SEGUNDA PARTE

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LA VISIÓN

 

            Es éste un capitulo crucial para ayudarnos a entender mejor el mundo de las sectas.  Vamos a hablar de la enorme relatividad de la visión que los seres humanos tenemos sobre las cosas.  Cada persona vemos el mundo de forma diferente a los demás, incluso somos capaces de ver la vida de forma diferente según el estado de ánimo que tengamos en ese momento o las circunstancias que nos estén afectando en determinada época de nuestra vida.

Una persona sin empleo puede ver mucho más negro el mundo que otra integrada en el mundo laboral.  Nuestro cerebro sintetiza los datos que recibimos a través de los sentidos según las preferencias culturales y las circunstancias personales de cada cual.  Una sencilla caricia puede ser recibida por una persona temerosa como un intento de agresión, y, por una persona receptiva al cariño, como un gesto de amor.  Tal es la variedad de las formas en que diferentes personas pueden recibir un mismo estímulo a través de los sentidos que se llega a decir, en el caso de la vista, que los ojos no ven, es el cerebro quien realmente ve.

La ciencia sabe que nuestro cerebro recibe los datos que le llegan a través de los sentidos en forma de impulsos eléctricos, como lo hace un ordenador con las señales que le llegan de sus sensores.  En realidad no vemos imágenes ni percibimos olores, ni gustamos sabores; son únicamente impulsos eléctricos los que recibe nuestro cerebro, sentimos diferentes sensaciones porque dichos impulsos de cada sentido son enviados a la zona precisa del cerebro que así lo interpreta.  Si pudiésemos cambiar en el interior del cerebro el nervio de la retina por el del oído, escucharíamos a través de los ojos sonidos cada vez que la luz llegase a la retina, y veríamos flases de luz y colores cuando algún ruido llegara a nuestros oídos.

            A modo de ejemplo baste con decir que los colores en realidad no existen, son una creación de nuestra mente.  A través de la retina recibimos una pequeña gama del amplio espectro de radiaciones electromagnéticas, y nuestro caprichoso cerebro se digna a darle un color diferente a cada frecuencia; de esta forma vemos en colores.  Si nuestros cerebros no hicieran eso probablemente veríamos un mundo en blanco y negro, tendríamos una visión menos alegre de como vemos en realidad.  Dada la importancia del color en nuestra vida, este ejemplo nos puede dar la idea de la enorme importancia que tiene la capacidad moldeadora de la visión de nuestra mente, creamos en nuestro interior las características y las circunstancias más importantes que moldean lo que percibimos.

            Esto se produce a un nivel general, a un nivel de raza.  El resto de animales ven de forma diferente a nosotros, su espectro de visión no se resume al arco iris.  Cada especie de seres vivos ve la realidad distinta a los demás.  Pero no pensemos que todos nosotros, como seres humanos, vemos el mundo de forma semejante porque pertenecemos a la misma especie de seres vivos y percibimos el mismo espectro de vibraciones electromagnéticas.  Entre cada uno de nosotros existen notables diferencias de percepción que nos hace ver la vida de forma distinta a los demás.

Los impulsos eléctricos que cada sentido envía al cerebro son procesados y sufren un proceso de filtrado.  Todas las imágenes que llegan a la retina son enviadas a la zona del cerebro que procesa los datos del sentido de la vista, allí se codifican y se envían a la corteza cerebral, y es en ésta donde  se produce una selección según las preferencias personales, el interés del momento, o el estado de ánimo; así recibimos una imagen de lo que únicamente queremos ver, el resto, sencillamente, no lo vemos.  Esa es la función del programa cerebral de selección de preferencias.  Si mostramos una imagen compleja a personas diferentes, y después les preguntamos que han visto, sus respuestas serán desiguales.  E igualmente sucede con los demás sentidos.  De hecho, si fuéramos conscientes de todos los estímulos que entran en nuestro cerebro constantemente a través de nuestros sentidos, si todos esos impulsos eléctricos no fueran filtrados por el programa de preferencias personales, nos volveríamos locos ante la inmensa cantidad de datos que nos resultaría imposible asimilar.

Esta selección de datos comienza a realizarse en el cerebro en la infancia, ya desde niños se nos inculcan las principales preferencias culturales correspondientes a la sociedad en la que nacemos.  Aprendemos primero procesando patrones sencillos y luego vamos añadiéndoles complejidades, como si fuéramos componiendo las piezas de un puzzle.  Nuestro cerebro moldea nuestra percepción a través de patrones a los que va añadiendo datos a lo largo de la vida.  En realidad, cuando vemos algo, no lo vemos tal y como es, sino que vemos el pasado de ese algo, modificado con los matices actuales.  Los datos procesados de los sentidos que llegan a la corteza cerebral buscan donde encajar, como si de recomponer un puzzle se tratara, y terminan en el patrón de la memoria donde mejor se acoplan; de esta forma no llega a nuestra conciencia lo que vemos en el momento, vemos nuestras experiencias pasadas ampliadas por el estímulo actual.

Si la cultura en la que nacemos nos proporciona los patrones más importantes, serán después las preferencias del individuo las que desarrollen más unos patrones u otros, e incluso se pueden llegar a crear otros nuevos partiendo de cero.  El cerebro pone su capacidad operativa a disposición de los intereses o preferencias de los individuos, utilizando grandes zonas de su materia gris para los temas que más nos interesan y para los sentidos que más utilizamos, y dedica menos materia gris a lo que menos nos importa.  Tenemos, por ejemplo, a los aficionados a la música, con un elevado número de neuronas dedicadas a procesar lo que les llega al cerebro a través del sentido del oído; y entre esas personas las habrá adiestradas desde niños, probablemente genios de la interpretación; sin embargo, tendremos otras personas adultas que, sin haber recibido educación musical en la infancia, partiendo de cero, han ido poco a poco entrando en el mundo de la música, obligando a su cerebro a crear dentro de sí un nuevo puzzle de procesamiento de datos musicales y a desarrollarlo.  Por consiguiente, somos muy capaces de cambiar nuestros patrones heredados de aprendizaje, con lo que cambiaremos también la visión del mundo en el que vivimos.

Una sociedad se compone de individuos que tienen en sus mentes unos programas de selección de preferencias más o menos semejantes, ya que ésta es una condición indispensable para una fluida comunicación entre ellos.  Cuando algunos individuos desarrollan más que los demás alguna preferencia, llegan a formarse grupos elitistas que alcanzan un nivel de incomunicación con la gran masa en proporción al grado de intensidad con que vivan su especialización.  Pero si unos individuos deciden cambiar los principales valores de sus mentes, patrones básicos de la sociedad en la que viven, dificultarán gravemente la fluidez de la comunicación entre ellos y el mundo que los rodea, quedarán excluidos de la sociedad a la que pertenecen y, probablemente, formarán otra compuesta por las personas que han realizado esos mismos importantes cambios en sus mentes y tienen una visión del mundo semejante.  Este es el caso de las sectas.

En nuestra sociedad se permiten grandes libertades, pero siempre dentro del marco o esquema general básico indispensable para una fluida comunicación entre los individuos.  Si alguien se sale demasiado de este mapa, queda excluido de nuestra colectividad. 

Es de urgente necesidad reconocer este hecho e intentar remediarlo para evitar el desmembramiento de nuestra sociedad.  Puede parecer que necesitaremos hacer un esfuerzo extraordinario para acercarnos a comprender a todos aquellos que se nos alejan demasiado, pero quizás no sea así; probablemente, con sólo desperezar nuestra forma de comunicarnos sea suficiente para entender a quienes ven el mundo de forma muy diferente a nosotros.  No conocemos los límites de nuestro entendimiento ni de nuestro cerebro, el intentar comprender a aquellos individuos o grupos que abandonaron los esquemas básicos de nuestra cultura buscando opciones de vida alternativas, en vez de descalificarlos con el contundente calificativo peyorativo de sectarios, puede crear una nueva forma de comunicación “para largas distancias” que integre en nuestra sociedad a quienes se alejaron demasiado de ella.  Despreciarlos por distintos es una forma de racismo intolerable para el hombre auténticamente civilizado.  Nuestro mundo, el mundo que vemos nosotros, no es tan modélico como para erigirlo por encima del mundo que viven los miembros de las sectas; de hecho, aquí vivimos errores y barbaridades muy parecidas a las que vemos en las sectas, pero nos sucede que no las vemos o nos hemos acostumbrado a ellas. 

Uno de los mayores atrevimientos que me permito en este texto es el de considerar a nuestro mundo civilizado como una forma de vivir semejante a la de las tan criticadas sectas.  Si observamos nuestra intolerancia intelectual, los cerrados esquemas culturales que habitualmente nos obligamos a adoptar para integrarnos socialmente, podemos considerar a nuestra sociedad actual como la autentica secta dominante, con su visión personal del mundo tan llena rituales sociales, de fantasías, hermetismo, fanatismos y engaños, como los que habitualmente vemos que suceden en las sectas.  Nuestra visión personalizada y colectivizada de la vida, al igual que sucede en las sectas, nos impide ver nuestros errores, y, por lo tanto, el corregirlos.  Vemos la paja del ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro.

 Una actitud comprensiva reduciría el diálogo de sordos que existe entre nuestra sociedad y las sectas más distantes de nosotros.  El muro de incomunicación que nos aparta de ellas habrá de ser derruido si no queremos correr el peligro de desmembrar seriamente nuestra sociedad.  No podemos seguir luchando contra lo evidente, ni expulsar de nuestro lado a quienes tienen una visión del mundo diferente de nosotros; esto, además de no ser civilizado, es incluso peligroso.  La guerra entre las sectas y la sociedad dominante ya nos ha dado bastantes disgustos como para no emprender un armisticio.  No tenemos derecho alguno de tratar como a un enemigo a todo aquel que se atreve a experimentar otras formas de vivir y de ver la vida.  Sería muy recomendable incluso aprovecharnos culturalmente de esas diferentes visiones de la realidad, pues pueden aportarnos diversos enfoques del mundo y de la vida que enriquecerían nuestra conciencia.  Es mucho mejor abrirnos voluntariamente a un intercambio cultural, porque involuntariamente ya lo estamos haciendo.  Las personas sectarias viven entre nosotros, y, lo queramos no, el intercambio cultural es inevitable.  En unos casos para llenarnos de preocupaciones negativas, contagiados por los agoreros apocalípticos, y, en otros casos, influenciados por sus sugestivos entusiasmos.

