REPASO ESQUEMÁTICO

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Vamos a realizar un alto en el camino para repasar lo estudiado hasta ahora.  Para ello construimos un esquema que nos puede ayudar a comprender el proceso que sufre la típica vivencia espiritual.  Imagen que nos servirá para explicarnos el comportamiento religioso habitual del ser humano.  En la figura vemos varios encuadres en los que hemos incluido conceptos ya estudiados.  En la parte central está representada la atmósfera sagrada, gloriosa, pura, inmaculada, llena de amor y de gloria; pero rodeada por procesos mentales que modifican notablemente sus abundantes cualidades positivas.     

En la parte de arriba tenemos la realidad virtual espiritual en la que crea cada creyente, y en la parte de abajo tenemos la mente consciente e inconsciente del individuo.  En el lado izquierdo están encuadradas las acciones iniciales que pondrán en marcha el proceso espiritual, derivadas de la creencia en la realidad virtual espiritual y de la cultura del individuo.  Y al lado derecho tenemos el filtro de selección de preferencias personales, creado tanto por las pulsaciones psicológicas más intensas de las profundidades de nuestra mente como por las creencias.  Las flechas gruesas en rojo nos indican el desarrollo de la acción, la línea del tiempo, de izquierda a derecha: una acción inicia el proceso de generar la atmósfera sagrada o de penetrar en ella, y un filtro de selección de preferencias da paso a las actividades espirituales, religiosas o esotéricas, que termina realizando el individuo o grupo de individuos que viven el proceso.  Las flechas delgadas muestran las influencias entre los encuadres: por la parte de arriba de la atmósfera sagrada indican como ésta provoca la ensoñación espiritual, crea o recrea los sueños espirituales, sacraliza, santifica o diviniza ―llamémosle como queramos― a las realidades virtuales espirituales; y por la parte de abajo, indican como la energía sagrada penetra en la mente iluminándola, llenándola de santidad, a la vez que remueve nuestras recónditas fuerzas oscuras, y aquellas que no son tan oscuras, liberando nuestras mejores intenciones y nuestras peores pulsaciones psicológicas; de tal forma que ascienden hacia la realidad virtual espiritual, como lo indican las flechas delgadas de los lados, hasta alcanzar el sueño esotérico donde serán representadas. 

            Sabemos que la vivencia sagrada de todo ser humano es muy parecida, pero los resultados prácticos de esta experiencia son muy diferentes según cada caso.  Pongamos un ejemplo extremo que se ha dado muy a menudo a lo largo de la Historia de la Humanidad, y se sigue dando:  Los guerreros religiosos realizan sus rituales sagrados antes de entrar en batalla, viven las exquisiteces de la experiencia religiosa, pero sus acciones finales no tendrán mucho que ver con el amor y la gloria experimentados.  En filtro de selección de sus preferencias, creado por las pulsaciones psicológicas inferiores y por las justificaciones venidas de arriba, de los cielos virtuales, dejará salir al exterior exclusivamente aquello para lo que ha sido programado, en el caso de los santos guerreros, programado para matar.  El único ingrediente de la atmósfera sagrada que saldrá al exterior en la batalla será la energía, que los convertirá en temibles guerreros; y el resto de los ingredientes sagrados serán desechados o vividos interiormente, o en su comunidad sectaria, sin más consecuencias que la de hacerles sentir santos y la de apoyar su intención de matar al hereje enemigo.  Este es un caso típico de cómo las pulsaciones psicológicas más opuestas a la experiencia sagrada se acaban imponiendo a la hora de actuar.  El amor alimentando al odio y a la agresividad.  El bien alimentando al mal, un auténtico drama humano.  En casos menos extremos, y más habituales, son otros bajos instintos humanos los que se sacralizan, toman cuerpo en las realidades virtuales espirituales y condicionan las acciones, como pueden ser los exacerbados egoísmos o el abuso de poder basado en la prepotencia divina.

            Por supuesto que no cesaríamos de exponer casos diferentes en personas que, a pesar de estar viviendo prácticamente lo mismo, sus creencias consiguen que se comporten de forma muy diferente.  Digamos que la atmósfera sagrada es un crisol radiante de felicidad experimentada de forma muy semejante en las personas que la viven, pero que raramente se manifiesta al exterior tal y como es.  Su función más habitual es la de drogar de felicidad al creyente y alimentar los intereses de la realidad virtual mezclados con sus pulsaciones psicológicas en el filtro de selección de preferencias.

