LA ATMÓSFERA SAGRADA

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            A lo largo de todo este libro no vamos a dejar de utilizar este concepto y de desarrollarlo.  El estudio de la atmósfera sagrada es de suma importancia para entender el mundo sectario, es un ingrediente clave en la vida espiritual del hombre, y habitualmente se obvia cuando se habla de las sectas.  Podríamos definirlo como la consecuencia de una elevada vibración personal, esencia de toda vivencia espiritual y de la experiencia religiosa.  Son nuestros chacras superiores emitiendo vibraciones y generando una atmósfera espiritual en torno a la persona que vive este proceso, alcanzando elevadas densidades cuando es un grupo de personas las que vibran espiritualmente, generando en su entorno una atmósfera sagrada que se puede “respirar”.

Conviene aclarar que no estoy hablando de una vibración extraordinaria destinada únicamente para los elegidos, exclusiva de las personas religiosas. Nada más lejos de la realidad, la atmósfera sagrada la encontramos muy a menudo en la vida de las personas corrientes aparte de las actividades religiosas.  Es un aire sagrado que lo conocemos todos, rara es la persona que en algún momento de su vida no lo ha respirado intensamente en soledad o en grupo.  Especialmente en la adolescencia se viven momentos o temporadas que el elixir sagrado nos embriaga, se sea creyente o no se crea en nada.  Es la sustancia que crea el misticismo aparte de las creencias, es la vibración que abre nuestra mente al infinito, la que da cuerpo a lo divino.  Un amor platónico tiene mucho de sagrado.  Los artistas conocen muy bien la divinidad de su creatividad.  Un buen concierto de ópera, por ejemplo, puede sacralizar tanto a su auditorio como un ritual religioso.  Un buen museo es un templo de creatividad con su atmósfera sagrada propia, exponga temas religiosos o no.  Los enamorados se divinizan y se adoran mutuamente embriagados por los elixires de la atmósfera sagrada que los envuelve.  Lo sagrado es una sensación humana, aunque casi siempre la convirtamos en una sensación divina.

            Vamos a intentar dejar bien claro lo básico de este concepto, pues es esencial hacerlo para continuar entendiendo este estudio.  Para ello es necesario separar lo que estamos llamando atmósfera sagrada de lo que habitualmente la envuelve y se suele presentar unido a ella.  Nos va a venir de perillas continuar usando la metáfora del sexo para entenderlo.  (Lamento que esta traslación pueda resultar sacrílega a algunos creyentes, pero no encuentro otra mejor).  Todos conocemos la vibración sexual, y no nos resultará difícil entender que es una atmósfera sexual: aquella que puede emitir una persona sexi, o aquel ambiente generado por una pareja o grupo sumido en erotismo; pues bien, la atmósfera sagrada es otro tipo de vibración digamos que más espiritual, menos corporal, aunque se puede sentir por todo el cuerpo.  También sabemos que la energía sexual, la libido que llamaba Freud, no son los rituales amorosos, ni los genitales, aunque habitualmente fluya a raudales por ellos; así como tampoco la energía sagrada son los chacras que los emiten, ni los altares, ni los dioses, ni los rituales religiosos, aunque habitualmente fluya a raudales por ellos; éstas dos energías existen por sí mismas y dan cuerpo a todo aquello por donde circulan.  El río no existe sin el agua, pero no es el agua; estas energías son el agua de todo aquello por donde circulan, le dan realidad a todo lo que alimentan, pero no son esas realidades ya sean sagradas o sexuales.  Y tanto una energía como otra pueden ser experimentadas por una persona que no haya oído hablar de ellas en su vida.  El sexo, en aquellas culturas que lo reprimían, irrumpía en las personas sorprendiéndolas en la mayoría de los casos; y lo sagrado también es susceptible de ser experimentado en aquellas personas que nunca oyeron hablar de los cielos, de los dioses o de los santos, pues éstos son como ríos por donde fluye lo sagrado, mas el agua puede beberse en otras fuentes u otros ríos sin nombres, diferentes a los conocidos. 

