CUARTA PARTE

   Volver al Indice

   LA PACÍFICA DEMOCRACIA

             Ya hemos visto que tanto bajo influencias religiosas llenas de amor y de paz, o en regímenes sociales embriagados de pacifismo, el instinto de muerte, con su temible manifestación de la violencia, se manifiesta disimulado o justificado bajo los razonamientos más sorprendentes.  

La llegada de la democracia a nuestra sociedad nos dio la esperanza de un cambio.  Si en los sistemas democráticos somos los ciudadanos quienes, en teoría, tenemos el poder de elegir nuestros programas de gobierno; en teoría también podríamos prescindir de aquellas formas de gobernabilidad que en el pasado provocaron tanto derramamiento de sangre.  Algo que estamos intentando cuando votamos en las urnas a formas de gobernar que creemos nos van a garantizar la paz.  Pero, aunque cambiemos las formas de gobierno, el ser humano apenas cambia.  El instinto de muerte no se encuentra en las formas de gobernar sino en los gobernantes y en los gobernados, es decir: en el ser humano.  En cada ser humano.  Un instinto tan oculto en nosotros, tan escondido en nuestras entrañas, que es necesario una dosis de sinceridad extraordinaria para reconocerlo.  Modificar las circunstancias sociales no modifica el instinto, únicamente lo justificamos o lo disimulamos de otra manera, o sencillamente lo reprimimos. 

Los grandes cambios sociales muy a menudo no son capaces de erradicar de la sociedad ni al sectarismo, el caldo de cultivo ideal para que los peores instintos campen a sus anchas justificados por ideales fanáticos.  Desechar las creencias religiosas, del ámbito de gobernabilidad de las naciones, puede darnos la impresión de habernos librado de todos los males sectarios, de sus guerras santas, o de sus fanatismos que justifican la violencia; pero nada más lejos de la realidad.  Baste recordar aquellos esperanzadores cambios políticos de izquierdas, en países que derrocaron a sus dioses oficialmente, donde se presumía de haberse librado de inútiles cultos, y se presentaban a sus nuevos gobernantes como liberadores de viejas y perniciosas costumbres; cuando en realidad, gran parte del pueblo, cambió sus hábitos devocionales por otros semejantes, cuasi religiosos, ya no dirigidos hacia los dioses inmateriales, sino enfocados en los nuevos flamantes gobernantes de izquierdas.  De tal forma que los dioses tradicionales fueron sustituidos por los dioses del marxismo, y el fanatismo del pueblo pasó de los dioses a los gobernantes, y la violencia encontró salida en las ―casi santas― cruzadas de los ejércitos rojos.

            El sectarismo, es un costumbrismo tan ancestral que resulta ridículo pensar que lo hemos erradicado totalmente de nuestra vida social con unas cuantas décadas de democracia.  Ya hemos sugerido que nuestra civilización actúa como una secta dominante.  Los gobiernos occidentales, a pesar de ser aconfesionales, tienen muchas pautas de comportamiento heredadas de los viejos regímenes religiosos.  Los partidos políticos tienen a sus propios maestros espirituales ya muertos, visionarios de regímenes políticos presumiblemente mejores, a los que si no se adoran, sí que se veneran.  Tienen incluso a sus santos mártires, a sus héroes que murieron por defender la patria o su causa ideológica.  Hasta tienen a sus propios demonios contra quienes luchar, normalmente dirigentes de otros partidos.  Y los escándalos de algunos de nuestros políticos son semejantes a los protagonizados por algunos de los gurús de desafortunadas sectas.

            No proclamamos los occidentales que las leyes de nuestra democracia sean las leyes de dios, pero las anunciamos de forma parecida, las elevamos a los altares de la infalibilidad, como si fueran leyes divinas.  Y a todo aquel que no cree en ellas, y actúa en consecuencia, no lo consideramos un hereje, pero sí un peligroso delincuente.  No tenemos santos en la política, pero tenemos héroes, mártires por la patria en muchos casos, semejantes a los mártires por dios.  No luchamos contra los infieles, pero sí castigamos a quienes no creen en nuestras casi divinas leyes y se las saltan a la torera.  Nos creemos que la democracia es la sacrosanta religión absoluta, y todo disidente, en especial aquel que hace uso de la violencia, lo consideramos un peligrosísimo delincuente terrorista, sinónimo de demonio infernal.  Y aunque no lo quemamos en la hoguera como hace siglos, lo encerramos de por vida, pensando que así somos más civilizados.

            Tal y como sucede en las sectas, donde sus elevados valores morales son muy a menudo suplantados por fuerzas de nuestro lado oscuro, los más altos valores democráticos de nuestra sociedad no son en realidad los que nos gobiernan al cien por cien, por mucho que presumamos de ello.  Si afinamos la atención, encontraremos en nuestra sociedad abundantes escándalos semejantes a aquellos que tanto nos escandalizan de las sectas.  Fraudes de todo tipo, dirigentes corruptos, racismo, y, como no, la vieja ley de la selva.  Porque ¿quién gobierna nuestra sociedad?, ¿nuestros más altos valores o el salvaje capitalismo, donde impera la ley del más fuerte?  ¿Es la buena voluntad de nuestros políticos quien rige nuestra sociedad o es el poderoso caballero don dinero cabalgando sobre la bestia del materialismo?

            No nos diferenciamos mucho de las sectas que tan a menudo gustamos de criticar.  El oscuro instinto de muerte se nos cuela en nuestro modernismo como siempre lo ha hecho.  Quizás el ejemplo más horrible lo tengamos en las masacres que protagonizamos todos los fines de semana en las carreteras.  Miles de muertos anuales y cientos de inválidos de por vida, sin que nuestra flamante civilización pueda hacer nada por evitarlo.  ¿No estaremos siendo tan complacientes con la muerte como aquellos antiguos que entregaban sus vidas a sus dioses en sus sacrificios humanos?  ¿No estamos entregando cada fin de semana un horrible tributo en vidas a nuestro moderno y flamante dios del consumismo?  ¿Porqué todavía nadie se atreve a calificar al automóvil de maquina asesina?  ¿No será porque tras la industria automovilística se encuentra nuestro venerado y poderoso caballero don dinero?  ¿Cuantas familias comen de la fabricación de coches, y cuantos medios de comunicación reciben un alto porcentaje de su publicidad?   Al final, como siempre, es la ley de la selva, la ley del más fuerte la que se impone al sentido común.   No sé como vamos a gobernar nuestra sociedad ante la presión de las grandes multinacionales, cada vez más poderosas.  Inevitablemente nuestras conciencias son influenciadas por sus intereses, pues ellos compran a los medios de comunicación con su publicidad hasta el punto de hacernos ver y desear una maravilla tecnológica deslumbrante con cuatro ruedas, convertida en símbolo de prosperidad, de la que han borrado todo el rastro de sangre que contiene en potencia.

            Sé que al decir todo esto me estoy jugando el  tipo mucho más que cuando estoy criticando a las sectas.  La ferocidad de las sectas es la de un corderito comparada con la ferocidad de nuestro capitalismo.  Las sectas están mucho más acostumbradas a ser criticadas que nuestro sistema, a pesar de que presumimos de libertad de expresión.  Pero, si no hablamos así, nunca vamos a reconocer las fuerzas que subyacen en nuestro lado oscuro y emergen disimuladas y consentidas en nuestra realidad.  Siguiendo la línea de este libro, prefiero correr graves riesgos antes que continuar complacido en el engaño y en la mentira.

            Es pasmosa la complacencia con que se aceptan las manifestaciones del instinto de muerte en nuestra sociedad sin llegar a reconocerlo.  Para la mayoría de las personas no existe tal instinto en el hombre.  Se cree que los niños vienen al mundo como seres angelicales, sin maldad alguna.  Y, cuando un niño actúa con maldad, se le echa la culpa a los adultos que lo acompañan, insinuando que de alguna forma se la han contagiado.  No se tiene conciencia de que un niño es una cría de la mayor bestia de la Tierra, del mayor depredador de nuestro planeta, del hombre.  Hemos elegido ver en los niños el lado angelical en vez del lado demoníaco porque en la infancia predomina más el lado inocente y candoroso, porque además es el aspecto que más nos induce a mirar el instinto maternal o paternal, y porque ver los dos aspectos simultáneamente es casi imposible para nuestra mente.  Podemos ver uno u otro en las personas, pero ver el mal y el bien simultáneamente en un ser es muy difícil para nuestro entendimiento, nuestra razón se revela ante esa visión.  A un niño, como a un adulto, lo podemos ver bueno en ciertos momentos y malo en otros, pero ver en él las dos facetas a la vez es muy difícil.  No tenemos explicación lógica alguna que nos ayude a comprender esta trágica dualidad que vive el ser humano.  (En los capítulos finales intentaremos dar con un supuesto sobre nuestra realidad que nos ayude a entender las grandes contradicciones de nuestra naturaleza).

            Los derechos del niño que se proclaman en nuestra civilización obvian el lado maligno de nuestros “inocentes angelitos”.  Nos muestran a los niños como seres indefensos que han de ser tratados con sumo respeto, cuidado y amor.  Nuestras leyes prohíben el uso del látigo, tan utilizado antiguamente contra nuestras criaturas.  Todo un buen propósito de nuestra pacífica democracia.  Pero, si estamos diciendo que un niño es una fiera en potencia, ¿qué probabilidades tiene un domador de cumplir con su misión de domesticar a la fiera, o de salir ileso, si le quitamos el látigo?  ¿Quién es capaz de criar a un tigre como un manso gatito?  La creencia de que la educación puede cambiar la esencia del ser humano nos va a llevar de sorpresa en sorpresa.  Criar a las fieras humanas como a mansos gatitos nos está exponiendo a recibir una buena remesa de zarpazos.  Nuestros candorosos angelitos, haciendo uso de la gran libertad que les hemos concedido, sin apenas represión de su violencia, liberan su maldad sorprendiendo a padres y a educadores, principales víctimas de un sistema de educación que los deja indefensos.  El resurgir de la violencia juvenil es la consecuencia del cambio en la educación. 

De todas formas, no hay problema, nuestro sistema tiene soluciones para todo, o para casi todo.  Nuestro flamante sistema policial pacifista de guante blanco puede solucionar cualquier tipo de brote de violencia, aunque para ello sea necesario poner un policía en cada aula y en cada casa. 

Y ahora cabe preguntarse si hemos avanzando algo, si es mejor el autoritarismo antiguo o que un chaval acabe en la cárcel por no haberle domesticado la bestia que lleva dentro.  ¿Es más civilizado meter en la cárcel a un niño o utilizar sistemas educativos autoritarios?

No estoy abogando por volver al pasado, estoy intentando que veamos nuestra situación actual, el resultado de un experimento social en el que hemos invertido mucho esfuerzo.  Nuestro nuevo sistema “pacifista” del control de la violencia es tan ineficaz y tan represivo ―en mi opinión― que el de hace un siglo.  Si no vemos sus defectos, mal podremos intentar corregirlos.  

Hace falta una visión general de la violencia.  Las típicas soluciones pasan siempre por buscar culpables y castigarlos.  Una comprensión global de la violencia en la sociedad es la única forma de empezar a realizar cambios importantes.  Casi todos estaremos de acuerdo en que construir cárceles y más cárceles no es la solución. 

Reconozco que no es fácil tener una visión global de la violencia.  Y no es fácil porque esa visión no admite el contraataque.  Me explico: La violencia, en todo ser vivo empuja para manifestarse, y en el caso del ser humano necesita en la mayoría de los casos una justificación.  Y la mejor justificación para agredir es hacerlo en defensa propia.  Un ataque justifica la venganza: el contraataque.  Sufrimos accidentes muy a menudo, pero nuestra visión de ellos no nos hace sentirnos agredidos, por lo cual las muertes por accidentes se asumen con cierta tranquilidad comparado con los homicidios.  Si embargo, un asesinato, causa un gran revuelo social, una gran afluencia de energía violenta alimentada por la rabia de la comunidad, por el contraataque que exige venganza a través de nuestra flamante justicia.  Una visión de la violencia global no vería un asesinato como un crimen cometido por un homicida, lo veríamos como un accidente.  Pero esta visión no nos permitiría sacar rabia a raudales, por eso elegimos indignarnos, ver culpables, porque es de las pocas válvulas de escape de la violencia que nuestro sistema de valores nos permite. 

Si conseguimos ver la violencia que alberga nuestra pacífica democracia, podremos comprender mejor la que pueden vivir otros sistemas de gobiernos o de agrupaciones, incluidas las sectas; podremos sentirnos todos en el mismo barco, donde no existen culpables sino victimas de la vida, tan llena de violencia y de muerte.

 

 


TERRORISMO POLÍTICO

           Siempre ha sido habitual que todo imperio tenga que combatir contra sus bárbaros terroristas particulares.  Y, como venimos diciendo, ―sin ánimo de asustar a nadie― la caída de todos los imperios ha sido propiciada por el ímpetu de esos bárbaros.  Ahora bien, en cuanto los bárbaros derrotaban al imperio, y empezaban a gobernar y a escribir ellos la Historia, se convertían de la noche a la mañana en los grandes héroes históricos de las nuevas naciones, a las que levantaban de las ruinas que ellos mismos habían causado.  Naciones a las que les volvían a crecer nuevos grupos de bárbaros terroristas disconformes con el nuevo sistema de gobierno, y vuelta a empezar. 

Son los juegos de guerra que llevamos jugando desde hace milenios.  La violencia no ha cesado de manifestarse en nuestra Historia tanto en el comportamiento individual como colectivo.  La agresividad siempre ha sido considerada como un medio válido para conseguir cambios políticos.  Pero, en la actualidad, nuestros viejos juegos de guerra se han visto perturbados por el desarrollo científico.  Las ciencias han mejorado la capacidad destructiva de los armamentos, el control de las masas y el bienestar de los ciudadanos, especialmente en las sociedades civilizadas.  Tres aportaciones tecnológicas que han cambiado notablemente las características de la violencia política.  

La elevada capacidad destructiva de las armas atómicas ha conseguido que se tema como nunca se han temido a los conflictos bélicos.  El miedo al holocausto nuclear, no deseado por nadie, ha detenido las grandes guerras mundiales.  Sin embargo, las pequeñas guerras, las viejas guerrillas, contra las que no se puede usar el poder atómico ―porque sería como pretender matar hormigas a cañonazos―, continúan igual que siempre; aunque también han sufrido notables modificaciones causadas por el desarrollo tecnológico.  Los grupos de guerrilleros están compuestos ―como siempre lo estuvieron― por sectas de cariz político, con connotaciones religiosas muy frecuentemente, en lucha contra el poder dominante; pero, en la actualidad, la moderna tecnología ha aumentado considerablemente su capacidad de atacar, de tal forma que pueden conseguir una enorme capacidad destructiva con un pequeño número de guerrilleros.  El desarrollo científico favorece de esta forma al terrorista, pero, como los gobiernos de las diferentes naciones no son mancos, también usan los avances científicos para combatir a las guerrillas.

Ya el progreso tecnológico de una nación puede favorecer de tal forma el bienestar de los ciudadanos que muy pocas personas son capaces de dejarse convencer por ideales revolucionarios.  Las grandes revoluciones sociales fueron estimuladas por las penalidades y el hambre que padecía el pueblo.  El estado del bienestar de los países desarrollados da muy poco margen para que un ciudadano se juegue la vida por un cambio político.  Pero, aún así, existen descontentos dispuestos a entrar en los viejos juegos de guerrillas.  Las luchas por el control del territorio o por las riquezas son las causas más frecuentes por las que combaten los guerrilleros terroristas.

Pero, la mayor arma que la tecnología pone a disposición de los gobiernos, en contra de los revolucionarios, es el control de las masas mediante la manipulación de los medios de comunicación.  Raro es el país que en sus medios de comunicación trata a los terroristas, que le ha tocado en suerte padecer, como a los de otros países.  La objetividad informativa se nubla por el furor del contraataque contra quien ha atacado primero.  Los gobiernos se esmeran en primer lugar por ocultar en los informativos los valores por los que luchan los terroristas que atentan contra su sistema de gobierno, y, en segundo lugar, los presentan al pueblo no como revolucionarios, sino como peligrosos delincuentes de los que hay que huir como del diablo; de esta forma se intenta posicionar a la mayoría de la población en contra del movimiento revolucionario.  Sin embargo, cuando se habla en los medios de comunicación de otros grupos terroristas que atentan contra otros países, no se tiene dificultades paras calificarlos de guerrilleros revolucionarios.

Espero que todo lo que vamos estudiando en este libro sobre las sectas, y todo lo que nos queda por estudiar, nos ayude también a entender el fenómeno del terrorismo político.  Ya hemos comentado que nuestra sociedad actúa como una secta dominante, y que desde la visión subjetiva de una secta es muy difícil comprender al resto de las sectas, especialmente si nos están agrediendo.   Pero nuestra evolución cultural ―si no es frenada por intereses de baja cultura― tarde o temprano tendrá que alcanzar a entender a las sectas que no piensan como nosotros, incluso a aquellas que nos están agrediendo. 

No cabe duda de que nuestro futuro es muy emocionante.  El desarrollo científico ha revolucionado los métodos de combate de las viejas guerrillas, aunque los impulsos esenciales del terrorismo político sean los de siempre.  Los terroristas ideológicos que nos están amargando la vida están imitando el modelo mítico del héroe.  Están cumpliendo con un ritual revolucionario que nunca ha cesado de manifestarse en nuestro mundo.  Y nuestro interés por erradicar el terrorismo es el mismo interés que todo imperio del pasado tuvo por mantener su hegemonía mundial.

Tanta indignación y sorpresa por los atentados terroristas da la sensación de que se nos ha enseñado en las escuelas una Historia descafeinada e interesada.  Si hubiéramos aprendido bien nuestro pasado histórico no nos sorprenderíamos de lo que nos está deparando el presente.

No es mi intención hacer apología del terrorismo, ni justificarlo.  Sencillamente estoy intentando comprenderlo, siguiendo en la línea principal de este libro.  Es necesario clarificar aspectos habitualmente nublados por la subjetividad de las pasiones con las que nuestra sociedad afronta los problemas que nos crean las sectas, en especial las terroristas.  Y quizás ni aun así podamos solucionar el problema del terrorismo, pero al menos seremos más conscientes de lo que está sucediendo y de lo que estamos haciendo.

Para comprender el terrorismo sectario es necesario primero comprender nuestras reacciones ante él.  No creo que sea una visión objetiva el considerar a los terroristas la peor lacra de la sociedad, asesinos natos y delincuentes comunes, sin ninguna ideología; cuando ellos, apoyándose en nuestros propios patrones históricos, se están considerando los valientes héroes liberadores de nuestro tiempo, santos en muchos casos.  No es serio considerar héroes del pasado a los terroristas que ensalzan nuestros libros de Historia, porque lucharon contra imperios presumiblemente opresores, y a los actuales terroristas, que están siguiendo las mismas pautas de comportamiento, considerarlos despreciables delincuentes.  Se nos nota demasiado que somos nosotros los que estamos escribiendo la Historia.

Un acercamiento de posturas es necesario para acallar el diálogo de sordos.  Si un gran número de países occidentales, haciendo un alarde de pacifismo, están siendo capaces de no llevar a la horca ni a la guillotina a todo revolucionario que atenta violentamente contra su poder, también pueden ser capaces de intentar comprenderlos, al menos un poco.  Una visión global de la violencia y de sus típicas justificaciones nos ayudaría a ello.  El tremendo distanciamiento en las posturas ideológicas, y la terquedad de sostenerlas invariables, solamente consigue mantener en pie de guerra al terrorismo.  Es necesaria una visión global y profunda del problema.  La persecución, captura y condena de los activistas y de los líderes terroristas políticos, no es la solución definitiva.  Hemos de tener en cuenta que esas personas suelen estar apoyadas por parte de la población, son representantes de grupos humanos.

 Cuando el terrorismo político afecta a un país, no está nada mal que dirigentes de otros países ayuden a negociar la paz, pues su falta de apasionamiento puede ayudar a comprender y a solucionar el conflicto.  Es ridículo observar como dirigentes de ciertas naciones se prestan a negociar la paz con terroristas revolucionarios de otros países, y son incapaces de permitir que otros diplomáticos de otros estados les ayuden a negociar una paz con los terroristas de su propio país.  Es muy difícil ser objetivo cuando se está metido en una guerra.  Por esta razón, alguien venido de fuera, ajeno al conflicto, puede tener una visión más objetiva y ayudar a calmar los brotes de violencia de ambos bandos.  Cuesta reconocer a la violencia y al instinto de muerte disfrazados de heroísmo, de amor patrio, o de defensa propia cuando se está en guerra.  Es muy difícil que cada una de las partes en el conflicto asuma su responsabilidad.  La culpa siempre la tiene el contrincante.

Aunque no me cabe ninguna duda de que lo expuesto en este capítulo no les sorprenderá a los políticos más intransigentes con el terrorismo.  Seguro que ellos son capaces de comprender muy bien a los terroristas e incluso de acceder a sus exigencias.  Pero si lo hacen, si un gobierno no es implacable con el terrorismo, se expone a que le crezcan los grupos terroristas como setas en el bosque.

Nuestra flamante democracia, erigida como bandera de paz, da para justificar muchas guerras.  A pesar de los indudables beneficios que la democracia aporta sobre otras formas de gobernabilidad, no es una forma de gobierno perfecta, garantía de paz.  Las inamovibles fronteras de los países democráticos ―por ejemplo― son resultado de viejas guerras, líneas imaginarias que se trazaron con sangre, a base de contiendas bélicas, de terrorismo oficial; y siempre ha habido grupos sociales de revolucionarios, disconformes con ellas, dispuestos a cambiarlas iniciando su guerra particular.  Pensar que todo el mundo tiene que estar contento con esas líneas imaginarias, habitualmente innegociables, es una vana ilusión.  Grupos de violentos independentistas luchan por conquistar o reconquistar un territorio que consideran suyo en muchos países del mundo.  Y otro tanto podríamos decir sobre la distribución de la riqueza.  La globalización de la economía está condensando las riquezas mundiales en manos de unos pocos, una situación que puede ser utilizada como pretexto para iniciar revoluciones.

Y no olvidemos tampoco el recuerdo histórico como motivo de lucha, muchas de las actividades terroristas se apoyan en parte de la población que mantiene el odio en su sangre porque sufrieron masacres en pasadas guerras.  Perdedores de viejas contiendas bélicas, que nunca se dieron por vencidos, utilizan las guerrillas para llevar a cabo su contraataque; manteniendo viva la lucha armada de una guerra que el resto de la población ya ha olvidado.

Justificaciones y justificaciones para dar paso al poderoso instinto violento, al fin y al cabo el arma más poderosa que los terroristas siempre tuvieron a su favor.  Implacable instinto que subyace tras toda guerra, impulso irracional al que gustamos tanto justificar los seres humanos cuando estamos en guerra, a pesar de lo irracional de toda guerra. 

Si el terrorismo tiene muy difícil solución es porque está fomentado por el poderoso instinto violento.  Fuerza que ha movido el mundo, y puede que lo continúe moviendo por mucho que pretendamos impedirlo.  Ya sea por reivindicaciones políticas, económicas, territoriales, o sencillamente legislativas, todavía continúa fascinando la revolución armada contra el imperio.  Muchos de nuestros jóvenes necesitan muy pocos argumentos para liberar su reprimida agresividad, una pequeña causa reivindicativa puede ser suficiente para hacerlos vestirse de héroes y atacar a la paz social.  Es un viejo costumbrismo que los jóvenes encarnen la violencia revolucionaria de los pueblos.  Y en estos tiempos de pacifismo, al quedar su violencia instintiva sin justificación, se puede aliar muy fácilmente con cualquier objetivo revolucionario.  Apostaría que un alto porcentaje del apoyo social que ostentan algunos grupos terroristas, en los países desarrollados, no es debido principalmente a las razones que esgrimen para matar, sino provocado por el viejo impulso instintivo de atacar al poder en el gobierno.  Se trata del mismo instinto animal que propicia el ataque, de los animales jóvenes de una manada, al macho dominante para arrebatarle el poder.

Los instintos continúan siendo fuerzas incontroladas a pesar de todos los esfuerzos que los hombres estamos haciendo por controlarlos.  Espero que, en estos últimos cinco capítulos, haya conseguido mostrar cómo el poderoso y camaleónico instinto de muerte anda suelto por nuestra moderna sociedad tal y como siempre anduvo por el mundo.  La visión de su fantasma por nuestra casa puede que nos ayude a comprender su permanencia en casa ajena.  Sabiendo ya que no es habitante de casa alguna en particular, sino huésped del ser humano, instinto del hombre, de la vida.

 Vamos a continuar la inmersión en nuestras entrañas, visitando otras casas llenas de amor, de religiosidad y de paz, donde ―como en cualquier lugar― el terrible instinto de muerte hace su aparición de las formas más sorprendentes, incluso cuanto más se quiere evitar.  No sé si seremos capaces de llegar al fondo, pero si conseguimos iluminar nuestro lado oscuro un poco más, yo me daré por satisfecho.

 

 


MENSAJES DEL MÁS ALLÁ

             Ya hemos hablado de cómo la atmósfera sagrada puede crear realidades virtuales espirituales repletas de personajes; pero de lo que no hemos hablado todavía es de que esos personajes son capaces de comunicarse con nosotros de diversas formas.  Entre ellas merece la pena destacar a los comunicados recibidos a través de los médium, personas especialmente sensibles que ceden su cuerpo y su mente temporalmente al personaje espiritual que se comunica con ellos.  La escritura automática es otra forma de recibir mensajes relativamente moderna (recordemos que hasta hace poco el analfabetismo estaba muy extendido entre la población).  Y las voces del más allá que suenan en la mente de quien las escucha es la forma más directa de oír lo que nos dicen quienes no son humanos.  Existen otras muchas formas de comunicación, pero no vamos a entretenernos en hablar de ellas, pues hay suficiente documentación al respecto en la literatura esotérica.

            Vamos a centrarnos en el fenómeno en sí y en su extraordinaria importancia por la credibilidad que aporta a las realidades virtuales espirituales y a todos los personajes que las pueblan.  Los mundos etéreos no hubieran sido ni serían tan reales, para los creyentes en ellos, si no hubiera existido este fenómeno paranormal de comunicación entre el mundo físico y los mundos espirituales.  La existencia de las entidades espirituales podría ponerse en duda debido a su intangibilidad física, pero, cuando nos hablan “inteligentemente” desde el más allá, cuesta dudar de su existencia. 

La tremenda importancia de estas revelaciones se demuestra en el hecho de que las escrituras sagradas de las grandes religiones están formadas en su mayor parte por “verdades reveladas”.  Las grandes creencias forjaron sus cimientos sobre los mensajes que del otro mundo recibieron sus fundadores, textos venidos del cielo, impresos muy a menudo con letras de oro en los libros sagrados, adorados por aquellos que los creen verdaderos.  

Pero esto no sucedió porque aquellas comunicaciones fueran realmente extraordinarias, ya que la recepción de mensajes del más allá siempre fue algo bastante vulgar y frecuente.  No nos podemos hacer ni idea de los millones y millones de mensajes que se han recibido del más allá durante toda la Historia de nuestra Humanidad.  Probablemente, desde que el hombre es hombre no ha cesado de recibir estos mensajes, y los continúa recibiendo, claro está; y no en pequeñas cantidades.  No creo equivocarme si afirmo que, a un nivel planetario, se están recibiendo miles y miles de mensajes diarios de otros mundos que no son el nuestro. 

Desde la antigüedad, los dioses han hablado a los hombres.  Era habitual en los templos antiguos comunicarse con la deidad adorada en el templo, unas veces el creyente oía directamente la voz del más allá y otras veces el comunicado se hacía a través de un médium que el templo tenía siempre dispuesto para transmitir los mensajes de un mundo al otro.  Y en otras ocasiones el mensaje se recibía en cualquier momento del día y en cualquier lugar.  La recepción de mensajes del más allá era algo habitual en el mundo antiguo.  En la Odisea y en la Iliada tenemos multitud de ejemplos de cómo los dioses se comunicaban con los humanos y eran parte de la vida cotidiana de los mortales elegidos para charlar con ellos.  Seguro que si los dioses del Olimpo griego no fueran dioses muertos, olvidados por el pueblo, seguirían hablando por los codos.

Las sectas religiosas, en sus rituales comunitarios, se ponían en contacto con sus entidades espirituales, fueran del color que fueran, sin ningún problema y con toda la naturalidad del mundo.  Así se vivían en directo las retransmisiones de los cielos o de los infiernos.  Pero con la llegada de la escritura las cosas empezaron a cambiar.  Las religiones que empezaron a escribir la voluntad de sus dioses comenzaron a subir como la espuma.  La magia de la palabra del dios escrita fascinó al pueblo, (en especial al pueblo analfabeto).  Las escrituras sagradas dieron un poder mágico a quienes las poseían.  Nunca se había vivido nada igual, era como poseer en conserva la divina voluntad de los dioses.  Para el hombre antiguo tuvo que ser toda una revolución espiritual.  Y todas las religiones optaron por tener sus libros sagrados.

Pero esa revolución religiosa, basada en la escritura venida del más allá, creo nuevos problemas, porque, como ya se pueden imaginar ustedes, los diferentes dioses no se ponían de acuerdo para enviarnos mensajes que al menos no fueran contradictorios.  Entonces se desentabló una feroz competencia por convencerse, y por intentar convencer a los demás, de que los textos sagrados escritos por los seguidores de cada religión o secta eran los verdaderos, dictados por el único dios verdadero.

 Este feroz combate no se llevó a cabo en las dimensiones espirituales, fueron los sacerdotes con espada en mano, o aliándose con los poderes políticos o militares, los que lucharon entre sí llevando al campo de batalla sus discusiones religiosas.  Y los ganadores en cada zona del planeta impusieron al pueblo la fe en sus escrituras sagradas, divinas e intocables.  Instaurando un gobierno donde reinaban sus libros sagrados particulares, escrituras que terminaban dirigiendo las vidas de sus ciudadanos.

Mas esta tranquilidad impuesta solía durar poco tiempo, pues casi siempre surgía otro problema: los mensajes del más allá se seguían recibiendo, y, aunque los enviase un mismo dios, muy a menudo contradecía a las antiguas escrituras de antiguos mensajes suyos ya sacralizados.  Entonces, en especial en Occidente, se realizó una caza de brujas, y todo aquel que tenia la desgracia de haber sido elegido por dios para hablar con él, terminaban acusándole de endemoniado, sobre todo si al ser supremo, en sus retransmisiones al creyente elegido, se le ocurría rebatir alguno de los dogmas de fe de la religión en el poder, entonces el pobre creyente acababa en la hoguera junto a las brujas que gustaban de hablarse con el diablo.

Los efectos de esta brutal represión fueron devastadores para nuestra condición natural de recepción de los mensajes del más allá.  La castración de esta facultad humana dura hasta nuestros días.  Hemos olvidado nuestra habilidad para comunicarnos con los dioses.  Si una persona oye voces en su interior acude al médico para evitar que la encierren en un psiquiátrico y para que le solucione un problema que en otros tiempos no era sino una virtud de elegidos.

Sin embargo, la libertad religiosa y la proliferación de sectas está produciendo una vuelta a la “normalidad”.  Las escuchas del más allá están proliferando de forma espectacular en las últimas décadas.  Pero estas escuchas hoy en día no se viven con la ancestral naturalidad que las vivía el hombre antiguo.  Al haber olvidado nuestra condición natural de escuchas esotéricos, ahora lo consideramos un fenómeno extraordinario, único en cada circunstancia, nuevo y fascinante.  Y las sectas, como no, se están aprovechando de esta nueva situación espiritual, de esta nueva época de cambios, volviendo a dejar constancia escrita de los mensajes recibidos por sus mensajeros particulares, presentándolos como la escritura más importante y más sagrada entre las demás escrituras del resto de las sectas y de las religiones oficiales.

Podemos dar gracias a que el pacifismo reinante en nuestra sociedad occidental ―y el sistema policial, todo hay que decirlo― no permite que se vuelva a dirimir el liderazgo sectario a base de luchas sangrientas, en defensa de las verdades reveladas que en cada secta se reciben.  Toda bendita organización religiosa, elegida por dios para recibir sus buenas nuevas, está condenada a convivir con las demás que también están recibiendo sus buenas nuevas, habitualmente diferentes.  

Esta “sana” y obligada competencia está produciendo ciertos hábitos de mercadeo espiritual no muy limpios.  Me explico: los mensajes del más allá, a pesar de ser ya algo muy corriente en muchas sectas, se tienden a ocultar al público en general.  Cuando alguien se acerca a una secta de este tipo, y observa todo lo que le venden, también observa cómo permiten que se sospeche que se guardan algo muy importante de lo que no pueden hablar a profanos.  Todos los que son atraídos con el viejo cebo de la curiosidad caen en sus redes, llevándose una gran sorpresa cuando, al cabo de un tiempo de prueba de integración en el nuevo grupo, se le invita a una sesión de retransmisiones celestiales en las que el mismo dios se va a dirigir al grupo o a al novato (si así lo considera oportuno el ser supremo, claro está).

Podríamos pensar que la ocultación al público de la divina retransmisión sea debida al miedo, a que pudieran retornar aquellas viejas persecuciones inquisitoriales; pero yo no creo que sea por esa causa por lo que se esconden la mayoría de estos mensajes que se reciben diariamente en los ambientes sectarios.  La permisividad religiosa está muy afianzada ya en Occidente, no es delito alguno hablar con dios ni con el diablo, y no creo que las personas normales se escandalicen ya por nada de lo que pueda suceder en el seno de las sectas.  Más bien me inclino por pensar que la causa de que oculten las retransmisiones que reciben a diario del más allá es el tremendo ridículo que pueden hacer si las promulgan.  Si todas las sectas que reciben mensajes los publicasen sin más, observaríamos atónitos como un mismo dios les pasa a unos unas consignas y a otros otras diferentes, contradictorias muy a menudo, y en ocasiones esto sucede en una misma secta.  Naturalmente, para evitar hacer el ridículo, es recomendable que no salgan a la luz los mensajes recibidos, guardándolos entrañablemente para uso exclusivo de los sectarios afortunados que los reciben.  Y así de paso evitar un análisis psicológico profundo que terminaría por deducir que toda esa literatura espiritual es un producto del inconsciente colectivo de la secta o del individuo emisor de los mensajes, y no algo venido de la deidad o del demonio del que se presuma haberlo recibido.

A pesar de las contradicciones que albergan, no es de extrañar que estos mensajes se guarden como oro en paño, pues son una de las circunstancias que más realidad otorgan a los sueños compartidos de las realidades virtuales espirituales.  Cuando en una atmósfera sagrada se es testigo de una de estas retransmisiones de otros mundos, apenas se puede dudar de que aquello sea cierto.  El mensaje no solamente se oye, se vive y se siente la presencia de quien nos habla, incluso se puede llegar a ver al ser espiritual que nos está hablando.  El grado de realidad es enorme.  Estos mensajes confirman la existencia real de las entidades espirituales que los transmiten para todo aquel que no va más allá de los hechos.  Pero, cuando se va mucho más allá de los hechos, se acaba descubriendo que solamente se trata de un juego de ilusionismo de nuestra propia mente.

Nuestra mente coge de su interior todo lo que necesita para crear nuestros sueños mientras dormimos, y hace lo mismo para crear los escenarios virtuales espirituales y a los personajes que los pueblan.  De tal forma que las percepciones extrasensoriales se acomodan a la realidad virtual espiritual en la que esté asentada la religiosidad del oyente o el grupo de oyentes.  Cuando quien recibe los mensajes es un creyente, o grupo de creyentes, de un cierto tipo de religión, los personajes que hablarán en las retransmisiones corresponderán a entidades espirituales de esa religión y no a otros personajes de otras religiones desconocidas.  En el caso de la personificación de nuestras fuerzas del bien, así como del mal, nos encontraremos con diversos representantes supremos del bien, así como diversos representantes supremos del mal, según la creencia que se comparta.

En Occidente se ha asentado en nuestro subconsciente como imagen representativa del mal al diablo, de tal forma que en las realidades virtuales espirituales, en nuestros sueños esotéricos, suele aparecer este personaje como la causa de todo aquello que nos fastidia.  Pero en Oriente, allí donde el cristianismo no consiguió sentar sus reales, probablemente ni lo conozcan.  Allí tienen demonios de sobras mucho más feos que el nuestro, con un aspecto mucho más terrorífico que nuestro macho cabrío.  Quizás hasta se rían de nosotros por el aspecto de nuestro representante del mal (no se a quien se le ocurrió escoger a una cabra para representar a todos nuestros males).  La capacidad que hemos tenido para hacer el mal en Occidente no se merece tan pacifico animal, aunque quizás las mentes que inventaron esta representación lo hicieron para decirnos que nuestro mal no nos viene de que seamos en realidad malos, sino de que estamos como cabras.

Como ya aclaré anteriormente, al haber escogido siempre sectas de la línea blanca en mi pasear por estos mundos de dios, nunca tuve contacto con ninguna entidad maligna ni conocí a compañeros de secta que lo tuvieran.  Sin embargo, aunque se escojan caminos del bien para progresar espiritualmente, el mal estará siempre presente, en muchas ocasiones disimulado entre las flores del bien.  Como ya hemos explicado, si en las realidades virtuales se escenifican todas nuestras pulsaciones psicológicas interiores, como no somos santos, acabaremos escenificando en ellas tanto nuestro bien como nuestro mal.  De tal forma que el instinto de muerte nunca pasa desapercibido.  Y cuando lo intentamos evitar huyendo del contacto con entidades espirituales malignas, éste aparecerá de todas formas camuflado entre la blancura de los personajes de la santa vía espiritual que hayamos escogido para caminar.  Y en esto radica uno de los mayores peligros en la percepción de los mensajes del más allá.

Porque cuando uno está hablando con el diablo ―supongo que los practicantes de la magia negra así lo harán― uno ya sabe a que atenerse, y cualquier barbaridad que diga o que pida el cabrón no pillará por sorpresa.  Es casi seguro que los sacrificios humanos que se han realizado bajo rituales religiosos a lo largo de la Historia de la Humanidad, han sido debidos a las malignas demandas de los diversos demonios o deidades de magia negra.  La profunda capacidad humana de hacer el mal no está reprimida en la magia negra, y puede hablarnos tal y como es sin necesidad de disimularse a través del demonio o de las entidades mitad dioses benefactores, mitad malignos demonios.

Pero, en nuestra civilización del bien, la mayoría de las sectas se alejan del mal, mejor dicho: intentan alejarse del mal, lo menosprecian e incluso lo ignoran.  La moda del pacifismo también llega a las sectas.  Entonces nos sucede como en el cuento de Caperucita, el lobo nos pilla la delantera y nos espera disfrazado en casa de la abuelita.  Censuramos el mal, pero nuestra mente es mucho más sincera que nosotros y nos lo representa disfrazado en las más santas realidades virtuales espirituales.  En los alegres caminos sectarios de la magia blanca, el peligro no está en el lobo en sí, sino en su capacidad de disfrazarse y en nuestra candidez que nos dificulta reconocerlo.

En realidad, la diferencia entre el bien y el mal no está muy claramente definida en nuestro interior, el bien y el mal pueden estar muy mezclados entre sí.  Mahoma y Santa Teresa dudaron sobre la procedencia de las voces del más allá que oían, cuando comenzaron a oírlas no estaban muy seguros si su interlocutor era dios o el diablo.  El místico profesional suele dudar de lo que oye, aunque la voz le asegure ser del mismísimo dios o de un ángel.  Sin embargo, la mayoría de las personas que reciben mensajes del más allá no son profesionales en comunicaciones paranormales, y se suelen creer a pie juntillas lo que la voz les dice, creyéndose que está oyendo a la abuelita porque así lo afirma en sus mensajes, y lo parece por su dulce voz, cuando en realidad es el lobo. 

Esto parece una broma, pero es realmente dramático: las voces esotéricas del más allá no se limitan a contarnos películas más o menos interesantes: dan consejos y directrices, y pueden llegar a decirnos todo lo que tenemos que hacer en la vida.  El creyente en ellas delega la dirección de su vida en las directrices que recibe del otro mundo.  La razón humana desaparece, el hombre deja de ser libre y se pone en manos de lo que le dicen las voces que oye.

Vuelvo a insistir en la gravedad de este asunto.  En las escuelas nos enseñaron muchas cosas, pero nunca se nos dijo que no hiciéramos caso si dios, la virgen, algún ángel, o lo que sea, nos hablaba desde el más allá.  Y son muchísimas personas las que hoy en día están escuchando esos mensajes, creyéndose su procedencia y siguiendo al pie de la letra sus directrices.  (En el capítulo sobre las semillas del suicido colectivo trataremos más en profundidad este asunto).  

La forma más sencilla y popular de recibir mensajes del más allá es a través de la ouija.  Su peligrosidad, cuando son personas inexpertas las que se disponen a recibir mensajes, está más que demostrada.  Se está empezando a comprender que es el grado de evolución espiritual de la persona, o grupo de personas, el que condiciona la calidad de los mensajes.  Aunque, yo dudo que existan personas totalmente realizadas espiritualmente, capaces de tener percepciones totalmente beneficiosas para la Humanidad.  No creo que existan profesionales espirituales capaces de recibir mensajes limpios de polvo y paja de maldad humana o de intereses egoístas personales o de grupo.

