LOS GURÚS

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            En Occidente, consideramos a la India como el país con más espiritualidad del planeta.  Los maestros espirituales hindúes que nos han transmitido sus enseñanzas ―llamados gurús en hindi― han dado buena cuenta de ello.  Sus iniciaciones han causado furor en Occidente y han conmovido a las masas.  Por supuesto que no me estoy refiriendo a los imitadores, sino a los auténticos gurús, quienes han conseguido fascinar a millones de personas.  Su facilidad para conseguir hacer que sus discípulos obtengan experiencias sagradas ha sido muy aplaudida y ha venido a recordarnos que la santidad no es una vivencia histórica inaccesible para el hombre moderno, exclusiva de unos santos del calendario, sino una vivencia accesible para todo aquel que desee vivirla.

            Podríamos definir la santidad como una cualidad originada por una intensa penetración de la atmósfera sagrada tanto en los individuos como en los animales, los lugares o las cosas.  (Exceptuando, claro está, la multitud de  casos en los que el título de santidad es nobiliario)   En todas las culturas nos encontramos con santos personajes, animales sagrados, lugares santos como por ejemplo los templos y los altares, y cosas sacralizadas como las reliquias, objetos que pertenecieron a personas o lugares santos.  La santidad en los individuos no es sino un estado de bienestar tan profundo e intenso que se llega a contagiar, es una muestra de la capacidad humana para experimentar su propia divinidad.  Los estados de santidad se consiguen según las culturas y las creencias de diversas formas.

La llegada de los gurús a nuestra sociedad fue favorecida por la incapacidad de las religiones occidentales para hacer vivir intensamente a sus feligreses su propia divinidad.  Todos estábamos convencidos de que para ser santos había poco menos que ser mártires.  Han sido los ciudadanos occidentales sedientos de dios quienes han abierto las puertas de nuestra sociedad a estos maestros espirituales.  La mayoría de los gurús nos ofrecen ―sin pedirnos martirio alguno a cambio― la oportunidad de sentirnos santos, aunque sea temporalmente.  Todo un regalo, una experiencia inolvidable.  Un cambio revolucionario en nuestras creencias, un mazazo a las dogmáticas realidades virtuales espirituales a las que estamos acostumbrados en Occidente. 

Los gurús nos han venido a demostrar que la santidad no es una exclusividad de las religiones dominantes, y que cualquiera puede aproximarse a ella sin padecer dolorosos martirios.

            Lamentablemente, la mayoría de los gurús afirman que la santidad es exclusividad suya, su método de llegar a dios es el único y el mejor, así lo anuncian, y clavan su bandera de propietarios en un terreno que es propiedad de todo ser humano.  El gran fraude espiritual es una tentación tan poderosa que hasta los seres más espirituales de la Tierra caen en ella.

            Cierto es que los ingredientes que contiene la experiencia de lo sagrado parecen ponerse a favor del totalitarismo.  Como ya expusimos en el capítulo sobre el fanatismo, sus innumerables aspectos positivos son experimentados con una intensidad, grandeza y realismo fuera de lo común; la paz, el conocimiento, la pureza, el poder, la belleza, etc., son sensaciones espirituales que incluso invaden la dimensión física.  Tal es la grandeza con la que se llegan a vivir estos aspectos que siempre se les añade algún otro calificativo superlativo, para diferenciarlos de las mismas vivencias pero de índole más común; se les suele llamar: la paz celestial, el conocimiento supremo, la pureza divina, el poder superior, la belleza inmaculada, etc.  Y entre estos atributos de la experiencia divina está el de la verdad, el de la verdad suprema, naturalmente.

Toda experiencia de santidad conlleva el sello de la verdad.  Una sensación de estar viviendo en lo auténticamente cierto embarga a quien experimenta la atmósfera sagrada.  Probablemente sea la vivencia de infinitud que conlleva toda aproximación a lo divino lo que produzca la impresión de verdad, de algo imperecedero.  Esta sensación de estar viviendo una realidad más auténtica que la que vivimos a diario es la que fanatiza a los místicos y les hace luchar por ella, pues cuando la pierden no se llegan a sentir tan vivos como cuando la tienen.  Y esto no sucede porque se les haya convencido de que esa es la verdad, como se cree popularmente, sino porque así lo están sintiendo.

