EL FRACASO DE LOS MENSAJES APOCALÍPTICOS

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             De todos los mensajes que se reciben del más allá en la actualidad, son los de carácter apocalíptico de los más sorprendentes; no por las extraordinarias predicciones destructivas en sí, a las que ya estamos  acostumbrados los viandantes sectarios, sino por su insistencia en dictarlas de nuevo después de haber fracasado en sus anteriores pronósticos.  Las diferentes voces proféticas son capaces de no cesar de emitir predicciones apocalípticas, aun después de que cada una de ellas hayan caducado sin haberse producido nada de lo que pronosticaban iba a suceder.  No puedo recordar la enorme cantidad de veces que en mi caminar por los mundos sectarios he oído anunciarse el inminente final del mundo sin que la llegada de la fecha fatídica nos deparara nada anormal.

En los primeros tiempos de mi caminar por las sectas, cuando se acercaba la fecha de algún temido final anunciado, permanecía temeroso a la espera del fin del mundo; pero, he traspasado tantas de esas fechas señaladas como terribles para la Humanidad, sin que haya pasado nada más anormal que lo que ocurre a diario, y he sido testigo de tantos finales del mundo caducados que, ahora, cuando me llegan noticias de que se continúan recibiendo nuevos mensajes apocalípticos, lo único que pienso es en el descarado atrevimiento de las voces del más allá, en su absurda insistencia en predecir el final de mundo, y en el tremendo fracaso de estas profecías que nunca llegan a cumplirse.

Aunque, quizás, el fracaso de los mensajes apocalípticos no sea tan rotundo.  Uno termina por sospechar que existen otras razones, aparte de anunciar un final del mundo que no va a suceder, que justifiquen tan tenaz insistencia en continuar promulgando tantos pronósticos fallidos.  Tras el mensaje apocalíptico es evidente que se esconden otras fuerzas o intereses ocultos aparte de su aparente y absurda misión principal de avisar de un final que nunca termina de llegar. 

            Una de las explicaciones más “convincentes” que he podido escuchar en los ambientes sectarios, para justificar tanto fallo profético apocalíptico, es que dios se apiada de nosotros y nos concede prorrogas de vida constantemente, con la esperanza de que nos enmendemos.  Como podemos ver, la capacidad de engañarse que el creyente puede alcanzar no tiene límites: no sólo no se percibe la caducidad del mensaje apocalíptico como un engaño, aunque este se repita a menudo, sino que además sirve de base este hecho para ensalzar todavía más la bondad divina y a su sagrada voz que, además de no mentir nunca, es muy compasiva con nosotros.

            También se pueden deducir de las intenciones proféticas otras intenciones: digamos que el mensaje apocalíptico no tiene la función primordial de avisar de un final ―que al final no va a suceder―, sino de sacudir la pereza del creyente en su trabajo de realización espiritual dándole un susto de muerte.  La amenaza del final apocalíptico fuerza a seguir una doctrina.  Nadie desea caer en la desgracia de estar en el bando de los malos cuando llegue ese temido apocalipsis que se anuncia a la vuelta de la esquina.  Parece ser que ésta es una amenaza necesaria que diferentes religiones o vías espirituales necesitan para que los creyentes no abandonen la fe y practiquen severas doctrinas.  Es el típico cuento del ogro utilizado a menudo para asustar a niño, diciéndole que como no se porte bien vendrá a por él y se lo llevará.

            Espero que algún día dejemos de ser niños en esto de caminar espiritualmente.  Aunque muchas doctrinas consideren necesario ser como niños para entrar en el reino de los cielos, no creo que con eso quieran decir que seamos tan tontos que nos dejemos engañar como a niños.

