EL GRAN FRAUDE ESPIRITUAL

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            Cuando el hombre religioso inventó a los dioses infinitos, creó una trampa mortal para la espiritualidad.  Mientras los dioses tuvieron sus poderes limitados, ejercieron sus funciones en una lógica competencia los unos con los otros; pero con la aparición de las religiones monoteístas, que siempre pretenden implantar el monopolio divino en el universo de las almas, ya no podía existir esa competencia, pues si existe un dios infinito creador de todas las cosas, no pueden existir otros semejantes.  De esta forma comenzaron las  sangrientas luchas por imponer rotundamente la potestad imaginada del dios totalitario, por intentar establecer en el mundo una sola religión que anulé a las demás, un sólo dios por encima de los demás, y una sola verdad ―imposible de demostrar― que también esté por encima de la de los demás.

Las religiones que se venden como las únicas y las verdaderas en este mundo, no son tales, al menos la mayoría, pues al haber muchas que se anuncian así, solamente una puede ser la verdadera; y, como quien lleve la única razón no es demostrable, el porcentaje de que una de ellas sea la portadora de la verdad es muy pequeño.  Si hay en el mundo cien religiones monoteístas ―que hay muchas más―, tendríamos un uno por ciento de probabilidades de acertar si seguimos a una de ellas.  Si hay en el mundo cien personas que se consideran la única representante de dios en la tierra ―que hay muchas más―, si seguimos a una de ellas, tenemos un noventa y nueve por ciento de posibilidades de equivocarnos de encarnación divina.  Quienes ponen su alma en manos de una religión o creencia de estas características están sufriendo el gran fraude espiritual de los últimos siglos, están jugándose su vida espiritual en una extraña lotería divina, apostando por un número que les han garantizado va a ser el único premiado; cuando otras personas están en la misma situación pero apostando por otros números diferentes.

            La libertad religiosa de las últimas décadas en los países desarrollados no ha venido a solucionar el problema de las ofertas fraudulentas de los monopolios de las religiones universales, incluso me temo que lo ha empeorado.  En el ámbito del consumismo, la libre competencia siempre beneficia al consumidor, pues propicia la aparición de mejores productos y a mejor precio.  Pero si recordamos los comienzos de nuestra sociedad consumista, cuando no existía regulación oficial alguna sobre la publicidad o el etiquetado, y no se exigía que lo que se anunciaba se correspondiera con las cualidades de lo que se vendía, recordaremos que las ventas fueron fraudulentas en muchas ocasiones; hasta que la legislación vigente terminó con ellas.  Esto es algo que está sucediendo ahora en el mercadillo espiritual de nuestros días.  Al no existir legislación que obligue a anunciar honradamente las auténticas propiedades de lo que se vende, las ofertas exageran fraudulentamente en su publicidad los beneficios de sus productos. 

No vamos a negar que algunas producciones espirituales hayan mejorado en los últimos tiempos, pero la mayoría prometen ofertas tan fraudulentas como las que provocaron tantos desastres históricos causados por sus fanáticos ofrecimientos.

Y a ver quién es el guapo que ahora le pone el cascabel al gato y crea una legislación que regule las ofertas espirituales, su publicidad y su etiquetado.  Gran parte de la sociedad demanda una legislación, en especial para regular las ofertas sectarias, pero los legisladores saben que si empiezan a aplicar rigurosas leyes a las sectas, pronto tendrían que hacerlo con las grandes multinacionales religiosas, lo que puede llegar a crearles grandes problemas.  Si se atienden todas las denuncias contra las ofertas fraudulentas de las sectas, pronto las sectas podrían denunciar a las grandes religiones con los mismos argumentos que les están aplicando a ellas.  Las sectas de hoy en día no son mudas, no hay nadie que les calle la boca como antiguamente, y muchas de ellas son imagen y semejanza de las grandes religiones pero en pequeño y con pequeñas diferencias.  Enfrentarse el poder legislador a un dios sectario, poniendo la ley humana por encima de su ley divina, puede resultar llevadero si la secta no tiene muchos seguidores; pero, aplicar la ley de los hombres a la ley de los todopoderosos dioses de las grandes religiones, es una labor que muy pocos legisladores estarán dispuestos a llevar a cabo; todo un pueblo o toda una sociedad puede estar apoyando actividades espirituales susceptibles de ser denunciadas.  Por lo tanto, por ahora no nos queda otro remedio que seguir tragando las actividades fraudulentas de los lanzamientos  publicitarios espirituales.  Informarnos adecuadamente y realizar análisis comparativos es nuestra única solución para evitar el fraude, algo que pretendemos hacer en este libro.