La atmósfera sagrada es embriagadora y seductora, como la sexual; y crea adicción, como el sexo.  Los fluidos sexual y sagrado son tan semejantes en sus comportamientos que ambos consiguen unirse en perfecta armonía en los enamoramientos típicos de las parejas. 

La sexualidad es en el mundo material lo que la divinidad es en el mundo espiritual.  Y si ha sido lamentable lo que el hombre ha hecho con su sexualidad en el curso de la Historia, más lamentable es lo que ha hecho y continua haciendo con su divinidad; pues todavía no somos conscientes de que nuestro fluir divino es nuestro, no de caprichosos dioses, entidades o energías divinas ajenas a nosotros.  La sombra de la maldad humana se ha apropiado de la divinidad del hombre en muchos casos para causarle gran sufrimiento, una energía gloriosa en sí misma ha sido y está siendo causa de gran sufrimiento para gran parte de la Humanidad.  Espero que nadie se extrañe de este fenómeno, con la sexualidad nos sucedió algo semejante.  La violencia unida al sexo nos ha dado muchos disgustos y nos los continúa dando, y la represión sexual también ha sido causa de sufrimiento y de enfermedades mentales.  Una energía tan dichosa como es la sexual puede ser convertida en causa de gran sufrimiento.  Solamente cuando fuimos conscientes de que nosotros somos los primeros responsables de nuestra sexualidad, fue posible empezar a disfrutarla.  Y solamente cuando seamos conscientes de que nosotros somos los primeros responsables de nuestra divinidad, será cuando podremos empezar a disfrutarla.  Espero que este libro nos sirva para retomar la conciencia de lo que es nuestro.  La atmósfera sagrada es en el plano espiritual lo que la atmósfera sexual es en el material.

El sexo es una fuerza creadora de vida, y la atmósfera sagrada también lo es, con la diferencia de que la primera crea seres vivos en este mundo y la segunda crea también seres presumiblemente vivos pero en el otro mundo.  La vivencia sagrada conlleva un impulso creativo enorme que excita la imaginación de la persona más tranquila.  En mi opinión ella fue el origen de tan variopintas creencias espirituales que existieron y existen en el mundo.  Los artistas aprovechan el impulso creativo de la atmósfera sagrada que pueden llegar a sentir, aunque sea mínimo, para realizar sus creaciones.  Recordemos que la mayoría de las grandes obras artísticas de la antigüedad fueron religiosas, el arte sacro es una clara manifestación del gran impulso creador que conlleva la vivencia de lo sagrado.

            Mi experiencia personal reafirma este hecho: Cuando regresaba de asistir a seminarios, donde había respirado una densa atmósfera sagrada, experimentaba fuertes impulsos creativos.  Nuevas ideas bullían en mi mente, nuevos proyectos de futuro y las más sorprendentes creaciones mentales solicitaban mi actividad para hacerlas reales.  En ocasiones, permanecía meses, incluso años, borracho de elixires creadores, empeñado en realizar inventos al estilo Leonardo da Vinci que siempre acabaron en agua de borrajas.

            Las creaciones más sublimes del hombre, haciendo uso de la atmósfera sagrada, han sido y siguen siendo aquellas realizadas en las dimensiones espirituales.  Es sorprendente observar como la sustancia o vibración sagrada es capaz de dar cuerpo a la imaginación estimulada por la percepción extrasensorial.  La fantasía esotérica puede cobrar vida en otros mundos imaginados con un realismo tan sorprendente que puede llegar a influir y a manifestarse en la realidad de nuestro mundo.  La mitología nos habla de multitud de fantásticos mundos espirituales poblados de los seres más increíbles.  Realidades virtuales que afectaron muy directamente a la realidad de nuestros antepasados; así como en la actualidad nos están afectando a nosotros las realidades virtuales espirituales que están vigentes hoy en día.  En el seno de las religiones, de los caminos esotéricos y de las sectas, se mantienen vivas gran cantidad de estas creaciones.  Observemos en el siguiente capítulo esta gran capacidad creadora del hombre por lo ancho y largo del mundo y a través de la Historia.