No es una realidad cierta porque sea convincente en un nivel intelectual, la verdad mística es silenciosa, no enarbola argumentos que pretendan engatusar a nadie, otra cosa es que los individuos lo hagan, pero ella es verdad por sí misma, su certeza se siente sin necesidad de argumentos que la apoyen; es como si poseyéramos una intuición que la reconociera.  Las personas que hemos experimentado en nosotros este fenómeno sabemos de lo que estamos hablando, aunque para quienes no lo hayan vivido les resulte incomprensible. 

En el mundo espiritual casi todo es incomprensible para la razón materialista, los atractivos y deseados atributos sagrados que acabamos de comentar son todos de un origen enigmático, solamente explicables mediante los polémicos argumentos esotéricos que cada religión o vía espiritual utiliza particularmente.  La fuerte sensación de verdad suprema, que la experiencia de aproximación a lo divino conlleva, tiñe de un fuerte realismo el mundo espiritual para quien así lo está experimentando; es como si asomásemos nuestra conciencia a una dimensión mucho más real que ésta en que vivimos.  Toda vivencia de lo sagrado siempre conlleva el sello de la verdad suprema.

Lo lamentable es que siempre, o casi siempre, este sello de verdad se haya aplicado y se continúe aplicando a lo que es mentira.  Esta  circunstancia es aprovechada fraudulentamente para dar realismo a las realidades virtuales espirituales.  No ceso de insistir en ello, una cosa es la experiencia de lo sagrado y otra cosa es lo que nuestra cabeza hace con ella.  Esta impresionante sensación de verdad, que toda aproximación a lo divino conlleva, siempre ha sido utilizada para pintar de verdad lo que no es cierto.

            Un gurú, un maestro o una escuela espiritual, están en su derecho de anunciar que está enseñando a experimentar la verdad suprema; pero lo que es una vergüenza es observar como también se anuncian como poseedores de la “única” verdad suprema, reyes de su reino virtual, considerándose superiores a cualquier otra doctrina o método didáctico espiritual.  Es un engaño en ocasiones muy difícil de descubrir, porque en realidad es verdad que se está enseñando la “única” verdad suprema, ya que la experiencia de esa verdad es siempre única y suprema, pero los maestros o métodos empleados para llegar a ella no lo son.  

Tener una vivencia de la verdad absoluta no quiere decir que también sea una verdad absoluta el método que se utilizó para alcanzarla, o que el cabecilla que nos la enseñó a sentir sea el único poseedor de la única verdad suprema.  La experiencia de lo sagrado se puede obtener por caminos muy diferentes; sin embargo, en casi todos estos caminos pone el cartel de “único” camino al cielo.

En el caso de los gurús, muy pocos se libran de caer en la tentación de promulgar como la única verdad absoluta lo que ellos enseñan y el método que utilizan.  Y sus discípulos están encantados en que así sea; su percepción de la verdad absoluta así lo confirma.  No puede haber error.  La experiencia de la verdad no deja lugar a dudas.  El engaño está servido.  Dios lo avala.  Imposible de descubrir por los discípulos.  “¿Cómo nos va a engañar nuestro maestro que está tan lleno de dios y con tanta facilidad nos lo hace sentir?”  Argumentos como éste ciegan en entendimiento de los devotos, borrachos de los elixires sagrados que su maestro les proporciona. 

            No puedo definir los métodos que los gurús utilizan para acercarnos a dios con tanta facilidad.  Sus secretos didácticos están enraizados en su cultura milenaria, son transmitidos directamente de los maestros a los discípulos elegidos que más tarde serán nuevos gurús.  Digamos que el trono de su reino virtual espiritual tiene garantizada de esta manera la sucesión. 

Sus enseñanzas son iniciaciones que nos abren las puertas a nuestros mundos interiores de la más exquisita espiritualidad.  No es de extrañar que a los gurús se les entregue la vida.  Muchos de ellos son capaces de recibir el alma hecha polvo de cualquiera que se la entregue y devolvérsela renovada, incluso en un estado mejor que el mejor estado conocido por el devoto.  Y esto lo digo por experiencia.