No creo equivocarme si afirmo que la ya famosa “visión positiva” de la vida nació en las incubadoras sectarias para más tarde contagiar a toda nuestra sociedad.  Ya es de dominio público que la forma de ver la vida tiene una gran importancia para la felicidad del  ser humano.  Últimamente se está poniendo gran empeño en la necesidad de tener una visión positiva de la vida para ser feliz.  El “pensamiento positivo” se ha hecho muy popular.

            Una visión entusiasta ante la vida puede hacer que el programa de selección de preferencias de nuestro cerebro filtre los datos que le llegan de los sentidos y nos muestre un espectáculo de un mundo feliz.  Observar el mundo en positivo nos puede ayudar a ser más felices, pero hasta cierto punto.  Si las circunstancias de la vida se nos ennegrecen demasiado, si a través de la vista vemos un gran sufrimiento, violencia y muerte; a través del tacto sentimos grandes dolores y enfermedades, etc., ardua labor de selección estaremos imponiendo a nuestro cerebro para que continúe mostrándonos un mundo feliz.

            Muchas sectas obtienen su visión del mundo inducidas por sus maestros, doctrinas, moralidades, o sus escrituras sagradas particulares.  Mediante la fe en ellas programan su particular mapa de preferencias y obtienen una visión del mundo diferente a nosotros.  Pero nuestra mente difícilmente puede ofrecernos una visión positiva de una realidad negativa o viceversa.  El programa de selección de preferencias puede filtrarnos ciertas realidades que no deseemos ver, pero, si todo lo que entra por nuestros ojos está lleno de esas realidades, tarde o temprano habremos de modificar el programa de selección de preferencias para adecuarlo a la realidad que recibimos por nuestros sentidos.

            Ahora bien, cuando observamos a algunos miembros de sectas que parecen vivir en otro mundo muy diferente al nuestro, nos preguntamos cómo es posible que personas aparentemente normales puedan llegar a semejante grado de sugestión como para comportarse en contra de toda lógica y mantener esa postura durante tanto tiempo.  Sus actividades y posturas ante la vida nos hacen sospechar que no puede ser solamente su programa de selección de preferencias los que les dan una visión de mundo tan diferente a nosotros, sino que hay algo más.  Y así es: lo que principalmente les empuja a tomar esas actitudes tan extrañas, y tan diferentes a las nuestras, no son exclusivamente las sugestiones, sino las percepciones extraordinarias que les llegan a través de los sentidos.

            Estamos hablando de las percepciones extrasensoriales.  

 


 

LA PERCEPCIÓN EXTRASENSORIAL

 

            El estudio de las facetas ocultas del ser humano parece indicarnos que las limitaciones de nuestros cinco sentidos no son las que habitualmente creemos.  Todo parece indicar que por cada uno de ellos podemos recibir señales que no siguen los cauces normales.  Es como si pudiéramos ver y oír sin utilizar los ojos ni los oídos.  Existen infinidad de teorías esotéricas que pretenden explicar estos hechos.  Cada secta, cada doctrina, cada religión los explica a su manera, y siempre aprovechando la oportunidad para apoyar gratuitamente sus hipótesis sobre las magnitudes ocultas que ellos defienden.

No vamos a detenernos a estudiar todas las hipótesis que existen, pues se nos haría interminable, y seguro que nos dejaríamos alguna.  Si hubiera algún acuerdo entre tanta teoría lo anotaríamos, pero, como el clásico desacuerdo en este tema se hace más notable que nunca, no vamos a perder el tiempo en hablar de ellas.  

Las percepciones extrasensoriales parecen generarse en el propio cerebro, todo parece indicar que la materia gris destinada al sentido de la vista o del oído, por ejemplo, ve y escucha por su cuenta las señales que le llegan de otras zonas del cerebro.  De esta forma cada sentido puede percibir señales que no le llegan a través de su órgano correspondiente sino de la propia mente.  Y con esto no quiero decir que estas percepciones se produzcan exclusivamente en el individuo y no le lleguen también de fuera de él.  Si decimos que somos capaces de sentir, de ver y de escuchar a nuestra propia mente, también estamos diciendo que podremos ver, sentir y escuchar también señales del inconsciente colectivo, dimensión psicológica apenas explorada y de la que no conocemos sus límites. 

Las limitaciones de las percepciones normales de nuestros sentidos están definidas científicamente, pero las limitaciones de las percepciones anormales, extraordinarias, extrasensoriales, no están en absoluto definidas; éste es un terreno inexplorado, y, como tal, lleno de peligros.       

  Estas impresiones extraordinarias de nuestros sentidos suelen ser insignificantes comparadas con las percepciones normales.  De hecho, todas las personas tenemos algún tipo de percepción extrasensorial y no le damos apenas importancia.  Pero, cuando no sólo se le da importancia, sino que se les presta especial atención, se pueden producir cambios importantes en la personalidad de los individuos.  Una pequeña percepción extrasensorial puede cambiar toda una vida si el interés de la persona así lo propicia.  Recordemos que el interés mantenido sobre algo puede cambiar el programa de selección de preferencias de nuestros cerebros, y algo muy insignificante puede cobrar prioridad absoluta si así lo queremos.  Estas percepciones, si se toman con un interés proporcional al grado de sensaciones que habitualmente transmiten, no tienen porque producir importantes cambios en la personalidad.  Pero, si nos empeñamos en otorgarle un interés extraordinario, podemos originarnos transformaciones importantes de dudosos efectos, pues la inseguridad en los resultados que vamos a obtener del desarrollo de estas facultades está garantizada.  En los psiquiátricos acabaron muchas personas que se obsesionaron con estas percepciones anormales.  Mientras no sepamos más a ciencia cierta de dónde realmente provienen y cómo se producen, mejor es oírlas, si es que las tenemos que oír, como quien oye llover.

            También es cierto que podremos acudir a esas sectas expertas en estas cosas, donde se nos darán todo tipo de explicaciones a nuestras extrañas percepciones, e incluso se nos señalará que poseemos unas dotes extraordinarias que deberíamos desarrollar para nuestro bien, el de la Humanidad, y el de la secta, claro está.  De esta forma nos convertiremos en conejillos de Indias al servicio de los planes de experimentación de la secta, con el propósito de confirmar sus hipótesis.

            Cualquier persona es muy libre de experimentar con su cuerpo o con su mente introduciéndose por terrenos inseguros y llenos de peligros, de hecho, si así no se hubiera sucedido a lo largo de la Historia, apenas habríamos salido de la Prehistoria.  Lo que resulta intolerable en nuestro mundo moderno, donde tanto se defienden los derechos humanos, es que haya personas que estén sirviendo de conejillos de Indias sin saberlo. 

Cierto es que la mayoría de las veces los dirigentes de las sectas no son conscientes de los riesgos que están corriendo ellos y sus adeptos, están cegados por su ansia de encontrar la tierra prometida; como nuestros antiguos exploradores, emprenden expediciones llenas de peligros, embarcando a una tripulación ignorante de lo que le espera en una aventura que les hará padecer innumerables penalidades.  Sus objetivos son muy dignos de llevar a cabo; pero, por favor, sin engaños, prometer lo que no podemos dar es un fraude; delito que muchas veces no podemos denunciar porque la mayoría de sus promesas se nos dice que se cumplirán en la otra vida, y eso es algo que nadie puede poner en duda porque nadie regresa de allí para contarlo.

Por consiguiente, si no tenemos espíritu aventurero, y escuchamos pequeños sonidos que no nos entran precisamente por los oídos, o vemos tenues luces que no nos entran por los ojos, mejor no prestarles especial atención.  A nuestro potente ordenador cerebral se le puede perdonar algún pequeño cruce de cables que perturbe un poco nuestra sensible percepción.

Si por el contrario estamos dispuestos a desarrollar nuestra percepción extrasensorial, habremos de saber que pisaremos terrenos inexplorados, y si nuestro interés mantenido así lo propicia, podemos acabar convertidos en videntes que ven más con su mente que con sus ojos, y oyen más son su cerebro que con sus oídos.  Y con el sentido del tacto, del gusto y del olfato puede suceder lo mismo.  Los agradables aromas celestiales o el olor a azufre del infierno no son afirmaciones gratuitas, son experiencias extrasensoriales de aquellos que aseguraron visitar esos lugares.  Otro tanto sucede con el gusto, sintonizar con un nivel agradable o desagradable de nuestro inconsciente puede dejarnos un buen o un mal sabor de boca.  Y a través del sentido del tacto podemos sentir la presencia de esa entidad del más allá que nos puede poner los pelos de punta.

Son muy pocos los casos en los que este tipo de percepciones llegan a ser importantes, la mayoría de las veces es el interés o la obsesión del propio individuo quien propicia su desarrollo, cuando no es un impulso vanidoso de sentirse diferente a los demás, elegido por los dioses para percibir lo extraordinario.

Insisto en la tremenda peligrosidad que implican las percepciones extrasensoriales.  Si se quieren correr riesgos, adelante, pero siendo conscientes de que los estamos corriendo.  Podemos hacer uso de toda la información que nos han dejado infinidad de videntes en sus inmersiones por nuestros misterios profundos; cierto es que unos nos hablan de fabulosos tesoros encontrados, de dichas inmensas disfrutadas, sentidas a través de nuestra manera de percibir extraordinaria; no olvidemos los éxtasis de los místicos, auténticas orgías de sensaciones celestiales;  pero no olvidemos tampoco a quienes cayeron en los infiernos y padecieron visiones y sensaciones tan horribles que acabaron enloquecidos. 