            Cuando existía en el comercio espiritual de cada país un sólo elixir de salvación, porque sus creadores habían desterrado a toda competencia, no se apreciaba el gran fraude espiritual; evidentemente era un producto único, pues no había otro en el mercado.  Cada región de la Tierra tenía su elixir particular, su dogma de fe que lo mantenía, y su ejército y su inquisición para defenderlo.  No existía la permisividad que ahora existe, las religiones dominantes degollaban ―en el sentido estricto de la palabra― todo brote sectario que se atrevía a crecer en su país.  Pero la libertad religiosa propició la aparición de una gran cantidad de elixires, lo que generó una feroz competencia entre ellos.

            En la situación actual, una gran cantidad de elixires milagrosos se venden en los mercados del mundo como medicina para enfermedades incurables, en las etiquetas de cada uno de ellos se dice que es un producto único e inigualable, y que el resto de productos, que también se anuncian con las mismas propiedades, no son sino placebos.      

Hoy vivimos tiempos de grandes libertades en los países desarrollados.  Las sectas brotan como por arte de magia, y los elixires milagrosos se cuentan por miles.  Y en la mayoría de estos tarros de espiritualidad condensada se continúa diciendo en su etiqueta la misma máxima de sublime producto único e inmejorable.  La única diferencia con el pasado, que se aprecia en el etiquetado de estos modernos tarros, consiste en que en muchos de ellos el mensaje de autenticidad, que descalifica al resto de elixires del mercado calificándolos de placebos, lo ponen en una nota por la parte de atrás y en letra pequeña.  Poco a poco se aprecia que van tomando conciencia las productoras de estos elixires de la gran estafa que están cometiendo con las gentes; y digo que van tomando conciencia porque en la mayoría de los casos el fraude se realiza inconscientemente.  Las primeras personas engañadas son los vendedores de los elixires, pues son ellos los primeros que se creen  poseedores del número premiado.  Pero, como saben que existen miles de números que se anuncian así, su sentido del ridículo les obliga a poner en letra pequeña su convencimiento de que su número va a ser el agraciado con premio gordo del paraíso eterno.

Hay casos en que no ponen dicha nota, incluso en el prospecto anuncian el producto esotérico como compatible con cualquier otra creencia o religión.  Se trata de un método para mejorar el bienestar espiritual―dicen―, de una energía benefactora.  Utilizan estos argumentos o semejantes para intentar convencer a la persona que ya esté afiliada a otros elixires, incompatibles con los demás, a iniciar un cambio, o para convencernos a todos aquellos que no admitimos tomarnos nada que menosprecie a todo lo demás.  Así resulta más fácil picar el anzuelo y acabar colgado de una opción totalitaria que precisamente queríamos evitar.  La sorpresa de comprobar que nos han querido pescar nos la llevaremos más tarde, cuando llevemos tiempo probando el elixir y ya nos hayamos creado hábito, entonces nos comunicarán que en realidad no se trata de una sencilla pócima para mejorar el bienestar del alma, sino que lo que llevamos tiempo experimentando nos viene dado por la suprema gracia divina, patente exclusiva del método particular de realización espiritual que estemos siguiendo.

            Estas miles de patentes de exclusividad, que nos dicen tener la mayoría de religiones u otras vías espirituales absolutistas, están avaladas por los certificados de autenticidad; por supuesto, tan fraudulentos como el hecho que pretenden demostrar.  Todas estas vías espirituales disponen, según ellas, de la documentación necesaria que demuestra en cada caso estar en posesión de la verdad, al mismo tiempo que también demuestran, en cada documentación particular, que las otras opciones espirituales están en posesión de la mentira.  Todos estos avales de autenticidad, que intentan demostrar que su dios es el verdadero, siguen unos patrones típicos y apenas difieren los unos de los otros.