El ignorante occidental sobre estos temas, que observa el fenómeno devocional hacia los gurús desde afuera, le da la sensación de que se trata únicamente de una fuerte autosugestión engañosa, pero nada más cierto de la realidad.  En nuestra cultura utilizamos demasiado a menudo a la palabra autosugestión para explicarnos aquello que no nos podemos explicar.  No vamos a negar que los engaños sugestivos, hipnóticos, existan en los ambientes sectarios, no cesamos de hablar de ellos en este libro.  Pero tampoco estamos dejando de hablar de las fuertes vivencias que se experimentan por estos mundos de dios.  Respirar cualquier atmósfera sagrada no es una broma, y los gurús saben muy bien trabajar la alquimia necesaria para hacernos respirar la atmósfera divina.     

A simple vista, en muchos casos, no le exigen a los discípulos nada extraordinario para que puedan experimentar a su dios particular.  En ocasiones, a modo de ejemplo, puede tratarse de repetir con machaconería el nombre sagrado de la divinidad adorada: una palabra suelta repetida hasta la saciedad puede hacer que el discípulo experimente una aproximación a lo divino, lo que no le dejará lugar a dudas de que está en el único camino correcto; aunque el gurú del ashram de al lado esté haciendo experimentar otra aproximación a lo sagrado a sus discípulos invocando a otro dios con nombre diferente.  

            Pero los discípulos no se paran a efectuar investigaciones para descubrir el fraude, sería un insulto dudar de su maestro, quien les asegura que la vivencia del dios que él proporciona es la más importante, la única, diferente a todas las demás.  Y en cierta manera la experiencia que él proporciona de la divinidad se diferencia del resto de caminos espirituales.  Recordemos el cuento del elefante, cada aproximación a lo sagrado nos puede hacer sentir diferentes aspectos de la divinidad, habitualmente interpretado como una aproximación a un dios diferente.  En cada ocasión que yo he tenido oportunidad de revivir mi contacto con lo sagrado, en circunstancias diferentes, con maestros o en sectas diferentes, nunca ha sido igual.  Digamos que lo divino siempre lo he podido sentir, pero sus matices variaban según las circunstancias.  (Sucede como cuando nos enamoramos varias veces a lo largo de nuestra vida de diferentes personas: con todas ellas vivimos el amor, pero en cada una de ellas con matices diferentes).  Si la experiencia divina se compone de diversos factores, como hemos comentado anteriormente, estos factores se entremezclan entre sí de forma diferente, de tal forma que en unas ocasiones, bajo la enseñanza de un maestro o bajo la doctrina de una enseñanza religiosa, sobresaldrá por ejemplo la paz, en otras la belleza, en otras en conocimiento, en otras el equilibrio interior, en otras la seguridad en sí mismo, etc.  En cada una de ellas se puede sentir la personalidad espiritual que invade a sus creyentes, es algo palpable, es la vibración personal del grupo donde se han acomodado y se han atrincherado en la creencia de que esa forma especial que ellos viven de relacionarse con dios es única.  Pero aunque el tocar una parte del elefante sagrado ya proporcione una experiencia de dios, estas percepciones son incompletas, y como tales muy poco consistentes, por lo que necesitan de bastante constancia en las prácticas y vivencias en grupo o en relación con sus dirigentes espirituales, para conseguir así mantenerlas vivas.  Es necesario de un gran teatro, de una gran realidad virtual, con fantásticos fuegos artificiales, para que nadie descubra el gran fraude espiritual, para que nadie descubra que aunque nos están ofreciendo todo, en realidad solamente nos están vendiendo una parte.

Y todavía podemos hablar de otro ingrediente básico espiritual que empeora esta ceguera fraudulenta.  Se trata del amor, del amor supremo, naturalmente.  La experiencia divina de los creyentes conlleva siempre una vivencia de amor con dios, y entre las personas que la comparten.  Las sectas espirituales se forman por el íntimo vínculo del amor fraterno.  Y de ese ambiente de sentimentalismo sobresale la relación amorosa del dirigente con sus seguidores.  En otras ocasiones surge ese amor, con algún mediador que ya no convive físicamente con nosotros, sin la intervención de grupo alguno. 

