PAUTAS DE DESPROGRAMACIÓN

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            Si todavía no conocemos al detalle el programa, o los programas, que gobiernan nuestra supuesta realidad virtual, mal vamos a intentar desprogramarlo.  Pero, como los seres humanos ya hemos realizado importantes manipulaciones en las leyes que gobiernan nuestro mundo, sin apenas saber nada de supuestas programaciones, no vamos a privarnos ahora de planificar nuevos experimentos para seguir intentando mejorar nuestra existencia.

            La más importante manipulación de las leyes naturales la hemos realizado intentando huir de nuestro peor mal, de la muerte, consiguiendo que nos mate algunos años más tarde de como siempre tuvo por costumbre hacerlo.  Claro que cada manipulación perturba el equilibrio ecológico, y el elevar la edad media de vida nos está trayendo el nuevo problema de la explosión demográfica.  Cuando el mono se puso de pie y se convirtió en hombre, y sobre todo cuando creció su inteligencia, empezaron todos los problemas para el tranquilo programa que gobierna la vida en nuestro mundo.  Las crías humanas empezaron a dejar de ser alimento de los animales que se alimentaban de ellas, empezamos a utilizar la inteligencia para defendernos de las enfermedades, y últimamente hasta hemos detenido las grandes guerras mundiales que se encargaban de manifestar en toda su gloria al terrible instinto de muerte, encargado de evitar la problemática superpoblación.

Pero, como seguimos siendo seres inteligentes, al extraordinario problema de la explosión demográfica le hemos encontrado otra solución extraordinaria: los anticonceptivos.  De tal forma que en los países desarrollados ya hemos reducido la tasa de natalidad hasta el punto de llegar a un crecimiento de la población casi imperceptible.  Sólo nos falta ahora exportar al tercer mundo nuestras manipulaciones anticonceptivas; porque, si ese mundo de pobres continúa creciendo, puede llamar a nuestra puerta con tanta hambre en el cuerpo que quizás lleguen a tirarla y a crearnos serios problemas.

Como podemos ver, ya tenemos una larga experiencia en manipular el programa de las leyes naturales.  La revolución sexual y anticonceptiva que ha vivido Occidente ha sido una desprogramacion en toda regla.  Los occidentales podemos vivir el placer sexual hasta hartarnos sin que nos afecten las consecuencias que la Naturaleza ha destinado para la actividad clave procreadora.  Hoy en día la mayoría de las personas del mundo desarrollado deberíamos de tener una larga fila de hijos tras nosotros.  Nuestro atrevimiento cultural ―y científico― ha permitido que todas las personas, que consideran que los hijos dan mucha guerra, practiquen una placentera sexualidad sin necesidad tener ningún hijo.

Pues bien, lo que ahora propongo es disfrutar de nuestra divinidad, sin tener dioses de por medio.  Porque está claro que los dioses siempre han dado mucha guerra.  A causa de ellos nos hemos matado a lo bestia en multitud de guerras, y todavía hay quienes continúan haciéndolo.  Y, aunque ahora el instinto religioso está creando nuevos dioses más atractivos y pacíficos, yo no me fiaría mucho de ellos, pues siguen vomitando instinto de muerte a mansalva en los mensajes apocalípticos que nos continúan transmitiendo.  Por ello, las personas que no deseamos tener dios alguno en nuestras vidas, espero que podamos gozar de nuestra divinidad, como en Occidente podemos gozar de nuestra sexualidad sin que nos afecten las consecuencias previstas en los programas instintivos.  Espero que seamos capaces de realizar en la dimensión espiritual lo que ya hemos realizado en la dimensión sexual.

Para llevar a cabo semejante revolución, en primer lugar hemos de reconocer que la divinidad es del hombre, no de los dioses.  Algo que quizás le cueste comprender a más de una persona, pues no tenemos apenas precedentes que nos sirvan de ejemplo para realizar el cambio.  Casi todas las personas que alcanzaron una elevada divinidad fue gracias a la mediación de los dioses.  Pero recordemos que la sexualidad y la procreación humana también fueron durante milenios potestad de los dioses, y en unas pocas décadas han dejado de serlo.

Como en toda revolución, en primer lugar se necesita concienciar al pueblo de sus beneficios.  Nuestra sociedad desarrollada inició su revolución sexual cuando tomó conciencia de la represión que vivía y cuando la combatió.  En cuanto tomemos conciencia de la represión que padece nuestra divinidad, podremos empezar a intentar liberarla, a luchar para que se manifieste en toda su gloria.