Pero, aunque no exista una calidad cien por cien positiva en la recepción de los mensajes del más allá, no cabe duda de que la categoría espiritual de quien recibe la transmisión es fundamental para la calidad del mensaje; pero es su calidad humana lo que da categoría a la revelación divina, no a la inversa. 

 La mayoría de las religiones basan sus doctrinas en directrices reveladas por dios a sus fundadores o grandes mediadores, dejando bien claro que la divina importancia de esos mensajes radica en el todopoderoso ser que los transmite y no en quien los recibe.  La euforia actual en la percepción de estos mensajes del más allá se basa en una descarada imitación de estos conceptos de percepción: no importa quien reciba los mensajes, lo único importante es quien nos los transmite.  De esta forma cualquiera puede recibirlos y dictar las sentencias sagradas del mismo dios.  Incluso en muchas ocasiones el atrevimiento renovador llega al extremo de descalificar las viejas revelaciones, alegando que las sagradas escrituras han sido manipuladas a lo largo de la Historia, y que, por lo tanto, la auténtica palabra de dios es la que se recibe ahora, mensajes vírgenes sin manipulación alguna; según ellos, naturalmente. 

Lamentablemente, un análisis de todos los mensajes divinos de varios de estos diferentes grupos renovadores, nos da como resultado una falta de concordancia a la hora de comparar su contenido, lo que hace sospechar que no sólo no fueron enviados por el mismo dios, a pesar de anunciarse como el único, sino que fueron creados por la mente o mentes colectivas que los percibieron.  Deducción a la que también llegamos cuando analizamos los mensajes de ese mismo dios totalitario a lo largo de varias de las grandes revelaciones que diversas religiones recibieron a lo largo de su historia.

En conclusión: todo parece indicar que los mensajes del más allá no provienen de un lugar más lejano que de los propios límites de la mente de aquellos que los perciben.  Ahora bien, también es cierto que no conocemos los límites de la mente humana.

Nuestra capacidad de crear realidades virtuales espirituales y a sus personajes es inmensa.  Las entidades típicas de la realidad virtual espiritual del cristianismo, por ser la religión más aceptada en Occidente, son las que más transmiten sus mensajes a nuestra gente.  La virgen María es el personaje que va en cabeza del volumen de mensajes retransmitidos.  Es de las pocas entidades femeninas importantes que hay en los cielos (hay que reconocer que por allá arriba son bastantes machistas), pero, haciendo honor a la fama de habladoras que tienen las mujeres, me da la sensación que habla más que todas las entidades masculinas juntas, no sé si será porque ella es así o porque nos gusta más a los humanos hablar de nuestras intimidades y profundidades con nuestra madre espiritual que con nuestro padre.  Habitualmente sus retransmisiones no son solamente de voz, sino también incluyen imágenes, pues es corriente que sus mensajes vayan acompañados de su presencia.  El resto de los personajes cristianos le siguen a la zaga en el volumen de sus retransmisiones, ya sean los ángeles, los santos, Jesucristo o el mismísimo padre creador de todas las cosas.

No creo que exista dioses o personajes espirituales que no se hayan dignado en alguna ocasión a dirigirse a los humanos de una o de otra forma.   El espiritismo consiguió que los muertos hablaran.  La magia negra continúa hablando con sus deidades en unos casos bondadosas y en otros terribles.  Sin olvidar a los típicos posesos que prestan su habla y su cuerpo a la entidad del más allá que se ha dignado a poseerlos.  Las religiones orientales también  tienen una gran variedad de dioses y no encuentran dificultad para hablar con alguno de ellos.  Y la nueva moda de la creencia en los mundos extraterrestres nos está deparando contactos con seres de otros mundos, desde donde nos retransmiten sus mensajes telepáticamente desde otras galaxias o desde las naves que hipotéticamente pululan por nuestros cielos.

Sugiero que no se dé más credibilidad a unos mensajes u a otros por tener mas fe en una procedencia o en otra.  En todos ellos, analizados minuciosamente, se aprecia una única procedencia.  Ya vengan de una estrella lejana, de un cielo, de un infierno o de un mundo de los muertos; todo se está guisando aquí, en el mundo de los vivos.

 


 

REVELACIONES PUBLICADAS

 

La mayoría de los mensajes recibidos del más allá permanecen en las secretas profundidades de las sectas.  Y muchos de los comportamientos anormales que observamos en ellas son provocados por seguir las directrices de estos mensajes divinos.  Una gran mayoría de dirigentes sectarios se creen representantes de dios en la tierra porque poseen esta percepción extrasensorial.  Se sienten elegidos para salvar al mundo, dios está con ellos, junto a ellos, hablándoles siempre que lo necesiten, cuando le hacen alguna consulta o le piden soluciones a los problemas.  Las voces de más allá que se están recibiendo en la actualidad están dirigiendo las vidas de muchísimas personas, lo que supone dejar la dirección de la vida a merced de los profundos impulsos psicológicos de la mente humana. 

Espero que a nadie le pille por sorpresa esta aseveración, pues voces que se recibieron en el pasado, y están archivadas en las sagradas escrituras de las religiones como grandes revelaciones, llevan dirigiendo la vida de gran parte de la Humanidad desde hace miles de años.  Para muestra recordemos los diez mandamientos.   

 A un nivel personal, yo he observado a compañeros y compañeras de camino hacer auténticas estupideces por obedecer lo que su voz interior le había dicho, o la voz del médium de la secta le había indicado. 

Yo nunca he recibido mensajes de este tipo; parece ser que los mandatarios divinos no se dignan a dirigirse a quien sospecha de su identidad, o quizás sea porque sencillamente tengo sintonizada mi conciencia en otra onda.  Lo que sí he recibido han sido directrices o consejos del más allá a través de los médiums que los recibían.  He de reconocer que al principio me impresionaron y me los tomé en serio, (era cuando todavía no tenía muy claro si provenían de allí o de las mentes de los de aquí); pero, a medida que estos se iban produciendo, los fui analizando minuciosamente, y empecé a observar en ellos unos defectos más propios de los humanos que de las entidades divinas que firmaban los mensajes.  Cualquier persona un poco conocedora de la psicología humana puede descubrir en estos mensajes miserias humanas por muy divinas que se anuncien las retransmisiones.

Los creyentes en estos mensajes consideran estos defectos como fallos en las retransmisiones, como si se metiera la onda humana en la onda que nos llega de los cielos, y nos llegara todo mezclado.  Según esta conclusión, es necesario limpiar de polvo y paja humana lo venido del cielo, lo que permite la manipulación y corrección a gusto del consumidor de los mensajes recibidos.   Estos correctores se creen capaces de saber qué viene del sublime cielo y qué viene del miserable humano receptor del mensaje; quitan lo que no creen conveniente para la ideología sectaria, resuelven las contradicciones que pudiera haber en los mensajes, aclaran las vaguedades, y organizan los textos de tal forma que apenas se aprecia la caótica forma en la que se recibieron.

Los mensajes del más allá pueden quedar tan bordados y tan cargados de sublime divinidad, después de haber sido repasados por expertos, que en muchas ocasiones se decide publicarlos para presumir de que los dioses están de parte de quienes los publican, y para hacer un gran servicio a la Humanidad, por supuesto, mostrándole la nueva voluntad divina revelada.

Un cálculo intuitivo nos dará la cifra aproximada de un uno por mil de mensajes publicados entre los recibidos a un nivel mundial.  Esto nos puede dar una idea de la enorme selección, depuración y criba que sufren los mensajes antes de ser mostrados al público.  La secta o el individuo que publica esos mensajes nos permitirá leer exclusivamente lo que desea que leamos.  Hay excepciones, en algunos casos se publica el texto íntegro de lo recibido, pero son casos excepcionales.

Como venimos diciendo, en las realidades virtuales espirituales se escenifican todas las realidades de nuestras profundidades, las malas y las buenas.  Y entre estas últimas se encuentra toda la gloria humana, representada en los dioses, sublime espiritualidad del hombre, divinidad que, como habitualmente no nos atrevemos a considerarla nuestra, nuestra mente nos la ofrece encarnada en las deidades o en las entidades espirituales positivas, que pueden enviarnos sublimes mensajes de amor y de paz.  Si se realiza una criba de los mensajes del más allá, desechando las miserias humanas ―dentro de lo que cabe―  pueden quedar unos textos gloriosos, de tan elevada espiritualidad que no tienen nada que envidiar a las antiguas escrituras.

Ahora bien, existe un problema con este tipo de literatura, y es un problema grave:  Si se cree que los autores de estas obras están en el más allá  ¿Qué hacemos con los derechos de autor?  No existe legislación al respecto.  En la mayoría de las ocasiones los médium que reciben el mensaje no quieren saber nada del copyright, ellos no se siente los autores de unos mensajes que en muchas ocasiones los reciben de forma inconsciente.  Al final suele hacerse cargo de los derechos de autor la secta a la que pertenece el médium.   Cada propietario o grupo de propietarios de la escritura hace lo que le da la gana a la hora de presentar su libro sagrado al publico, ocultando muy a menudo algunos de sus aspectos más importantes, engañando así al lector.

Por ejemplo:  yo estuve estudiando los libros de un maestro espiritual que vivió allí por el siglo de oro;  pues bien, después de llevar años estudiándolo me enteré de que esos libros no habían sido escritos por el susodicho maestro sino que habían sido canalizados, enviados desde el más allá a sus discípulos favoritos que andaban por aquí hará unas cuantas décadas.  Esto se da muy a menudo.  Es posible que una persona se lea un montón de libros de algún maestro virtual espiritual sin que se entere de que no está leyendo un libro normal, escrito por una persona normal en sus plenas facultades mentales.  Esto es un fraude muy grave.  Los legisladores deberían de preparar una normativa legal para este tipo de escritura, donde se obligara a especificar de qué forma se ha recibido del más allá el texto, cuándo y quién lo ha recibido, qué personaje espiritual supuestamente lo ha enviado, y quién lo ha cribado y retocado.  Es una pena que grandes obras espirituales se presenten al público con engaños, disimulando su auténtico origen. 

Revisando un catálogo de una librería esotérica he comprobado con alegría que las cosas pueden empezar a enmendarse, he observado que a este tipo de literatura se le ha puesto nombre de “narrativa de canalización”.  Con este calificativo se da a entender que el narrador, cuando escribe, es un canal de alguna fuerza o entidad espiritual.  Esta es una forma de empezar a poner las cosas en su sitio.  Pero anunciar que se trata de un texto canalizado, es decir solamente una parte de lo que habría que decir.  En otra ocasión me recomendaron leer un voluminoso libro canalizado en el que se anuncia claramente que se trata de un libro inspirado por una voz interior; pero no se especifica de quien es esa voz; y muchos de los que nos entusiasmamos con él, nos enteramos con sorpresa, cuando ya llevábamos tiempo leyéndolo, de que era el mismísimo Jesucristo quien había dictado semejante volumen.  Esto no es serio, ya en la portada debería de haberse anunciado el importante dato de su hipotética procedencia.  

Mi admiración hacia quienes están perdiendo el miedo a anunciar los mensajes del más allá como lo que son.  Los devotos de la virgen María son de los que menos vergüenza tienen para publicar los mensajes de su señora.  Las apariciones de Lourdes y Fátima sentaron un precedente que quita el miedo al ridículo a todo aquel que desea publicar lo que la virgen le está diciendo a él personalmente.

Los aficionados a los extraterrestres también le están perdiendo el miedo a anunciar sus canalizaciones.  Pero muchos de ellos no lo hacen muy abiertamente.  Como los escenarios de estas realidades virtuales son como mundos y universos de ciencia ficción, donde no hay dioses ni ángeles ni demonios, solamente extraterrestres más o menos evolucionados, da la impresión de que este tipo de percepciones de los mensajes del más allá son diferentes a los de las religiones.  Los libros así canalizados se camuflan entre las obras de creadores de ciencia-ficción.  Estos mensajes no se anuncian como revelaciones religiosas sino como transmisiones de mensajes telepáticos, lo que da la impresión de que no se trata de un fenómeno religioso, cuando en realidad tienen las mismas características, incluidas las visiones.  Hoy en día es tan corriente que la gente se reúna para presenciar una aparición de la virgen anunciada a través de una revelación, como para presenciar un avistamiento de un ovni anunciado a través de mensajes telepáticos.  A la juventud le fascina esta nueva moda de relacionarse con el más allá, creen que es realmente nueva, cuando en realidad sus cimientos son tan viejos como el mundo.

Estas revelaciones que se esconden entre la literatura de ciencia-ficción son otro motivo que hace necesaria una  legislación que evite el engaño.  En todo libro de este tipo se debe de especificar cómo ha sido inspirado su contenido.  Todo lector tiene derecho a saber si se trata de una obra de ciencia-ficción, creación de un escritor, o si se trata de mensajes recibidos, por el método que sea, desde más allá de las estrellas.  Tenemos derecho a saber qué estamos leyendo, y el editor tiene la obligación de anunciar las características especiales de lo que vende.

No se cesan de anunciar los beneficios de la lectura: se dice que la cultura nos hace libres, el conocimiento nos amplia la mente, los libros se anuncian como algo esencial para el hombre moderno; pero, si son motivo de engaño, del tipo que estamos denunciando, no ayudan en nada a nuestra libertad.

Repito que existen obras reveladas exquisitas, ahí están las antiguas escrituras. Y entre las modernas sucede otro tanto.  Estas obras tienen un tremendo atractivo en sí mismas, no hay porque avergonzarse ni ocultar su procedencia, eso es un fraude intelectual, un engaño a los lectores.  En todos los casos se debe de conocer que esas obras no fueron escritas por personas en plenas facultades mentales, sino que fueron dictadas desde donde sea y como sea a una persona sumida en un estado de trance.  La diferencia entre estos escritos y los normales es tan enorme que siempre debería de notificarse en la portada el tipo de libro que es.  Un escritor no es libre cuando está recibiendo un mensaje del más allá, en realidad no es un escritor, es sencillamente un receptor de algo que llega a su mente o a la mente del médium que lo recibe.  Y un lector no es realmente libre si no sabe si está leyendo la obra de un escritor o la obra canalizada por una persona que no tiene nada de escritor.

Espero que los legisladores no tarden en solucionar este atentado contra la libertad intelectual de los lectores. 

Puede argumentarse que no es necesaria tal legislación porque es muy pequeño el número de volúmenes editados de este tipo; pero, aunque sean pocos, su impacto psicológico en el individuo que cree en ellos es enorme, tan importante que incluso puede poner en peligro su vida, como veremos más adelante.  Son pocos los volúmenes declarados como tales, pero si desenmascaramos los que no están declarados abiertamente su contenido como procedente de una revelación, su número aumentaría enormemente.      Y, además, conviene prevenirnos de la avalancha que se avecina de nuevas ediciones de este tipo de literatura.  Todo parece indicar que se está produciendo un aumento de libros canalizados por los más variopintos personajes del más allá.  Es la consecuencia de la enorme cantidad de mensajes que se están recibiendo en el seno de las sectas y de la libertad de expresión que nuestra civilización permite.  Ahora solamente es necesario que, cuando vayamos a una librería, se respete nuestra libertad de elección y no se nos engañe vendiéndonos algo que no queremos comprar.  Urge una severa legislación al respecto.

 


 

LAS PROFECÍAS

 

Me temo que no hay voz del más allá, sea de quien sea, que no caiga en la tentación de profetizar.  Predecir el destino de la Humanidad, de algunos de sus pueblos o individuos, es típico de estas voces de nuestro interior.  La pulsación psicológica que produce este hecho virtual es nuestro deseo por conocer nuestro futuro.  Ya sabemos que en los sueños se realizan nuestros deseos; y en las realidades virtuales espirituales, sueños religiosos, no iba a ser menos.  Tal es nuestra inquietud ante lo que nos depara el futuro que un gran porcentaje de los mensajes del más allá tratan de nuestro destino, del individual, del de la Humanidad o de sus pueblos.  En las escrituras sagradas fueron los profetas, grandes mediadores entre dios y los hombres, quienes se dedicaron al oficio de la profecía.

Ya en el capítulo sobre las artes adivinatorias insinuamos que las  predicciones eran como un cálculo inconsciente de probabilidades.  A través de las revelaciones digamos que el adivino o el profeta se pone en contacto con el personaje del más allá, con el que habitualmente habla, y le pregunta sobre el futuro, o sencillamente la voz se lo revela sin pedírselo.  No hace falta decir que esta forma de futurología se llega a considerar la más efectiva, pues si es la voz de dios la que oímos, ¿quién mejor que él para anunciarnos lo que nos va a suceder?

Sin embargo, es una forma muy seria de poner a dios a prueba, tan seria que no suele superarla, pues dios se equivoca muy a menudo.  Y, si él se equivoca, no digamos su espíritu, sus ángeles o sus santos, los muertos que nos hablan del más allá o el mismísimo demonio.  Los fallos proféticos están a la orden del día en la multitud de mensajes que se están recibiendo en los ambientes sectarios.  No hay dios que en la actualidad nos prediga con exactitud el futuro.

Los creyentes en las escrituras antiguas consideran que las viejas profecías son las buenas, y que las modernas sólo son supercherías de falsos dioses charlatanes.  Según ellos, fueron muchos aciertos los que tuvieron los profetas de la antigüedad.  Claro que esto es algo que no se puede demostrar, pues para realizar tal comprobación es necesario tomar nota de la profecía antes de que caduque la fecha del acontecimiento que anuncian, para evitar retoques posteriores; y eso es algo que ahora no podemos hacer. 

Es muy fácil resaltar un acontecimiento como profético después de que el acontecimiento haya sucedido.  La cantidad de mensajes proféticos que una persona conectada con el más allá puede recibir es inmensa, y es muy fácil desechar todos sus desaciertos cuando ya ha sucedido un acontecimiento importante.  Y si sus mensajes proféticos son de dudosa interpretación, mucho mejor para engañarnos, pues dará pie a varias interpretaciones, y el porcentaje de desaciertos quedará reducido.

Y en el caso de desear resaltar un acontecimiento importante para una secta de elegidos, como puede ser el caso del nacimiento de su fundador, es muy fácil encontrarle un profeta que entre sus miles de trances proféticos lo haya anunciado, y desechar todos sus desaciertos y a todos los demás profetas que ni se aproximaron a predecirlo o predijeron acontecimientos diferentes.  Las anunciaciones de nuevas encarnaciones espirituales se producen a diario.

En la India podemos observar cómo son anunciados los nacimientos de casi todas las personas que son proclamadas después dioses vivientes.  Esto sucede en primer lugar porque a todas las familias bien avenidas, que desean tener a un niño dios en su familia, procuran que así se lo profetice algún adivino; si después el niño no les sale dios, se le echa la culpa a algún demonio, se olvida el intento, y aquí no ha pasado nada;  y, en segundo lugar, son tantos los adivinos que en la India gustan de profetizar, que después de que el gurú ya se ha proclamado como una entidad espiritual, no es difícil encontrarle un adivino que asegure haber profetizado la nueva encarnación.  Por esta razón los hindúes escuchan las profecías de las nuevas venidas como quien oye llover, pues llevan miles de años escuchando a charlatanes que traducen su no menos charlatana voz interior.

Pero en Occidente no estamos acostumbrados a esta charlatanería, la inquisición religiosa hizo enmudecer durante siglos a nuestros dicharacheros profetas.  A muchos de nosotros se nos inculcó en las escuelas que las profecías eran escritos muy sagrados, intocables y de indudable procedencia divina.  Y cuando nos encontramos ahora en las sectas con mensajes del más allá, los relacionamos con los de las grandes escrituras, con esos documentos venerados durante siglos por nuestra civilización; y, aunque no lleguemos a creernos por completo las modernas revelaciones, nos afectan muy directamente, pues siempre nos queda la duda de que pudieran llegar a ser ciertas.

            Ahora bien, hoy podemos zafarnos del poder de sugestión de las profecías actuales con cierta facilidad.  Nuestro nivel cultural y la tecnología nos permite dejar constancia impresa, o grabada de viva voz, de la profecía antes de que concluya el plazo de su predicción.  De esta forma podemos estudiar tanto su contenido como su porcentaje de aciertos.  Ciertos creyentes sectarios, orgullosos de los mensajes del más allá que reciben, suelen dejar constancia escrita de ellos, intentando crear su historia sagrada particular, no siendo muy conscientes de que de esta forma se pueden analizar sus profecías, observar su elevado porcentaje de desaciertos, y poner en peligro así la credibilidad de sus dioses. 

            Ésta es una de las formas en que las sectas modernas están perdiendo su credibilidad.  Si dios nos habla, y nos predice el futuro, si se equivoca, es  evidente que no es dios.  Por esta razón, la mayoría de los grupos sectarios, conscientes de los peligros que de los mensajes proféticos encierran para su seguridad y la de sus veneradas voces del más allá, ocultan la copia exacta de lo revelado y proclaman públicamente una profecía retocada, que dé pie a varias interpretaciones para reducir así el riesgo de fallo profético.  Pero aún después de estar manipulada, y de reducir así el riesgo de fracasar en la predicción, termina por fracasar de todas maneras.

Cuando una persona lleva décadas deambulando por diferentes sectas, puede acabar tan harto de tanta profecía caducada sin que hubiera dado en la diana, que no es infrecuente que empiece a dudar de todas ellas y a no creerse ninguna. 

Como venimos dando a entender, todos estos fenómenos paranormales de voces interiores ―que suelen ser muy corrientes― se cuecen en las profundidades de nuestra mente, y son creados por nuestra inteligencia inconsciente, por lo que tampoco hay que subestimarlos.  Nuestra profunda inteligencia no tiene un pelo de tonta, y nos puede engañar muy fácilmente, por lo que es necesario ser más inteligente que ella para evitar el engaño.  Un engaño que por otro lado no tiene otra razón de ser que todo lo que queramos engañarnos nosotros mismos.  Y hemos de reconocer que en los planos espirituales somos propensos a dejarnos engañar muy a menudo.  Si no fuera así, no tendría porque haber tantos fracasos proféticos en la actualidad.  Nuestra inteligencia profunda es capaz de hacernos un cálculo de probabilidades inconsciente ―como comentamos en el capítulo sobre la adivinación― con un gran porcentaje de aciertos.  Pero sucede que en las profecías entran impulsos psicológicos profundos, escenificados en las realidades virtuales espirituales en vez de en nuestra realidad, lo que causa graves errores en los cálculos de probabilidades de futuro que pueda hacer nuestra mente profunda.

Los mensajes del más allá, al proceder de los personajes virtuales de nuestra mente religiosa, se esfuerzan más en demostrar que ellos son reales que en predecir el futuro.  Si existe, por ejemplo, en las creencias del profeta, tanto un cielo como un infierno, un dios o un diablo, estos escenarios y personajes entrarán a formar parte de sus profecías, y procurará dejar bien claro que nuestro futuro es creado por ellos.  Y predecir el futuro de quienes vivimos en este mundo por consecuencias de quienes supuestamente viven en otro, es un empeño que en mi opinión no da buen resultado.

Tanto es así, que un simple adivino, que no utilice a personajes virtuales espirituales, tiene menos riesgo de equivocarse que quienes los invocan para recibir sus pronósticos de futuro a través de la revelación profética.  Parece ilógico que un echador de cartas o un astrólogo, a pesar de su elevado porcentaje de desaciertos, tenga menos probabilidades de equivocarse que dios, a la hora de predecir el futuro.  En las predicciones proféticas entran pulsaciones psicológicas profundas encarnadas en los personajes espirituales que falsean su contenido.  Sin embargo, aunque esto es cierto, también es cierto que una predicción divina impacta con mucha más fuerza en el creyente que las predicciones de un echador de cartas.  El poder de fascinación de los dioses o de cualquier otro habitante de los cielos es inmenso.  Y, aunque su engaño quede de manifiesto en el fracaso de los mensajes proféticos, su credibilidad, ―y esto es sorprendente― apenas queda puesta en entredicho.  El elevado grado de realidad con el que se perciben los mensajes del más allá, supera al grado de irrealidad de sus predicciones proféticas, por lo que el creyente suele continuar creyendo en sus voces aunque éstas no cesen de meter la pata en lo que a predicciones respecta.

En los últimos años, los dioses o las entidades divinas sectarias, nos están hablando bastante claro en cuanto a nuestro futuro.  No sé si será porque se deja constancia inmediata en cuanto se reciben los mensajes, o porque las voces del más allá están decidiendo abandonar su oscurantismo profético.  El caso es que las modernas profecías ya no tienen pelos en la lengua y nos hablan tan claro de nuestro futuro como nos hablan los astrólogos en los horóscopos de los periódicos o de las revistas.  Por supuesto que no se ponen de acuerdo, en como nos va a ir en el futuro, ni los diferentes astrólogos entre sí, ni las diferentes voces del más allá.  Nunca he entendido bien cómo es posible que continuemos confiando en las predicciones astrológicas, cuando existen tantas contradicciones y falta de acuerdos en sus predicciones.  Y de igual forma tampoco me explico nuestra adicción a las profecías a pesar de que fracasen tan a menudo.  Habríamos de sospechar que es nuestra ansia por conocer nuestro destino y la maestría en torear con el futuro del adivino o del profeta lo que nos incita a creernos las predicciones, más que su por su capacidad de acierto. 

Las voces del más allá, si se las dan de divinas, es porque son capaces de engañarnos divinamente.  Las profecías producidas en el seno de una secta se enraízan en las creencias de ésta, en sus realidades virtuales espirituales, de tal forma que crean conclusiones de futuro obvias para sus creyentes. Ahora, háganse ustedes una idea de la cantidad de profecías diferentes que se están recibiendo en la actualidad, con la cantidad de creencias diferentes que provoca la proliferación de sectas.  Es inmenso el número de profecías que se están generando en nuestros tiempos.  Unas nos auguran un futuro feliz y otras nos lo ponen más negro que el carbón.  Normalmente, la mayoría nos dan una de cal y otra de arena.  Un caso típico es aquel que nos augura un futuro muy negro como no seamos capaces de seguir las directrices doctrinales de la secta donde se reciben esas canalizaciones proféticas.  Ya es sabido que las sectas o religiones aprovechan todos los argumentos  hipotéticos que pueden para convencernos de lo que no pueden convencer de otra manera.

 


 

EL FRACASO DE LOS MENSAJES APOCALÍPTICOS

 

            De todos los mensajes que se reciben del más allá en la actualidad, son los de carácter apocalíptico de los más sorprendentes; no por las extraordinarias predicciones destructivas en sí, a las que ya estamos  acostumbrados los viandantes sectarios, sino por su insistencia en dictarlas de nuevo después de haber fracasado en sus anteriores pronósticos.  Las diferentes voces proféticas son capaces de no cesar de emitir predicciones apocalípticas, aun después de que cada una de ellas hayan caducado sin haberse producido nada de lo que pronosticaban iba a suceder.  No puedo recordar la enorme cantidad de veces que en mi caminar por los mundos sectarios he oído anunciarse el inminente final del mundo sin que la llegada de la fecha fatídica nos deparara nada anormal.

En los primeros tiempos de mi caminar por las sectas, cuando se acercaba la fecha de algún temido final anunciado, permanecía temeroso a la espera del fin del mundo; pero, he traspasado tantas de esas fechas señaladas como terribles para la Humanidad, sin que haya pasado nada más anormal que lo que ocurre a diario, y he sido testigo de tantos finales del mundo caducados que, ahora, cuando me llegan noticias de que se continúan recibiendo nuevos mensajes apocalípticos, lo único que pienso es en el descarado atrevimiento de las voces del más allá, en su absurda insistencia en predecir el final de mundo, y en el tremendo fracaso de estas profecías que nunca llegan a cumplirse.

Aunque, quizás, el fracaso de los mensajes apocalípticos no sea tan rotundo.  Uno termina por sospechar que existen otras razones, aparte de anunciar un final del mundo que no va a suceder, que justifiquen tan tenaz insistencia en continuar promulgando tantos pronósticos fallidos.  Tras el mensaje apocalíptico es evidente que se esconden otras fuerzas o intereses ocultos aparte de su aparente y absurda misión principal de avisar de un final que nunca termina de llegar. 

            Una de las explicaciones más “convincentes” que he podido escuchar en los ambientes sectarios, para justificar tanto fallo profético apocalíptico, es que dios se apiada de nosotros y nos concede prorrogas de vida constantemente, con la esperanza de que nos enmendemos.  Como podemos ver, la capacidad de engañarse que el creyente puede alcanzar no tiene límites: no sólo no se percibe la caducidad del mensaje apocalíptico como un engaño, aunque este se repita a menudo, sino que además sirve de base este hecho para ensalzar todavía más la bondad divina y a su sagrada voz que, además de no mentir nunca, es muy compasiva con nosotros.

            También se pueden deducir de las intenciones proféticas otras intenciones: digamos que el mensaje apocalíptico no tiene la función primordial de avisar de un final ―que al final no va a suceder―, sino de sacudir la pereza del creyente en su trabajo de realización espiritual dándole un susto de muerte.  La amenaza del final apocalíptico fuerza a seguir una doctrina.  Nadie desea caer en la desgracia de estar en el bando de los malos cuando llegue ese temido apocalipsis que se anuncia a la vuelta de la esquina.  Parece ser que ésta es una amenaza necesaria que diferentes religiones o vías espirituales necesitan para que los creyentes no abandonen la fe y practiquen severas doctrinas.  Es el típico cuento del ogro utilizado a menudo para asustar a niño, diciéndole que como no se porte bien vendrá a por él y se lo llevará.

            Espero que algún día dejemos de ser niños en esto de caminar espiritualmente.  Aunque muchas doctrinas consideren necesario ser como niños para entrar en el reino de los cielos, no creo que con eso quieran decir que seamos tan tontos que nos dejemos engañar como a niños.

Y, si se trata de un engaño tan descarado, resulta obvio que importantes ventajas proporcionarán tales profecías para que se hayan utilizado tanto en la antigüedad y se continúen utilizando tan a menudo en nuestros días.  No olvidemos que los mensajes apocalípticos encierran una gran amenaza para los infieles, y un premio para los creyentes que se portan bien dentro de la doctrina de la secta o religión en la que se reciben o se recibieron las profecías apocalípticas.  La tremenda dualidad entre el premio eterno o el castigo eterno, que encierra el mensaje apocalíptico, no deja lugar a dudas de la necesidad de la fe o de cómo hay que comportarse dentro de una creencia.  En mi opinión, si las grandes religiones no hubieran hecho uso del mensaje apocalíptico no serían tan grandes en la actualidad.  Es una herramienta tan eficaz, para convencer a los creyentes de que están en el camino de la verdad, que muy pocas sectas de moderna creación se privan de ella.  Naturalmente, las variaciones en los diferentes detalles de los premios o de los castigos son inmensas.  Tengo que reconocer que no conozco todos los detalles de todos lo apocalipsis que pueden circular hoy en día por esos mundos de dios.  Entre los más originales que han llegado a mis oídos se encuentran aquellos que resultan de unir varias realidades virtuales espirituales.  Un prototipo de apocalipsis moderno quedaría así, más o menos:  Será el mismísimo Jesucristo quien vendrá a salvar al mundo al mando de un ejército de naves extraterrestres.  Los sabios alienígenas nos analizarán el aura a todos los terráqueos, y aquellos que no den la talla vibracional adecuada se quedarán en tierra, y todos los que tengan el aura rosa se los llevarán a un mundo mejor.  Por supuesto que los que se queden aquí será para padecer las penalidades y la muerte provocadas por un mundo que se quedará a oscuras ―o algo así―, por causa de algún planeta o meteorito descomunal que los aniquile como fueron aniquilados los dinosaurios.  Y al cabo de los años, cuando vuelva la luz a nuestro mundo, las naves devolverán a los buenos a la tierra, que habrá vuelto a ser un planeta azul completamente renovado, con todos los malos enterrados bajo las cenizas apocalípticas.

            Este es un ejemplo típico de apocalipsis moderno, por supuesto que los detalles varían según las diferentes vías espirituales en las que se produzcan.   Necesitaríamos de un voluminoso libro para incluir en él los detalles de todos ellos, y muchos no llegaríamos a conocerlos, pues en muchas ocasiones no salen de las secretas cámaras sectarias.  Solamente recalcar que son muchas las formas de arrasar la Tierra que las calenturientas imaginaciones de los profetas apocalípticos se inventan para transmitirnos su propio terror interno, así como también son muchas las formas en las que serán salvados todos los buenos, según la medida de buenos y malos que se utilice, claro está.  Y no se piense que se puede sacar de todos ellos una conclusión determinada de cómo será el final del mundo auténtico (si es que éste llega algún día), las variaciones en las circunstancias apocalípticas son tan diferentes e incompatibles, según unas profecías u otras, que no hay manera de sacar una conclusión al respecto.  Si embargo, sí que podemos continuar sacando conclusiones sobre las fuerzas o intereses que motivan la emisión de estas profecías, pues, aunque todos los apocalipsis sean diferentes, los motivos que se esconden tras ellos son los mismos. 

            Tras estas manifestaciones proféticas de las voces del más allá no solamente se esconden descarados engaños, hemos dicho en varias ocasiones que todo lo que se escenifica en las realidades virtuales espirituales está impulsado por fuerzas de nuestro inconsciente interior.  Y en la memoria residual del inconsciente colectivo de la Humanidad residen tantas tragedias vividas en nuestro pasado histórico, tanto terror acumulado, que no es de extrañar que la atmósfera sagrada, en su labor de profundizar en el hombre, saque a la luz a través de los mensajes apocalípticos todo el pánico que los seres humanos vivimos en nuestras pasadas guerras o en otras calamidades naturales.

            Este terrorífico recuerdo inconsciente de nuestra raza puede escenificarse en las ensoñaciones de la realidad virtual espiritual como sueños de futuro, de igual forma que en los sueños que tenemos cuando dormimos aparecen pesadillas provocadas por recuerdos de alguna tragedia vivida en nuestro pasado.

            Este pánico venido de nuestra memoria profunda no es el único motor inconsciente de los mensajes apocalípticos: tras ellos también se esconde nuestro oculto instinto de muerte.  Probablemente, las voces del más allá que oía el hombre primitivo, la de sus dioses, tal y como sucede en la magia negra, le incitaban a realizar sacrificios de animales o de seres humanos.  Personas que probablemente accedían complacientemente a satisfacer la sanguinaria demanda de sus dioses ofreciéndoles su propia vida.  Digamos que el instinto de muerte que subyace en nuestras profundidades es capaz de hablarnos en los mensajes que recibimos del más allá.  Escondido tras la personalidad de cualquier dios o entidad espiritual, se puede dirigir al hombre induciéndole su instinto autodestructivo, pidiéndole el derramamiento de su propia sangre.  Esto conlleva un peligro enorme, pues induce al suicidio.  En los mensajes apocalípticos se manifiesta una clara influencia del instinto de muerte, en ellos se escenifica de forma inmejorable el final que a todos nos espera: nuestra propia muerte.  La atmósfera sagrada saca de nosotros ese pánico inconsciente y lo pone en escena.  La conciencia de la terrible realidad de la muerte reside latente en nuestro interior, y no somos conscientes de ella hasta el momento en que nos acercamos al final; pero la atmósfera sagrada puede adelantarnos la conciencia de nuestro destino definitivo, mostrándonos antes de tiempo nuestra muerte anunciada en los mensajes apocalípticos e induciéndonos a adelantar la fecha de nuestra muerte.  El apocalipsis inminente consigue enfrentar al creyente con su propia muerte, es como un viaje en el tiempo que consigue llevar a su final al creyente antes de que haya llegado su hora.

            Y junto al miedo y al instinto de muerte, la violencia; un trío inseparable de pulsaciones psicológicas humanas que suelen trabajar en equipo.  La agresividad, convertida en el ataque al infiel, es algo también claramente manifestado en los mensajes apocalípticos.  No se trata de una agresión directa, pero sí es una maldición, es el mal de ojo de la magia blanca, una maldición a lo grande, apocalíptica, eterna.  Todos los infieles, al final de los tiempos serán arrojados al fuego eterno.  Es la maldición de los pacíficos, su agresividad manifestada contra quienes no creen en lo que ellos creen.  Es el gran terrorismo psicológico que lleva miles de años padeciendo la Humanidad, la opresión de la maldición divina fuerza al creyente a continuar siéndolo, so pena acabar en el sufrimiento eterno; e incita al infiel a dejar de serlo, pues nadie quiere padecer ni una remota posibilidad de ser abrasado por toda una eternidad.

            Esta violencia psicológica se materializa en ocasiones:  la maldición divina apocalíptica puede ser materializada antes de tiempo por violentos fanáticos que se sienten una avanzadilla de las fuerzas destructoras divinas que arrasarán a la humanidad.  La persona religiosa puede llegar a sentirse un instrumento divino de su soñado apocalipsis, mano ejecutora con derecho a matar a todos aquellos que considera malditos, despiadado asesino del prójimo que no ostenta sus mismas creencias.  Un hecho que los gobiernos y ciudadanos amantes de la paz no han de olvidar nunca si no quieren arriesgarse a perderla.  Si bien es cierto que la religiosidad encierra grandes valores humanos, también es cierto que esconde grandes maldades humanas.

            Y después de crear el terror, el apocalipsis crea la soñada liberación, la esperanza para los creyentes: el premio.  El nacimiento del anticristo es neutralizado con el nuevo nacimiento del Cristo.  A mis oídos han llegado a lo largo de treinta años varios anuncios de nacimientos del anticristo y de Jesucristo.  En los primeros años de mi deambular por las sectas quedaba impresionado por estos acontecimientos que supuestamente estaban sucediendo en el mundo, pero a medida que transcurrieron los años, y me iban llegando noticias de nuevos nacimientos, empecé a sospechar que todo era un montaje de mentes calenturientas proféticas tras el cual esconden los intereses más ruines de las sectas. 

Los lugares de nacimiento del supremo bienhechor o malhechor dependen de lo bien o de lo mal que los diferentes países caigan a los modernos profetas: si un país cae bien, allí nacerá Jesucristo, y los países con ideologías religiosas, contrarias a quien profetiza, serán los candidatos para que en ellos nazca en anticristo.  Supongo que estos dos personajes antagónicos continuarán naciendo todavía.  Si fuera cierto todo nacimiento que de ellos ha llegado a mis oídos, ya habría en el mundo multitud de cristos y de anticristos con diferentes edades cada uno. 

Recomiendo no dejarse impresionar por los detalles de estos nacimientos que nos puedan notificar, supongo que cada año se continuarán anunciando estas nuevas venidas; es otra forma de sustentar unas profecías apocalípticas que no se sustentan por sí mismas.    

            Pero, aunque no se sustenten ya las predicciones apocalípticas, éstas continuarán anunciándose, porque las ventajas que proporcionan a las sectas o religiones son innegables; vamos, que no tienen desperdicio.  Incluso en el nivel económico, los apocalipsis son una importantísima fuente de ingreso para todo tipo de asociación de creyentes en ellos.  Cuando el creyente es convencido del inminente final del mundo, ya no tiene porqué continuar manteniendo ni atesorando posesiones materiales, el mejor fin que puede dar a su dinero es entregarlo a la misión de la secta o religión en la que esté sumergido, para salvar la mayor cantidad de almas del apocalíptico final que se avecina.  Es una manera de ganarse el cielo y de salvarse de estar en el bando de los malos cuando llegue el juicio final.  El creyente en el apocalipsis inminente no duda en desprenderse de sus bienes materiales que pronto no le van a servir de nada.  las profecías apocalípticas inminentes, aunque se repitan a menudo poniendo de manifiesto su fracaso, provocando así alguna que otra merma en su credibilidad, producen tales ingresos a las arcas de las sectas que las emiten, que les resulta más rentable continuar anunciando próximos finales del mundo, que dejar de hacerlo.  Éste es uno de los engaños que más recaudación proporciona a las sectas y a las religiones. 

Quizás por esta razón se están profetizando apocalipsis cada vez con fecha más próxima, los últimos que he oído se anuncian con uno o dos años de límite para el fin del mundo (no hay porqué preocuparse, muchos de ellos ya caducaron).  Está claro que cuando antes se anuncie el final del mundo, antes soltará su dinero el creyente; sin darse cuenta de que de esta forma está labrando su propio apocalipsis, económico en este caso.  Terminará en la ruina, sufriendo en el bando de los perdedores, esperando su liberación que no terminará de llegarle nunca, pues, aunque le hayan anunciado la inminente venida de su salvador, verá como llega la liberadora fecha anunciada ―y sus correspondientes prórrogas― sin que suceda nada de lo profetizado.

La desesperación puede ser tal para quienes llevan tantas liberaciones  anunciadas sin producirse, para quienes han dedicado toda su vida a la ilusión apocalíptica, y los sectarios son tan reacios a reconocer que están equivocados, que, ante el anhelado apocalipsis que no termina de llegar nunca, pueden llegar a crearlo ellos mismos terminando con su propia vida.  Los suicidios colectivos son actos desesperados por realizar lo que se lleva mucho tiempo esperando y no acaba de suceder.  Tragedias de las que el mundo ya ha sido testigo en varias ocasiones.

 


 

LAS SEMILLAS DEL SUICIDIO COLECTIVO

 

            Este capítulo es el más importante de entre los dedicados especialmente a advertir de los peligros que encierran las sectas.  Los suicidios colectivos son uno de los mayores peligros que se ocultan en los grupos de trabajo espiritual.  Habitualmente se culpa a un líder o a una doctrina de estos desgraciados hechos, sin detenerse a estudiar las causas de por qué sucedieron.  Con la sencilla explicación de que se les lavó el cerebro a los miembros de la secta, que acabaron suicidándose, ya se pretende justificar la tragedia.  De esta sencilla forma consentimos en dar por comprendidos unos hechos que son mucho más complejos de lo que creemos.  