Y, si se trata de un engaño tan descarado, resulta obvio que importantes ventajas proporcionarán tales profecías para que se hayan utilizado tanto en la antigüedad y se continúen utilizando tan a menudo en nuestros días.  No olvidemos que los mensajes apocalípticos encierran una gran amenaza para los infieles, y un premio para los creyentes que se portan bien dentro de la doctrina de la secta o religión en la que se reciben o se recibieron las profecías apocalípticas.  La tremenda dualidad entre el premio eterno o el castigo eterno, que encierra el mensaje apocalíptico, no deja lugar a dudas de la necesidad de la fe o de cómo hay que comportarse dentro de una creencia.  En mi opinión, si las grandes religiones no hubieran hecho uso del mensaje apocalíptico no serían tan grandes en la actualidad.  Es una herramienta tan eficaz, para convencer a los creyentes de que están en el camino de la verdad, que muy pocas sectas de moderna creación se privan de ella.  Naturalmente, las variaciones en los diferentes detalles de los premios o de los castigos son inmensas.  Tengo que reconocer que no conozco todos los detalles de todos lo apocalipsis que pueden circular hoy en día por esos mundos de dios.  Entre los más originales que han llegado a mis oídos se encuentran aquellos que resultan de unir varias realidades virtuales espirituales.  Un prototipo de apocalipsis moderno quedaría así, más o menos:  Será el mismísimo Jesucristo quien vendrá a salvar al mundo al mando de un ejército de naves extraterrestres.  Los sabios alienígenas nos analizarán el aura a todos los terráqueos, y aquellos que no den la talla vibracional adecuada se quedarán en tierra, y todos los que tengan el aura rosa se los llevarán a un mundo mejor.  Por supuesto que los que se queden aquí será para padecer las penalidades y la muerte provocadas por un mundo que se quedará a oscuras ―o algo así―, por causa de algún planeta o meteorito descomunal que los aniquile como fueron aniquilados los dinosaurios.  Y al cabo de los años, cuando vuelva la luz a nuestro mundo, las naves devolverán a los buenos a la tierra, que habrá vuelto a ser un planeta azul completamente renovado, con todos los malos enterrados bajo las cenizas apocalípticas.

            Este es un ejemplo típico de apocalipsis moderno, por supuesto que los detalles varían según las diferentes vías espirituales en las que se produzcan.   Necesitaríamos de un voluminoso libro para incluir en él los detalles de todos ellos, y muchos no llegaríamos a conocerlos, pues en muchas ocasiones no salen de las secretas cámaras sectarias.  Solamente recalcar que son muchas las formas de arrasar la Tierra que las calenturientas imaginaciones de los profetas apocalípticos se inventan para transmitirnos su propio terror interno, así como también son muchas las formas en las que serán salvados todos los buenos, según la medida de buenos y malos que se utilice, claro está.  Y no se piense que se puede sacar de todos ellos una conclusión determinada de cómo será el final del mundo auténtico (si es que éste llega algún día), las variaciones en las circunstancias apocalípticas son tan diferentes e incompatibles, según unas profecías u otras, que no hay manera de sacar una conclusión al respecto.  Si embargo, sí que podemos continuar sacando conclusiones sobre las fuerzas o intereses que motivan la emisión de estas profecías, pues, aunque todos los apocalipsis sean diferentes, los motivos que se esconden tras ellos son los mismos. 

            Tras estas manifestaciones proféticas de las voces del más allá no solamente se esconden descarados engaños, hemos dicho en varias ocasiones que todo lo que se escenifica en las realidades virtuales espirituales está impulsado por fuerzas de nuestro inconsciente interior.  Y en la memoria residual del inconsciente colectivo de la Humanidad residen tantas tragedias vividas en nuestro pasado histórico, tanto terror acumulado, que no es de extrañar que la atmósfera sagrada, en su labor de profundizar en el hombre, saque a la luz a través de los mensajes apocalípticos todo el pánico que los seres humanos vivimos en nuestras pasadas guerras o en otras calamidades naturales.