Observemos los estragos que ciertas creencias sobre la sexualidad provocaron en la Humanidad ―y continúan provocando― causando tanto sufrimiento e impidiendo vivirla como fuente de placer y de felicidad.  Y ahora intentemos observar los estragos que las creencias religiosas han hecho ―y están haciendo― en la gran espiritualidad del hombre, haciéndonos sufrir y perturbando nuestra capacidad de ser felices.

Es necesario reconocer que nuestra divinidad está tan castrada como lo está la sexualidad de esos creyentes que consideran pecado el placer.  Nuestra divinidad es tabú, como lo fue la sexualidad, territorio de los dioses; hace muchos siglos que se la dimos a ellos, recuperarla es un obligado reto cultural.  Estamos tan castrados espiritualmente como están sexualmente esas mujeres que por causa de las creencias tradicionales de su pueblo se les corta el clítoris.  Con la diferencia de que nuestra castración es mental, tiene remedio. 

Hemos de reconocer que la divinidad es una propiedad innata del ser humano.  Es una propiedad tan nuestra que para conseguirla lo único que hemos de hacer es dejar de hacer lo que hacemos para evitarla.  Tanta búsqueda de nuestra divinidad a través de los dioses no ha hecho sino distraernos de nuestro estado divino natural.  Si a dios llevan tantos caminos diferentes, e incluso de direcciones contrarias, es porque dios no está al final del camino, sino en el caminante; dios es el caminante que juega a encontrarse a sí mismo.

Cuando hayamos reconocido que dios somos nosotros, todavía nos quedará un largo camino por delante.  El uso de la divinidad, como el uso de la sexualidad, hay que aprenderlo.  La liberación sexual necesitó de varias generaciones, y la liberación espiritual necesitará también de unas cuantas.  A todos aquellos que vivimos en un pasado la divinidad proyectada en los dioses nos va a costar realizar el cambio por mucho que nos lo propongamos.  De la misma forma que las primeras experiencias sexuales marcan nuestra sexualidad de por vida, las primeras experiencias espirituales encauzan nuestra divinidad por el resto de nuestros días.  Así funciona nuestra mente.  Las vivencias sagradas en la niñez o en la adolescencia marcan el futuro de la vivencia de la divinidad del individuo.  Y si unas primeras vivencias sexuales son traumáticas o desagradables, puede suceder que la persona rechace su sexualidad de por vida o no consiga nunca vivirla plenamente, de ahí la importancia de las primeras experiencias.  A muchos ateos les va a costar sentir su divinidad por mucho que se lo propongan, ya que probablemente la rechazaron desde muy jóvenes, cuando probablemente fueron violados por fanáticos conceptos religiosos.

Lo único que puede acelerar este proceso revolucionario es que con la divinidad se pueden hacer milagros.  Y si conseguimos que la divinidad sea asumida por el hombre, ya no estarán los milagros sometidos a la arbitrariedad de los dioses, entonces seremos nosotros quienes los haremos a voluntad.

El mayor milagro se producirá en cuanto el hombre empiece a sentir su divinidad.  El amor se manifestará con mayor fuerza, y el egoísmo perderá poder.  En cuanto las personas somos más felices dejamos de ser egoístas.  Las riquezas de este mundo podrán ser mejor repartidas al no necesitarse ya tanta acumulación de posesiones materiales.  Repartiremos mejor el pastel del mundo con los pobres, y las grandes diferencias sociales podrán empezar a desaparecer

Los grandes males humanos pueden empezar a perder poder, pues la fuerza maligna del lado oscuro del hombre es provocada por una ausencia de amor, por un vacío en nuestra esencia sagrada, por la ausencia de nuestra divinidad.  El odio es consecuencia del vacío del amor.  Cuando empecemos a llenar ese vacío con el amor de nuestra divinidad, es muy posible que empecemos a dejar de vivir el sueño de esta vida como una pesadilla, y lo convirtamos en un sueño feliz.  Tan feliz que incluso lleguemos a desprogramar los grandes males humanos, como pueden ser la violencia y la muerte. 

Pero para conseguir cambiar las pautas programadas en este mundo, según nuestro supuesto, probablemente vamos a necesitar superar grandes dificultades.  Ya hemos dicho que el programa se defiende con uñas y dientes, se resiste a ser cambiado.  La mente humana es propensa a crear hábitos, y los males de este mundo son profundos hábitos difíciles de cambiar.  El SIDA es una muestra de que nuestra liberación sexual todavía no ha sido completada, no hemos desprogramado correctamente al mal de nuestra sexualidad.  Sencillamente hemos cambiado unos males que vivíamos en torno a la sexualidad por otros.  El mal no ha sido erradicado de raíz.