Los documentos que en primer lugar se exhiben son las antiguas sagradas escrituras.  Nunca han existido en la Tierra escritos que más interpretaciones se les haya dado, hayan sido más manipulados y utilizados con intereses partidistas, que las antiguas sagradas escrituras.  Cada uno de estos libros sirve para apoyar a innumerables religiones o vías espirituales con doctrinas muy diferentes entre ellas.  Todas afirman que en estos libros está escrita la palabra del auténtico dios, opinión que ninguna de ellas pone en duda porque cada una se apoya en aquellas partes de estos voluminosos libros que justifican y apoyan su doctrina o método de realización espiritual.  De esta forma nos encontramos con doctrinas muy dispares apoyadas por un mismo libro, sagrado, claro está.

Otro tanto sucede con los mediadores más famosos, su prestigio es utilizado descaradamente para garantizar el éxito de las excursiones particulares por los mundos espirituales.  Y así tenemos a Cristo, por ejemplo, erigido en guía de multitud de caminos espirituales que llevan a lugares muy diferentes.

            Muchas de las religiones monoteístas, que se hicieron universales, presentan como su mejor aval de autenticidad el éxito de la propagación de su doctrina.  Pero esto no es cierto, porque su éxito no hubiese sido posible sin el apoyo de los poderes políticos y militares que les ayudaron a implantarse en amplias extensiones del planeta.  Se propagaron basándose en la fuerza bruta, cuando no terrorífica y asesina.  Para comprobar cómo no son capaces de sobresalir sobre otras creencias por sí mismas, no tenemos nada más que observar en la actualidad cómo se ven obligadas a convivir en la India con multitud de creencias diferentes sin apenas sobresalir de entre ellas.  Cuando no se hace uso de la fuerza, todas las formas de fe acaban a la misma altura, aunque cada una se pretenda erigir por encima de las demás.  Muchas de estas religiones universales deberían de avergonzarse de los métodos que usaron para conseguir su supremacía en vez de presumir de ello.

            Otro argumento expuesto, para convencer al incrédulo, y al creyente para que siga creyendo, es la vivencia de lo sagrado en el seno del particular círculo espiritual.  Más si recordamos lo dicho en el capítulo de la percepción extrasensorial en hermandad, donde expusimos la enorme facilidad que existe para experimentar cualquier realidad espiritual en todo grupo que la invoque, nadie debiera de alardear de estar en posesión de la verdad por haber conseguido lo que la naturaleza humana y divina regala.  Para obtener una experiencia de aproximación a lo sagrado no hace falta ningún ritual especifico, la atmósfera sagrada en muy fácil de provocar, cualquiera de los rituales que se practican en las innumerables religiones puede conseguirlo.  Incluso individualmente el cielo se ha experimentado siempre bajo infinidad de doctrinas y de ideologías espirituales.  Para los creyentes en un solo dios, no tengo noticia de que de existir el dios verdadero esté afiliado a alguna religión en especial o vía de realización espiritual determinada, más bien creo que está a disposición de darse a conocer a todo aquel que lo desee.  Incluso existen creencias de que dios es una parte muy importante de nosotros mismos que sencillamente hemos olvidado.  Sólo tenemos que sanar la amnesia que padecemos y recordar lo que realmente somos para volvernos a reencontrar con nuestra auténtica naturaleza divina.

            Pero esta idea no está muy extendida.  Son los viejos conceptos sobre la divinidad los que más continúan utilizándose por los caminos espirituales.  Viejos dramas milenarios del ser humano, fraudes espirituales enraizados en nuestras viejas costumbres.  Ya va siendo hora de realizar un cambio.