Cuantas veces hemos oído decir que dios es amor a todos aquellos que experimentaron una aproximación a lo divino.  Un amor pasional en muchas ocasiones, que hace desear a los místicos incluso la muerte para poder conocer a su amado, para conocer al mediador, elegido por su corazón, que habita en el otro mundo.  Situación que no se da en el caso de los gurús de cuerpo presente, pues, como ellos son la encarnación de dios, ellos son el origen del amor divino y el objetivo pasional de sus devotos, que se sienten muy afortunados de tener al amor divino de cuerpo presente en este mundo.

            (A mí me tocó experimentar estos dos tipos de amores: sobre los dieciocho años viví un fuerte enamoramiento de Cristo que cambió toda mi vida.  Con el paso de los años mis sentimientos hacia este mediador estrella fueron desapareciendo.  Y años más tarde volví a experimentar el amor místico, pero esta vez enfocado en un gurú oriental).

El creyente siempre establece una relación muy familiar con el mediador que haya escogido para alcanzar a dios.  En cualquier cultura encontraremos vínculos con mediadores, ya desaparecidos del mundo físico, semejantes al del matrimonio, al de la maternidad o al de la paternidad.  Todos conocemos a esas personas que aseguran estar casadas con dios o con cualquiera de los dos grandes mediadores del cristianismo, Jesucristo o la Virgen María, ya sean mujeres u hombres; o, en otros casos, hablan de su padre o su madre celestial.  Este tipo de vínculos emocionales el creyente los puede llegar a experimentar de forma muy real.  El amor que acompaña la vivencia de la atmósfera sagrada parece necesitar un soporte determinado donde enfocarlo.  ¿Y a quién dirigir mejor nuestros mejores sentimientos que a quien pensamos que nos está ayudando a caminar espiritualmente?

Hoy nadie se extraña que se haya podido vivir en el pasado esa exacerbada devoción en los tiempos en que vivían los grandes mediadores, protagonistas principales de las historias sagradas, cuando sus devotos se relacionaban con ellos directamente. Tampoco nos extrañamos de que se les continúe manifestando fervores pasionales en la actualidad; forman parte de nuestras tradiciones religiosas.  

No obstante, cuando observamos que eso está sucediendo en torno a una persona viva, puede llegarnos a parecer hasta ridículo.  Parece increíble que algo que sucedió en la antigüedad pueda suceder ahora.  Muy poca gente se puede llegar a creer que puedan existir actualmente mediadores de superior categoría, auténticas encarnaciones de la divinidad.  Tan increíble parece que, a un nivel popular, se tiene la idea de que un mediador vivo es un oportunista embaucador.  Sin embargo, estudiando las historias sagradas de las diferentes culturas, yo no encuentro grandes diferencias entre aquellos del pasado y los actuales.  Cualquier devoto de cualquiera de los grandes gurús actuales podría escribir exaltadas páginas de la vida de su maestro, incluyendo milagros, que no tendrían nada que envidiar a las que hay en las sagradas escrituras sobre los grandes mediadores.  Pero, a la persona que no está implicada en las enseñanzas de ningún maestro actual, le resulta muy difícil entenderlo, es más fácil divinizar a un espíritu de algún mediador desaparecido de la dimensión física, incluido en el costumbrismo de alguna tradición religiosa, que a esos desconocidos gurús de carne y hueso.  Esta situación es semejante a la que se produjo en el pasado en los tiempos en que se escribieron las historias sagradas; la mayoría de los habitantes de los pueblos antiguos rechazaron y no comprendieron a los grandes mediadores históricos, cuando no les apedrearon.  Hemos de comprender que tanto el fenómeno de las sectas, como el de sus predicadores o maestros que enseñan las doctrinas, son fenómenos habituales en la evolución de la Humanidad.  Reconociendo que en la Historia se repiten con sorprendente asiduidad estos casos, no vamos ahora a comportarnos como nuestros incultos antepasados, considerando a los desaparecidos maestros antiguos superiores a los que ahora están pisando la tierra.

Si así lo entendemos, comprenderemos mejor que las historias sagradas se estén repitiendo asiduamente a lo largo de los siglos y de los años.  La diferencia más notable entre ellas es que unas terminan escritas y otras no, y entre las que se escriben, unas pasan a la posteridad en letras de oro y otras no: todo depende de los intereses o poderes ocultos que manejen las entidades editoriales de cada época y lugar donde se desarrollen los hechos.

