CON O SIN RAZÓN

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            Uno de los impulsos que más estimulan el crecimiento de nuestros conocimientos es el de la curiosidad por encontrar explicación a todo lo que nos sucede y a todo lo que nos rodea.  Nuestro entendimiento ha ido creciendo a golpe de ir comprendiendo poco a poco lo que nos resultaba incomprensible.  La evolución de las ciencias es el más claro ejemplo de este crecimiento, su ámbito de estudio no cesa de crecer tanto en cantidad como en calidad.  Pero aun existen grandes terrenos inexplorados llenos de misterios, en especial en la dimensión espiritual del hombre.  La psicología es una de las ciencias que más se atreve a sumergirse en esas profundidades, sin encontrar en muchas ocasiones explicación a ciertos fenómenos del alma humana, aunque poco a poco va robándole terreno a los misterios.  Intromisión nunca bien vista por los creyentes, pues de siempre han estado convencidos de que la inteligencia humana nunca será capaz de entender los misterios divinos.

            Tanto es así que al buscador de caminos espirituales se le suele aconsejar que deje en la cuneta su sabiduría si quiere llegar a alguna parte.  Los creyentes saben que para conseguir ciertas metas de elevada santidad es necesario sumergirse en la ignorancia más absoluta, pues nuestro entendimiento estorba más que otra cosa en nuestra ascensión a los cielos más elevados.  Una inteligencia formada para desenvolvernos en este mundo, sirve de muy poco para movernos por el otro.  Las leyes que rigen la materia no funcionan en las dimensiones espirituales.  Y nuestra sabiduría habitual se ha de volver ignorancia si deseamos llegar a conseguir el escondido conocimiento.  Es necesario vaciar de viejos programas y de viejos datos el ordenador de nuestra mente para que los nuevos ocupen su lugar.

Por todo ello, en la mayoría de las sectas, vías espirituales o religiones, se nos dice que en los mundos de dios el raciocinio nos sirve de muy poco, la lógica no funciona como habitualmente la conocemos, y la explicación más usual de los hechos divinos es: “misterio, hijo, misterio”.  Buscarles una explicación es un terrible pecado de soberbia.  La ignorancia siempre será una virtud indispensable para todo aquel que desee progresar en el conocimiento espiritual.  Si no abandonamos nuestra erudición, no dejaremos espacio para que la sabiduría divina deposite en nosotros las migajas del conocimiento sagrado que, como regalo de los dioses, podemos llegar a alcanzar.

Todo esto propicia que los intelectuales no seamos bien vistos en el mundo de las sectas.  Cuando uno está acostumbrado a ir de listo por la vida le resulta muy difícil ir de tonto aunque se lo proponga.  Cuanto mayor sea el saber que uno acumula, mayor esfuerzo habrá de realizar para vaciarse de él.  Esto lo saben los dirigentes sectarios, y por ello exigen más que a nadie al intelectual que se vacíe de su saber antes de enseñarle los conocimientos ocultos.  Para mí siempre resultó muy dura tal exigencia, y creo que nunca la  cumplí del todo.  Para conseguir mi empeño de aprender en las escuelas de lo oculto me convertí en un experto en poner cara de tonto.  En muy poco tiempo terminaba por convencer de que estaba listo para recibir las instrucciones, mi aspecto de ignorante, unido a las ganas que tenía de aprender, convencía a los exigentes maestros.  Así fui acumulando conocimientos sin necesidad de tirar a la basura todo mi saber.  (También he de reconocer que hubo algunos instructores esotéricos a los que no pude engañar, y a los que abandoné, pues me exigían un duro proceso de desprogramación mental que yo no estaba dispuesto a seguir). 

De todas formas, es hasta cierto punto comprensible que se pida el abandono del discurrir al principiante.  Hay que tener en cuenta que los valores espirituales de cada secta, vía espiritual o religión, son diferentes a los habituales.  Si recordamos lo expuesto en el capítulo de “La visión”, cuando comentábamos que la visión del mundo no nos la dan nuestros ojos sino nuestro cerebro, a través del programa cerebral de selección de preferencias, resulta obvio que para entrar en otro mundo sólo es necesario cambiar dicho programa, de esta forma tendremos otra visión del mundo, veremos otro mundo y, por lo tanto, será en el que vivamos.

Cambiar los códigos del programa cerebral no es nada fácil.  Y existe el tan cacareado riesgo de volverse loco, a causa del fuerte cambio intelectual o del exceso de dosis de droga mística que puede desequilíbranos psíquicamente.  Aunque no es frecuente que esto suceda, pues pocas personas pueden respirar grandes dosis de atmósfera sagrada; la mayoría las toman en pequeñas cantidades.