Mientras no abramos seguras autopistas por nuestro inconsciente que nos lleven allí donde queramos ir, todo aquel que se introduzca en el mundo oculto del ser humano está dispuesto a correr unos riesgos que en la mayoría de los casos no son compensados por los resultados obtenidos.  Sin embargo, y a pesar de ello, muchas personas continúan adentrándose en su interior, poniendo un interés especial en ese tipo de percepciones, anhelando descifrar los sonidos que llegan de nuestra frondosidad inconsciente, y pretendiendo reconocer alguna figura en las sombras de la espesura de nuestra mente.

Este interés de escuchar algo más de lo que oyen nuestros oídos o de ver más de lo que ven nuestros ojos, hace que nuestro programa cerebral de selección de preferencias destine a gran parte de nuestra inteligencia para descifrar y entender lo que nos llega a través de las percepciones extrasensoriales.  Y, si en el capítulo anterior expusimos la capacidad que tiene nuestro cerebro de mostrarnos una visión de la realidad diferente de la que nos llega por los sentidos, cuando se trata de procesar los datos que nos llegan a través de la percepción extrasensorial, el riesgo de obtener una visión falsa de lo que estamos percibiendo es de un elevadísimo porcentaje. 

Nuestra inteligencia es tan lista que, cuando le pedimos insistentemente que nos dé una visión inteligente de unas vagas impresiones que estamos recibiendo, intentará componer con esos datos un esquema inteligente que encaje en nuestro puzzle cerebral, y, si lo consigue, nos dará la visión correcta; pero, si no lo consigue, se la inventará.  Y los datos aportados por las percepciones extrasensoriales, son tan difíciles de encajar en la lógica de nuestra inteligencia, que la mayoría de las veces nuestra mente ha de inventarse una visión personal de ellos para satisfacer nuestro empeño de entenderlos.  De hecho, en este tipo de percepciones, las deducciones lógicas de lo que se percibe son formadas, más que por las propias percepciones, por las creencias de los individuos que las perciben.  Esta facultad de fantasear de nuestra mente también se aplica a las percepciones que recibimos por nuestros sentidos, pero en un grado mucho menor, ya que la precisión de las leyes físicas de nuestro mundo que percibimos por los cinco sentidos no dan mucho margen para la fantasía.  Nuestra mente termina por aprender la fría realidad matemática de nuestro mundo tridimensional, aunque para ello haya necesitado tropezar varias veces en la misma piedra.  Nuestro cerebro procurará mostrarnos una visión de la realidad de lo que le llega por los sentidos lo más fiel posible, es de suponer que siempre procurará darnos una visión correcta de lo que tenemos delante de los ojos para evitar accidentes; no le resultará muy agradable que nos rompamos los huesos por no ver bien lo que tenemos delante de los ojos, sobre todo si esos huesos son los de la cabeza.

Pero este duro y obligado aprendizaje no se da cuando se trata de obtener una visión de las percepciones extrasensoriales, fuera de nuestra dimensión tridimensional no parece que existan leyes como las físicas gobernando las realidades.  Un ejemplo de ello lo tenemos en el mundo de los sueños, donde nuestra mente tiene libertad absoluta para mostrarnos cualquier tipo de realidad virtual.  La creación de las características figurativas de la realidad onírica no implican dificultad alguna para nuestra mente, cada noche creamos innumerables situaciones de realidad virtual.  Una de las funciones más importantes de nuestro cerebro, y a la que se le presta muy poca atención, es su capacidad de crear escenarios de realidad virtual, mundos y personajes creados exclusivamente para protagonizar en el teatro de nuestra mente impulsos que no protagonizamos en nuestra realidad tridimensional.  Las características figurativas de estos escenarios y personajes son extraídas de nuestra memoria, consciente o inconsciente, elegidos entre aquellos que estén más familiarizados con nosotros y mejor puedan escenificar las pasiones, los temores, conflictos, represiones, etc.  Lo importante para nuestra mente es hacernos vivir nuestros impulsos psicológicos, realizarlos en los sueños, y para ello elegirá un mundo y unos personajes que mejor puedan hacernos vivir esos impulsos.  Y al actuar así no está actuando caprichosamente, sino que responde a las órdenes de nuestros impulsos personales y al programa de selección de preferencias.  Y esto precisamente sucede cuando le ordenamos que nos interprete y nos dé una explicación a las percepciones extrasensoriales, prácticamente estamos obligando a nuestro cerebro a que nos cree realidades virtuales, cosa que hace muy a gusto y a poco que le insistamos; y, como nada le obliga a darnos una visión fiel de ese tipo de percepciones, nos ofrecerá la visión más lógica para nosotros, la que nos resulte más creíble, la fantasía que mejor nos podamos creer.  Buscará en nuestros patrones heredados culturales los materiales necesarios para crear un mundo esotérico o espiritual donde hará encajar las visiones y sonidos extraordinarios.  Y esto no es un capricho de nuestra mente, es el resultado de invitarla a darnos una visión precisa de unos datos tan imprecisos como son los que recibimos a través de la percepción extrasensorial. 

De todos es conocida la existencia de la telepatía, de la clarividencia y de la precognición, y seguro que la mayoría de nosotros hemos tenido vivencias relacionadas con estas capacidades extrasensoriales.  También es de todos conocido el fracaso de todos los intentos hechos hasta ahora para dominar estas facultades.  Las consecuencias de este fracaso no vienen exclusivamente porque no sepamos utilizarlas, sino porque cuando a nuestro cerebro le estamos pidiendo que las utilice y no se dan las circunstancias para que funcionen, entonces se las inventa: visionamos algo que no está sucediendo, prevemos cosas que no van a suceder, o nos inventamos una conexión telepática que no existe.

En los ámbitos espirituales esta capacidad de inventar escenarios virtuales se ha puesto de manifiesto a lo largo de la existencia de la Humanidad.  El ansia por explicarnos las experiencias de las percepciones extrasensoriales ha obligado a nuestra mente a crear mundos donde encajarlas, escenarios donde tuviéramos una visión más o menos lógica de tan ilógicas experiencias, realidades virtuales que incluso nos obligamos a creer en ellas a golpe de dogmas de fe, religiones que pretenden satisfacer las inquietudes espirituales, sectas que poseen su particular realidad virtual donde toman protagonismo los impulsos psicológicos del grupo, mundos elegidos por personas cansadas de sus frustraciones en la dimensión tridimensional; esperanzas de vida que no existen, inventadas por la poderosa máquina de generar realidades virtuales, por nuestro cerebro.

Por lo tanto, los personajes, entidades, dimensiones y estados de los que nos hablan las religiones o las doctrinas de los caminos esotéricos, no son creaciones fantasiosas sin ningún sentido; tras ellas se ocultan esencias de nuestra humanidad. 

El impulso sexual, por ejemplo, es una fuerza esencial en los individuos con el que generamos las fantasías oníricas que nuestro cerebro construye en la dimensión de los sueños.

Lo dramático se produce cuando esas imaginaciones, que en un principio sirvieron para escenificar unas pulsaciones psicológicas o para explicarnos las percepciones extrasensoriales, acaben tomando cuerpo en la conciencia humana y campen a sus anchas por la mente de los creyentes con vida propia.

Las sectas, que debieran de ser grupos de investigadores de lo oculto, acaban la mayoría de las veces atrapadas en sueños, en mundos de realidad virtual donde pretenden explicarse y satisfacer sus impulsos psicológicos espirituales.  Su diferente visión del mundo llega en muchas ocasiones a ser tan diferente del mundo real que crean en su imaginación mundos aparte.  Sofisticados escenarios esotéricos donde se protagonizan fantásticas tramas protagonizadas por las pulsaciones de la sombra humana.  Tal es el grado de realidad que la conciencia del grupo sectario puede imprimir en esos mundos virtuales, que incluso puede superar el grado de realidad de la dimensión tridimensional.  Y es entonces cuando se vive en una realidad no física, moviéndonos por este mundo como si viviéramos en otro.

Nuestra ansia por descubrir nuevos mundos nos ha llevado infinidad de veces a inventarlos.  ¿Qué otra cosa pueden ser, aparte de invenciones, los innumerables mundos espirituales contradictorios que nos enseñan las diferentes religiones, las vías esotéricas o las sectas?  Si alguna de ellas hubiera descubierto la auténtica realidad espiritual, ésta se hubiera impuesto a todas las demás que la contradicen.  No sucede así porque siempre se trata de imponer una realidad virtual sobre otra, algo que es imposible, porque cada sueño tiene su grado de realidad para quien lo sueña. 

 


 

PERCEPCIONES EXTRASENSORIALES EN HERMANDAD

 

Está sobradamente reconocida la efectividad del trabajo en grupo para conseguir determinados fines en cualquier ámbito de las actividades humanas.  Y en los ambientes esotéricos, religiosos o místicos, no iba a ser menos; la efectividad de sus grupos de trabajo también está demostrada, su poder creativo mental demuestra una gran capacidad para convertir en “realidad” cualquier tipo de fantasía.  La atmósfera sagrada generada por los rituales de un grupo espiritual propicia enormemente la creatividad.  Como dijimos en el capitulo anterior, nuestro cerebro no tiene limitaciones para crear realidades virtuales en las dimensiones espirituales, y, cuando son más de un individuo los implicados en este tipo de creaciones, los resultados son siempre sorprendentes, y adquieren un grado de realidad compartida indiscutible para quienes así lo perciben.  Y no sólo me estoy refiriendo a pequeños grupos de personas, muy a menudo estas creaciones son aceptadas por la gran masa de una sociedad y se convierten en escenarios y personajes reconocidos por la mayoría.  De hecho, no creo que haya existido en la Historia una sociedad que no acogiera algún tipo de estas creaciones, ya se tratara de una gran nación o de una pequeña tribu, siempre la colectividad aceptaba un tipo de escenarios virtuales, paraísos, cielos o infiernos, donde se desarrollaba la actividad de sus personajes, entidades espirituales, dioses, ángeles y demonios; virtuales también, por supuesto.  La mitología hace abundante acopio de este tipo de creaciones, como lo hacen también las diferentes religiones actuales, y por supuesto las sectas.