            Si en la dimensión de los bienes materiales la justicia social ha llegado al pueblo en los países desarrollados, ¿no es ya hora de que también haya justicia en la dimensión de los bienes espirituales?  ¿Por qué permanecemos impasibles ante los grandes fraudes espirituales, ante los grandes engaños del alma?  ¿Acaso nos complacemos en pensar que son padecimientos típicos de los buscadores de dios?  ¿No estamos comportándonos como los antiguos cuando pensaban que el hambre de los pobres era algo propio de ellos y que no tenía remedio?  Si hemos llegado a demostrarnos que en la Tierra puede haber comida para todos los que la habitamos,  ¿qué nos está impidiendo demostrarnos que en los cielos también hay alimento espiritual para todos?  Si el gran dios es un concepto de abundancia infinita, de inagotables beneficios,  ¿a quién le interesa su racionamiento?  ¿A los estraperlistas?  ¿Por qué cada buscador de las riquezas del alma está expuesto a sufrir tanto fraude y engaño?  No hay derecho a cobrar los precios que se están cobrando por algo que, como el agua, nos pertenece por derecho propio.  Los sedientos de dios están padeciendo una injusticia intolerable, pagando precios desorbitados por una gota de agua, engañados por los defraudadores del espíritu.

            La magnitud del gran fraude espiritual puede alcanzar cotas increíbles, y los sistemas para llevarlo a efecto pueden llegar a ser sorprendentes.

            En el anterior capítulo hicimos una exposición de los tipos de mediadores más habituales, pero en ocasiones estas categorías no se manifiestan tan definidas como las hemos mostrado.  Existen mediadores que pertenecen exactamente a alguna de las categorías de las señaladas, pero en muchas ocasiones estas categorías se mezclan en un mismo personaje, incluso se pueden llegar a mezclar todas en un sólo individuo, en una persona que viviendo en este mundo asegura tener todas las facultades de los grandes mediadores que están en el otro.  Entonces tenemos al mediador estrella, al hombre dios o a al dios hecho hombre.  Las escrituras sagradas están llenas de estos personajes que en vida fueron mitad hombres mitad dioses, santos, sacerdotes y profetas, portadores del espíritu santo y predicadores de la palabra de dios.  Fueron los salvadores de los pueblos en los que vivieron.  Auténticos revolucionarios en su tiempo.  Son los protagonistas principales de las historias sagradas, son Historia.

            Pero para que sean Historia primero tuvieron que existir. Y, si existieron, ¿quién nos dice que no puedan existir ahora personas como ellos?  Porque son cientos las personas que hoy en día se consideran enviadas por dios para salvar al mundo  ¿Quién puede poner en duda a todo aquel que se anuncia como el nuevo salvador de la Humanidad?  Si estudiamos la vida de los grandes mediadores, en sus comienzos, no eran sino dirigentes de unas sectas bastante mediocres y minoritarias.  ¿Quién puede negar que un dirigente de una secta actual sea el nuevo salvador del mundo?  Nadie.  Pero lo que sí podemos negar es que cada uno de ellos sea el nuevo y “único” salvador del mundo, tal y como muchos se anuncian, porque eso es imposible.  El único salvador podrá ser solamente uno de ellos, y en la actualidad, en el mundo, sin temor a equivocarme, habrá cientos de personas, que se anuncian como los únicos salvadores de la Humanidad, las únicas encarnaciones de dios o de grandes mediadores, los únicos canales divinos que el dios supremo ha escogido en este tiempo para salvarnos; los únicos elegidos en este tiempo para representar al gran dios en la Tierra.  Multitud de sectas y religiones están dirigidas por estos personajes.

            Como podemos ver, es el mismo fraude ya comentado, pero ahora, en vez de estar protagonizado por organizaciones espirituales y sus correspondientes realidades virtuales, está personificado en innumerables individuos concretos; lo que agrava y aumenta la magnitud del gran fraude espiritual. 

            Tengamos en cuenta que la persona religiosa establece una relación muy íntima con el mediador que ha escogido como guía de su caminar espiritual.  Esta entidad espiritual es venerada con sumisa devoción.   El mediador, para el creyente en él, es como el gran dios, en ocasiones más que dios, pues muy a menudo se le da tanta importancia y protagonismo en la realidad virtual espiritual que llega a nublar a la propia divinidad celestial, desviándose hacia él la adoración que por lógica debiera de dirigirse hacia dios.