Para que, aquellas personas que apenas han tenido vivencias espirituales en su vida, se hagan una idea de las dificultades con las que nos podemos encontrar, decirles que nuestro propósito es semejante a pretender vivir en el estado de la persona enamorada, pero prescindiendo de su adorado amado o de su adorada amada.  Vivir las glorias divinas prescindiendo de los dioses es como intentar conseguir vivir en un estado de enamoramiento sin pareja.  Es como intentar gozar de las drogas sin tomarlas.  Algo inconcebible para nuestra mente, a menos que empecemos a pensar que puede ser posible y lo intentemos.  Para ello hay que cambiar de raíz las condiciones que el programa impone a las dos grandes manifestaciones del amor en nuestro mundo.  Hemos de empezar por pensar que podemos vivir un gran amor sin necesidad de vivir las limitadoras condiciones del enamorado en pareja ni las del enamorado de dios.  De esta forma vamos a enfrentarnos a las más importantes condiciones que tiene el amor en este mundo, virtual, según nuestro supuesto.  Si conseguimos empezar a vivir el amor incondicional, el amor sin limitaciones, sin males que lo encarcelen, estaremos iniciando la desprogramación de los males de nuestro mundo.  Podríamos empezar pensando que:  “Podemos vivir un gran amor porque somos un gran amor, no por otras causas”. 

Pero en cuanto empecemos a intentar recuperar nuestra gloria divina sin dioses de por medio, los males de este mundo van a hacer lo imposible por intentar evitarlo.  Podemos encontrarnos ante un imaginario ordenador que gobierna a muestro mundo, y puede que no podamos ni mover los brazos para modificar sus comandos.  Por esta razón es muy probable que tengamos que ir asumiendo nuestra divinidad poco a poco, sigilosamente, sin sobresaltos que despierten a las fuerzas del mal.

Y aun así, es muy probable que en cuanto un grupo se disponga a generar una densa atmósfera sagrada prescindiendo de los dioses, el programa que gobierna nuestra supuesta realidad virtual se empiece a poner nervioso y se empeñe en demostrarnos que los dioses existen.  Si el grupo que ha decidido vivir su divinidad está compuesto por acérrimos ateos, es posible que el programa no les presente a los dioses tradicionales, puede que les presente a los modernos extraterrestres o a parientes muertos de los reunidos.  El programa siempre buscará impresionar al grupo presentándoles entidades espirituales creíbles para ellos.  Los dioses o los espíritus se pondrán muy nerviosos, y es posible que hablen como cotorras intentando convencer a su audiencia.

Antes de que cualquiera de nosotros llegue al centro del programa con la intención de cambiarlo, éste intentará evitarlo generando ilusiones, generando realidades virtuales espirituales.  Por eso los expertos en desprogramación habrán de estar alerta ante este calamar cibernético, que en cuanto se ve en peligro vomita tintas de colores con las que crea mundos increíblemente fascinantes, celestiales o infernales.  Si los futuros expertos en desprogramación consiguen no mirar esas hipnóticas bellezas celestiales o esos monstruos infernales, si consiguen no caer donde cayeron todos los místicos que tanto se acercaron al centro generador de ilusiones, si consiguen no terminar adorando a las deidades que nuestra mente nos presente, o huyendo de los demonios que también nos puede presentar, habremos dado un gran paso hacia delante. 

Si creemos en el realismo de las nuevas o viejas creaciones que nuestro gran generador de realidades virtuales nos presente, corremos el riesgo de volver a tirarnos siglos y más siglos estancados en las creencias.  Las sectas están llenas de buscadores de la verdad atrapados en las realidades virtuales espirituales.

Este capítulo es una invitación a los dirigentes sectarios para que inicien un cambio en sus prácticas espirituales.  Probablemente serán muy pocos los que tomen conciencia de lo que aquí estamos exponiendo e intenten ponerlo en práctica.  Los dioses y las entidades espirituales, con sus hábitats incluidos, son algo casi imprescindible en los caminos espirituales.  El programa que gobierna nuestra supuesta virtualidad solamente permite a través de ellos vivir su gloriosa divinidad al hombre.  Sin embargo, ya existen métodos de trabajo espiritual sin dioses de por medio, formas de sumergirse en atmósferas sagradas sin que se haga alusión a deidad alguna.  Yo he practicado alguno de esos métodos mucho antes de empezar a escribir este libro.  No sé si en etapas avanzadas, en cámaras de iniciaciones profundas de estos métodos en cuestión, habrá algún dios u hombre dios bendiciendo los procedimientos.  El caso es que en ellos se puede sentir una atmósfera sagrada de buena calidad sin que aparezca nada que no sea humano en las prácticas.  Aunque hemos de reconocer que todavía son los dioses o los hombres dioses quienes manejan las atmósferas sagradas más densas y de más calidad.