            La primera causa de suicidio no hemos de buscarla en nada extraordinario.  Como ya hemos comentado en otros capítulos, la mayoría de las religiones o de caminos espirituales ya inducen a menospreciar la vida e incluso a dañarla.  Recordemos los virtuosos actos mortificadores de su cuerpo que los místicos tiene por costumbre llevar a cabo, y el anhelado martirio que muchos de ellos ansían.

            No deberíamos subestimar esta enorme atracción que muchas de las sectas, e incluso religiones oficiales, experimentan hacia la autodestrucción.  La dura represión de las pasiones del cuerpo, como medio para alcanzar las virtudes espirituales, puede llevar a anular totalmente la vitalidad de nuestro organismo.  El síndrome del martirio en Occidente viene impulsado por el anhelo imitador de nuestro más importante maestro espiritual.  Tan grande es este anhelo imitador, que los estigmas de la pasión de Cristo continúan apareciendo en numerosos individuos.  Existe una especie de sed por conseguir la expiación al estilo más puro y duro cristiano.  Y como ahora los sistemas policiales de los países desarrollados no crucifican, como hace dos mil años a los revolucionarios religiosos o políticos, las personas que intentan revivir aquellos gloriosos tiempos no dudan en crucificarse a sí mismas. 

La creencia de que no somos de este mundo incita a despreciar esta vida y a valorar la vida de otro plano virtual espiritual.  Muchas personas de cierta sensibilidad espiritual sienten que no son de este mundo, y ese sentir puede acabar en el deseo de abandonar su vida.

Sabemos que los miembros de las sectas tienen otra visión de la realidad diferente a la nuestra, ellos viven en su mundo particular, celestial; y la realidad en la que vivimos nosotros, en muchos casos, se les antoja temible, demoniaca.  Esta sola creencia ya crea un suicidio virtual, un negarse a vivir en este mundo y a disfrutarlo, un cambiar la vida de aquí por la de allí, por la del más allá.  Muchos sectarios religiosos fijan su vida tan obsesivamente en su mundo espiritual, y aborrecen tanto éste, que solamente necesitan una pequeña excusa para abandonar nuestro mundo con la esperanza de alcanzar así el suyo.

Es habitual que un sectario nos hable de su vida feliz actual y de la mala vida que llevaba antes de entrar en la secta.  El efecto terapéutico de la atmósfera sagrada le resultó tan efectivo que ya no sabe vivir sin él, de tal forma que puede llegar a sentir pánico cuando vislumbra la posibilidad de volver a vivir su enfermizo o doloroso pasado.  El sectario prefiere irse a su paraíso particular virtual del más allá antes que ser absorbido por el mundo, antes que volver a su dolorosa vida anterior.

La drogadicción mística también es una de las semillas que pueden ayudar a provocar un suicidio colectivo.  La felicidad que se puede experimentar inducida por ella es en cierta forma semejante a la que experimenta el drogadicto.  Y la idea de que en el otro mundo habrá mucho más polvo blanco celestial, muchos más elixires divinos arrebatadores, fascina a los miembros de estos grupos de catadores de sustancias espirituales.  Muchos de los adictos a las drogas espirituales no pueden evitar anhelar irse de aquí, donde tan racionadas tememos las drogas divinas, y desear una muerte que les llevará a un soñado paraíso embriagador lleno del polvo blanco de los dioses.

Y no olvidemos que todo esto se vive en una ardorosa confraternidad.  Los sectarios están muy unidos.  Su amor fraterno les une en sus aspiraciones.  La esperanza de alcanzar el glorioso más allá suele ser compartida por el grupo.  Y si alguno de sus miembros puede no estar de acuerdo con ese anhelo de irse al más allá, si la mayoría del grupo y su líder están de acuerdo, o sale corriendo de su amoroso hogar sectario, o correrá el riesgo de ser arrastrado por la mayoría animada a abandonar este mundo para iniciar su glorioso viaje final. 

Es aconsejable, para todo aquel que ha decidido pasearse por el interior de las sectas, permanecer alerta en cuanto oiga alabanzas a favor de un paraíso que exige abandonar el mundo para alcanzarlo.  Si no se comienza desde un principio retirando de nuestro huerto las abundantes semillas de suicidio que las ideologías sectarias pueden arrojar sobre él, correremos el riesgo de que acabe brotando un seductor instinto de abandonar este mundo o de maltratar nuestro cuerpo, con la “sana” intención prometedora de conseguir así la soñada vida gloriosa de nuestra alma.  Si no actuamos desde un principio censurando todo pensamiento que atente contra nuestra alegría de vivir en este mundo o contra nuestra vitalidad corporal, podríamos algún día sin darnos cuenta encontrarnos al borde del suicidio. 

Aunque los suicidios colectivos en las sectas no se produzcan en número alarmante, me atrevería a asegurar que sí es alarmante el número de las que se encuentran al borde del suicidio colectivo por haber sido seducidas por ideologías religiosas represoras del vivir en este mundo.  Esto es algo que siempre se ha de tener en cuenta, sobre todo cuando los poderes de nuestra sociedad les amenacen.  Una amenaza judicial de disolución de una secta puede provocar tal pánico en el rebaño sectario que todos los corderos pueden acabar en el fondo de ese precipicio de muerte en cuyo borde se encuentran.  No podemos amenazar a los miembros de una secta con privarles brutalmente de vivir sus glorias sectarias.  Los gobiernos y sus departamentos policiales han de ser sumamente cuidadosos a la hora de tratar estos grupos o asociaciones.  Una pequeña muestra de agresividad hacia ellas puede desencadenar un suicidio colectivo.  El mundo es uno de sus mayores enemigos, sus miembros le tienen pavor.  Los sectarios viven en su realidad virtual particular, alejados de una sociedad que tanto les persiguió y les martirizó a lo largo de la Historia.  Un temor en cierta medida justificado, pues persecuciones de sectas en el pasado fueron pavorosas.  No es de extrañar que se sientan temerosos de que los poderes mundanos puedan acabar con ellos o robarles sus glorias.  No conviene bajar la guardia ante el pánico autodestructivo que podemos generar en una secta con una sencilla redada policial; ésta podría ser interpretada como un ataque del demoniaco mundo que tanto temen, o como un final apocalíptico.  Podría desencadenarse tal pánico en el seno de la secta, que les llevaría tomar la decisión de emprender un suicidio colectivo antes de caer en las garras de los terribles poderes mundanos que prevalecen en sus calenturientas imaginaciones.

Poderes que, aunque no sean tan demoniacos como los presentan, en cierta manera existen.  Pues, si bien es cierto que en la actualidad los sistemas policiales de los países desarrollados están siendo tan benevolentes con las sectas como nunca lo han sido, hemos de reconocer que la distribución del poder religioso no es ni equitativa ni democrática.  Raro es el país Occidental que no permite a su religión oficial erigirse como la gobernadora del espíritu de sus ciudadanos, concediéndole unos privilegios sociales que suelen ser utilizados en contra de las diminutas sectas discrepantes con ella.  Si realizamos un análisis comparativo entre lo que la justicia social permite a las religiones oficiales y a las sectas, observaremos que a las sectas se les da mucho menos margen de libertades que a las religiones oficiales.  Los rituales que atentan contra la salud mental o física de los individuos son consentidos por la sociedad cuando se producen en el seno de las religiones oficiales, y reprimidos judicialmente cuando se producen en el seno de las sectas.  Un ejemplo de ello lo tenemos en los monasterios de clausura de las religiones oficiales: si a una secta se le ocurriera actuar de manera similar con sus acólitos, la policía no tardaría en “liberarlos” de tan maléfico lavado que cerebro que les estaba obligando a encerrarse hasta el final de sus días.  Sería tan grande el escándalo, y las denuncias de las familias que tuvieran a algunos de sus miembros encerrados en clausura serían tan numerosas, que toda la sociedad induciría a los jueces a disolver a toda la secta.  Mientras a la vuelta de la esquina, una religión oficial, con sus monasterios de clausura asentados en la tradición cultural, lleva siglos haciendo lo mismo sin que nadie diga esta boca es mía.

Es evidente que la clausura es otra de las importantes semillas del suicidio colectivo.  Es un importante paso hacia la muerte, es un abandonar las pasionales pulsaciones de la vida, es una forma de enterrarse en vida anticipadamente.  Es otra forma de dejarse llevar por el instinto de muerte, pues tras todas estas semillas del suicidio colectivo de las que estamos hablando subyace el instinto de muerte.  Tenebrosa fuerza destructiva que motiva muy a menudo gran parte de las movidas de los mundos espirituales, mucho más a menudo de lo que se piensa.  No podría ser de otra manera: si las movidas espirituales son impulsadas por nuestras pulsaciones psicológicas, el poderoso instinto de muerte tendrá que ser un importante protagonista en todas las realidades virtuales espirituales.  Cualquier persona que no tenga intención de ser atraída por la muerte antes de llegar a la vejez, y tenga intención de estudiar en cualquier escuela esotérica, espiritual o religiosa, habrá de estar muy alerta para no caer antes de tiempo en un morir místico que le lleve a la tumba.

Existe una importante creencia, muy arraigada en muchos de los caminos espirituales y religiones, que nos asegura la necesidad de sufrir una metamorfosis para alcanzar un auténtico cambio interior.  Esta metamorfosis se basa en la premisa de que el nacimiento del hombre nuevo nunca podrá experimentarse en uno mismo si no muere nuestro hombre viejo, animal para más señas.  Esta creencia supone la necesidad de matar a nuestro pernicioso ancestro, de llevarlo a la muerte anulando sus impulsos vitales.  Es la virtuosa matanza de los vicios, de las pasiones animales, de todo aquello que nos estorba en nuestro caminar espiritual.  Aspectos perniciosos que varían considerablemente según unas creencias u otras, de tal forma que si una  persona conoce varias de estas doctrinas asesinas del mal que llevamos dentro, al final no sabrá muy bien qué será lo que deberá de matar de su interior, pues unas doctrinas le dirán que entierre unos aspectos psicológicos y otras le dirán que entierre otros.  Y éste será un buen momento, en mi opinión, para dejarse en paz y no emprender la matanza de aquellos de nuestros aspectos psicológicos no recomendables por las diferentes vías espirituales, pues lo más probable que nos pueda suceder, si emprendemos cualquier tipo de morir místico que nos promete renacer de nuestras cenizas, como el ave Fénix, será que, al final, en vez de provocarnos un renacimiento revitalizador, muy a menudo nos provocará un envejecimiento prematuro, consecuencia de haber potenciado el instinto de muerte con nuestra aptitud castradora de nuestro impulsos vitales.  ¿Cuántos jóvenes místicos parecen cadáveres andantes?

El fuerte instinto de muerte, que toda forma de vida conlleva, termina por manifestarse de una forma o de otra en los ambientes espirituales, ya sea como instinto autodestructor o destructor a través de la violencia hacia el prójimo.  Probablemente muchas personas no estén de acuerdo en meter en el mismo saco el suicidio y el asesinato, como consecuencias de un mismo instinto, ya que nuestra cultura los diferencia notablemente.  Pero en muchas ocasiones se encuentran tan mezclados que es imposible distinguir uno de otro.  Por ejemplo: una persona decide suicidarse dejando abierta la llave del gas, y a causa de ello se produce una explosión que mata a varios vecinos.   ¿Se trata de un suicidio o de un asesinato?  Un padre mata a sus hijos en un accidente por conducir ebrio.  ¿Suicidio o asesinato? 

En muchos casos de suicidios colectivos de sectas es muy difícil deducir si se trata también de un asesinato, pues en ocasiones hay niños entre las victimas de la masacre, incapaces con toda seguridad de elegir el suicidio por sí mismos.  Y, como en los dos ejemplo anteriores, es muy difícil prevenirlos.  Aunque nosotros vamos a seguir intentándolo.

Sabemos que para llegar al suicidio colectivo, la pulsación psicológica de muerte tiene que tomar el control del grupo muy directamente.  Y, en el caso de sectas que reciban mensajes del más allá, serán esos mensajes precisamente quienes los lleven a la muerte.  El poderoso instinto de muerte puede hablar a través de las voces del más allá, encarnarse en los dioses o entidades espirituales e inducir al grupo al suicidio.

            Como ya vimos en el capítulo anterior, los mensajes apocalípticos están impregnados del instinto de muerte, de un negativismo mortal, de violencia y de tenebrosos augurios, y de un paraíso que obliga a fallecer a todo aquel que desee llegar a él.  

Muchas de las modernas profecías apocalípticas que se generan en las sectas no vaticinan nada bueno para todo aquel que se quede aquí en la tierra.  Esto ya induce a desear abandonar este mundo.  Incluso algunas de ellas aseguran que el apocalipsis ya ha comenzado, la contaminación galopante del planeta es su síntoma, por lo que la estancia en la tierra es garantía de sufrimiento.  Pavorosa idea que incita a buscar mundos mejores más allá de la muerte.

Toda esta tétrica ideología doctrinal está avalada por los mensajes recibidos del más allá.  Esa bendita voz que habla al grupo a diario puede asegurar que en el otro mundo les esperan todo tipo de dichas, y que la permanencia en este mundo ya no tiene razón de ser.  De esta forma el suicidio colectivo tiene un alto porcentaje de probabilidades de llegar a ser una realidad.

Esto puede no resultar creíble para quienes no han vivido en un ambiente sectario con mensajes recibidos del más allá incluidos.  Más insisto en el elevado grado de realidad con que se vive en estos grupos todos estos acontecimientos, por muy extraños que puedan resultar a quienes no los han vivido.  Los personajes del más allá que hablan con ellos son deidades muy entrañables para estos grupos, su existencia se considera más real que la de los mismos componentes del grupo.  Eternas y sabias divinidades que guían las vidas de los miembros sectarios, aunque el sentido común de alguno de los sectarios discrepe con las directrices recibidas del cielo.  Pero, claro está, la ignorancia del miserable ser humano no puede nunca equipararse con esos seres divinos que se dignan a hablarnos transmitiéndonos su infinita sabiduría...

Espero que se entienda la enorme seducción que las voces del más allá ejercen sobre el grupo que las escucha.  Una hechizo que puede inducir al suicidio.  Incluso existe una seducción emocional: esos personajes celestiales no solamente son venerados por su sabiduría, sino que también son amados.  ¿Cuántos de nuestros místicos imploraron morir para poder conocer a su amado?  Recordemos el famoso “muero porque no muero” de santa Teresa de Jesús.  

Existe un anhelo de conocer al ser amado, al ser adorado y admirado, y podemos desear morir cuando creemos que lo veremos después de muertos.  Algo semejante sucedió en el espiritismo: fueron muchas las personas que buscaron comunicarse con su persona amada fallecida recurriendo a las sesiones espiritistas que se comunicaban con el mundo de los muertos.  Y fueron muchas las personas, que después de ser convencidas de que su ser más querido continuaba viviendo en el más allá, desearon morir para unirse a él, o incluso se suicidaron para llevar a cabo su deseo.  Estos estados emocionales convierten el suicidio en una gozosa decisión, al estilo de aquellos grandes amantes, que, después de fallecer uno de ellos, el otro decide irse tras él quitándose la vida.  La muerte en estas circunstancias resulta una gozosa atracción.  El ser querido llamándonos desde el más allá puede inducirnos a desear la muerte e incluso a provocárnosla.

Todos estos aspectos suicidas de los que estamos hablando son las semillas que pueden hacer brotar el suicidio en una colectividad.  Las modernas religiones extraterrestres no se libran de estas mortales y viejas semillas que llevan matando personas durante milenios.  Tras los modernos mensajes extraterrestres también se oculta el viejo instinto de muerte terrestre.  Las voces de los sabios extraterrestres invitan a menudo a “viajar” a sus acólitos a sus divinos planetas.  Pero como las naves que deberían de venir a  recogerlos brillan por su ausencia, excepto en las realidades virtuales espirituales extraterrestres, los sabios humanoides del más allá pueden llegar a inducir a quitarse la vida a un grupo de humanos para llevarlo en sus naves virtuales, a través de la dimensión de los muertos, al mundo extraterrestre de no sé qué vivos.

Conviene anotar que todos estos hechos suicidas no suceden de la noche a la mañana.  Para que una voz del más allá se gane la confianza de un grupo serán necesario años de relacionarse con él demostrando su sabiduría, su espiritualidad y su innegable capacidad para dirigir sus vidas.  Repito que las voces del más allá no tienen un pelo de tontas, surgen de los niveles más profundos de nuestra inteligencia.  El grupo se identifica inmediatamente con ellas, reconoce su poder de conocimiento; algo obvio, pues surge de ellos mismos.  La belleza de sus mensajes puede ser tan extraordinaria que difícilmente puede considerarse una creación humana, es más fácil pensar que se trata de un mensaje divino.  Las voces se convierten en los maestros espirituales de los grupos que las reciben, donde nadie sospecha que tras ellas se esconde la muerte.  ¿Qué devoto cristiano puede desconfiar de los mensajes del más allá recibidos en santa comunidad y firmados por el mismísimo Jesucristo?  ¿Cómo pueden llegar a sospechar los miles de seguidores de la virgen María, que escuchan sus mensajes asiduamente, que tras los purísimos velos de la santísima se oculta la misma fuente original de los mensajes que se transmiten en los rituales asesinos de la magia negra?

Tras el personaje que nos habla del más allá, sea quien sea, se oculta nuestro lado oscuro, nuestra mente, nuestros instintos, de vida y de muerte.  El personaje que nos habla del más allá es un disfraz, un muñeco virtual creado por nuestra mente para escenificar nuestros impulsos interiores, los más sublimes, y los más infernales.

En las sectas de la línea blanca no gustan de tener contacto con el diablo, personaje ideal para que nos hable de nuestro lado oscuro.  De esta forma se intenta tener alejados a todos los males, pero, aunque el grupo religioso no se hable con el diablo, los males hablarán de todas formas.  El mal está dentro del ser humano, y, cuando escuchamos mensajes del más allá, ya hemos dicho que son producto de la mente de los de aquí.   Mensajes de nuestra mente personificados en uno o en otro personaje, que, por muy santos que sean, hablará a través de ellos el instinto de muerte, con todo su poder de seducción, de atracción por poner fin a la vida.  Repito: no es el personaje quien nos habla, por muy entrañable que sea, es nuestra mente profunda, con toda su gloria de vida y con toda su terrible muerte.  Incluso puede ser dios mismo quien hable a sus devotos.  Una gloriosa comunicación celestial que puede llevarnos al más allá en el momento en que la divina voz nos empiece a insinuar que no hacemos nada aquí.

Todos aquellos grupos que estén recibiendo mensajes del más allá harán muy bien en permanecer alerta.  El instinto de muerte, por ahora, en nuestra humanidad, es mucho más fuerte que lo que habitualmente nos creemos.  Nuestras sublimes deidades o entidades espirituales que nos hablan cada día, por muy creadoras de vida que se anuncien, acabarán tarde o temprano llevándonos a la muerte.  Por ello conviene estar lúcidos en todo momento en nuestro pasear por las sectas, para que, cuando la muerte nos hable disfrazada de vida celestial, no nos pille desprevenidos y no nos dejemos arrastrar por ella, y recordemos que sencillamente es eso: muerte.

 


 LOS MILAGROS

 

            Abandonamos los sombríos capítulos dedicados a la violencia y a la muerte para adentrarnos en la fuerza de la vida.  Dejamos nuestro desconocido lado oscuro y entramos en la luz de la esperanza, zona también apenas conocida.  Si ya hemos reconocido que los demonios y los infiernos son proyecciones del propio mal humano, ahora nos queda reconocer que también los dioses y los cielos son proyecciones del gran bien que asimismo albergamos en nuestro interior.  Dos tendencias tan contrarias que resulta muy difícil comprender que se hallen unidas.  Nos falta un supuesto que nos explique cómo es esto posible.  Al final del libro intentaremos encontrarle una explicación.  Ahora centrémonos en reconocer nuestro gran bien interior manifestado en los dioses.  No voy a usar tantos capítulos en este empeño, como he usado para intentar mostrar el mal que albergamos, porque el cometido principal de este libro es el de mostrar los peligros.  Así que resumiremos en unas pocas páginas nuestro oculto poder benefactor.

Podríamos definir a los milagros como aquellos fenómenos paranormales que benefician a aquella persona o personas que los experimentan.  Mientras que el resto de fenómenos paranormales provocan anormalidades perniciosas o sin sentido en nuestra realidad, el milagro provoca también anormalidades pero con resultados beneficiosos.  Su capacidad de sanar a los enfermos es uno de sus mayores logros.

Si en las realidades virtuales espirituales se manifiestan todos nuestros impulsos psicológicos, incluido el instinto de muerte como acabamos de ver, no podía faltar en ellas nuestro poderoso impulso de vida, aquel que nos hace vivir y se mantiene en lucha constante contra la muerte.  Dicha pulsación vital se manifiesta de forma especial en los milagros, ellos son el poder de los cielos manifestado aquí en la tierra, son el remedio celestial contra las enfermedades y contra la propia muerte; el milagro es incluso necesario en todo caminar espiritual, pues puede contrarrestar el poder destructivo del instinto de muerte que tan a menudo se cuela en las realidades virtuales espirituales. 

Probablemente sean los milagros la manifestación más palpable y poderosa en los mundos espirituales de nuestras ganas de vivir.  Son un canto a la vida que no falta en ningún camino que se precie de divino.  La atmósfera sagrada impone su poder de armonía y realiza hechos portentosos.  Su poder no sólo cura las peores enfermedades sino que incluso vence a la muerte, la resurrección de algún muerto es un logro del que no se priva toda entidad espiritual de cierta categoría, pues el milagro de resucitar a los muertos es lo que precisamente da categoría a los personajes espirituales.  De ahí que siempre haya algún muerto ―o medio muerto― resucitado en toda historia sagrada particular de los grandes personajes espirituales.

            Llegados a este punto es necesario recordar el contenido del capítulo “Creer o no creer, dos extremos de una variable”, pues los milagros han sido siempre y siguen siendo motivo de grandes debates sobre si suceden en realidad o son producto de la imaginación calenturienta de los creyentes.  Aunque, si hemos permanecido atentos a todo lo que hemos sido testigos en nuestro paseo por las sectas, ya debiéramos de tener claro que la realidad y la ficción se entremezclan en los caminos espirituales de tal forma que nos puede llegar a resultar muy difícil saber cuando los hechos son reales y cuando no lo son.  No voy a negar la gran cantidad de fantasías que se desencadenan en torno a los milagros, pero tampoco voy a negar sus efectos en nuestra dimensión física.  Una de las propiedades más valiosas de la atmósfera sagrada, cuando se impregna de una densa paz espiritual, es la de armonizar nuestro organismo y de equilibrar nuestro sistema nervioso; su poder terapéutico es innegable, y no es de extrañar que en su seno se realicen curaciones milagrosas. 

            La atmósfera milagrosa puede provenir de cualquier realidad virtual espiritual, de cualquiera de sus energías divinas, de sus santos personajes del otro mundo o de sus representantes en éste.  Los grupos sectarios que estamos estudiando son expertos en generar esa atmósfera sagrada, y, por lo tanto, los milagros están a la orden del día en las sectas.  La mayoría de las veces el milagro se realiza invocando al espíritu divino o a algún gran personaje espiritual, como por ejemplo a Jesucristo; recordemos que fue un gran milagrero, y que continúa siéndolo según sus seguidores.  Según los evangelios podríamos deducir que Jesús consiguió estar tan impregnado de vibración sagrada que los milagros sucedían a su alrededor digamos que por contagio. 

Si la enfermedad puede transmitirse por contagio, yo no veo razón alguna para que la salud no se pueda transmitir también por contagio; cuando una persona disfruta de una radiante salud, seguro que a su lado nos sentimos más sanos que cuando estamos al lado de un aquejado enfermo.  Y si esa persona irradia una salud divina, como pudo ser en el caso de Jesucristo, no es de extrañar que a su paso la gente se curara por mero contacto.

Conviene anotar que todo milagro contiene un efecto propagandístico innegable, una publicidad de cara a glorificar a la divinidad de donde procedan o a la realidad virtual espiritual desde donde se originan.  Los milagros, a pesar de que muchas personas no creen en ellos, han sido la principal herramienta de todo proselitismo, fuegos artificiales anunciadores de la buena nueva de los creyentes, pancartas anunciadoras de las glorias divinas, carteles propagandísticos que en muchas ocasiones hicieron un uso exagerado del milagro para aumentar la publicidad de sus milagreros dioses. 

El milagro sirve para otorgar realidad divina a las realidades espirituales y a sus personajes, y para terminar de convertir en creyente a todo aquel que no lo es.  El grito de: ¡milagro!, ¡milagro!, ha sonado por todo el mundo desde hace miles de años, ha ensalzado a los creyentes que pasaban desapercibidos en la sociedad y ha hecho temblar a los no creyentes; pues no es una buena papeleta no estar del lado de un dios que hace milagros, no vaya a hacer el milagro de borrar del mapa a todo aquel que no le adore.

Y es que, en ocasiones, el milagro no está destinado totalmente a hacer el bien, sino que también puede hacer el mal.  Todos conocemos el ejemplo típico de cómo las fuerzas divinas perjudican a las huestes de infieles que persiguen al pueblo elegido.  Yo no creo que se pueda considerar a estos casos milagros, aunque las historias sagradas de las diferentes religiones nos relaten estos acontecimientos.  Los más sobresalientes fueron aquellos casos en los que los milagros ayudaba a inclinar la balanza de las batallas a favor de los creyentes.  Sin embargo, hubo casos en los cuales los dos grupos enfrentados en la contienda bélica eran religiosos adoradores de dioses diferentes, y los narradores de ambas historias sagradas nos relatan sus respectivos milagros, haya sido uno de ellos el derrotado o el otro.  El vencedor cuenta que fue su dios quien les ayudó a ganar la batalla con gran manifestación de su poder, y el derrotado también dará muestras de la gloria de su señor asegurando que gracias a su gran poder continúan con vida, pues no fueron masacrados totalmente por sus enemigos “de milagro”.

Los milagros han sido objeto de gran manipulación por los pueblos religiosos ―y continúan siéndolo―, fueron una de las armas psicológicas favoritas para atacar o amedrentar a los enemigos.  Tanto es así que no solamente se hicieron uso de ellos en las historias sagradas.  En los relatos de nuestros cronistas históricos no faltan los actos milagrosos de santos o de divinidades venidas del más allá para cambiar milagrosamente el desenlace de importantes batallas, proporcionándoles unas victorias a los creyentes en unas contiendas bélicas que por lógica tenían perdidas.  Estas manipulaciones interesadas todavía continúan realizándose en los países subdesarrollados, ensalzando la ayuda milagrosa de su dios contra los demoníacos enemigos.

A pesar de tanta paja en torno al tremendo fenómeno de los milagros, he de reconocer que siempre he estado muy interesado por el tema.  En mi pasear por los mundos sectarios me esforcé por estudiar el fenómeno en sí, retirando toda la parafernalia que en torno a él siempre se produce, labor que me llevó arduo trabajo, pues siempre hay en torno a los milagros tal cantidad de exaltados adornos propagandísticos, y de resoluciones fanáticas, que en muchas ocasiones en muy difícil llegar hasta ellos y comprender lo que sucedió en realidad.

            Voy a confesar que yo hice un curso de milagros.  Por supuesto que no lo terminé, pues los alumnos más aventajados que yo, que ya lo habían terminado, estaban repitiendo el curso, algunos por segunda vez y otros por tercera y por otros por cuarta; parecía ser que alcanzar la suprema espiritualidad necesaria para obtener el favor de los milagros no era cosa fácil.  Todo el curso estaba enfocado en alcanzar esa sublime espiritualidad, y, como no se daban clases prácticas para enseñar a realizar milagros, desistí de realizar el esfuerzo.

            El milagro suele producirse causado por una intensa influencia de una realidad virtual espiritual en nuestra dimensión física.  Mis investigaciones en torno a los milagros se centraron siempre en sus propiedades curativas, creo que es una de las funciones más prácticas y más dignas de todas las que son capaces de realizar las deidades o fuerzas del más allá.  Lástima que siempre se realizan según el capricho del azar, o, mejor dicho, según la voluntad divina.  Los creyentes, por muy creyentes que sean, no son capaces de manejar a su antojo el poder de los milagros, siempre se invoca el poder de dioses, de espíritus divinos o de santos personajes muertos hace siglos.  El creyente solamente puede pedir el milagro, y después esperar a ver si se le concede.  El grado de devoción y de fe influye notablemente en la concesión del portento, según aseguran los expertos; pero no existe, que yo conozca, garantía alguna para que se realicen los milagros.

A un nivel de experiencia personal siempre me interesó la facultad sanadora de los milagros.  Observando mi propio organismo, y buscando incesantemente unas causas menos caprichosas de los milagros, llegué hace años a la conclusión de que mi salud mejora en la medida que soy capaz de bañar mis vibraciones personales con la armoniosa paz proveniente de una atmósfera sagrada de calidad.  Esto puede parecer sencillo, pero no lo es, pues las atmósferas sagradas de calidad casi siempre provienen de algún personaje o energía divina de las realidades virtuales espirituales, o de algún mediador vivo que las transmite por contagio, como por ejemplo los grandes gurús hindúes; y las ideologías, doctrinas o rituales que obligatoriamente se han de aceptar, para que las atmósferas sagradas se manifiesten, pueden llegar a crear en los individuos que las experimentan tales conflictos internos que pueden hacerlos enfermar más que lo que la atmósfera sagrada es capaz de curar.

Por esta razón, una de mis últimas intenciones espirituales se centra en conseguir obtener la atmósfera sagrada sin necesidad de ninguna conflictiva mediación religiosa o esotérica que la produzca.  Sería todo un logro obtener la atmósfera milagrosa así, sin más, sin complicadas creencias ni rituales, y sin padecer la difícil convivencia sectaria que nos puede complicar la vida.

Y es que, en especial las personas entraditas en años, algo tendremos que hacer para intentar mantener alejadas de nosotros a las enfermedades.  Yo, al menos, tengo claro de que para ello necesito un milagro.

 

 


 

LA ETERNA JUVENTUD

 

            Estamos acostumbrados a escuchar que la vida eterna es para los que están muertos; sin embargo, hay creencias que afirman que la vida eterna es para los vivos, y que la muerte es algo remediable.  Es de esperar que muchos de ustedes se sorprendan al oír esto.  Después de llevar muchos años por los caminos sectarios, yo me quedé boquiabierto cuando me hablaron de tal posibilidad.  Todas las noticias que tenía sobre el tema las consideraba producto de la fantasía esotérica.  Tan grande fue mi sorpresa, y la sinceridad con la que me estaban hablando de la inmortalidad física, que desde entonces no he cesado de interesarme por el tema.

            Estos creyentes piensan que, si el poder de dios es infinito, el poder de sus milagros también lo es; por lo que nunca se le puede pedir demasiado, aunque se le pida que nos libre del envejecimiento y de la muerte por los siglos de los siglos.  Tan atrevidos creyentes piensan que de poco sirve resucitar a un muerto si al final se va a morir de todas maneras; la muerte desaparece de nuestras vidas o no desaparece.  Alargar la vida sin remediar su fatídico final es alargar la agonizante espera de la muerte.  Para ellos, los milagros curativos sirven de muy poco, pues, al cabo del tiempo, si no se ha remediado la muerte, ésta nos sobrevendrá tarde o temprano, como definitiva enfermedad, sin milagro alguno que nos valga.  Y algo de razón llevan al respecto, pues los beneficios sanadores proporcionados por una atmósfera sagrada obtenida en rituales, tarde o temprano desaparecen.  Supongo que estos atrevidos pensadores esotéricos proponen estar sumergidos constantemente en una atmósfera milagrosa para que no nos afecte enfermedad alguna ni la muerte, y nos mantenga con un aspecto joven eternamente.  Porque, naturalmente, para esta extraordinaria ideología esotérica, el envejecimiento es algo enfermizo, es algo feo, desagradable, nada digno de todo hijo de dios; es un maldito camino hacia la muerte, un podrirse lentamente.  Por lo tanto, quien consiga librarse de la muerte, también habrá de librarse del envejecimiento.  Porque sino, menuda papeleta, vivir eternamente viejo.

            Como todos los temas de los que estamos hablando en este libro, la eterna juventud también ha estado presente en muchas de las grandes religiones o vías de realización espiritual, al menos en su literatura.  La piedra filosofal y el santo grial conceden la juventud eterna a quienes alcanzan sus favores.  El elixir de la eterna juventud está presente en todo camino esotérico como una de las más altas metas a conseguir, tan alta que muchas veces pasa desapercibida para los creyentes, como un logro conseguido por sus grandes santos, imposible de conseguir por ellos.

            Por supuesto, que esta extraordinaria moda esotérica de “hablar” de la eterna juventud, se anuncia también como una enseñanza de Jesucristo.  Ya comentamos que a este maestro lo utilizan en Occidente casi todas las escuelas espirituales como aval de sus enseñanzas.  Cada vía ve en la vida de Jesús lo que le interesa para apoyar sus creencias.  Y, según los inmortalistas, Jesús no vino a enseñarnos una vida de sacrificio ni de martirio; si padeció tantas penalidades y muerte fue para enseñarnos que el poder de dios puede librarnos de todo mal, curando al ser humano incluso de su peor mal: de la muerte. 

Por supuesto que también en Oriente se habla de la inmortalidad del cuerpo.  Recuerdo a un gurú hindú que se anunciaba como inmortal y causó bastante revuelo en Occidente.  Yo no lo llegué a conocer.  Recuerdo que cuando murió, y lo incineraron, hubo bastantes personas indignadas que querían quemar con él a todos sus seguidores.  Y es que en la India no se andan con chiquitas con los farsantes.  También he de anotar que cuando estuve en grupos que invocaban su presencia, la atmósfera sagrada que se producía era una de las de más calidad que he llegado a conocer.  Esto nos demuestra que muy a menudo van unido lo falso con lo valioso por los caminos sectarios.  Por ello ―y no ceso de insistir― es necesario estar alerta para elegir lo mejor de todo lo que nos ofrezcan, y no tragarnos todo lo que nos echen.

            Existen otros maestros espirituales que también se les consideran inmortales.  El conde Saint Germanin es uno de ellos.  La virgen María también se dice que es una inmortal, ya que no murió, pues según cuentan las escrituras fue ascendida por los angelitos a los cielos en cuerpo y alma.  Y recordemos al profeta Elías subido a los cielos por un carro de fuego.

            Todos hemos oído estos relatos de las historias sagradas, pero muy pocos nos hemos planteado que pudieran ser verdad en la actualidad.  Se podía sospechar que podían ser historias inventadas por la imaginación de los creyentes de aquellos tiempos, pues en la antigüedad era muy fácil cometer el fraude y levantar el mito de un inmortal sobre alguien que al final acabó muriendo.  Sin embargo, ahora, sobre todo en los países desarrollados, les va resultar muy difícil a los inmortalistas demostrar que la inmortalidad es posible.  La fecha de nacimiento del carnet de identidad de las personas es la prueba irrefutable.  Hasta ahora yo no he conocido caso alguno de juventud eterna, cuantos creen en la inmortalidad física tiene un aspecto acorde con la edad que tienen.  Y, sin embargo, siguen hablando de la inmortalidad...

            Yo no voy a negar que estuve y estoy muy interesado en el tema, pero me parece muy lamentable la cantidad de personas que están siendo engañadas con esta creencia.  Hay personas que creen que no se van a morir porque les han dicho que si piensan que no se van a morir no morirán, y lo creen firmemente.  Pensar que no nos vamos a morir es un requisito, entre otros, que los inmortalistas utilizan para convencer a la gente de que puede no morirse.  Yo no me explico como es posible que haya fraude en este tema.  Con lo fácil que es comprobar la fecha de nacimiento de quien nos esta intentando convencer, y verificar observando su aspecto si a él le está funcionando lo que predica o no.  Cuando nos enseñen un documento de identidad verificable de una persona de sesenta años, por ejemplo, y observemos que tiene el aspecto de una de veinte, entonces empezaremos a creer que es posible la juventud eterna.  Y si es una persona joven quien quiere vendernos la idea, sería conveniente pedirle que nos enseñase algún caso verificable, y si no lo hace (que no lo hará) entonces le podemos indicar que se vaya con su música a otra parte y vuelva dentro de treinta años para ver como le ha ido con su filosofía inmortalista.

            No voy a echar toda la culpa al defraudador, muchas personas se dejan engañar a gusto.  La moda de las últimas décadas en nuestra civilización sobre el culto a cuerpo, y la exaltación de la belleza de la juventud, apoyan toda esta movida esotérica.  La idea de ser eternamente joven puede llegar a ser tan atractiva que la dejemos colarse en nuestra mente aunque el paso del tiempo nos esté demostrando lo contrario.  Esto lo saben los vendedores de inmortalidad y se aprovechan de ello.  En realidad, la mayoría de ellos no venden la juventud eterna así, de golpe; no son tan tontos.  Lo que hacen primero es intentar convencer de que su método puede alargar la juventud, después se mostrará como camino espiritual indispensable para alcanzar la inmortalidad.  Cualquier persona que tenga un aspecto un poco más joven del que corresponde a su edad puede ser un vendedor de inmortalidad y forrarse dando cursillos de juventud eterna.     

            Como tema de investigación me parece un intento admirable, pero venderlo como un gran descubrimiento, cuando todavía no se ha descubierto nada importante, es una actividad lamentable.  Realicemos ensayos sobre la eterna juventud, pero sabiendo que son ensayos, experimentos de los que todavía no conocemos sus resultados.

Vamos a hacer un repaso de los requisitos para ser inmortal exigidos por estas doctrinas que yo he llegado a conocer.  Como he comentado, lo que se piensa tiene su importancia, hay que creerse a pies juntillas que no nos vamos a morir, que somos inmortales.  Sabemos que el pensamiento positivo alarga la vida, quizás por ello pretenden alargarla del todo pensando que somos inmortales.  Esto es una exageración.  Está demostrado el poder de la sugestión, pero no creo que tenga tanto poder como para librarnos de la muerte. 

Para los aficionados a la inmortalidad, la muerte es una tradición, un rito ancestral que sucede por costumbrismo más que por otra cosa;  vamos, que nos morimos porque como se muere todo el mundo...  Dicen algo así como que nos morimos porque nos da la gana.  Y con solamente dejar de desear la muerte, asunto resuelto.  Para conseguir la vida eterna basta con desprogramar los códigos de envejecimiento y muerte, que presumiblemente están en nuestra mente, pensando que no nos vamos a morir, cantando mantras o frases que afirmen nuestra inmortalidad, para intentar convencer a nuestro subconsciente de que se porte bien con nosotros y nos detenga el proceso de envejecimiento. 

Es muy lamentable que un fanático de la inmortalidad no siga investigando en el tema porque ya cree que la va a conseguir por el sencillo hecho de que tiene fe en ella.  Esta es una de tantas formas inútiles de estancarse en los caminos sectarios cuando se podría seguir andando.

Lo que se puede escuchar por estos caminos de la inmortalidad es de una candidez pasmosa.  Cierto es que el pensamiento influye en todo, pero pensando solamente no vamos a ser inmortales, solucionar el problema de la muerte es mucho más complejo, y entran en él muchos factores además del pensamiento.  Continuemos viéndolos.

Respecto a los brebajes que dan la juventud eterna he de reconocer que solamente he tenido noticias de ellos a través de alguna que otra película.  La mayoría de lo que he estudiado al respecto no tenía apenas nada que ver con lo que nos entraba por la boca, aunque algunas veces se ponía énfasis en llevar una alimentación sana, pero sin darle excesiva importancia.

Los más serios análisis de la muerte y de propuestas para remediarla ponían énfasis en el instinto de muerte del que ya hemos hablado.  Desde este punto de vista, los inmortalistas consideran la muerte como un suicidio programado en nuestra mente; como decía Freud: un volverse la violencia de uno contra uno mismo.  Podríamos decir que morimos envenenados por nuestra propia mala leche; el resentimiento, la rabia contenida envejece y mata; es nuestra violencia convertida en instinto de muerte, asesino de nosotros mismos.  Los grandes remedios para tan gran mal son: el amor a los demás y a nosotros mismos, el perdón, evitar concentrar el resentimiento en nuestros corazones, la paz espiritual, etc. 

Otra causa semejante es el cansancio, el tirar la toalla agotado de vivir, de sufrir los golpes del ring que puede llegar a ser la vida.  Morir de dolor, de hastío, de frustración, de desengaño, de estrés.  Su remedio: la alegría de vivir.

Y no nos olvidemos de famoso morir de amor, o, mejor dicho, de desamor.  Las personas más sensibles pueden morirse de pena y de tristeza por la falta de amor.  Probablemente sea la falta de amor en este mundo una de las causas más importantes de entre todas las que pueden potenciar el instinto de muerte.  Con observar como rejuvenecemos cuando nos enamoramos es suficiente para comprobar como el amor es fuente de juventud, y como la falta de amor es fuente de envejecimiento.

