidido no pagar nada.  Luego nos dirá que es necesario el pago de la cantidad estipulada o de la voluntad para cubrir gastos; especialmente los del transporte ―digo yo―, pues el cielo debe de caer bastante lejos.

Como estamos viendo ―dejando el humor a un lado― no resulta fácil en este mercado encontrar una relación calidad-precio equilibrada.  No existe un precio mundano para un producto mágico, celestial.  Por lo tanto, si mi consejo sirve de algo: mejor no pagar nada.  Porque, además, suele suceder, que en la competencia estén regalando ese mismo producto por el que están pidiendo un elevado precio.

Otra cuestión es si usted desea apoyar por iniciativa propia la infraestructura económica de la secta en cuestión, del chamán, del curandero o de la bruja; después de haberse percatado de que por mucho producto celestial que anuncien, la comida, el vestir y el cobijo no les cae del cielo.  Pero asegúrese de que es una decisión tomada libremente, porque es muy probable  que le hayan inculcado más de un argumento para convencerle de la necesidad de aligerar cuanto más mejor el peso sus bolsillos.

Pagar la voluntad es una forma de realizar ingresos que puede parecer bastante pobre, pero en ocasiones da muy buenos resultados; los ingresos van en proporción con la aceptación del producto, la fascinación o los beneficios que produce en los consumidores.  Otra forma de pago muy habitual es la tarifa por la consulta esotérica o la cuota mensual; precios fijos que uno puede tomar o dejar y, en ocasiones, hasta regatear.  De todas formas, no está nada mal darse una vuelta por la competencia y comparar precios, a veces uno se lleva más de una sorpresa.  Lo malo es cuando a uno se le ha convencido de que lo que le han vendido es un producto único e insustituible, entonces, si uno se lo cree, no hay competencia que valga.

 


 

LA LIBERTAD DE ESPÍRITU

 

            Una de las más importantes contradicciones que encontramos en los caminos esotéricos, espirituales o religiosos, es la publicidad que se dan como medios liberadores del hombre, cuando en realidad le están privando de su principal libertad: la libertad de elegir.  Las sectas tienen la merecida fama de atrapar a quién cae en sus redes.  La persona que ha sido convencida de que siga la doctrina sectaria, es posteriormente convencida de nuevo para que no la abandone, so pena de caer sobre ella toda la ira divina.

            Si hasta ahora me he empeñado en mostrar el mundo espiritual como un mercado no ha sido con la intención de ridiculizar a todo el conglomerado de vías de realización espiritual, sino para dejar bien claro que deberíamos de tener la misma libertad para elegir un tipo de vía de realización espiritual que la que tenemos para elegir los productos de un supermercado.

            Los argumentos empleados por los vendedores de productos salvadores para mantener fijos a sus clientes son diversos y adquieren varios matices, desde los terroríficos castigos infernales hasta los más sutiles que te incitan indirectamente a pensar que si abandonas aquella doctrina no te va a ir muy bien.  Hagamos un resumen de estos argumentos porque merece la pena conocerlos.

            La condenación del alma es el más conocido, es el duro castigo eterno que le espera a aquel que se atreva a abandonar el camino religioso, será pasto de los demonios y de las llamas del infierno por toda la eternidad.  Esto no es una broma, hay millones de personas siguiendo una doctrina únicamente por el temor que les produce este tipo de amenazas.  Es realmente lamentable que en nuestra era de libertades todavía existan esclavos del terrorismo del espíritu. 

Si la vía en cuestión es de un cariz sanador, la presión para continuar en ella no va a resultar mucho menos brutal, pues quien se atreva a abandonarla sufrirá todo tipo de males en su organismo, sobre todo si al enfermo se le ocurre ir a la competencia de la medicina oficial, allí seguro que terminan por matarlo.

Si es un gurú quien está conduciendo la vida de una persona, habrá de tenerlo de por vida, pues no deberá de olvidar que a pesar de que es el alumno quién busca un maestro, es el maestro quien acaba por encontrar al alumno, y por supuesto que, si es el maestro quien decide el encuentro, habrá de ser él también quién decida el tiempo que han de durar sus enseñanzas, tiempo que suele durar toda la vida, ya que cambiar de gurú es algo que no se lleva en todo Oriente, dicen que le puede sentar muy mal al acólito; demás de que no existe ningún argumento válido para alejarse de su maestro, ya que éste y sus fanáticos seguidores se han preocupado de convencer al incauto de que está bajo la protección de la única encarnación terrestre de la divinidad.

Y, en general, esto se repite con diferentes matices en casi todas las vías de desarrollo espiritual: sus caminos, si no son únicos, resultan al menos indispensables.  Si les prestamos a todos cierta credibilidad, no nos podemos ni imaginar el esfuerzo que una persona ha de realizar para andar todos estos “imprescindibles” caminos para realizarse espiritualmente.  Hará falta tener fe en la reencarnación, pues serán necesarias muchas vidas para cumplir todos los requisitos necesarios para salvarse que cada secta predica.

Hemos de añadir que todos estos argumentos, aunque parezca increíble, no son expuestos de mala fe.  El brutal mensaje fanático, antes de ser transmitido, ya ha convencido a quien lo transmite.  En próximos capítulos estudiaremos como se produce la fe ciega.

En el nivel emocional nos encontraremos otro tipo de dificultades cuando deseemos cambiar de camino espiritual.  Siempre existe un tipo de relación emocional entre los miembros de una secta, entre el maestro y el discípulo, entre el sacerdote y el piadoso practicante, entre el terapeuta esotérico y el paciente, etc.  Y, cuando se ha decidido romper la relación, hay que enfrentarse con problemas sentimentales semejantes a los que se producen en las separaciones matrimoniales.  El grado de la problemática a sufrir está en proporción directa con el tiempo que se lleve de relación y la intensidad afectiva de ésta.  Los desenlaces, como sucede en los divorcios, no suelen resultar muy agradables, despertándose oscuros sentimientos en unos individuos que precisamente han estado estudiando, practicando y anunciando la forma de combatirlos.

Y, ya para concluir esta serie de impedimentos que nos dificultan la libertad de elegir, hablaremos del síndrome de abstinencia que nos espera cuando abandonemos la vía de realización personal que llevemos tiempo practicando.  La adicción es un fenómeno que no debemos de olvidar, pues resulta intrínseco a toda experiencia agradable, y, hemos de reconocerlo, que los individuos que componen las sectas no sólo están ahí por una fe ciega, sino también por una experiencia seductora que sella su convencimiento.  Es un fenómeno similar en muchos casos a la drogadicción, en realidad se trata de una auténtica drogadicción.  La experiencia mística provoca que el cerebro segregue drogas que de forma natural absorbe el organismo.  Dada la complejidad y la importancia de este fenómeno, hablaremos más delante de él.  Ahora solamente anotar que nos encontramos con otra dificultad para adquirir nuestra condición de seres libres en el mundo del espíritu.  La adicción que puede provocar la experiencia esotérico mística es un tipo de embriaguez que nubla el entendimiento y afianza el fanatismo, atentando directamente contra nuestra auténtica libertad espiritual.

Si una persona no es totalmente libre, difícilmente podrá evolucionar espiritualmente.  Repasados todos estos puntos que atentan contra la libertad del individuo, podremos deducir si las decisiones que tomamos en nuestra vida, relacionadas con nuestro nivel espiritual, las tomamos con total libertad o condicionados por los puntos que acabamos de enumerar u otros semejantes a ellos.

Y recordemos que no tomar decisión alguna ya es una decisión.  El no comer nada por temor a envenenarnos puede ser tan perjudicial para nuestra salud como arriesgarnos a comer todo lo que nos echen.  Alimentaremos bien nuestro espíritu cuando seamos expertos en seleccionar libremente el tipo de alimentos que mejor le sienten a nuestra alma.

Ahora nos queda analizar qué tipo de actividad espiritual estamos viviendo, y deducir si en realidad la hemos escogido libremente o ha sido condicionada por los factores expuestos anteriormente.

Puede que pensemos que no resulta necesario tanta pamplina para un bienestar espiritual.  La práctica del virtuosismo en las artes, en las relaciones personales y en la moral ya conceden satisfacciones espirituales.  Si se toma esta postura con pleno convencimiento y libremente, seguro que tendremos un espíritu más libre que quienes estén siguiendo algún camino espiritual con algún tipo de los condicionamientos expuestos anteriormente.

Nuestra sociedad occidental ha mejorado notablemente en la dimensión de la justicia social, pero a las sectas parece que todavía no les ha llegado nuestro flamante régimen de libertades, quizás sea porque es un sistema de enseñanza tan arcaico que todavía no se ha dado por enterado de lo que está sucediendo fuera de su cerrado mundo.  De todas formas, nosotros podemos enseñarles nuestra revolución de libertades: cuando deseemos aprender sobre esos temas que tanto dicen saber y de los que tan poco se nos cuenta en las escuelas, acudamos a ellas eligiéndolas libremente, buscando el conocimiento oculto como lo haríamos dirigiéndonos a cualquier tipo de academia.  Recordando siempre los peligros que hemos comentado, y otros que estudiaremos más adelante, que afectan muy seriamente a nuestra libertad de elección, y, en definitiva, a nuestra libertad de espíritu.

 


 

CÓMO ENTRAR Y PERMANECER EN UNA SECTA

 

            Si hacemos un buen uso de nuestra mano izquierda y de nuestra  libertad de espíritu, tendremos los menores problemas posibles a la hora de entrar y permanecer en el interior de una secta; pero, aún así, los tendremos.  Todo depende de nuestra habilidad para desenvolvernos en su interior y de los riesgos que podemos correr en ella.

            Para conocer el grado de peligrosidad de la secta en cuestión podemos guiarnos por el listado de sectas destructivas que emiten algunos estamentos sociales; pero, casi siempre, en esta especie de lista negra, están incluidas asociaciones que no cometen otro tipo de delito que el de pensar diferente; y suelen no estar incluidas otras que, amparadas en el costumbrismo de nuestro sistema cultural, llevan siglos machacando a las personas.

            Así que, reconociendo la dificultad para obtener una información objetiva previa, y si hemos decidido adentrarnos en el mundo sectario, es conveniente que demos ese paso con todas las precauciones posibles; pero sin temores exagerados.  Es típico el temor de acabar siendo víctimas de las sectas, esclavos suyos con sólo acercarnos a sus puertas; ésta es una exagerada actitud defensiva y una inapropiada predisposición para emprender un aprendizaje en ellas.  Una cosa es la prudencia y otra el excesivo temor que paraliza.  Para combatir esta idea tan extendida de acabar esclavo de las sectas, yo siempre tuve muy claro que, en primer lugar, yo no estoy para servir a las sectas, ellas son las que están para servirme a mí, están para mi servicio, para atender mi demanda de aprender; y cuando mi nivel de aprendizaje me satisfaga y me haya convencido de que su doctrina es beneficiosa para la Humanidad ―proceso que puede durar años―, será entonces cuando decidiré si presto mis servicios a la causa de la secta en cuestión o no se los presto.  Este sencillo cambio de actitud nos permitirá desenvolvernos con mucha más soltura y atrevimiento para emprender la aventura iniciática.  Actitud que en un principio convendrá disimular, porque si en la secta entrevén que nuestro ánimo de servir a su causa, de buenas a primeras, es mínimo, y el de aprovecharnos de ella máximo, es posible que no pasemos del recibidor y no lleguemos a las habitaciones del fondo donde se encuentran las enseñanzas que estamos buscando.  Una buena salida para escaparnos de obligaciones sectarias que no nos agrade realizar, es poner pretextos para no realizarlas: como que no tenemos tiempo, tengo una salud delicada, etc. 

            Las primeras fases de acercamiento a una secta no suelen resultar  peligrosas.  Habitualmente se trata de conferencias informativas donde se dice muy poco de los peligros con que nos podemos encontrar en su seno y se deja entrever lo mucho que nos puede aportar si nos afiliamos a ella.  Después vienen los pasos intermedios: cursillos de fin de semana, clases de un par de horas durante dos o tres días a la semana, o sistemas parecidos.  Hay que anotar que muchas vías de realización espiritual no pasan de esta fase para el público en general, cada vez más adoptan este sistema parecido al de una academia de cualquier otro tipo de enseñanza; sólo permiten que el estudiante entre en el seno de la organización, y se dedique intensamente a la secta, cuando lleva años demostrando un alto interés por su doctrina.  Este sistema crea muchos menos problemas de relaciones entre maestros y alumnos, pues funciona como si de cualquier academia se tratara, allí te ofrecen una enseñanza que si quieres la tomas y, si no, la dejas.  Las aportaciones económicas también suelen ser fijas, cuota mensuales o un precio por cursillo.  Esta frialdad académica resulta muy cómoda para recibir las enseñanzas de estas organizaciones, y no nos compromete con nada.  De esta forma se está produciendo una culturización esotérica popular que ha reducido el ocultismo considerablemente.

Pero las enseñanzas más famosas de las sectas siempre se han desarrollado en el secreto de sus cámaras ocultas, la secta tipo academia deja mucho que desear para todo aquel que busca esas verdades secretas.  Muy a menudo el estudiante de estos temas se siente especialmente atraído por el secretismo; espera que le van a mostrar algo extraordinario, y muy a menudo termina por llevarse un auténtico chasco.  Por ello, uno ha de tener muy claro sus objetivos de estudio antes de adentrarse en las profundidades de una secta.  Objetivos que no siempre podrán definirse claramente por falta de información; a pesar de ello hemos de esforzarnos por clarificar ese objetivo, y, cuando definamos la meta a conseguir, siempre habremos de tenerla en mente para no perdernos por los laberínticos caminos sectarios. 

Después vendrán los obstáculos a salvar antes de llegar a la meta, los problemas principales son los de integración en el sistema social de la secta y la aceptación de su filosofía.  Puede no resultarnos muy agradable tener que soportar extrañas opiniones sobre la vida, la sociedad y el mundo, con las que no estamos en absoluto de acuerdo; al igual que puede resultarnos muy incómoda la posición social que se nos haya asignado en el interior de esa pequeña sociedad.  Yo aconsejo, si se desea seguir adelante, porque creemos que la meta merece la pena, soportar estoicamente estas inconveniencias, incluso aparentar que estamos de acuerdo con ellas; porque si no lo hacemos así, además de que no vamos a cambiar las entrañas de la secta, aumentaremos las dificultades para alcanzar nuestros propósitos de aprendizaje.

En un mundo libre como el nuestro, parece increíble tener que seguir estas pautas de comportamiento tan denigrantes para poder aprender, pero hemos de recordar que muchas sectas adoptan sistemas de enseñanza casi prehistóricos, perpetuados en la sombra de profundas cámaras ocultas inalcanzables por los acontecimientos sociales.  La única forma que se me ocurre de desmantelar semejante sistema de enseñanza es sacando a la luz todos sus conocimientos, aunque para obtenerlos tengamos que hacer de tripas corazón.

 

 


 

CONSUELO PARA LOS DESENCANTADOS DE LA VIDA

 

            Lamentablemente, es muy pequeño el porcentaje de individuos que entran en una secta buscando esencialmente conocimiento.  En la mayoría de los casos se trata de personas desconsoladas, desengañadas de la vida, que buscan una  forma de vivir alternativa.  En los casos más extremos se trata de personas muy resentidas con la sociedad, introducidas en la secta para llevar a cabo su venganza particular contra el sistema social vigente.

            No vamos a detallar la infinidad de frustraciones que pueden incitar a una persona a buscar una nueva vida en las sectas.  Únicamente indicar que las más abundantes son de tipo emocional.  Si sabemos que en nuestro mundo falta amor, no nos extrañaremos de que haya personas dispuestas a introducirse en otros mundos en búsqueda de una mayor felicidad.  Y nada mejor que elegir los universos espirituales que anuncian las sectas, donde ―según ellas― se vive armonía, amor y paz a raudales.

            A pesar de ser frecuente una actitud de búsqueda desesperada, es poco recomendable para iniciarse en una andadura por el interior de las sectas.  Cuando uno huye del mundo en el que vive, en realidad, la mayoría de las veces, está huyendo de sí mismo.  Los cambios de lugar pueden distraer por un tiempo, pero no solucionan el problema.  Un principiante, puede permanecer años distraído con las novedades de la secta que acaba de conocer, sin darse apenas cuenta de dónde se ha metido.  Las nuevas experiencias embriagadoras vividas en su nueva sociedad, cambiar de dios, de rituales religiosos y de doctrina, es un proceso muy largo y ciertamente entretenido.  Mientras esto sucede, la persona desencantada de la vida se mantiene distraída por la novedad del cambio y por las prometedoras expectativas de su futuro; pero, cuando las novedades dejan de serlo, y muchas de las grandes promesas sectarias no llegan nunca, uno se suele encontrar en una situación semejante o peor de la que huía cuando se introdujo en la secta. 

            Cambiar de sistema de vida, por muy convencidos que estemos de su beneficio, apenas nos cambia a nosotros.  Son muy pocas las sectas que enseñan a asumir su responsabilidad al individuo en todo lo que le sucede.  Muchas personas que buscan la paz por los caminos espirituales, lo hacen intentado cambiar su mundo exterior, su entorno social, introduciéndose en una secta que le vende la tranquilidad espiritual.  A quienes tienen grandes frustraciones en el ambiente familiar, la secta les ofrece la oportunidad de integrarse en una nueva familia, grupo de grata convivencia donde, todos sus miembros unidos como una piña en un propósito común, de buenas intenciones (que nadie deberá poner en duda), rezarán juntos e invocarán la presencia de sus dioses particulares que les llenarán de paz.  La experiencia religiosa, ya venga de un dios o de otro, siempre resulta gratificante.  Si los miembros de las familias en crisis realizaran con sus familias los mismos rituales que practican en las comunidades religiosas o sectas, como ―por ejemplo― rezar reunidos, no tendrían necesidad de permanecer afiliados a ningún otro grupo para encontrar la paz que andan buscando.  Pero, como los rencores familiares suelen intensos en las familias con problemas de convivencia, este tipo de situaciones acaban resolviéndose eligiendo una nueva familia que ofrece grandes esperanzas de felicidad.   Aunque, más tarde, en cuanto los rituales pacificadores del espíritu se hagan monótonos y pierdan efectividad, es muy probable que a la persona que albergaba grandes esperanzas con su nueva familia no le vayan las cosas mucho mejor que antes, pues sus patrones de comportamiento le llevarán a sufrir el mismo drama del que huía, incluso su situación habrá empeorado por haber perdido a su auténtica familia y amigos que ahora difícilmente podrá recuperar.

            Así que el sectario que buscó en la secta consuelo, puede acabar a la larga más desconsolado que estaba al principio; pero, claro, ahora las causas de su desdicha ―aunque sigan siendo las mismas― él las verá diferentes.  Ahora ya no achacará sus males a su nueva familia.  La secta se encargará de dejarle bien claro que ni él, ni ella, ni ninguno de sus afiliados son responsables de su propia infelicidad, sino que son los poderes del mundo, los gobernantes, el sistema social, o los demonios, quienes tienen la culpa de sus males.

            No voy a asegurar que en el cien por cien de los casos suceda de esta forma.  El efecto terapéutico de muchos de estos grupos resulta innegable, pero lo dicho sucede muy a menudo. 

Elijo ejemplos típicos, algo extremos, como prototipos para mis exposiciones, primero porque en realidad están sucediendo, y segundo para denunciar con la suficiente claridad el tipo de males que puede llegar a sufrir el aficionado a las sectas.  Son ejemplos que, aunque habitualmente no resulten tan extremos, servirán de información suficiente como para poder evitarlos. 

En realidad, quien busca una alternativa en los mundos sectarios, lo hace impulsado por varias causas: aumentar su saber, mejorar su salud, encontrar nuevas vivencias, etc., y, también, habitualmente, por estar desencantado de la vida.  En este capítulo estamos hablando de la peligrosidad que supone entrar en el mundo de las sectas cuando ese desencanto es precisamente el impulso más importante que nos lleva a tomar esa decisión.  Cuando es así, resulta muy conveniente, incluso lo más adecuado, acudir a un buen psicólogo.  La Psicología (aunque no es tan perfecta como la perfección divina predicada en las sectas) es una de las formas más serias de estudiar al ser humano, y puede ayudarnos a resolver muchos de los problemas de nuestra vida.  De hecho, considero indispensable una mínima base del conocimiento de esta ciencia para quien desee introducirse en una secta.  Habiendo abandonado hace años la euforia radicalista de sus principios, la Psicología se ha convertido en uno de los métodos de estudio más equilibrados, profundos y objetivos de la mente humana.  Capaz de reconocer sus propias limitaciones, sus conocimientos pueden llegar a aclararnos cuál es la verdadera intención oculta que perseguimos al entrar en una secta, y también ayudarnos a descubrir algunas de las intenciones ocultas de esas santas hermandades. 