El amor místico entre el maestro y el discípulo es uno de los hechos más sorprendentes y más exquisitos de experimentar, pero no por ello menos frecuente.  Lo que llegamos a conocer de su existencia es una mínima parte de lo que está sucediendo.  De alguna forma el devoto digamos que se avergüenza de sentir lo que está sintiendo y lo oculta.  Esto sucede sobre todo al principio, cuando el devoto se siente sorprendido por sus propios sentimientos, y se descubre protagonista del antiguo drama que siempre supuso amar a un dios hecho hombre.  También el hecho de que esta especial condición sentimental sea criticada, y ridiculizada en los medios de comunicación frecuentemente, ayuda a que no transcienda al exterior.  El miedo consigue acallar un sentimiento que pide ser anunciado a gritos.  Mas cuando se rompen estas barreras, el escándalo estalla, y la indignación popular arremete contra quien se ha atrevido a amar a un hombre considerándolo dios, como arremetió contra otros que se atrevieron a amar en otros tiempos a otros maestros que convivieron con ellos, y protagonizaron un escándalo social semejante.

Este tipo de amor es tan inocente y tan digno de ser vivido como cualquier otro, incluso podríamos añadir que es de los más exquisitos y sublimes que el ser humano puede llegar a experimentar.  Y, como en todas estas vivencias positivas que estamos estudiando, características de lo sagrado, lo malo no está en ellas, sino en lo que hacemos con ellas.  Y ese tipo de amor es moneda cambio muy frecuente para cometer el gran fraude espiritual.

Todos sabemos que la persona enamorada vive engañada de alguna forma, y muy a menudo acaba defraudada por no cumplirse las expectativas que en un principio esperaba de su amor.  Ya forma parte de nuestra cultura escuchar pacientemente las alabanzas que la persona enamorada hace de su pareja.  Sin embargo, habitualmente se pierde la paciencia cuando alguien habla de las glorias de un amor místico entre algún gurú y alguno de sus discípulos.  Nos resulta inadmisible que una persona se engañe de esa manera y nos quiera engañar a nosotros.  No perdonamos el ansía proselitista, que inevitablemente surge en el devoto, como perdonamos la publicidad que algunos enamorados dan a su amor.  Si una persona enamorada siente un fuerte impulso por ensalzar ante los demás a la persona elegida por su corazón, cuando se trata de los devotos del amor místico, las alabanzas que hacen de su maestro se convierten en sublimes cantos celestiales que ansían ser pregonadas a los cuatro vientos.  Al estar mezclada la vivencia religiosa con las celestiales realidades virtuales espirituales, la exaltación que proporciona ese tipo de amor, cobra tal intensidad que el devoto no tiene duda alguna de que su gurú es una encarnación divina: si ha sido capaz de elevarle a él hasta el sublime cielo, también puede hacerlo con toda la Humanidad.  No le cabrá duda de que un nuevo gran mediador está entre nosotros; y, porque no, no le cabrá duda de que su maestro es la nueva encarnación de un gran mediador estrella, del único e insustituible; hecho que queda confirmado cuando, sorprendentemente, su maestro consiente en afirmar que así es. 

Sorprendidos quedaríamos si llegáramos a conocer la cantidad de este tipo de maestros que se anuncian como la nueva encarnación de Jesucristo, por ejemplo, se podrán contar por cientos, porque ya no sólo lo pregonan los grandes gurús, cualquiera que tenga un mínimo éxito en la implantación de su doctrina se puede llegar a anunciar como el nuevo Jesucristo.  Esto es algo que en Oriente se ha hecho siempre, la importación de la teoría de reencarnación y los gurús nos ha traído esta especie de tradición, allí es habitual que un gurú se anuncie como la encarnación de cualquiera de sus mediadores estrella más famosos de esa cultura, son innumerables las personas encarnaciones de Buda y de Krisna que caminan por la India.  Y, cuando llegan a Occidente, no se cortan un pelo en afirmar que también son la encarnación de nuestro gran mediador estrella, de Jesucristo.