En mi opinión, merece la pena perder un poco de calidad o de intensidad en las atmósferas sagradas conseguidas sin dioses, pues entonces seremos nosotros quienes podremos haces uso de las extraordinarias propiedades de lo sagrado, no los caprichosos dioses, hijos del instinto religioso.

Sin los dioses podremos meter el pensamiento científico en el espíritu del hombre, en su dimensión sagrada, divina; y empezar a cambiar en nuestro beneficio el nivel espiritual como hemos cambiado el nivel material.  Podremos trabajar en erradicar el mal de nuestro mundo sin estorbos, combatiendo todo aquello que condiciona el bien, desprogramando los comandos dañinos de nuestra supuesta realidad virtual, llenado los vacíos de amor que causan tanto sufrimiento.  Pero hasta que la ciencia alcance las realidades más profundas de nuestra existencia, podemos ir haciendo ensayos de desprogramación.

Y no temamos que esta nueva forma de afrontar la realidad cree nuevos hombres dioses.  Cierto es que hasta ahora las personas que tomaron contacto con su divinidad se endiosaron; pero nuestro supuesto no permite que eso suceda.  Si todos somos parte de una gran virtualidad, ya sea espiritual o física, es ridículo pensar que se pueda ser diferente de los demás porque nos sintamos en este sueño reyes o mendigos, dioses o demonios.  Somos partes de un sueño, y si en este sueño existen diferencias entre las personas o las entidades espirituales, es porque las crea el programa de realidad virtual.  Pero, en realidad, las diferencias no existen, todos somos uno.  La realidad es la mente donde se generan las virtualidades, nuestra portentosa mente colectiva; las diferencias virtuales son ilusiones generadas por ella.  Los dioses, los humanos, los espíritus, los ángeles o los demonios, los buenos o los malos; todos, somos monigotes virtuales, según nuestro supuesto.  Aquí pinta tanto un pordiosero o un delincuente como un sumo sacerdote o un dios.  Todos somos producto de un mismo ilusionismo, todos somos muñecotes virtuales, nuestro supuesto no da cabida para los típicos endiosamientos egocéntricos de los dioses o de los hombres dioses.  ¿Hay algo más ridículo que un dios virtual?

Un leproso o un gurú son productos de un mismo sueño; la única realidad es la mente que sueña.  Quien se endiose en este nuevo camino que nos espera es porque o le gusta seguir dormido en la virtualidad o porque no ha entendido nada de nuestra hipótesis.

Y quien quiera jugar a pensar que la mente que nos está soñando es la mente de dios, puede hacerlo.  El instinto religioso tiene mucha fuerza, y nos seguirá dando durante mucho tiempo más de lo mismo.  Es de esperar que la ciencia, ayudada por nuestro supuesto, continúe quitándole terreno a los dioses, hasta que acabe con ellos.  Entonces solamente quedará la divinidad del hombre, lo único real.

Si ojeamos por última vez la única figura incluida en este libro, veremos que el recuadro central define las cualidades de nuestra divinidad, con el amor en su centro.  Ya dijimos que eso es lo que somos en esencia.  Ese es el final de toda búsqueda espiritual, sigamos el camino que sigamos.  El contenido del resto de recuadros que rodean nuestra esencia son provocados por la virtualidad.  Consecuencias del programa, o de los programas, de realidad virtual en la que estamos sumergidos.  Cualquier mal es consecuencia de la virtualidad según nuestro supuesto.  Por esta razón es de suma importancia ir descubriendo al detalle cómo se forma nuestra realidad, hasta que nuestro supuesto deje de ser una suposición y acabe siendo reconocido como cierto.

El descubrimiento de la virtualidad de nuestro mundo puede abrir unas expectativas revolucionarias para la Humanidad.  El reconocimiento de que nuestro mundo es una realidad virtual es muy probable que pueda aportarnos herramientas eficaces para erradicar los males que nadie desea.  Pues, si nuestra hipótesis llega a demostrarse, ya no tendremos necesidad de luchar contra los males, entonces, sencillamente, los desprogramaremos.