Antes de dar un paso para buscar consuelo en una secta, la Psicología nos puede ayudar a comprender por qué estamos desconsolados y a superarlo.  Y si es el ansia de nuevos conocimientos lo que nos impulsa a entrar en una secta, es igualmente recomendable un básico conocimiento de esta ciencia.  Así nos evitaremos muchos problemas.  Es muy arriesgado  empeñarnos en aprender fuerzas ocultas sin conocer los impulsos básicos de nuestra mente que hace décadas nos descubrió la Psicología. 

 

 


 

EL TURISMO

 

            Los miembros de las sectas necesitan reunirse como necesita el agua un sediento; por lo tanto, cuando no conviven en un mismo lugar, tienen que viajar cada vez que desean agruparse.  Desplazamientos que realizarán lo más a menudo posible, pues su vitalidad espiritual se basa en gran medida en la fuerza del grupo.  Cuanto mayor sea el número de individuos agrupados en sus reuniones, y cuanto más frecuentes sean éstas, mayor sentirán su poder.  El grado de fe en su especial creencia espiritual aumenta o disminuye en proporción directa con el número de fieles que la sigan; de ahí que necesiten desplazarse para formar aglomeraciones lo más numerosas posibles donde compartir sus ideologías y experiencias, practicar sus rituales o, sencillamente, reunirse en torno al dirigente, predicador o maestro.

            Esta actividad viajera puede llegar a considerarse por quienes la observan de afuera como una envidiable actividad turística.  Muchas personas se sienten atraídas por algunas sectas por los viajes que éstas realizan, deslumbradas por la actividad de cariz vacacional, seducidas por el espíritu modernista del turismo.  Pero el viajar sectario tiene muy poco de viaje de placer turístico, así como tampoco es una actividad moderna; hace miles de años que existe, desde que se formaron las primeras sectas y los miembros de cada una de ellas no habitaban en un mismo lugar. 

            La secta organiza sus viajes con determinados propósitos enfocados en sus actividades de grupo, y en muy contadas excepciones deja algún pequeño espacio de tiempo para el turismo.

Yo he recorrido medio mundo y no he visto ni un uno por ciento de lo que hubiera llegado a ver si esos viajes hubieran sido turísticos.  Cierto es que mi delicada salud me permitía a duras penas seguir los apretados programas diarios de actividades sectarias, y no me podía permitir el lujo de realizar algún escarceo turístico en horas extras; sin embargo, en especial los jóvenes, no se resistían a la tentación de conocer esos nuevos lugares donde se desarrollaban las actividades comunales, se saltaban algunas convocatorias o utilizaban las noches para salir a conocer el nuevo país.  Después nos enterábamos los demás de que así había sido porque o no asistían a las meditaciones matutinas, o, si asistían, se quedaban dormidos en el intento meditador; sueño que no les venía nada mal, porque, probablemente, a lo largo de la mañana, les evitaba el oír alguna que otra reprimenda de algún dirigente conferenciante que ya sabía donde habían pasado la noche anterior.  El descarado atrevimiento juvenil era censurado por los más veteranos en el seguimiento de la doctrina, para quienes, fuera de la sociedad sectaria, en el mundo, no hay nada que merezca la pena ver.  El turismo para ellos es otra tentación mundana más que nos distrae del cultivo de nuestra espiritualidad.

Solamente los lugares santos se libran de ser calificados como lugares de perdición, hacia ellos está permitido el turismo religioso, semejante al turismo que todos conocemos, con la notable diferencia que no son cómodos viajes de vacaciones, sino que son recorridos expiatorios, llenos de sacrificios.  Peregrinaciones que se harán por caminos santificados, sagrados, a poder ser andando o en burro, como lo hicieron los santos o los profetas; caminar que nos concede gracias extraordinarias, más aún si lo hacemos descalzos, o, como en el tercer mundo, en ocasiones de rodillas.

En la India abundan esas rutas sagradas, las más importantes son elegidas simultáneamente por diversas vías religiosas universales y sectas, como sucede en Europa con el camino de Santiago, y en el mundo árabe con las peregrinaciones a la Meca.

            Existe un tercer tipo de “turismo” todavía más sufrido que los anteriores, se trata del viajar del misionero.  Toda gran religión o pequeña secta incluyen entre sus miembros a estos predicadores, son los encargados del proselitismo, de extender la palabra de dios ―la que corresponda en cada caso― por todo el mundo. 

            En Occidente está siendo sustituido este tipo de turismo misionero por un nuevo proselitismo.  La moderna tecnología de los medios de comunicación permite que los mensajes salvadores lleguen a tierra de infieles sin necesidad de que los predicadores se muevan de sus lugares de residencia.  El predicador puede entrar en casa del infiel sin ni siquiera llamar a la puerta, todo un logro modernista.  En Estados Unidos y en toda América están causando furor este tipo de predicaciones por las diferentes cadenas televisivas, púlpitos frecuentados por diversos predicadores.  Aunque en ocasiones cada uno tiene su cadena particular, o cada cadena tiene su predicador particular, para evitar que desde un mismo púlpito no se prediquen mensajes salvadores que condenen a otros predicadores de la misma cadena televisiva; si se condenan los mensajes de otra cadena, eso no importa, incluso está bien visto.  (A la competencia hay que hundirla, si es posible hasta los infiernos).

            Las subvenciones a las misiones siempre han sido una carga para las arcas de las comunidades religiosas; pero, ahora, con el auge de las predicaciones televisivas, si los índices de audiencia son elevados, no sólo dejan de ser una carga, sino que pueden llegar a ser una considerable fuente de ingresos.  No cabe duda de que el marketing de las empresas mundanas está contagiando a las empresas divinas.

            Sorprendente es el cambio que están experimentando las finanzas en torno a las actividades misioneras.  Sin embargo, la financiación de los viajes del peregrino no está sufriendo cambios importantes.  La devoción hacia los santos o los dioses hechos hombres lleva al creyente a imitarlos en lo posible, y como todos vivieron en épocas de miseria, o tenían votos de pobreza, suele resultar un turismo de lo más económico.  Los diferentes países, por donde transcurren esas santas peregrinaciones, tienen preparadas a tal efecto las infraestructuras de alojamiento y alimentación necesarias, para atender las necesidades mínimas de los peregrinos, a precios muy baratos o incluso gratis.

            La financiación de los viajes destinados a reunirse suele efectuarse de forma individualizada; pero, para atender a quienes no tienen los medios económicos suficientes para pagarlos, se usan diferentes sistemas de apoyo según la secta de que se trate.  Ya sea a través de un fondo común, de la caridad de algún miembro adinerado, o de préstamos que se realizan entre sectarios sin intereses (la usura no encaja en el espíritu de la virtud); ya sea de una forma o de otra, pocos se quedarán en tierra sin emprender los vuelos que los llevarán a disfrutar de sus gozosas reuniones nacionales o internacionales.  Y es que cualquier sectario quedaría descorazonado si uno de sus “hermanos” por falta de dinero no puede asistir al evento esencial para su salvación, y para la salvación del mundo.

            Yo estuve quince días en Miami beach en un hotel de lujo sin pagar nada, ni siquiera pagué el viaje desde Europa.  Me encontraba sin trabajo en aquella época.  La organización de la secta en la que me había metido se encargó de todo, hasta de mi sustento.  No sé cómo lo hacían.  Uno terminaba por creer a la fuerza en la gracia de dios.

            De todas formas, no suelen ser caros los viajes de grupos sectarios.  En los casos de fuertes organizaciones internacionales, las agencias de viajes se los rifan por llevarse la contratación de sus desplazamientos, ofreciéndoles precios muy baratos, y en muchos casos es la misma secta la que ya tiene creada su propia agencia de viajes.  Las ciudades escogidas para los eventos suelen ser turísticas, con alta capacidad hotelera.  Las reuniones se realizan en temporada baja, lo que todavía reduce más los precios, y permite que las agencias de viajes hagan su agosto fuera de temporada.  Los vuelos internacionales también suelen salir a precios tirados, incluso en ocasiones se fletan vuelos chárteres para estos acontecimientos.

Forzadas por la tremenda competencia, las sectas están disminuyendo la férrea disciplina de que siempre han hecho gala, esto puede dar lugar a que no exista un riguroso control de asistencia a las convocatorias de reuniones internacionales en el lugar o país elegido para los reencuentros, por lo que más de un sectario, de dudosa lealtad a las directrices doctrinales, puede que se salte a la torera el apretado programa de actos y caiga en la tentación de dedicarse a hacer turismo.  Como he comentado, me ha tocado ser testigo en varias ocasiones de este hecho, y en personas que no habían pagado el viaje ni la estancia. 

Paseando por el interior de las sectas uno descubre asombrado que se pueden encontrar tantos casos en los que la secta se está aprovechando de sus adeptos, como casos de adeptos que se están aprovechando de las sectas.

No es infrecuente encontrar personas que se aprovechan del espíritu de servicio de las sectas para un beneficio propio poco ortodoxo, buscando en ellas la máxima ganancia posible.  Solamente hay que tener muy claro que es lo que se desea conseguir y cuanto se está dispuesto a pagar por ello.  Si uno va con la idea de conseguir mucho a cambio de nada, puede lograrlo, no es un negocio imposible en el mundo esotérico (las sectas están acostumbradas a los milagros).  En su seno se puede conseguir gratis una visita turística a los antípodas.  Solamente hay que echarle un poco de cara al asunto. 

 


 

CREER O NO CREER, DOS EXTREMOS DE UNA VARIABLE

 

            Los grandes errores cometidos en los ambientes espirituales siempre vienen apoyados por un notable extremismo intelectual.  La fe ciega, exigencia de muchas doctrinas, es una forma de reducir nuestra capacidad de pensar a su mínima expresión.  La inteligencia de los individuos siempre ha tenido problemas de ser aceptada por los seguidores de la sabiduría divina.  La verdad religiosa es una realidad revelada donde nuestra inteligencia no toma parte ni concierto excepto para creer o no creer en ella.

            La inutilidad de la inteligencia humana ante la suprema inteligencia divina ha sido el principal argumento, enarbolado por las religiones en el curso de la Historia, para relegar el talento de los individuos a un nivel mezquino.  No cabe duda de que la inteligencia de nuestros antiguos era muy a menudo semejante a la de los animales, sus animaladas demostraban que necesitaban de dios para elevar su condición de humanos (aunque bajo la potestad divina también se realizaran animaladas semejantes). 

Pero la evolución de la inteligencia humana es incesante, y en las últimas décadas se está produciendo un cambio notable, el grado de calidad del pensamiento humano está alcanzando un poder de síntesis extraordinario gracias al minucioso análisis científico.  Las posiciones extremistas ya están siendo erradicadas de nuestra cultura.  El desarrollo intelectual del individuo medio de nuestra civilización occidental ya permite algo más que pensar en blanco y en negro. 

Sin embargo, a este cambio le está costando llegar a la dimensión espiritual, a nuestro evolucionado intelecto todavía no le hemos dado opción de desenvolverse en ella.  Los temas del alma siempre han sido tabú para la mente (y continuarán siéndolo si no le ponemos remedio).  Argumentos como que es un esfuerzo inútil intentar comprender con nuestro limitado entendimiento a la suprema sabiduría divina, han de ser cuestionados si queremos que nuestra inteligencia se desenvuelva en el ámbito del espíritu.  En el resto de los ámbitos sociales o científicos ya nos desenvolvemos con cierta libertad; mas el ámbito intelectual se ha apartado de las dimensiones espirituales, no es habitual que nos inviten a estudiarlas, incluso nos aconsejan que no lo hagamos, es un peligroso territorio propiedad de los poderes celestiales, y, por qué no decirlo, de sus representantes aquí en la Tierra.

            No obstante, el tan temido encuentro de la inteligencia humana con la divina ya ha comenzado a suceder, es inevitable por mucho que se califique de imposible.  El hombre ha de vivir en su integridad personal todo el abanico de posibilidades capaz de experimentar.  Y su ancestral naturaleza religiosa empieza a tener que convivir con su nuevo desarrollo intelectual.  Éste es un proceso que se está produciendo lentamente.  Ya no podemos continuar considerando al intelectual como persona no grata en los ambientes religiosos, ni a la persona religiosa como individuo no grato en los ambientes intelectuales. No sólo estamos obligados a convivir; la persona intelectual tiene una dimensión religiosa que no tiene porqué despreciar, y la persona religiosa de nuestros días tiene una dimensión intelectual que no tiene porque apartar de sí, si así lo desea.

Este capítulo es un inciso que considero necesario en el desarrollo del presente estudio.  Los temas que aquí vamos a tratar siempre han sido objeto de duros extremismos que han nublado la objetividad de los hechos.  Incluso al tratarlos actualmente surge la tentación de volver a caer en esos fanatismos.  En las dimensiones esotéricas del espíritu, nuestra mente cataloga por inercia todos los datos que recibe en posturas extremistas; es la forma más cómoda que siempre ha utilizado para catalogar unos hechos cargados de misterios y para no perderse por las sutiles dimensiones del alma.  Y, si no le obligamos a pensar en matices o en grados de probabilidad, continuará haciéndolo de esta manera.

            En el ámbito de las ciencias hemos necesitado realizar ese esfuerzo para alcanzar el grado de desarrollo científico que hoy disfrutamos.  Hoy en las ciencias todo se mueve respecto a diferentes variables.  No existen ni siquiera unas sólidas magnitudes donde apoyarse.  Incluso la inmutable realidad de las magnitudes más sólidas de la física fueron cuestionadas por la teoría de la relatividad de Einstein.  Los fanáticos extremismos hace años que fueron desterrados del ámbito científico por la diversidad que abarca la amplia visión de las ciencias. 

            Aún así, todavía quedan residuos del fanático extremismo científico intolerante con todo aquello que no es ciencia.  El intolerante escepticismo sobre los temas esotéricos en los ámbitos científicos es por desgracia todavía algo corriente.  No es digno del desarrollo intelectual de algunos científicos la brutal descalificación que habitualmente hacen sobre todo lo concerniente a las ciencias ocultas o la religiosidad.  Es éste un fanatismo sustentado en el mismo ciego apasionamiento que el fanatismo de los creyentes.  Las ciencias todavía no han dado repuesta a las grandes preguntas transcendentales que de siempre se ha hecho el hombre, y ―mientras esto siga siendo así― habremos de ser tolerantes con quienes se atreven a contestarlas, aunque no tengan base científica alguna.  Sin necesidad de dar la razón al mundo esotérico, una tolerante postura intermedia sería muchos más recomendable.    

            Como también sería conveniente empezar a desterrar de los ámbitos espirituales los extremismos intelectuales, fanatismos opuestos entre creer o no creer.  Ya seamos creyentes o no creyentes, deberíamos remitirnos a los hechos, a lo que está sucediendo, para poder empezar a estudiarlo fríamente.  En el mundo de las sectas se producen fenómenos extraordinarios que nos obligan a tener la cabeza fría si no queremos caer en juicios apresurados.  En este capítulo me atrevo a pedirle al lector que haga ese esfuerzo.  Yo soy el primero que lo he de realizar.  A partir de ahora me veo en la obligación de empezar a relatar fenómenos extraordinarios habitualmente desconocidos.  No pretendo con ello enfatizar ninguna creencia o doctrina, me remitiré sencillamente a los hechos y a denunciar ―como ya lo estoy haciendo― las manipulaciones que de ellos siempre se han hecho o se siguen haciendo.  Una cierta influencia de la fría objetividad del método científico nos ayudará a seguir adelante con este estudio.  Ni siquiera pido que se me crea o se me deje de creer, si no que se tome nota fríamente de los datos que ofreceré.  Creer o no creer son dos extremos de una variable con infinidad de posiciones intermedias.  Cuantos más datos obtengamos que apoyen la existencia de un fenómeno, más nos aproximaremos a considerar su existencia real y a creer en ello, y cuantos más datos tengamos que niegue su existencia, más dejaremos de creer en ello.  Pero nunca deberíamos de utilizar los extremos, la relatividad en el mundo de la mística es mucho más notable que en el mundo de la física.  Podemos llegar a creer con cierto grado de seguridad en algo, mas es aconsejable siempre una pizca de sano escepticismo; y viceversa, si no creemos que algo pueda existir, sería recomendable al menos poder admitir una ínfima probabilidad de su existencia mientras haya quienes la defiendan. 

            Una buena gimnasia mental para los aficionados a la incredulidad es informarse sobre los fenómenos paranormales que estudia la parapsicología.  Y para los aficionados a creérselo todo, solamente recordarles el viejo axioma místico que nos dice que todo es una ilusión.

 

 


 

LA EXPERIENCIA MÍSTICA Y EL FANATISMO

 

            El fanatismo, en el mundo del ocultismo, lo encontramos tanto en el obseso creyente como en el obcecado detractor que niega por sistema todo lo que los creyentes predican como verdad.  El fanático escéptico califica indignado de obsesos y autosugestionados a los creyentes, menospreciando las intensas vivencias y toda la gloria que éstos pregonan a los cuatro vientos, justificando su incredulidad por el bajo nivel científico de las explicaciones que los creyentes dan a sus experiencias. 

Como los causantes de esta abrumadora guerra de pasiones son los creyentes, pues es en ellos donde primero se genera la actitud extrema que inicia el baile del enfrentamiento, vamos a centrarnos en intentar comprender cómo se produce en ellos el fanatismo, dispuestos a no entrar demasiado en la batalla entre éstos dos bandos de extremistas.

            De toda la amalgama de vivencias que existen en esoterismo vamos a elegir como ejemplo a la experiencia religiosa de percepción de la divinidad, pues es la vivencia que se produce con más frecuencia y ―en consecuencia― la que más importantes fanatismos genera, debido también a las fuertes sensaciones, emociones y alteraciones de la conciencia que provoca.  

Son infinitas las maneras y los grados de intensidad que estas experiencias pueden adoptar en los individuos.  Las más directas e intensas ponen a las personas en contacto con algo superior a ellas ―así es como lo sienten―, y a ese algo lo suelen llamar dios o le otorgan algún otro calificativo celestial.  Vivencias que provocan un estado anormal en el individuo, y al decir anormal, quiero decir poco corriente (ya que el místico en trance también nos ve anormales a nosotros).  Las experiencias religiosas pueden ser de tal intensidad que incluso pueden provocar la sublimación de la libido, superar y transcender al deseo sexual; son tan reales para el místico como para nosotros son los impulsos sexuales.  Con esto quiero dejar bien claro que las experiencias de este tipo no son fantasías de imaginaciones calenturientas ―como se suele pensar―, sino que el individuo las experimenta con un grado de realidad muy elevado, con el mismo grado de realidad que podamos nosotros experimentar la sexualidad o el enamoramiento.  El místico vive enamorado de su dios.  Y digo esto no sólo por mis estudios e investigaciones, sino por mi propia experiencia. 

Las sensaciones que produce la proximidad de algún tipo de presencia divina son extraordinarias: se puede llegar a sentir tal intenso amor que te lleva hasta el éxtasis, alcanzas una felicidad tan inconcebible que no puedes ni siquiera recordarla cuando ya no estás en ella.  Una sublime atmósfera sagrada te embelesa, te droga y te seduce.  (Recordemos los cantos y alabanzas que los grandes místicos realizaron en sus trances de vida celestial).  La dicha es completa, la armonía sentida es fabulosa, la belleza experimentada es total; uno se siente hermoso interiormente y ve hermosos a los demás y al mundo.  La sensación de estar en contacto con la verdad, con una realidad mucho más auténtica que la habitual, te envuelve completamente.  Y todo ello sucediendo en un aura de profunda paz, en unión con todas las cosas, con un poder absoluto.  Es el contacto con lo sagrado, es la manifestación de la  beatitud, de la santidad.  ¿Quién es capaz de sentir todo esto y no convertirse en un fanático?

He de confesar que en mi deambular por las sectas no he buscado otra cosa que realizar ese contacto.  Una vez que se ha sentido intensamente la proximidad de lo sagrado, no se cesa de buscar la forma de volver a encontrarse con ello.  Fue en la pubertad cuando por primera vez me fue regalada tal experiencia, y desde entonces no he dejado de buscarla.  En cada secta, en cada camino, encontré pequeñas piedras preciosas en unas ocasiones, o grandes tesoros en otras; manifestaciones divinas de diferentes matices e intensidades.  Incluso en los más insignificantes grupos sectarios, encontré pequeñas gemas, sencillas glorias celestiales, perfumes divinos, esencias de felicidad.

            Inevitablemente, y con harto dolor de mi inteligencia, en mis largos años de caminar por las sectas, tuve que convivir con el fanatismo.  Cuando me encontraba con él, extremaba la prudencia a sabiendas de los grandes peligros que encierra; pero, a su vez, agudizaba mis sentidos, pues sabía que tras la charlatanería vociferante del fanático siempre se esconde algún precioso tesoro sagrado, que debido a su grandeza ha hecho perder la razón a quienes lo encontraron, convirtiéndolos en obsesionados creyentes de su adorado y sublime descubrimiento celestial, al que guardan celosamente en su intimidad sectaria. 