Cuando el mediador ya ha desaparecido de nuestra realidad física, y pertenece a la realidad virtual de la religión o vía espiritual, es otro elemento más del escenario virtual espiritual, una entidad más del mundo místico, aparte de la realidad física;  pero cuando se trata de una persona de carne y hueso, entonces no sólo asume las propiedades espirituales de la realidad virtual sino que, además, pretende encarnarlas e introducirlas en nuestra realidad, consiguiéndolo en muchas ocasiones, y generando un impacto emocional enorme en sus seguidores.  Ya no es un objeto del altar el centro emisor del elixir sagrado, dios se ha encarnado en la persona divina; ella es el altar viviente; y, cuando ella no está, es su fotografía la que emana la santidad, colocada en el centro de todos los altares de sus seguidores.  Su palabra es palabra de dios, ya no hacen falta las escrituras sagradas excepto para reafirmar lo que él dice.  La salvación está asegurada, garantizada por el mediador.  El gran premio de la lotería celestial caerá sin lugar a dudas en el único número que él reparte entre sus devotos, inconscientes del gran fraude, desconocedores de que hay otras personas que, como su maestro, están repartiendo otros números  presumiblemente premiados con el gordo celestial.

No tendría nada de dramático apostar en esta lotería si lo que estuviera en juego no fuera la integridad física, psicológica y espiritual de la persona.  La absoluta entrega de la persona que el gran fraude exige puede afectarnos muy directamente en todas las dimensiones de nuestro ser.  En este dramático juego uno se juega la vida.

(La tan criticada magia negra o las vías de chamanismo son mucho menos fraudulentas al respecto, sus líderes no proclaman que en ellos se encarne un dios infinito, los dioses que se encarnan en sus rituales son de poderes limitados, y, aunque exageren, sus anuncios son menos fraudulentos que los de aquellos que afirman ser encarnación del supremo poder infinito).

Si el mediador es un sanador o sanadora, sus devotos seguidores harán muy bien en beneficiarse de ello.  La dramática situación se produce cuando se tiene una fe ciega en esa persona, considerándola una infalible encarnación de la divinidad suprema, imposible de fallar en sus diagnósticos y curaciones;  llegándose a vivir la ilusión de que uno está sano porque ella lo dice, cuando en realidad se está padeciendo una enfermedad, y se está viviendo la ilusión de que a uno le están curando cuando no es así o incluso se está empeorando.

Se han dado demasiados casos de personas que se han puesto en manos de estos milagreros, para ser curados de una enfermedad, y han vivido en la ilusión de estar curándose, hasta que sus familias tuvieron que ingresarlos urgentemente en hospitales porque se iban al otro mundo con el método terapéutico que le estaban administrando. 

No estoy diciendo que sea siempre así.  Toda atmósfera sagrada ejerce una función terapéutica.  Lo que resulta inadmisible es que esta especie de curanderos, mitad divinos, mitad humanos, descalifiquen a todas las otras medicinas que no son la suya, cuando, con esta actitud están poniendo en peligro la vida de sus seguidores que padecen enfermedades que ellos no consiguen sanar.  Su divinidad exclusiva llega a ser tan indiscutible que cuando alguno de sus seguidores enfermo se le va al otro mundo, cuando se hubiera podido curar en la medicina oficial, por ejemplo, ellos dicen que dios así lo quiso.  Su dios, claro está, porque el dios de la mayoría de los creyentes no creo que así lo quisiera.

Y otro tanto sucede en los niveles emocionales y psicológico.  Un gran porcentaje de creyentes padecen desequilibrios en estos niveles, esperando que un milagro les llegue del cielo a través de su mediador particular, cuando una buena terapia psicológica podría poner fin a sus males.

Las sectas digamos que son los hospitales de estos sanadores estrella, a ellas llegan las personas con dolencias físicas, mentales o espirituales.  Y cierto es que casi siempre se experimenta un alivio de los males, incluso se viven curaciones milagrosas; pero no siempre.  El milagro funciona de forma aleatoria.  Vuelvo a repetir que la atmósfera sagrada tiene un gran poder terapéutico.  La trampa se descubre cuando uno se da cuenta de qué ese hospital se ha convertido en una cárcel sin rejas, cuando hemos sido convencidos para que permanecer en él de por vida, persuadidos de que solamente a través de ese mundo sectario y de su líder en particular podremos vivir nuestra dimensión sagrada, cuando se nos han borrado de la mente todas las otras opciones de evolucionar espiritualmente.  ¿Qué hace una persona, una vez curada o aliviada de sus males, permaneciendo de por vida en un hospital?  Sólo la terrorífica y fraudulenta idea de que en el resto del mundo todo es enfermedad puede mantener a una persona en tan patética situación, entregando su vida por una causa que considera única, cuando en realidad hay muchas más.