No se puede negar que cambiar los programas de selección de preferencias cerebrales produzca una crisis en el individuo, pero la drogadicción mística, en vez de empeorar la crisis de adaptación a las nuevas creencias, suele incluso ayudar a superarla.  (Algunos estudiantes toman drogas en época de exámenes para ayudarse a realizar el esfuerzo intelectual).  La paz y la armonía de toda atmósfera sagrada son ingredientes clave para concluir con éxito el delicado cambio intelectual.  La drogadicción mística, si se lleva a cabo con cuidada dosificación, ayuda a asentar el nuevo cambio intelectual en vez de perturbarlo.  Este es un proceso que las sectas llevan miles de años experimentando con un alto porcentaje de éxito.

  Existe un miedo exagerado a volverse loco.  El cambio de los programas cerebrales se suele hacer de forma muy estudiada por las escuelas de lo espiritual, y nuestra resistencia a la locura es mayor de lo que habitualmente se cree.  El tipo de locura que se le suele achacar al sectario viene más determinado porque sus hábitos no son los habituales de nuestra sociedad que por un desequilibrio de su mente diferente al de una persona normal.  Al miembro de las sectas típico se le llama loco porque sus locuras no son las mismas que las aceptadas socialmente, pero no porque esté más loco que los que estamos fuera de las sectas.

Cierto es que el cambio del programa de selección de preferencias humano es un proceso que necesita tiempo.  Realizarlo demasiado deprisa puede generar desequilibrios psíquicos.  Por ello las sectas suelen dar “tiempo” a los adeptos para que vayan digiriendo los cambios.  Tengamos en cuenta que las creencias espirituales están muy arraigadas en nuestra mente, son ancestrales creencias que pertenecen al inconsciente colectivo de la sociedad en la que hemos crecido.  Cambiarlas puede llevarnos años, aunque pensemos que no creemos mucho en ellas.

No existe un proceso de cambio típico, cada secta o cada religión, cuando capta nuevos adeptos los adiestra a su manera.  La experiencia religiosa suele ser un factor importante para el cambio de creencia, cuanto mayor sea el goce espiritual que vivan los nuevos seguidores, menor será el poder de convencimiento que habrán de usar los instructores o sacerdotes para seducir al primerizo.  Cuanto más elixires divinos droguen a los adeptos, más alegremente dejarán a un lado su inteligencia para afrontar el nuevo cambio en sus vidas.  Aunque, como venimos diciendo, si tomamos excesiva dosis de droga mística, la locura o el descontrol puede esperarnos a la vuelta de la esquina.

No es fácil delimitar las fronteras de la locura, sobre todo en los caminos espirituales.  Todos sabemos que un pequeño grado de “locuras” a nuestra vida le da cierto aliciente.  Y no por ello perdemos el entendimiento de forma absoluta, pues ―en mi opinión― la razón es algo tan esencial de la mente humana que es necesaria una gran locura para extirparla del todo. 

El proceso del cambio del programa cerebral de selección de preferencias se realiza en un tiempo determinado, y, mientras dura ese proceso, la lógica puede llegar a no funcionar con normalidad, la razón suele entrar en crisis, y nuestra capacidad de discurrir puede permanecer mermada hasta que el nuevo programa cerebral se asiente definitivamente en nuestras neuronas.  Después de que esto se haya completado, nuestra inteligencia, con un nuevo programa de preferencias, volverá funcionar como lo hacía antes, o incluso mejor si el cambio fue positivo.  Pues no vamos a negar que en el sistema cultural occidental existen conceptos religiosos dignos de ser eliminados de los individuos.

Los insistentes consejos que dan en el seno de las sectas para que abandonemos los patrones de lo aprendido, en realidad, la mayoría de las veces, no van destinados a fomentar nuestra ignorancia ni a mermar nuestra capacidad de raciocinio, sino a invitarnos a cambiar las preferencias de nuestra vida.

Sin embargo, esto puede no presentarse tal y como es.  La lógica puede llegar a ser desprestigiada brutalmente, y considerarse nuestra capacidad de raciocinio poco más que un estorbo para la evolución espiritual; lo que es un tremendo contrasentido.  Pues si al principio se le aconseja insistentemente al adepto principiante que abandone toda lógica, después se le incitará para que vuelva a usarla, pero utilizando los valores que ya habrá aprendido de cada secta en particular. 