Hay que ser un experto buscador de tesoros escondidos para llegar a las secretas cámaras ocultas, donde esconden los tesoros las sectas de fanáticos, sin convertirse en uno de ellos.  Yo reconozco que no siempre he sido capaz de hacerme invulnerable a su ciega fe.  Mi forma de llegar a vivir lo sublime que escondía cada secta pasaba a menudo por compartir su fanatismo.  En un mayor o menor grado me olvidaba de la razón y me dejaba contagiar por su pasional entusiasmo.  Yo no puedo sino disculpar la fe ciega, la he vivido en mis carnes durante muchos años. 

Es ahora cuando intento retomar por completo mi inteligencia escribiendo este libro, obligándome a razonar sobre lo vivido, intentando encontrar explicaciones racionales a tantas creencias irracionales que se dan en los ambientes sectarios. 

Porque el peor mal del fanatismo reside en las explicaciones que dan a las vivencias extraordinarias, no en las experiencias mismas.  No dejan de actuar inteligentemente quienes buscan una curación en las sectas a sus enfermedades tanto físicas, mentales o espirituales, cuando no lo consiguen de otra manera.  Ahora bien, la inteligencia deja de serlo cuando nos convertimos en ciegos creyentes de todas las disparatadas explicaciones que se dan a los portentos religiosos o esotéricos, es entonces cuando nos convertimos en fanáticos; algo que lamentablemente sucede a menudo. 

La experiencia mística produce una alteración emocional y mental extraordinaria en los individuos, una agitación psicológica que suele desembocar en el fanatismo.  Y si a estas vivencias añadimos los fenómenos paranormales que suelen acompañarlas, la exaltación de las personas que las viven puede llegar al paroxismo.  Las apariciones y los milagros, junto con las fuertes sensaciones experimentadas, son la causa de los delirantes fanatismos que a menudo presenciamos en las personas que les toca vivir este tipo de situaciones.  No hemos sido educados para vivir esas experiencias.  La mayoría de las veces ni creemos que puedan existir, y menos aún que nos puedan pasar a nosotros.  Por ello, cuando nos suceden, nos suelen pillar por  sorpresa, desestabilizan nuestra mente, y podemos acabar aceptando cualquier irracional explicación de los hechos a falta de una explicación más lógica y razonable.

Nuestra dimensión religiosa apenas ha evolucionado desde hace miles de años.  Únicamente se diferencia el creyente actual del hombre antiguo en que tiene muchas más explicaciones irracionales que él para explicarse la experiencia religiosa.  Las culturas de los pueblos se han caracterizado por sus particulares explicaciones que se daban a las vivencias espirituales, y hoy en día tenemos acumuladas multitud de creencias y de religiones que nos enseñan ―a su manera y de forma diferente― a interpretar las vivencias místicas. 

Mas cuando, en los principios de la religiosidad, el hombre primitivo no tenía explicación alguna para sus vivencias espirituales, es muy probable que no tuviera grandes dificultades para crear un culto nuevo, y acabar explicándose a su manera lo que le pasaba.  Si pudiéramos observar a nuestro antepasado místico, sin creencia alguna, sumergido en un puro éxtasis, experimentando lo sagrado, probablemente lo encontraríamos asustado, buscando instintivamente una realidad física donde apoyar su experiencia espiritual, buscando una explicación material para su vivencia espiritual.  Y bien pudiera suceder que su mirada extasiada se detuviera en el sol, y su explosión de adoración acabara enfocándose allí, desde donde le parece que procede su luminosa experiencia.  Y así terminaría adorando al astro sol, identificándolo como el origen y causa de sus vivencias místicas, como a dios.  Pero mucho me temo que la esencia de dios no reside en astro alguno, aunque el culto a los astros haya sido frecuente en la antigüedad y les hayan funcionado a muchos pueblos como invocación de la divinidad, provocando experiencias místicas.

Este ejemplo nos puede servir para entender otras formas de adoración, otras formas disparatadas que toman cuerpo en la mente del hombre para justificar y explicar las complejas vivencias espirituales.  Circunstancia que aprovechan los impulsos más peligrosos e irracionales del hombre para colarse en su vida.  Pues, aquel hombre antiguo, convertido en un fanático del sol, acabará probablemente con su instinto de posesión exacerbado por lo descubierto.  Formará ejércitos para defender su fe, enarbolará banderas con el símbolo solar, y declarará la guerra a sus vecinos, herejes que probablemente enarbolen la bandera de la luna, astro que a ellos les pareció como el origen de sus vivencias sagradas.

Y no digamos si ese hombre antiguo ya sabe escribir, porque entonces relatará en sus libros su historia sagrada particular, y ya no se enarbolarán las banderas solamente, ahora serán también libros, escrituras sagradas, documentos escritos donde quedará confirmado el registro de la propiedad divina.  Y otro tanto harán sus vecinos.  Y la guerra de las banderas se convertirá en la guerra de las doctrinas escritas (que todavía continúa en la actualidad); dogmas de fe contradictorios que se anulan mutuamente, pues si uno declara poseer el registro de la propiedad de la infinitud divina, los otros mienten, pues no puede haber dos infinitos diferentes.

En este nuestro paseo por el interior de las sectas nos vamos a encontrar a menudo con las experiencias místicas, y a la vez observaremos las contradictorias interpretaciones que de ellas se suelen hacer.  La pasión suele cegar el entendimiento cuando se sienten las fuerzas espirituales.  En todo momento habremos de esforzarnos por distinguir la fría realidad de una experiencia mística entre las exacerbadas interpretaciones que se dan de ella.  Los cultos al sol o a la luna pueden estar llenos de grandes vivencias humanas, pero esos astros difícilmente pueden ser el origen de ellas tal y como sus adoradores han creído siempre.  Ahora bien: ¿Estamos seguros de saber en la actualidad de donde proceden las vivencias religiosas?  ¿Las viejas religiones universales o las modernas creencias no serán otras formas de adoración semejante al culto a los astros?  ¿No son otras formas de apasionados fanatismos?

 


 

EL RACISMO SECTARIO

 

No cabe duda de que las pasiones y los instintos más bajos del hombre, disfrazados muy a menudo de virtud, campan a sus anchas por los caminos espirituales.  La persona religiosa ―creyente muy a menudo en realidades que tienen muy poco de reales― puede llegar a no aceptar sus bajos instintos, lo que le llevará a reprimirlos, a esconderlos, a disimularlos, o incluso a justificarlos.  El complejo impulso del racismo es un compuesto de varias pulsaciones psicológicas no gratas para los viandantes espirituales.  En mi opinión, su principal componente es el de la violencia.  Incluso me atrevería a asegurar que el racismo es una válvula de escape de la agresividad, una justificación más para agredir, otro pretexto para atacar, en este caso al distinto, a quien no es como los demás.

Yo he vivido las dos caras del racismo en mi pasear por las sectas, sin llegar a vivir la violencia física.  Por un lado he sido miembro de clanes de “elegidos para la gloria”, menospreciando al resto de los mortales (la mayoría de creyentes así se sienten: miembros del pueblo elegido por el creador), y por otro lado he vivido el desprecio de los demás por ser precisamente un sectario.  Estas posturas surgen imperceptiblemente en las conciencias.  Existe alguna especie de instinto que insta a defender al clan y a atacar al resto, supongo que para defender del extraño al grupo homogéneo, a la familia, a la nación, al conjunto de seres semejantes.  El ataque al distinto debe de estar impulsado por algún instinto destinado a la perpetuación de las especies, de las razas.  Es un rechazo hacia quienes no pertenecen al modelo ideal de persona que persigue el grupo, la sociedad o la nación.  Debido a mi delgadez, yo he sido despreciado muy a menudo durante toda mi vida por no dar la talla del macho típico.

Las enormes diferencias ―virtuales en muchos casos― que se viven en las sectas, propician sentimientos de elite que son un caldo de cultivo ideal para que surja en ellas el racismo.  Pero, como se trata de grupos o sociedades que persiguen la virtud, les cuesta reconocer sus propias miserias, y tienden a ocultarlas; sin darse cuenta de que es mucho más honesto reconocer nuestro instinto racista que no reconocerlo.  El espíritu racista invade a la mayoría de las sectas por mucho que quieran negarlo y prediquen lo contrario.  En los casos de las sectas más radicales ―no por ello menos abundantes― nos encontramos con un notable sentimiento de raza, sociedad o grupo especial de elegidos para la salvación del mundo.  En las vías de realización más tolerantes con la diversidad de caminos espirituales, no se aprecia tanto este fenómeno, pero cuando profundizamos en el interior de sus doctrinas, lamentablemente, solemos encontrarnos con alguna cláusula que declara su categoría de única forma de salvación, pretexto suficiente para creerse miembro de la única elite divina que reside en al tierra; distintivo suficiente para sentirse con derecho a ciertos privilegios divinos, negados al resto de los mortales.

El hermanamiento que siempre se produce entre los creyentes de una misma fe, práctica esotérica o religión, produce una sensación de familia, de elite.  Aparte quedan los demás, los extraños infieles; que serán aceptados en la familia divina siempre y cuando cambien sus creencias por las de la secta y comiencen a compartir con ellos las experiencias sagradas en secreta complicidad. 

            Las creencias compartidas producen en el grupo sectario o sociedad religiosa un fuerte sentimiento de raza elegida, que sumado a la experiencia religiosa, presencia de lo divino sentida y compartida por el grupo, da como resultado la fe en una doctrina irrebatible avalada por el cielo.  Aunque a la vuelta de la esquina les esté sucediendo lo mismo a otro grupo con una doctrina que contradice la anterior.

            Este tipo de racismo “avalado por lo divino” lo encontramos a lo largo de la Historia en infinidad de ocasiones acompañado de una brutal violencia.  Muchas de las sectas que llegaron al poder en las diferentes naciones, religiones dominantes hoy en día, consiguieron su triunfo sobre las demás a base de una violenta pasión racista.  Su brutal fanatismo les llevaba a obligar a los infieles, que no se dejaban convencer por las buenas, a cambiar de fe por las malas, y si aún así no se dejaban convencer, se les cortaba la cabeza.  Así se terminaba con la ingrata existencia de un demoniaco hereje para los de un lado, y se creaba un santo mártir para los del otro.  Esta cómica situación no dejaría de resultar graciosa si no fuera por la cantidad de guerras que ha provocado y de la sangre inocente derramada por su causa.

Aunque hoy en día, en nuestra civilización mucho menos sanguinaria,  las sectas no se comporten tan violentamente, podemos observar en su interior las semillas que tiempo atrás produjeron un sinfín de barbaridades y actualmente crean problemáticas situaciones de índole racista.  El principal origen de todos estos males es la tremenda obsesión por convencerse y querer convencer a los demás de que la divinidad está exclusivamente de una parte, que es propiedad privada de unos pocos elegidos.  Así observamos a los ejércitos de salvación, con el supuesto supremo poder divino de su parte.  Razas elegidas, algunas milenarias, individuos destinados a ser los únicos que se salvarán de sus particulares invenciones apocalípticas.  Desfiles de diferencias que dejan bien claro a la vista que no son iguales que sus hermanos.  Diferencias de sectas modernas, llamativas, novedosas, y otras centenarias, ancladas en la cultura de los pueblos.  Trajes diseñados para distinguirse.  Peinados, afeitados, rasurados, maquillados; el caso es marcar bien la diferencia.  Saludos especiales entre sus miembros, bendiciones homologadas, frases que sólo ellos los predestinados entienden, palabras de su idioma particular.  Son la elite de los elegidos por dios porque en sus reuniones viven lo que todo ser humano puede vivir o porque su fundador vivió lo que ya no consiguen vivir ellos.  A estas marcadas diferencias se añaden las costumbristas, los rituales sagrados, las formas de vivir, los comportamientos, la imagen social.  (Cuanto menos se vive la santidad más hay que aparentarla).  Hay que marcar bien la diferencia, que se vea lo que no existe, que se note que son los elegidos, ya que como nadie los eligió en realidad, se eligen ellos.  Hay ya tantas sociedades, razas o religiones de elegidos, todas diferentes, todas asegurando que son las auténticas y que las demás son un fraude, que uno llega a sentirse muy a gusto sin pertenecer a ninguna de ellas.

El grado de hermanamiento racista entre los individuos sectarios a veces es tan espeso que hasta se puede palpar.  El parecido entre sus miembros, dejando aparte las diferencias materiales y costumbristas, suele resultar muy notable: tienen la misma sonrisa, los mismos gestos, el mismo tono en el habla, hasta su mirada es semejante, parecen todos cortados por el mismo patrón, hijos de la misma madre y miembros de una familia bien avenida.

Entidad familiar siempre dispuesta muy gratamente a admitir nuevos miembros.  Son familias que acogen a los desamparados de la vida como hijos adoptivos, (digo como hijos porque siempre suele haber algún padre o alguna madre de por medio).  El hermanamiento suele ser muy real, muchas familias quisieran para sí la afectividad que se derrocha en las sectas, de hecho es uno de sus grandes atractivos, sobre todo para quien haya vivido un desengaño amoroso o tenga carencias emocionales, allí tendrá a unos nuevos hermanos que lo llenaran de amor y lo admitirán en la elite de los elegidos.  ¿Se puede pedir más?  El problema le vendrá cuando decida abandonar la secta, entonces sus amados hermanos ―ya menos amorosos― le dejarán bien claro que eso no se hace. ¡Con todo lo que ellos han hecho por él!  Incluso puede que le  amenacen.  Por ello, yo aconsejo, que en el proceso de hermanamiento, indispensable en muchas sectas, no se pase del parentesco de primo lejano.  Puede ser que ese parentesco no dé acceso a los secretos más profundos que la secta tiene reservado para los hermanos más entrañables, pero al menos se tendrán menos problemas para salir de tan divina familia cuando desee hacerlo.

Otro aspecto que nos delata el racismo de este tipo de grupos o sociedades es el hecho de que sus miembros suelen pertenecer a una misma clase social; y así tenemos sectas de pobres y otras de ricos, sectas de jóvenes y otras de ancianos, sectas de intelectuales y otras de personas de baja cultura, sectas de políticos, de dirigentes sociales y de empresarios.  Podríamos exceptuar a las religiones oficiales, pues acogen a todas las clases sociales incluidas en su nación, pero si afinamos la atención, veremos grupos que actúan como sectas dentro de la religión, y en ellas se afilian miembros de una misma clase social.

De nuevo vuelvo a tener que denunciar un nuevo contrasentido: si la secta está destinada a acoger a todo ser humano como entidad salvadora de toda la Humanidad ¿cómo es posible que sus miembros pertenezcan exclusivamente a una clase social?  Volvemos a encontrarnos con que los bajos instintos, en este caso racistas, superan a la buena voluntad de los individuos.

Cuan a menudo las aspiraciones espirituales quedan truncadas por las miserias humanas.  El racismo es una tumba que se labran las propias sectas.  Cuando el progreso espiritual del hombre exige una apertura constante a los demás, y se vive un encerrarse en el elitismo, el empobrecimiento espiritual es inevitable.  Se encierran en sí mismos para enriquecerse espiritualmente y consiguen lo contrario.  Algo que cualquiera puede apreciar.  Es tan corriente que la miseria humana del racismo invada a las sectas, que hoy en día ya nadie se sorprende al ver las miserias de los hombres en los caminos de los dioses.  

 


 

EL ATEÍSMO

 

            Después de tantas barbaridades históricas en torno al fenómeno religioso, ¿a quién le puede extrañar que existan personas convencidas de que se trata de un cuento chino creado para satisfacer oscuros intereses personales, políticos o económicos?  La manipulación de la experiencia mística ha sido tan brutal en nuestro pasado que muy poco de su auténtica realidad se ha llegado a contar en las páginas de la Historia.  El ateísmo, en cierta manera, es una lógica respuesta a las grandes mentiras encarnadas en los movimientos religiosos, es un intento de negar la falsa espiritualidad y de denunciar los intereses escondidos tras las doctrinas, es una extrema oposición a esa religiosidad manipulada, una negación de la existencia de todo lo divino.

            Para el ateo dios no existe, y para la persona creyente dios existe por que su percepción y su fe así lo testifica.  Si aplicamos lo expuesto en el capítulo “Creer o no creer, dos extremos de una variable”, observaremos que entre el ateo y el creyente existe un inmenso espacio inexplorado, donde podemos empezar a realizar un análisis más objetivo, en vez de inclinarnos por la cómoda opción de los extremos.

            Las interpretaciones que siempre se han hecho de los fenómenos espirituales han sido tremendamente subjetivas y extremistas, además de estar manipuladas por los intereses de quienes las manejan.  Estas manipulaciones interesadas fueron el principal pretexto del que se valió el ateismo para arremeter contra la religiosidad hace unas cuantas décadas.  La brutal represión que las fuerzas de la izquierda aplicaron sobre ciertas manifestaciones religiosas en muchos de los países donde llegaron al poder, se asemeja a la brutal represión que las fuerzas eclesiásticas aplicaron sobre la sexualidad porque la consideraban pecaminosa.  Y de la misma forma que no se pudo destruir ni acallar el tremendo impulso vital sexual a través de siglos de represión, tampoco el marxismo más extremista ha conseguido acallar el tremendo impulso vital que subyace tras la religiosidad.

(Espero que no se me califique de sarcástico por utilizar a menudo el ejemplo del sexo en mis explicaciones.  La vivencia sexual tiene muchos puntos en común con la experiencia mística, y nuestro pasado sexual tiene grandes semejanzas con nuestro presente espiritual). 

Todas las pulsaciones de vida en el ser humano, nos gusten o no nos gusten, son patrimonio nuestro, y en ellas se manifiestan nuestra vitalidad; el negarlas o el reprimirlas supone reprimir parte de nuestras posibilidades vitales.  Y una sociedad reprimida es una sociedad privada de las riquezas humanas que le correspondería vivir.  No considero arriesgado afirmar que los países socialistas, a causa de su excesiva represión de la espiritualidad, no se desarrollaron como otros países donde hubo una mayor permisividad religiosa.  Sé que hay muchas otras explicaciones para este hecho de gente más experta que yo en temas sociales; pero, aun así, me atrevo a no considerar una casualidad que sean precisamente los Estados Unidos el país más desarrollado del mundo y a la vez el más permisivo en la dimensión espiritual, donde más sectas se han asentado y donde más están floreciendo.  No quiero decir con esto que Norteamérica sea un paraíso, han tenido problemas muy graves con las sectas y los seguirán teniendo, esto es la consecuencia de un régimen de libertades tan amplio como el que tiene, es un precio que han de pagar todos los países que abran sus puertas a la libertad de culto.  Pero, en el caso de los Estados Unidos, es un precio pequeño para el gran rendimiento que en mi opinión están obteniendo de toda la actividad espiritual que se desarrolla en su seno. 

No quiero dar a entender al decir esto que las personas que no sean religiosas tienen mermadas el uso de sus facultades humanas, no es así si no se desea religiosidad alguna en la vida de uno.  Existen otras formas de evolucionar espiritualmente fuera de la religiosidad.  Resultarán mermadas las facultades del individuo que sienta impulsos religiosos y no pueda desarrollarlos.

El ateísmo es una postura tan respetable como otra cualquiera, siempre que no pretenda imponerse a los demás.  Tan desastroso resultó la persecución de infieles siglos atrás, cuando eran llevados a la hoguera por no ser creyentes, como cuando hace unas cuantas décadas también podías ser quemado, con iglesia y todo, por el solo hecho de ser creyente y encontrarte rezando dentro.  Gracias a que en la mayoría de los países desarrollados hoy en día pueden los creyentes ejercer el culto que se les antoje, sin sufrir persecuciones a la antigua; y los ateos pueden vivir sin dioses a sus anchas, alejados de esas extrañas entidades divinas que tantos conflictos sociales han provocado (y continúan provocando), y sin peligro de ser captados por unas sectas de fanáticos cuyas creencias no van con ellos.

Aunque si yo fuera ateo, y me interesara por la vida interior, no estaría muy seguro de no acabar seducido por alguna secta.  Pues las sectas más avispadas, conociendo la gran cantidad de adeptos potenciales que encierran las filas del ateísmo, suelen cambiar el nombre de “dios” por otro que no recuerde viejas tragedias históricas.  Y así nos encontramos en estas modernas vías espirituales con: “el poder supremo”, “el gran espíritu”, “la energía cósmica”, “la gran armonía”, etc.  Calificativos diferentes para un mismo dios, para una misma vivencia religiosa, en la mayoría de los casos.