            Cuando dormimos, las vivencias oníricas son individuales, las crea el cerebro tomando datos de la mente de la persona; pero, cuando se trata de las creaciones compartidas que estamos hablando, los datos con los que se crean estos escenarios, magnitudes y personajes espirituales, son tomados de la mente colectiva, de la cultura de la colectividad o del grupo implicado, lo que permite un grado de sofisticación y de detalles mucho más complejo que si de un solo individuo se tratara. 

Convencer a un individuo de la existencia de una realidad espiritual que justifique su particular percepción extrasensorial, puede resultar relativamente fácil, pero convencer a toda una sociedad es mucho más complicado.  Para ello resulta necesario que los escenarios, personajes o magnitudes, sean creíbles por la mayoría, por lo que deberán de ser construidos con materiales extraídos de la propia cultura de la sociedad o de la secta en cuestión, y deberán también ser “soñados” por un grupo lo suficientemente grande e influyente como para convencer al resto.  Para otorgar un notable grado de realidad a estas creaciones, es necesario que haya un apreciable número de individuos de la colectividad que tengan las experiencias extrasensoriales mínimas que las apoyen.  Esta condición indispensable se da en las reuniones destinadas a fomentar la realidad virtual espiritual de que se trate.  En los ambientes de hermanamiento se dan las condiciones propicias, para obtener las experiencias extrasensoriales, que otorgarán realidad a las creaciones virtuales de los mundos espirituales imaginados.  La atmósfera sagrada introduce en una ensoñación colectiva al grupo de creyentes.  Una sutil embriaguez nubla la conciencia de este mundo y le da paso al mundo de los sueños espirituales, donde tomarán cuerpo las pulsaciones ocultas del hombre, en los escenarios y en los personajes soñados.  Después vendrá la fase siguiente: convencer al resto de personas de que aquello es real, algo que no implica demasiada dificultad aunque para ello sean necesarios años o siglos; pues cuando se ha creído una ilusión espiritual un considerable grupo de personas, la propagación de su creencia es sólo cuestión de tiempo.  Un grupo o sociedad de creyentes no tiene muchas dificultades para convencer a otro individuo de la realidad de sus creencias, si la persona en cuestión, por supuesto, no es ya un fanático creyente de otra realidad virtual espiritual opuesta, o un escéptico empedernido.

Para observar la influencia que la masa puede ejercer sobre un individuo, no hace falta meterse en esoterismo, en los espectáculos públicos como puede ser en un concierto de rock, en un acontecimiento deportivo, militar o artístico, tenemos claros ejemplos; en ellos se puede sentir el vibrar del público, sus emociones y sus sensaciones, y podemos observar lo tremendamente fácil que le resulta al individuo dejarse llevar por ellas; tanto es así que la persona puede llegar a traspasar sus propias limitaciones y acabar sorprendida de haber experimentado sensaciones que nunca tuvo o de haberse comportado como nunca lo hubiese hecho por sí misma. 

El único punto en común que pueden llegar a tener las personas de estos grupos es su interés por el espectáculo o acontecimiento que están presenciando, circunstancia suficiente para hacerlos vibrar al unísono y para proporcionarles vivencias extraordinarias. 

Pero, cuando la reunión tiene un objetivo que no es de este mundo, las vivencias que se pueden producir en los individuos pueden llegar a ser auténticas experiencias extrasensoriales.

En cualquier agrupación de personas se vive una especie de sintonización.  Cada individuo puede vibrar al unísono entrando en resonancia con los demás, como si de un contagio vibratorio se tratará.  En el capítulo de los chacras decíamos que eran centros de bioenergía corporales que vibraban y emitían las radiaciones que forman el aura, y parece ser que esas radiaciones traspasan nuestro globo bioenergético y las emitimos al exterior.  De estas vibraciones personales apenas se conocen sus características ni su alcance, lo que sí parecen provocar, en las personas predispuestas a ello, es una recepción de las emisiones producidas por las personas transmisoras.  Si ponemos dos instrumentos musicales próximos y producimos una nota musical con uno de ellos, el otro resonará también en la misma frecuencia.  Para que esto suceda entre nosotros será primero necesario que podamos vibrar a la misma frecuencia y estemos predispuestos a vivir esa sintonización. 

Los templos nunca fueron exclusivamente centros de adoración, fueron ante todo lugares de experimentación donde se generaba la atmósfera sagrada, el sumo sacerdote vibraba en trances alucinatorios y contagiaba a su auditorio.  Hoy en día se ha perdido bastante la espectacularidad de estos acontecimientos públicos, ya sea porque no existe en general una buena predisposición para experimentar los procesos sagrados o porque los sacerdotes oficiales no son capaces de hacernos vibrar como lo hacían los sumos sacerdotes de la antigüedad.  Cierto es que todavía nos queda, en los rituales que protagonizamos en los templos oficiales, una tenue presencia de la divinidad que se puede llegar a vivir, las oraciones y los cánticos en masa nos pueden elevar hacia dulces dimensiones espirituales, o hacernos sentir la culpa que nos invitará a los infiernos.  Pero, en el seno de muchas sectas, las experiencias extrasensoriales son mucho más espesas y cobran un notable grado de realidad, pues son capaces de generar atmósferas sagradas mucho más densas.  Sus miembros se abren a vibraciones esotéricas más profundas, y en sus sumos sacerdotes, gurús, predicadores, sanadores, etc., nos encontramos con la fuente generadora de la vivencia sagrada, o sencillamente con la dirección del éxtasis colectivo.

El hermanamiento es condición indispensable para que la experiencia extrasensorial en este tipo de grupos se produzca.  Mientras que en otro tipo de acontecimientos públicos basta con un interés común y pertenecer a una misma sociedad para integrarse en las vivencias del grupo, en los ámbitos espirituales es necesario una confraternidad entre sus miembros para que puedan sintonizar con niveles vibratorios elevados y generar una densa atmósfera sagrada.  El íntimo lazo emocional facilita la sintonización entre las personas, la unión entre ellas; necesitan vivir unidos las experiencias de otras dimensiones, apoyándose mutuamente y dándose confianza mutua.  Un escéptico en el grupo puede estropear toda una sesión vuelo místico, de ahí la intransigencia que siempre han demostrado los seguidores de las vías espirituales con las personas de poca fe.  Para que la realidad virtual espiritual cobre visos de realidad es necesario creer en ella, darle un voto de confianza al menos, después la mente se encarga de hacer el resto.

En nuestros días podemos observar en los debates públicos de creyentes con escépticos, como los creyentes defienden una realidad que sus detractores no conocen en absoluto.  Debates que suelen terminar en un diálogo de sordos, pues unos no se explican como los otros no pueden ver las realidades espirituales que ellos ven, y los otros no se explican que es lo que están viendo esas personas para que lo defiendan con tanto ahínco.  Los creyentes en las realidades virtuales espirituales ven un mundo particular que no puede ser compartido ni comprendido por quienes no creen en él.  Esta incomunicación se da también entre seguidores de diferentes religiones o sectas, sobre todo si éstas adoran a deidades diferentes ubicadas en parajes espirituales virtuales diferentes también.

Estas faltas de acuerdos nos han creado auténticas tragedias históricas.  Los debates no se hacían antes como los hacemos ahora, sino que se le cortaba la cabeza a quien no nos daba la razón.  De esta forma se defendía la realidad de las realidades virtuales, a punta de espada.  Hoy en día podemos sentirnos afortunados de que no sea así, al menos en los países desarrollados, donde el escepticismo es una opción libre de ser tomada por quien lo desee.  Como lo es también la fe, condición que continúa siendo indispensable para introducirnos en una realidad virtual espiritual.

Otra causa que une como una piña a los grupos o sociedades de creyentes es el pánico.  Las experiencias extrasensoriales asustan al más valiente.  Los seres humanos ante una situación de peligro nos unimos más que nunca, y por supuesto que el sumergirse en una realidad virtual espiritual produce un miedo espantoso.  Situación que siempre se querrá remediar introduciendo en ella entidades protectoras de los débiles humanos, porque en los mundos virtuales espirituales el ser humano se suele quedar en muy poquita cosa.  Miedos que tomarán cuerpo en lugares o personajes terroríficos de los que es muy difícil librarse, infiernos y demonios que sirven de justificación si no sales bien parado de la aventura, cosa que sucede a menudo.

Espero que me esté explicando lo suficiente para entender el grado de realidad que pueden adquirir las experiencias extrasensoriales en grupo.  Aunque hayamos visto que suceden en una especie de sueño místico, no conviene olvidar la fuerte impresión de realidad que experimenta quien lo vive.  No se trata de tenues ensoñaciones debidas a la sugestión, se pueden vivir autenticas películas de miedo o de gloria divina siendo el protagonista de forma muy real, sin tener la sensación de que se está viviendo una película.  Si recordamos esos casos en los que dormidos soñamos con un elevado grado de conciencia, de tal forma que en el momento de despertar no estamos muy seguros si el mundo real es el de los sueños o el de la vigilia, tendremos un ejemplo del elevado impacto en la conciencia del individuo que pueden tener los sueños.  Las percepciones extrasensoriales en hermandad provocan impactos de realidades compartidas de indudable existencia para quienes los viven.  El sencillo y peligroso juego de la ouija pone de manifiesto con que sencillez podemos poner en marcha percepciones de otras supuestas realidades.  Un sencillo mantra entonado en grupo desata unas fuerzas impresionantes.  Y la invocación de cualquier entidad espiritual encuentra respuesta segura cuando se realiza al unísono por más de una persona creyente.  Estas experiencias se hacen muy espesas y palpables para quienes las viven en grupo, bien podríamos decir que el grupo hace de amplificador y potencia su grado de realidad.  Todas las mentes unidas crean unas realidades virtuales espirituales mucho más reales que si lo hiciera un cerebro solamente.  Su grado de realidad puede llegar a ser tan poderoso que pueden hacer temblar nuestra realidad tridimensional.  Siempre ha sido así: la realidad física se resquebraja ante los fenómenos paranormales.  Desatado el fenómeno paranormal, apenas puede la persona incrédula negar su existencia.  Hasta hace unas pocas décadas nadie se atrevía a negar la existencia del demonio, por ejemplo, personaje que tiene un voluminoso historial de manifestaciones físicas en nuestro mundo.