            Algunas creencias enfocan la inmortalidad de forma muy especial.  Hay religiones y sectas que creen que después del Apocalipsis la Tierra dejará de ser un mundo de condenados a muerte y se convertirá en un paraíso terrenal, donde vivirán en sublime felicidad solamente los elegidos, ellos, claro está, por los siglos de los siglos.  Lástima que esos mundos, habitados por inmortales, solamente existan en sus mentes, y sus creadores se sigan muriendo como todo hijo de vecino.

La creencia en la reencarnación también nos hace vivir en este mundo casi como inmortales, la única pega que tiene es que tenemos que cambiar de cuerpo cada vez que cada uno de ellos se nos muere, hasta que llegamos a la última vida, a la definitiva, a la que nos liberará de la rueda de las reencarnaciones.  Para los occidentales esto nos puede resultar insoportable.  Acostumbrados a obtener resultados rápidamente, la interminable transmigración de las almas de cuerpos en cuerpos, hasta llegar a su luminoso final, puede resultarnos insufrible.  Aunque en los mundos espirituales a casi todo se le puede encontrar remedio.  La mayoría de las personas que he conocido, creyentes en la reencarnación, no se agobian con la idea de que les quedan vidas a porrillo antes de llegar al final; sencillamente se creen que ésta es su última vida, la definitiva, la que les hará inmortales.  Se lo creen hasta que los años les van pasando factura y comprueban que la evidencia no coincide con la creencia.

Aunque me da algo de vergüenza confesarlo, no voy a ocultar que estuve realizando prácticas para intentar estimular la eterna juventud.   Durante varios años intenté ser lo más espiritual, amoroso, pacífico y alegre de lo que era capaz de ser.  Y a la vez estuve afirmando frases a diario como “yo soy inmortal”, “yo soy joven eternamente” y expresiones parecidas, esperando que estos pensamientos calaran en mi mente y produjeran la reacción deseada.  Pero, nada, mi mente o la parte de mi mente que regula mi envejecimiento no se daba por enterada.  Mis canas y mis arrugas continuaron aumentando, prestando oídos sordos a mis órdenes mentales.  Probablemente no alcancé la cota de felicidad necesaria para ser inmortal, o quizás no pensé con suficiente intensidad mi voluntad de continuar siendo joven, y mi voz no llegó a esa profunda capa donde debe de estar programado nuestro envejecimiento.  O quizás las causas del envejecimiento estén exclusivamente fundamentadas en la programación genética, y, los genes, o no entienden nuestro idioma o no se dan por enterados de lo que cada individuo tiene el capricho de pedirles.  Un programa de miles de años de evolución mucho me temo que no se cambiará por que lo pidamos a gritos en un momento ni en años, insisto en que será necesario algo más.

Mientras encontramos la forma de que nuestro cuerpo se entere de que queremos ser siempre jóvenes, aquellas personas que deseen al menos aparentarlo, por más tiempo del normal, tendrán que recurrir a la cirugía estética.  Rejuvenecer la fachada es lo único que tenemos hoy en día en nuestra sociedad para alargar la juventud, al menos en apariencia.

Los biólogos observarán estos comentarios como curiosidades exóticas.  Ellos saben que el envejecimiento es un proceso presuntamente obligado que sigue unas pautas biológicas determinadas.  Aunque no se sabe al cien por cien porqué los seres vivos no viven más tiempo.  Se sospecha que el envejecimiento y la muerte son causados por un código genético, y por ello están intentando encontrar el gen que marchita la vida, para ver si consiguen modificarlo.

Ya sea mediante la manipulación genética, ya sea mediante la manipulación mental o esotérica, el caso es que la Humanidad no cesa de buscar algo por lo que siempre ha estado interesada.  Lo que más me preocupa es la visión que se tiene, o que se da muy a menudo, sobre cuál sería el destino de una persona que pudiera vivir mucho más que las demás, e incluso no morir.  Habitualmente un halo de tragedia casi siempre rodea a las personas que en las creaciones literarias, por ejemplo, se atreven a vivir más que las demás; como si la inmortalidad fuera un castigo en vez de un impresionante logro positivo.  Y es que todavía se sufre mucho en este mundo, y una vida inmortal puede suponer un sufrimiento eterno.  Además de que al ser humano en el fondo le molesta que las cosas no sigan siendo como siempre han sido.  Nuestra resistencia a los cambios supera la atracción que por el cambio sentimos en nuestra juventud.  Podemos llegar a sentir un vértigo irracional ante la posibilidad de que podamos ser jóvenes eternamente.  Podemos sentir más pánico a vivir eternamente que a morir.  El sufrimiento que todavía queda en este mundo, y nuestra resistencia al cambio, hace impensable la inmortalidad.  La vida del individuo medio de este mundo no está hecha para ser vivida eternamente.  O conseguimos ser mucho más felices o nos buscamos soluciones intermedias.  Como la de esos creyentes que piensan en ser inmortales en unas condiciones muy especiales: digamos que ellos conciben la inmortalidad física tratando de subir la vibración atómica de nuestro cuerpo hasta convertirlo en un espíritu o algo así, para que después seamos succionados por el cielo, al estilo de la asunción de la virgen María, y de esta forma allí viviríamos felices eternamente.  Somos capaces de imaginarnos la felicidad con más facilidad en un mundo celestial que en éste.

En un mundo o en otro, mucho me temo que la felicidad es indispensable para ser inmortal.  Si, por ejemplo, la genética consiguiese detener el proceso de envejecimiento, y no hemos conseguido ser más felices de lo que ahora somos, el número de suicidios crecería sin lugar a dudas.  Probablemente vivimos el tiempo que soportamos vivir.  Cuando el vivir sea disfrutar más y sufrir menos, no cabe duda de que viviremos más y tardaremos más en envejecer.  No creo que haya otra forma para llegar a la inmortalidad.

Por lo tanto, seamos más felices en primer lugar, y después creamos sobre la vida y la muerte lo que más nos guste o más nos convenza.  Intentando que la creencia no nos amargue la vida; porque si a causa de las creencias somos infelices, estaremos caminando en dirección contraria a la juventud eterna, aunque la creencia nos la prometa a bombo y platillo.

 


 

REPASO ESQUEMÁTICO

 

Vamos a realizar un alto en el camino para repasar lo estudiado hasta ahora.  Para ello construimos un esquema que nos puede ayudar a comprender el proceso que sufre la típica vivencia espiritual.  Imagen que nos servirá para explicarnos el comportamiento religioso habitual del ser humano.  En la figura vemos varios encuadres en los que hemos incluido conceptos ya estudiados.  En la parte central está representada la atmósfera sagrada, gloriosa, pura, inmaculada, llena de amor y de gloria; pero rodeada por procesos mentales que modifican notablemente sus abundantes cualidades positivas.     

En la parte de arriba tenemos la realidad virtual espiritual en la que crea cada creyente, y en la parte de abajo tenemos la mente consciente e inconsciente del individuo.  En el lado izquierdo están encuadradas las acciones iniciales que pondrán en marcha el proceso espiritual, derivadas de la creencia en la realidad virtual espiritual y de la cultura del individuo.  Y al lado derecho tenemos el filtro de selección de preferencias personales, creado tanto por las pulsaciones psicológicas más intensas de las profundidades de nuestra mente como por las creencias.  Las flechas gruesas en rojo nos indican el desarrollo de la acción, la línea del tiempo, de izquierda a derecha: una acción inicia el proceso de generar la atmósfera sagrada o de penetrar en ella, y un filtro de selección de preferencias da paso a las actividades espirituales, religiosas o esotéricas, que termina realizando el individuo o grupo de individuos que viven el proceso.  Las flechas delgadas muestran las influencias entre los encuadres: por la parte de arriba de la atmósfera sagrada indican como ésta provoca la ensoñación espiritual, crea o recrea los sueños espirituales, sacraliza, santifica o diviniza ―llamémosle como queramos― a las realidades virtuales espirituales; y por la parte de abajo, indican como la energía sagrada penetra en la mente iluminándola, llenándola de santidad, a la vez que remueve nuestras recónditas fuerzas oscuras, y aquellas que no son tan oscuras, liberando nuestras mejores intenciones y nuestras peores pulsaciones psicológicas; de tal forma que ascienden hacia la realidad virtual espiritual, como lo indican las flechas delgadas de los lados, hasta alcanzar el sueño esotérico donde serán representadas. 

            Sabemos que la vivencia sagrada de todo ser humano es muy parecida, pero los resultados prácticos de esta experiencia son muy diferentes según cada caso.  Pongamos un ejemplo extremo que se ha dado muy a menudo a lo largo de la Historia de la Humanidad, y se sigue dando:  Los guerreros religiosos realizan sus rituales sagrados antes de entrar en batalla, viven las exquisiteces de la experiencia religiosa, pero sus acciones finales no tendrán mucho que ver con el amor y la gloria experimentados.  En filtro de selección de sus preferencias, creado por las pulsaciones psicológicas inferiores y por las justificaciones venidas de arriba, de los cielos virtuales, dejará salir al exterior exclusivamente aquello para lo que ha sido programado, en el caso de los santos guerreros, programado para matar.  El único ingrediente de la atmósfera sagrada que saldrá al exterior en la batalla será la energía, que los convertirá en temibles guerreros; y el resto de los ingredientes sagrados serán desechados o vividos interiormente, o en su comunidad sectaria, sin más consecuencias que la de hacerles sentir santos y la de apoyar su intención de matar al hereje enemigo.  Este es un caso típico de cómo las pulsaciones psicológicas más opuestas a la experiencia sagrada se acaban imponiendo a la hora de actuar.  El amor alimentando al odio y a la agresividad.  El bien alimentando al mal, un auténtico drama humano.  En casos menos extremos, y más habituales, son otros bajos instintos humanos los que se sacralizan, toman cuerpo en las realidades virtuales espirituales y condicionan las acciones, como pueden ser los exacerbados egoísmos o el abuso de poder basado en la prepotencia divina.

            Por supuesto que no cesaríamos de exponer casos diferentes en personas que, a pesar de estar viviendo prácticamente lo mismo, sus creencias consiguen que se comporten de forma muy diferente.  Digamos que la atmósfera sagrada es un crisol radiante de felicidad experimentada de forma muy semejante en las personas que la viven, pero que raramente se manifiesta al exterior tal y como es.  Su función más habitual es la de drogar de felicidad al creyente y alimentar los intereses de la realidad virtual mezclados con sus pulsaciones psicológicas en el filtro de selección de preferencias.

            A lo largo de este libro no hemos cesado de denunciar esta transmutación fraudulenta que nos muestra como sagrado aquello que no lo es.  En este proceso sucede como si se diese un baño de oro a materiales impuros y se nos pretendiera convencer de que es oro.  Oro es solamente aquello que sucede en el interior de la atmósfera sagrada, fuente de felicidad.  Y muy pocas veces se manifiesta al exterior tal y como es, a pesar de que ―y esto es lo sorprendente― su felicidad es algo que no cesamos de intentar conseguir en la vida.  Es como si estuviéramos buscando algo que ya tenemos dentro, pero, por otro lado, estuviéramos haciendo lo posible por ocultárnoslo. Todos sabemos que el ser humano en el fondo es bueno, pero su comportamiento deja mucho que desear.  Esto es debido a que nuestra buena voluntad es condicionada por el filtro de selección de preferencias, donde el mal se encuentra mezclado con el bien.

Y cuanto más intensamente sentimos en nuestra vida una experiencia de amor, religiosa, mística, etc., más revuelve nuestras profundas capas mentales y generamos más condicionamientos virtuales para que no se manifieste al exterior tal y como es.  Esto es debido al mal humano, que debe de andar por nuestras entrañas, impedimento fundamental para que nuestro bien interno se manifieste tal y como es en nuestras vidas.  Por ello, cuanto menos intensa sea la vivencia espiritual positiva, menos despertaremos el mal que llevamos dentro, y viviremos menos el desequilibrio entre el bien y el mal, locura de sentimientos opuestos.  Las vivencias espirituales de tenue suavidad desequilibran menos que las más intensas.  La mayoría de las personas comunes no sufrimos tales desequilibrios, pues nuestras vivencias espirituales en pocas ocasiones nos llevan al éxtasis; así no vivimos las perturbaciones de aquellos que viven las glorias divinas ni las tenebrosas fuerzas infernales.  En ocasiones es mejor dejarnos como estamos que andar hurgando en nuestro interior buscando nuestro sublime lado bueno, pues puede suceder que también nos encontremos con el lado malo.

En el encuadre de la izquierda de la figura, donde incluimos las acciones iniciales que ponen en marcha a la atmósfera sagrada, observamos que la mayoría de estas acciones corresponden a las actividades basadas en la creencia en las realidades virtuales espirituales.  En la parte de abajo del mismo encuadre nos encontramos con otro encuadre que nos muestra aquellas ocasiones en las que la vivencia espiritual se produce por generación espontánea, sin que en apariencia entre en actividad realidad virtual espiritual alguna.  En estos casos, cuando la persona que tiene la sorprendente vivencia, si es creyente, no habrá problema alguno, pues inmediatamente la realidad virtual del creyente acogerá la vivencia justificándola como proveniente de alguno de sus personajes o escenarios espirituales; pero, cuando la persona no es creyente (las personas no creyentes también tienen vivencias espirituales), entonces pueden empezar los problemas para encajar la experiencia religiosa en su entendimiento.  Lo más normal es que la persona sorprendida por la generación espontánea de su dimensión sagrada busque una aclaración a lo sucedido y la encuentre en cualquier creencia que le dé una explicación convincente, terminado convirtiéndose en creyente de dicha realidad virtual.  También puede suceder que esa persona sea agnóstica convencida y no esté en disposición de aceptar realidad virtual espiritual alguna para explicarse lo sucedido.  En este caso podríamos pensar que al no existir realidad virtual tampoco existirá filtro de selección de preferencias, por lo que la vivencia sagrada podrá salir al exterior tal y como es.  Pero en realidad no sucede así.  El miedo que puede despertar una fuerte vivencia espiritual desconocida es suficiente para envolverla y ahogarla como puede hacerlo la realidad virtual más estricta.  No estamos culturizados para recibir el regalo de una felicidad desbordante injustificada como algo normal en nuestras vidas.  Nuestra mente teme lo desconocido.  La infinitud que conlleva la atmósfera sagrada es una de los ingredientes espirituales que más tememos. 

El temor también nos impide reconocer el mal que llevamos dentro.  Preferimos hablar de los males de la Humanidad o del ser humano, así, en general, antes que hablar de nuestro propio mal.  Nuestra idílica sociedad pacifista expulsa de las conciencias nuestro instinto de muerte y lo convierte en el gran desconocido, nuestra cultura lo obvia a pesar de que nos continúe matando y la violencia no cese de producirse.  En la figura sitúo el instinto de muerte en el inconsciente, en lo más profundo de nuestro lado oscuro, no porque siempre haya estado ahí, sino porque nuestra cultura lo ha arrojado a nuestras oscuras profundidades con la intención de destruirlo; aunque lo único que hemos llegado a conseguir es no verlo, pues él sigue trabajando en la sombra. 

Como venimos comentado, en muchas de las civilizaciones de nuestros ancestros, el instinto de muerte no estaba oculto, vivían en su cultura representaciones de todas nuestras fuerzas, unían lo sagrado con la muerte en los sacrificios humanos, probablemente tanto las víctimas como los verdugos ejecutaban el ritual en éxtasis religioso.  Tenebrosas acciones para nuestra cultura que representaban claramente las patéticas contradicciones humanas capaces de unir el asesinato con el amor.  

 

 


 

EL AMOR

 

            En la figura vemos representado al amor en el interior de un halo radiante de un color diferente del resto, con esto he querido indicar que el amor es la esencia de la atmósfera sagrada.  Las cualidades de la experiencia religiosa pertenecen al aura ―en azul― que genera el amor.  La vivencia amorosa nos llena de belleza y de paz interior, es un gran bien para uno y para los demás, nos colma de alegría, es muy vital y sanadora, y nos emborrachamos con sus elixires cuando estamos enamorados. 

También hemos de reconocer que el amor puro, completo, apenas es conocido.  Como podemos ver en la figura, todo lo que envuelve al encuadre azul central es de otro color, el amor se ve envuelto en este mundo por pasiones, sentimientos y creencias que tienen muy poco de amor.  El calificativo popular de hacer el amor, por ejemplo, tiene en muchas ocasiones muy poco de amor y mucho de sexo.  Cuando hablamos de amor nos referimos la mayoría de las veces a otros intereses humanos diferentes del amor.  Mas el amor es inconfundible.  Vamos a hablar él, de las formas en que más intensamente lo experimentamos.

            Popularmente se le reconoce en el enamoramiento típico de una pareja.  El amor religioso en el seno de las religiones oficiales, también llamado el amor a dios, apenas es experimentado por la mayoría de los individuos, y el vivido en el seno de las sectas es prácticamente desconocido por el pueblo llano.  En su empeño por empañar la imagen de estos grupúsculos revolucionarios, poderosos intereses sociales y religiosos se encargaron de borrar de las mentes del pueblo, al cabo de los siglos, el amor que habitualmente se vive en el interior de las sectas.

            Mas el amor es el mismo, se viva de una forma o de otra, esté reconocido socialmente o no lo esté.  Aunque en nuestra cultura tenga una gran aceptación popular el amor en pareja, llegando a ser la meta feliz de gran parte de la población, y el amor exclusivamente espiritual sea un gran desconocido, e incluso rechazado como meta feliz, y considerado causa de desgracias cuando se vive en el seno de las sectas, los dos tipos de amor son lo mismo: amor; y ante los dos nos comportamos de forma similar y nos suceden situaciones semejantes.  Las desgracias que se le achacan al amor sectario también las vivimos en el seno del amor de pareja, pero, como el amor de pareja está de moda, se minimizan sus males; y, sin embargo, los males de los amores sectarios se engrandecen por no estar bien vistos en nuestra era.  Mas son dos amores semejantes, sólo que a uno, por intereses sociales lo hemos hecho popular, y al otro lo hemos condenado a los infiernos.  La única gran diferencia entre uno y otro es la actividad sexual, pero esta diferencia no afecta al sentimiento de amor; tanto un místico enamorado de dios o de su gurú, como una persona corriente enamorada de su pareja, pueden vivir una pasión amorosa semejante aunque uno practique el sexo y el otro no.

            Otra importante diferencia entre estos dos tipos de amor es que el amor espiritual (que también se puede vivir en pareja, recordemos el amor platónico) no está dirigido habitualmente a una persona próxima.  El objeto de amor será alguien o algo lejano, aunque el místico enamorado lo sienta muy cerca de sí.  Su objeto de amor puede ser su maestro espiritual divinizado, con el que se guarda habitualmente cierta distancia.  Puede ser un gran mediador. Jesucristo es un conocido objeto de amor místico en nuestra civilización.  También puede ser cualquier entidad espiritual como los santos o la Virgen María, quien despierta multitud de devociones entre muchos de los creyentes cristianos.  El amor a dios es el más corriente vivido en los caminos espirituales, bendición del mundo cuando se convierte en amor al prójimo.

            Aunque este amor no se viva en una intimidad física como se vive en la pareja, el enamorado espiritual lo siente con la misma intimidad; para él, dios o la divinidad amada está tan próxima a su corazón como lo están los amantes en su lecho de amor, y su pasión amorosa puede ser tan fuerte que sublime su instinto sexual.  Y aun tenemos en este amor una circunstancia enriquecedora que no se da en el amor de pareja, se trata de que la experiencia amorosa es compartida por el grupo espiritual sectario, fraternal comunidad que comparte un mismo sentimiento de amor, habitualmente llamado devoción.  Esta cualidad sentimental de los grupos religiosos es muy difícil conocerla si no se vive.  La ignorancia sobre ella ha ayudado a ridiculizarla.  Sin embargo, es una vivencia envidiable y sumamente atractiva; tanto es así que es uno de los ganchos más eficientes que tienen las sectas para captar adeptos.  Estamos la mayoría tan sedientos de amor que quien llega a sentir ese amor de grupo espiritual suele quedarse enganchado a la experiencia y acaba haciéndose miembro de la secta.  Lo único que consigue nuestra sociedad ocultando este hecho es que cuando una persona descubre ese amor fraternal, esa riqueza sentimental y capacidad de hacer feliz, repudie a nuestra sociedad por ocultar e incluso ridiculizar tal fuente de felicidad.  Al ocultar y negar nuestra sociedad la felicidad que se vive en el seno de las sectas, está haciendo algo semejante a lo que sociedades antiguas y no tan antiguas hicieron con el amor de pareja, al ocultar al pueblo y en especial a las mujeres su capacidad para disfrutar el placer sexual.

El fuerte hermanamiento sentimental que se vive en las sectas viene propiciado por el hecho de que todos sus miembros viven un mismo amor, digamos que es como si estuvieran enamoradas de la misma persona, sin haber celos de por medio, claro está, pues no hay razón para ellos, ya que dios o las divinidades pueden hacer el amor con infinidad de amantes dejándolos a todos satisfechos gracias a que su “virilidad espiritual” es infinita.

Esta complicidad entre amantes provoca un hermanamiento sentimental y una sintonía emocional muy poderosa, capaz de unir al grupo sectario con lazos más fuertes que los de las propias familias.  No es poco frecuente que quien entre en una secta abandone a su familia.

 Mas a pesar de todas estas distinciones, el amor en sí es el mismo que el que viven cualquier pareja de enamorados.  Quienes dudan que el amor religioso sea semejante al de pareja es porque no han vivido los dos intensamente en algún momento de sus vidas.  Son tan semejantes que tanto los calificativos que se utilizan para determinar las cualidades de uno sirven también para el otro.  Si uno es sagrado y divino el otro también acepta dichos calificativos; si uno es religioso el otro también proporciona una experiencia religiosa aunque no haya dioses de por medio, pues si bien en uno se ama y se adora a dios, en el otro, los amantes se aman y se adoran mutuamente como si fuesen dioses; si un amor se suele alcanzar a través de rituales esotéricos, el otro no le va a la zaga en rituales amorosos; y si uno nos hace vivir la vida eterna, nos da sensación de infinitud, los amantes también se juran amor eterno, pues ellos también se sienten amantes más allá del tiempo; y si uno lleva al cielo, el otro lleva al paraíso.  Los dos proporcionan dicha, alegría, son muy saludables y emborrachan de amor. 

            Y los dos sufren un proceso de transformación semejante al  esquematizado en nuestra figura; esto es lo único que les diferencia, el resultado final que provoca los diferentes filtros de selección de preferencias.  Aunque el amor de pareja en la actualidad no está inmerso en realidad virtual alguna, pues nuestra cultura no lo permite, en otras culturas sí lo está.  Si recordamos la mitología griega observaremos que existía un dios para los enamorados.  Cupido era el encargado con sus flechas de amor de poner en marcha los sentimientos amorosos y de controlarlos, y cada aspecto de la pasión amorosa estaba regido por un dios.  Pero, aunque en la actualidad no haya mitología alguna que envuelva el enamoramiento en Occidente, sí que existe cierta cultura, o costumbrismo en torno al fenómeno amoroso de pareja, que actúa como una realidad virtual espiritual.  Pongamos un ejemplo: el machismo es una aptitud social masculina muy extendida por todo el planeta.  Una pareja de recién enamorados, prometidos con amor eterno, se ven sorprendidos porque a quien le ha tocado ser el macho, se está comportando de tal forma que más parece odiar a su pareja que amarla.  Él ama a su esposa, pero a la vez la machaca brutalmente cuando se deja llevar por su instinto de dominarla.  De nuevo nos encontramos con que el resultado de lo que brota de nuestra atmósfera sagrada, a causa del filtro de selección de preferencias, acaba transformado en lo opuesto a ella.  Por lo tanto, no solamente el sentimiento de amor es el mismo en ambos casos, sino que también su proceso de transformación es semejante aunque en el amor de pareja no haya realidad virtual espiritual de por medio.  Las emanaciones indeseables de nuestro mal interno son suficientes para condicionar el amor de pareja, creando un filtro de selección de preferencias como la realidad virtual espiritual más añeja.

Y es que el amor, con la atmósfera sagrada que emite, como ya hemos explicado, escarba en las partes más recónditas de nuestra mente, liberando nuestras fuerzas ocultas, que toman cuerpo en el costumbrismo social y actúan como una realidad virtual espiritual generando su propio filtro de selección de preferencias.

            Ya sea el amor vivido con alguna deidad o con una persona, es un auténtico milagro que pueda manifestarse tal y como él es en este mundo.  El amor puro es incondicional, pero siempre le obligamos a manifestarse condicionado.  Son los comportamientos egoístas de nuestra mente, los dragones agresivos, la avaricia territorial y posesiva, y el miedo y las aptitudes defensivas, lo que condiciona al amor.  Todo aquello que no es amor acaba condicionando de tal manera al amor puro que termina por ahogarlo muy a menudo antes de que empiece a amar.  Este es un gran drama humano.  En los capítulos siguientes estudiaremos las causas de esta dramática situación.

            En mi opinión somos en esencia amor, pero no podemos manifestarnos tal y como somos.  En la figura, el amor está en el centro porque corresponde a nuestro propio centro.  Cuando se vive el amor, cuando uno está bañado por la atmósfera sagrada, se tiene la sensación de estar de vuelta en casa, en nuestro lugar, en nuestro estado natural; reconocemos lo que somos: seres divinos, divinos amantes.  Pero nuestra naturaleza amorosa está encerrada en la cripta de las creencias, códigos de comportamiento de nuestro inconsciente colectivo, y no puede manifestarse excepto a través de ellos, bajo sus estrictas condiciones:  Te amaré eternamente mientras no te acuestes con otra persona; amaré a dios mientras haga milagros que me beneficien y me protejan de los males.  Cuando las cosas me vayan mal blasfemaré.  Amaré al prójimo mientras no sea mi prójimo el vecino al que tengo tanta ojeriza.  Amaré siempre y cuando...

            Al amor no se le pueden poner condiciones, es incondicional, un amor con condiciones no es amor.  Su naturaleza está en contra de muchos de los instintos más primarios humanos.  Cuando nos estalla en el corazón, tal y como es, con su fuerza sentimental, nos vuelve locos, es la locura de amor.  Rompe el equilibrio que nuestra mente consigue tan laboriosamente entre nuestras contradicciones.  Y el sabio conocimiento que emerge de la sagrada paz de la atmósfera sagrada se ve perturbado por el desequilibrio mental.  La radiación amorosa llega hasta lo más hondo de nuestro inconsciente colectivo y saca de sus milenarios sedimentos todo aquello que no es amor, e intenta expulsarlo; mas todo aquello que no es amor, en nuestra humanidad, es demasiado para el amor, y muy pocas veces puede con ello; más bien es el mal humano quien acaba terminando con lo mejor de nuestra humanidad.

            Muchas personas optan por centrar su interés amoroso en amores mucho menos intensos, más suaves, menos conflictivos y desestabilizadores.  Prefieren excluir el éxtasis de amor de sus vidas a cambio de no perder su equilibrio interno.  De esta forma nada moverá sus fuerzas ocultas negativas al precio de no vivir intensa felicidad.  Son las personas que centran su vida en pequeños amores, aptitud que puede dar la sensación de ser la solución a los problemas de los que estamos hablando.  Pero nada más alejado de la realidad: si se ama mucho, se gozará mucho y se sufrirá mucho; y, si se ama poco, se gozará poco, aunque también se sufrirá, quizás menos, pero el mal también hará acto de presencia tarde o temprano.  Un ejemplo de cómo el mal también entra en estas suaves formas de amor lo tenemos en la amistad, afecto muy valorado socialmente.  Pues bien, si afinamos nuestra atención observaremos que en muchas ocasiones las amistades se forman como alianzas contra algún enemigo común, con esto quiero decir que la amistad muy a menudo no está basada en el amor, sino en el odio hacia alguien o hacia algo.  Como podemos ver, ya sea con grandes o pequeños amores, los males de nuestras entrañas se nos cuelan en cualquier forma amor para terminar con él tarde o temprano.

            No obstante, gran parte de la Humanidad intenta ponerse de parte del amor para ayudarle a manifestarse en este mundo.  Especialmente nuestra sociedad civilizada está empeñada en que triunfen los buenos sentimientos humanos.  Actitud heroica allá donde las haya.  Lástima que perdamos tanto el tiempo en echarnos las culpas de nuestros males los unos a los otros en vez de intentar atajarlos en sus raíces.

 


 

DIOSES A LA CARTA

 

            Debido a la enorme competencia entre las sectas y a la demanda social, o quizás debido a la buena voluntad de los dirigentes sectarios (los dirigentes sectarios también tienen buena voluntad), se está trabajando en el propósito de mejorar las condiciones del filtro de selección de preferencias para que el amor espiritual y el bien hagan un acto de presencia mucho menos condicionado en nuestro mundo.  Por supuesto que esta labor es muy difícil de conseguir.  En el seno de la pareja también se están realizando grandes esfuerzos, reprimiendo aquellos aspectos del mal más brutales que dañan en especial a la mujer.  Sin embargo, la represión del mal no significa su desaparición.  El mal tiene una enorme capacidad de disfrazarse y de reaparecer en las formas más insospechadas.  Ya hemos hablado de ello.  Aquellos jóvenes, y los no tan jóvenes, que creen en el triunfo del amor, y luchan por él, son héroes inconscientes de nuestro tiempo.  Nuestra sociedad pacifista les ha ocultado su propio instinto de muerte y no saben a qué se enfrentan.  En las sectas sí que lo saben, al menos en sus representaciones virtuales espirituales no faltan personajes o fuerzas terroríficas que representan al mal que anda por nuestro mundo.  No obstante, haciendo un esfuerzo por acoplarse a la moda bonachona y pacifista, están intentando reducir la maldad de los demonios y aumentar la permisividad y la bondad de los dioses.  Es una forma de venderse mejor al público.  A nadie hoy en día le gusta que le metan miedo ni que le presionen con mandamientos divinos muy exigentes.  Los dioses que mejor se venden hoy son aquellos que hacen casi todo por nosotros; al hombre civilizado le encanta que le den todo hecho.  Por ello existen auténticos expertos en crear dioses a la carta.  Cogiendo una pizca de aquel famoso dios y otra pizca de éste menos famoso pero mucho más asequible para la mentalidad de hoy en día, cogiendo un poco de esa vieja creencia tradicional y otro poco de esta nueva recién llegada de lejanas tierras que se ha hecho muy famosa, etc., se están haciendo auténticos guisados (y desaguisados, todo hay que decirlo) para intentar dar con ese dios que esté a la medida de los nuevos tiempos. 

Tiene cierta gracia la situación, llevamos milenios bailando al son de los dioses, y ahora queremos que sean ellos quienes bailen al son nuestro.  Y es que no cabe duda de que un dios sin seguidores no es nada; quizás por eso, entre tanta competencia entre divinidades, ahora los dioses se dediquen a contentarnos a nosotros en vez de nosotros dedicarnos a contentarles a ellos. 

            Uno de los ejemplos más llamativos de estos novedosos cambios lo tenemos en Jesucristo, gran mediador occidental, capaz de amoldarse a los cambios más sorprendentes.  Las nuevas religiones cristianas nos lo presentan mucho más guapo, sin tanta sangre chorreándole por el cuerpo.   También podemos observar como las viejas religiones cristianas se están amoldando a los nuevos tiempos, cambiando la penosa imagen de su antiguo dios por otra mucho más atractiva.  Y es que en nuestra sociedad consumista está demostrado que una buena imagen vende más.

            La proliferación de sectas está produciendo una competencia entre creencias como nunca se ha dado en el mundo, y las religiones están actuando en consecuencia.  Un ciudadano de una gran capital occidental tiene hoy en día acceso a prácticamente todas las creencias más importantes del planeta.  Esto está produciendo una notable competencia entre ellas, y en consecuencia las creencias empiezan a cambiarse para mejorar su calidad espiritual.  Nunca las más importantes creencias del planeta han tenido tanta competencia, todas tenían su territorio, sus territorios o sus países donde implantaban su hegemonía; pero esto está desapareciendo, dando paso a una feroz competencia, en especial en los países desarrollados.  No cabe duda de que esta novedosa situación en los ámbitos espirituales del hombre está provocando una auténtica revolución cultural, y todo ello gracias a las tan mal vistas sectas.

            Cierto es que existen religiones o grupos sectarios que no se mueven de donde han estado durante siglos, son los integristas, anclados en una inamovible tradición religiosa, dispuestos en muchas ocasiones a defender con sangre y fuego sus creencias, en clara lucha contra Satán encarnado en todas estas revoluciones novedosas y en nuestra civilización que las permite.  La libertad religiosa no puede ser bien vista por quienes no creen cierta otra creencia que la suya.  Otras creencias o religiones un poco más permisivas, aunque no dispuestas a modificar sus dogmas de fe, intentan adaptarse a estos nuevos tiempos, realizando modificaciones que no alteren sus raíces más esenciales.  Éstas son las religiones oficiales de los países con libertad religiosa, las que se vieron obligadas a tragar los nuevos cambios y la dura competencia que les trajo la proliferación de sectas, de creencias y religiones nuevas. 

            Nunca los dioses han sido tan moldeados al gusto del consumidor.  Las leyes del mercado económico están siendo aplicadas al mercado divino.  Todo un sacrilegio.  Un divino sacrilegio, en mi opinión, pues demuestra que a dios lo creamos los hombres a la imagen y semejanza que se nos antoja, y no viceversa.  Como vengo afirmando en este libro, tanto los diferentes dioses o fuerzas sagradas con sus correspondientes realidades virtuales son ―y siempre fueron, en mi opinión― creaciones de las pulsaciones psicológicas de los grupos o fundadores que las crearon.  Y si esto se puede poner en duda, después de ver lo que está sucediendo en el seno de las sectas actualmente, espero que ya no haya vacilación alguna al respecto.

            Y no se piense que estos dioses a la carta son deidades de poca monta.  Funcionan como cualquier otro dios con milenios de solera.  Son capaces de crear en torno a ellos atmósferas sagradas de extraordinaria calidad y seducir al público como el dios más añejo.  

            Dos son las consecuencias más importantes de esta revolución cultural.  Por un lado, muchos de los renegados de los dioses tradicionales encuentran en los nuevos dioses a la carta algún dios a su medida.  Y por otro lado, inevitablemente, aquel que se recorre varias de estas creencias acaba con una considerable pérdida de la fe en todas ellas, pues descubre la manipulación del hombre en la creación de los dioses.  El creyente buscador de la auténtica creencia acaba harto de tanta manipulación sagrada. 

Quienes todavía continúan inamovibles en sus viejas creencias, haciendo caso omiso de todas estas movidas sectarias herejes, no tienen crisis de fe; pero muchos de quienes nos vimos inmersos en esta avalancha de novedades espirituales y observamos la capacidad creadora de cielos y de infiernos, de dioses y de demonios, que tiene el hombre, no pudimos por menos que empezar a perder la fe de que dios fuera el creador de todas las cosas.  

Esta creciente pérdida de fe está propiciando nuevos cambios en todas estas movidas espirituales.  Por un lado los fundamentalistas están siéndolo mucho más que nunca, en santa cruzada contra el auge del ateísmo y la competencia de otras creencias.  Y, por otro lado, los cocineros de dioses a la carta, los creadores de los mitos actuales, se están esforzando como nunca por encontrar una creencia universal que convenza a una mayoría de la población.  Intentan dar con esa creencia infalible, que aúne a todas las demás.  Intentan encontrar las claves de lo que sería la gran religión universal, aunando en una sola doctrina los ingredientes básicos de todas las demás. 

En los mercados sectarios ya se anuncian religiones universales, pero es un desesperado propósito en mi opinión.  No conviene olvidar que los ingredientes más importantes de las diferentes religiones son incompatibles con algunos ingredientes básicos de las demás.  Además de que estos artesanos de lo divino crean su creencia particular aunando las creencias que ellos han llegado a conocer; y, como cada uno de ellos no ha podido tener acceso a todas las creencias del mundo, cada uno crea su religión particular, mas que universal, cóctel de las creencias que él ha vivido.  También estos creadores tienen en cuenta las creencias de la gente intentando componer esa nueva religión a gusto del consumidor, por ello es sorprendente observar cómo en ellas se llegan a aunar en muchos casos las tendencias más populares cristianas, orientales y de extraterrestres.  Increíble pero cierto.  Hay muchísimas sectas que viven este popurrí de creencias mezclados en una sola, convencidos de que están en lo cierto.  Sus seguidores creen que todas las religiones y creencias tienen su parte de razón, y por ello las aúnan a todas, consiguiendo a menudo ―y esto es lo sorprendente― una sana convivencia entre todas.  Y es que la atmósfera sagrada hace milagros en las mentes de los creyentes. 

Yo, como tengo por costumbre, siento discrepar de estas modernas intentonas por encontrar la gran religión universal.  Ya hay varias que se anuncian como tales.  Pero intentar crear una nueva religión universal, en mi opinión, es intentar crear una nueva ilusión universal.

 


 

EL FUTURO

 

            Siento no conocer arte esotérico para predecir el futuro, es algo que no me interesó nunca; y como tampoco estoy en contacto con voz alguna del más allá, de esas que tanto abundan en los ambientes sectarios, expertas en decirnos cómo nos va a ir en la vida, nos vamos a ver obligados a hacer uso únicamente de nuestra inteligencia para intuir el devenir de los acontecimientos en los ambientes más espirituales del mundo.  Puede parecer poca ayuda para tan arriesgado empeño, pero, en mi opinión, es más que suficiente.  A lo largo de este libro me he esforzado en demostrar que, aún en los laberínticos caminos del alma, la inteligencia del hombre es superior a la de los dioses.  A la hora de predecir nuestro futuro, en mi opinión, son más fiables los cálculos de una lógica razonada imparcial que los que nos puedan ofrecer el tarot, la astrología, la bola de cristal o cualquier médium profético.  Por lo tanto, hagamos nuestras predicciones de futuro haciendo uso únicamente de lo evidente:

            Ya hemos hablado de que los cambios en el nivel espiritual de la Humanidad siempre han sido lentos.  Pero un individuo, o un determinado grupo de individuos, pueden experimentar cambios más rápidamente que gran parte de la sociedad.  De hecho es en las sectas donde primero se gestan los cambios espirituales que más tarde afectarán al resto del mundo.  Por lo tanto, con observar el desarrollo de los acontecimientos en estas puntas de lanza de las diferentes revoluciones espirituales, estaremos viendo las movidas que en un futuro pueden llegar a cuajar en la sociedad.  Y como a lo largo de este libro ya hemos expuesto un repertorio de estas movidas, ya tenemos datos más que suficientes para obtener un abanico de posibilidades de futuro.

            Por un lado es obvio que los inmovilistas continuarán siéndolo.  Las religiones en el poder continuarán haciendo todo lo posible por no perder sus terrenos conquistados.  Y, en consecuencia, continuará la persecución de las sectas en plan moderno, en los medios de comunicación.  Los más avispados, haciendo caso omiso de la publicidad negativa, continuarán utilizando a las sectas para seguir aprendiendo y evolucionando; mientras que los menos afortunados serán manipulados por ellas, tal y como ha sucedido siempre:  Grandes personajes de la Historia fueron adiestrados en sectas y sacaron gran provecho de ellas, recordemos que la masonería adiestró a muchos de nuestros políticos ―por ejemplo― mientras que al pueblo se le convenció, y se le sigue convenciendo, de que las sectas en general son perniciosas.  Muchas  personas utilizarán, como siempre, las sectas para potenciar su éxito profesional, a la vez que ocultarán ser alumnos de semejantes escuelas de aprendizaje; mientras otras personas continuarán sufriendo penosas consecuencias en estas asociaciones.  (Me gustaría que en esto no se viera nada extraordinario, en otro tipo de asociaciones sucede lo mismo: en los ambientes laborales, por ejemplo, unas personas son felices y alcanzan el éxito, mientras otras padecen el trabajo como un castigo divino).

            Continuarán anunciándose nuevos apocalipsis, y continuarán haciendo el ridículo quienes los anuncian; lo que no impedirá que los vuelvan a anunciar nuevamente.  Seguirán anunciándose nuevas venidas de Cristo y del anticristo, de la virgen, de los extraterrestre, etc.

            Por supuesto que tanta patraña esotérica continuará provocando que muchas personas deseen que las sectas desaparezcan de nuestra sociedad, pero mientras no encontremos otra forma de saciar la sed de divinidad del hombre, las sectas continuarán haciendo su papel de buscar pozos en las profundidades del alma humana para sacar algo de agua y dar de beber al sediento buscador de dios.  Quien sueñe con un futuro sin sectas, en vez de continuar perdiendo el tiempo en perseguirlas (y alimentarlas así con mártires) que busque alternativas; pero alternativas reales, que estén a la altura de lo que se vive en las sectas.  No hagamos como con las drogas, ofreciendo a la juventud alternativas que no le llegan ni al tobillo al gigante de la drogadicción.  Perseguir estos fenómenos sociales, sin ofrecer alternativas equivalentes, ya debiéramos de saber que apenas da resultados.

En este empeño por encontrar una alternativa válida aparecerán en escena las llamadas religiones universales, mezcolanzas a gusto del consumidor de las movidas espirituales más conocidas.  Pero, como ya hemos comentado, serán más de lo mismo. 