            Aunque también es cierto que según el calificativo que se le dé a dios, la forma en que se le invoque o la doctrina que lo acompañe, influye en los efectos que provoca en sus seguidores.  Parece ser que nuestra actitud ante la divinidad, y las características que le apliquemos, es esencial para obtener sus gracias o sus desgracias.  Por ejemplo: si creemos en un dios generoso que regala beneficios a raudales sin tener que realizar grandes sacrificios, obtendremos de él más satisfacciones que si creemos que se trata de un dios que aplica su justicia implacablemente aplicando castigos a diestro y a siniestro a la menor violación de sus severas leyes.  La creencia influye notablemente sobre la experiencia.  Quien cree que el sexo es pecado difícilmente lo podrá disfrutar, la culpa aniquilará su goce sexual, o incluso puede convertirlo en dolor.  La fe también modifica o trastorna las vivencias espirituales más intensas y naturales del ser humano.

            Por ello, aunque la vivencia espiritual de la divinidad sea en esencia feliz, las diferentes creencias la moldean a su gusto.  Los practicantes del culto al sol seguro que tendrían una vivencia de la divinidad mucho más cálida que los adoradores de la luna.  Las características de cada deidad influyen en las vivencias místicas de quienes creen ellas.

            Así que acabamos de descubrir un doble juego: estábamos viendo que tanto las interpretaciones como las explicaciones que nos damos sobre las vivencias espirituales pueden ser erróneas, y ahora observamos cómo esas aptitudes mentales influyen y moldean la experiencia espiritual. 

            Un doble juego que puede dar pie a otro argumento para justificar el ateísmo, pues, si nuestra percepción de dios depende del dios en el que creamos, parece evidente que todo el conglomerado de creencias y de experiencias religiosas que existen son creaciones de nuestra mente.  Más, volviendo a utilizar el símil del sexo, sabemos que existen infinidad de fantasías y de sensaciones sexuales, y no por ello negamos la existencia de la energía sexual.  Probablemente el ateísmo no se equivoque al negar la existencia de dios, pero negar la existencia de lo divino, de lo sagrado, equivaldría a negar la existencia del sexo por el mero hecho de en cada persona se viva de forma diferente.  La gran diversidad de cultos es semejante a la gran diversidad de formas que las personas tenemos de vivir nuestra sexualidad, el hecho de que las creencias moldeen el fluir espiritual del hombre no nos da derecho a negar la existencia de esa energía tan especial.  Nadie niega hoy en día la existencia del fluir sexual porque la mente de cada persona lo moldee a su manera.  Fue cuando eliminamos los tabúes del sexo cuando empezamos a ver claro nuestra dimensión sexual.  Por lo tanto, cuando la divinidad deje de ser tabú en las diferentes culturas, empezaremos a ver claro nuestra dimensión espiritual.

            A poco que uno estudie mitología sin prejuicios religiosos, acaba sacando la conclusión de que desde el culto al sol, pasando por los diferentes dioses de los panteones de las diversas culturas del mundo, hasta los dioses infinitos, son creaciones de la mente humana.  Así como también se puede  observar cómo la propia mente moldea la vivencia espiritual del creyente según crea en un dios o en otro.  Pero la magnitud de las vivencias espirituales, así como las sexuales, necesita de una energía esencial, sagrada, divina, espiritual, igual que detrás de la compleja sexualidad de los seres humanos existe una energía básica sexual.  Freud nos indicó que las vivencias religiosas se producen por una sublimación de la libido, de la energía sexual.  Según él se trata de una misma energía que toma un curso espiritual en unos casos o un curso sexual en otros.

En nuestro paseo por el interior de las sectas iremos en busca de esa energía primigenia, necesitaremos sumergirnos con el bisturí de la razón por los terrenos prohibidos de las divinidades, a sabiendas de que nos vamos a encontrar con los tabúes divinos por todos los caminos espirituales, señales de peligro que nos indicarán la inconveniencia de continuar adelante so pena de correr grandes riesgos.  Vamos a necesitar cierta valentía para continuar.  Recorrer el camino entre el ateísmo y la fe nos va a exigir un esfuerzo extra, pues necesitaremos adentrarnos en el territorio de los dioses donde nos encontraremos con los tabúes religiosos.  Y conviene recordar que cada vez que nos encontremos con ellos, sentiremos una resistencia para avanzar, una prohibición irracional de seguir adelante, pues el tabú no sólo reside enraizado en lo más profundo de las culturas, sino también en lo más hondo de nosotros.

 


 

LAS FINANZAS

 

            Salgamos de nuestras profundidades para tomarnos un respiro en la superficialidad, y observemos, ya en una dimensión más material, el fluir del dinero por los caminos espirituales.

Las sectas en relación con el dinero se comportan de forma muy semejante a las demás formas de asociaciones, son comunidades humanas por mucho que presuman de divinas.  Necesitan de una economía  para financiar sus actividades, sus locales de reunión, oficinas, ediciones, gastos de sus dirigentes y subordinados, etc. Y el porcentaje de anormalidades económicas que hayan podido suceder en su seno, o estén sucediendo, no creo que superen en número al de cualquier otro tipo de grupos, sociedades, empresas o individuos.  Si bien es cierto que hemos observado multitud de llamativos escándalos, no ha sido porque por sistema se haga un uso del dinero diferente al que se hace en otro tipo de sociedades, sino porque de estos grupos espirituales se espera que no se comporten con el dinero como se comportan los demás.  En Occidente esperamos que todo lo referente a la espiritualidad vaya acompañado de la pobreza.  En Oriente no sucede así porque en sus escrituras sagradas tienen unas encarnaciones divinas que vivieron en la miseria y otras que vivieron en la abundancia.  Pero en los países desarrollados ―curiosamente, donde tanto abunda el dinero― carecemos de semejante variedad de opulentas santidades en nuestra Historia, pues las que tenemos no solían llevar unas monedas en los bolsillos ni para pan.  Naturalmente, esto lo consideramos una virtud esencial de todo aquel que emprende el camino espiritual, penalidad añadida a las dificultades de este dificultoso caminar; voto de pobreza imprescindible según nuestro concepto de religiosidad.  Privaciones económicas que en mi humilde parecer no considero en absoluto necesarias.  No está menos obsesionado con el sexo quien lo vive a diario que quien no lo vive por intentar ser más espiritual y no puede quitárselo de la cabeza.  Y otro tanto sucede con el dinero.  Por ello considero oportuno dar al César lo que es del César y a dios lo que es de dios; y, obviamente, el dinero es del César, como todo lo material conque nos vemos obligados a tratar en este mundo. 

En el caminar espiritual esperar o pretender imitar que el maná nos caiga del cielo, montar en burra en nuestros desplazamientos o que se nos dé de comer como dicen los creyentes que dios da a los pájaros, es exponerse a un ridículo espantoso; porque, como en general no hemos alcanzado merecimiento de semejantes gracias divinas, si pretendemos imitarlas, probablemente nos muramos de hambre o de frío; cosa que no suele suceder, porque los imitadores de pobres suelen preferir esconder el dinero que necesitan para sus gastos, avergonzados de tener que manejar semejante sustancia mundana.  Como si lo sucio del dinero estuviera en las monedas de cambio y no en el egoísmo del hombre.  No dejan de resultar gracioso los grandes esfuerzos que las sectas realizan para disimular sus necesidades mínimas, y en otros casos sus ambiciones económicas. 

Otra actitud, opuesta a la anterior, que algunas modernas sectas suelen adoptar respecto a su economía, es considerar que su dinero es sagrado, regalo del cielo, destinado a un fin divino; y por lo tanto no tienen porque dar cuentas de sus cuentas a ningún estamento mundano.  Vuelven a olvidarse de dar al César lo que es del César, esperando que dios les proteja del fisco; y así, más de un moderno gurú o predicador ha terminado en la cárcel por no presentar las cuentas claras y no pagar los tributos mundanos de sus actividades divinas.

También muchos protestan ―y no sin razón― de los beneficios fiscales e incluso ayudas económicas que muchos estados proporcionan a las religiones oficiales; y, sin embargo, las religiones minoritarias, además de no obtener ayuda alguna, tienen que pagar impuestos.

La mayoría de las sectas ya han aceptado su cruz, y se mueven por el mundo de la economía como lo haría cualquier otra organización de otro tipo.  Siempre procurando evadir los impuestos en lo posible, pero sin correr grandes riesgos; por ello casi todas las más importantes tienen sus cuentas en Suiza o en cualquier otro paraíso fiscal.  No cabe duda de que una buena cuenta en Suiza es el mejor seguro en este mundo antes de llegar al otro. 

También, en los sistemas de recaudación de ingresos, las sectas hacen lo que pueden para evadir impuestos, evitando en lo posible no dejar constancia alguna de las donaciones o de las cuotas de sus afiliados; si es en grupos pequeños pagando en mano sin recibo, y si se trata de fuertes organizaciones internacionales, enviando los ingresos a alguna cuenta de Suiza.

También existen sectas que tienen incluidas en su infraestructura  económica a empresas, formando holdings que en ocasiones alcanzan el tamaño de auténticas multinacionales.  Así se garantizan un reino aquí en la tierra, (supongo que será por si les falla el otro).

Pero lo que realmente le interesa a la persona buscadora, que no pertenece a una secta de por vida, es la relación calidad precio de las ofertas.  Dejando a un lado la polémica de si la secta defrauda al fisco o si es el fisco quien defrauda a la secta, lo que más nos interesa es que no nos defrauden a nosotros.  Para ello, la primera regla de oro ya comentada es no pagar grandes sumas, de esta forma difícilmente nos podrán robar lo que no exponemos.  Quien se inicia en estos mundos corre el riesgo de ser engañado, ya que le pueden acabar vendiendo a un alto precio, por ejemplo, una parcela en el otro mundo; terreno que todos tenemos ya guardado lo compremos o no lo compremos.  Con esto quiero decir que el inexperto puede ser engañado, y terminar pagando por lo que es de dominio público.  Casi todas las sectas ponen este tipo de trampas para los novatos, pues se atribuyen funciones de carácter universal como únicas concesionarias de las gracias que anuncian, y la persona inexperta acaba pagando por un cielo que le acaban de descubrir, cuando en realidad no tenía nada más que haber mirado hacia arriba para vivir gratis lo que ahora le está costando tanto.       

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de cuándo le están pidiendo a uno más de lo que debiera dar, o cuándo está sencillamente pagando los gastos mínimos necesarios para desarrollar la actividad que se esté realizando.  Si se están realizando los trabajos en grupo en el campo, será más barato que si se realizan en una elegante sala de reuniones o conferencias alquilada. Y si todo se desarrolla en un piso, pues también habrá que pagar el alquiler de éste.

Yo he llegado a pagar por cursillos de fin de semana cantidades excesivas, y, sin embargo, en otras ocasiones no he pagado ni lo que valía la comida.  Claro está, un cursillo se realizaba en un lujoso hotel con todas las comodidades, y el otro en una casa de campo cedida por alguna persona miembro o simpatizante de la secta que además nos invitaba a comer.  Ante todo siempre procuré tener bien claro qué era lo que deseaba aprender, y, después de sopesar si estaba dispuesto a pagar lo que costaba, aceptaba las condiciones económicas de la enseñanza o nos las aceptaba; sin más problemas.  Y con el convencimiento de que la enseñanza cara podría ser diferente, pero no mucho mejor que la que no me costaba nada.  En los temas del espíritu y de la mente no siempre el precio va acorde con la calidad de lo que se ofrece.  Los elevados precios, más que ofrecer una calidad superior lo que hacen es seleccionar a un tipo de gente adinerada, así, además de forrarse el gestor de la idea, da la oportunidad a la gente rica de reunirse en labores espirituales, cosa que no harían si tuvieran que agruparse con gente pobre.  (Esto lo dejamos claro en el capítulo sobre el racismo).

Los que pertenecemos a la clase media nos podemos permitir el lujo de meternos en sectas de ricos mientras nos alcance el dinero, estemos dispuestos a gastárnoslo y no nos sintamos incómodos entre tanta opulencia. Y en las sectas de pobres no tendremos problemas económicos, pero quizás nos perturben sus insistentes lamentos, las quejas de sus penurias económicas pueden hacernos sentir incómodos; conviene recordar que los de la clase media somos los ricos de los pobres.  De todas formas, la clase media somos los más afortunados porque tenemos mucha más variedad de sectas para elegir que los ricos y los pobres.  Las sectas de clase media suelen tener unos precios acordes con los gastos que generan sus actividades, sin un gran ánimo de lucro.  Sus cuotas alcanzan sumas comparables a otros entretenimientos típicos que en nuestra sociedad utilizamos para llenar nuestro tiempo de ocio.

Pero aunque el dinero que una persona se gaste en el seno de una secta sea el mismo que se pudiera gastar en otra actividad que llenase su tiempo de ocio, puede llegar a tener auténticos problemas.  Existe la idea generalizada de que las sectas te comen el coco al mismo tiempo que te roban el dinero.  Y, si una persona pertenece a un grupo familiar de economía compartida, no va ser bien visto por los otros miembros que se gaste un dinero en la secta, aunque éste sea mucho menor que el que se gastan los otros miembros de la familia en otras actividades de entretenimiento.  Esta injusticia social la están padeciendo muchas personas, sobre todo se da entre cónyuges; si uno de ellos se afilia a una secta, el otro no cesará de echarle en cara el dinero que se está gastando aunque él se esté gastando mucho más.  En realidad se trata de un oculto problema de celos, ya que en las sectas se viven fuertes relaciones emocionales, y el cónyuge termina sospechando que el amor místico de su pareja por el nuevo ambiente sectario pudiera no ser tan místico y tener un cuerpo con nombre y apellidos (situación que ―sin ánimo de asustar a nadie― también se suele dar en las sectas).  El reproche también puede esconder una preocupación, un temor por que nos puedan robar a la persona amada, llevándosela a un extraño mundo esotérico desconocido para nosotros.   Sea por una causa o por otra, el caso es que casi siempre se reprocha el dinero que se gasta en las sectas.  Lo más habitual y lo más aconsejable en estos casos es disimularlo entre otros gastos para evitar este tipo de problemas.

  De todas formas, si no se desea correr riesgos económicos, también es muy aconsejable, para quien gusta de andar por estos mundos de dios, asignarse una cantidad de gastos mensuales para estos menesteres, y no superarla en ningún caso.  Esta decisión, a ser posible se tomará antes de entrar en el mundo de las sectas, fríamente, pues puede suceder que nos empiecen a calentar la cabeza con la intención de vaciarnos los bolsillos.  La  cantidad cada uno la puede fijar según sus recursos económicos, bien puede ser ese dinero que nos gastaríamos de todas formas si invirtiéramos el tiempo en otro tipo de ocio, desembolso que no nos va a privar de atender nuestras necesidades esenciales.  Pero una vez fijada la cantidad conviene mantener esa decisión con gran determinación y realizar el firme propósito de no modificarla pase lo que pase.  No es habitual que las sectas arruinen a sus acólitos, pero puede suceder.  El típico argumento que nos incitará a vaciarnos los bolsillos en esos casos es que no se pueden alcanzar los cielos llevando cargas materiales, recordemos aquello de que es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello pase por el agujero de una aguja.  Se nos intentará convencer de que conviene desprenderse de todo aquello que nos pese, haciendo clara alusión a los ingresos de nuestra cuenta corriente y a todas nuestras propiedades, problema que se nos querrá resolver ayudándonos a  desprendernos de nuestra pesada carga, fardo que de forma altruista la secta o su dirigente se ofrecerá a cargar con él por nuestro bien y el de la Humanidad.  Repito que, aunque en el argot popular, esta sea una estafa típica de las sectas, en la realidad no es frecuente que suceda.  Incluso, a causa de la fama de ladronas que tienen las sectas, muchas personas que se meten en ellas, se agarran a su dinero como si fuera su vida, y no lo sueltan ni para pagar la luz del local donde se están reuniendo.  Ya sabemos que nos podemos aprovechar de las sectas tanto como ellas se pueden aprovechar de nosotros.  No es fácil que nos quiten el dinero que no estamos dispuestos dar.  Aun así conviene estar advertido de que podemos ser estafados, no sólo porque nos engañen, sino porque también nos podemos engañar a nosotros mismos.

En nuestra ansia por evolucionar espiritualmente podemos observar nuestra avaricia como un importante impedimento para la evolución espiritual, y es probable que estemos dispuestos a darlo todo en el nuevo camino que hayamos emprendido, para intentar de forma radical desprendernos de ese importante pecado capital ―lo digo por experiencia―.  Y podemos acabar al cabo de un tiempo arruinados y con la misma avaricia de siempre.  La codicia no se la quita uno del cuerpo de un plumazo.  La generosidad altruista inducida por terceros no suele corresponder a un auténtico cambio interior, sino a un impulso momentáneo de la persona que, pretendiendo conseguir un cambio radical en su vida, lo da todo a cambio de unas promesas que en muchas ocasiones no se cumplen.  El camino a los cielos está lleno de ocultos atajos conocidos únicamente por “expertos guías” que nos pueden llegar a cobrar muy caro sus servicios aprovechándose de nuestra desbordante generosidad económica.  Pero puede suceder que en esos atajos, a la vuelta de una esquina, de una de esas ocultas sendas esotéricas, sin saber cómo y porqué, nos encontremos sin guía, en un infierno y sin dinero.  Y si vivir en un infierno ya resulta muy penoso, si encima estamos arruinados, puede ser una auténtica tragedia.

 

 


 

EL DUDOSO SIGNIFICADO DE LA TERMINOLOGÍA ESOTÉRICA

 

           En las librerías nos encontramos con diccionarios especializados en diferentes temas, ciencias o profesiones, que recopilan con suficiente homologación el significado de los términos.  Si conseguimos, por ejemplo, dos diccionarios de física de autores diferentes, veremos que las definiciones de las palabras en su esencia apenas tienen cambios substanciales que pudieran dar lugar a confusiones o errores; únicamente encontraremos variedad en matices que no afectan a las definiciones básicas.

            Sin embargo, si comparamos algunos de los diccionarios que se han editado de esoterismo, observaremos grandes diferencias en el significado de algunas de sus palabras, e incluso veremos que numerosas de sus definiciones pueden llegar a ser tan diferentes que un vocablo puede tener significados opuestos según el autor que lo defina.  Por ejemplo: el “Yo” puede ser nuestra preciosa esencia espiritual en unos casos, y en otros puede referirse a nuestro demonio interno.

            La falta de acuerdo en la terminología esotérica es el resultado del totalitarismo del que han hecho gala las vías espirituales en la Historia.  Su autosuficiencia, y su menosprecio por el resto de las otras vías espirituales, ha provocado una separación tan contundente entre ellas que aún perteneciendo a un mismo país, hablando la misma lengua, y presumiendo de tener un mismo dios, bien podríamos decir que utilizan idiomas diferentes.

            En los casos en que los vocablos son los mismos, su significado puede variar tremendamente de una secta a otra.  Por ello, cuando uno está dispuesto a cambiar de camino espiritual, ha de tener en cuenta, antes de hacerlo, que deberá de aprender un nuevo idioma, donde probablemente las palabras apenas cambien, pero sí su significado.  Ésta es una nueva dificultad a sumar al ya considerable esfuerzo intelectual que se ha de realizar cuando se cambia de senda espiritual.  Dificultad idiomática que no padecen quienes no cambian de camino, pero se privan de aprender lo que otras escuelas enseñan.

En la actualidad, los grupos de vías de realización espiritual que forman el conjunto llamado de la Nueva Era son la excepción a esta regla.  Este conjunto de enseñanzas se ha puesto de acuerdo y utiliza vocablos similares, lo que nos permite seguir distintas vías espirituales sin tener que cambiar de idioma. 

Sin embargo, las sectas más fieles a las enseñanzas derivadas de milenarias vías esotéricas, mantienen sus vocablos tal y como ellos aseguran que se pronunciaban y se escribían hace miles de años.  No por veneración a quienes utilizaron ese idioma, sino porque se trata de un idioma sagrado, con sus palabras sagradas, que han de ser escritas y pronunciadas tal y como se escribían y pronunciaban hace miles de años, si se desea conservar su poder mágico. 

No hace falta ser un lince para sospechar que entre unas vías y otras,  derivadas de un mismo tronco milenario iniciático, no existe acuerdo en cómo se habrá de pronunciar o escribir muchas de esas viejas palabras sagradas para que no pierdan su añejo elixir milagroso.  Cada una de estas vías usa las palabras mágicas de forma diferente, y todos están contentos de cómo les funcionan.  (No cabe duda de que la fe mueve montañas).

También en las religiones madres de innumerables hijos, como pueden ser el Budismo o el Cristianismo, sufren esa descoordinación idiomática.  En las diferentes ramas de las grandes religiones se definen los mismos vocablos de forma diferente.  Y esto sucede porque las enseñanzas, aunque pertenezcan a un mismo tronco, derivadas de un mismo maestro, difieren tremendamente entre sí. 

En el mundo del espíritu, donde más debiera existir un perfeccionismo didáctico, es donde más caos existe.  Desorden que probablemente no se intentará remediar, pues a río revuelto ganancia de pescadores.  Marcar bien la diferencia, incluso en el idioma, da un carisma especial que ayuda a venderse mejor.