Pero la culturización del pueblo, que tanto querían evitar los poderes eclesiásticos del pasado, nos ha llevado a conocer otras religiones; y ahora nos preguntamos si esos escenarios que en las realidades virtuales espirituales se describen, sus fuerzas, sus entidades y sus personajes, son en realidad reales.  De existir un cielo realmente, por ejemplo, no sabríamos como es, porque cada religión o secta lo describe de forma diferente, y con unos seres en su interior tan dispares de una descripción a otra que no podemos sino deducir que esos paraísos del más allá, con sus habitantes incluidos, no son sino creaciones de los seres humanos.  Seguro que, para el creyente, el cielo que él conoce es el real, con todas sus fuerzas y entidades incluidas; pero, si nosotros hemos de ser imparciales y procuramos no inclinarnos por ninguna opción que no sea evidente, no encontraremos, en un análisis comparativo, ninguna que nos ofrezca más visos de realidad que las otras.  Lo que nos lleva a deducir que todas son creaciones de quienes creen en ellas.

 


 

LA ATMÓSFERA SAGRADA

 

            A lo largo de todo este libro no vamos a dejar de utilizar este concepto y de desarrollarlo.  El estudio de la atmósfera sagrada es de suma importancia para entender el mundo sectario, es un ingrediente clave en la vida espiritual del hombre, y habitualmente se obvia cuando se habla de las sectas.  Podríamos definirlo como la consecuencia de una elevada vibración personal, esencia de toda vivencia espiritual y de la experiencia religiosa.  Son nuestros chacras superiores emitiendo vibraciones y generando una atmósfera espiritual en torno a la persona que vive este proceso, alcanzando elevadas densidades cuando es un grupo de personas las que vibran espiritualmente, generando en su entorno una atmósfera sagrada que se puede “respirar”.

Conviene aclarar que no estoy hablando de una vibración extraordinaria destinada únicamente para los elegidos, exclusiva de las personas religiosas. Nada más lejos de la realidad, la atmósfera sagrada la encontramos muy a menudo en la vida de las personas corrientes aparte de las actividades religiosas.  Es un aire sagrado que lo conocemos todos, rara es la persona que en algún momento de su vida no lo ha respirado intensamente en soledad o en grupo.  Especialmente en la adolescencia se viven momentos o temporadas que el elixir sagrado nos embriaga, se sea creyente o no se crea en nada.  Es la sustancia que crea el misticismo aparte de las creencias, es la vibración que abre nuestra mente al infinito, la que da cuerpo a lo divino.  Un amor platónico tiene mucho de sagrado.  Los artistas conocen muy bien la divinidad de su creatividad.  Un buen concierto de ópera, por ejemplo, puede sacralizar tanto a su auditorio como un ritual religioso.  Un buen museo es un templo de creatividad con su atmósfera sagrada propia, exponga temas religiosos o no.  Los enamorados se divinizan y se adoran mutuamente embriagados por los elixires de la atmósfera sagrada que los envuelve.  Lo sagrado es una sensación humana, aunque casi siempre la convirtamos en una sensación divina.

            Vamos a intentar dejar bien claro lo básico de este concepto, pues es esencial hacerlo para continuar entendiendo este estudio.  Para ello es necesario separar lo que estamos llamando atmósfera sagrada de lo que habitualmente la envuelve y se suele presentar unido a ella.  Nos va a venir de perillas continuar usando la metáfora del sexo para entenderlo.  (Lamento que esta traslación pueda resultar sacrílega a algunos creyentes, pero no encuentro otra mejor).  Todos conocemos la vibración sexual, y no nos resultará difícil entender que es una atmósfera sexual: aquella que puede emitir una persona sexy, o aquel ambiente generado por una pareja o grupo sumido en erotismo; pues bien, la atmósfera sagrada es otro tipo de vibración digamos que más espiritual, menos corporal, aunque se puede sentir por todo el cuerpo.  También sabemos que la energía sexual, la libido que llamaba Freud, no son los rituales amorosos, ni los genitales, aunque habitualmente fluya a raudales por ellos; así como tampoco la energía sagrada son los chacras que los emiten, ni los altares, ni los dioses, ni los rituales religiosos, aunque habitualmente fluya a raudales por ellos; éstas dos energías existen por sí mismas y dan cuerpo a todo aquello por donde circulan.  El río no existe sin el agua, pero no es el agua; estas energías son el agua de todo aquello por donde circulan, le dan realidad a todo lo que alimentan, pero no son esas realidades ya sean sagradas o sexuales.  Y tanto una energía como otra pueden ser experimentadas por una persona que no haya oído hablar de ellas en su vida.  El sexo, en aquellas culturas que lo reprimían, irrumpía en las personas sorprendiéndolas en la mayoría de los casos; y lo sagrado también es susceptible de ser experimentado en aquellas personas que nunca oyeron hablar de los cielos, de los dioses o de los santos, pues éstos son como ríos por donde fluye lo sagrado, mas el agua puede beberse en otras fuentes u otros ríos sin nombres, diferentes a los conocidos. 

La atmósfera sagrada es embriagadora y seductora, como la sexual; y crea adicción, como el sexo.  Los fluidos sexual y sagrado son tan semejantes en sus comportamientos que ambos consiguen unirse en perfecta armonía en los enamoramientos típicos de las parejas. 

La sexualidad es en el mundo material lo que la divinidad es en el mundo espiritual.  Y si ha sido lamentable lo que el hombre ha hecho con su sexualidad en el curso de la Historia, más lamentable es lo que ha hecho y continua haciendo con su divinidad; pues todavía no somos conscientes de que nuestro fluir divino es nuestro, no de caprichosos dioses, entidades o energías divinas ajenas a nosotros.  La sombra de la maldad humana se ha apropiado de la divinidad del hombre en muchos casos para causarle gran sufrimiento, una energía gloriosa en sí misma ha sido y está siendo causa de gran sufrimiento para gran parte de la Humanidad.  Espero que nadie se extrañe de este fenómeno, con la sexualidad nos sucedió algo semejante.  La violencia unida al sexo nos ha dado muchos disgustos y nos los continúa dando, y la represión sexual también ha sido causa de sufrimiento y de enfermedades mentales.  Una energía tan dichosa como es la sexual puede ser convertida en causa de gran sufrimiento.  Solamente cuando fuimos conscientes de que nosotros somos los primeros responsables de nuestra sexualidad, fue posible empezar a disfrutarla.  Y solamente cuando seamos conscientes de que nosotros somos los primeros responsables de nuestra divinidad, será cuando podremos empezar a disfrutarla.  Espero que este libro nos sirva para retomar la conciencia de lo que es nuestro.  La atmósfera sagrada es en el plano espiritual lo que la atmósfera sexual es en el material.

El sexo es una fuerza creadora de vida, y la atmósfera sagrada también lo es, con la diferencia de que la primera crea seres vivos en este mundo y la segunda crea también seres presumiblemente vivos pero en el otro mundo.  La vivencia sagrada conlleva un impulso creativo enorme que excita la imaginación de la persona más tranquila.  En mi opinión ella fue el origen de tan variopintas creencias espirituales que existieron y existen en el mundo.  Los artistas aprovechan el impulso creativo de la atmósfera sagrada que pueden llegar a sentir, aunque sea mínimo, para realizar sus creaciones.  Recordemos que la mayoría de las grandes obras artísticas de la antigüedad fueron religiosas, el arte sacro es una clara manifestación del gran impulso creador que conlleva la vivencia de lo sagrado.

            Mi experiencia personal reafirma este hecho: Cuando regresaba de asistir a seminarios, donde había respirado una densa atmósfera sagrada, experimentaba fuertes impulsos creativos.  Nuevas ideas bullían en mi mente, nuevos proyectos de futuro y las más sorprendentes creaciones mentales solicitaban mi actividad para hacerlas reales.  En ocasiones, permanecía meses, incluso años, borracho de elixires creadores, empeñado en realizar inventos al estilo Leonardo da Vinci que siempre acabaron en agua de borrajas.

            Las creaciones más sublimes del hombre, haciendo uso de la atmósfera sagrada, han sido y siguen siendo aquellas realizadas en las dimensiones espirituales.  Es sorprendente observar como la sustancia o vibración sagrada es capaz de dar cuerpo a la imaginación estimulada por la percepción extrasensorial.  La fantasía esotérica puede cobrar vida en otros mundos imaginados con un realismo tan sorprendente que puede llegar a influir y a manifestarse en la realidad de nuestro mundo.  La mitología nos habla de multitud de fantásticos mundos espirituales poblados de los seres más increíbles.  Realidades virtuales que afectaron muy directamente a la realidad de nuestros antepasados; así como en la actualidad nos están afectando a nosotros las realidades virtuales espirituales que están vigentes hoy en día.  En el seno de las religiones, de los caminos esotéricos y de las sectas, se mantienen vivas gran cantidad de estas creaciones.  Observemos en el siguiente capítulo esta gran capacidad creadora del hombre por lo ancho y largo del mundo y a través de la Historia.