Otras esperanzas se centran en soñar con un sínodo de las religiones más importantes del planeta, que concluyera con la creación de un parlamento espiritual.  Una especie de foro común que gobernase las almas del mundo entero, semejante al de las Naciones Unidas, que se llamaría Cielos Unidos o algo así.  Ésta es una utopía en mi opinión imposible de conseguir, pues cada religión tiene ingredientes básicos incompatibles con los ingredientes de las restantes religiones.  Ya hemos visto en nuestro pasear por las sectas que las bases de cada una de las creencias niegan la existencia de otras creencias tan válidas como la suya.  La Historia nos ha dejado abundantes muestras de la furibunda intransigencia que las religiones siempre han tenido entre sí.  Y aunque ahora en los países civilizados se comporten más civilizadamente, gobernar el mundo espiritual por tantos gobernantes de los paraísos celestiales como hay, es un logro muy difícil de conseguir.  Además, no olvidemos que muchos países subdesarrollados se encuentran en una etapa histórica semejante a la de nuestras cruzadas, en clara lucha contra infiel, en este caso nosotros. 

Y para quienes estamos esperando una auténtica revolución espiritual, no creo que nos venga precisamente de la religiosidad tradicional, sino de fuera de ella.  La tradición no tienen nada nuevo que aportar, precisamente su fuerza se basa casi siempre en sistemas inamovibles milenarios.  Lo novedoso vendrá causado por la influencia de los grandes cambios sociales, culturales, científicos, de nuestra sociedad. 

La gran proliferación de sectas es una consecuencia de nuestra revolución social, de nuestras libertades sociales.  Toda una revolución para la espiritualidad y el conocimiento humano.  Muchas personas pueden cambiar de creencia hoy en día con una facilidad asombrosa, y experimentar nuevas formas de religiosidad.  Toda una oportunidad de realizar análisis comparativos impensable hace unas cuantas décadas que puede revolucionar los caminos espirituales.

Pero, quizás lo más novedoso, nos llega del impacto cultural científico en la religiosidad.  La cultura científica popular ―que muy a menudo tiene muy poco de científica― continuará gestando creaciones de ciencia-ficción religiosas de origen extraterrestre.   Pero, como ya hemos estudiado, siguen siendo el mismo tipo de creaciones que durante miles de años hemos realizado los terrestres, aunque ahora con ensoñaciones científicas añadidas. 

Más la ciencia, sin ensoñaciones, la auténtica, la que está cambiando nuestras vidas en los países desarrollados, es la que probablemente llegue a gestar nuevas vías espirituales totalmente nuevas.   Habrá casos (quizás el nuestro) en los que nos atreveremos a utilizar los descubrimientos científicos ―dentro de lo posible― para investigar la espiritualidad del hombre.  Si las ciencias están siendo un gran motor de importantes cambios en nuestra civilización, probablemente sean ellas también un gran motor de importantes cambios en nuestra espiritualidad.  El rigor científico puede que nos ofrezca una posibilidad para salir del caos espiritual que la Humanidad lleva padeciendo desde hace milenios.

Si no deseamos que nuestro futuro sea semejante a nuestro pasado, habremos de utilizar herramientas totalmente nuevas para cambiarlo.  Quienes no somos creyentes no podemos quedarnos sentados esperando a que los dioses nos liberen de las viejas cadenas de la ignorancia.  Y quienes, además de no ser creyentes, intuimos que tras las creencias existe algo real, y estamos dispuestos a descubrirlo, habremos de enfrascarnos en una extraordinaria investigación.

El hombre tiene la suficiente fuerza de voluntad como para cambiar el caótico devenir de los acontecimientos espirituales que se han ido produciendo siglo tras siglo en la Historia.  Siempre hemos tenido tal fuerza de voluntad, pero nunca hemos sabido aplicarla correctamente.  Los juegos de ilusionismo de nuestra propia mente nos han abocado siempre al fracaso.  Pero ahora tenemos unas herramientas extraordinarias que nos pueden ayudar a conseguir lo que nunca hemos conseguido.  El método científico, por ejemplo, es ya parte de nuestra cultura, y su rigor investigador nos puede ayudar a labrar un futuro espiritual sin ilusionismos.  Nuestro futuro espiritual, si ha de experimentar cambios sustanciales, será a causa de nuestra cultura científica (no de ciencia-ficción).  Las ciencias, aunque a muchos les resulte increíble, es muy posible que nos ayuden a conseguir vivir nuestra gloriosa divinidad sin necesidad de creencia alguna. 

La fe está en crisis, muchos de nosotros ya hemos dejando las creencias a un lado; pero continuamos con hambre de felicidad.  Nuestro instinto nos empujará a la búsqueda de alimento espiritual y nos obligará a usar las herramientas más eficaces para encontrarlo.  Y ya en nuestra cultura es habitual que las herramientas más eficaces para conseguir lo que deseamos sean científicas.  Por está razón, nuestro futuro espiritual es inevitable que tarde o temprano se vea influenciado por las ciencias, aunque puede que todavía tengan pasar siglos hasta que las ciencias penetren definitivamente en el espíritu humano.  Mientras tanto, hagamos uso de la libertad que como hombres tenemos para labrar nuestro futuro, y vayamos abriendo nuevos caminos al caminar.

 


 

CONCLUSIONES FINALES

 

            Después de haber terminado este nuestro largo paseo por las sectas, ahora solamente nos queda sentarnos a descansar y extraer nuestras propias conclusiones.

            Como acabo de indicar en el capítulo anterior, no me cabe duda de que el hombre posee una gran capacidad de dirigir su destino, aunque tenga por costumbre pensar que no es así, que él es un pelele de los dioses o de los demonios, de fuerzas ocultas, o sencillamente de sus circunstancias.

            Con esto quiero poner énfasis en la importancia que tienen las conclusiones que saquemos sobre nuestro caminar espiritual, ya que según sean unas u otras, creeremos que nuestro destino estará influenciado por unos factores u otros.  Y si nos atrevemos a pensar cada vez más que somos nosotros los mayores responsables de todo lo que nos sucede, puede que nos abrume tan gran responsabilidad, pero también seremos más libres, y, en mi opinión, estaremos mucho más cerca de la verdad.

            Así que vayamos con nuestros análisis finales, observando en primer lugar el engaño, que tan complacientemente hemos asumido a lo largo de la Historia, de delegar tanto en dioses como en los demonios nuestras circunstancias y movidas interiores.

            A lo largo de este libro hemos ido viendo que la multitud de realidades virtuales espirituales que existen, y han existido, no pueden ser otra cosa que creaciones de nuestra mente, escenificaciones de nuestras pulsaciones psicológicas.  Por lo tanto, hemos supuesto que tanto dios como el diablo son creaciones nuestras.  Algo que podemos decir muy fácilmente.  Para todo aquel que no ha tenido grandes vivencias espirituales es hasta comprensible, pero para quien ha subido a los cielos y ha experimentado la presencia del supremo dios infinito, como para quien ha sentido el mal infernal, nuestra afirmación es inconcebible; es muy difícil reconocer que esas poderosas influencias puedan ser creaciones nuestras.  La experiencia religiosa puede alcanzar tanta grandeza que al creyente le puede resultar imposible  compararla con la pequeña idea y sensación que tenemos de nosotros mismos.  Sin embargo, hasta la última página de este libro, nos vamos a centrar en intentar demostrar que todo está sucediendo en nuestra propia mente, en nosotros mismos.

            Pasos de semejante envergadura ya hemos dado en las últimas décadas.  Hasta hace poco era impensable la pérdida del gran poder que las religiones universales, con sus dioses al frente, ejercían sobre el pueblo llano.  La proliferación de sectas, la diversidad de creencias junto al ateísmo, han derrocado a los grandes dioses en una gran parte de las conciencias del mundo.  Y en consecuencia, como alternativa al antiguo poder, tenemos otros poderes celestiales importados de exóticos países, o modernos poderes de reciente creación.  Mas no se termina de reconocer que todas estas movidas son nuestras.  El creyente en ellas las considera ajenas a él, creaciones de los dioses, aunque sabe que existen multitud de creencias tan válidas como la suya y contradictorias entre sí.  De alguna forma se reconoce el gran fraude espiritual pero se consiente. 

Uno de los propósitos de este libro es encontrar una explicación razonable para tanta sinrazón espiritual.  En este capítulo podríamos llegar a la conclusión de que las cosas van a continuar igual porque siempre han sido así y porque nadie ofrece alternativas razonables y válidas, que funcionen, que den algo equivalente a lo que los sueños de las realidades virtuales espirituales ofrecen.

Voy a atreverme a proponer una alternativa, la alternativa que yo mismo estoy viviendo.  No sólo consecuencia de un minucioso trabajo intelectual, también es el lugar donde he acabado después de tantos años deambulando por el interior de las sectas.

Las conclusiones que uno saca al final de una etapa de su vida son esenciales para determinar el nuevo camino a emprender.  Muchas personas que, como yo, realizaron largas andaduras por las sectas, acabaron en lugares muy dispares dependiendo de unas conclusiones u otras.  La mayoría se quedaron en aquella secta o creencia que más les gustaba o más les convencía de todas las que habían frecuentado.  Otros escogieron aquellas que contenían las mezclas de las que habían conocido, o crearon ellos mismos otras nuevas a su medida, y, otros, negándose a soportar la diversidad de formas que adopta el gran fraude espiritual, acabaron perdiendo toda fe en el desierto del escepticismo.  Cuando no nos satisface lo que estamos viviendo, las conclusiones nos ayudan a tomar una alternativa. 

Cansado de soportar el gran fraude espiritual, acabé viviendo mi propia alternativa.  No puedo asegurar que sea tan celestial ni tan sagrada como las experiencias que viví en mi pasear por las sectas, pero al menos es más real, más sincera, más mía; y, sobre todo, menos fraudulenta.

Y ahora se preguntarán ustedes cual va ser mi alternativa, después de no haber dejado títere con cabeza, cuando he considerado a todas las que existen más o menos fraudulentas.  El típico visionario espiritual arremete contra todo tal y como yo lo he hecho, pero siempre se guarda en el bolsillo algún dios o energía divina para ponerla en el trono que se ha encargado de vaciar el mismo de dioses falsos, según su criterio, claro está.  Sin embargo, yo no me he quedado con dios alguno en el bolsillo, incluso, por no tener, no tenemos ni trono donde sentar a nadie, ya que al haber considerado a los escenarios virtuales una ilusión, no tenemos trono celestial alguno que nos valga. 

Mi alternativa es la consecuencia lógica de las conclusiones expuestas a lo largo de este libro:  si las realidades virtuales espirituales son una mentira, y la verdad de ellas reside en nosotros, resulta obvio que todo lo que vivimos en ellas proviene de nosotros.  No las formas, los lugares, los personajes o los nombres, sino la esencia de todo ello.  Los escenarios virtuales espirituales, así como sus personajes o fuerzas, son aleatorios, cambian según las circunstancias culturales de los lugares donde nacen.  Sin embargo, lo que representan, sí qué es nuestro, somos nosotros.  Por lo tanto, mi propuesta consiste en apropiarnos de lo que nos pertenece, aunque nos cueste creernos que es realmente nuestro. 

            Vuelvo a insistir en que esto es muy difícil hacerlo.  Es mucho más fácil soñar con muestras grandes movidas inconscientes que reconocerlas de frente.  Nuestra mente no tiene dificultad de mostrarnos lo que somos en los sueños que tenemos mientras dormimos, así como tampoco tiene dificultad para mostrarnos lo que somos en nuestros sueños manifiestos en las realidades virtuales espirituales.  Ahora bien, ¿quién es el guapo que se atreve a asumir su realidad cuando sueña que es el rey del universo, o cuando sueña que es un despiadado asesino?, o ¿quién se atreve asumir que es un dios y a la vez un demonio?  Contradicción humana que intentaremos comprender en los próximos capítulos, e impresionante responsabilidad para asumirla de golpe.  Hagámoslo poco a poco, asumiendo en primer lugar la divinidad positiva, para después encargarnos de nuestro malvado lado oscuro.  Crezcamos en positivo, tiempo tendremos después en ocuparnos de lo negativo.

 


 

MANIFIESTO REVOLUCIONARIO

 

            Éste es el título que le viene como anillo al dedo al capítulo presente.  Después de escribirlo no encontré otro mejor, pues en él expongo las bases de una auténtica revolución espiritual.  No es mi intención ganar medalla alguna al hacer esto, no creo que nadie se las merezca cuando alguien hace algo semejante.  Cuando un gran cambio social sucede acostumbramos a buscar al principal protagonista, que lo anunció o lo promulgó, y a colocarlo en un pedestal cargado de halagos y medallas, cuando en realidad esa revolución ya llevaba tiempo viviéndose en el pueblo.  La mayoría de los míticos revolucionarios no son sino personas normales portavoces de algo que ya está sucediendo.  Nuestras mentes están muy unidas, y es muy difícil que a una sola persona se le encienda la bombilla de la genialidad sin que también esté encendiéndose a la vez en otras mentes.  Estoy seguro de que la propuesta que presento a continuación, aunque no la he conocido en boca de nadie tal y como la voy a presentar, lleva tiempo cociéndose en más de un individuo.  Creo que es una de las consecuencias más razonables derivadas del caminar por el interior de las sectas, resultante de aplicar la experiencia y la razón sobre la fe y el dogma.

            Mi propuesta se basa en asumir nuestra divinidad sin permitir que ésta se proyecte en las realidades virtuales espirituales.  Invito a gozar de la atmósfera sagrada prescindiendo de los sueños esotéricos que habitualmente la envuelven.  Es la determinación más lógica que he encontrado para salir del caos sectario.  Es decir: propongo renegar de tanto dios contradictorio, pero no de nuestra divinidad.  Se trata de ser ateos y divinos a la vez.  Se trata de ser santos sin necesidad de creer en dios.  El ateísmo a secas no aporta una revolución sostenible, gran parte del pueblo no se deja convencer por él y sigue buscando a dios de una forma o de otra.  Tampoco las vías espirituales o religiones que promulgan hacernos divinos lo hacen eficientemente, utilizan demasiados escenarios, fuerzas o dioses virtuales, donde se nos pierde gran parte de nuestra divinidad.  Por supuesto que tampoco la postura del agnosticismo nos resulta válida; a muchos de nosotros no nos gusta cruzarnos de brazos ante los misterios de la vida espiritual, preferimos entrar a saco con nuestro entendimiento en los más íntimos habitáculos de los dioses aunque corramos el riesgo de fracasar.

            No pretendo que se asuma todo el poder de los cielos de golpe, eso es imposible, la mente humana no sabe de bruscos cambios, los grandes cambios siempre se habrán de realizar poco a poco, comprendiendo, asumiendo y digiriendo cada paso que damos.  No estoy proponiendo una revolución al estilo de la revolución francesa, no deseo que nadie se arrepienta después de sus actos.  Robar la divinidad a los dioses habremos de hacerlo lentamente, sigilosamente, sin asaltos violentos, llevándonos poco a poco de sus lujosos aposentos lo que al fin y al cabo es nuestro, lo que es del pueblo.  Nuestros antepasados se lo dieron hace muchos siglos y ya es hora de que vuelva a sus antiguos dueños.  No nos asustemos por tanta responsabilidad.  Si nosotros, el pueblo, estamos consiguiendo poco a poco asumir nuestro poder político mediante la democracia, ya va siendo hora de que asumamos nuestro poder espiritual.

            Dios es un poder, una energía que ya es hora de que deje de estar monopolizada por los poderes religiosos.  El pueblo tiene derecho a experimentar lo sagrado sin necesidad de hipotecar su vida o su muerte por ello.  Tenemos tanto derecho a vivir la divinidad por derecho propio como lo tienen los poderosos gurús y sacerdotes por el derecho que les otorgan sus dioses. 

Pidamos a los grandes maestros del alma que nos enseñen la divinidad del hombre, nuestra divinidad, en vez de mostrarnos la divinidad de unos dioses inexistentes.  Abandonemos la tradicional búsqueda de dios por la búsqueda de la divinidad del hombre.  El buscar al dios verdadero nos va a dejar como estamos, es algo que llevamos haciendo miles de años, y ya sabemos lo que sucede al respecto: en cuanto el buscador encuentra una atmósfera sagrada lo suficientemente densa, que le proporciona la sensación de verdad y de infinitud, creerá que ha encontrado al dios verdadero en la deidad, energía o gurú que le ayudó a vivir la experiencia sagrada; cuando a su vecino le ha pasado otro tanto de lo mismo, pero con otra deidad, energía sagrada o gurú.  Éste es un sistema de búsqueda espiritual prehistórico que ha proporcionado muchos dolores de cabeza a la Humanidad, es hora de encontrar otro mejor.  Si llevamos milenios conociendo a dios gracias a la fe, ahora podemos conocer nuestra divinidad gracias a la fe en que podemos hacerlo sin dios que nos valga. 

            No estoy proponiendo una fe ciega, si así fuera, nuestra revolución apenas podría sustentarse.  La aseveración de que todos los dioses, incluyendo los infinitos, salieron de nuestra mente, es consecuencia de una lógica aplastante.  Mi intención es ir de la mano de la razón, y a poder ser de la razón científica, pues las ciencias están ya tan inmersas en nuestra cultura que es muy difícil emprender revoluciones culturales sin contar con ellas.  Tal es su peso en nuestra cultura que la mayoría de los grandes avances de nuestro progreso están protagonizados por ellas.  Las ciencias representan lo más serio de nuestra inteligencia, es impensable soñar con una gran revolución del tipo que sea dejando a una lado a nuestro lado más inteligente. 

Las ciencias fueron quienes más contundentemente denunciaron la  sinrazón de las verdades reveladas, pero todavía no nos han dado respuestas a las grandes preguntas transcendentales.  Si los dioses continúan en el poder es porque, además de las experiencias sagradas que proporcionan, dan a sus devotos mejores respuestas que las ciencias a las grandes preguntas de la existencia.  Es lamentable que algunos científicos anden anunciando que todas las movidas del alma humana son debidas exclusivamente a la química de nuestro cerebro.  Las ciencias ni siquiera han comenzado a entrar en las dimensiones profundas de nuestra mente, y menos de nuestro espíritu.  Por lo que probablemente todavía tengamos que soportar por algún tiempo las bravuconadas de atrevidos científicos que se anuncian descubridores de un terreno en el que todavía ni han entrado.  Las fanfarronadas científicas fueron algo que también tuvimos que soportar cuando las ciencias comenzaron a penetrar en la materia y en los organismos vivos.  Es consecuencia de la atrevida ignorancia de los primeros pasos.  Yo no pierdo la esperanza de que poco a poco la seriedad científica empezará a caminar por nuestros interiores y a descubrir nuestros secretos más insondables.  Las ciencias caminan despacio, pero seguro.

            Mientras tanto, mientras las ciencias llegan a nuestras dimensiones más sutiles, las personas más comprometidas con la espiritualidad podemos ir asumiendo lo que es nuestro.  Las sectas y las religiones, los gurús y los predicadores continuarán anunciando que tienen la exclusiva para generar atmósferas sagradas.  Mi propuesta inmediata consiste en robársela poco a poco:  Siempre que vivamos una plenitud sagrada, asumirla como nuestra, no como un regalo de la gracia divina, sino como un regalo de nuestra propia gracia, divina o no divina.  Urge una alternativa, al menos un inicio de alternativa.  Si no la encontramos, si no la vivimos, las cosas continuarán como siempre: la sed de la espiritualidad continuará saciándose en fuentes de agua no muy clara.  Y las sectas continuarán haciendo su agosto.  El gran fraude espiritual no acabará hasta que un grupo de personas ateas sean capaces de generar una atmósfera sagrada de calidad semejante a la que se produce en las sectas de adoradores de dioses, entonces habremos dado el importante paso de iniciar en serio una gran revolución espiritual.  Merece la pena cualquier intento al respecto.

            Asumamos nuestra dimensión sagrada, experimentémosla, aunque sea en el seno de las sectas.  Neguemos la fraudulenta procedencia que se nos intentará inculcar de toda atmósfera sagrada que alcancemos a vivir, todo poder sagrado no viene sino de nuestro propio centro.  Robemos de los altares los elixires divinos y guardémoslos en nuestro corazón, de donde no debieron de salir nunca.  Cambiemos la oración por la invocación de nuestra divinidad, la devoción por el amor incondicional hacia nosotros, hacia los demás y hacia todo lo que nos rodea; sintamos que somos en esencia amor sin necesidad de proyectarlo en deidad alguna.  Dejemos lavarnos el cerebro, pero no permitamos los teñidos.  Después de borrar el disco duro de nuestro ordenador cerebral, metamos en él los programas que nosotros queramos, no los que los profesionales limpiadores sectarios quieren que metamos.  Cuando demos con el programa correcto habremos realizado un gran descubrimiento, pues la Humanidad se completará con él, en vez de escindirse como habitualmente sucede con las doctrinas espirituales habituales. 

Empecemos por acomodar nuestros recuerdos en el lugar que le corresponden.  Destruyamos los programas que nos indican a la divinidad como proveniente de lugares ajenos a nosotros.  Tanto los cielos como los infiernos no salieron nunca de nuestra mente, son nuestros.  Recordemos los momentos más sagrados de nuestra vida y veámoslos como algo venido de nosotros mismos y no de otras fuentes ajenas a nosotros, por muy divinas que se hubieran anunciado.

            Gracias a todos los gurús, maestros e instructores que tuve en mi vida; gracias a todos por mostrarme mi divinidad.  Y también les perdono a todos ellos por haberme intentado convencer de que mi divinidad no era mía.

            Nos podrá parecer que corremos el peligro de que se nos suba el pavo.  Es típico que la divinidad del artista, por ejemplo, se convierta en divismo.  La vivencia de la atmósfera sagrada está llena de trampas destinadas a impedir que vivamos su infinitud.  La soberbia es una de las más comunes.  Muchas personas religiosas al leer estas páginas pensarán que estoy cometiendo un gran pecado de soberbia a intentar asumir la divinidad de todos los dioses.  Los creyentes saben mucho de eso, todos padecen el engreimiento de que su fe es la auténtica.  Más no temo que el endiosamiento nos nuble la razón, nuestra civilización no lo permitiría por mucho tiempo.  En nuestro tiempo y en nuestra sociedad los detractores andan sueltos, ya no hay quien los encierre ni los queme en hogueras.  Los buscadores de la verdad tenemos un tesoro que nunca habíamos tenido antes: es la libertad de expresión; las voces discrepantes siempre pondrán en tela de juicio a toda verdad que no sea realmente una verdad.

            No nos creamos que nuestra moderna sociedad no es espiritual, que sólo la gobierna el materialismo.  Las libertades que disfrutamos solamente pueden provenir de una gran espiritualidad.  Nuestras circunstancias sociales son excelentes para del crecimiento del hombre.  Nuestro caminar es casi infalible si conseguimos que el poder destructivo que encarnamos no lo detenga.  Tomemos los caminos que tomemos, si no cesamos de andar, concluirán tarde o temprano en nuestra propia verdad.  Si bien es cierto que nuestro materialismo en un principio parecía alejarse de los grandes valores espirituales, ahora estamos observando un retorno de nuestra sociedad a la espiritualidad.  Tarde o temprano acabaremos encontrando nuestro propio centro, aunque debido al materialismo científico o al egoísta capitalismo nos parezca ir en dirección contraria. 

Sintámonos orgullosos de nuestra civilización.  Olvidémonos por un momento de nuestro lado oscuro y reconozcamos nuestra grandeza espiritual.  Hace falta ser una sociedad muy divina para conseguir dar a su pueblo el estado del bienestar que nosotros gozamos.  Dejemos de buscar fuera lo que tenemos en casa.  ¿Qué espiritualidad nos puede llegar de ciertas naciones que no son capaces de sacar de la miseria a sus pueblos?  ¿No es mucho más elevada la divinidad de nuestra sociedad?  Tenemos a multitud de científicos devanándose día noche los sesos para intentar hacernos más felices.  ¿En qué sociedad se ha dado semejante empeño?  Además de nuestra divinidad, asumamos también la divinidad de nuestra sociedad, y sus grandes milagros.  Aunque nuestra civilización caminara en sentido contrario a la verdad, debido a la redondez de nuestro mundo, llegaríamos a ella antes que tomando cualquier camino religioso.  Esto es debido a que en la mayoría de los caminos espirituales no se camina, los dogmas de fe son barreras infranqueables para el creyente, hasta ahí podrá llegar, pero nunca ir más allá.  Y nuestra civilización se caracteriza por franquear barreras, por avanzar en busca de la tierra prometida, por dudar de las limitaciones que siempre nos impusieron las grandes creencias.

            Sabemos que nos falta mucho camino por recorrer, todavía nos queda un largo trecho para encontrar una felicidad que nos satisfaga plenamente, pero seguimos caminando.  Cuando un occidental cae rendido en su búsqueda, inmediatamente le sustituye otro que retoma el camino donde el anterior lo dejó.  Nuestro caminar es incansable, por eso confío más en nuestra capacidad de encontrar nuestra propia verdad, que en las ofertas de verdades venidas de caminantes que se sentaron a la vera del camino pregonando que ya la encontraron, predicando su verdad presumiblemente incuestionable, su dogma de fe indemostrable; cuestionable por todo aquel que no esté dispuesto a creérselo.  Una mentira científica puede durar cierto tiempo, pero tarde o temprano será descubierta; la constante investigación de nuestros intelectuales no permite por mucho tiempo estancarse en el error.  Sin embargo, las mentiras religiosas se mantienen durante milenios porque no admiten investigaciones sobre ellas, son dogmas de fe.  No necesitamos caminos de búsqueda venidos de fuera, nuestros sistemas de búsqueda son inmejorables. Tarde o temprano encontraremos todo aquello que andemos buscando, y, si no, démosle tiempo al tiempo.

            Renegar de nuestra esencia cultural, a quienes nos fuimos a otras culturas en busca de lo que aquí no encontramos, a muchos de nosotros no nos ha aportado nada esencial, real y verdadero.  Importamos culturas venidas de Oriente con multitud de promesas que no se han cumplido.  Fuimos en busca de una verdad espiritual proveniente de los países subdesarrollados, y así importamos una espiritualidad subdesarrollada.  Siguiendo los consejos del misticismo oriental, muchos de nosotros renegamos de nuestra mente, la consideramos maligna y traicionera, y de esta forma renegamos de nuestro tesoro más preciado.  Y cuando descubrimos que en los virtuosos caminos espirituales, que denunciaban el mal de nuestra mente, aparecían venenos mentales tan dañinos como los de nuestra civilización, o incluso peores, muchos de los buscadores nos volvimos a casa con el rabo entre las piernas, disimulando el fracaso de no haber encontrado el tesoro que en los principios pregonamos haber descubierto. 

              Occidente tiene el status social más elevado por haber desarrollado su intelecto más que las demás civilizaciones.  Los avances tecnológicos, derivados del pensamiento científico, han elevado nuestro bienestar por encima de los demás pueblos.  Somos la envidia de otras civilizaciones, medio mundo subdesarrollado daría la mitad de su vida por pertenecer al nuestro.  No hay razón para sentirnos insatisfechos de nuestro caminar.  Y si el pensamiento científico nos ha elevado materialmente por encima de los demás pueblos, no hay razón para dudar de que también nos pueda ayudar a progresar espiritualmente.

 


 

LA HIPÓTESIS

 

            Como he venido anunciando, una de mis últimas intenciones en este libro va a ser la de implicar en la investigación del espíritu del hombre a las ciencias.  Empeño que parecerá imposible de conseguir por el hecho de que precisamente las ciencias han sido siempre las grandes enemigas de todo camino y dogma espiritual.  La severidad del razonamiento científico siempre chocó de frente con la irracionalidad de las verdades reveladas.  Por un lado, la inalcanzable alma humana por las ciencias, (negada su existencia por muchos científicos), y, por otro lado, los descarados atrevimientos de las creencias espirituales asegurando explicarlo todo en sus realidades virtuales, sin ninguna base científica, acabaron por bifurcar estos dos caminos que ―en mi opinión― urge volver a unir. 

            Aunque también es cierto que si todavía el método científico no ha abordado la investigación de nuestra realidad más profunda es porque no ha podido.  La psicología, la ciencia que más se aproxima a la profundidad del hombre, cuando trata de nuestros asuntos más internos pierde su carácter científico; no hay forma de construir un mapa riguroso de nuestros interiores, en especial de nuestra dimensión espiritual.  Los intentos que se realizaron al respecto estuvieron carentes de todo rigor científico, protagonizados por visionarios espirituales intelectuales.  Espero que el intento que expongo a continuación no sea otro semejante que también acabe en aguas de borrajas.

De todas formas, si me equivocara no tendría más importancia.  Si Newton o  Galileo se hubieran equivocado hoy no nos acordaríamos nadie de sus hipótesis, ni se habrían convertido en teorías.  Esto es lo fascinante del método científico, que toda hipótesis se pueda demostrar si es cierta o se pueda negar si no lo es.  Algo que necesitamos como el agua en los caminos espirituales, donde tantas certezas se proclaman sin demostración alguna, contradiciéndose las unas a las otras, y sin dejar ninguna posibilidad para ser negadas; aunque muchas de ellas se han desmoronado como castillos de naipes cuando los descubrimientos científicos pusieron a descubierto su mentira.

Si pretendemos aliarnos con las ciencias es por intentar también que nos induzcan algo de su velocidad de crecimiento.  Es tal su ritmo de desarrollo que hoy en día da la sensación que son las únicas creaciones humanas que evolucionan.  Necesitamos su espíritu critico e inquieto en los mundos religiosos para sacudirlos de tanto inmovilismo dogmático. 

            Mi intención es dar con un modelo teórico que nos ayude a recomponer por completo el puzzle del rompecabezas de nuestra realidad.  Es necesario encontrar una hipótesis donde podamos empezar a encajar muchas de las piezas que en la actualidad permanecen diseminadas en diferentes áreas de estudio, incluyendo tanto a la materia como al espíritu.

            Llegados a este punto supongo que más de un científico que esté leyendo estas líneas me considerará seriamente afectado por mi andadura por el interior de las sectas.  No voy a negar el carácter visionario de lo que expongo a continuación, ni que sea un osado intento por intentar explicar y unificar las vivencias tanto espirituales como materiales; aunque he de aclarar que no se trata de una visión mística, sino de un entendimiento producto de la razón, por lo que cualquiera puede llegar a entenderlo.  Mas como no soy ninguna reconocida eminencia intelectual, ruego se me disculpe semejante atrevimiento, muy probablemente estimulado por el nivel de mi ignorancia.  Pero prefiero hacer el ridículo a no hacer nada:

            Existe un nuevo concepto científico llamado realidad virtual, utilizado ya en este libro para describir lo que hemos dado en llamar las realidades virtuales espirituales.  La tremenda velocidad del desarrollo de la ciencia informática ha introducido este concepto en nuestra cultura tan rápidamente que muchas personas todavía no saben muy bien de qué se trata.  Los ejemplos que hemos dado al respecto en este libro han sido destinados expresamente para explicar los distintos escenarios religiosos con sus personajes y fuerzas incluidos.  Pero ahora vamos a centrarnos en entender lo que es una realidad virtual derivada de la ciencia informática, dando unas explicaciones dirigidas especialmente a quienes no tienen ni idea al respecto. 

            Los ordenadores, o mejor dicho los diseñadores de las realidades virtuales, son capaces de crear mundos informáticos y de permitirnos meternos en ellos.  Los jóvenes modernos los conocen bien, y quizás muchos adultos los lleguen a conocer a través de sus hijos cuando los observan sumirse en ciertos vídeo-juegos con tan elevado grado de realidad que parecen llevarles a otro mundo.

            La realidad virtual evolucionó a partir de la cinematografía.  Nuestra conciencia ya está acostumbrada a sumirse en las pantallas cinematográficas y a vivir las escenas.  Esta es una tenue aproximación a entrar en otros mundos, cinematográficos en este caso, pero solamente como espectadores, ya que no podemos ser protagonistas de las películas, por lo que la sensación que tenemos de realidad de los mundos cinematográficos es bastante tenue comparada con la realidad de nuestro mundo; aunque muchas personas forofas del cine sean capaces de sumergirse en la realidad cinematográfica como lo hacen en la vida real o incluso mejor, y gusten de pasarse media vida en las salas de proyección o frente a la televisión viviendo otras vidas que no son la suya.

            La gran innovación de la realidad virtual derivada de la informática nos permite, además de ser espectadores, participar en la acción, ser protagonistas de alguna forma de las películas o del mundo generado en el ordenador, y en consecuencia podemos sumergirnos en la virtualidad con un mayor grado de realismo.

            Los sistemas de realidad virtual más sencillos permiten pequeños márgenes para actuar en las escenas que aparecen en el monitor del ordenador.  El uso del teclado o del ratón es la forma más simple de intervenir en la acción, sencillos mandos de control que han ido evolucionando en multitud de diferentes instrumentos muchos más sofisticados, utilizados para los video-juegos, entre los que nos encontramos volantes para conducir coches, armas para disparar, mandos para conducir naves espaciales, etc.   

            También los sistemas que introducen nuestros sentidos en los mundos virtuales van evolucionando.  El monitor o la pantalla, es la forma más sencilla de introducirnos visualmente en el mundo virtual, y a través de los altavoces nos llegan los sonidos.  Pero, en su evolución, la realidad virtual intenta cada día superarse y aumenta en lo posible la calidad de engañar a la conciencia, para convencernos mejor de que estamos en un mundo real.  Y para hacernos percibir con un notable grado de calidad el mundo virtual, se diseñan sistemas que nos aíslen lo mejor posible de nuestro mundo, a la vez que nos sumerjan lo mejor posible en el mundo del ordenador.  Una forma habitual de aislarnos de nuestro mundo y de introducirnos en el electrónico es a través de unos cascos que llevan dos pantallas delante de los ojos y el sonido incorporado.  Otras formas más sofisticadas de inmersión en otros mundos se realizan en cabinas especiales diseñadas para tal fin.

            Existen multitud de formas que intentan sacarnos del mundo en el que vivimos y meternos en los mundos digitales.  Con el sentido del tacto también se hacen experimentos al respecto.  Existen guantes especiales que nos permiten meter la mano en los mundos virtuales.  Y hasta se están haciendo experiencias con el olfato.  Poco a poco se van intentando meter más partes de nuestro cuerpo y de nuestros sentidos en los ciberespacios para aumentar la sensación de realidad.  La ciencia-ficción ya nos mete por completo, lástima que todavía no sea tecnológicamente viable.  A pesar de que las innovaciones tecnológicas no dejan de progresar al respecto, falta mucho para que consigamos meternos en el ordenador al cien por cien.

            De todas formas, la realidad virtual generada por ordenador ya nos está aportando beneficios.  Gracias a ella, los elevados presupuestos de adiestramiento de pilotos de aeronaves se han visto reducidos notablemente, hoy en día se pueden dar clases de vuelo con una gran calidad sin necesidad de despegar del suelo.  El sexo, como no, es otro filón que está siendo explotado.  Si la pornografía por sí sola ha creado un voluminoso mercado de películas digitales, no digamos el auge que alcanzará cuando se empiecen a perfeccionar los periféricos que nos permitan sumergirnos en la habitación del placer y sentir las dulces caricias de la erótica película en la que nos hayamos sumergido.  Los vídeo-juegos son los que más rápidamente progresan, los jóvenes se pueden meter en cápsulas destinadas a dar realidad a una carrera de coches o de motos, lo que les permite conducir a trescientos kilómetros por hora sin moverse del sitio, y por supuesto sin jugarse la vida.  La realidad virtual también nos permite meternos en un escenario digital copia del de un museo, por ejemplo, y visitarlo.

            Son muchas las aplicaciones que hoy en día ya se le dan a la realidad virtual generada por ordenador.  Su progreso irá perfeccionando su capacidad de sumergirnos en mundos virtuales y de hacernos vivir nuevas experiencias en mundos que no existen sino en el interior del ordenador.  Y a medida que vayamos aumentando la calidad de las experiencias virtuales, nos iremos preguntando con más frecuencia si la vida misma no será otra realidad virtual.  De la misma forma que tantas veces se ha preguntado el ser humano si la vida no es un sueño, vieja duda derivada del hecho de soñar.

            Precisamente, la hipótesis que voy a defender, en los pocos capítulos que nos restan de este libro, se basa en la premisa de considerar nuestro mundo físico, como una realidad virtual.  Es decir, propongo estudiar el supuesto de que estamos viviendo un mundo digital, en un mundo que no existe...

            Si llegados a este punto, usted, amable lector, no ha tirado ya este libro a la basura, voy a recordarle que lo que acaba de leer ―como casi todo el contenido de este libro― no es nada nuevo.  Multitud de místicos nos han asegurado que todo lo que percibimos por nuestros sentidos es una ilusión, que este mundo es una mentira, que la vida es sueño.  La única aportación novedosa en este texto es que aquí lo decimos de una forma moderna, pero la sospecha de que nuestro mundo no existe es muy antigua.  Cierto es que, a pesar de su antigüedad, nadie ha conseguido todavía demostrar semejante hipótesis, y, por supuesto, es algo que tampoco vamos a intentar nosotros, pues no tenemos la categoría científica necesaria para dictar ese tipo de sentencia.  Pero lo que sí podemos hacer es empezar a reunir la gran cantidad de pruebas que tenemos a nuestro alcance a favor del supuesto, algo que podemos hacer sin grandes esfuerzos, pues es sorprendente la cantidad de indicios que nos demuestran que nuestro mundo no es tan real como nos parece. 

 


 

NUESTRO MUNDO VIRTUAL

 

            Empezaremos hablando del aspecto que percibimos como el más denso de nuestro mundo: la materia.  Baste estudiar profundamente esta esencia constituyente de nuestro mundo físico para darnos cuenta de lo efímero de nuestra realidad.  A pesar de que la ciencia física es líder del resto de las ciencias, y de que nunca ha cesado de buscar la esencia de la materia, todavía no la ha encontrado.  Hace tiempo descubrimos que la materia está compuesta de átomos, pero también vimos que están tan distanciados los unos de otros, que en su mayor parte la materia está rellena de nada, como nuestro universo; lo que nos hizo sospechar que la materia no es tan sólida como nos parece.  El descubrimiento de la antimateria también vino a reforzar la virtualidad de nuestro mundo.  En los aceleradores se pueden crear partículas de materia y antipartículas, de tal forma que si se llegan a tocar, desaparecen ambas como por arte de magia.  Cuando desvelamos algún misterio sobre la materia descubrimos que la sensación de solidez que nos ofrece no está en ella, sino en nuestra forma de percibirla. 

            Einstein, con su teoría de la relatividad, también dio un varapalo a nuestro mundo, cuando demostró que sometiendo a una masa a grandes velocidades podíamos cambiar su tamaño, su peso y su tiempo.  Poco a poco la ciencia física ha ido descubriendo la falta de solidez de nuestra realidad.

Y son muchos los misterios que todavía nos quedan por desvelar.  Desde que empezamos a estudiar a las ínfimas partículas subatómicas, no hemos encontrado la forma de definir de qué están hechas.  En los grandes aceleradores de partículas no cesan de partir en trocitos cada vez más pequeños a la materia.  Y los resultados son sorprendentes, no solamente no aparece esa partícula esencial tan esperada, sino que los trocitos más pequeños encontrados tienen muy poco de materia tal y como la conocemos habitualmente.  Las partículas encontradas en los aceleradores parecen más de ciencia-ficción que de nuestro mundo real:  juegan con las magnitudes esenciales de la física como si fueran sumamente volátiles.  A medida que se va desmenuzando y desmenuzando la materia, aparecen partículas que no existen tal y como habitualmente concebimos la existencia material, algunas de ellas son tan pequeñas que ya no se consideran materia, son puntos matemáticos.

            Parece que cuanto más estudiamos el microcosmos más incompresible se nos hace nuestro mundo.  Nos falta ese supuesto general donde encajarlo, la gran unificación buscada por los físicos.

            Nosotros no somos quienes para gritar ¡eureka!  Pero si estamos sospechando que nuestra realidad es una realidad virtual, observaremos que la definición de punto matemático, de las partículas de materia más pequeñas, encaja en nuestro supuesto.  Pues en un mundo virtual generado en un ordenador ¿qué otro concepto definiría a la esencia de la materia de su mundo aparte de las matemáticas?  La materia de un mundo virtual no existe, es pura matemática, es el resultado de una larga lista de comandos en el cerebro del ordenador; así como la materia de nuestro mundo puede ser la consecuencia de un programa de realidad virtual, de sus matemáticas.

            Y si la física descansa en las matemáticas ¿no ocurre igual con la química, y la genética?, ¿no está tan sometido a las matemáticas un átomo o un ser vivo?  Las cadenas de ADN son programaciones de los códigos genéticos que gobiernan toda forma de vida.  Así que la vida es también el resultado de una programación, como toda realidad de una realidad virtual.

            No fue una casualidad que Leibniz inventara el sistema binario basándose en el estudio del Yin y el Yang.  Esta filosofía, de la que ya hemos hablado en este libro, nos descubre el sistema binario de programación de la totalidad de nuestro mundo, incluido el universo, por supuesto.  No podría ser de otra manera: si nuestro planeta es virtual, nuestro infinito cosmos no puede ser sino un imponente ciberespacio, donde los algoritmos matemáticos nos producen la inmensa sensación espacio tiempo del universo.

Las leyes de la Naturaleza son importantes códigos que sustentan la vida en nuestro mundo.  Aquí no hay nada que no sea mecánico, programado, robótico.  Las ciencias se han desesperado buscando esa esencia humana, que nos demuestre que somos algo más que máquinas programadas, y no la han encontrado.  Esto también es debido a ignorar que estamos en una realidad virtual. 