En el presente libro intentaré prescindir en lo posible de extraños vocablos de dudoso significado.  Ya son suficientemente dificultosos de entender los temas que estamos tratando como para enturbiarlos más con multitud de extrañas palabras.  Un estudio religioso o esotérico típico necesita de un diccionario aparte para entenderlo.  Aquí vamos a prescindir en lo posible de palabras que no sean de dominio público.  Incluso para definir situaciones difíciles de entender vamos a usar palabras de uso corriente.  Por ejemplo, vamos a llamar “atmósfera sagrada” y “realidades virtuales espirituales” a dos fenómenos extraordinarios que se dan en los caminos espirituales.  Estas dos frases ya definen por sí solas de qué estamos hablando.  La sencillez en nuestro vocabulario no nos va a impedir hablar de los grandes misterios espirituales.   También cuento con que la propia inteligencia del lector haga real el dicho de que a buen entendedor pocas palabras bastan.

 


 

LA ALIMENTACIÓN

 

            Si en la práctica de cualquier deporte es necesario llevar una dieta adecuada para mantenerse en forma, no iba a ser menos en la práctica del duro caminar por los senderos del espíritu.  Los entrenadores del alma también imponen un estricto régimen alimenticio a sus seguidores para beneficiar ―según ellos― el caminar espiritual.  Y, como no iba ser una excepción a la regla de falta de acuerdos en las diferentes vías espirituales, tenemos gran cantidad de dietas alimenticias y de consejos culinarios muy diferentes entre sí.  Tal es la falta de coincidencia, que quien haya seguido varias vías espirituales ―como es mi caso― termina acabando por no saber cual es la dieta más adecuada para el alma.

            Las religiones oficiales siempre han impuesto en las culturas innumerables preceptos alimenticios que permanecen arraigados en el costumbrismo social.  Sus razones se fundamentan en las sagradas escrituras, en los preceptos escritos sobre la alimentación que hace miles de años se dieron a aquellas gentes, y que hoy todavía se pretende que estén vigentes.  Es la fuerza de la tradición de los hábitos espirituales manifestada en la cocina de los pueblos.  Multitud de tradiciones culinarias impuestas por el cielo a las cocinas de la tierra.

            No obstante, a medida que el desarrollo alcanza a los países, disminuye el grado de severidad dietética impuesta por las religiones oficiales al aumentar la cultura de los pueblos y al conocerse otros rituales alimenticios provenientes de otras creencias.  Pero, tras esta liberación cultural de las cocinas, las novedades culturales nos han traído también nuevas proposiciones e imposiciones culinarias, que si bien no son causa de pecado si no se practican, incluyen advertencias sobre los peligros que corre nuestra salud del alma y del cuerpo si uno no se alimenta como ellas indican; modernas amenazas que continúan no dejándonos comer en paz a todos aquellos que les prestamos oídos.  Fanatismos culinarios, exigencias dietéticas para alcanzar el cielo, dietas para endulzar el alma aunque muchas veces nos amarguen el cuerpo.

            El vegetarianismo es la dieta estrella por excelencia de esta nueva era, se dice de ella que es la forma de alimentarse de los seres espirituales. Tanto es así que muchos vegetarianos tienen un aspecto de ser más del otro mundo que de éste.

            Sus seguidores más acérrimos ―como todo fanático― dan muestras de una notable violencia verbal intransigente.  No resulta difícil escuchar por los caminos naturistas alusiones despreciativas hacia quienes ellos llaman los comedores de cadáveres; tachándonos casi de asesinos a todos aquellos que de vez en cuando nos atrevemos a comernos una pechuga de pollo.  Como si la lechuga que se comen ellos no estuviera también muerta cuando ya es ensalada.  El hecho de que no grite la pobre lechuga cuando se le arranca del suelo no quiere decir que no lo sienta, porque modernas investigaciones han demostrado que los vegetales responden con pequeños cambios bioeléctricos en su interior a manipulaciones exteriores, en especial a las que afectan a su vida o a la integridad de las plantas de su misma especie.  Perciben las agresiones, por ello se supone que sienten de alguna manera, al estilo vegetal claro está, aunque no oigamos sus especiales aullidos cuando las estamos masticando.

            El hecho de que pueda parecer menos sanguinario comerse a una planta en vez de a un animal, obviamente viene determinado porque la sangre de las plantas al ser verde no se parece a la nuestra y no nos la recuerda.  El vegetarianismo debe de estar basado en una aversión a mancharse las manos de sangre.  El pescado, por no ser tan sanguinolento, algunos lo incluyen también en la dieta vegetariana. 

            Este tipo de dietas naturistas suelen estar impregnadas de ese ilusorio pacifismo que, entre otras cosas, se niega a reconocer la violencia implícita en el alimentarse en este mundo, donde casi todo ser vivo para sobrevivir tiene que comerse a otro.

            Este impresionante argumento de sugerir que quien asesina para comer no puede ser muy espiritual, ha hecho furor en las nuevas vías espirituales.  Avalado por la cultura oriental, sobre todo india, donde matar a un animal en algunos poblados está muy mal visto.  Allí si te comes un pollo te has podido comer también al hijo del vecino, muerto años atrás y encarnado en el animal.

También se llega a decir que el alma de las plantas acepta gustosamente el sacrificio de su cuerpo para alimentarnos, mientras que los animales no son tan complacientes, y menos si dentro de ellos dicen que hay alguna persona.  La creencia en que nos podamos reencarnar en animales nos ha ofrecido en bandeja la espantosa idea de llegar a poder practicar el canibalismo si se come carne de animal, esta idea ha potenciado tremendamente el vegetarianismo entre las personas más sugestionables por estos temas.

Las personas más normales han sido seducidas por el vegetarianismo por las conocidas virtudes de las plantas, atraídas no por los beneficios espirituales que se prometen de ellas, sino por su efectividad como desintoxicación de una alimentación excesiva en grasas animales, como solución para la obesidad, o como complemento añadido a una alimentación animal para dar forma a una dieta más equilibrada.

Conviene reseñar que la alimentación en el interior de muchas sectas, como cualquier otra actividad suya, adquiere carácter sagrado.  Los alimentos son un regalo sagrado del cielo que merece todo nuestro agradecimiento.  Comer en un ambiente de santidad y de agradecimiento ―hay que reconocerlo― es muy útil para un buen provecho; lástima que sean tan estrictos en muchas de las vías espirituales a la hora de sentarse a la mesa.  Su obsesión por comer alimentos puros puede amargar la comida a quien tenga la buena voluntad de disfrutar de una buena mesa.

Para solventar este problema hay sectas y religiones que recurren a un viejo truco culinario que permite convertir en alimento divino cualquier cosa que comamos.  El truco consiste en aliñar la comida con una  bendición antes de ingerirla.  Bendecir la mesa es una vieja tradición muy arraigada en las sociedades religiosas.  Por supuesto que existen diversas formas de bendecir una comida, yo he llegado a conocer a quienes rebozan los alimentos con luz divina, receta que paso a transcribir porque imagino no será muy conocida por la mayoría de las devotas amas de casa:  Una vez la comida esté servida en el plato, hay que sumergirse en profunda meditación, imaginarse una gran luz celestial, después hay que hacerla descender del cielo como chorro de luz blanca y derramarla sobre las comidas, se puede añadir una pizca de oraciones y otro poco de buena voluntad para creerse que así estamos haciendo algo provechoso para nuestra alma y para nuestro cuerpo.  Recordemos que pocas cosas funcionan sin fe en el mundo del espíritu.  Lástima que haya tantas creencias tan dispares y tan contradictoras, pues lo que anuncian unas creencias como una panacea, otras lo pueden anunciar como un veneno.  A modo de ejemplo de desacuerdos haremos mención al ajo, condimento alimenticio que muchos anuncian como una panacea curadora, y otros lo califican como sustancia de los infiernos. 

Otras vías califican alimentación del paraíso a la realizada sólo a base de frutas, donde no puede faltar la manzana, claro está.  Otras, para alcanzar la iluminación, consideran imprescindible el consumo de arroz diario, prescindiendo de las frutas, (naturalmente esto nos llega de China).  Otras aconsejan comer de todo lo que no pueda salir corriendo.  Y otras permiten un cierto aporte de calorías animales, unos pocos tropezones entre tanta verdura; esta dieta para mi gusto es la más equilibrada, un poco de todo a gusto del consumidor.  Teniendo siempre en cuenta que el bienestar del organismo es el mejor testigo de lo bien o de lo mal que nos estamos alimentando.

            No vamos a negar ―dejando a un lado bromas y extremismos― el aspecto positivo que todas estas modernas modas culinarias han aportado a los hábitos alimenticios de nuestra sociedad.  El sentido común nos ha permitido elegir lo más conveniente para nuestra salud.  Y el vegetarianismo nos ha aportado un sano aumento de las  verduras en nuestra dieta carnívora excesivamente cargada de grasas animales.

            Y para quienes hayamos experimentado con diferentes dietas esotéricas, no cabe duda de que, después de contrastar sus efectos en nuestro organismo, ahora podemos elegir lo que consideramos más beneficioso de ellas, y llevar una dieta a nuestro gusto, extraída de todo lo que hemos aprendido.

El éxito a la hora de relacionarnos con las sectas no viene determinado por tragarnos todo lo que éstas nos den, sino por coger de ellas aquello que creamos conveniente para nuestra salud.  Recordemos que, a pesar de sus grandes defectos, son escuelas de aprendizaje.

 


 

EL AYUNO

 

            Es habitual que el místico padezca de anorexia, aunque su inapetencia no sea producida por evitar la obesidad, como sucede en los adolescentes, sino por menospreciar todo lo referente al cuerpo, ya sea alimentación, sexo, cuidados corporales, etc.  El místico tiene su vista más puesta en el cielo que aquí en la tierra.  En ocasiones su anhelo por lo celestial es tan fuerte que puede llegar a abandonar sus necesidades físicas más básicas.  Este tipo de anorexia tampoco es semejante a la que pudiera tener una persona que ha sufrido un gran desengaño en la vida.  El místico tiene grandes ansias por vivir, con la diferencia de que desea hacerlo más en el otro mundo que en éste.  La mal nutrición es una característica histórica de nuestros místicos occidentales.  Tanto es así que en nuestra cultura no encaja una persona que se califique de espiritual y esté obesa; sin embargo, en Oriente no es así, las imágenes de sus Budas rozan la obesidad en la mayoría de los casos, en contraposición con las de nuestros místicos, siempre enjutos y mal alimentados, cuando no martirizados.

            Es importante reconocer que esta equiparación del ayuno con una sacrificada y heroica espiritualidad no es otra cosa que una herencia cultural sin apenas fundamentos lógicos, pues, cuando se estudia el fenómeno a fondo, uno se sorprende al comprobar que el ayuno es una benéfica función natural de los seres vivos (desnaturalizada, como otras muchas, en el ser humano).  Los animales cuando están enfermos dejan de comer, utilizan el ayuno como método curativo, no como instrumento de mortificación.  Cuando se deja de ingerir alimentos, el cuerpo inicia un proceso sanador difícilmente superable por otros métodos.  (Este proceso no tiene nada que ver con la anorexia o la bulimia que está afectando a nuestros jóvenes, el ayuno curativo del que estoy hablando se basa en las ganas de vivir con más salud, no en el hecho de morirse lentamente por ciertas obsesiones sobre nuestro aspecto). 

Fue en los ochenta cuando hizo furor el ayuno entre las medicinas alternativas, se llegó a anunciar como una auténtica panacea para todo tipo de males, y gran número de médicos naturistas lo pusieron en práctica.  Para mi persona resultó ser una tentación, mi naturaleza enfermiza desde niño estaba pidiendo a gritos una solución que no me ofrecía la medicina oficial; y no dudé en ponerme en manos del ayuno dirigido por un especialista.  Antes me leí varios libros de entusiastas sobre el tema para informarme sobre este remedio curativo e hice pequeños ayunos de preparación.  (Tengamos en cuenta que, a pesar de que todo ser vivo utilice el ayuno para curarse, nosotros no estamos acostumbrados a comportarnos tan naturales como ellos).  Según los cálculos de los entendidos más fanáticos, cuarenta son los días que un ayuno tiene de durar para obtener sus mejores beneficios.  Así que, a los cuarenta y un años, aprovechando que estaba en el paro, me puse manos a la obra dispuesto a soportar cuarenta días a agua.

            Como ya estaba acostumbrado a realizar ayunos cortos, ya conocía las incomodidades que se producen en los primeros días, y no tuve problemas para soportarlos.  Pero pronto mi vitalidad se vino abajo.  Al décimo día de estar a agua ya no podía apenas levantarme de la cama.  Mi cuerpo, para sobrevivir, a los diez días ya se había comido todas mis escasas reservas que mi habitual extrema delgadez le había proporcionado.  Pero, como ya me había convertido en un fanático defensor del ayuno, continué en mi empeño.  Reconozco que también existía en mí un anhelo por vivir esa experiencia de casi todos los grandes místicos tasada en cuarenta días sin comer, era como un número mágico que prometía un elevado desarrollo espiritual.  Pero, como sucede a menudo, solemos hacer las cosas al revés, pretendiendo conseguir una evolución interior haciendo algo exterior, cuando ese algo exterior se debería de realizar después de alcanzar el conveniente grado de evolución interior.

Aguanté veintidós días de un calvario lleno de esperanzas, sin otro alimento que agua.  Mi cuerpo no llegó a ser otra cosa que piel y huesos.  No sé muy bien que fue lo que me animó a interrumpir el ayuno antes de la fecha mágica, quizás fue el miedo a poner en peligro mi vida, o quizás fue la reprobación de mi familia, muy alarmada con mi extraño método de curación, pues cada día que pasaba me parecía más a un cadáver.  Fueron unos días en que al mismo tiempo que yo me debilitaba también se debilitaba conmigo mi entusiasmo por el ayuno, era obvio que mi caso particular no se parecía en nada a todos esos casos de entusiastas ayunadores de la literatura naturista, que podían pasarse sin comer cuarenta días haciendo vida normal; mi organismo no tenía reservas para ello.

La debilidad de los últimos días apenas me permitía levantarme para hacer mis necesidades de evacuar líquidos, para expulsar el agua que tomaba, porque sólido ya no me quedaba casi nada en las tripas.  Las sensaciones físicas eran muy desagradables, aparte de la debilidad, parecía que por mis venas corría estiércol en vez de sangre.  Así funciona el proceso de limpieza del ayuno: el organismo, a falta de comer, se empieza a comer a sí mismo, digiere las toxinas retenidas en los tejidos, en las vísceras y, sobre todo, en los intestinos; y éstas pasan a la sangre creando un gran malestar general, muchas veces confundido con la sensación de hambre.  Esto dura hasta que el ciclo se completa, dicen que a los cuarenta días los riñones terminan de filtrarlo todo y uno se queda como nuevo.  Yo no aguanté los cuarenta días, si voy más allá de los veintidós mi sistema digestivo hubiera empezado a comerse hasta mis huesos, pues era ya lo único que me quedaba. 

Todo lo sobrellevé con la entereza del fanático creyente, ayudado por mis ejercicios espirituales que practicaba por aquellos años.  La experiencia mística me proporcionaba una vitalidad añadida, ese tipo de energía que nos parece llegada como regalo del cielo me levantaba en ánimo, incluso a veces me permitía levantarme de la cama, pero por poco tiempo.  El aspecto nutritivo y energético de la experiencia mística me quedó suficientemente demostrado, pero dudé que ese maná me permitiera permanecer durante cuarenta días sin comer, no me debía de sentir muy merecedor de semejante gracia, o sencillamente no era capaz de generarla.  O quizás flaqueé por los tentadores aromas culinarios que me entraban por la ventana de los asados del vecino de abajo, o pudieron ser también los sueños de sabrosos platos que mi subconsciente me pasaba por delante de las narices mientras dormía.  El caso es que al vigésimo segundo día decidí empezar a comer.  Llamé por teléfono al doctor en estas lides ―vivía en otra ciudad―, y me dio las instrucciones para romper el ayuno.  Había que hacerlo muy lentamente, en un proceso que debía de durar tanto como había durado el ayuno.  Y así comencé un segundo calvario casi tan duro como el anterior.   Los primeros días fueron a zumos o licuados de frutas.  Y, ¡sorpresa!, todavía quedaban sustancias sólidas desechables en mis intestinos, los caldos de frutas las hicieron correr por mis tripas, y sacando fuerzas de flaqueza (nunca mejor dicho) expulsé unos excrementos de un olor tan fétido que me recordaba a la peste que se produce cuando se remueven los sedimentos de las cloacas.  La limpieza había concluido.

  No cabe duda que el intestino grueso es la cloaca de nuestro organismo, donde se mantienen sustancias en putrefacción durante años.  Bien conocen esto los cirujanos que les toca hurgar en el intestino grueso.  En el ayuno, al dejar de arrojarle basuras, se limpia de forma natural, difícilmente de superar por otro método.

Al cuarto día ya pude ingerir sólidos: trozos de frutas que me sabían a gloría; y para el sexto día ya podía comer de todo, pero con la condición de que fuera vegetal y crudo, para que los nuevos tejidos de mi organismo se formasen a partir de fibras vegetales vírgenes.  Yo agradecía la buena intención de aquel médico, quizás pretendía que yo tuviera un cuerpo cien por cien algodón; el caso es que, aunque mi organismo ya se había fortalecido un poco, pasé más hambre que en la primera fase del ayuno, por mucho que me preparase unas suculentas ensaladas variadas para mi sólo en la fuente que habitualmente se usaba para toda la familia.

Antes de concluir este segundo ciclo ―sería por el día dieciocho o veinte― llamé al doctor y le supliqué que terminase con mi calvario.  Sentado a la mesa con el resto de mi familia, mis ojos se iban detrás de los mendrugos de pan y de los cocidos, no podía remediarlo.  El doctor fue magnánimo y me conmutó la pena.  Desde entonces dejé de comer en plato, lo hice en cazuela, tenía un hambre insaciable, ingerir los alimentos me producía autentico placer, su aroma me embriagaba, el sólo hecho de llevármelos a la boca me deleitaba con un goce tremendamente sensual.  Un mendrugo de pan se me antojaba como un pastel exquisito.

El doctor me dijo que aquellas ganas de comer tan intensas me harían aumentar de peso; pero no fue así, recuperé el mismo peso que tenía antes: cincuenta kilos para una altura de uno setenta y cinco.  Esto me recuerda a tanta persona obesa que se pone a dieta, reduce su peso durante el tratamiento, y luego vuelve a donde estaban antes.  A mí me sucedió lo mismo.

Aunque los prometidos resultados del ayuno no consiguieron hacerme recuperar un peso normal, sí que me proporcionaron una vitalidad asombrosa.  Maravillado, me encontré con un nuevo cuerpo totalmente desconocido para mí, delgado como siempre, pero con una salud increíble.  Mi naturaleza enfermiza había desaparecido, y no dejaba de sorprenderme el nuevo estado de buena salud y el vigor del que hacía gala mi cuerpo.

Unos años antes del ayuno me hice vegetariano, y durante los años posteriores también continué con esta dieta, haciendo pequeños ayunos con la intención de mantener ese envidiable estado de salud.   Tanto es así que el ayuno se me convirtió en una adicción, en cuanto cogía unas vacaciones ya estaba aprovechando para dejar de comer, y de paso para dejar de existir, pues me quedaba en nada.  Fue necesario el paso de varios años para que despidiera el ayuno de mi vida, la debilidad que había de soportar cuando lo hacía ya no me compensaba los beneficios que obtenía de él.  Y a conclusión semejante debió de llegar la medicina naturista, el ayuno empezó a dejar de ser una de sus panaceas preferidas, se dijo que ahora los organismos de las personas, por consumir unos alimentos más desnaturalizados que en el pasado, y no ingerir los ricos nutrientes que alimentaban a nuestros abuelos, no disponen de las reservas nutritivas necesarias para emprender un ayuno con éxito.  Menos mal que yo lo suspendí a tiempo, sino es posible que ahora no lo estuviera contando.

De todas formas, estoy agradecido al ayuno, hasta hoy en día estoy disfrutando de una salud envidiable.  Para mí sigue siendo una terapia muy seria de curación.  Aunque ya no la practico de forma estricta, ahora reduzco la cantidad de alimentos cuando no me encuentro bien, pero sin llegar a ayunar. 

Para quienes estén interesados en el ayuno sin correr grandes riesgos, es muy recomendable, e incluso considero imprescindible, realizarlo en clínicas destinadas para ello.  Y si uno está dispuesto a realizar experimentos por su cuenta sin correr peligro, la forma de mejor hacerlo es reduciendo la cantidad de comida diaria por cortos periodos de tiempo, prescindiendo de la cena, por ejemplo; o, si uno es carnívoro, puede pasarse al vegetarianismo por unos meses; pero, en un caso o en otro, siempre a poder ser bajo vigilancia médica, no vaya a ser que en vez a terminar con un organismo limpio y lleno de vitalidad, acabemos anémicos.