            A lo largo de este libro no hemos cesado de denunciar esta transmutación fraudulenta que nos muestra como sagrado aquello que no lo es.  En este proceso sucede como si se diese un baño de oro a materiales impuros y se nos pretendiera convencer de que es oro.  Oro es solamente aquello que sucede en el interior de la atmósfera sagrada, fuente de felicidad.  Y muy pocas veces se manifiesta al exterior tal y como es, a pesar de que ―y esto es lo sorprendente― su felicidad es algo que no cesamos de intentar conseguir en la vida.  Es como si estuviéramos buscando algo que ya tenemos dentro, pero, por otro lado, estuviéramos haciendo lo posible por ocultárnoslo. Todos sabemos que el ser humano en el fondo es bueno, pero su comportamiento deja mucho que desear.  Esto es debido a que nuestra buena voluntad es condicionada por el filtro de selección de preferencias, donde el mal se encuentra mezclado con el bien.

Y cuanto más intensamente sentimos en nuestra vida una experiencia de amor, religiosa, mística, etc., más revuelve nuestras profundas capas mentales y generamos más condicionamientos virtuales para que no se manifieste al exterior tal y como es.  Esto es debido al mal humano, que debe de andar por nuestras entrañas, impedimento fundamental para que nuestro bien interno se manifieste tal y como es en nuestras vidas.  Por ello, cuanto menos intensa sea la vivencia espiritual positiva, menos despertaremos el mal que llevamos dentro, y viviremos menos el desequilibrio entre el bien y el mal, locura de sentimientos opuestos.  Las vivencias espirituales de tenue suavidad desequilibran menos que las más intensas.  La mayoría de las personas comunes no sufrimos tales desequilibrios, pues nuestras vivencias espirituales en pocas ocasiones nos llevan al éxtasis; así no vivimos las perturbaciones de aquellos que viven las glorias divinas ni las tenebrosas fuerzas infernales.  En ocasiones es mejor dejarnos como estamos que andar hurgando en nuestro interior buscando nuestro sublime lado bueno, pues puede suceder que también nos encontremos con el lado malo.

En el encuadre de la izquierda de la figura, donde incluimos las acciones iniciales que ponen en marcha a la atmósfera sagrada, observamos que la mayoría de estas acciones corresponden a las actividades basadas en la creencia en las realidades virtuales espirituales.  En la parte de abajo del mismo encuadre nos encontramos con otro encuadre que nos muestra aquellas ocasiones en las que la vivencia espiritual se produce por generación espontánea, sin que en apariencia entre en actividad realidad virtual espiritual alguna.  En estos casos, cuando la persona que tiene la sorprendente vivencia, si es creyente, no habrá problema alguno, pues inmediatamente la realidad virtual del creyente acogerá la vivencia justificándola como proveniente de alguno de sus personajes o escenarios espirituales; pero, cuando la persona no es creyente (las personas no creyentes también tienen vivencias espirituales), entonces pueden empezar los problemas para encajar la experiencia religiosa en su entendimiento.  Lo más normal es que la persona sorprendida por la generación espontánea de su dimensión sagrada busque una aclaración a lo sucedido y la encuentre en cualquier creencia que le dé una explicación convincente, terminado convirtiéndose en creyente de dicha realidad virtual.  También puede suceder que esa persona sea agnóstica convencida y no esté en disposición de aceptar realidad virtual espiritual alguna para explicarse lo sucedido.  En este caso podríamos pensar que al no existir realidad virtual tampoco existirá filtro de selección de preferencias, por lo que la vivencia sagrada podrá salir al exterior tal y como es.  Pero en realidad no sucede así.  El miedo que puede despertar una fuerte vivencia espiritual desconocida es suficiente para envolverla y ahogarla como puede hacerlo la realidad virtual más estricta.  No estamos culturizados para recibir el regalo de una felicidad desbordante injustificada como algo normal en nuestras vidas.  Nuestra mente teme lo desconocido.  La infinitud que conlleva la atmósfera sagrada es una de los ingredientes espirituales que más tememos. 

El temor también nos impide reconocer el mal que llevamos dentro.  Preferimos hablar de los males de la Humanidad o del ser humano, así, en general, antes que hablar de nuestro propio mal.  Nuestra idílica sociedad pacifista expulsa de las conciencias nuestro instinto de muerte y lo convierte en el gran desconocido, nuestra cultura lo obvia a pesar de que nos continúe matando y la violencia no cese de producirse.  En la figura sitúo el instinto de muerte en el inconsciente, en lo más profundo de nuestro lado oscuro, no porque siempre haya estado ahí, sino porque nuestra cultura lo ha arrojado a nuestras oscuras profundidades con la intención de destruirlo; aunque lo único que hemos llegado a conseguir es no verlo, pues él sigue trabajando en la sombra. 

Como venimos comentado, en muchas de las civilizaciones de nuestros ancestros, el instinto de muerte no estaba oculto, vivían en su cultura representaciones de todas nuestras fuerzas, unían lo sagrado con la muerte en los sacrificios humanos, probablemente tanto las víctimas como los verdugos ejecutaban el ritual en éxtasis religioso.  Tenebrosas acciones para nuestra cultura que representaban claramente las patéticas contradicciones humanas capaces de unir el asesinato con el amor.