Cuando estamos en el interior del ciberespacio de un ordenador, es imposible encontrar en él algo de nuestra realidad humana, todos los elementos virtuales, incluidos aquellos que son extensión de nosotros, como puede ser la mano reflejo de los electroguantes, en realidad no existen: la mano virtual que se mueve en el mundo del ordenador, aunque esté movida por la mano de nuestro cuerpo, no es una mano real.  Y cuando con el tiempo empecemos a meter más partes de nuestro cuerpo en los ciberespacios informáticos, todas ellas serán irreales, no existirán excepto en el cerebro de un ordenador.  Incluso si algún día conseguimos meternos de cuerpo entero, como ya nos muestran las películas de ciencia-ficción, ese cuerpo virtual no será real excepto en el interior del ordenador que nos esté permitiendo el viaje por su ciberespacio interior. 

Por lo tanto, al deducir que sucede algo semejante en nuestro mundo físico, deduciremos que nuestro cuerpo de carne y hueso es el elemento virtual que utilizamos para imbuirnos en este nuestro mundo.  Un cuerpo que no existe, como no existe en realidad casi nada en toda realidad virtual. 

No crean que no lo lamento.  Ya fue demasiado frustrante para el orgullo humano cuando Copérnico nos demostró que nuestro mundo no era el centro del universo, o cuando Darwin nos dijo que descendíamos del mono, o cuando multitud de científicos nos aseguran que somos máquinas, robots de las leyes naturales; para que ahora vengamos nosotros diciendo que ni siquiera existimos.

Algo real habrá de haber en nuestro mundo virtual.  Para descubrirlo volvamos al supuesto del ordenador: ¿Qué hay de real en el ciberespacio generado por la unidad central de una computadora en el que nos hemos introducido?  Si buscamos y buscamos, no vamos a encontrar apenas nada.  Lo más nuestro que allí está es nuestra conciencia, y eso es algo que no podemos ni ver, ni pesar, ni medir en la realidad virtual.  Por eso desconocemos de donde surge o radica nuestra conciencia en éste nuestro mundo.  Nuestro supuesto nos puede servir para contestarnos una de las grandes preguntas que se han hecho siempre los pensadores sobre qué es y donde reside la conciencia del hombre.

También el gran debate entre los partidarios del mecanicismo a ultranza, y los defensores de que somos algo más que máquinas, puede acabar cuando aceptemos la virtualidad de nuestro mundo.   Bajo este supuesto las dos tendencias llevan razón: por un lado es obvio que somos máquinas, y por otro es obvio que no lo somos.  Todo lo referente a este mundo es una máquina, pero nuestra conciencia, nosotros, los que estamos “asomados” a este mundo, no lo somos.

            Supongo que los defensores de la espiritualidad, como esencia de nuestra realidad, se estarán frotando las manos de satisfacción ante este supuesto de nuestro mundo virtual.  Para ellos es obvio que no somos materia, somos espíritu.  Pero ¿qué tipo de espíritus?  ¿Somos fantasmas?, ¿ángeles?, ¿demonios?  Ante la dificultad de ver nuestra auténtica naturaleza, siempre hemos imaginado la esencia del ser humano de multitud de formas tan dispares y tan contradictorias que es difícil quedarse con alguna.  Como ya venimos afirmando, es típico en los caminos espirituales definir todo aquello que presumiblemente no es ilusión, con otra ilusión.  Las realidades virtuales espirituales son intentos de explicarse qué somos en realidad.  Pero ya hemos visto que los mundos que hemos creado más allá de la materia son puras invenciones de la mente humana.  Esperemos que basándonos en nuestro supuesto podamos ir deduciendo poco a poco los aspectos de nuestra auténtica naturaleza. 

 

 


 

AMOR REAL O AMOR VIRTUAL

 

            En las películas de ciencia-ficción, que tratan el tema de la realidad virtual, es corriente presenciar escenas de intentos de hacer el amor en el ciberespacio de algún ordenador.  En casi todas ellas se pone de manifiesto lo insustancial de hacer el amor de esa forma.  La tecnología más sofisticada no puede sustituir la plena sensación del contacto carnal amoroso.  Los guionistas ponen de manifiesto que el hacer el amor virtual no tiene nada que ver con hacerlo como las leyes naturales mandan.  Ahora bien, si estamos dando por hecho que estamos en una realidad virtual, siguiendo las pistas de este supuesto, el amor que estamos haciendo en este mundo será tremendamente insustancial comparado con el amor que somos capaces de vivir.

            Con este sencillo ejemplo podemos hacernos una idea de la tremenda dificultad que uno tiene para ser lo que es y para comportarse como desea en una realidad virtual.  La libertad que uno tiene en el interior de un escenario cibernético estará siempre condicionada por las limitaciones que le imponga  programa del ordenador y el sistema de inmersión que utilice.  El hombre lleva luchando por su libertad desde que existe, echándole las culpas de su esclavitud a los demás.  Bajo el supuesto que nos ocupa podemos comprender que nuestra libertad es imposible conseguirla mientras estemos encerrados en este mundo virtual, y que no tiene nadie la culpa de ello, pues todos estamos en la misma cárcel.

Toda realidad virtual informática está diseñada para algo, su programa tiene una función específica.  Si pretendemos pilotar un avión en un programa de realidad virtual que ha sido diseñado para realizar carreras de motos, estaremos empeñándonos en realizar algo imposible.  De igual modo, nuestro mundo está diseñado para realizar en él cierto tipo de actividades, las que su programa nos permite, las que las leyes naturales nos permiten; pretender ir más allá es encontrarnos de bruces con grandes dificultades, insalvables muy a menudo.  Sin embargo, como nunca hemos reconocido que estábamos en una realidad virtual, siempre hemos intentado alcanzar nuestra libertad innata, y para ello hemos creado incesantemente nuevas realidades virtuales, en este caso espirituales, en las que intentamos sentirnos más libres.  Aunque como venimos afirmando, las realidades virtuales espirituales son encerronas tan carcelarias como nuestro mundo; con la diferencia de que muchas de ellas pueden tener los barrotes de sus celdas pintados de rosa. 

En el repaso esquemático, realizado hace unos cuantos capítulos, ya pusimos de manifiesto la tremenda dificultad que nuestra naturaleza sagrada tiene para manifestarse tal y como es en los caminos espirituales.  El filtro de selección de preferencias consigue que actuemos en muchas ocasiones en oposición a nuestras mejores intenciones.  Existe un programa robótico que nos impide manifestarnos como quisiéramos.  Nuestro supuesto nos sirve para entender mejor nuestras contradicciones internas, y comprender porqué podemos encontrar tanta frustración en la vida.  Y es que no hay nada más frustrante que estar metido en una realidad virtual e intentar realizar en ella labores para las que no ha sido programada.

A ningún joven que se mete en un vídeo-juego se le ocurrirá ponerse a realizar labores diferentes a las programadas en el juego.  Si es un juego bélico, será ridículo que se ponga a coger florecillas del campo virtual o a predicar la no-violencia a los muñecos que se le van a acercar con malas intenciones, pues se las van a dar todas juntas como no entre en la dinámica de lucha.  Y conviene recordar que el programa de nuestro mundo virtual es notablemente bélico, desde que existimos no hemos dejado de pegarnos, a pesar de tantos intentos por evitarlo. 

No cabe duda de que, si estamos en lo cierto, nuestra situación es dramática: somos amor, pero estamos en el interior de un vídeo-juego de guerra.  El amor que aquí se nos permite vivir está cargado de connotaciones agresivas.  Es un amor binario, de doble cara, de amor y de odio.  Vivir el amor puro en nuestro mundo es prácticamente imposible.  La programación de nuestra realidad no lo permite.  En una realidad virtual es el programa el que manda.   La programación controla la afluencia de bioenergía a nuestro cuerpo, haciéndonos sentir amor, placer o cualquier otra sensación gratificante, según las instrucciones programadas de la realidad virtual.   Por ello, el amor se nos permite vivirlo exclusivamente bajo las condiciones del programa.  Cuando vivimos las condiciones programadas, se nos permite vivir amor, o, mejor dicho, tenemos la sensación de vivir amor.  En el caso del amor de pareja, este va unido habitualmente al sexo y a una serie de condicionamientos, de los que ya hemos hablado, que merman el auténtico amor.  Y con otros tipos de amor no sucede de forma diferente.  En las realidades virtuales espirituales se intentan romper esas barreras al amor, y se pretende crear en ellas las bases de un amor más puro, como puede ser el amor a dios, o a las deidades.  Pero recordemos que esas entidades son creaciones de nuestra mente, proyecciones de nuestra esencia, es otra forma de amar virtual, vivimos la ilusión de creer que dios es otra cosa aparte de nosotros.  El amor devocional, místico, sigue teniendo connotaciones de irrealidad semejantes a cualquier otro amor de los que vivimos en este mundo. Las realidades virtuales espirituales se crean a imagen y semejanza de la realidad de nuestro mundo, con algunas variaciones que quizás mejoran la calidad del amor, pero que no consiguen hacernos vivirlo tal y como es, tal y como somos: amor.  Solamente en un mundo virtual una persona puede ser algo diferente a lo que es; y en este mundo somos muy diferentes a como somos en realidad, debido al poder del programa virtual tan falto de amor. 

Como consuelo podemos pensar que este mundo no existe.  O que el programa de cualquier realidad virtual es susceptible de ser cambiado, lo que nos da la esperanza de que algún día podamos llegar a desprogramar los males de nuestra realidad; aunque para ello primero tendremos que llegar a los cimientos de nuestro mundo.  Por esta razón, todo el esfuerzo que hagamos para lograr revivir nuestra esencia amorosa limpia de polvo y paja es poco.  Probablemente, el supuesto de que vivimos en una realidad virtual nos sirva para empezar a dejar de dar palos de ciego en la búsqueda de nuestra esencia.  Todo empeño por conseguir el bien puede verse reforzado cuando destapemos con claridad el engaño en el que estamos metidos.  Los buenos deseos amorosos pacifistas y benefactores de la Humanidad podrán empezar a realizarse.  Y dejaremos de intentar imponer la paz en nuestro mundo reprimiendo la violencia.  La paz es un ingrediente básico de nuestra naturaleza sagrada, profunda, pero no se puede pretender imponer por las bravas en una realidad virtual diseñada para la guerra, ni culpar de la violencia a quienes consideramos violentos.  El castigo represor es otra forma de violencia.  Para no engañarnos es importante ver la violencia humana tal y como es.  Nuestro supuesto nos puede ayudar.  La mayoría ya estamos cansados de tantos juegos de guerra.  Esta es una buena predisposición para llegar a la paz.  Sólo nos falta reconocer que es imposible vivir amor y paz en un mundo virtual programado para la guerra y el odio.  Este mortal vídeo-juego en el que estamos metidos pide guerra constantemente.  Si logramos alcanzar su programa quizás algún día podamos desprogramar los comandos del mal de nuestro mundo.  Solamente así conseguiremos un mundo de amor. 

Los investigadores de la genética ya están intentando encontrar ese gen de la violencia y del envejecimiento, grandes males humanos, para intentar cambiar su código y hacernos más pacíficos e inmortales.  En nuestra humilde opinión hará falta algo más que desprogramar un gen para terminar con el mal de la Tierra, pues como ya hemos dicho, tanto la violencia como el instinto de muerte son leyes instintivas esenciales de toda forma de vida de éste nuestro mundo, probablemente comandos fundamentales de esta realidad virtual en la que vivimos.  Pero bueno es ir haciendo experimentos de desprogramación.  Es la única forma de intentar superar en efectividad el represivo tratamiento del pacifismo.

 

 


 

UN POCO DE FILOSOFÍA

 

Después de filosofar tanto, es una ironía decir ahora que vamos a hablar un poco de filosofía.  Pero no podemos acabar este libro sin dedicar al menos un capítulo al admirable intento humano por encontrar explicaciones razonables a nuestro existir.  Y, de paso, aprovechamos la oportunidad para manifestar nuestra esperanza de que pronto se cree una nueva rama filosófica denominada virtualismo, o algo así, donde nuestra hipótesis vaya desarrollándose poco a poco, ayudando a su vez a la filosofía a responder mejor sus transcendentales preguntas.  Pues, aunque nuestro supuesto no es nuevo en filosofía, las modernas tecnologías sobre la realidad virtual pueden realizar importantes aportaciones al viejo pensamiento filosófico de que este mundo es una ilusión.

Y, a su vez, nuestro supuesto también puede ayudarnos a comprender la tremenda dualidad humana espíritu-materia.  Según nuestra hipótesis, el ser humano es una entidad compuesta: por un lado es un robot virtual, y, por otro lado, es una conciencia que controla dicho robot, dentro de los márgenes que le permite el programa. 

La filosofía no encuentra grandes dificultades para definir lo mecánico de nuestro mundo, ahora bien, para definir aquello que no es materia en el ser humano, para definir lo que en realidad somos según nuestro supuesto, tiene más problemas, pues no hay acuerdo.  Algunas tendencias filosóficas defienden la existencia del alma humana como algo real, aparte de todo lo ilusorio y perecedero de nuestro mundo, incluido nuestro cuerpo de carne y hueso.  Por supuesto que los creyentes consideran que dios es la realidad suprema.  Y otras tendencias filosóficas nos dicen que la razón humana es nuestra esencia.

Si nos basamos en nuestro supuesto, podremos ir recomponiendo poco a poco nuestra naturaleza, partiendo de los ejemplos que obtenemos en las inmersiones en los mundos generados en los ordenadores.  Por ejemplo: la creencia de que el pensar demuestra nuestro existir, según la famosa sentencia de Descartes: “pienso, luego existo”, encaja en nuestra hipótesis; pues, en el interior de una realidad virtual, nuestro pensar es una de las pocas cosas auténticamente nuestras que en ella podemos encontrar.

Nuestro supuesto también nos puede ayudar a entender mucho mejor la terrible dualidad entre el bien y el mal.  Según hemos deducido en nuestra andadura por los caminos espirituales, nuestra naturaleza es divina, llena de amor y de gloria.  Pero la programación de nuestro mundo, las leyes naturales, ponen multitud de condicionamientos y trampas a nuestra naturaleza, de tal forma que nos resulta muy difícil que nuestra voluntad verdadera se imponga a la voluntad del programa.  Nuestra voluntad de amor apenas se puede imponer sobre la voluntad de guerra programada en la realidad virtual en que vivimos.  El mal es ley de vida en este mundo, el bien somos nosotros.  En esencia somos seres amorosos y felices, pero el programa de este mundo está diseñado para vivir también desamor, sufrimiento y muerte.  Vivimos en el interior de un video-juego lleno de maldades.  Es tan grande la diferencia de nuestras tendencias naturales, reales, con muchas de las líneas del programa de este mundo, que ahora podemos comprender un poco más porque se aborrece tanto al mundo de la materia, al cuerpo y a sus pasiones, en muchos caminos espirituales, y porque siempre se intenta alcanzar un cielo donde poder vivir mejor.  Han sido tan desesperados los intentos por salir del infierno en el que se puede convertir una vida humana, que no hemos cesado de crear nuevas realidades virtuales, espirituales en este caso, para intentar evadirnos de la maldad este mundo. 

Y si esas realidades virtuales espirituales consiguen muy a menudo tener más realismo, para los creyentes en ellas, que la realidad de nuestro mundo, es porque la realidad de nuestro mundo debe de ser otra realidad virtual.  El poder de convencimiento de las realidades virtuales espirituales no viene determinado por su grado de realidad, sino porque nuestra realidad física debe de ser otra realidad virtual.  Si no fuera así no tendrían tanto poder de seducción.  Nuestro supuesto es la explicación más lógica al poder de engaño de las realidades virtuales espirituales: estas son un engaño y convencen a las masas porque ya vivimos en un engaño.  De engaño a engaño no se aprecia la diferencia.

Nuestra hipótesis nos da una explicación al hecho de que siempre se hayan influido mutuamente estas dos realidades ilusorias, de que nuestras pulsaciones psicológicas moldeen las realidades virtuales espirituales y éstas influyan en nuestra realidad física, de que los caminos religiosos o esotéricos se mezclen con el mundo físico, de tal manera que en muchas ocasiones es imposible distinguirlos.  Esto no sería posible si nuestra realidad física fuese más real que las realidades virtuales espirituales.  Podemos cambiar nuestra conciencia del mundo espiritual al mundo material como quien cambia de película al pasar de una sala de proyección a otra.  Podemos cambiar de un mundo a otro según creamos más real uno que otro.  Si lo que solemos considerar realidad se entremezcla con mucha facilidad con la ficción, en los caminos espirituales, es porque nuestra realidad debe de ser otra ficción.  No podría ser de otra manera.

            Y entre tanta ilusión ¿seremos capaces de encontrar la realidad?  Lo que más hemos hecho hasta ahora es crear nuevas ilusiones intentando dar con aquella que se parezca lo más posible a nuestra realidad.  Y en teoría podríamos haber construido una realidad virtual espiritual idílica.  Una realidad virtual es neutra en sí misma, el mal o el bien que pueda hacernos depende de cómo este programada, de lo que vaya a hacer en nosotros y lo que nos permita hacer en ella.  En informática podemos hacer lo que queramos, crear realidades virtuales para aprender, para el placer, para la guerra, para dar paseos por un museo, etc.   Pero las realidades virtuales, tanto espirituales como la física, se entremezclan de tal forma que si existe un mal en una suele pasar a la otra con suma facilidad.  Esto sucede porque todas estas realidades se generan en un mismo soporte digital.  

            Todavía no nos hemos preguntado en qué ordenador se están produciendo tanto las realidades virtuales espirituales como la física.  A poco que indaguemos deduciremos que se están produciendo en la mente humana, en una especie de mente espiritual, colectiva.  Divina dirían los creyentes.  Y estamos de acuerdo, pero en una divinidad no de dios sino nuestra.  Ya hemos visto que las realidades virtuales espirituales con sus dioses incluidos se producen en la mente humana. 

Y respecto a la realidad física cada vez se está llegando a descubrir que somos algo más que espectadores de ella, pues nuestra visión, nuestra observación, interfiere en su realidad.  Grandes pensadores han anunciado que la realidad física no existiría sin la mente humana.  Los parapsicólogos saben que los fenómenos paranormales son vivencias de la mente humana que afectan a la realidad física, y esto no sería posible si la realidad física no fuera otra vivencia de nuestra mente. 

Poco a poco vamos recomponiendo el puzzle de nuestro supuesto, el complicado rompecabezas de nuestra mente, creadora de todo lo que existe en las realidades virtuales. 

Sé que nos puede costar asumir estos hechos.  Habitualmente sentimos nuestra mente individual como algo con grandes limitaciones, no somos conscientes de todo su poder.  Hemos oído hablar del inconsciente colectivo, pero no somos conscientes de él.  En diferentes caminos espirituales se habla también de una mente universal, espiritual, que gobierna y soporta todo existente, donde todo se unifica, definida como la mente de dios en muchas ocasiones.  Otros dicen que somos un sueño en la mente de dios, creador de todas las cosas.  Pero, como ya sabemos que dios es una creación humana, podemos deducir que tanto nuestro mundo como nuestros cuerpos son una creación nuestra.

Nuestro supuesto nos lleva a la conclusión de que el ser humano no existe realmente como individuo, no existen ni los grupos, ni los países, ni los planetas, ni el universo; no existen partes, todo sucede en una mente universal, en la auténtica.  Los individuos somos una parte ilusoria de una mente general.  Para entender esto observemos nuestros sueños, en ellos hay muchos personajes y escenarios, todos son ilusorios, no existen sino en la mente de quien sueña.  Incluso con el personaje que nos identificamos soñando es una ilusión de nuestra mente. 

Todos los componentes del interior de una realidad virtual generada en un ordenador, no existen por si mismos, son creaciones ilusorias del programa general.  Se están diseñando programas de vida artificial en los ordenadores, donde se intenta imitar los procesos de la existencia de los seres vivos.  Pues bien, lo que queremos decir es que esos seres “vivos” virtuales son tan reales en el interior del ordenador como lo es toda forma de vida, incluidos nosotros, en el interior de nuestra mente colectiva.

Por todo esto no cabe temer a la soberbia en el camino que hemos escogido para llegar a descubrir la realidad de nuestra existencia.  Es ridículo sentirse superior a nadie cuando los demás son parte de nosotros. 

El efecto divisorio de las realidades virtuales nos despedaza en millares de ilusiones, destruye nuestra esencia, el amor que somos, pues el amor es unión.  Muchos caminos espirituales intuyen esta realidad y se desgañitan predicando el amor, y lo anuncian como la solución a nuestros males; aunque no predican la total unión con todo lo que existe, pues continúan reforzando la separación de nuestra totalidad, en especial cuando hablan de dios y nos dicen que eso es algo que nunca podremos ser nosotros. 

Es necesario trabajar para encontrar el mapa de la totalidad, donde nos veamos claramente unidos a todo lo existente.  Esperemos que los amantes de la filosofía científica encuentren en el supuesto de realidad virtual de nuestro mundo la oportunidad de unir todas las ciencias.  En nuestra opinión, nuestra hipótesis, es la pieza más importante que falta en el rompecabezas científico, el que unirá a todas las ciencias en un sólo mapa, donde todas van a concluir.  En el capítulo de religión o ciencia dijimos que las ciencias son como puzzles que se van ampliando y se llegan a tocar entre ellos; pero no nos dan un mapa completo todos juntos, hay grandes lagunas.  El concepto de realidad virtual puede unir las ciencias definitivamente y cerrar esas lagunas.  Cuando construyamos el mapa científico total habremos reconstruido el programa de realidad virtual de nuestro mundo físico, habremos encontrado todos los comandos matemáticos que gobiernan nuestro mundo cibernético, sabremos todo lo que es mecánico en nuestro mundo y en nosotros.  Y será entonces cuando podremos empezar a descubrir científicamente, por eliminación, lo que no es máquina de nosotros, lo que realmente somos.

 

 


 

DEDICADO A LA PSICOLOGÍA

 

            No puedo ocultar mi admiración por el gran esfuerzo que la psicología viene realizando por estudiar la mente humana y por alcanzar la categoría de ciencia.  Y a su vez pido disculpas por utilizar tan frecuentemente los términos psicológicos a lo largo de este estudio sin ser un doctor en psicología.  Justifico mi atrevimiento por el hecho de que la psicología es ya parte de la cultura popular, y porque en las sectas, gracias al bajo nivel científico de muchas de las ramas de la psicología, la usan para darse la razón a sus sinrazones dogmáticas.  Por ello he considerado necesario hacer un uso de ella con la mayor seriedad que me ha sido posible, con la principal intención de denunciar los fraudes intelectuales a los que los paseantes por las sectas están expuestos.  Aun así, pido disculpas.  Como también pido se me excuse el atrevimiento de proponer una nueva vía de investigación, que expongo a continuación, sin ser un profesional de la psicología.  Han sido muchos los años experimentando con mi propia mente, y observando las mentes de los demás, como para que ahora se pierdan por una excesiva cautela.  Prefiero correr el riesgo de hacer el ridículo a callarme las conclusiones a las que haya podido llegar.  Espero que todo ello sea de alguna forma útil a nuestra sociedad y a los individuos que la componemos.   

            El supuesto del que estamos hablando puede revolucionar las líneas de investigación de nuestras ciencias y especialmente las de la psicología.  Si es cierto que estamos en una realidad virtual, habremos de plantearnos nuevamente las bases sobre las que se asientan las ciencias y las investigaciones científicas. 

La psicología cognitiva estudia el proceso estímulo-respuesta de nuestra mente asemejándolo al proceso de un ordenador, intentando imitar el programa humano que gobierna nuestra actividad.  Pero se ha llegado a un punto en el que parece haberse frenado esta interesante vía de investigación.  No se encuentra ese programa que nos dé las pautas del comportamiento humano.  Ya sea porque existe un libre albedrío imposible de determinar, o porque no hay manera de construir ni con varios ordenadores la capacidad de proceso de datos de nuestro cerebro; el caso es que parecen haberse estancado los avances de la psicología cognitiva. 

El nuevo supuesto informático de realidad virtual que venimos exponiendo, en mi opinión, abrirá nuevas puertas al éxito de esta joven rama científica de la psicología.  La mayor dificultad para iniciar las investigaciones es que todavía no se pueden conseguir sistemas de inmersión que nos permitan meternos totalmente en la realidad virtual de un ordenador tal y como estamos metidos en este mundo.  Sin embargo, en este tiempo de espera, se pueden ir componiendo las bases de futuras investigaciones.

            Cierto es que si todo está sucediendo en nuestra mente, gran responsabilidad recae sobre la psicología, que al final va a tener que estudiar absolutamente todo: como se crea en nuestra mente nuestra realidad y como nos relacionamos con ella.  Siguiendo las pistas del esoterismo, todo parece indicar que nuestro mundo virtual está formado en una parte de nuestra mente colectiva.  Es como si viviéramos un sueño que solamente utiliza para ser soñado parte de nuestra mente.  La mente que contiene todo nuestro mundo virtual sería el hardware del poderoso ordenador que genera nuestra realidad.  Los cerebros individuales solamente son los ordenadores virtuales que cada ser vivo utiliza para moverse por este mundo.  Cada ser vivo de nuestra realidad es una unidad solamente en la ilusión de nuestro sueño.  En realidad todos somos uno, una mente donde estamos siendo soñados. 

Este fenómeno de ilusoria separación entre individuos todavía no lo conocemos experimentalmente.  Tanto en una realidad virtual como en un sueño, nos identificamos con una unidad individual, con un individuo o con un protagonista de una realidad virtual; pero desconocemos el dividirnos en dos o más conciencias individuales, excepto en casos patológicos de individuos que padecen una doble personalidad.  Este mundo que estamos soñando debe de ser tremendamente patológico, pues todos nos creemos separados de todo lo demás, cuando todo está sucediendo en una sola mente. 

            Para evitar que nos estrellemos al intentar recomponer de golpe este inmenso rompecabezas, podemos continuar partiendo de lo que ya tenemos hecho.  Si la psicología cognitiva ya tiene bastante estudiados los procesos de estímulo-respuesta de nuestra mente, ahora solamente tiene que considerar las mentes individuales como ordenadores virtuales que se encuentran dentro de una realidad virtual.

            Como hemos comentado en el anterior capítulo, ya se están empezando a crear en el interior de los ordenadores programas de vida artificial con criaturas elementales que evolucionan de forma semejante a la evolución de las especies.  Toscos robots virtuales que evolucionan y aprenden por sí mismos imitando a los seres vivos más elementales de nuestro mundo.  Estamos intentando construir un mundo semejante al nuestro en el interior de los ordenadores.  Ésta es una investigación muy seria que nos puede dar las claves de nuestra realidad.  En mi opinión estamos empezando a imitar en los ordenadores lo que ya hicimos en este mundo en el que vivimos: Realizamos una creación virtual, nos mentimos en ella, nos sentimos un vulgar cuerpo virtual al olvidarnos de lo que somos, y luego creamos los dioses para echarles la responsabilidad de lo que habíamos hecho.  Los profesionales informáticos de la actualidad son los nuevos dioses artífices de nuevas creaciones virtuales.  Cuando estas creaciones de vida artificial nos permitan meternos en alguno de sus muñecos vivientes, mediante los sistemas de inmersión, entonces experimentaremos un estado semejante al estado que estamos viviendo en nuestro mundo.  Entonces podremos vivir el mecanicismo de esa realidad virtual y los márgenes de libertad que nos conceda, y entonces podremos entender mejor el mecanicismo de nuestra vida y el margen de libertad que ésta nos concede.  Y si alguien se queda “enganchado” y se olvida de quien es, entonces tendremos un supuesto más próximo a nuestro estado en este mundo, pues ninguno de nosotros recuerda con claridad quienes realmente somos.

            En este supuesto podemos observar cómo cada ser vivo tiene su propio programa individual estimulo-respuesta.  Pero a su vez están sumergidos en la realidad virtual programada.  Si estudiamos el mecanicismo individual de cada ser vivo obviando el programa general de la realidad virtual, no nos saldrán las cuentas, algo que ―en mi opinión― le está sucediendo a la psicología cognitiva.  En el interior de una realidad virtual, las primeras leyes que se han de considerar son las líneas generales del programa virtual, ellas son las que gobiernan el mundo, artificial o no, y a los seres vivos que lo pueblan; y ellas son las que permiten a cada partícula de vida su margen de libertad.  Solamente después de estudiar el programa general de la realidad virtual, se podrán estudiar los individuales, como subprogramas incluidos en dicho programa general. 

En nuestro mundo, lo que hemos dado en llamar leyes de la Naturaleza, corresponde a los comandos que gobiernan a todo lo existente.  Para que le salgan mejor las cuentas del mecanicismo humano a la ciencia cognitiva, habrá de considerar la mente de los individuos como subprogramas dentro del programa general que las leyes de la Naturaleza forman en nuestra realidad virtual.  Así conoceremos en su totalidad las leyes que rigen el comportamiento de la máquina humana y los márgenes de libertad que ese mecanicismo nos permite. 

De esta forma descubriremos por qué tanta ansiedad en el ser humano, tanto miedo, tanta frustración y tanta sensación de no ser libre.  Una realidad virtual, por muy bien hecha que esté, es tremendamente brutal si tenemos que vivir en ella toda una vida.  La realidad virtual en la que vivimos es una creación fabulosa, pero es una cárcel para una conciencia libre por naturaleza.  Cuando vayamos construyendo el supuesto que nos permita imitar el estado en el que estamos, la psicología empezará a entender el porqué de tantas contradicciones y padecimientos humanos.

            A la vez que también podremos dar la razón a los defensores del mecanicismo humano así como a los humanistas.  Todo en este mundo es mecánico, digital, binario, en él no hay muestra alguna de que no sea así; pero también es cierto que el mecanicismo pertenece a la realidad virtual, y todo lo que es mecánico no es real; el resto, lo que no es mecánico, es lo único real, nuestra conciencia, nuestro pensamiento, nuestra alma o nuestro espíritu, llamémosle como queramos.  Ahora bien, en una realidad virtual es imposible descubrirnos a nosotros mismos, a no ser que deduzcamos que existimos porque pensamos, miramos, sentimos, o vivimos en ella. 

No temamos los avances de ingeniería genética y de la medicina, aunque cada día nos demuestren más y mejor que nuestro cuerpo es una máquina, un robot biológico.  Nuestro supuesto nos permite comprender que toda forma de vida en este mundo es mecánica, y la vez podemos entender que nosotros no somos parte de ese mecanicismo.

Si damos por cierta nuestra hipótesis, todas las pulsaciones de la Naturaleza, instintivas, tanto de vida como de muerte, son códigos del programa principal de nuestra realidad virtual.  Cuando se dice que el hombre es algo más que sus instintos, es porque sospechamos nuestra realidad aparte de la realidad virtual.  La psicología científica y la genética descubren poco a poco las matemáticas de nuestro cuerpo y de nuestra mente, pueden definirnos como robots en un mundo mecánico; pero robots habitados por una conciencia libre.  Limitados por el programa general del ciberespacio de nuestro mundo, pero libres en el fondo.  Libre albedrío que puede llegar a impedir las predicciones del comportamiento humano aun cuando hayamos descubierto todas las leyes que nos rigen.

            No cabe duda de que nuestro supuesto irá madurando en nuestra cultura a medida que los vídeo-juegos de realidad virtual vayan perfeccionándose.  Espero que no me culpen de esta nueva visión filosófica.  Los avances en descubrir la virtualidad de nuestro mundo son inevitables, irán en proporción a las vivencias que nuestros jóvenes y los no tan jóvenes tengamos en otros mundos virtuales generados por ordenador.  Ahí podremos vernos en otros mundos, y comparar esas vivencias con nuestras vivencias en éste.  No tardará en llegar el día en el que cuando salgamos de una realidad virtual generada por un ordenador, y volvamos a nuestro mundo, nos preguntemos si no estamos en otra realidad virtual, pues seremos conscientes de que apenas habrá diferencia entre ellas.

            En estos ensayos simulados, a medida de que vayamos perfeccionando los ciberespacios, también podremos observar cómo los fallos en los programas de realidad virtual se asemejan a los fenómenos paranormales de nuestro mundo.  Sabemos que los fenómenos que estudia la parapsicología se producen tanto en el mundo físico como en la mente de quien los vive.  Y si reconocemos que nuestra mente es el soporte de nuestra realidad virtual, es lógico que puedan existir fallos en nuestra mente que afecten a la realidad de nuestro mundo.  Bajo nuestro supuesto podemos empezar a explicarnos los extraños acontecimientos paranormales.  La psicología podrá abordar más fácilmente los más oscuros rincones de nuestra mente.  Es buen momento para empezar a afrontar el miedo a lo desconocido, pues lo desconocido puede empezar a dejar de serlo.

            Es muy lamentable que profesionales de la psicología vivan seducidos por realidades virtuales espirituales, por los fenómenos extraordinarios que viven en ellas, atrapados por creencias esotéricas porque en ellas encuentran una explicación a los fenómenos paranormales mientras que en la ciencia que han estudiado no encuentran ninguna.  Es urgente afrontar el estudio de todo lo que no entendemos para evitar que la irracionalidad del dogma siga predominando sobre la razón de la Ciencia.  Mientras no encontremos una alternativa real al atrevido y burdo conocimiento fanático de las sectas, seguiremos observando cómo personas licenciadas en psicología son seducidas por las vivencias y las explicaciones del esoterismo.  Urge meter a la Ciencia de lleno en el lado más oscuro de nosotros para iluminar con la fuerte luz del conocimiento científico nuestras profundidades.  Es la única forma de evitar que las personas vean fantasmas en las sombras creadas por los visionarios que penetraron allí con sus tenues candelas.  Nuestro supuesto también puede ayudarnos a comprender los grandes misterios paranormales sin necesidad de recurrir a argumentos fantasmales.

 


 

LA SALIDA O EL DESPERTAR

 

            Nuestro supuesto nos sirve también para comprender por qué es tan habitual encontrarnos en los ambientes espirituales a personas que sienten no ser de este mundo, que intuyen estar aquí de paso, sumergidas en un mundo que no es el suyo, buscando una salida o un despertar.  Estos sentimientos o intuiciones y el consecuente impulso de búsqueda, a pesar de ser tan viejos como la Humanidad, apenas ―en mi opinión― han alcanzado éxito alguno.  Es típico intentar salir de aquí mientras permanecemos enganchados hasta la médula en el vídeo-juego de nuestra supuesta realidad virtual.  Y yo no me excluyo.  He de reconocer que, a pesar de haber alcanzado un alto grado de convencimiento de la virtualidad de nuestro mundo, no puedo evitar sentir como real, por ejemplo, un dolor de muelas de mi cuerpo virtual; así como tampoco puedo apreciar como una ilusión la visión de un cuerpo exuberante del sexo opuesto, por mucho que crea se trata de un espejismo.  Si es cierto que estamos sumergidos en una realidad virtual, el poder de hipnosis que ejerce en nosotros esta realidad es enorme.  Vamos a necesitar mucho tiempo para encontrar la puerta de salida.  Si es que existe alguna puerta de salida.

            Porque mucho me temo que abramos las puertas que abramos, sólo encontraremos más ilusiones, nuevas realidades virtuales tras esas puertas, como en el caso de las espirituales.  No creo que sea posible encontrar la salida de una realidad virtual abriendo puertas de esa misma realidad, resulta obvio que tras ellas la irrealidad continuará igual.  Si hemos acertado en nuestro supuesto, mientras estemos tan profundamente seducidos por el efecto de realidad de este mundo, abramos las puertas que abramos, solamente conseguiremos entrar en nuevos aspectos de virtualidad.

Aquellas personas que se dejan llevar por la lógica más simplona que nos dice que la muerte puede ser la mejor forma de salir de este mundo, mucho me temo que caen en una vieja trampa creada por el instinto de muerte.  En nuestro supuesto, la muerte podrá ser el final de un juego protagonizado por una conciencia, pero no el final del jugar.  Los nacimientos y las muertes se suceden sin cesar en nuestro mundo y el juego no se ha detenido nunca.  La muerte nos sume más todavía en la inconsciencia del vídeo-juego.  Cuando morimos perdemos lucidez y nos dejamos llevar por las leyes de muerte naturales, nos dejamos llevar por el mortal juego más que en cualquier otro momento de nuestra vida.  La muerte sume en la inconsciencia del sueño mortal, cuando estamos en manos de la muerte estamos en el momento más indefenso, somos más que en cualquier otro momento peleles del juego mortal de la vida en este mundo.  Y si deseamos morir porque estamos sufriendo, mucho me temo que la muerte no puede suponer el final del sufrimiento.  Si estamos perdiendo, sumidos en la miseria humana, suspender la partida del juego no va a cambiar nuestra condición de perdedores.  Cuando estamos vivos tenemos oportunidades para cambiar nuestro mundo, cuando estamos muertos no.  Es imposible que la salida de este mundo esté en la muerte.

Los creyentes en los paraísos virtuales creen que la muerte es su salvación, que los llevará a sus cielos particulares.  Así como quienes creen en la reencarnación piensan que una nueva vida les va a aportar el cambio que anhelan.  Todas estas creencias son más un consuelo ante el drama de la muerte que una salida real de este mundo.

En mi opinión, si estamos diciendo que el individuo como tal es una ilusión, mal podemos considerar importante cualquier cambio individual después de la muerte.  Esos cambios individuales solamente pueden estar justificados por la creencia en las realidades virtuales espirituales.  El individuo solamente puede existir en una realidad virtual.  Si pensamos salir como individuos de este mundo virtual es para ir a otro virtual.  No hay salida como individuos de la virtualidad.  Si estamos suponiendo que este sueño está sucediendo en nuestra mente colectiva, y que nosotros como individuos somos consecuencia de esta realidad virtual, mal vamos a realizar nada importante individualmente.  Si todos somos uno, hagamos lo que hagamos, lo tendremos que hacer todos a una.  Por eso desconfío de las salidas de este mundo gota a gota, que tanto anuncian las religiones, después de la muerte.

Así como son también de dudosa efectividad las salidas del despertar que también se anuncian en muchas vías espirituales, pues son otras soluciones individuales.  Además de que si alguien despierta no debiera de tener dificultad para despertar a los demás.  Algo que no ha sucedido nunca, a pesar de que muchos iluminados se las dieron de despiertos.  Son muchas personas las que alcanzaron el despertar según sus criterios, pero el resto del mundo seguimos dormidos, según sus criterios también.  Mucho me temo que los despertares, tan cacareados, solamente consisten en cambiar de sueño.  O a lo mejor es que los demás no queremos despertar porque deseamos seguir durmiendo. 

Creo que será necesario un consenso universal para realizar un cambio efectivo.  Por eso vamos a enfocarnos en lo viable, en aquello en lo que todos estemos de acuerdo.  Como por ejemplo en acabar con el mal de este mundo.  Desprogramar los códigos del programa que nos hacen sufrir es algo con lo que probablemente estemos todos de acuerdo.  Buscar una salida de esta realidad virtual, o el despertar de nuestro sueño, mucho me temo que, a pesar de que muchas vías espirituales lo persiguen, nunca han tenido el consenso suficiente para realizar cambios efectivos en nuestro mundo.

Para que una revolución espiritual tenga un efecto serio en la población mundial tiene que haber una voluntad colectiva de realizar el cambio.  Por eso me inclino más por esforzarnos en intentar acabar con los males de nuestro mundo que nadie desea, en vez de anhelar la brutal depuración apocalíptica deseada por los creyentes y aborrecida por los no creyentes.

  Por lo tanto, primero vamos a intentar conseguir un mundo feliz, y después nos pondremos a  pensar si queremos salir de aquí o no queremos.  Pero para conseguir un mundo feliz tendremos que llegar a lo más profundo del programa, de nuestra todavía desconocida realidad virtual, y desde allí desprogramar los códigos del mal.  Algo nada fácil.  Probablemente necesitemos más de un milagro.  Así que deberíamos intentar conseguir hacer más y mejores milagros, a poder ser científicamente y sin dioses de por medio, para evitar que sean aleatorios. 

Desde nuestro supuesto podríamos redefinir los milagros como fallos paranormales en el programa de nuestra realidad virtual destinados a desprogramar el mal.  Si los milagros son realizados hasta ahora por las supuestas divinidades, en el momento en que nosotros vayamos asumiendo nuestra divinidad, iremos teniendo más acceso al milagro, es decir: a desprogramar aquellas partes de nuestro mundo virtual que causan dolor.  Toda una gloriosa esperanza. 

A lo largo de toda nuestra Historia no hemos cesado de pedir a los dioses que nos libren de los males de este mundo, y todavía no ha habido dios que lo haya hecho.  No está mal que ahora lo intentemos nosotros.  Al menos en Occidente así lo estamos haciendo.  No cesamos en la lucha por mejorar nuestra felicidad sin dioses de por medio.  Y es de esperar que la hipótesis de nuestro mundo virtual nos permita avanzar más rápidamente en nuestro empeño.

Para desprogramar el mal de este mortal vídeo-juego tendremos que alcanzar los entresijos más profundos de nuestra mente colectiva.  Solamente desde nuestro centro, reconociendo nuestro poder sagrado, podremos actuar definitivamente.  Pues es muy probable que desde nuestra esencia sagrada hayamos creado nuestro supuesto mundo virtual.  Si siempre hemos considerado a los dioses como a los creadores de nuestro mundo, y ya hemos llegado a la conclusión de que a los dioses los ha creado el hombre, por pura deducción podemos llegar a la conclusión que nuestra realidad la hemos creado nosotros.