            Este terrorífico recuerdo inconsciente de nuestra raza puede escenificarse en las ensoñaciones de la realidad virtual espiritual como sueños de futuro, de igual forma que en los sueños que tenemos cuando dormimos aparecen pesadillas provocadas por recuerdos de alguna tragedia vivida en nuestro pasado.

            Este pánico venido de nuestra memoria profunda no es el único motor inconsciente de los mensajes apocalípticos: tras ellos también se esconde nuestro oculto instinto de muerte.  Probablemente, las voces del más allá que oía el hombre primitivo, la de sus dioses, tal y como sucede en la magia negra, le incitaban a realizar sacrificios de animales o de seres humanos.  Personas que probablemente accedían complacientemente a satisfacer la sanguinaria demanda de sus dioses ofreciéndoles su propia vida.  Digamos que el instinto de muerte que subyace en nuestras profundidades es capaz de hablarnos en los mensajes que recibimos del más allá.  Escondido tras la personalidad de cualquier dios o entidad espiritual, se puede dirigir al hombre induciéndole su instinto autodestructivo, pidiéndole el derramamiento de su propia sangre.  Esto conlleva un peligro enorme, pues induce al suicidio.  En los mensajes apocalípticos se manifiesta una clara influencia del instinto de muerte, en ellos se escenifica de forma inmejorable el final que a todos nos espera: nuestra propia muerte.  La atmósfera sagrada saca de nosotros ese pánico inconsciente y lo pone en escena.  La conciencia de la terrible realidad de la muerte reside latente en nuestro interior, y no somos conscientes de ella hasta el momento en que nos acercamos al final; pero la atmósfera sagrada puede adelantarnos la conciencia de nuestro destino definitivo, mostrándonos antes de tiempo nuestra muerte anunciada en los mensajes apocalípticos e induciéndonos a adelantar la fecha de nuestra muerte.  El apocalipsis inminente consigue enfrentar al creyente con su propia muerte, es como un viaje en el tiempo que consigue llevar a su final al creyente antes de que haya llegado su hora.

            Y junto al miedo y al instinto de muerte, la violencia; un trío inseparable de pulsaciones psicológicas humanas que suelen trabajar en equipo.  La agresividad, convertida en el ataque al infiel, es algo también claramente manifestado en los mensajes apocalípticos.  No se trata de una agresión directa, pero sí es una maldición, es el mal de ojo de la magia blanca, una maldición a lo grande, apocalíptica, eterna.  Todos los infieles, al final de los tiempos serán arrojados al fuego eterno.  Es la maldición de los pacíficos, su agresividad manifestada contra quienes no creen en lo que ellos creen.  Es el gran terrorismo psicológico que lleva miles de años padeciendo la Humanidad, la opresión de la maldición divina fuerza al creyente a continuar siéndolo, so pena acabar en el sufrimiento eterno; e incita al infiel a dejar de serlo, pues nadie quiere padecer ni una remota posibilidad de ser abrasado por toda una eternidad.

            Esta violencia psicológica se materializa en ocasiones:  la maldición divina apocalíptica puede ser materializada antes de tiempo por violentos fanáticos que se sienten una avanzadilla de las fuerzas destructoras divinas que arrasarán a la humanidad.  La persona religiosa puede llegar a sentirse un instrumento divino de su soñado apocalipsis, mano ejecutora con derecho a matar a todos aquellos que considera malditos, despiadado asesino del prójimo que no ostenta sus mismas creencias.  Un hecho que los gobiernos y ciudadanos amantes de la paz no han de olvidar nunca si no quieren arriesgarse a perderla.  Si bien es cierto que la religiosidad encierra grandes valores humanos, también es cierto que esconde grandes maldades humanas.