Yo no alcanzo a comprender que necesidad tienen estos personajes de comportarse como auténticos charlatanes, vendiéndonos sus enseñanzas etiquetadas con prospectos falsos, cuando lo que nos ofrecen es de una calidad tan elevada.  Es como si el vendedor de una miel exquisita nos estuviera diciendo que ha sido confeccionada en el cielo por los ángeles.  Si esa miel es realmente exquisita ¿qué necesidad tiene de engañarnos contándonos mentiras?  Alguien ―probablemente seguidor de alguno de estos gurús― nos podría insinuar que alguno de ellos ―en especial el suyo― podría ser la auténtica encarnación de Jesucristo; pero hay tantos que así se anuncian que uno llega a la conclusión de que no es ninguno.  En Oriente justifican esta situación diciendo que los grandes mediadores tienen el don de la ubicuidad, y pueden manifestarse cuantas veces quieran en este mundo y en los cuerpos que quieran.  Claro está que cuando uno descubre los notables desacuerdos entre las diferentes encarnaciones de un mismo mediador, no le queda otro remedio que sospechar que algo falla en esta teoría. 

Yo le aconsejaría a al creyente, deslumbrado por la encarnación que ha llegado a conocer, que tuviera la valentía de dudar, aunque solo fuera un poco, y se animase a conocer a otro u otros gurús que también se anuncian de la misma manera.  Así podrá observar que todos enseñan algo sublime, a pesar de que entre ellos no se parecen en nada.  Todos enseñan a experimentar una parte del gran elefante sagrado.  Lo que resulta intolerable es que, estimulados por el deslumbramiento que produce la maravilla vivida, cerremos las puertas a otras opciones de aprendizaje, descalificándolas brutalmente.

El gran fraude espiritual, en todas las formas en que se manifieste, ha existido desde tiempos inmemorables, es parte de la cultura de nuestro mundo, como lo son los grandes fraudes políticos o los económicos.  Está enraizado en nuestra absurda y egoísta forma de ser que adoptamos frecuentemente los humanos.  Cuando es el amor el protagonista principal del fraude, el engaño es semejante al que experimentamos cuando nos enamoramos al más tradicional estilo romántico y quedamos atrapados entre una serie de pasiones humanas que muy poco tienen que ver con el amor. 

Los amantes, ya sean una pareja normal o un gurú y su devoto, viven un amor exclusivo, se aman aparte de todo lo demás.  Amar a otras personas como ellos se aman supone para ellos un peligro del que hay que huir si no se quiere correr el riesgo de perder su especial unión, su realidad virtual paradisíaca creada en el nido del amor, la ilusión, la mentira; por ello es necesaria la exclusividad del amor en los amantes, ya sean carnales o místicos.  Es necesario marcar bien su territorio de amor, su realidad virtual particular, para que en este mundo, de carestías amorosas y de ladrones, nadie venga a robarle su preciado tesoro; por ello, el instinto de territorialidad y de posesión de los amantes es una pasión muy fuerte.  Nadie puede entrar en el territorio sagrado de su pasión amorosa excepto ellos dos.  La poligamia es una excepción que admite a varias amantes de un mismo individuo, pero esto exige a un único individuo, nunca a dos o más.  Y algo semejante sucede con los amados mediadores.  El juego amoroso devocional permite entrar en el territorio virtual de la devoción a innumerables discípulos, pero nunca se permitirá entrar a otro mediador, so pena de desatar la celosa ira divina del mediador propietario del harén místico.     

Es muy difícil encontrar un tipo de relación amorosa limpia de polvo y paja, ya sea de pareja, con el grupo familiar, con el grupo sectario o con el gurú o maestro espiritual con el que nos relacionemos.  Necesitamos realizar un gran esfuerzo si no deseamos corromper las extraordinarias vivencias espirituales con actividades egoístas y fraudulentas.  Mas urge hacerlo si queremos disfrutar largamente de los goces que nos puede proporcionar nuestra dimensión sagrada.  Quien sufre el fraude como víctima puede ver mermada su capacidad de vivir su plenitud espiritual; pero, quien lo realiza, lo suele pagar muy caro.  Llevar a cabo un fraude en la dimensión económica, si no nos cae el peso de la ley encima, puede otorgarnos elevados beneficios; pero en la dimensión espiritual, un fraude termina, tarde o temprano, por hundirnos en una miserable pobreza de espíritu.  Recordemos a esas grandes religiones que, a base de vivir actividades fraudulentas, perdieron las glorias sagradas de sus principios y alcanzaron unas altas cotas de miseria espiritual.