Las realidades virtuales espirituales no son otra cosa que sistemas lógicos donde las entidades divinas, las fuerzas celestiales y nuestras almas, desarrollan sus actividades.  Son explicaciones virtuales a lo que todavía no sabemos explicarnos de otra manera.  En los universos celestiales todo funciona con lógica, divina, pero lógica al fin y al cabo.  Lo que no tiene explicación se explica por decreto divino.  En estos teatros particulares, de cada religión o secta, se enseña que las razones de dios están muy por encima del razonar del hombre.  Pero el razonar, ya sea divino o humano, nunca se abandona a pesar de que al estudiante se le aconseje no utilizar el raciocinio.  Cuando se desconocen las razones de las actuaciones divinas, se apela a nuestra ignorancia para hacernos reconocer nuestra incapacidad para descubrir las razones que dios tiene para actuar como actúa.  Pero la razón, ya sea conocida o desconocida, siempre reina en los teatros de lo divino.  Por ello, cuando nos aconsejen abandonarla, hemos de recordar que lo único que pretenden es que abandonemos nuestras razones para imponernos las suyas.  (Dejando bien claro que al decir esto no pretendo dar la razón a nadie en particular).

            Una persona que se haya sumergido en diversas creencias espirituales y haya obtenido experiencias religiosas en cada una de ellas ―tal y como es mi caso―, si hace uso de su razón, no podrá dar la razón en particular a ninguna de las creencias en las que depositó su fe durante su vida; sin embargo, reconocerá que cada una de ellas tiene sus razones para sustentar sus creencias, y que resulta necesario reconocer esas razones para obtener los resultados prácticos que otorga la experiencia de lo sagrado, para conseguir la drogadicción mística particular que proporciona cada creencia y cada ritual. 

Es decir, un análisis como el que estamos realizando en este libro, donde intentamos que la razón se imponga a base del discurrir del entendimiento, basándonos en todos los conocimientos que poseemos sobre diversos caminos espirituales, es una forma de razonar inteligente para quien desee obtener un conocimiento intelectual general de estos temas; sin embargo, no es una sabia forma de razonar si deseamos obtener el conocimiento de dios, ya que dios solamente se revela (hasta ahora) a través de las realidades virtuales espirituales, sistemas lógicos de valores esotéricos ―contradictorios entre sí la mayoría de las veces― donde extrañas razones a la lógica, de un conocimiento general intelectual, permiten obtener la vivencia de lo divino.

Mis conocimientos sobre las sectas o religiones no me han permitido hasta ahora alcanzar lo divino sin pasar por las condiciones que cada una de ellas imponen.  (Es de esperar que la revolución espiritual nos permita conseguirlo).  En el capítulo sobre los “intentos unificadores” hablamos de que, por los caminos espirituales, se comentaba que en un futuro se impondrá una religión universal consensuada entre las ya existentes, pero también observamos que si ponemos sobre la mesa todas las condiciones que cada religión o vía espiritual exige para llegar a su dios particular, con la esperanza de que se trate de un dios único, veremos que no hay forma de conseguir vislumbrar un camino consensuado, más aún, si encontramos alguno en el que coinciden varias formas de fe, observaremos con asombro que unas nos aconsejan seguirlo en una dirección para encontrar a dios, mientras otras nos aconsejan que caminemos en dirección contraria. 

No hay forma de poner de acuerdo a esos sistemas lógicos, porque cada uno de ellos posee una lógica aparte, un mundo virtual aparte, muy diferente a los demás.  Y, si hemos de ser fieles a los más elementales principios de la lógica, obtendremos la conclusión de que esos sistemas de lógica espiritual, vistos todos en conjunto, no guardan lógica alguna.  Cuando los estudiamos llegamos a conclusión de que son dioses y mundos inventados, escenarios virtuales donde cada creyente escenifica su papel, para al final de cada función recibir la satisfacción de la experiencia sagrada.  Da la sensación de que lo importante no es cómo esta hecha la realidad virtual de cada religión o secta, sino su capacidad para producir la experiencia sagrada.  Podríamos crear incesantemente mundos virtuales espirituales que nos permitieran obtener la vivencia de lo sagrado, pero siempre tendríamos que abandonar nuestros sistemas de valores conocidos y adoptar los suyos para conseguir vivir las fantásticas vivencias espirituales que proporciona la drogadicción mística.

Por mucho que los intelectuales reivindiquemos nuestro derecho a vivir lo sagrado, como cualquier otro ser humano menos aficionado a meterse en las profundidades mentales en que nosotros nos metemos, todavía no existe método alguno que nos acoja para hacernos llegar a la divinidad tal y como nosotros somos, partidarios de la razón, científica, si es posible.