Si usted, amable lector, no pertenece a ninguna secta y no se considera  un convencido creyente de alguna de las religiones oficiales, ya siento la machaconería de la que estoy haciendo uso en torno al gran fraude espiritual.  Consciente de que estoy corriendo el riesgo de resultar pesado, no desaprovecho oportunidad alguna para denunciar el gran engaño y las diversas formas y maneras en las que se manifiesta.  Usted podría pensar que ya está suficientemente expuesta la cuestión, pero le puedo asegurar que aunque todo este libro fuera dedicado exclusivamente a la denuncia del gran fraude espiritual, y a todas las formas en las que se manifiesta, habría muchos creyentes de fe ciega que no se darían por aludidos.  ¿Cómo podría ser posible que su religión salvadora o su amado maestro espiritual les estuvieran engañando?  Para ellos es algo tan inconcebible que ni a cañonazos despertarían de su sueño virtual.  Así que pido disculpas por ser tan reiterativo.

El gran fraude espiritual no se produce al dar mucho de uno mismo y no recibir nada a cambio, eso no es cierto.  Antes de que la ideología religiosa se implante en la lógica del adepto, exceptuando a los creyentes que continúan siéndolo por tradición, habitualmente es necesaria una fase previa de experimentación, de sentir que es verdad lo que se está predicando, de experimentar lo sagrado, la presencia divina.  Después será cuando el creyente acoja la ideología, en la mayoría de los casos fraudulenta, pues será convencido de que ha conocido en su totalidad al gran elefante sagrado y de que deberá de entregar toda su vida a él, cuando en realidad solamente ha percibido una pequeña parte del gran infinito divino. 

Como se puede comprender, no hay nada malo en experimentar algún aspecto de la divinidad, el fraude se produce cuando se nos convence, o nos convencemos nosotros mismos, que es la totalidad del dios infinito aquello que estamos experimentando.

Por supuesto que cuanto más carencias tengamos, en todos los niveles, más propensos seremos a engancharnos con una determinada experiencia mística y a magnificarla.   Karl Marx no afirmó de forma gratuita que la religión es el opio del pueblo.  Muchos creyentes se comportan como auténticos drogadictos, enganchados a algo que en un tiempo les fascinó y que ya apenas les aporta nada y está acabando con su vida.  Pero el mal no está en las drogas sino en la drogadicción.  Las drogas bien utilizadas son medicinas.  Y todavía menos malas son las drogas que genera nuestro propio organismo en los felices éxtasis que nos regala la vida, como puede ser en el éxtasis místico.

No hay nada dañino en la experiencia religiosa, el mal radica en la actitud que adoptemos ante ella.  Incluso es de agradecer que un maestro espiritual nos enseñe a vivir la divinidad.  Pero yo aconsejaría salir corriendo cuando se nos diga que ése es el verdadero maestro, el único camino, la verdadera y única experiencia de dios, la ideología o el método al que debemos de entregar nuestra vida.

Se dice de dios que está en todas las partes, por lo tanto será tan digno  buscarlo en un burdel como en un templo.

Yo he llegado a experimentar a dios de tantas formas y maneras que puedo asegurar la inexistencia de una manera “única” de vivir la divinidad.  Todas son válidas.  Y todas son fraudulentas cuando nos exigen creer en que son las únicas válidas.

Por supuesto que cualquier método de realización espiritual necesita de tiempo para que podamos recoger sus frutos.  No estoy diciendo que vayamos de una secta a otra como mariposas de flor en flor.  Vivir la divinidad necesita de paciencia, siempre habremos de dar un voto de confianza a aquel método que nos parezca más adecuado para caminar espiritualmente.  Todo necesita su tiempo, sobre todo los profundos cambios psicológicos que se producen siempre que modificamos las realidades virtuales espirituales en las que hemos depositado nuestra fe desde niños.