            Y después de crear el terror, el apocalipsis crea la soñada liberación, la esperanza para los creyentes: el premio.  El nacimiento del anticristo es neutralizado con el nuevo nacimiento del Cristo.  A mis oídos han llegado a lo largo de treinta años varios anuncios de nacimientos del anticristo y de Jesucristo.  En los primeros años de mi deambular por las sectas quedaba impresionado por estos acontecimientos que supuestamente estaban sucediendo en el mundo, pero a medida que transcurrieron los años, y me iban llegando noticias de nuevos nacimientos, empecé a sospechar que todo era un montaje de mentes calenturientas proféticas tras el cual esconden los intereses más ruines de las sectas. 

Los lugares de nacimiento del supremo bienhechor o malhechor dependen de lo bien o de lo mal que los diferentes países caigan a los modernos profetas: si un país cae bien, allí nacerá Jesucristo, y los países con ideologías religiosas, contrarias a quien profetiza, serán los candidatos para que en ellos nazca en anticristo.  Supongo que estos dos personajes antagónicos continuarán naciendo todavía.  Si fuera cierto todo nacimiento que de ellos ha llegado a mis oídos, ya habría en el mundo multitud de cristos y de anticristos con diferentes edades cada uno. 

Recomiendo no dejarse impresionar por los detalles de estos nacimientos que nos puedan notificar, supongo que cada año se continuarán anunciando estas nuevas venidas; es otra forma de sustentar unas profecías apocalípticas que no se sustentan por sí mismas.    

            Pero, aunque no se sustenten ya las predicciones apocalípticas, éstas continuarán anunciándose, porque las ventajas que proporcionan a las sectas o religiones son innegables; vamos, que no tienen desperdicio.  Incluso en el nivel económico, los apocalipsis son una importantísima fuente de ingreso para todo tipo de asociación de creyentes en ellos.  Cuando el creyente es convencido del inminente final del mundo, ya no tiene porqué continuar manteniendo ni atesorando posesiones materiales, el mejor fin que puede dar a su dinero es entregarlo a la misión de la secta o religión en la que esté sumergido, para salvar la mayor cantidad de almas del apocalíptico final que se avecina.  Es una manera de ganarse el cielo y de salvarse de estar en el bando de los malos cuando llegue el juicio final.  El creyente en el apocalipsis inminente no duda en desprenderse de sus bienes materiales que pronto no le van a servir de nada.  las profecías apocalípticas inminentes, aunque se repitan a menudo poniendo de manifiesto su fracaso, provocando así alguna que otra merma en su credibilidad, producen tales ingresos a las arcas de las sectas que las emiten, que les resulta más rentable continuar anunciando próximos finales del mundo, que dejar de hacerlo.  Éste es uno de los engaños que más recaudación proporciona a las sectas y a las religiones. 

Quizás por esta razón se están profetizando apocalipsis cada vez con fecha más próxima, los últimos que he oído se anuncian con uno o dos años de límite para el fin del mundo (no hay porqué preocuparse, muchos de ellos ya caducaron).  Está claro que cuando antes se anuncie el final del mundo, antes soltará su dinero el creyente; sin darse cuenta de que de esta forma está labrando su propio apocalipsis, económico en este caso.  Terminará en la ruina, sufriendo en el bando de los perdedores, esperando su liberación que no terminará de llegarle nunca, pues, aunque le hayan anunciado la inminente venida de su salvador, verá como llega la liberadora fecha anunciada ―y sus correspondientes prórrogas― sin que suceda nada de lo profetizado.

La desesperación puede ser tal para quienes llevan tantas liberaciones  anunciadas sin producirse, para quienes han dedicado toda su vida a la ilusión apocalíptica, y los sectarios son tan reacios a reconocer que están equivocados, que, ante el anhelado apocalipsis que no termina de llegar nunca, pueden llegar a crearlo ellos mismos terminando con su propia vida.  Los suicidios colectivos son actos desesperados por realizar lo que se lleva mucho tiempo esperando y no acaba de suceder.  Tragedias de las que el mundo ya ha sido testigo en varias ocasiones.