 


 

LAS REALIDADES VIRTUALES ESPIRITUALES

 

Hagamos una lista de estos mundos del más allá para que podamos ir ampliando la idea que tememos de ellos, pues seguro que al menos uno ya lo conocemos.  Empezaremos por la realidad virtual espiritual que más nos atañe, la que se extendió por Occidente basada en las viejas creencias hebraicas plasmadas en el antiguo testamento de la Biblia.  En ella existe un cielo feliz plagado de ángeles y de personas que fueron buenas en vida, y donde reina un dios todo poderoso creador de todas las cosas, y, en contraposición, existe un infierno lleno de demonios y de personas que fueron malas, donde reina el demonio más malo de todos.  Los cimientos básicos de esta realidad virtual son antiquísimos, pero al paso de los siglos y de los milenios se fueron añadiendo “pequeños detalles” en su construcción.  Diversos enriquecimientos literarios sin importancia a no ser porque causaron grandes guerras y millones de muertos.  Se supone que el pueblo judío se quedó con la versión antigua.  Los cristianos introdujeron a Cristo y lo sentaron a la diestra del gran padre creador, algo con lo que no estaban de acuerdo los árabes, ya que para ellos el profeta del dios bíblico es Mahoma.  Y a estos cambios en las sagradas escrituras le sucedieron otros y otros, hasta hoy en día, época en la que existen multitud de religiones derivadas de ellos, cuyos mundos virtuales son muy parecidos entre sí, pero con alguna modificación que les costó la expulsión de la religión madre por su sacrílego atrevimiento. 

Sin salir de nuestra civilización podemos llegar a conocer una gran cantidad de estas variantes derivadas del tronco original hebraico, repartidas por el gran abanico de sectas asentadas en nuestras ciudades, donde también podemos encontrar realidades virtuales espirituales ajenas a la Biblia, y a nuestro tradicionalismo religioso.  Porque en la antigüedad existieron otras grandes creencias, diferentes escenarios espirituales a los descritos en la Biblia.  Algunos de ellos muertos o casi muertos, porque no tiene creyentes que los mantengan vivos, y si los tienen son en pequeño número; mundos que han acabado convertidos en literatura fantástica o infantil, como son aquellos donde habitan las hadas, los gnomos o los vampiros.  Entre los mundos espirituales más importantes desaparecidos tenemos al mismísimo Olimpo griego, lleno de poderosos dioses que gobernaron sobre los antepasados que vivieron en los orígenes de nuestra civilización occidental.  Y no olvidemos las realidades virtuales espirituales egipcias, plagadas de deidades. 

De estos mundos desaparecidos merece destacar la enorme cantidad de animales mitológicos que los poblaban, desde el famoso Minotauro hasta los dragones que raptaban a las princesas en el medioevo.  En este sentido la Biblia es una excepción de realidad virtual, en ella apenas residen personajes que no sean de forma humana.  Si descartamos las alas de los ángeles y los cuernos de los demonios, sus personajes tienen cuerpos bastante parecidos a los que tenemos nosotros.  Pero esto no es siempre así, en el resto de realidades virtuales nos encontramos con mundos exóticos plagados de dioses y de demonios de los más variados aspectos, donde las formas animales se entremezclan con las humanas.  La combinación más típica es la compuesta por un cuerpo humano y una cabeza animal.  El hinduismo contiene muchas de estas combinaciones, en los templos de la India nos podemos encontrar en los altares con un dios elefante, con otro dios mono, o con una diosa serpiente.  Aunque conviene aclarar que al mal le gusta disfrazarse mucho más que al bien, pues hay más diferencias con los humanos en los personajes malvados, con rostros terroríficos y cuerpos mitad animales mitad hombres, que en los personajes destinados al bien.  Está claro que los creadores de estos seres querían dejar bien claro la bondad de las personas de aspecto normal.

También existen notables diferencias respecto al “espacio” donde presumiblemente se ubican las realidades virtuales espirituales.  Popularmente situamos nuestro tradicional cielo allende las estrellas, y a nuestro infierno en algún lugar de las profundas entrañas de la Tierra, sin que tengamos muy claro donde se encuentran realmente.  Sin embargo, otras creencias sitúan a sus personajes espirituales en escenarios diferentes.  Mereciendo especial atención las creencias animistas, muy profesadas por el hombre primitivo, y que han perdurado hasta nuestros días.  Los dioses o espíritus de la Naturaleza no se suelen encontrar en cielos o infiernos semejantes a los bíblicos, sus hábitats espirituales son de los más extraño y sofisticado; aunque en ocasiones no son  lugares ajenos a nuestra realidad.  Un dios de una montaña se puede encontrar en las entrañas de su montaña, y el dios de cualquier raza de animales puede campar por los prados con sus manadas.  En el sinto japonés tenemos como ejemplo un gran panteón de dioses o espíritus de la Naturaleza.  En el chamanismo también observamos abundantes ejemplos de estos dioses y demonios de la Naturaleza, que han conseguido su resurgimiento en nuestra sociedad gracias a la proliferación de sectas animistas.    

Conviene reseñar que existen miles y miles de seres espirituales de naturaleza debido a que cada cultura, cada civilización o pueblo, que profesa cultos animistas, tienen sus dioses y demonios particulares diferentes a los demás pueblos, aunque sean espíritus de una misma planta, raza de animales, ríos o montañas.  Un dios de las vacas de una zona del mundo no se parece en nada al dios de las vacas de otro lugar, aunque las vacas sean iguales.  Por ello existen miles y miles de dioses repartidos por todo el planeta, aunque reinen sobre las mismas especies.  Ello es debido a que en cada lugar nacieron de creadores distintos, de diferentes culturas y civilizaciones; recordemos a los druidas celtas en Europa, a los chamanes indios americanos, a los mayas, y a la enorme variedad de pueblos asiáticos donde surgieron rituales animistas practicados desde hace miles de años.

Las creaciones virtuales espirituales parecen tener vida propia: nacen, crecen, se reproducen y hasta algunas han llegado a morir.  Para su nacimiento solamente necesitan de un grupo de influyentes videntes que la experimenten en su sagrado sueño compartido, después vendrá la santa anunciación al resto de la sociedad, y, si todo les es propicio a la criatura, y no se la ha engullido otra creencia contraria, el paso de los siglos la hará crecer aumentando su número de creyentes.  Si la suerte o la espada de sus defensores continúan animando su crecimiento, sobrevendrá el siempre doloroso y trágico trance de la reproducción, del cisma, del sector de herejes que percibirán en el mundo virtual original algún cambio sacrílego para su creencia madre. Y a un cisma le podrá seguir otro y otro, llegando a niveles de reproducción sorprendentes como en el caso del cristianismo.

Aquellas personas, muy interesadas por estos temas, quizás se sientan frustradas al creer imposible asistir a un nacimiento de una realidad virtual espiritual, porque habitualmente se consideran creaciones muy antiguas.  Para su alegría, he de decirles que la capacidad creadora de aquellos que experimentan la atmósfera sagrada no ha desaparecido, se continúan generando nuevas realidades espirituales, en realidad nunca se ha detenido el proceso creador.  Incluso en los momentos de un mayor monopolio de la espiritualidad por las religiones universales, los creadores de nuevas realidades virtuales, aunque no se atrevían a crear mundos totalmente nuevos, modificaban el mundo de su religión madre y creaban una nueva religión. 

La creatividad provocada por la atmósfera sagrada, religiosa en estos casos, no se detiene nunca, y se adapta a los cambios culturales de las sociedades.  Asistir a un nacimiento de una realidad virtual espiritual totalmente nueva sí que es mucho más difícil.  No porque nuestros antiguos tuvieran más imaginación que nosotros, sino porque un nuevo mundo espiritual solamente podrá nacer de una civilización nueva.  Recordemos que estos sueños compartidos nacen de la cultura de los pueblos que los sueñan.  Ahora podríamos preguntarnos si nuestra cultura es lo suficientemente novedosa como para que emerjan de ella realidades virtuales espirituales totalmente nuevas.  Pues parece ser que así es.  El moderno desarrollo tecnológico de nuestra civilización nos aporta un nuevo ingrediente cultural esencial para crear nuevas realidades virtuales espirituales no nacidas de otras viejas.  Este es el caso de los mundos de ciencia-ficción plagados de extraterrestres.  Los estudiosos del fenómeno religioso están de enhorabuena, pueden observar en vivo el nacimiento de una realidad virtual espiritual, el fenómeno ovni esta ahí con su gran número de creyentes que aumenta día a día. 

            También conviene recordar en este capítulo que, a pesar del inmovilismo de muchas religiones, los mundos virtuales espirituales están en continuo cambio, sobre todo en nuestros días, cuando tantos cambios suceden sin cesar en nuestra sociedad.  Cuando una religión defiende su inmovilismo a ultranza, corre el riesgo de perder su integración con una sociedad en progreso.  Una de las claves del éxito en la propagación de muchas sectas es su flexibilidad a la hora de adaptarse a los movimientos culturales de los pueblos.  La cultura y las realidades virtuales espirituales conviven en un régimen interactivo, influyéndose mutuamente; si la creencia se niega a ser influenciada por los cambios sociales corre el riesgo de morir.  En estos tiempos de libertades, están sucediendo enormes cambios culturales a una velocidad sorprendente.  Las realidades espirituales están experimentando unos cambios como nunca sucedió en la Historia, y a un ritmo muy poco habitual, pues siempre estos cambios necesitaron mucho más tiempo que el que ahora necesitan para cuajar en las masas de creyentes.  No cesan de desaparecer viejos métodos de realización espiritual mientras aparecen otros nuevos.

Otra consecuencia de esta exuberante creatividad es la cantidad de mezclas de estos mundos que se están produciendo en la actualidad en las sectas, cogiendo un poco de este mundo y otro poco de otro, unos personajes de éste y otros de aquél; resultando de esos cócteles divinos asombrosos mundos espirituales donde Jesucristo se sienta al lado de Buda, o la virgen María lucha contra los dragones medievales.  A medida que aumenta en la población el conocimiento de nuevas realidades virtuales espirituales, es inevitable que se creen nuevos mundos en el más allá mezclas de todos ellos. 