Existen caminos espirituales, que no siendo totalitarios, recomiendan dedicarse a ellos de por vida para conseguir algún éxito en la búsqueda de dios.  Esto nos puede dar una idea de la lentitud, que se asegura necesaria muy a menudo, del proceso evolutivo espiritual; aunque también es cierto que muy a menudo se habla también de un rápido despertar.  Por lo tanto, y como casi siempre, no tenemos referencias muy concretas para saber cuándo deberíamos de continuar un método espiritual o cuándo abandonarlo.

Sólo una gran dosis de sinceridad puede hacernos ver que estamos perdiendo el tiempo y la vida atrapados en el gran fraude espiritual.  No somos tan tontos como para caer reiterativamente en el timo de la estampita.  El bienestar interior es el mejor síntoma de nuestra riqueza del alma.  Si nos están timando o nos estamos dejando timar, acabaremos en una pobreza espiritual que denunciará el robo del que estamos siendo víctimas.  Pero repito que hemos de ser muy sinceros con nosotros mismos, muchas personas se consideran muy ricas espiritualmente no porque se sientan así sino porque creen ciegamente que están en el único camino correcto, y, cuando les pides te muestren sus riquezas, no ves otra cosa que una estampita, el billete que encabeza un fajo de recortes de periódicos.  Lamentablemente sólo les queda la esperanza, el sueño de que dios proveerá, de que se les restituirá con creces todo lo que han perdido, casi siempre después de muertos.

            Cuantas veces he sido testigo de la gran riqueza espiritual de muchas personas, que no teniendo relación directa con método alguno de crecimiento espiritual, ni siendo practicantes enfervorizados de ninguna religión, ni seguidores de ningún maestro, personas normales de la calle, llevan dentro de sí la divinidad con la misma naturalidad que la sangre corre por sus venas.  Mucha más riqueza espiritual he apreciado en ellas que en aquellas otras que alardeando de estar en el camino correcto, de seguir al único maestro de este tiempo, y presumiendo de las iniciaciones que han recibido como si fueran medallas, han sido presas del gran fraude espiritual, del gran robo que les ha cambiado su gran riqueza interior por una estampita sin valor alguno.

            Y esto no sucede exclusivamente a un nivel individual.  El desarrollo de los acontecimientos históricos delata la existencia del gran fraude a un nivel social.  Innumerables religiones que en un principio fueron inmensamente ricas espiritualmente, con el paso de los siglos fueron perdiendo toda su riqueza y alcanzaron las más altas cotas de la miseria humana, protagonizando auténticas barbaridades sociales. 

            El gran fraude espiritual ha hecho estragos en la Humanidad.  Y mucho me temo que va ser necesario el esfuerzo de todos para erradicarlo del mundo.  Su implantación milenaria en el costumbrismo religioso va a exigirnos un esfuerzo extraordinario para extirparlo de los senderos espirituales.

            El mayor control que habremos de realizar habrá de ser en el nivel emocional.  Las explosiones emocionales, que siempre acompañan a la experiencia mística, son la causa principal del gran fraude espiritual.  Sus impulsos traicionan nuestra objetividad, y acabamos engañándonos, nos dejamos engañar y engañamos a los demás.  El exacerbado entusiasmo que podemos llegar a sentir ante la felicidad prometida, o temporalmente experimentada, nos puede llegar a no desear otra cosa diferente aunque nuestro proceso evolutivo nos esté pidiendo lo contrario.  La pasión ciega nuestros ojos mucho más a menudo que la luz mística nos los puede llegar a abrir.  El grado de enamoramiento que las vivencias espirituales pueden provocarnos nos  puede llegar a cegar, tal es su poder de seducción.  Como cualquier enamorado siente que la persona que enciende su corazón es la persona más especial del mundo, aunque ésta sea muy corriente, podemos llegar a sentir que la religión o la vía espiritual escogida es la más especial de la Tierra y del Cielo, la única que puede hacernos felices a nosotros y a la Humanidad, aunque ésta sea una religión muy corriente, del montón. 

Y ya no digamos si nuestra pasión emotiva se centra en un mediador.  El ardor místico que puede llegar a sentir el devoto hacia su salvador es un tipo de furor pasional tan cegador que por si sólo convierte a la persona mítica en el único objeto de adoración.  Y si se trata de un mediador vivo, en especial de algún gran gurú oriental...  Mejor será que les dediquemos un capítulo aparte.