Y para los más obstinados en limpiarse por su cuenta, que estén pensando en ingerir alimentación exclusivamente cruda vegetariana o a base de licuados de frutas y caldos de verduras, sólo advertirles que este tipo de alimentación puede realizar una limpieza excesivamente rápida, haciendo que un exceso de toxinas pasen a la sangre y provoquen un colapso en los riñones, y acaben en Urgencias en un mar de dolores, terminando de malas maneras en manos de un médico por no habernos puesto en sus manos antes.

Digo esto porque el ayuno forma parte del folklore de muchas sectas, donde alegremente te dicen lo que has de comer, cómo has de vestir y cómo has de vivir.  Si uno quiere hacer experimentos con su cuerpo, adelante, pero no está de más hacerse un sencillo análisis de sangre de vez en cuando, si hace falta a escondidas para que no se enteren los dirigentes de la secta y puedan reprocharnos el poner en duda la maravillosa forma de vivir en ayuno que nos están ofreciendo.  Si sus promesas de buena salud son ciertas, los análisis nos lo confirmarán; y, si no lo son, podremos actuar en consecuencia. 

 


 

RENACER A UNA NUEVA VIDA

 

            Las sectas más radicales, siempre seguras de la efectividad de sus enseñanzas únicas e insustituibles, nos invitarán a desaprender todo lo que hemos aprendido en la escuela de la vida, convenciéndonos de que no nos sirvió de nada excepto para hacernos sufrir.  Estas enseñanzas tan derrotistas suelen encajar con las expectativas de los alumnos, pues quien llega a una secta de este tipo suele albergar una cierta predisposición a abandonar la forma de vida que llevaba, de la que probablemente lleve tiempo muy harto.  Aunque, por muchas ganas que uno tenga de cambiar de vida, podemos quedar muy sorprendidos al observar hasta donde son capaces este tipo de organizaciones de reorganizarnos la totalidad de nuestra existencia.

            Dispuestas a cambiarnos el vivir, en estas sectas nos cambian hasta la fecha de nacimiento.  Nuestro pasado corresponde a otra vida que ya es agua pasada, sin importancia; incluso en algunas sectas nos asegurarán que antes de conocerles a ellos estabamos muertos, éramos zombies, muertos vivientes, como lo son todos aquellos que no pertenecen a la secta, única luz de vida.  Por lo tanto urge la necesidad de realizar un ritual de renacimiento que marque claramente desde cuándo empezaremos a vivir.  La fecha en la que recibiremos la importante iniciación será nuestro nuevo cumpleaños, y nos convertiremos en bebés recién nacidos a la nueva vida.  Y a partir de entonces todos los cambios se sucederán en un suma y sigue sin fin.  El bebé, nosotros (aunque hayamos pasado de los cuarenta), también necesitaremos un nuevo bautismo, pues resulta obvio que, aunque ya hayamos sido bautizados, aquel bautismo no nos sirvió de nada.  También necesitaremos una nueva familia, pues la nuestra, si no está integrada en la secta, ya no nos sirve para nuestros nuevos propósitos celestiales.  Se nos dará un nuevo padre o una nueva madre, que podrán ser padrino o madrina, y también se nos darán nuevos hijos o ahijados; pero eso será cuando crezcamos un poco más y nos hayamos casado de nuevo.  Porque, como era de esperar, si ya estamos casados, nuestro antiguo matrimonio fue un sacramento, que al no estar bendecido por su iglesia, doctrina o gurú de turno, no fue real en absoluto; tanto es así que no necesitaremos divorcio alguno para casarnos de nuevo.  Naturalmente, la nueva boda habrá de realizarse con otra persona, miembro de la secta a poder ser, pues solamente se pueden unir miembros de un mismo mundo, y las personas que no pertenecen a la secta son de un mundo aparte.

            No nos podemos hacer ni idea del tremendo surtido que existe de bautizos, comuniones, bodas y entierros.  Los hay para todos los gustos, y aunque son rituales que sólo se suelen dar una vez en la vida, uno puede vivirlos varias veces con sólo cambiar de secta.  Excepto, claro está, el ritual del entierro, ese sólo lo podremos recibir una vez; porque las sectas nos cambiarán todo, pero el día en que dejemos de respirar, ese difícilmente nos lo cambiarán después de haber expirado.

            Los rituales más frecuentes que se realizan en el mundo de las sectas son aquellos que invocan a sus deidades.  En el seno del Cristianismo tenemos  las misas, evocaciones de aquella última cena invitando a la permanencia entre nosotros a la divinidad cristiana.  Sabido es la enorme cantidad de vías de realización cristianas que existen hoy en día, pues bien, en ellas, las misas se unen al repertorio colorista de bautizos, bodas y entierros, y, aunque se utilice siempre pan y vino para realizarlas, las formas en que se llevan a cabo son tremendamente diferentes entre sí.  Y en el seno de las sectas de origen no cristiano, las cosas no son menos diferentes.   Dan la sensación de que se ha cambiado realmente, pues tanto los cielos, los dioses y los demonios no son los mismos, pero seguro que tienen rituales semejantes a la misa, donde se invoca al dios o a los dioses, y también tendrán iniciaciones semejantes al bautismo, bodas exóticas, etc.

            Todos estos cambios de rituales dan la sensación a la persona sectaria que ha cambiado realmente, pero uno se suele comportar de la misma forma con su pareja ya se haya casado de verde o de azul.  Lamentablemente se sigue siendo el mismo aunque uno vista diferente o su bautismo haya sido bendecido por un dios u otro.  Cambiar de nacimiento, de bautizo, de bodas o entierros, no nos cambia a nosotros ni a las profundas directrices de nuestra vida.  Lo único que conseguimos es cambiar unos rituales enraizados en nuestra sociedad por otros nuevos o de otros países, revolucionando un costumbrismo social de siglos.  Pero no esperemos de esos cambios profundas transformaciones en nuestra vida; en ese sentido, lo más probable, es que para lo único que nos sirvan es para acabar dándonos cuenta, al cabo de los años, de que no nos sirvieron de nada.

 


 

DIFERENTES FORMAS DE MEDITAR

           

            La meditación es la enseñanza primordial, la más importante, la más famosa y a la vez la más secreta de la mayoría de las sectas.  Tanto es así que al estudiante primerizo le gusta presumir de que ya sabe meditar porque en las primeras clases de su primera escuela esotérica le enseñaron una sencilla técnica de concentración, sin saber que bajo la palabra de meditación se acogen innumerables formas de aplicar nuestra atención, de ejercitar nuestra mente y de experimentar, muy diferentes entre sí; y algunas tan difíciles de aprender que exigen años y años de práctica para conseguir su dominio.  Según la vía espiritual que se siga, la religión que se practique o, en definitiva, según la secta a la que pertenezca, la forma de meditar variará enormemente de unos casos a otros.  Y, claro está, cada secta presume de poseer la auténtica meditación, la que produce los efectos más beneficiosos y la que fue revelada por las deidades para que el hombre ponga su atención en ella y ensimismado alcance el cielo.

            En Occidente se entiende por meditar a razonar sobre una idea, a darle vueltas, batiéndola y exprimiéndola hasta sacarle jugo.  Pero, en esoterismo, el nombre de meditación encierra multitud de actitudes mentales muy diferentes a nuestra vieja costumbre de discurrir sobre algo.

            El primer giro más importante que dimos a la función de meditar fue cuando los orientales nos enseñaron que teníamos un tercer ojo, y nos dio por llamar meditación a todos los ejercicios destinados a intentar ver con él.  Pero, como con ese ojo de la mente la mayoría de nosotros llegamos a ver muy poco, después empezamos a imaginarnos las cosas que queríamos ver, imaginaciones que terminamos llamando meditaciones, también llamadas visualizaciones, para distinguirlas de las otras formas de meditar.

              Pero la principal importación de Oriente fueron los mantras, extraños sonidos, palabras mágicas de idiomas muertos, invocatorias de las energías de los dioses, que repetidas hasta la saciedad dicen que producen unos efectos muy beneficiosos.  (En Occidente ya los conocemos, aunque nunca los hemos llamado así, son esas plegarias o alabanzas que se repiten insistentemente en muchos de nuestros rezos). 

El mantra por excelencia es aquél que pronuncia la palabra sagrada y secreta del nombre del supuesto dios infinito, del único; entonces su repetición se convierte en una constante llamada al altísimo; ejercicio que si conseguimos mantener durante días, semanas, meses o años, al final, por pesados, parece ser que el señor de los cielos nos termina abriendo las puertas del paraíso.  La pena es que no se ponen de acuerdo ni en el nombre ni en los apellidos del supuesto único rey de los cielos, cada religión o escuela esotérica lo llama de una manera; y utilizan con gran secreto y cuidado lo que cada una considera el auténtico nombre de dios, la palabra sagrada que lleva al devoto a la presencia del altísimo.  No voy a hacer una recopilación de todos los nombres del dios supremo que he llegado a conocer, primero porque no lo considero necesario, y segundo porque seguro que todavía me faltarían bastantes por nombrar.  (Incluso hay quienes aseguran que el auténtico nombre de dios es impronunciable).  Conque el paseante por los ambientes sectarios sepa, cuando le desvelen el gran secreto del auténtico y único nombre de dios, que hay otros nombres que también se ofrecen igual, es suficiente.  Hay tantos nombres del supremo altísimo que da la sensación de que se trata de varios dioses en vez de uno sólo.  Y si es cierto de que se trata de un único dios, como afirman los defensores de cada uno de los nombres, menuda faena, pues con tantos nombres sería una pena pasarse media vida llamando a Juan cuando en realidad se llama Pedro.

            De todas formas, tanto quienes defienden un nombre sagrado u otro, aseguran que son contestados por su adorada deidad.  Y es que la fe unida a la devoción hace milagros, es capaz de, se crea lo que se crea, generar una exquisita atmósfera sagrada, garantía de una gozosa meditación, pues la meditación en su forma más elevada es una auténtica oración, un ensimismamiento en el aspecto divino.  La auténtica oración no es un monólogo con uno mismo o un diálogo de sordos con quien no sabemos si nos escucha, sino que implica un contacto experimentado con la deidad a la que nos estamos dirigiendo, y por lo tanto una meditación contemplativa en su divinidad.

Pero, no todas las meditaciones tienen propósitos tan supremos, pueden llegarse a practicar extraños ejercicios meditativos que nos hagan caminar en dirección contraria a donde deberíamos ir.  Tal es el caso de quienes usan la meditación para proyectar su energía mental en oscuros intereses, hundiéndose más en la miseria humana de la que precisamente están intentando alejarse.  La meditación también podríamos definirla como un pensamiento, actitud, o atención mantenida en la conciencia; y si los intereses que nos mueven a realizar esa concentración de energías son de origen pasional, como por ejemplo los celos o una desmesurada ambición o ira, cosecharemos de estos ejercicios las miserias que todos ya conocemos.

Las visualizaciones adquirieron su fama porque se anunciaron como un método ideal para conseguir propósitos, sean de la clase que sean; pero pronto se dieron cuenta los profesionales de la visualización de que los intereses que persiguen los propósitos son fundamentales para la armonización interna de los individuos.  Y por ello descartaron de sus meditaciones todo propósito que no fuera honesto y de servicio a la Humanidad.  Y ahora tenemos al aficionado a las visualizaciones, enfrente de su pantalla blanca imaginada, proyectando películas de bien para él y para todos los demás; cuidando siempre no convertir su meditación en una película de vaqueros donde siempre hay un malo que acaba muriendo, produciéndose así un crimen virtual que, según dicen, puede influir en la realidad, lo que transformaría la meditación en un asesinato. 

Yo, personalmente, dudo bastante de este tipo de influencias.  No vamos a negar que nos encontraríamos mejor en un mundo donde no hubiera pensamientos perversos, pero éstos siempre han sido mantenidos en las mentes de las personas resentidas con la misma fuerza y persistencia que lo pueda hacer un aficionado a la meditación, y nadie por eso se cae muerto.  De todas formas se agradecen los buenos deseos que los modernos meditadores de la visualización, es de suponer que sus proyecciones de luz, de amor y de colores rosas sobre nosotros, nos harán más bien que mal (si es que llegan a hacer algo). 

Y para el listillo que quiera sacarle un provecho personal a este tipo de meditación, imaginándose, por ejemplo, cada mañana en brazos de la chica de sus sueños (algo que se ha hecho siempre, aún cuando no se sabía que se estaba meditando), sólo decirle que ―según dicen los expertos― los efectos suelen tardar bastante en producirse, y, si tardan demasiado, es posible que la chica de sus sueños termine yéndose con otro que no haya perdido tanto el tiempo como él soñando.

Otro método de meditación consiste en concentrarse en aquellos puntos del cuerpo que se consideran centros de energía vibratoria, éstos son los chacras ―otra importación oriental―, centros resonadores de energía corporal, a los que dedicaremos el capítulo siguiente.  Existen centros inferiores, los de abajo, claro está, y otros superiores, el del corazón y los de la cabeza; y, según se desee estimular o escudriñar unos u otros, la concentración se dirigirá al lugar correspondiente.  Si, por ejemplo, deseamos estimular el chacra del sexo, llevaremos nuestra atención allí.  Esto lo sabemos hacer todos, de esta forma, la bioenergía, que siempre se dirige allí donde ponemos nuestra atención, va poniendo en marcha nuestra sexualidad, el chacra se comienza a estimular y de paso nosotros también, la bioenergía estimula los nervios y los músculos, y estos nos ayudarán a llevar a efecto la actividad correspondiente en sintonía con la activación del chacra.  La mente también nos acompañará con sus buenas ideas y fantasías sexuales poniéndose en sintonía con la actividad.  Si seguimos con la empresa adelante, echando más leña al fuego, nuestro placentero chacra continuará aumentando de radiación hasta llegar al clímax, momento en que se encenderá por completo en un orgasmo de plenitud energética.

Este sencillo ejemplo, por todos conocido, nos da una idea de lo que es un chacra y de lo que es la bioenergía.  Además del centro sexual, los orientales nos dicen que tenemos bastantes más chacras, todos dormidos, sin despertar; de hecho, la mayoría sólo conocemos funcionar en plenitud al sexual, el único que se nos enciende plenamente.  (De ahí que lo utilice muy a menudo como ejemplo).  Si deseamos tener ejemplos de plenitud de otros centros como el de nuestro corazón o el del tercer ojo, habremos de recurrir a los grandes místicos para observar en ellos como su pecho se enciende en éxtasis de amor, a la vez que tienen visiones celestiales a través del ojo de la mente.  En los enamoramientos también entra en funcionamiento el chacra del corazón.

No se a quién se le ocurriría la feliz idea de suponer que si uno se concentra en algún chacra inactivo, éste acabaría poniéndose en marcha al recibir la energía de nuestra atención; quizás se supuso por pura deducción lógica: si el sexual se estimula así ¿por qué no iba a suceder lo mismo con los demás?  El caso es que muchos de nosotros estuvimos meditando en los chacras superiores, concentrándonos en el respirar de nuestros pulmones, en el tercer ojo o en la coronilla, sin que por ello se nos encendiese la clásica aureola que llevan las estatuas de nuestros santos.  Conseguimos una concentración de energía allí donde nos concentrábamos y algún que otro dolor de cabeza.  Pero claro, como se decía que el despertar de los chacras era doloroso, nadie se quejaba.  Hoy entiendo la barbaridad que hicimos algunos, y que todavía se sigue haciendo.  Doy gracias por no haberme quedado peor que estaba.

Los chacras superiores son centros de energía muy delicados, que necesitan de una energía muy sutil para funcionar y que nosotros no disponemos.  Cuando nos concentramos en ellos, no hacemos sino acumular unas cargas energéticas que pueden resultar muy perjudiciales para esos plexos nerviosos.  Intentar despertarlos de esta forma es como intentar hacer funcionar el chip de un ordenador enchufándolo directamente a la corriente de los enchufes de la casa.  Un chip necesita de una suave corriente especial de elevada frecuencia para que funcione correctamente, y algo semejante sucede con nuestros chacras superiores.

Por ello resulta esencial primero disponer de esa energía para después empezar a meditar adecuadamente.  Y aquí es cuando entran en escena las secretas iniciaciones.  La energía de alta vibración es un tesoro guardado celosamente por los maestros de lo esotérico, y que solamente entregarán a los discípulos elegidos.  Es por contagio vibratorio como el maestro transmite a su discípulo la energía necesaria para que éste comience a meditar.  En las sectas orientales es tradicional que el gurú adopte el papel de transmisor de esa esencia, él es la piedra central sobre la que gira toda la actividad de la secta, es la encarnación divina.  Sus facultades como despertador de la Humanidad le fueron transmitidas del anterior gurú de la secta antes de su fallecimiento.  De esta forma, a través de generaciones, se transmite de una a otra la enseñanza;  lo que un gurú ha conseguido elevar la vibración de sus chacras se lo transmite a su sucesor, y así van acumulando una calidad energética personal a través de las generaciones, envidiable para otro tipo de enseñanzas esotéricas.  Cuando, después de aburrirme de intentar por mi cuenta despertar mis chacras superiores, acudí a un gurú, y éste me transmitió su enseñanza, estuve varios años sin salir de mi asombro, disfrutando de la dichosa caricia vibratoria que mis chacras superiores emitían.

Pero no pensemos en meter en el mismo saco a todos los gurús, son todos ellos diferentes, transmiten una vibración diferente cada uno y sus doctrinas son muy distintas entre sí.  Las vibraciones superiores adquieren matices personales en cada uno de ellos, así como la interpretación esotérica de la experiencia que transmiten cada uno la realiza a su gusto.  El buscador entusiasta de este tipo de enseñanza va de gurú en gurú como si fuera de mina en mina, buscando el diamante más preciado.

Este tipo de iniciaciones pueden ser transmitidas también por maestros no orientales o por alguna presencia divina invocada.  También por el sencillo hecho de ponernos a meditar en un grupo se nos contagia la elevada vibración que en la reunión se puede producir.  Pero no pensemos que la transmisión de las vibraciones nos va a dar la solución para nuestro crecimiento espiritual, porque en este tipo de contagios también se transmiten enfermedades, espirituales naturalmente.

Los más asépticos prefieren no meditar en nada para no contagiarse de nada, por lo tanto eligen meditar en la nada.  La meditación Zen está tomando auge en los últimos tiempos.  Importada de Japón nos enseña a vaciarnos de toda la paja que hay en nuestra mente y a alcanzar el vacío iluminador.  Probablemente el éxito en la actualidad de esta forma de meditar esté fundamentado en el alivio que le supone al hombre moderno vaciarse de tanto movimiento mental como nos produce la vida moderna.  Yo apenas la he practicado y no puedo hablar con propiedad sobre ella.  Si se desea más información, en las librerías hay gran cantidad de textos que nos hablan del Zen, y seguro que en nuestra ciudad tenemos algún centro donde se practica esta meditación.  Reseñar también que el Zen alcanzó su fama no por su especial forma de meditar sino por los Koan, preguntas que los maestros Zen hacen a sus discípulos y que les exige una respuesta venida de más allá del intelecto común; el esfuerzo por encontrar la solución al problema planteado por la pregunta dicen que conduce a la iluminación.  Este reto intelectual se hizo muy popular en Occidente allá por los años setenta.  Pero, como suele pasar en estos casos, la popularidad de una novedad espiritual no se mantiene sino aporta beneficios reales.  Y los Koan, a pesar de su llamativo método de pretender llevarnos a la luz, me temo que no encajaron debidamente en el occidental.  Habitualmente tenemos demasiados problemas en la cabeza, añadirnos uno más y dedicarle la intensa dedicación que exigen los Koan para obtener de ellos un beneficio, nos resulta poco menos que imposible.

Y ya para concluir este capítulo hablaremos de la meditación intelectual, del desarrollo de la inteligencia que habremos de necesitar para movernos por estos mundos de dios.  Ésta es nuestra tradicional forma occidental de meditar, de rumiar los conocimientos y de digerir las enseñanzas, de integrarlas en nuestro saber.  Se trata de desarrollar esa luz de sabiduría especial que necesitaremos para entender y para actuar correctamente.  En Occidente estamos acostumbrados a este tipo de meditación, fuimos adiestrados en ella desde niños en las escuelas; el estudio de las ciencias, incluidas las ciencias humanas, desarrolló nuestra capacidad inteligente muy por encima de los países subdesarrollados donde los niños no pueden ir a la escuela.  Pero este adiestramiento lo recibimos en casi todas las dimensiones de la vida excepto en el nivel religioso.  Nos impusieron los dogmas de fe de la religión oficial del país al que perteneciéramos en la infancia a todos aquellos que recibimos educación religiosa.  Estudiamos ciencias, pero no estudiamos religiones, estudiamos una sola religión; fueron los sacerdotes de una religión totalitaria quienes nos transmitieron la doctrina de ésta sin darnos oportunidad a expandir nuestra inteligencia en la inmensa gama de opciones inteligentes que el estudio religioso permite.  En una palabra: fuimos adiestrados para desarrollar nuestra sabiduría en las ciencias, (y ahora podemos observar los grandes logros obtenidos en su seno), pero no fuimos adiestrados para desarrollar nuestra inteligencia en los niveles espirituales, (ante la imposición del dogma de fe nuestra inteligencia no sirve de nada), y ahora podemos ver el gran fracaso espiritual de nuestro mundo excesivamente materialista, y los poco afortunados intentos de las sectas por solucionarlo.