            Cuando se estudian las grandes obras de la Humanidad se suelen ignorar las creaciones espirituales, al hombre le cuesta reconocer su capacidad creativa de dioses y de demonios, como también le costó reconocer que sus sueños son creaciones suyas.  El creyente no puede deducir que la realidad virtual espiritual en la que cree sea creación suya o de sus antepasados, pues él mismo se considera una creación de las entidades divinas que él considera creadoras de toda forma de vida.  Digamos que él se considera una creación de sus propias creaciones espirituales.  Aptitud suficiente para dar viso de realidad a sus sueños espirituales y olvidar su protagonismo y participación en ellos.

            Y, como se puede sospechar, el hombre ha creado a lo largo de su Historia infinidad de divinidades que se le antojaron creadoras del mundo, del universo y de él mismo.  Han existido, existen y existirán, multitud de entidades divinas creadoras del universo, con notables diferencias entre sí. (Digo esto para quienes pueden llegar a pensar que se trata de un solo dios con diferentes nombres).

Podríamos continuar realizando un análisis comparativo de estas deidades y realidades virtuales espirituales más detallado, pero dudo si será muy conveniente para mi seguridad en este mundo, demostrar con demasiados detalles, que todo escenario religioso de los otros mundos son una realidad virtual.  Muchos creyentes se sentirán insultados ante semejante atrevimiento y podría crearme demasiados enemigos.  (Aunque sería aplaudido cuando calificara de ilusión una creencia que no fuera la suya).  No sería el primer escritor perseguido a la antigua usanza por herir la frágil estructura de estas realidades virtuales.  La violencia con que se han defendido siempre estas santas realidades ha sido espantosa.  A lo largo de la Historia se desataron multitud de trágicas guerras donde los creyentes en unas realidades virtuales espirituales intentaban borrar del mapamundi al resto de creyentes en otras para imponer así la suya.

Cabe preguntarse cómo es posible que estas santas realidades hayan dado cabida ―y sigan dando― a tanta violencia.  Si la atmósfera sagrada es el seno de donde surgen, y ésta es una atmósfera de amor y de paz y origen de los milagros, ¿cómo es posible que tenga cabida en ella la violencia?  Si volvemos a retomar el ejemplo comparativo del sexo, observaremos que él también es muy positivo en sí mismo, pero es también un gran generador de fantasías.  La imaginación se desborda en proporción directa a la intensidad de vibración experimentada ya sea ésta sexual o sagrada.  En un caso serán las fantasías sexuales, y en otro serán las fantasías espirituales.  Creaciones mentales que podrán ser tan positivas como las energías que las alimentan, o, por el contrario, podrán ser creaciones perversas brotadas de las semillas del mal humano plantadas en las energías vírgenes.  Entonces tendremos las aberraciones, sexuales en unos casos, y sagradas en otros; violaciones y agresiones sexuales o espirituales.  La perversidad generada por la mente humana es capaz tanto de dañar la función tan positivamente creadora del sexo como la de la atmósfera sagrada.  Lo más habitual es que la mente humana realice sus creaciones mezclando tanto el bien como el mal en ellas, consiguiendo así infinidad de matices.

A lo largo de este estudio no cesaremos de observar la gran cantidad de variopintas creaciones que la mente de los artistas esotéricos han creado y  continúan creando, e intentaremos descubrir aquellos aspectos que en su origen no son precisamente sagrados aunque se presenten como tales.

Estas fuerzas o personajes de las realidades virtuales espirituales son representaciones de nuestras profundas fuerzas o pulsaciones psicológicas, que podemos percibir a través de la percepción extrasensorial.  Nuestro subconsciente nos representa nuestras propias realidades internas de esta forma semejante a como lo hace cuando dormimos en los sueños.  Las realidades virtuales espirituales son sueños, no son creaciones conscientes, pero no por eso dejan de ser importantes, en ellas se encuentra representada toda nuestra profunda realidad, e incluso influyen en nuestra realidad física.  La mayor diferencia con los sueños del dormir radica en que las realidades virtuales espirituales son sueños compartidos por quienes creen en ellas, no por el resto de personas no creyentes o creyentes en otras realidades virtuales.  De ahí que cuando se otorga realidad, a una de estas ilusiones espirituales, se anulen automáticamente el resto de las demás.  Un creyente que “sueña” en la realidad virtual de su creencia no puede creer en otra diferente, pues no se pueden tener dos sueños simultáneamente.  De ahí que existan tantas creencias tan diferentes y tan incomprendidas entre sí. 

Si todos los grandes videntes espirituales hubieran visto un mismo cielo, un mismo dios o unos mismos personajes espirituales, no habría problema, todos creeríamos que son ciertos.  Pero, como sucede en el mundo de los sueños, nuestra realidad interna se escenifica de forma diferente según sea un individuo u otro quien sueña.  En unos grupos humanos el bien y el mal se escenifican de distinta forma a otros grupos, todo depende de la cultura a la que pertenece cada grupo, y si en uno el representante supremo del bien aparece con un aspecto determinado, en otros lo hace de forma diferente.  Después suele venir la disputa entre grupos de creyentes en un tipo de representación o de otro, defendiendo unos una imagen y otros la otra, defendiendo uno a un dios y otros a otro, sin explicase cada uno cómo el otro puede ver algo diferente a lo que ellos están viendo.

Los escenarios de nuestros sueños cuando dormimos son creaciones nuestras, de nuestra mente, aunque no las realicemos conscientemente; en ellas se representa únicamente nuestra vida interior, aunque muchos de los personajes que aparezcan en nuestros sueños nos hablen y nos dé la sensación que no son creaciones nuestras.  En las realidades virtuales espirituales sucede lo mismo, pero habitualmente de forma compartida, lo que aumenta el grado de realidad del sueño esotérico.  En las diferentes atmósferas sagradas, donde se crean o se recrean estos sueños de realidades virtuales espirituales, las entidades espirituales o fuerzas divinas son parte de nosotros por mucho que creamos que no tenemos nada que ver con ellas y que existen por sí mismas.  Soy consciente de que esto es muy difícil reconocerlo, en especial para el creyente; al igual que cuando estamos soñando nos será casi imposible reconocer que tanto el escenario así como los personajes de nuestro sueño son creaciones de nuestra mente.  Despiertos, podemos entender que el toro, aquél que nos perseguía en un sueño, es una creación de nuestra mente; pero, cuando lo soñamos, sufrimos la trágica persecución como si fuera real.

La atmósfera sagrada es propicia para “soñar sueños compartidos” vividos con tal grado de realidad que se convierten en creencias religiosas.  Y, como en el caso de los sueños, esto será muy difícil reconocerlo mientras se continúe soñando.

 


 

LA TRANSMUTACIÓN DE LAS ENERGÍAS

 

            El auge que las ciencias han experimentado en el último siglo, en los países desarrollados, ha introducido en nuestra cultura popular un gran número de términos científicos que a su vez han sido absorbidos por los diferentes caminos espirituales.  La utilización de estos términos permite dar explicaciones más sofisticadas y detalladas de las magnitudes espirituales,  incluso de esta forma dan la sensación de ser más convincentes al imprimirles un carácter científico.

            Entre todos ellos, el concepto de energía es el más utilizado en todas sus variantes y sinónimos.  Ya forman parte del vocabulario esotérico popular expresiones como: el poder de la fuerza, la radiación divina, la luz sanadora, la energía universal, el poder mental, las radiaciones cósmicas, las fuerzas del lado oscuro, las energías armonizadoras, las buenas y las malas vibraciones, las energías positivas, negativas, constructivas, destructivas, etc.

            Por supuesto que el término energía siempre se ha utilizado, pero nunca con tanta asiduidad como en la actualidad.  Las religiones, las vías espirituales o esotéricas, o los métodos sanadores, que incluyen alguna forma de energía en sus doctrinas, están de enhorabuena en los tiempos actuales.  El utilitarismo de nuestra civilización acepta muy complacido la utilización de cualquier tipo de energía, con tal de que sirva para mejorar el potencial personal de los individuos.  Ser más fuertes suele atraernos más que ser mejores y más espirituales.  El gran interés que despiertan las energías ―sean del tipo que sean― está mermando el viejo protagonismo de los dioses, incluso en muchos casos los dioses están siendo sustituidos por las energías.  Esto nos puede dar la impresión de habernos liberado de la brutal prepotencia de viejos dioses, pero en realidad apenas sucede cambio alguno cuando la creencia en un dios se sustituye por la creencia en una energía.  Lo que antes era un dios, ahora se llama energía.  Muy a menudo las energías esotéricas hacen el mismo papel que las deidades, solamente cambia el calificativo, se hace más moderno y más científico; pero el creyente se relaciona con él como si de deidades se tratara. 

Probablemente, la deidad y la energía sean la misma cosa, un dios sin energía no es nada, y toda energía está sometida a unas leyes que la gobiernan, y las leyes que rigen el comportamiento de una energía son interpretadas por el creyente como impuestas por la voluntad divina.  En la antigüedad las energías se convertían en deidades como por arte de magia, y, hoy en día, las deidades de la antigüedad se están convirtiendo en energías por la influencia del pensamiento científico.  Incluso con la deidad suprema, el dios infinito, está sucediendo algo semejante, ahora resulta habitual dirigirse a él llamándolo poder superior, luz infinita, suprema energía de vida, poderoso espíritu soberano, etc.