            En el capítulo de la visión pusimos de manifiesto que cada uno de nosotros vivimos en un mundo personal que creamos con nuestras preferencias.  Y haciendo uso del mismo argumento podremos deducir que, muy probablemente, nuestro mundo físico lo hayamos creado todos nosotros en nuestra imaginación, en nuestro soñar de la vida, y lo estemos recreando constantemente; recordemos que el tiempo es una de las ilusiones de nuestra supuesta realidad virtual, un parámetro matemático.  Si en los sueños se colman los deseos, es probable que éste sueño compartido no sea un sueño aleatorio, y esté destinado a cumplir algún deseo.  Es posible que sea una realidad virtual programada intencionadamente, voluntariamente; y, si hemos de cambiarla, de mejorarla, habremos de reconocer los códigos del mal, que mantenemos vivos con nuestra voluntad profunda, para después desprogramarlos.  Podría ser que estemos viviendo en esta situación antinatural para nosotros, porque estamos realizando algún experimento extraño, o sencillamente estemos aquí siguiendo el mismo deseo de jugar que los jóvenes siguen cuando se meten en un vídeo-juego.

  Si nuestra capacidad creadora de realidades virtuales espirituales no tiene límites, si somos capaces de crear sensacionales mundos celestiales e infernales desde nuestra dimensión sagrada ¿quién nos dice que no hayamos creado este mundo en el que vivimos?  Y si desde nuestra dimensión sagrada somos capaces de cambiar las propiedades de las realidades virtuales espirituales, incluso consiguiendo que unos mundos espirituales desaparezcan y aparezcan otros más a nuestro gusto, ¿no seremos capaces de cambiar las propiedades de nuestro mundo físico para hacerlo más a nuestro gusto o incluso cambiarlo totalmente?

Si observamos como hemos conseguido hacer desaparecer del mapa a los poderosos dioses del Olimpo y a sus terribles demonios, por ejemplo, veremos que todo fue debido a que algún importante personaje espiritual, o grupo o comunidad espiritual, desde su dimensión sagrada propagaron por la tierra la creencia y la vivencia de una nueva realidad virtual diferente, negando la existencia de la anterior.  De esta forma se han sucedido los cambios a lo largo de la Historia en las creencias y vivencias de las realidades virtuales espirituales.  Por lo tanto, si nuestro mundo físico es una realidad virtual, habrá de ser cambiada de la misma forma, desde nuestra dimensión sagrada, desde el amor que es nuestro propio centro.

            Hasta que consigamos alcanzar tan hipotético estado nos convendrá ir definiendo nuestro estado actual.  De nuestro supuesto podemos deducir, por ahora, muy pocas cosas nuestras realmente.  Una de ellas es la vida:  si estamos metidos en una realidad virtual es porque estamos vivos.  Otra sería nuestro pensamiento: en una realidad virtual podemos continuar pensando.  Y otra sería nuestra naturaleza sagrada, conclusión obtenida del estudio de la andadura espiritual expuesta en este libro.  Por lo tanto, sabemos que, además de estar vivos, somos una especie de mente sagrada, amorosa en esencia.  Estas son las principales pistas que tenemos para guiarnos por la larga andadura investigadora que se abre ante nosotros.     

Sin nuestra divinidad no somos nada, somos nuestra divinidad.  Nuestra naturaleza amorosa es lo único real, la realidad de este mundo está hecha en su gran parte de vacíos de amor, sin embargo, la única sustancia que de ella real es el amor, nuestra naturaleza sagrada.  Parece un insostenible contrasentido, pero nuestro supuesto nos puede ayudar a comprenderlo:  Somos una especie de amor pensante que algún día se nos ocurrió pensar crear un mundo con grandes lagunas de amor, un mundo irreal, lleno de vacíos, de una terrible nada; un mundo, que como no puede existir, lo creamos en sueños.  Éste nuestro mundo solamente existe en nuestra mente, en nosotros, y por lo tanto también existe en nuestro amor, que somos nosotros.  Aunque nos parezca increíble, todos los átomos de este mundo están hechos de amor, incluso aquellos que componen las realidades no amorosas.  Esto lo han podido llegar a sentir grandes místicos. 

Espero que se entienda esto que estoy diciendo a pesar de que parezca una grave contradicción.  Entender que un mundo con tanto dolor se produzca en una mente colectiva amorosa puede parecer increíble.  Para entenderlo nos puede servir el ejemplo de una buena persona que está teniendo terribles pesadillas durante la noche causadas por funestas circunstancias que padeció durante el día.  Ése probablemente sea nuestro caso.  Somos buenos en el fondo, pero soñamos este mundo con graves connotaciones de maldad.  De ahí que cualquier aspecto del mal vaya en contra de nuestra naturaleza profunda, sagrada, aunque vaya a favor de la programada naturaleza de este mundo.

Ahora bien: ¿qué provocó en nosotros el vivir semejante pesadilla?  ¿Por qué mantenemos vivo este mundo de ilusiones, tan alejado de nuestra esencia amorosa, y que puede hacernos sufrir tanto?   

  


EL MAL

 

La mayoría de los creyentes occidentales creen que la explicación a sus males viene con todo detalle en el Génesis.  Según ellos, el castigo divino a nuestros primeros padres por haber cometido un raro pecado, y su posterior expulsión del paraíso, es algo que nos ha alcanzado a todos los humanos.  De esta forma tan prehistórica llevamos explicándonos el porqué de nuestros males durante milenios.  Y no vamos a culpar de esta irracional explicación a las religiones.  Ya hemos estudiado que el éxito de las creencias no solamente viene determinado por su capacidad de engatusar a los creyentes, sino porque, aunque lo hagan con descaradas fantasías, nos explican a su manera lo que todavía no somos capaces de explicarnos de otra forma.

Siguiendo en la línea de intentar desmitificar todas las fantasías religiosas que nos encontramos en los caminos espirituales, vamos a intentar ver tal y como es el mal de este mundo, tan mitificado en los infiernos, en los demonios, en el pecado, en el castigo divino, o en la ley del Karma.  Así que no vamos a entrar en el infierno de los demonios, vamos a estudiar el infierno del hombre.

            Todas las representaciones del mal en las realidades virtuales espirituales delatan que tras ellas existe una fuerza malvada de naturaleza muy humana, no reconocida habitualmente por los humanos.  Porque si habitualmente tenemos dificultades para reconocer nuestra divinidad proyectada en los dioses, también tenemos dificultades para asumir nuestra capacidad de hacer el mal.

El mal no es algo ajeno a nosotros, es una poderosa pulsación psicológica que se manifiesta de múltiples formas tanto en las realidades virtuales espirituales como en nuestra realidad virtual física.  Es una intencionalidad nuestra por mucho que siempre le echemos la culpa de nuestros males a dios o al diablo. 

Puede abrumarnos pensar en la gran responsabilidad que recae sobre nuestras espaldas, pero al pensar así también abrimos una puerta a la esperanza, pues ya no habrá dioses ni demonios que nos impidan mejorar nuestra existencia.  Si vamos asumiendo nuestra responsabilidad en los males de este mundo, mejor podremos ir combatiéndolos. 

No sabemos cuál fue la causa que nos indujo a tener la pesadilla en la que se puede convertir el vivir en este mundo.  Si nuestra hipótesis es cierta, no sabemos cuál fue la intención o el pensamiento que nos llevó a crear un vídeo-juego tan mortal, tan maligno y cargado de tanta posibilidad de sufrir.  Debimos de tener una malvada intención cuando creamos este mundo.  Aunque a lo mejor es una parte inocente de este vídeo-juego en el que estamos metidos, una dificultad a superar, un aliciente, un reto. 

Haya sido por la causa que fuera, el caso es que aquí estamos sufriendo muy a menudo los males de la vida.  Y ya va siendo hora de empezar a mirar el mal de frente, superando el miedo que podamos sentir.  El mal es un tabú, como lo era el sexo, o como lo son los dioses.  Por ello no nos resulta fácil ser objetivos en su estudio. 

Como ya comenté en un capítulo anterior, antes de enfrentarnos con el mal de este mundo, deberíamos de desarrollar la conciencia de nuestra divinidad.  Pero, como la mayoría de nosotros no nos sentimos divinos ni de broma, vamos a realizar una nueva incursión rápida ―de pocas páginas― por las zonas más recónditas de nuestro lado oscuro, para evitar que las personas más sugestionables podamos morirnos de miedo.

Para coger fuerzas, antes de iniciar tan peligrosa incursión, vamos a recordar de nuevo lo estudiado sobre nuestra auténtica naturaleza.  Si no olvidamos qué somos en realidad, podremos evitar perdernos entre las tenebrosas brumas que nos esperan.  Recordemos que somos en esencia amor.  Echemos un vistazo a la zona central de la única figura incluida en este libro:  Eso somos.  Ahora descendamos hasta la zona más baja de nuestro mapa, hasta el instinto de muerte, hasta el odio, la maldad y la violencia.  Maldades que están en nosotros, las sufrimos, pero no somos nosotros.

Si todavía no hemos entendido esto, podemos echar mano de nuestro  supuesto para entenderlo mejor.  El ser humano es un muñeco virtual, compuesto de la conciencia que lo habita y del mecanicismo robótico de su cuerpo carnal.  Pues bien, el mal pertenece a ese mecanicismo, pero no alcanza a nuestra esencia.  Lo sufrimos, pues estamos metidos en este mundo, pero no tiene nada que ver con nosotros.  El mal solamente es posible vivirlo en una ilusión, en un sueño, en una pesadilla, en una realidad virtual.  No se puede manifestar en nuestra esencia divina. 

Cuando en profunda meditación se accede esa profundidad sagrada nuestra, ella permanece intocable, intacta, inmaculada.  El mal solamente se manifiesta en los mundos virtuales, no en nuestra profunda esencia; desde ella podemos sustentarlo con la misma voluntad con la que algún día lo creamos, pero en ella no puede permanecer.  El amor, como cualquier ingrediente de nuestra esencia sagrada, es incompatible con cualquier tipo de mal.  El mal solamente lo podemos vivir en sueños, en el sueño de la vida de este mundo.  Nuestra hipótesis nos sirve para explicarnos por qué los seres humanos somos celestiales e infernales a la vez:  El bien somos nosotros, el mal solamente prevalece en nuestro sueño, pesadilla cuando los males aprietan.

Son muchos los males que pueden hacernos infelices.  Uno de los más importantes son las enfermedades.  A nuestro pobre cuerpo virtual le toca soportar lo insoportable, y a causa de eso enferma mucho más que él de los animales.  Siguiendo manteniéndonos en nuestra hipótesis, nuestro cuerpo es quien paga el pato del conflicto en el que está metido el ser humano, pues sufre intensas órdenes contradictorias: por un lado las del programa de la realidad virtual y por otro las de nuestra voluntad libre cuando decidimos ir contra natura.  Por un lado nuestro cuerpo está programado para vivir como un animal, pero por otro lo intentamos conducir como un espíritu, humano, provocándonos graves averías en nuestro cuerpo robótico físico, enfermedades tanto mentales como corporales.

Y si a las enfermedades le añadimos el envejecimiento, nuestros males aumentarán, pues tendremos menos defensas y, además, ya estaremos en camino de padecer la definitiva enfermedad que nos llevará a la muerte.  Punto final de toda vida de este mundo.

El instinto de muerte, incluyendo a toda forma de violencia, sella el mayor número de males padecidos por el ser humano.  Por ello vamos a centrarnos en su estudio, por su importancia y porque la muerte, al ser uno de los mayores tabúes del mal humano, tenemos dificultades para verla tal y como es.  En especial los creyentes, creen que la muerte y las enfermedades son designios divinos que solamente los herejes podemos cuestionar.  Esta especie tupido velo en torno a la muerte lo ha heredado nuestra civilización de las creencias religiosas que dominaron el mundo.  Cortina de humo que nos impide ver la muerte como es, pues, aunque no seamos creyentes, muy a menudo no nos cuestionamos la existencia de la muerte, es algo tan “natural” que lo tenemos asumido, a la vez que procuramos olvidarla, hasta que se nos acerca o le llega a algún ser querido.

Incluso no consideramos a la muerte como el representante supremo del mal, el único mal sin remedio.  El instinto de muerte es la fuerza del mal mayor que subyace en nuestro inconsciente.  Siempre nos aterrorizó tanto pensar en el final que nos espera que terminamos por arrojar a la muerte fuera de nuestros pensamientos más comunes.  Por un lado rehuimos enfrentarnos con la muerte y con la violencia, pero por otro lado las tenemos hasta en la sopa.  Es alarmante las horas que un ciudadano medio se pasa delante del televisor viendo como chorrea la sangre de su congéneres, seducido por los cataclismos naturales, por los accidentes, o por las películas de carácter violento que invaden nuestras horas de ocio.

El instinto de muerte, como ya hemos visto en el capítulo destinado a estudiarlo, es el único instinto que atenta contra la vida.  El único que nos da el placer de matar o de suicidarnos, de herir o de herirnos, de agredir o de ser agredidos.  La atracción por la muerte nos crea la mayor contradicción a los seres humanos, por eso hemos arrojado al inconsciente a semejante instinto, porque sino nos volveríamos locos.  Es el mal de todos los males.  Tan poderoso que alcanza la categoría de dios o de ángel en muchas creencias.  Es un mal casi santificado por los creyentes, y venerado por los no creyentes.  Nuestra cultura pacifista y naturista nos impide ver a nuestra santa madre Naturaleza como una madre asesina.  Cuando la Naturaleza mata, no la vemos con malos ojos, tenemos tan “naturalmente” asumida su santa benevolencia que no la culpamos de nada, aunque sepamos que, gracias a sus leyes, todos sus hijos tienen que comerse los unos a los otros para sobrevivir.  Repito que nuestros ancestros eran más sinceros al respecto, adoraban a sus diosas representantes de la Naturaleza, imágenes bellísimas, pero con un reverso horriblemente diabólico.  Si no vemos a nuestra amada Naturaleza tal y como es, mal nos vamos a comprender nosotros.  No podemos seguir considerándonos los seres humanos las ovejas negras de la gran madre Naturaleza.  Nuestra santa madre es la portadora de gran maldad de la muerte y de la violencia, no nosotros.  Nosotros somos dignos hijos de ella, y de tal palo tal astilla. 

Se dice que el ser humano está desnaturalizado porque atenta contra la Naturaleza de este mundo.  Pero eso no es cierto.  No es contranatural agredir a los demás o al medio ambiente, la violencia es de lo más natural de este mundo.  Si atentamos contra nuestra madre es porque ella primero atenta contra nosotros matándonos uno a uno sin piedad. 

Y al decir que el mal humano está en las leyes naturales, no quiero eludir  nuestra responsabilidad en la creación y permanencia del mal en este mundo, pues es muy posible que nosotros hayamos tenido mucho que ver en la creación de las leyes naturales.  Nuestra hipótesis puede llevarnos a deducir  que este mundo virtual lo programamos nosotros tal y como es, y lo mantenemos vivo por voluntad propia.  Así que mantenemos el mal vigente por voluntad propia.  Es como si estuviéramos viviendo un sueño que de alguna forma estamos deseando, o como si estuviéramos viviendo en una realidad virtual que nosotros mismos hemos creado.  El mal, la violencia, el instinto de muerte, junto al resto de las leyes naturales, estarían lo más profundo de nuestra mente colectiva, mantenidos vigentes por la propia voluntad de nuestra raza humana.  Yo me inclinaría por pensar que es el tremendo odio, capaz de sentir el ser humano, la semilla de todos los males de este mundo, incluida la muerte.  El odio es lo más opuesto a nuestra naturaleza de amor, por eso puede que sea el ingrediente más importante en la creación de este mundo tan falto de amor.  Esperemos que nuestra hipótesis pueda a ayudarnos a descifrar la complejidad del mal de nuestro mundo y nuestra participación creadora.  Pero hasta que lleguemos a entender todo esto, podemos ver el mal como un principal ingrediente de la Naturaleza.  Para eso no necesitamos hipótesis alguna, es evidente.

Por lo tanto, el mal humano es un mal muy “natural”.  Es muy importante reconocer este hecho.  Si no lo hacemos continuaremos echando la culpa de nuestros males a los dioses, a los demonios, o a nuestro prójimo.  Si no reconocemos de donde nos viene el mal, aunque no creamos en el demonio, acabaremos demonizando a nuestros enemigos, a los terroristas, a la sociedad, al mundo, al gobierno, al progreso, a los delincuentes, o a cualquier cosa que caprichosamente nos asuste.

Nunca hemos dejado de echarnos las culpas los unos a los otros de los males que vivimos.  Echar la culpa de los males de este mundo a los que consideramos malos, es garantía de vivir en guerra.  Así no encontraremos nunca la paz.  Las guerras se sustentan en la lucha contra los malos, y los contendientes de cada bando siempre consideran que los malos son los del bando contrario.  Si seguimos jugando a buenos y malos, continuaremos manteniendo vivas las guerras.  Los documentos escritos más antiguos nos hablan de este viejo-juego mortal.  El mal ha conseguido que nos matemos durante milenios, y todavía no lo hemos visto de frente; no sabemos muy bien de qué se trata.

El mal de este mundo tiene la propiedad de esconderse de tal manera que no somos capaces de verlo.  De esta forma llevamos miles de años, culpando de los males a todo aquello que se nos antoja sospechoso y no tiene culpa alguna.  Así consigue el mal engrandecerse, hacerse más maligno.  El hecho de no reconocer su auténtica naturaleza nos conduce a bajar la guardia y a facilitarle acabar siendo sus víctimas.  Su capacidad de disfrazarse le permite hacer mucho más daño impunemente.  Por eso es esencial enfrentarnos a él, mirarlo cara a cara, aguantando el miedo, hasta que descubramos su debilidad.  Nuestro supuesto delata su naturaleza virtual, su inexistencia, algo que nos puede ayudar a acabar con nuestros males. 

Pero mientras ese momento llega, mientras no consigamos pararle los pies, el mal seguirá matando.  El instinto de muerte seguirá tomando los rumbos más insospechados para hacernos morir.  ¿Creen ustedes que nuestra flamante revolución cultural, basada en la realidad virtual, todavía casi sin estrenar, se va a librar de contaminarse?  El instinto de muerte aprovecha toda oportunidad para meterse allí donde la limitada inteligencia se lo permite.

Nuestra hipótesis podría inducir a pensar que, como somos cuerpos virtuales, se puede matar o morir sin que ello tenga demasiada importancia.  Pero hemos de tener claro que, aunque nuestro mundo no exista, para nosotros sí que existe; una pesadilla no existe excepto para quien la padece.  La muerte para quien la vive, aunque sea en sueños, la vive como real.  El tenso acontecer del suicidio, justificado por la razón que sea, no es sino una fuerte atracción instintiva por la muerte.  En nuestro supuesto podríamos contemplarla como una fuerte seducción que el vídeo-juego en el que estamos metidos ejerce sobre los suicidas, es como dejar al mal que nos dé el jaque mate antes de tiempo sin hacer nada por evitarlo.

Lamentaría profundamente que esta nueva visión de nuestra realidad, expuesta en estos últimos capítulos, indujera al suicidio o al asesinato.  Pero no me extrañaría nada que así sucediera.  Nuestro instinto de muerte siempre busca excusas para alcanzar su fin.  No sería la primera vez.  La Historia está llena de matanzas justificadas por ideologías absurdas, el instinto de muerte siempre buscará justificaciones para matar incluso donde no las haya.  Y el hecho de que nos demostremos que estamos en el interior de un vídeo-juego puede dar pie a pensar que se puede matar impunemente. 

Hasta que encontremos nuevas formas mejor de atajar el mal de este mundo, las leyes represivas de la violencia serán la única salvaguarda para mantener a raya el tremendo instinto autodestructivo de nuestra raza que nos hace matarnos los unos a los otros,

Hemos de defender la vida del instinto de muerte, aunque sea dando palos de ciego.  En capítulos anteriores dije que estuviéramos alerta cuando oyéramos en cualquier camino espiritual hablar mal de este mundo, no porque estuvieran equivocados, aunque muy a menudo exageran demasiado, sino porque tras ello puede existir una inducción al suicidio o a abandonar nuestras necesidades básicas provocándonos un lento morir.  Yo estoy haciendo ahora algo semejante al poner de manifiesto el mal y la ilusión de este mundo, pero a la vez estoy proponiendo luchar contra el instinto de muerte, al menos hasta que consigamos desprogramarlo definitivamente.  Mientras tanto, sólo tenemos la lucha por una vida digna y feliz como la única defensa contra la atracción de la muerte; solamente defendiendo nuestra vida podremos dedicarnos a intentar combatir todos los males de este mundo.

 


 

SOBRE EL TERROR

 

En nuestro supuesto podemos entender que las consecuencias de vivir en un mundo virtual como en el que estamos viviendo son terribles.  No solamente por el carácter agresivo y mortal del vídeo-juego de nuestro mundo, sino porque, además, nos hemos olvidado de quienes somos.  Imagínense ustedes que alguien se queda enganchado en un vídeo-juego de realidad virtual.  Por muy entretenido que sea el programa, su situación sería dramática.  Si alguien olvida de quien es, y se cree un muñecote virtual, sumergido en un mundo mecánico, programado, siempre se sentirá un pelele de las leyes del juego, esclavo de él, imposible de encontrar su libertad aunque el vídeo-juego le haga sentirse en ocasiones muy feliz.  Y si a esto añadimos lo tenebroso que puede llegar a ser el juego de la vida en nuestro mundo, el sentimiento de miedo puede ser muy intenso.

 Inmersos en un mundo donde existen tantos peligros para la vida, vivimos un pánico visceral.  Sin menospreciar lo que nos podemos divertir, y lo felices que podemos llegar a ser, es éste un mundo de horror.  A pesar de que nuestra cultura obvia lo evidente, ocultando la fatalidad de la muerte para que no nos amargue la vida, no podemos evitar sentir terror ante nuestro fatídico destino.  Gracias a que lo arrojamos al inconsciente, porque sino nos moriríamos de miedo.

            Se dice que la depresión es una enfermedad que se produce sin razón aparente.  Como si un ser humano necesitase razones especiales para deprimirse.  En mi opinión, lo patológico es no estar deprimido.  Hay que padecer cierta amnesia para olvidarnos del trágico final que a todos nos espera.

Y aunque nos consolemos pensando que la muerte es algo que tarda en llegar, son terroríficos los brutales atentados que la Naturaleza de este mundo provoca contra los seres vivos a lo largo de toda su vida.  Insistimos en que toda forma de vida, desde que asoma a este mundo, sobre todo en sus primeros días de existencia, tiene una gran probabilidad de ser devorada por otros animales (incluidos los humanos) que la consideran su plato favorito.  Es ley de vida en este planeta.  Terrorífica sentencia de muerte que hará temblar a toda forma de inteligencia que pueda llegar a tomar conciencia de donde se encuentra.  El hecho de que ya hayamos conseguido librar a nuestros niños del efecto depredador de nuestra madre naturaleza, no nos libra de sentir esta terrible circunstancia.  Las crías humanas, gracias a la evolución de la inteligencia de nuestra especie, ya se han librado de ser alimento de otros depredadores.  Pero relativamente hasta hace poco, en toda nuestra larga andadura evolutiva, éramos alimento en nuestra infancia de multitud de especies de animales depredadoras.  Este mundo virtual es un mundo que da miedo, porque está programado para que toda partícula de vida, desde que nace, viva en riesgo de muerte.  Éste es un mundo de condenados a muerte, por mucha vida que albergue.

La importancia del miedo como intensa pulsación psicológica es irremediable.  El miedo no nos abandona en toda la vida, condicionándola brutalmente.  Al haberlo arrojado al inconsciente con todo el resto de pulsaciones psicológicas desagradables, el miedo, junto a la violencia y el instinto de muerte, forman el conjunto de fuerzas más importantes de nuestro lado oscuro.  Pulsaciones psicológicas que hacen su aparición en las realidades virtuales espirituales disfrazadas de horribles monstruos.

Muchos pensadores dedujeron que el miedo era la causa principal por la que las creencias religiosas afirman la existencia de una vida mas allá de la muerte.  Y si no es la principal, seguro que es una de las más importantes.  Cuando la atmósfera sagrada ilumina nuestro lado oscuro, saca a la luz nuestro pánico interno.  Entonces aparece la necesidad de zafarse de él, de librarse del miedo a la muerte, y aparece la necesidad de salir corriendo.  Pero ¿adonde?  No hay problema, la imaginación del hombre, ayudado por la creatividad de su divinidad, no ha cesado de crear paraísos protectores de nuestra integridad, donde el miedo no tiene razón de ser.  No cabe duda de que uno de los grandes propósitos de las creencias es el de quitarnos el miedo del cuerpo.  Son muchos los creyentes que solamente creen para quitarse el miedo de encima.  Los dioses se sirven del miedo del hombre para existir.  El alivio engañoso del temor a la muerte que las creencias ofrecen a sus seguidores, es otro argumento más que podemos añadir al gran fraude espiritual.

Basándonos en nuestra hipótesis, también podemos deducir que somos inmortales, pero nuestra inmortalidad solamente podremos “vivirla” cuando nuestra conciencia regrese a nuestra esencia, y, como ya hemos dicho, eso parece que sea muy improbable realizarlo a través de la muerte.  La muerte es muerte, todo lo contrario a la vida, por mucho que se venda en tantas creencias como resurrección.  Seremos inmortales cuando venzamos a la muerte, no antes ni después de ella.  Lamento llevar la contraria a quienes albergan tantas esperanzas para después de la muerte. 

Nuestro supuesto nos hace ver que somos inmortales; pero, mientras continuemos metidos en este juego de muerte, la padeceremos.  Saber que somos inmortales no nos sirve de nada si continuamos muriéndonos.  La creencia en que la muerte nos va a dar la vida eterna es la mayor victoria que la muerte se apunta antes de que nos derrote por completo.  Es el colmo de la irracionalidad.  Es una pura y dura atracción del instinto de muerte.  Un ridículo calmante del pánico visceral. 

Para ver la muerte con objetividad hay que superar el miedo que nos provoca, dispersado en multitud de variantes.  Todas las manifestaciones de miedo, de terror, se pueden encuadrar en el miedo a la muerte; son una consecuencia del instinto de muerte.  Al igual que lo son todas las manifestaciones de violencia.  Y el miedo, como la violencia, adopta multitud de formas, impregnando de sus vibraciones gran parte de la vida humana.  El miedo a la muerte es tan intenso que nos nubla la inteligencia que tanto necesitamos para progresar en los caminos del espíritu.  Muchas de nuestras tensiones inconscientes están generadas por miedo oculto en nuestro cuerpo.  No tenemos nada más que empezar a soltar ciertas tensiones de nuestro cuerpo para sentir el miedo que ocultan. 

En este estudio he evitado en lo posible provocar temores para no afectar la claridad de entendimiento.  Pocos libros sobre esoterismo se libran de meter miedo a los lectores.  Si he procurado no atemorizar con mis comentarios ha sido para intentar no vernos afectados por tan oscuro sentimiento.  Pero como ese sentimiento existe, y es muy intenso y real en el ser humano, es obligado hablar de él.  Todo estudio sobre el interior del hombre obliga a tratar el miedo.  Ahora bien, una cosa es hablar del miedo, y otra regodearse en tan funesto sentimiento.  A pesar de que en este capítulo vamos a hablar excepcionalmente del terror, no es mi intención montarme una película de miedo en estas páginas como gustan de hacer muchos de los creadores de ciencia-ficción.  Aunque no voy a ocultar que en mi vida he pasado bastante miedo y lo sigo pasando.

En el interior de las sectas se suele padecer el miedo debido a diferentes causas.  El demonio es el terror de los creyentes, encarnación del mal humano.  Y en muchas ocasiones, los rituales nos ponen en contacto con fuerzas, divinidades o entidades espirituales, impresionantes que te amenazan con horribles tormentos como no sigas sus leyes o sus pautas doctrinales.  Los grandes misterios espirituales también atemorizan.  Y la experiencia de lo sagrado puede aterrorizarnos aunque esté exenta de demonios, pues podemos sentirnos absorbidos por la infinitud, lo que nos obliga a perder nuestra individualidad.  Han sido muchas las ocasiones en las que el miedo me desbordó, me indujo a salir corriendo, a suspender una feliz meditación o a bloquearme totalmente, por el simple hecho de que empezaran a desaparecer las limitaciones que marcan mi individualidad.

Ahora, ya alejado de los peligros sectarios, no siento aquellos temores; pero vivo otros nuevos.  Sé que la edición de este libro puede hacerme vivir en peligro.  Los creyentes nunca fueron muy transigentes con los herejes, su furia mística siempre fue terrible.  Así que no voy a ocultar que este libro lo estoy escribiendo con miedo.  Diciendo todo lo que considero necesario y, a la vez, procurando evitar en todo lo posible enfadar demasiado a quienes siempre se comportaron como unos inquisidores asesinos, divinos.

En más de una ocasión he pensado en tirar a la basura todo lo escrito y dejar de complicarme la vida, sobre todo en estos meses en los que estoy escribiendo estos últimos capítulos.  Pues a la posible furia asesina de los creyentes más fanáticos hay que añadir la inmersión en nuestro lado oscuro que hemos realizado en estas últimas páginas.  El intentar ver de frente a la muerte, a ese fatal instinto, ha echado mas leña al fuego de mis miedos.  Pues, no solamente me he acercado a la muerte para estudiarla, es ella la que también se acerca a mí.  El hecho de encontrarme ya en los cincuenta, y con un cuerpo bastante frágil, me hace ver a la muerte mucho más cerca de lo que yo quisiera. 

Estos últimos capítulos, además de estarlos escribiendo, los estoy sudando.  Me está costando mantener limpia la inteligencia del humo que generan mis fuegos del miedo.  En ocasiones me he sentido consumirme, paralizado, entre las llamas del pánico a la muerte.  Incendio que además de no extinguirse se está avivando por una nueva amenaza que puede llegar a desbordar definitivamente mi capacidad de soportar el terror. 

No cabe duda de que nuestro supuesto de estar inmersos en una realidad virtual es una amenaza para todos nosotros como individuos.  Como seres humanos, si estamos en lo cierto, no existimos.  Somos robots virtuales en un mundo virtual.  Y como no tenemos conciencia de qué somos en realidad, el miedo puede hacer su aparición con sólo pensar que estamos inmersos en una realidad virtual.

Se están vislumbrando serios peligros para integridad psíquica de las personas que se sumergen en sistemas de realidad virtual generadas por ordenador.  Ya se puede uno aislar con tal grado de realidad en un mundo virtual que puede perder la conciencia de su propio cuerpo o del mundo que le rodea.  Los psicólogos tienen un filón en la investigación en los procesos mentales que suceden a quien se sumerge en una realidad virtual.  Las investigaciones al respecto no han hecho sino empezar, apenas sabemos nada sobre cómo va a responder nuestra psiquis inmersa en los ciberespacios generados por ordenador.  Las reacciones son muy dispares dependiendo de los individuos, del programa de realidad virtual o del sistema de inmersión.  Para evitar que los mareos, o las pérdidas de identidad sean graves, se recomienda permanecer inmerso en los ciberespacios por un tiempo limitado. 

Y si la realidad virtual generada por ordenador despierta ciertos temores, “pensar” que muestro mundo es una realidad virtual también puede atemorizar.  Las movidas psicológicas de una persona convencida de que estamos viviendo en una realidad virtual son imprevisibles.  No sabemos cómo va a encajar nuestra mente este supuesto.  Yo les puedo decir que siento una especie de desequilibrio interno desde que empecé a creerme que nuestro mundo puede ser un mundo virtual.  Pensar que tanto nuestro mundo como nuestro cuerpo son una ilusión virtual desequilibra al más pintado.  Por ello tomémonos el tiempo que necesitemos, nuestra mente va a necesitar tiempo para digerir los cambios tan fundamentales que le va a suponer reconocer nuestra hipótesis. 

Yo he de confesar que en ocasiones tengo que olvidarme por algunos días de lo que estoy escribiendo.  Para ir elaborando nuestro supuesto he tenido que adentrarme por la frondosa selva de lo desconocido, por donde no hay caminos ni sendas hechas, al borde del abismo muy a menudo; aterrorizado.  Sólo me animaba la idea de descubrir un nuevo mundo, real.

Si a lo largo de nuestro estudio hemos advertido de los peligros que nos podíamos encontrar en los caminos sectarios, ahora no vamos a ocultar que nos podemos encontrar otros peligros en la nueva aventura que estamos iniciando.  La única diferencia es que los peligros de las sectas ya los conocemos, son miles de años de experiencia acumulada; pero los peligros de nuestra nueva andadura no los conocemos, son imprevisibles.  Ojalá que sean temores injustificados, miedos sin razón ante lo desconocido.

No es lo mismo andar una senda ya hecha que hacer camino al andar.  A los peligros reales pueden añadirse temores injustificados o irreales  fantasmas.  Algunos de nosotros vamos a necesitar vestirnos de héroes para superar el miedo, terror en ocasiones.  Una mente aterrorizada camina al borde de la locura, y necesitamos estar cuerdos, pues nuestro caminar no discurre por sendas reveladas.  Los místicos siempre se han permitido el lujo de la locura, pues es su dios quien dirige sus pasos; pero nuestra nueva andadura no la dirige nadie excepto nosotros haciendo uso de nuestra inteligencia.  

Esperemos que no cunda en pánico en torno a nuestro supuesto.  Hagamos el esfuerzo de intentar no caer en el terror que nos puede producir el pensar que estamos viviendo en una realidad virtual, y centrémonos en lo positivo que nos puede aportar nuestra hipótesis.  Es tan grande la revolución que puede experimentar la Humanidad gracias a esta nueva visión del mundo, que no merece la pena retrasarla por mucho terror que podamos sentir ante ella.

Nuestro supuesto, a pesar de que nos pueda aterrorizar, también nos  puede servir para afrontar el pánico, pues nos ofrece la esperanza de alcanzar el origen de todos nuestros males, de llegar al origen del terrible instinto de muerte.  Si todo en este mundo es virtual, según nuestra hipótesis, la muerte también es virtual.  Es consecuencia de una programación.  Todos los males de este mundo son consecuencia del programa general de nuestra realidad.  Para mejorar nuestro mundo solamente tenemos que intentar cambiar las líneas del programa que crea el mal.  Pero, parece ser que ese puñetero programa virtual es muy inteligente (lo debimos de programar nosotros), y sospecho que no se va a dejar cambiar así por las buenas.  Es tan malo el mal que creamos, que está programado para evitar que podamos llegar a desprogramarlo fácilmente.  Probablemente, el hecho de nos cueste pensar que este mundo es una realidad virtual, sea una impedimento que nos pone el programa para evitar ser reconocido.  El mal lucha por sobrevivir.  Está programado así para defenderse.  Utiliza sus intrigas para aterrorizarnos, para matarnos y hacer que nos matemos los unos a los otros, y para defender su software, su programa. 

Nos va a costa acabar con el mal de este mundo.  Lo primero que debemos de hacer en nuestro empeño es perderle el miedo todo lo que podamos.  Se vista el mal como se vista, según nuestro supuesto, es un sencillo resultado de una programación.

¿Recuerdan la película “2001, una odisea del espacio”?  ¿Recuerdan lo mal que nos lo hizo pasar Hal, el ordenador que controlaba la nave?  Muchos de nosotros temimos que una maldad asesina pudiera aparecer por generación espontánea en una fría inteligencia artificial.  Años más tarde, cuando vimos la segunda parte, respiramos con alivio al comprobar que aquel ordenador se había comportado así porque había sido programado para ello. 

La maldad de nuestro mundo, según nuestro supuesto, es la consecuencia del programa general que gobierna nuestra realidad.  Recordemos y sintamos todo lo que podamos nuestra divinidad.  Vamos a necesitar su traje protector para conseguir llegar a la central de inteligencia, donde reside el programa general de nuestro mundo, para intentar desprogramar el mal.  Yo, conque pueda terminar las pocas páginas de este libro antes de que el programa asesino me estrangule, ya me doy por satisfecho.  Aunque mucho más me gustaría llegar a presenciar cómo nuestra hipótesis nos ayuda a desprogramar el mal de este mundo.

 


 

EL PROGRAMA

 

            Es evidente que ―de ser cierto nuestro supuesto― el programa que gobierna nuestro mundo ha de ser muy complejo.  Un mundo virtual tan sofisticado todavía no nos es posible ni soñar en crearlo en un ordenador.  Posiblemente, necesitemos muchos años para descubrir al detalle todas las líneas de semejante programa.  Así que deberíamos de empezar cuanto antes a  intentar vislumbrar sus pautas generales de programación. 

Probablemente, como sucede en los programas informáticos que generan ciberespacios de realidad virtual, la realidad de nuestro mundo esté compuesta por varios programas ensamblados que trabajan en común.  Un programa crea los escenarios, otro da cuerpo tridimensional a los objetos inanimados, otro gobierna la vida de los seres vivos, etc.

El posible programa que crea los escenarios y los cuerpos inanimados de nuestro mundo son estudiados por la Física.  Todos conocemos sus leyes básicas.  Pero apenas nada se sabe sobre cómo se consigue que las matemáticas gobiernen tan exactamente a toda materia de nuestro mundo.  Se da por hecho que son leyes naturales, divinas según los creyentes, pero científicamente no se sabe cómo se aplican a la materia.  Según nuestro supuesto esto sucede porque es muy difícil dentro de una realidad virtual observar las líneas del programa que la gobierna.  Cuando un joven se sumerge en un vídeo juego, se limita a jugar, y no es consciente de los complejos cálculos matemáticos que su ordenador está realizando constantemente para que el juego siga su curso.  La física ha necesitado siglos para ir recomponiendo las líneas generales del programa que rige la materia de nuestro mundo.  Y todavía no se considera un programa de una realidad  virtual tal y como nosotros lo estamos presentando. 

Si nuestra hipótesis es cierta, es de suma importancias reconocer la existencia de dicho programa, porque, en toda realidad virtual, lo más real es su programa, sus matemáticas.  Algo que ya ha empezado a reconocer la física, pues se está llegando a la conclusión de que, antes de que estallara el big bang, ya tenían que existir las leyes físicas, ya existía el programa que dio cuerpo a nuestro universo y lo mantiene existiendo.  Es decir, el programa ya tenía que existir antes de que existiera la materia tal y como ahora la conocemos; algo que está muy de acuerdo con nuestra hipótesis, pues toda realidad virtual, para que exista, antes se ha de programar.  Por ello vamos a dar al programa de nuestro mundo la importancia que tiene, tal y como sucede en los mundos virtuales creados por ordenador, donde su máxima realidad son los complejos algoritmos que le dan vida.

Para que los ciberespacios generados por ordenador sean creíbles han de estar sometidos a unas leyes físicas semejantes a las de nuestro mundo.  En esos mundos virtuales podemos cambiar esas leyes a nuestro antojo con solamente cambiar los datos del programa.  Por ejemplo: podemos crear un mundo en el que la fuerza de la gravedad sea diferente a la conocida, donde los objetos caigan muy despacio o demasiado deprisa.  Para un experto programador informático hacer eso es muy sencillo.  Ahora bien, a quien se sumerge en una realidad virtual le será imposible cambiar las leyes físicas que hayan programado los creadores del ciberespacio, y mucho menos descubrir de donde vienen esas órdenes para que los cuerpos virtuales se comporten como lo hacen en el interior de la realidad virtual.  Pues bien, ese es nuestro caso, siguiendo las pautas que nos indica nuestro supuesto.  Estamos en este mundo, observamos cómo se comporta la materia, descubrimos las leyes a las que está sometida, pero no tenemos ni idea de cómo sucede tal maravilla.

Nuestra hipótesis nos muestra que existe un programa general que gobierna la realidad virtual de nuestro mundo.  La ubicación de dicho programa no la conocemos, porque, según ya hemos deducido, se debe de encontrar en lo más profundo de nuestra mente colectiva, oculto en nuestro lado oscuro.  Como ya hemos comentado, según las investigaciones de los fenómenos paranormales, sabemos que nuestra mente puede perturbar las leyes físicas, pero no sabemos cómo.  Nuestro supuesto nos permite deducir que, cuando nuestra mente sufre profundas perturbaciones, puede perturbar el programa de realidad virtual de nuestro mundo porque dicho programa se genera en nuestra portentosa mente colectiva.

Otros mundos generados por nuestra mente, como son las realidades virtuales espirituales o los sueños, tienen programas de leyes “físicas” diferentes al de nuestro mundo material, que también pueden verse afectadas por las profundas movidas mentales.  Por ejemplo: en las realidades virtuales espirituales no suele existir la gravedad.  Los dioses, los ángeles, los demonios o las personas que se sumergen en ellas, flotan por los espacios espirituales; pero el miedo puede inmovilizar totalmente una persona o aplastarlo como si de una poderosa fuerza de gravedad se tratara.  Y el mundo de los sueños tiene una gravedad muy especial, tan especial que uno puede volar si se dan ciertas condiciones psicológicas.  Con esto podemos deducir que es posible modificar las leyes “físicas” de todas las realidades virtuales que puede vivir el hombre, incluido nuestro mundo, porque todas ellas se generan en nuestra mente.

Y si somos capaces de modificar las condiciones físicas de nuestro mundo, ¿cómo no vamos a ser capaces de modificar el programa que gobierna la vida?  Porque los seres vivos de este mundo ―si nuestro supuesto es cierto― son autómatas biológicos virtuales gobernados por un programa que habrá de ser más real que la vida misma, pues tuvo que existir antes de que la vida apareciera en nuestro mundo.