Fracaso que no viene exclusivamente producido por los errores en sus doctrinas.  La causa más importante del fracaso espiritual sectario es la actitud totalitaria que adoptamos cuando nos integramos en las sectas.  Somos capaces de cambiar de enseñanzas espirituales pero no somos capaces de cambiar nuestra actitud frente a ellas.  Adoptamos la misma postura totalitaria e intransigente del dogma de fe, que nos enseñaron en las escuelas, para desenvolvernos en la nueva vía de realización espiritual.  Resulta relativamente fácil cambiar las enseñanzas que aprendimos de pequeños, pero nuestra actitud frente a ellas, el patrón de comportamiento frente a un estímulo aprendido durante la infancia, resulta muy difícil cambiarlo.  Seguro que habrá personas que excepcionalmente se comporten de manera diferente ante las enseñanzas espirituales, pero la mayoría de nosotros tendemos a dogmatizar estas enseñanzas o a rechazarlas, y por ello habremos de realizar un esfuerzo excepcional para evitarlo. 

Una buena manera de alejar los dogmatismos o los rechazos del fenómeno religioso en las futuras generaciones, sería incluir la asignatura de “Religiones” en las escuelas y universidades.  Sería sumamente enriquecedor un aula por la que pasasen todo tipo de sacerdotes, predicadores, gurús y sanadores.  Y no habría que preocuparse por que se pudieran volver locos nuestros hijos, tengamos en cuenta que la mayoría de las enseñanzas más fanáticas e intransigentes, que pudiera inculcarles un exaltado maestro espiritual, se quedarían en nada al día siguiente cuando escuchasen las enseñanzas de otro maestro de la doctrina contraria.  Así aprenderían también los maestros a corregir sus extremismos para evitar el ridículo.  El mayor problema estribaría en conseguir maestros de todas las enseñanzas más importantes, pues muchos de ellos se negarían a compartir el aula con la competencia.

No deberíamos de descansar hasta que desaparezcan todos los tabúes de la espiritualidad y nuestra inteligencia quede libre en ese nivel.  Si pudiera existir algún riesgo creo que merecería la pena arriesgarse.  Los principios del despertar de las ciencias también fueron tormentosos: en el pasado, el mundo científico estuvo lleno de grandes temores y de fanatismos, pero ahora ya superados, estamos disfrutando de sus beneficios.  Y no creamos que el carácter inmaterial del alma humana es un impedimento para estudiarla científicamente.  Las ciencias en sus profundidades son tremendamente místicas, y ello no nos ha impedido evolucionar en su seno, para ello sólo tuvimos que esforzarnos en ser más inteligentes y romper las barreras de los tabúes que las encerraban.  Algo que considero está empezando a suceder ya en los niveles espirituales, el tormentoso y agitado mundo de las sectas modernas no es sino producto de ese despertar de nuestra inteligencia al mundo espiritual, son los últimos coletazos de una milenaria pesadilla que estamos abandonando, pues el sentido común acabará imponiéndose a los extremismos totalitarios, tal y como sucedió en los ámbitos científicos.

Mientras tanto, habremos de buscar por nuestros desvanes interiores a esa inteligencia abandonada durante milenios, a ese entendimiento dormido durante tan largo sueño.  Meditemos sobre ello, invoquemos su presencia en nuestra mente, invitemos a nuestra sabiduría del alma a ejercitar sus funciones.  Una ayudita no nos vendrá nada mal, a mí para continuar escribiendo este libro, y a usted, amable lector, para continuar entendiéndolo.

 


 

LOS CHACRAS

 

            Son las flores de loto de nuestro cuerpo ―dicen los orientales―, con sus pétalos abiertos en un derroche de belleza en la persona desarrollada espiritualmente, y cerrados, todavía en capullo, en la mayoría de nosotros.  Definición oriental que nos da una idea de lo delicadas que resultan estas flores del alma.  Nuestros jardines espirituales son de tan delicada sensibilidad que una inexperta manipulación puede causar más daños que beneficios. 

De verdad que no deseo ser un aguafiestas: ya avisé desde el principio que este texto tiene como una de sus funciones primordiales avisar de los peligros y engaños que nos podemos encontrar por los caminos de la espiritualidad; me siento en la obligación moral de informar sobre toda manipulación sospechosa de producir daños en las personas, así como de todo aquello que se anuncia como una panacea y no ofrece lo que promete.  Por supuesto que estas opiniones están realizadas bajo mi punto de vista, avaladas por mi experiencia personal y por mis observaciones en los demás. Naturalmente, me puedo equivocar.  Pero si observo ―bajo mi punto de vista― un peligro o un engaño que afecta a las personas, me siento en la obligación de informar sobre ello, al menos hasta que alguien me convenza de lo contrario.

Hago esta aclaración porque está muy de moda trabajar en los chacras de multitud de formas, ya sea concentrándonos en ellos, con imposición de manos, colocándoles piedras, colores, etc.  Y a pesar de que me juego mi prestigio al desmerecer algo que está tan en boga, he de advertir de la inutilidad, y en muchos casos de la peligrosidad, que implica este tipo de manipulaciones.

La bioenergía es una sutil corriente de tipo eléctrico que circula por nuestro cuerpo por una serie de conductos, llamados en yoga nadis.  Un ejemplo de esa energía lo tenemos en los escalofríos, esas pequeñas descargas que todos percibimos; y otro ejemplo lo tenemos en los orgasmos, auténticas explosiones bioenergéticas.  Pero, de la misma forma que no somos conscientes del circular de nuestra sangre por nuestras arterias, venas y músculos, tampoco somos conscientes de las sutiles corrientes que circulan por los nadis ni por los chacras.

La cámara kirlian nos ofrece la única prueba fotográfica de esta energía, los efluvios que capta saliendo de todo organismo vivo bien pueden corresponder a la bioenergía de la que estamos hablando.  El conjunto de estas radiaciones emitidas por los seres vivos forman el aura, una especie de globo personal que nos envuelve y que, según nos dicen los videntes, adquiere diferentes tonalidades según las personas.  Existen sanadores que aseguran trabajar sobre el aura; prácticamente es lo mismo que trabajar sobre los chacras, ya que el aura es el conjunto de radiaciones emitidas por éstos.

El conocimiento de todo este entramado energético ha supuesto una revolución cultural en nuestra civilización.  Ya es natural oír hablar de aquellas personas que tienen buenas o malas vibraciones.  Y es corriente que muchas personas se decidan a trabajar en sus vibraciones o en las de los demás.

Existe abundante información sobre el tema, y, para no perder la costumbre de falta de acuerdos, se anuncian varias formas de trabajar con los chacras, proclamadas cada una de ellas como inmejorables.  Y, no sólo eso, también se aprecian importantes diferencias en la ubicación de los chacras, según estudiemos un libro u otro de diferentes autores. 

En otras ocasiones que he hablado de desacuerdos no he podido aclararlos ni ponerme a favor de una u otra postura.  En este caso no es así, bien pudiera determinar la ubicación exacta de cada uno de los chacras de nuestro cuerpo, pero no voy a hacerlo.  Basta que se anuncie la peligrosidad de concentrarnos en ciertos puntos de nuestro cuerpo bioenergético para que la insana curiosidad nos lleve a hacerlo.  Considero hasta beneficioso el que se cometan errores a la hora de ubicarlos en nuestro organismo, de esta forma no serán manipulados y así no se correrán riesgos. 

Podría comparar, sin riesgo a equivocarme, las manipulaciones que se realizan en los chacras con las manipulaciones que se realizaban, en el seno de la medicina, en el sistema nervioso hace un siglo, consideradas auténticas salvajadas hoy en día.

Hace bastantes años, en mis comienzos, realizando ejercicios de introspección en mi cuerpo, fui tomando conciencia del intrincado enramado de los circuitos energéticos que recorren nuestro organismo y de los centros motores conectados a él.  De forma accidental, guiado por los libros de yoga que empezaron a llegar a las librerías en los inicios de los setenta, desperté una serie de energías que después no pude controlar.  Sumergido en profunda meditación, manipulé el delicado equilibrio de mi sistema energético, rompiendo, sin proponérmelo, una cierta válvula de contención energética.  No tenía otra intención que la de fortalecer mi enfermizo organismo, invoqué la energía y ésta llegó a mí a raudales; lo malo es que después no supe que hacer con ella.  Sufrí unas fuertes crisis nerviosas.  Siempre hay que tener presente, cuando deseemos añadir algo a nuestra personalidad, que ese algo ha de integrarse en nosotros.  Es mejor buscar las razones por las cuales nos falta ese algo que intentar chutarnos lo que nos falta así por las buenas, a lo bestia.  Me hice tanto daño que estuve durante años asustado, sin encontrar solución para mi mal.  Los textos más sabios de aquellos libros que estaba estudiando me recomendaban como única solución a mi problema que me pusiera a rezar.  Gracias que apareció en mi vida un gurú que empezó a equilibrar mis destrozadas energías interiores, y mi jardín interno pudo florecer de nuevo.  Por supuesto que después de esto me convertí en un ferviente seguidor suyo, en un fanático de su secta; y lo consideré como la única encarnación del dios supremo aquí en la Tierra.  No me avergüenza decirlo,  las circunstancias y mi nivel cultural de aquel tiempo propiciaron que así lo viviera.  Hoy contemplo a ese maestro como contemplaría a un doctor que me salvó de acabar destrozado y al que le estoy muy agradecido.

La forma más elevada de manipulación de los chacras es la que realizan los gurús, llevan miles de años trabajando en estas flores de loto.  La cultura oriental nos lleva mucha ventaja en esta dimensión, la sola presencia de estos maestros orientales ya abre los pétalos de nuestros centros superiores, y las meditaciones en las que ellos inician a sus adeptos son una autentica delicia.  Cuando uno experimenta esto comprende que tengan tantos seguidores.

 Pero aun así hoy no puedo aconsejar este tipo de meditaciones como solución a todos nuestros males.  El ser humano es una totalidad que podemos descomponer en muchas partes; pretender arreglar un todo trabajando sólo en una parte es absurdo.  Podemos sanar aquello que está enfermo, pero si no evitamos la causa de la enfermedad volveremos a ella. 

El descubrimiento de los chacras, como todo descubrimiento esotérico, pareció ofrecernos la solución a todos nuestros males, pero estos centros de radiación, todos los canales que los unen y los alimentan, y el aura que generan, no tienen más importancia que nuestro sistema nervioso, circulatorio o respiratorio.  Son todas ellas partes de un todo que somos nosotros.  Anunciar que la felicidad la vamos a conseguir manipulando en los chacras, es como anunciar que podemos alcanzarla manipulando nuestros nervios, nuestro corazón o nuestro pulmones.  Si tenemos un mal en alguna de estas partes y podemos curarlo ¡fantástico!, pero como no lo atajemos en su origen volveremos a padecerlo.

La mayoría de los orígenes de nuestros males están en nuestra propia mente, en el programa del ordenador que dirige nuestro comportamiento, que dirige nuestra vida, en nuestros sentimientos, en nuestras emociones, pasiones, goces y frustraciones.  La forma en la que vivimos es el resultado del programa mental de nuestro ordenador personal, de nuestra mente; ella envía ordenes al cuerpo sutil bioenergético, se ponen en marcha los chacras correspondientes a la actividad ordenada, estos estimulan a los nervios que les corresponden, ―pues cada chacra se corresponde con un plexo nervioso―, y los nervios a los músculos, y así obtenemos la actividad.

Por consiguiente, son los hábitos de nuestro programa personal los que auténticamente gobiernan todo nuestro sistema.  Es inútil pretender activar un chacra destinado a unas funciones no programadas en nuestro repertorio de aptitudes.  Podemos llegar a evocar memoria inconsciente de dicha actividad y estimularla un poco, pero pretender que esa actividad se imponga en la persona, con sólo apretar un botón, es absurdo.  Incluso esa manipulación del chacra, esa apertura forzada y su radiación emitida, suele ser interpretada por nuestro sistema cibernético como una injerencia de un cuerpo extraño, y generarse un rechazo, una resistencia a esa nueva vibración que pretende imponerse de forma no natural.

He visto a personas ―en las que me incluyo― esforzarse tremendamente para alcanzar elevados estados de meditación, estar horas entonando mantras o concentrándose en los chacras superiores para intentar estimularlos, sin apenas conseguir nada.  Y cuando esta experiencia les es facilitada por un gurú ―por ejemplo― y la tienen al alcance de la mano, entonces surgen todo tipo de extraños impedimentos para mantenerse en ella.  Es como si pudiésemos estar buscando la felicidad durante todo el tiempo que queramos, pero, si llegamos a encontrarla, mantenernos en ella por largo tiempo resulta muy dificultoso.  La atmósfera sagrada levanta intensas polvaredas de lo más profundo de nuestra mente dificultando la visión del camino que deberíamos de seguir.  También puede detenernos el sueño producido por la tranquila y dulce vibración que emiten los chacras superiores, caricias que hacen caer dormido al más disciplinado buscador antes de alcanzar el despertar que lleva años buscando.

Y es que los caminos que recorremos los buscadores espirituales están llenos de bromas propiciadas por nuestra ignorancia.

 


 

EL YOGA

 

Cuando tenía ventiún años, mientras cumplía el servicio militar, me abordó una enfermedad infecciosa que de poco acaba conmigo.   Los estafilococos invadieron mi débil organismo reduciéndolo a huesos, piel y pus.  Había temporadas que mi cuerpo albergaba hasta diez diviesos, que como pequeños volcanes en incesante erupción purulenta, me causaban fuertes dolores y la imposibilidad de descansar, pues no había forma de dormir sin estar apoyado sobre alguno de ellos.  Las fuertes dosis de antibióticos que me suministraban conseguían frenar temporalmente el avance de las bacterias infecciosas; pero, en cuanto pasaban sus efectos, volvía la enfermedad con más fuerza.  Mi poca vitalidad estaba siendo reducida a nada por la fuerte medicación.  Me encontraba en un círculo vicioso que en espirales me estaba llevando lentamente al otro mundo.  Los médicos me pasaban de uno a otro sin saber que hacer conmigo.  No había forma de detener el avance de la enfermedad. 

No obstante, en el nivel espiritual, recuerdo aquella época como una de las más felices de mi vida.  Mis sentimientos místicos se movían al estilo más puro y duro cristiano.  Sentía un fuerte amor por Jesucristo.  Vivía el dolor como una fuerte expiación que me acercaba a dios, y la proximidad de la muerte me llenaba de gozo, pues por fin iba a conocer al ser amado.  Me identificaba totalmente con los santos mártires.  Mi sufrimiento era un feliz padecer, el amor que sentía superaba el malestar de los dolores.

Fue en aquel tiempo cuando apareció el yoga en mi vida.  Una mano amiga me dio un libro asegurándome que en él podía encontrar la curación.  Una rápida lectura del texto ya me hizo intuir que aquella especie de medicina oriental podía acabar con mis males y, de paso, con mis goces místicos relacionados con el dolor y con la proximidad de la muerte.  Recuerdo que tuve que esforzarme por decidir si aplicarme o no aquellas terapias curativas.  Al final cambié la gozosa idea de la muerte por la también gozosa meta proselitista que todo místico siente cuando de promulgar por el mundo la existencia de su amado dios se trata.  Me sedujo más la idea de seguir viviendo que llevarme a la tumba mis secretos ardores místicos.   

Probablemente, si hubiera sabido que el yoga era mucho más que una medicina, si hubiera sospechado que su profundo cariz esotérico, espiritual, religioso, iba a hacerme perder la fuerte fe que en aquellos tiempos vivía, no habría tomado la decisión de seguir viviendo.

Aquel libro recomendaba diversos ejercicios para mejorar la salud, entre ellos las clásicas posturas gimnásticas populares del yoga mostradas en numerosas fotografías de un yogui en pleno trabajo.  Yo no tuve otro remedio que desecharlas, en esos momentos mi cuerpo no iba a soportar extrañas contorsiones por mucho que se anunciasen como milagrosas.  Así que entre todas las terapias que aconsejaba acabé por elegir una que parecía sencilla de practicar, y también muy prometedora.  Se trataba del famoso pranayama yogui, unos ejercicios respiratorios que se me antojaron esenciales..., para seguir respirando. 

Después de estudiar todo lo concerniente a los ejercicios, me di cuenta de que aquello no iba a ser tan fácil como pensaba, pues se trataba nada más y nada menos que de ensanchar mi caja torácica reducida a la mínima expresión a causa del raquitismo que me produjo la tuberculosis que padecí en la infancia.  Recuerdo que en aquella primavera, tumbado en los asientos de los jardines del hospital militar, en un par de semanas, no sin ciertas dificultades, desentumecí mis costillas e hice bajar el diafragma consiguiendo ensanchar los pulmones.

Al cabo de unas semanas experimenté una revitalización asombrosa.  Una de las perrerías que los médicos me hacían ―ya no sabían que hacer conmigo― consistía en sacarme a menudo sangre de las venas de los brazos para después inyectármela en los glúteos.  Con ello intentaban hacerme reaccionar el organismo.  Pues bien, yo siempre observaba que la jeringuilla se llenaba de sangre bastante ennegrecida, y, después de una semana de practicar aquellos ejercicios respiratorios yoguis, empecé a observar cómo la sangre de mis venas se enrojecía gracias al aumento de oxigenación que le estaba proporcionando.  Ésa era una pequeña indicación visual de lo que estaba ocurriendo en mi organismo a un nivel general.  Aquel enriquecimiento de oxígeno en la sangre me dio la fuerza suficiente para vencer a la enfermedad que me estaba matando. 

De esta forma tan triunfal entró el yoga en mi vida.  Me convertí en un ferviente estudioso y experimentador de esta especie de ciencia esotérica, que a su vez me introdujo en el estudio del orientalismo.  Dos o tres años más tarde, continuando guiándome por libros ―tal y como he contado en el capítulo anterior― casi me rompo los nervios en uno de los experimentos yoguis que estaba realizando.  Mi éxito inicial me llevó a confiarme excesivamente y a querer avanzar demasiado deprisa.

En esoterismo es típico que un éxito inicial acabe seguido de grandes fracasos provocados por un exceso de confianza.  Por ello continuamos en nuestro principal propósito de advertir de los peligros que nos podamos encontrar, incluso en el ponderado yoga.

            Esta especie de ciencia milenaria oriental no penetró en Occidente de forma muy diferente a como irrumpió en mi vida.  Se nos coló por la puerta grande, hace tres o cuatro décadas, disfrazado de esa llamativa y extraña gimnasia contorsionista que lo caracteriza.  Fueron unos pocos gurús los pioneros que nos trajeron el yoga de la India.  Las religiones oficiales, celosas guardianas de su territorio conquistado, apenas arremetieron contra lo que se anunciaba como una gimnasia más; así el yoga pudo campar a sus anchas por todos los países desarrollados.  Después, cuando se dieron cuenta de que no sólo era una gimnasia, sino que era mucho más, ya fue demasiado tarde para expulsarla de Occidente.  Debido a sus éxitos ya se había ganado una buena reputación que se mantiene hasta hoy en día; hacer yoga incluso da un prestigio social modernista.

Se llegó a otorgarle el calificativo de ciencia por sus complejas explicaciones y teorías basadas en la personal electrónica corporal que nos descubría.  El yoga fue quien primero nos descubrió la existencia de los chacras y de la compleja red que forman.  Esta manera esquemática de explicar la actividad humana encajó en nuestra cultura cientificista; por primera vez era esquematizado el comportamiento humano en su soporte bioenergético de cariz eléctrico.

La extraña gimnasia que nos vendieron en los primeros años como yoga, en realidad se trata del Hatha yoga, una pequeña modalidad de esta extensa vía espiritual.  El yoga integral abarca todas las dimensiones humanas y divinas, y se subdivide en ramas especializadas cada una en las diferentes dimensiones del ser humano.

El Hatha yoga nos tuvo a muchos de nosotros ejerciendo de contorsionistas, exprimiéndonos los hígados hasta sacarle jugo.  Yo lo practiqué cuando mi cuerpo recuperó su vitalidad.  Si conseguías no dislocarte los huesos, los supuestos beneficios eran evidentes; las difíciles posturas mantenidas en quietud meditativa desperezan al organismo más holgazán y lo revitalizan.  Para muestra de su efectividad ver la gran cantidad de academias donde todavía continúa enseñándose este yoga.  Es recomendable dirigirse a ellas para practicarlo; yo no pude hacerlo, en aquellos tiempos de los inicios no había academias y todo lo teníamos que hacer siguiendo las instrucciones de libros, con los consiguientes peligros que ello conlleva.

Más tarde nos llegó el Raja yoga, es el yoga de la mente, de la concentración y de la meditación.  Sentados en la famosa postura del loto, medio mundo de los aficionados a la búsqueda espiritual, nos pasamos las horas esperando que se nos encendiera la bombilla que llevamos dentro, consiguiendo algunos tenues destellos, haciendo con la mente unos ejercicios tan difíciles como los que hacíamos con el cuerpo (necesitando después de terminar la meditación un tiempo añadido para desentumecer nuestras piernas y también nuestro cerebro).  Dicen que el Raja yoga es el rey de los yoga.  ¿Será porque la mente es la reina de nuestras desdichas?.

La imagen de una persona sentada en la postura del loto en meditación ya es parte de nuestra cultura.  Y muchos de aquellos que pasamos parte de nuestra vida en ella nos acostumbramos sentarnos así y seguimos haciéndolo.  Este libro lo estoy escribiendo en la postura del loto, las muchas horas pasadas delante del ordenador se me hubieran hecho más incomodas sentado de otra manera.  Probablemente sea una adicción; he cambiado las horas de meditación en el loto por horas de escribir.  Dicen que es una postura que tranquiliza los nervios y centra la mente, yo así lo siento, si no no la utilizaría; también es cierto que cuando llevo más de una hora las piernas se me siguen entumeciendo.  

Dentro del paquete de diferentes yogas que fueron penetrando en Occidente nos llegó el Tantra, y con él también llegó el escándalo.  La utilización del sexo en su programa de realización espiritual escandalizó a las personas más religiosas y puritanas.  Las pornográficas imágenes que adornan los templos tántricos de la India no podían ni por lo más remoto sustituir a las de nuestros castos santos.  Sus dioses en cópula yogui, adorados por los devotos hindúes, ruborizaban e indignaban a nuestros castos creyentes.   Era una opción intolerable, un camino espiritual sacrílego; pero, como dije anteriormente, el yoga ya se había asentado en Occidente, y ni sus doctrinas que resultaban más repulsivas a nuestras tradiciones morales consiguieron desterrarlo.  Incluso la liberación sexual que se produjo en Occidente propició que gran cantidad de buscadores optaran por el Tantra yoga como camino de búsqueda.  Además, ese yoga aumentaba su atractivo porque enseñaba de paso un método anticonceptivo: la poderosa concentración del yogui puede controlar ―en teoría― la eyaculación; lástima que esto solamente debe de funcionar con yoguis muy profesionales, pues son muchos los hijos del Tantra que se pasean por nuestras calles.  Volveremos a hablar de él en los capítulos referentes al sexo.  

Existen otros tipos de yoga menos famosos que últimamente están alcanzando cierta popularidad.  Como el yoga de la energía, que enseña a manejar nuestras fuerzas internas.  El yoga del comportamiento, de la acción, de la moral, de la doctrina.  El yoga de la devoción, del amor a dios, que nos enseña a relacionarnos con él.  Y el yoga del conocimiento intelectual, que es el que estamos practicando, yo al escribir este libro y ustedes al leerlo.  (Espero que no se sorprendan por enterarse ahora de que llevan horas de lectura haciendo yoga). 

Resumiendo: nos encontramos ante una de las vías espirituales más completas de todas las que existen.  Bien podríamos asegurar, sin temor a equivocarnos, que el yoga es la vía espiritual alternativa a las religiones oficiales más utilizada por los aficionados a la búsqueda transcendental.  Cierto es que últimamente le están saliendo importantes competidores e imitadores, pero, por ser tan diversos, ninguno alcanza por sí sólo la popularidad conseguida por el yoga.  Su capacidad de agrupar a vías tan diferentes, practicadas en las diversas modalidades de yoga, le permite mantenerse a la cabeza del resto de caminos de realización.  Pero esto puede resultar también un inconveniente para la persona interesada, pues puede ir buscando una cosa y encontrar otra.  Por ello, cuando uno está dispuesto a aprender yoga, lo mejor es informarse antes del tipo de yoga que le van a enseñar, esto le evitará el llevarse más de una sorpresa.

            Y a la hora de decidirse por una escuela de yoga, yo me inclinaría por las que son sucursales de escuelas Indias con años de prestigio ―con gurú incluido―, antes de inclinarnos por las formadas por occidentales que van por libre.  (Siempre teniendo en cuenta que, debido a la gran variedad de yogas, cada gurú enseña un yoga diferente).  Las escuelas hindúes ubicadas en Occidente transmiten una enseñanza genuina, probablemente impartida por instructores occidentales que habrán sido iniciados en los ashram hindúes, donde habitará el maestro del yoga que se practique, coordinador de las enseñanzas de toda su red de centros; gurú que  probablemente se ocultará a los alumnos primerizos para no asustarlos, dada la mala fama que tienen estos personajes, pero que resultará indispensable para los pocos alumnos aventajados que alcancen las fases avanzadas del conocimiento esotérico. 

Deberíamos de acostumbrarnos a que los gurús no se comen a nadie,  mas bien están para que nos los comamos nosotros.  Tienen una mala fama exagerada.  Gurú significa maestro espiritual, y los peligros que podemos correr con ellos no son diferentes de los que podemos correr con cualquier otro tipo de maestro de cualquier otra vía esotérica o religión.

 


 

LA RELAJACIÓN

 

            Relajarse se está convirtiendo en una necesidad para quienes habitamos en los países desarrollados.  El estrés nos obliga a buscar la manera de aliviar nuestras tensiones internas.  La agitada vida occidental está creando un aumento de la demanda de procedimientos para tranquilizarse.  Existen innumerables métodos de relajación, desde los típicos caseros que cada cual se busca después de una jornada ajetreada, hasta los más sofisticados que necesitan de todo un complicado método difícil de aprender.  Algunos de estos métodos se basan en concentrase tanto en el ritmo relajante de una suave música como en una monótona voz que te invita a aflojar el cuerpo, o fijar la atención en un ritmo biológico, como puede ser el de la propia respiración.  Otras formas de relajarse se basan en un elevado control mental que te obliga primero a tomar conciencia de todas tus tensiones, habitualmente inconscientes, y a aflojarlas después una por una.  De la imaginación también se hace uso, visualizar que salen las tensiones de nuestro cuerpo o soñar despierto que se está en una playa de las Bahamas puede resultar muy relajante.  Y otros métodos, los más cómodos, son los llevados a cabo por terapeutas, donde sólo tienes que dejarte relajar.

            No cabe duda de que la relajación está siendo muy aceptada y solicitada en la actualidad, incluso está admitida como la ideal forma de descanso.  Y aprovechando esta popularidad, muchas sectas anuncian su método particular de relajación como gancho para captación de adeptos.  Recordemos que todas las formas de meditación, en sus fases previas, necesitan de una relajación física y mental, y que el adentrarse en la meditación conlleva a su vez una profunda relajación.  Por ello las sectas que trabajan con las meditaciones saben bastante de relajarse.  También existen gabinetes de terapeutas, escuelas o métodos dedicados exclusivamente a  la relajación, que en muchas ocasiones no son otra cosa que imitaciones de las técnicas relajantes utilizadas por las expertas sectas.  Pero el dedicarse exclusivamente a relajarse implica otro tipo de complicaciones y peligros dignos de estudiar.

            Calificar a la relajación de peligrosa, cuando está aceptada popularmente como un método muy beneficioso e inofensivo, me hace arriesgarme a ser calificado de maniático obsesionado en ver peligros donde no los hay.  Pero continuando en mi empeño por denunciar peligros donde ―bajo mi punto de vista― los haya, no voy a silenciar los que conlleva la relajación, a pesar de jugarme la credibilidad de mis argumentos que la gran cantidad de adeptos de la relajación no perderán oportunidad de poner en duda.

            Las tensiones inconscientes que albergamos en nuestro cuerpo están ahí por algo; no es un capricho de nuestra naturaleza que podamos manejar a nuestro antojo.  Las investigaciones más serias nos indican que las tensiones inconscientes son producidas por las prisas vividas a diario, por grandes responsabilidades, por conflictos internos, por nuestras propias contradicciones, así como por deseos frustrados, represiones, traumas, miedos, etc.  Estas situaciones, mantenidas durante tiempo, acaban generando una contracción muscular permanente que pasa inadvertida, como tantas anormalidades que vivimos y no sentimos por ser habituales.  El inconsciente es el saco donde echamos todos los problemas, que no podemos o no queremos resolver, para olvidarnos de ellos; actitud que todos utilizamos cuando nos negamos a digerir ciertos acontecimientos ante los que sentimos rechazo o porque sencillamente desbordan nuestra capacidad de digerir. 

Esto sucede en especial en la infancia, donde nuestra capacidad de asimilar intensos acontecimientos es mínima, y nuestro inconsciente hace un abundante acopio de las experiencias traumáticas que desbordaron nuestra pequeña capacidad de asimilación.  Estos conflictos psíquicos se reflejan en el cuerpo en forma de tensiones inconscientes.  En los circuitos bioenergéticos de las redes que entrelazan los chacras podemos observarlos como nudos que cierran el paso de la energía psíquica. 

No es de extrañar que se hagan grandes esfuerzos por erradicar esta anormalidad biológica, pues la mayoría de las enfermedades corporales son producidas por tensiones inconscientes que atrofian la parte de nuestro organismo donde se ubican, no permitiendo que la fuerza de vida se manifieste plenamente, debilitando nuestro sistema inmunológico.  Y si a esto le sumamos la agradable sensación que se produce cuando nos relajamos, cuando soltamos tensiones que llevamos años soportando, la relajación se nos presenta como una panacea digna de tener en cuenta.

No obstante, todas las partes de nuestro ser están unidas de forma interactiva: lo que sucede en una zona de nosotros, se manifiesta en las demás.  Lo que sucede, por ejemplo, en nuestra mente se manifiesta a la vez en nuestro cuerpo físico, en nuestro cuerpo bioenergético, emocional, espiritual, etc.  Somos una unidad de diferentes partes que siempre actúan de forma conjunta; por lo tanto, si manipulamos las tensiones inconscientes, estaremos manipulando también, todos los otros aspectos de nuestra persona que guardan relación con dichas tensiones.  Pretender unilateralmente eliminar las  opresiones inconscientes de nuestro organismo, sin tener en cuenta la relación que mantienen con los otros niveles de nuestro ser, es un error que se puede llegar a pagar muy caro.  Recordemos que la tensión inconsciente es la solución más efectiva, que nuestro sofisticado sistema cibernético personal ha elegido, para apartar de nuestra conciencia ese problema al que nosotros no le dimos solución y deseamos olvidar.  Si no fuera por ese sistema de almacenar en el inconsciente esas situaciones conflictivas sin resolver, no podríamos vivir, desbordados por los acontecimientos que sobrepasan nuestra capacidad de asimilación.  Y mientras no estemos en disposición de asimilar aquello que tiempo atrás arrojamos al olvido sin digerir, será mejor no pretender manipular esa tensión corporal testigo de la represión afincada en la memoria inconsciente.  Porque lo que nos sucederá es que, al expulsar del cuerpo la tensión, expulsaremos también del inconsciente el conflicto que la provoca, y nos encontremos en la actualidad con aquella desagradable y dramática situación que echamos en el saco del olvido hace mucho tiempo.

            No debemos de olvidar que somos nosotros quienes nos producimos las tensiones inconscientes con nuestra determinación de arrojar a la inconsciencia esa tensa situación que no resolvimos.  Cada tensión corporal se corresponde con alguna tensión psicológica no resuelta de nuestra vida; y fue nuestra decisión de huir de ella, de olvidarla, la que la hizo inconsciente.  Tal es la fuerza de voluntad que pusimos en el empeño de arrojarla al inconsciente que, sólo quienes se adentran en las profundidades de la relajación, saben de la insistente persistencia de las tensiones inconscientes más importantes; su relajación definitiva exige de una gran paciencia diaria, y cuando se consigue despacharlas de la zona corporal donde se encuentran, en ocasiones, observamos como esas tensiones se han desplazado a otra zona de nuestro cuerpo.  Al final, si se utiliza un buen método de relajación, se acaba por expulsar la tensión del cuerpo y uno termina experimentando un aumento del bienestar fisiológico.

Y es entonces cuando empieza la fiesta.  Por nuestro cuerpo corren energías renovadas, y, pletóricos de euforia, nos solemos olvidar de que la mente y el cuerpo trabajan en régimen interactivo; por consiguiente, si hemos despachado del cuerpo una tensión inconsciente, también hemos expulsado de nuestro inconsciente esa tensa situación, donde se encontraba muy tranquila, haciéndonos la puñeta, pero, al menos, sin darnos cuenta de ello.  Ahora, la experiencia reprimida se encuentra fluctuando por nuestra conciencia y tenderemos a revivirla, y como no estemos atentos a ello y en predisposición de integrarla en nuestra personalidad, probablemente volveremos a fracasar a la hora de asimilarla, y puede que de nuevo la arrojemos al inconsciente con mayor fuerza que la vez anterior, hartos de ella.  Volveremos a tomar la misma decisión que nos produjo la tensión, pero ahora lo haremos más intensamente apoyados por la euforia energética que nos proporcionó la relajación.  Y así nos crearemos nuevas tensiones inconscientes todavía más persistentes, más intensas y dañinas, inmunizadas incluso al método de relajación que nos resultó más exitoso.

Pongamos un ejemplo: desde hace años, el vecino de enfrente nos ha causado tantos problemas y disgustos que durante mucho tiempo estuvimos sintiendo un fuerte impulso de romperle las narices.  La situación nunca llegó a resolverse, pero a fuerza de reprimir esa tendencia violenta, terminamos por arrojar al inconsciente el conflicto con el impulso agresivo incluido. Y a pesar de que nos sigue cayendo fatal esa persona, ya no sentimos esa tendencia impulsiva tan poco civilizada.  Sin embargo, observamos que nos apreciamos más tensos desde que comenzaron los problemas con nuestro odiado personaje, nuestro cuerpo ha sido invadido por diversas tensiones inconscientes.  Especialmente notamos el brazo ―que estuvo dispuesto durante tanto tiempo a dar el arriesgado puñetazo― muy poco relajado, como atrofiado.  Entonces decidimos emplear algún método de relajación, y a base de bastante esfuerzo o dinero, hemos conseguido relajar nuestro cuerpo y llenarnos de nuevas energías.  Pero, ¡sorpresa!, la situación problemática expulsada del cuerpo, liberada de la cárcel que la retenía, ahora anda libremente por nuestra vida, y un día nos volvemos a encontrar con nuestro vecino, se vuelven a producir las circunstancias que no soportamos, esta vez con mucha más tensión emocional, ya que estamos pletóricos de energía, y observamos como en nuestro brazo hay más ganas que nunca de asentar un puñetazo en las narices de la persona que tenemos enfrente.  Naturalmente, pueden suceder dos cosas: dar rienda suelta a la agresividad, lo que nos creará serios problemas con la justicia o con la respuesta agresiva de nuestro vecino (ya que si no es manco nos puede dejar peor que lo que estabamos antes de nuestra terapia relajante); o también podemos optar por volver a reprimir de nuevo el impulso, pero esta vez, como lo sentimos con más fuerza, la represión habrá de ser más intensa, y nos crearemos tensiones inconscientes tan fuertes que probablemente no podamos volver a relajar.

Por lo tanto, no conviene olvidar que relajarse ―hablando en un duro idioma esotérico― es expulsar a los demonios del cuerpo.  El problema consecuente es qué hacemos después con ellos.     

            Los métodos de relajación más serios que conozco tienen muy en cuenta este hecho.  Hay algunos, conducidos por expertos terapeutas, que primero relajan una pequeña parte del cuerpo y luego se dedican, con una paciencia de santo, durante los días siguientes, a observar las perturbaciones que el paciente ha experimentado en su vida cotidiana, ayudándole a integrarlas con algún tipo de psicoterapia.  De esta forma se intenta conseguir que la tensión inconsciente no vuelva a producirse por la misma causa. 

Las más frecuentes opresiones que experimentamos son de tipo emocional, el ocultar las emociones es una pauta general de nuestra sociedad, en esté nivel es donde más habrá de trabajar el psicoterapeuta.  Estos conflictos de relaciones personales pueden llegar a ser solucionados o mermados por la Psicología.  Lo malo es cuando se trata de los problemas transcendentales que apenas nadie nos puede resolver, como puede ser el miedo a la muerte o la falta de respuestas ante las grandes interrogantes que forman parte de la condición humana.  No saber quién en realidad somos, si hay un más allá de esta vida, hacia dónde nos encaminamos, o si estaremos haciendo lo que deberíamos; son inquietudes inherentes del ser humano que propician en nuestro fondo un estado muy poco relajado, e incluso pueden producir una angustia opresiva.

Estos conflictos, llamémosles transcendentales, ocupan las zonas más profundas de nuestro inconsciente, de tal forma que la persona que ha conseguido liberarse de las tensiones inconscientes más superficiales y aprende a aflojarse del todo, a soltar su mente y su cuerpo, a vaciarse por completo, inevitablemente acaba encontrándose cara a cara con esos conflictos.  Por ello, todo aquel que persiga una relajación profunda, tarde o temprano acabará experimentando conflictivas vivencias transcendentales.  Las escuelas de relajación no ignoran este hecho, y por ello, casi siempre, tendrán a disposición del cliente algunas convincentes respuestas preparadas para las preguntas transcendentales que van a surgir de esos estados profundos de relajación, para lo cual habrán de estar adscritos a alguna vía de índole esotérica, con doctrina incluida, mas que por el empeño de proselitismo de estas escuelas o gabinetes terapéuticos, para atender la demanda de respuesta de los clientes.  Y es ahí precisamente donde la relajación puede llegar a complicarse tanto que acabemos con mayores problemas de los que en un principio nos condujeron a aprender a tranquilizarnos.  Podremos acabar transfiriendo las tensiones de nuestro cuerpo a nuestro espíritu.  O, visto de otra manera, al calmar los movimientos de nuestra corteza cerebral emergerán las movidas transcendentales de nuestros niveles profundos, con las que nos podremos encontrar de frente, con el susto correspondiente.  Por ello, cuando estemos dispuestos a adoptar la inofensiva aptitud de relajarnos, primero habremos de tener bien claro hasta donde queremos llegar.  Nuestro empeño investigador en la búsqueda de aumentar el estado del bienestar, a través de una profunda relajación, nos puede llevar a encontrarnos cara a cara con terribles preguntas transcendentales de muy difícil respuesta. 

Claro está que ahí estarán las sectas ofreciéndolos sus respuestas particulares para todas ellas, sólo necesitaremos tener una fe extraordinaria para creérnoslas y otro tanto para seguir sus doctrinas, y de esa forma nos liberaremos probablemente de algunas de nuestras angustias transcendentales.  Pero, si bien es cierto que el creyente se libera de muchos de los miedos y de las pesadas intrigas existenciales que padecen quienes no lo son, por otro lado, sufren las consecuencias de su nueva forma de vida, de las imperfecciones o amenazas de su religión, o de las nuevas preguntas que surgen como consecuencia de sus nuevas creencias. 

Por lo tanto, mientras no descubramos una nueva forma de vivir en total armonía con nosotros mismos y con los demás, con nuestra conciencia y con nuestras creencias, siempre tendremos conflictos interiores que se reflejarán en tensiones inconscientes.  Soltar esas tensiones sin encontrar solución a los conflictos que las provocaron es como intentar relajar nuestros brazos cuando están sujetando un enorme peso sobre nuestra cabeza; es peligroso hacerlo, es preferible tomar conciencia de nuestra delicada situación y procurar solucionarla con paciencia; y, si no podemos encontrarle solución, mejor permanecer así, en tensión hasta que el cuerpo aguante.  Sin necesidad de desesperar.  La Naturaleza, habiendo previsto nuestra necesidad de relajarnos, nos ha dotado del sueño.  El dormir es el mejor método de relajación, el más  completo.  Cuando dormimos nos relajamos, soltamos tensiones inconscientes y con ellas liberamos nuestros conflictos psicológicos que pasan al mundo de los sueños, donde nuestra mente hace lo que puede para solucionarlos.  Intentar conseguir un nivel de relajación mayor, ignorando los reajustes mentales que son necesarios para que la relajación sea efectiva, es un empeño inútil.

Así que, mientras no resolvamos nuestros conflictos internos y no descubramos soluciones a todos nuestros problemas existenciales, propongo como el mejor método de relajación una buena siesta.