Como sucede en la Física, la Biología, a pesar de haber descubierto muchas de las leyes de la vida, no da por supuesto que nos encontremos en un mundo virtual, por lo que no reconoce la existencia un programa que gobierna la vida aparte de ella.  Un programa semejante a los que gobiernan los experimentos de vida artificial generada en los ordenadores.  Se cree que todas las causas que mueven la vida se encuentran dentro de los seres vivos, que todo sucede gracias a su química interior, a las hormonas o las propiedades de los genes; pero todavía no tenemos una clara explicación de donde proceden los instintos, por ejemplo.  Nuestro supuesto puede hacernos deducir que las fuerzas instintivas de los seres vivos son líneas de programación semejantes a las de la inercia o de la gravedad que afectan a la materia. 

Nuestra hipótesis puede dar explicación a muchos de los misterios de la vida.  En un mundo virtual, su programa general no tiene dificultad alguna para conducir a las más insignificantes partículas de vida a realizar portentos que sobrepasen su capacidad de acción.  Por ejemplo: las grandes emigraciones, podríamos explicarlas como una sencilla consecuencia del programa sobre los seres vivos.  El programa que gobierna las actividades de los seres vivos en nuestro supuesto mundo virtual, no tiene dificultad alguna para dirigir en una emigración alrededor de medio mundo al más insignificante pajarillo.  En un mundo virtual, eso es muy sencillo; el programa lo hace casi todo, los elementos que se incluyen en su ciberespacio se limitan a seguir sus órdenes.

            Lo que hemos dado en llamar fuerzas instintivas, son órdenes del programa de realidad virtual según nuestro supuesto.  Los instintos son órdenes para los seres vivos semejantes a como lo es la orden de la gravedad para toda la materia de nuestro mundo.  La fuerza de gravedad es una sencilla línea de programación de nuestro mundo virtual como lo son los instintos.  Espero que esta comparación nos ayude a entender mejor de qué estamos hablando.  La fuerza de la gravedad no es una fuerza en sí según nuestra hipótesis, es una ilusión, como todo lo que se incluye en una realidad virtual; es una circunstancia programada en el programa general de este ciberespacio que presumiblemente es nuestro mundo.  Y la Tierra atrae a todos los cuerpos, de la misma forma que los machos y las hembras de cada especie se atraen sexualmente.  Estas dos atracciones, aunque son diferentes, son la consecuencia de las ordenes de un mismo tipo de programación, una atracción afecta a la materia, y la otra afecta a los animales.  Una la consideramos una ley de la física, y a la otra la consideramos una ley de vida.

            Los instintos son la fuerza que mueve a los seres vivos, que los hace sobrevivir y reproducirse, y también morirse.  Todo el asombroso juego de la vida lo dirigen las fuerzas instintivas.  Hasta la muerte es consecuencia del programa instintivo.  Sé que los detractores de nuestra hipótesis no van a estar de acuerdo con nosotros, la ciencia considera que tanto la vida como la muerte es consecuencia de la química o de la genética corporal.  Pero es muy difícil explicarse cómo puede ser que una fuerza tan extraordinaria como la que tiene la Naturaleza para crear seres vivos, no sea capaz de mantenerlos vivos por mucho más tiempo.  El esfuerzo que la Naturaleza habría de realizar para mantener vivo durante miles de años a un gran mamífero, por ejemplo, es insignificante comparado con el portento que ha realizado para crearlo de una microscópica célula.  No es lógica la muerte, a no ser que nos la expliquemos, ayudados por nuestra hipótesis, como la fase final de una programación instintiva.  Donde toda forma de vida tiene programado su crecimiento, sus probabilidades de supervivencia y de reproducción, hasta que le llega la hora de verse afectada por un nuevo instinto destructor, por una nueva línea del programa, por una orden de “fin del juego” que la llevará al envejecimiento y a la muerte. 

            ¿Se imaginan ustedes que fuéramos capaces de alcanzar el ordenador donde se genera esta supuesta realidad virtual, y desprogramar de forma controlada los comandos que generan la fuerza de gravedad o la fuerza de los instintos?  Conseguiríamos aeronaves que se moverían apenas sin energía, y podríamos eliminar aquellas perturbadoras pulsaciones psicológicas para la pacífica convivencia.  Podríamos desprogramar el origen del envejecimiento, el poderoso instinto de muerte de donde también emerge la violencia, el gran mal humano.  Porque, si estamos en lo cierto, todos los intentos que hagamos al respecto, si no alcanzamos al gran ordenador de nuestra mente donde se genera esta realidad, sus líneas de programación seguirán afectándonos implacablemente, hagamos lo que hagamos por evitarlo.

            La Ciencia no ha cesado de escudriñar los cerebros de los seres vivos hasta la saciedad buscando las causas de los comportamientos.  Pero en las masas encefálicas no aparecen los órganos de decisión, no se ven donde se generan las intenciones; y si no se han descubierto todavía esos reductos de materia gris donde se producen las pulsaciones psicológicas es porque en realidad (siempre según nuestro supuesto) no existen en el cerebro.  Las decisiones las toma el programa general que gobierna a los seres vivos.   Los cerebros son los órganos ejecutores, son los encargados de transmitir, a los cuerpos virtuales de los seres vivos, las ordenes instintivas que genera el programa general de la vida.  Es en el programa general donde se toman las grandes decisiones sobre la vida, el cerebro solamente se encarga de ejecutarlas. 

            Y es que en un mundo virtual, absolutamente todo está programado.  Incluso la libertad que parecen disfrutar los seres vivos son diferentes opciones programadas ya de antemano.  Si el juego de la vida de este mundo es así, es porque está programado así.  Es una portentosa realidad virtual que ―como toda realidad virtual― tiene el principal cometido de “engañar” a las conciencias que la habitan, de convencerles de que es real la ilusión que están viviendo en su interior.  Algo que este juego ha realizado hasta ahora a las mil maravillas, pues llevamos milenios convencidos de que estamos en un mundo real. 

Todo parece irle viento en popa a la programación de nuestra realidad virtual en su propósito de embaucarnos.  Incluso ha superado con éxito hasta ahora el mayor reto que tenía que superar: evitar que la inteligencia de los seres vivos que alberga descubran su juego.  Porque, si estamos en lo cierto, el mayor problema con el que se enfrenta el programa de nuestro mundo es el de engañar a su propio creador.  Tengamos en cuenta que ―según nuestro supuesto― todo está sucediendo en nuestra mente.  Y el hombre, probablemente el ser más inteligente del planeta, puede poner en peligro las reglas del juego de la vida en este mundo.  Pues, desde que existimos, estamos sospechando que esta realidad no es tan real como parece.  Este mundo nos engaña solamente hasta cierto punto.  Hay muchas cosas en él que nos cuesta tragar, la muerte es una de ellas.  El hombre siempre ha tenido dificultades para asumir su muerte y la de sus seres mas queridos, siempre nos hemos intentado zafar de ella creando realidades virtuales espirituales donde nos hemos sentido inmortales.  Siempre la hemos sentido antinatural, por muy natural que sea.  Nuestra inteligencia o nuestra intuición nos dice que aquí, en este mundo, hay algo que no va bien.  Llevamos siglos y siglos escudriñando nuestra existencia, razonando sobre ella, investigando.  El juego de la vida en este mundo corre el peligro de ser descubierto por el hombre, un problema que el programa siempre tuvo previsto.  Era de suponer que el hombre se hiciera preguntas y más preguntas sobre su existencia.  Había que preparar respuestas inmediatas, ilusorias pero aplastantes, apoyadas por toda la fuerza y los fuegos artificiales que el programa de este mundo virtual es capaz de generar.  Tenía que defenderse de la inteligencia del hombre.  Por ello nos pone las mayores dificultades de las que es capaz para que no descubramos su juego, tiene que usar todas sus capacidades para evitar que recordemos lo que realmente somos y para que no descubramos la mentira en la que estamos metidos.  Y para ello crea un fuerte instinto especialmente diseñado para los humanos, diseñado para que en cuanto un ser humano, o un grupo de seres humanos empiecen a “recordar” su auténtica naturaleza, el programa genere una serie de fuerzas y de ilusiones destinadas a hacernos creer que nuestra realidad no es algo nuestro; y nos haga regresar en décimas de segundo a la virtualidad.  Un instinto que surge de tan adentro del hombre y está tan oculto en nosotros que todavía no ha sido reconocido por nuestra inteligencia.  A esta extraordinaria fuerza virtual vamos a llamarla “el instinto religioso”.  Una fuerza capaz de impedir que el hombre recuerde lo que realmente es.

 


EL INSTINTO RELIGIOSO

 

            Los instintos consiguen que los seres vivos respondan de cierta manera ante ciertos estímulos.  Según nuestro supuesto, es el programa general de realidad virtual el que tiene programado el comportamiento instintivo, el que da fuerza e intención a los instintos.  Los seres vivos sentimos el empuje de los instintos y experimentamos las segregaciones hormonales, de endorfinas, de adrenalina, o de la sustancia que en cada caso tenga programada el instinto inyectarnos en la sangre.  El programa de la vida no se limita a empujarnos a realizar ciertas labores programadas de antemano, nos convierte en partícipes de su juego consiguiendo que nos sintamos protagonistas de las movidas instintivas gracias a las sustancias, agradables o desagradables, que ordena segregar a nuestro cuerpo para darnos la sensación de realismo, para engañarnos mejor.  En el comportamiento sexual podemos observar cómo los seres vivos sentimos la fuerza sexual, pero a su vez nos sentimos protagonistas en la búsqueda del placer.  Si no existiera el placer en el acto sexual, nos resultaría grotesco e incluso desagradable.

            El instinto religioso no funciona de forma diferente a los demás instintos.  Se estimula ante ciertas circunstancias, nos “empuja” en una dirección determinada, y nos inyecta en la sangre las sustancias (de las que ya hablamos en el capítulo: “La drogadicción mística”) que ayudarán a dar realismo a los fenómenos religiosos y nos conducirán a ser seducidos por ellos.  Para que el instinto religioso se ponga en marcha solamente es necesario que la persona empiece a sentir lo sagrado, a tener inquietudes transcendentales, y pretenda ir mas allá de nuestra realidad, virtual, según nuestra hipótesis.  Es entonces cuando el programa pone en funcionamiento el poderoso instinto religioso, destinado a sumergir en las realidades virtuales espirituales a todo aquel que debido a su espiritualidad intenta evadirse de la realidad física.  Para ello se sirve de la drogadicción mística y de la percepción extrasensorial. 

            El instinto religioso se desata en cuanto una persona experimenta su dimensión sagrada.  Cuando empezamos a recordar nuestra divinidad, el programa se encarga de proyectarla en los dioses o en las entidades que pueblan las realidades virtuales espirituales.  Para realizar esto el programa se aprovecha de que, al estar sumergidos en una realidad virtual, según nuestro supuesto, y al creernos un cuerpo de carne, nos hemos olvidado de nuestra grandeza, por lo que le cuesta muy poco convencernos de que nuestra divinidad se encuentra encarnada en los dioses y no en nosotros.

            Si los dioses son lógicos es porque la creencia en que somos seres individuales los hace lógicos.  Todo lo que sucede en nuestro supuesto mundo virtual tiene su cierto grado de lógica, recordemos que es un programa inteligente quien dirige esta supuesta realidad virtual.  El instinto religioso, como cualquier otro instinto, tiene su lógica, sino no podría engañarnos.  El instinto sexual es lógico porque sin él no existiría la vida.  Y es lógico porque existe la muerte, pues sin el instinto de muerte, el instinto sexual, creador de vida, no tendría sentido; a no ser que viviéramos en un mundo infinitamente grande que pudiera albergar un crecimiento incesante de seres vivos que no murieran nunca.  El instinto sexual y el de muerte se dan sentido uno a otro, y dan sentido a todo el juego de la vida de este nuestro mundo.

            Y el instinto religioso es el principal defensor del juego de realidad virtual en el que estamos metidos, según nuestro supuesto.  Nubla el raciocinio cuando se experimenta con intensidad, como cualquier otro instinto, y genera fantasías mentales como cualquier otro instinto, en este caso las fabulosas realidades virtuales espirituales.  Algo que le viene como anillo al dedo al programa para distraer a los buscadores de la verdad. 

            El instinto religioso espera pacientemente hasta que es estimulado.  Una persona sin inquietudes espirituales no será “excitada” por él, incluso no sabrá nada de su existencia y no comprenderá a las personas religiosas.  Pero en cuanto un ser humano se sumerge en el peligroso terreno de la búsqueda espiritual, nuestro descomunal instinto conseguirá atraparlo entre sus redes, dándole respuestas erróneas a sus preguntas, haciéndole ver y sentir que aquello que le muestra es lo que andaba buscando.

            Si el místico que le ha tocado en suerte vivir intensamente el instinto religioso no es creyente ni conoce la existencia de dios alguno, el instinto no tendrá dificultades en crear dioses para él.  La facultad de crear dioses que tiene el instinto religioso es semejante a la facultad de crear hijos que tiene el instinto sexual.  Uno conlleva el instinto maternal o paternal, una vez vienen al mundo los hijos, para que continúe el juego de la vida; y el otro conlleva el instinto de sentirnos hijos del divino padre o de la divina madre que el instinto religioso haya creado para nosotros.  Aunque si ya somos creyentes por costumbrismo cultural, nuestro poderoso instinto no necesitará crear dios alguno, nos invitará amablemente a que adoptemos al dios que predomina en la cultura espiritual de nuestro pueblo, y a que lo adoremos con las nuevas ansias místicas que se habrán despertado en nosotros.

            A pesar de que el instinto religioso es típicamente humano, no deja de ser un instinto con las mismas características básicas que el resto de los instintos animales.  Si me atrevo a colocar al flamante instinto religioso a la altura de los instintos de los animales, no es solamente por las similitudes que pueda tener con ellos, sino porque su estimulación vivifica a los demás instintos de forma semejante a como todos los instintos se estimulan entre sí.

            Cuando un macho dominante de una especie de mamíferos consigue el poder en un grupo, su instinto de dominación alcanza una elevada excitación.  Circunstancia que también excitará a su instinto sexual y lo convertirá en el único macho que copule con las hembras, mientras que su instinto de supervivencia también gozará también de un alto grado de satisfacción, pues será quien se lleve mejor bocado a la hora de comer.  El instinto violento también habrá de permanecer altamente excitado, pues para mantenerse en el poder tendrá que vérselas muy a menudo con otros machos que pretenderán arrebatárselo.  Estas situaciones son muy naturales y habituales en el mundo animal.  Unos instintos excitan a otros.  Algo que también sucede con los humanos, pues aquellos que ostentaron el poder siempre fueron quienes más copularon, quienes mejor estuvieron alimentados y quienes más fuerte pegaron a quienes intentaron derrocarlos.

            Si bien es cierto que el instinto religioso no es excitado por el resto de los instintos, sino por las inquietudes que ya hemos comentado, él sí que excita a todos los demás.  El programa de nuestra supuesta realidad virtual arroja todas su fuerzas instintivas contra quien se ha atrevido a traspasar la línea de su seguridad.  Ya hemos hablado de lo afrodisiaca que puede resultar una agradable atmósfera sagrada, del poder que sienten poseer quienes se creen elegidos por los dioses, y de la violencia que puede vivir el místico henchido de ardor guerrero en guerra santa declarada contra los herejes.  La Historia nos muestra muy a menudo como gracias al instinto religioso, la Humanidad ha bailado al son de los instintos más animales.  ¿Existirá alguna posibilidad de evitar que los acontecimientos continúen por el mismo curso que siempre lo han hecho?

 

 


 

PAUTAS DE DESPROGRAMACIÓN

 

            Si todavía no conocemos al detalle el programa, o los programas, que gobiernan nuestra supuesta realidad virtual, mal vamos a intentar desprogramarlo.  Pero, como los seres humanos ya hemos realizado importantes manipulaciones en las leyes que gobiernan nuestro mundo, sin apenas saber nada de supuestas programaciones, no vamos a privarnos ahora de planificar nuevos experimentos para seguir intentando mejorar nuestra existencia.

            La más importante manipulación de las leyes naturales la hemos realizado intentando huir de nuestro peor mal, de la muerte, consiguiendo que nos mate algunos años más tarde de como siempre tuvo por costumbre hacerlo.  Claro que cada manipulación perturba el equilibrio ecológico, y el elevar la edad media de vida nos está trayendo el nuevo problema de la explosión demográfica.  Cuando el mono se puso de pie y se convirtió en hombre, y sobre todo cuando creció su inteligencia, empezaron todos los problemas para el tranquilo programa que gobierna la vida en nuestro mundo.  Las crías humanas empezaron a dejar de ser alimento de los animales que se alimentaban de ellas, empezamos a utilizar la inteligencia para defendernos de las enfermedades, y últimamente hasta hemos detenido las grandes guerras mundiales que se encargaban de manifestar en toda su gloria al terrible instinto de muerte, encargado de evitar la problemática superpoblación.

Pero, como seguimos siendo seres inteligentes, al extraordinario problema de la explosión demográfica le hemos encontrado otra solución extraordinaria: los anticonceptivos.  De tal forma que en los países desarrollados ya hemos reducido la tasa de natalidad hasta el punto de llegar a un crecimiento de la población casi imperceptible.  Sólo nos falta ahora exportar al tercer mundo nuestras manipulaciones anticonceptivas; porque, si ese mundo de pobres continúa creciendo, puede llamar a nuestra puerta con tanta hambre en el cuerpo que quizás lleguen a tirarla y a crearnos serios problemas.

Como podemos ver, ya tenemos una larga experiencia en manipular el programa de las leyes naturales.  La revolución sexual y anticonceptiva que ha vivido Occidente ha sido una desprogramación en toda regla.  Los occidentales podemos vivir el placer sexual hasta hartarnos sin que nos afecten las consecuencias que la Naturaleza ha destinado para la actividad clave procreadora.  Hoy en día la mayoría de las personas del mundo desarrollado deberíamos de tener una larga fila de hijos tras nosotros.  Nuestro atrevimiento cultural ―y científico― ha permitido que todas las personas, que consideran que los hijos dan mucha guerra, practiquen una placentera sexualidad sin necesidad tener ningún hijo.

Pues bien, lo que ahora propongo es disfrutar de nuestra divinidad, sin tener dioses de por medio.  Porque está claro que los dioses siempre han dado mucha guerra.  A causa de ellos nos hemos matado a lo bestia en multitud de guerras, y todavía hay quienes continúan haciéndolo.  Y, aunque ahora el instinto religioso está creando nuevos dioses más atractivos y pacíficos, yo no me fiaría mucho de ellos, pues siguen vomitando instinto de muerte a mansalva en los mensajes apocalípticos que nos continúan transmitiendo.  Por ello, las personas que no deseamos tener dios alguno en nuestras vidas, espero que podamos gozar de nuestra divinidad, como en Occidente podemos gozar de nuestra sexualidad sin que nos afecten las consecuencias previstas en los programas instintivos.  Espero que seamos capaces de realizar en la dimensión espiritual lo que ya hemos realizado en la dimensión sexual.

Para llevar a cabo semejante revolución, en primer lugar hemos de reconocer que la divinidad es del hombre, no de los dioses.  Algo que quizás le cueste comprender a más de una persona, pues no tenemos apenas precedentes que nos sirvan de ejemplo para realizar el cambio.  Casi todas las personas que alcanzaron una elevada divinidad fue gracias a la mediación de los dioses.  Pero recordemos que la sexualidad y la procreación humana también fueron durante milenios potestad de los dioses, y en unas pocas décadas han dejado de serlo.

Como en toda revolución, en primer lugar se necesita concienciar al pueblo de sus beneficios.  Nuestra sociedad desarrollada inició su revolución sexual cuando tomó conciencia de la represión que vivía y cuando la combatió.  En cuanto tomemos conciencia de la represión que padece nuestra divinidad, podremos empezar a intentar liberarla, a luchar para que se manifieste en toda su gloria.

Observemos los estragos que ciertas creencias sobre la sexualidad provocaron en la Humanidad ―y continúan provocando― causando tanto sufrimiento e impidiendo vivirla como fuente de placer y de felicidad.  Y ahora intentemos observar los estragos que las creencias religiosas han hecho ―y están haciendo― en la gran espiritualidad del hombre, haciéndonos sufrir y perturbando nuestra capacidad de ser felices.

Es necesario reconocer que nuestra divinidad está tan castrada como lo está la sexualidad de esos creyentes que consideran pecado el placer.  Nuestra divinidad es tabú, como lo fue la sexualidad, territorio de los dioses; hace muchos siglos que se la dimos a ellos, recuperarla es un obligado reto cultural.  Estamos tan castrados espiritualmente como están sexualmente esas mujeres que por causa de las creencias tradicionales de su pueblo se les corta el clítoris.  Con la diferencia de que nuestra castración es mental, tiene remedio. 

Hemos de reconocer que la divinidad es una propiedad innata del ser humano.  Es una propiedad tan nuestra que para conseguirla lo único que hemos de hacer es dejar de hacer lo que hacemos para evitarla.  Tanta búsqueda de nuestra divinidad a través de los dioses no ha hecho sino distraernos de nuestro estado divino natural.  Si a dios llevan tantos caminos diferentes, e incluso de direcciones contrarias, es porque dios no está al final del camino, sino en el caminante; dios es el caminante que juega a encontrarse a sí mismo.

Cuando hayamos reconocido que dios somos nosotros, todavía nos quedará un largo camino por delante.  El uso de la divinidad, como el uso de la sexualidad, hay que aprenderlo.  La liberación sexual necesitó de varias generaciones, y la liberación espiritual necesitará también de unas cuantas.  A todos aquellos que vivimos en un pasado la divinidad proyectada en los dioses nos va a costar realizar el cambio por mucho que nos lo propongamos.  De la misma forma que las primeras experiencias sexuales marcan nuestra sexualidad de por vida, las primeras experiencias espirituales encauzan nuestra divinidad por el resto de nuestros días.  Así funciona nuestra mente.  Las vivencias sagradas en la niñez o en la adolescencia marcan el futuro de la vivencia de la divinidad del individuo.  Y si unas primeras vivencias sexuales son traumáticas o desagradables, puede suceder que la persona rechace su sexualidad de por vida o no consiga nunca vivirla plenamente, de ahí la importancia de las primeras experiencias.  A muchos ateos les va a costar sentir su divinidad por mucho que se lo propongan, ya que probablemente la rechazaron desde muy jóvenes, cuando probablemente fueron violados por fanáticos conceptos religiosos.

Lo único que puede acelerar este proceso revolucionario es que con la divinidad se pueden hacer milagros.  Y si conseguimos que la divinidad sea asumida por el hombre, ya no estarán los milagros sometidos a la arbitrariedad de los dioses, entonces seremos nosotros quienes los haremos a voluntad.

El mayor milagro se producirá en cuanto el hombre empiece a sentir su divinidad.  El amor se manifestará con mayor fuerza, y el egoísmo perderá poder.  En cuanto las personas somos más felices dejamos de ser egoístas.  Las riquezas de este mundo podrán ser mejor repartidas al no necesitarse ya tanta acumulación de posesiones materiales.  Repartiremos mejor el pastel del mundo con los pobres, y las grandes diferencias sociales podrán empezar a desaparecer

Los grandes males humanos pueden empezar a perder poder, pues la fuerza maligna del lado oscuro del hombre es provocada por una ausencia de amor, por un vacío en nuestra esencia sagrada, por la ausencia de nuestra divinidad.  El odio es consecuencia del vacío del amor.  Cuando empecemos a llenar ese vacío con el amor de nuestra divinidad, es muy posible que empecemos a dejar de vivir el sueño de esta vida como una pesadilla, y lo convirtamos en un sueño feliz.  Tan feliz que incluso lleguemos a desprogramar los grandes males humanos, como pueden ser la violencia y la muerte. 

Pero para conseguir cambiar las pautas programadas en este mundo, según nuestro supuesto, probablemente vamos a necesitar superar grandes dificultades.  Ya hemos dicho que el programa se defiende con uñas y dientes, se resiste a ser cambiado.  La mente humana es propensa a crear hábitos, y los males de este mundo son profundos hábitos difíciles de cambiar.  El SIDA es una muestra de que nuestra liberación sexual todavía no ha sido completada, no hemos desprogramado correctamente al mal de nuestra sexualidad.  Sencillamente hemos cambiado unos males que vivíamos en torno a la sexualidad por otros.  El mal no ha sido erradicado de raíz.

Para que, aquellas personas que apenas han tenido vivencias espirituales en su vida, se hagan una idea de las dificultades con las que nos podemos encontrar, decirles que nuestro propósito es semejante a pretender vivir en el estado de la persona enamorada, pero prescindiendo de su adorado amado o de su adorada amada.  Vivir las glorias divinas prescindiendo de los dioses es como intentar conseguir vivir en un estado de enamoramiento sin pareja.  Es como intentar gozar de las drogas sin tomarlas.  Algo inconcebible para nuestra mente, a menos que empecemos a pensar que puede ser posible y lo intentemos.  Para ello hay que cambiar de raíz las condiciones que el programa impone a las dos grandes manifestaciones del amor en nuestro mundo.  Hemos de empezar por pensar que podemos vivir un gran amor sin necesidad de vivir las limitadoras condiciones del enamorado en pareja ni las del enamorado de dios.  De esta forma vamos a enfrentarnos a las más importantes condiciones que tiene el amor en este mundo, virtual, según nuestro supuesto.  Si conseguimos empezar a vivir el amor incondicional, el amor sin limitaciones, sin males que lo encarcelen, estaremos iniciando la desprogramación de los males de nuestro mundo.  Podríamos empezar pensando que:  “Podemos vivir un gran amor porque somos un gran amor, no por otras causas”.

           Pero en cuanto empecemos a intentar recuperar nuestra gloria divina sin dioses de por medio, los males de este mundo van a hacer lo imposible por intentar evitarlo.  Podemos encontrarnos ante un imaginario ordenador que gobierna a muestro mundo, y puede que no podamos ni mover los brazos para modificar sus comandos.  Por esta razón es muy probable que tengamos que ir asumiendo nuestra divinidad poco a poco, sigilosamente, sin sobresaltos que despierten a las fuerzas del mal.

Y aun así, es muy probable que en cuanto un grupo se disponga a generar una densa atmósfera sagrada prescindiendo de los dioses, el programa que gobierna nuestra supuesta realidad virtual se empiece a poner nervioso y se empeñe en demostrarnos que los dioses existen.  Si el grupo que ha decidido vivir su divinidad está compuesto por acérrimos ateos, es posible que el programa no les presente a los dioses tradicionales, puede que les presente a los modernos extraterrestres o a parientes muertos de los reunidos.  El programa siempre buscará impresionar al grupo presentándoles entidades espirituales creíbles para ellos.  Los dioses o los espíritus se pondrán muy nerviosos, y es posible que hablen como cotorras intentando convencer a su audiencia.

Antes de que cualquiera de nosotros llegue al centro del programa con la intención de cambiarlo, éste intentará evitarlo generando ilusiones, generando realidades virtuales espirituales.  Por eso los expertos en desprogramación habrán de estar alerta ante este calamar cibernético, que en cuanto se ve en peligro vomita tintas de colores con las que crea mundos increíblemente fascinantes, celestiales o infernales.  Si los futuros expertos en desprogramación consiguen no mirar esas hipnóticas bellezas celestiales o esos monstruos infernales, si consiguen no caer donde cayeron todos los místicos que tanto se acercaron al centro generador de ilusiones, si consiguen no terminar adorando a las deidades que nuestra mente nos presente, o huyendo de los demonios que también nos puede presentar, habremos dado un gran paso hacia delante. 

Si creemos en el realismo de las nuevas o viejas creaciones que nuestro gran generador de realidades virtuales nos presente, corremos el riesgo de volver a tirarnos siglos y más siglos estancados en las creencias.  Las sectas están llenas de buscadores de la verdad atrapados en las realidades virtuales espirituales.

Este capítulo es una invitación a los dirigentes sectarios para que inicien un cambio en sus prácticas espirituales.  Probablemente serán muy pocos los que tomen conciencia de lo que aquí estamos exponiendo e intenten ponerlo en práctica.  Los dioses y las entidades espirituales, con sus hábitats incluidos, son algo casi imprescindible en los caminos espirituales.  El programa que gobierna nuestra supuesta virtualidad solamente permite a través de ellos vivir su gloriosa divinidad al hombre.  Sin embargo, ya existen métodos de trabajo espiritual sin dioses de por medio, formas de sumergirse en atmósferas sagradas sin que se haga alusión a deidad alguna.  Yo he practicado alguno de esos métodos mucho antes de empezar a escribir este libro.  No sé si en etapas avanzadas, en cámaras de iniciaciones profundas de estos métodos en cuestión, habrá algún dios u hombre dios bendiciendo los procedimientos.  El caso es que en ellos se puede sentir una atmósfera sagrada de buena calidad sin que aparezca nada que no sea humano en las prácticas.  Aunque hemos de reconocer que todavía son los dioses o los hombres dioses quienes manejan las atmósferas sagradas más densas y de más calidad.

En mi opinión, merece la pena perder un poco de calidad o de intensidad en las atmósferas sagradas conseguidas sin dioses, pues entonces seremos nosotros quienes podremos haces uso de las extraordinarias propiedades de lo sagrado, no los caprichosos dioses, hijos del instinto religioso.

Sin los dioses podremos meter el pensamiento científico en el espíritu del hombre, en su dimensión sagrada, divina; y empezar a cambiar en nuestro beneficio el nivel espiritual como hemos cambiado el nivel material.  Podremos trabajar en erradicar el mal de nuestro mundo sin estorbos, combatiendo todo aquello que condiciona el bien, desprogramando los comandos dañinos de nuestra supuesta realidad virtual, llenado los vacíos de amor que causan tanto sufrimiento.  Pero hasta que la ciencia alcance las realidades más profundas de nuestra existencia, podemos ir haciendo ensayos de desprogramación.

Y no temamos que esta nueva forma de afrontar la realidad cree nuevos hombres dioses.  Cierto es que hasta ahora las personas que tomaron contacto con su divinidad se endiosaron; pero nuestro supuesto no permite que eso suceda.  Si todos somos parte de una gran virtualidad, ya sea espiritual o física, es ridículo pensar que se pueda ser diferente de los demás porque nos sintamos en este sueño reyes o mendigos, dioses o demonios.  Somos partes de un sueño, y si en este sueño existen diferencias entre las personas o las entidades espirituales, es porque las crea el programa de realidad virtual.  Pero, en realidad, las diferencias no existen, todos somos uno.  La realidad es la mente donde se generan las virtualidades, nuestra portentosa mente colectiva; las diferencias virtuales son ilusiones generadas por ella.  Los dioses, los humanos, los espíritus, los ángeles o los demonios, los buenos o los malos; todos, somos monigotes virtuales, según nuestro supuesto.  Aquí pinta tanto un pordiosero o un delincuente como un sumo sacerdote o un dios.  Todos somos producto de un mismo ilusionismo, todos somos muñecotes virtuales, nuestro supuesto no da cabida para los típicos endiosamientos egocéntricos de los dioses o de los hombres dioses.  ¿Hay algo más ridículo que un dios virtual?

Un leproso o un gurú son productos de un mismo sueño; la única realidad es la mente que sueña.  Quien se endiose en este nuevo camino que nos espera es porque o le gusta seguir dormido en la virtualidad o porque no ha entendido nada de nuestra hipótesis.

Y quien quiera jugar a pensar que la mente que nos está soñando es la mente de dios, puede hacerlo.  El instinto religioso tiene mucha fuerza, y nos seguirá dando durante mucho tiempo más de lo mismo.  Es de esperar que la ciencia, ayudada por nuestro supuesto, continúe quitándole terreno a los dioses, hasta que acabe con ellos.  Entonces solamente quedará la divinidad del hombre, lo único real.

Si ojeamos por última vez la única figura incluida en este libro, veremos que el recuadro central define las cualidades de nuestra divinidad, con el amor en su centro.  Ya dijimos que eso es lo que somos en esencia.  Ese es el final de toda búsqueda espiritual, sigamos el camino que sigamos.  El contenido del resto de recuadros que rodean nuestra esencia son provocados por la virtualidad.  Consecuencias del programa, o de los programas, de realidad virtual en la que estamos sumergidos.  Cualquier mal es consecuencia de la virtualidad según nuestro supuesto.  Por esta razón es de suma importancia ir descubriendo al detalle cómo se forma nuestra realidad, hasta que nuestro supuesto deje de ser una suposición y acabe siendo reconocido como cierto.

El descubrimiento de la virtualidad de nuestro mundo puede abrir unas expectativas revolucionarias para la Humanidad.  El reconocimiento de que nuestro mundo es una realidad virtual es muy probable que pueda aportarnos herramientas eficaces para erradicar los males que nadie desea.  Pues, si nuestra hipótesis llega a demostrarse, ya no tendremos necesidad de luchar contra los males, entonces, sencillamente, los desprogramaremos.

 


 

DESPEDIDA

 

            Han sido cuatro largos años dedicados especialmente a escribir este libro, cuatro años que se me han hecho interminables.  El esfuerzo creativo, intelectual ―al que no estoy acostumbrado― y la decisión que tomé de aislarme socialmente, para crearme ese ambiente típico de soledad que supuestamente todo escritor debe de tener, ―al que tampoco estoy acostumbrado― han hecho muy cuesta arriba mi vida durante este tiempo.  La verdad es que nunca pensé que me iba a salir un libro tan voluminoso, ni que me iba a costar tanto escribirlo.  Al principio me resultaba hasta divertida la idea de escribir, solamente tenía que ir relatando lo que había vivido e ir dando mis opiniones al respecto.  El empuje de creatividad y de servicio a los demás me fue de gran ayuda.  Pero a medida que iban pasando los meses, y aumentaba mi conciencia sobre la ardua tarea que me había impuesto, nuevas exigencias aparecían en mi mente.  Creí conveniente estudiar el tema de cada capítulo antes de abordar su escritura.  Los años vividos en mi pasear por las sectas me habían desconectado por demasiado tiempo de la evolución cultural de nuestra sociedad.  Y si ahora pretendía dirigirme al público, necesitaba saber lo que la gente sabía y opinaba al respecto.  Debía de conocer hasta donde había llegado nuestra cultura popular y la ciencia en el conocimiento de nuestro mundo y del hombre; sobre todo si quería dar un nuevo paso hacia delante.  Por lo que ya no se trataba solamente de escribir un libro, también debería de leer o estudiar muchos otros libros, de un espectro temático tan amplio como los diferentes temas que se tratan en cada uno de los más de cien capítulos de nuestro paseo por el interior de las sectas.

            Y a todo ese esfuerzo hemos de añadir las tareas esenciales de la casa que toda persona soltera que vive sola en ella ha de realizar, así como trabajar las cuarenta horas semanales en una empresa que garantiza mi sustento.  Me había impuesto un programa de trabajo que sin lugar a dudas sobrepasaba mi capacidad de esfuerzo.  No me extraña que este capitulo, sin dificultad alguna, me esté costando más de un mes escribirlo.  Un impulso instintivo ―supongo que de supervivencia― me crea dificultades para continuar con esta vida espartana.  Mi mente ya se niega a seguir escribiendo.  La ilusión con la que antaño me sentaba ante el ordenador, ahora se ha convertido en rechazo.  Tengo muchas ganas de dar un descanso a mi cabeza, y, a su vez, tengo hambre de compañía.  La soledad me pesa ya demasiado.  Porque no solamente ha sido un apartarme de relaciones de pareja, o de las relaciones sociales típicas del tiempo de ocio, también ha sido el apartarme de la grata compañía de dios, o de los dioses, lo que me ha hecho muy cuesta arriba estos cuatro años; pues para una persona que siempre estuvo en una u otra santa compañía divina, prescindir de ellas es muy duro.

Fue al iniciar la escritura de este libro cuando decidí prescindir de los dioses, no solamente para no contaminar con su influencia subjetiva este estudio, sino porque ya había llegado a la conclusión de que no eran sino creaciones de nuestra mente que nublaban la inteligencia del hombre.  Y como todavía no sé generar una suficiente atmósfera sagrada que me haga sentirme unido a todo, y que supla la grata compañía de los dioses, he padecido la soledad más dolorosamente de lo que esperaba.

            Hace más de un año me sentí aliviado porque creí haber terminado el libro.  Hice unas cuarenta copias y se lo di a leer a varias amistades.  Solamente fueron tres meses necesarios para darme cuenta que aquel escrito necesitaba una mejora.  Los comentarios que me fueron llegando de los lectores, y volver a leer texto, me convencieron de que tenía que darle un repaso.  Ya fuera por la profundidad y la complejidad de los temas tratados en el libro, ya fuera porque yo no había sabido explicarme con la suficiente claridad, el caso es que se me metió en la cabeza que el escrito necesitaba una ampliación y una corrección que aumentara su coherencia y su claridad.  Así que sufrí un nuevo año de duro trabajo intelectual que casi me cuesta una enfermedad.  El libro fue corregido por completo y ampliado, me creció unas cincuenta páginas, diez capítulos más. 

            No cabe duda de que es éste un libro que puede ser repasado muchas veces, y probablemente nunca llegue a satisfacer por completo su acabado.  En mi opinión ya tiene la calidad suficiente para ser leído.  Creo haber cumplido el principal objetivo ―que me propuse al principio― de describir con claridad suficiente los peligros que tanto abundan por los caminos del alma.  Seguro que un nuevo repaso no le vendría mal, un profesional de la corrección mejoraría su lectura sin lugar a dudas; pero las personas interesadas en los temas que trata el libro, y especialmente las más afectadas por el fenómeno sectario, o sencillamente religioso, tardarían un tiempo precioso en conocer su contenido.  Y no me perdonaría nunca que, por un exceso de perfeccionismo, aquellas personas que están corriendo los peligros que acechan por los caminos espirituales acabasen sufriéndolos por no haber sido informadas a tiempo. 

Este libro cubre un vacío informativo en la dimensión religiosa del hombre que, en mi opinión, urge rellenar.  Urgencia que podemos atender con rapidez sorprendente gracias a los milagros de la moderna tecnología.  Hasta hace muy poco tiempo era impensable para un escritor ni siquiera soñar que su libro pudiera ser editado por todo el mundo al día siguiente de haberlo terminado.  Hoy en día Internet permite realizar semejante portento editorial.  Este libro va a ser editado en la Red a los pocos días de haberle dado un último repaso.  Si son necesarias nuevas correcciones, tiempo habrá de realizarlas.  La publicación electrónica permite modificar el texto en cualquier momento.

Tampoco voy a ocultar las ganas que tengo de que este libro llegue al público, a ese gran desconocido al que le he estado escribiendo durante cuatro años.  ¿Se imaginan ustedes a una persona que habita en un lugar remoto, donde el servicio de correos no le alcanza sino cada cuatro años?  ¿Se imaginan las ganas que puede llegar a tener esa persona de que lleguen a su destino las cartas que ha estado escribiendo durante ese tiempo?  Pues algo parecido me ocurre a mí.  Porque en este tiempo, aunque he sufrido la soledad, nunca fue una soledad total, pues siempre tuve en mente a los demás, a mis futuros lectores; en especial a aquellas personas que andan por las sectas, como yo anduve, o a aquellas otras que tienen intención de hacerlo, o tienen a algún familiar, o sencillamente están interesadas en el tema. 

Han sido cuatro años escribiendo para usted, amable lector o lectora; cuatro años en los que me imaginaba que usted iba conmigo por el interior de las sectas, mientras yo hacía de cicerone, y a su vez dejaba constancia escrita de lo que habíamos visto.  Han sido cuatro años de relación con usted, sin que usted lo supiera, escribiéndole todos los días.  Ahora le envío todas mis cartas, de golpe, en un libro. Y, aunque a ésta última la he titulado despedida, en realidad es un hasta pronto, o un hasta luego.  No estoy dispuesto a echarle de menos.  Ya me he acostumbrado a su presencia en mi mente, no quiero tomar más decisiones de aislamiento en mi vida.  Si deseo abandonar mi soledad, no sería un buen paso renunciar a su compañía; aunque haya sido una compañía virtual.  No creo oportuno que, por el simple hecho de que haya dejado de escribirle, nos despidamos ahora precisamente que usted va a tener noticias de mí. 

Soy un caminante, probablemente como usted; y, en cuanto ponga el punto final a este libro, voy a volver a coger mi mochila y a emprender de nuevo el andar.  Y es muy probable que nos podamos encontrar por los caminos, o, mejor dicho, por las nuevas sendas que vayamos abriendo.  Porque si usted ha elegido, como yo, explorar en la dirección que ya hemos expuesto en los últimos capítulos de este libro, para nosotros se acabó el pasear por viejos caminos, ahora se trata de abrir nuevos senderos por lo desconocido.  Tarea mucho más ardua que la de pasear.  Y demasiado trabajo para realizarlo en solitario.  Como los buenos arqueólogos que trabajan en equipo, es posible que nos encontremos en la misma expedición arqueológica, buscando nuevas evidencias sobre la vida y sobre la Humanidad. 

Por consiguiente, no me estoy despidiendo, en realidad lo que estoy diciendo es que pronto nos veremos, aunque sea en el ciberespacio de la Red.  Donde toda persona que desee ser participe o testigo de nuestros pasos, podrá encontrarnos en: “www.virtualismo.com”.  Así que, hasta pronto.