No se puede evitar que las creencias estén influenciadas por nuestra cultura, nuestros intereses personales o nuestras circunstancias.  Nuestros antepasados creaban realidades virtuales espirituales relacionadas con las fuerzas de las Naturaleza, mundos imaginados que daban acogida al dios de las aguas, del viento y del sol.  Dioses que tenían un aspecto u otro según les iba a sus devotos en su relación con las fuerzas que representaban.  Si el clima era benigno con ellos, los dioses que los creyentes veían eran de aspecto muy agradable; pero si les iba mal la cosa: las aguas se convertían en torrentes destructivos, el viento en huracanes, o la sequía otorgaba al sol un poder abrasador; los dioses que ellos verían no serían de aspecto muy agradable.  Este es un ejemplo práctico de cómo las energías, en este caso las fuerzas de la Naturaleza, fueron convertidas en dioses diferentes. 

Como venimos diciendo, cuando nuestra mente no es capaz de darnos una explicación lógica que podamos entender sobre algún acontecimiento, entonces, si continuamos insistiendo, pidiéndole una explicación, nuestro cerebro nos la dará creando una realidad virtual que nos explique lo que en realidad no podemos explicarnos de otra manera mejor.  Podríamos pensar que esto ya es Historia, y creer que las ciencias nos dan explicaciones suficientemente satisfactorias como para no tener que crearnos realidades virtuales.  Esto es verdad en relación con las magnitudes físicas comprendidas científicamente; pero, con las psíquicas o espirituales, estamos como nuestros antepasados estaban con las fuerzas de la Naturaleza, no cesamos de utilizar realidades virtuales para explicarnos y poder entender las movidas de esas energías por nuestros interiores.

En el yoga encontramos un ejemplo práctico de todo esto que estoy diciendo y que a mí  me tocó vivir muy de cerca.  Kundalini es la energía madre del yoga, yace dormida en nuestro interior, y en su despertar reside nuestra realización como seres espirituales.  Es una diosa muy poderosa.  Su despertar en nosotros requiere un laborioso proceso que puede necesitar para ser concluido varias vidas, según el yoga, claro está.  Muchos occidentales pensaron que esto era así porque en la India no se conocía el despertador, y, ni cortos ni perezosos, se lanzaron a intentar despertar a la bella durmiente.  Los que lo consiguieron, comprobaron que el ruido del despertador no es bien recibido, no solamente por los que vivimos en este mundo, sino que también molesta a quienes viven en el otro, y se encontraron con una diosa enfurecida convertida en una serpiente de fuego bastante enojada.  Cuando yo hacía yoga ―como comenté en el capitulo de los chacras― también tuve la desgracia de despertar esa fuerza que de poco me abrasa vivo.  Yo no recuerdo haber puesto despertador alguno (ya había sido avisado del peligro que corría), pero se conoce que, cuando anduve por mis interiores, debí de hacer algún ruido de más que despertó a la diosa antes de tiempo, y se me desató la tragedia.  Gracias a que hoy puedo contarlo, incluso en clave de humor; pero doy testimonió de que ese tipo de energías no son ninguna broma.  Cuando decidí bucear en mí para ver que estaba sucediendo en mis profundidades, allí estaba esa serpiente de fuego, era como una barra al rojo vivo que amenazaba con atravesar mi cuerpo, incluso emitía una especie de silbido semejante al que emiten las serpientes.  Más tarde aprendí que esa misma energía, que de poco me destroza los nervios, es representada en otras ocasiones como una madre toda llena de amor.  ¿Cómo es posible que una deidad pueda ser a la vez algo destructivo o algo sumamente beneficioso?  Pues de la misma forma que para nuestros antiguos era la diosa de las aguas: cuando todo iba bien era una diosa de vida y alegría, pero si se convertía en torrente y arrasaba todo lo que pillaba por delante, entonces era un demonio maligno. 

Kundalini es una fuerte radiación bioenergética de nuestro cuerpo, su poder es semejante a la fuerza del agua contenida en un enorme pantano, si nos equivocamos al manipular las compuertas de la presa, o éstas se rompen por alguna causa, el poder de las aguas es netamente destructivo, pero si su fluir se regula de forma adecuada, es una fabulosa fuente de vida.

 Hoy en día, la mayoría de nosotros no vemos deidades en las aguas, sencillamente porque conocemos casi todos sus misterios, desde los meteorológicos hasta los químicos.  Nada nos induce a pensar que haya un espíritu gobernando el líquido que sale por nuestros grifos.  ¿Quién se puede creer hoy en día que en torno al agua, al fuego, al viento, a los volcanes y al sol, existan dioses dirigiendo su comportamiento?  Está claro que aquellas religiones primitivas eran producto de la ignorancia sobre las fuerzas de la Naturaleza, eran causa del miedo y de la superstición del hombre antiguo.  ¿Y no nos resulta ahora obvio deducir de qué son producto las religiones actuales, así como tanta vía espiritual llenas de intrigas, amenazas apocalípticas, misterios insondables, peligros terribles, energías aplastantes, dioses y demonios que nos exigen grandes sacrificios?     

Hasta que no descubramos todos los entresijos de las profundidades de nuestra mente, continuaremos creando realidades virtuales para explicarnos lo que nos sucede.  Si nuestras energías psíquicas latentes se desatan sin control pueden causarnos verdaderos estragos, y entonces creeremos que se trata de una energía negativa o de un demonio que nos está fastidiando, pero si fluyen a través de nosotros de forma armoniosa y son causa de bienestar, entonces creeremos que se trata de un tipo de energía positiva o de una deidad beneficiosa derramando sus gracias sobre nosotros.

Es necesario comprender esto para continuar adelante.  Las energías psíquicas o espirituales son algo natural, pero las deidades que se nos antojan representándolas son invenciones nuestras o de nuestros antepasados, como también lo son cuando nos las imaginamos solamente como determinadas energías gobernadas por leyes implacables, con propiedades y aplicaciones específicas sin ninguna base científica.  Teniendo en cuenta que, cualquier creencia sobre una energía de la naturaleza, como pudiera ser la del viento, no se va a ver afectada en su comportamiento, creamos que la gobierna el dios A o el dios B.  El viento seguirá soplando según las leyes de la meteorología, no según las ordenes del dios que queramos ponerle encima.  Pero nuestras fuerzas psíquicas o espirituales sí que se ven afectadas por nuestras creencias.  Yo no hubiera tenido la experiencia que tuve con Kundalini si no hubiera sido un yogui creyente.  Si mis estudios esotéricos hubieran seguido otra disciplina espiritual, yo habría experimentado mis movidas internas de forma distinta. 

Las fuerzas de nuestro interior son moldeadas por nuestras creencias.   En cada realidad virtual espiritual residen diferentes tipos de energía que dan fuerza y vida al mundo virtual y a sus personajes o deidades, si es que los tienen.  Vuelvo a insistir en la tremenda capacidad creadora de fantasías espirituales de nuestra mente.  El ser humano, con su energía psíquica, y sumergido en una atmósfera sagrada, ha sido capaz de crear innumerables mundos virtuales plagados de unas energías o deidades energéticas de una variedad y de un colorido inmenso.  Ha creído en ellas, las ha sentido, y ha vivido para ellas. 

Las creencias influyen en las experiencias.  Nuestras energías se transmutan en aquello que tenemos fe.  Los escenarios virtuales religiosos, o de cualquier vía esotérica, toman vida real en nuestro interior y en nuestro mundo si creemos en ellos, y nuestras energías internas se moverán en ese escenario, darán vida a los dioses o energías en los que creamos; de esta forma condicionaremos nuestra vida con sus limitaciones, olvidándonos de que todo es producto de nuestra creatividad. 

Para el creyente en su deidad o en su energía particular estoy cometiendo un  tremendo error sacrílego al decir esto, pero seguro que estará de acuerdo conmigo en que las deidades y las energías de las otras religiones son invenciones fantásticas; lo malo es que los creyentes en ellas piensan lo mismo de la suya.  Al fin y al cabo todos los creyentes terminarán dándome la razón cuando trate de examinar una religión o una vía espiritual que no es la suya.

El gran descubrimiento del gran gurú de la física, Albert Einstein, también se puede aplicar las dimensiones mentales o espirituales, pues todo parece indicar que las energías psíquicas o espirituales ni se crean ni se destruyen, únicamente se transforman en las fuerzas, magnitudes, personajes o entidades que contienen la realidad virtual que nuestra fe certifica como real.

 


 

LA ASTROLOGÍA

 

Las radiaciones cósmicas son un tipo de sutiles energías que nos llegan del Universo, y parece ser que nos afectan directamente.  Está demostrado que la luna afecta a los organismos vivos, y que delicadas reacciones químicas, semejantes a las que se producen en el interior de nuestros cerebros, pueden verse afectadas por las radiaciones que nos llegan de los astros.  Pero a partir de ahí, las ciencias apenas conocen mucho más, el desconocimiento de nuestro cerebro en su totalidad, y el de las radiaciones que nos llegan del firmamento, impiden que podamos obtener una idea claramente científica de cómo estas sutiles energías influyen en nosotros. 

A pesar de que el hombre sabe desde tiempos inmemoriales que los astros nos afectan, desconocemos en detalle cómo lo hacen; pero ―como he dicho en anteriores capítulos― el ansia del ser humano por hallar respuestas, para aquellas preguntas que todavía no está capacitado para responder, le lleva en muchas ocasiones a inventárselas, y para ello crea universos virtuales donde desarrolla sus hipótesis, las hace realidad, y se responde en su mundo imaginario a las preguntas que de otra forma no podría responderse.

La Astrología es una de estas realidades virtuales que intenta mostrarnos cómo las energías cósmicas influyen en nosotros.  Se dice de ella que es la nueva religión estrella de nuestros días, pues tiene sobre las demás ciertas ventajas especiales, como por ejemplo que no es necesario acudir a templo alguno ni estar afiliado a ninguna religión o secta para ser un fiel seguidor de las predicciones astrológicas; esto facilita que sus adeptos se oculten en el anonimato.  Se puede ser un fanático de la astrología sin perder el status de persona normal.  En los horóscopos que los medios informativos nos ofrecen a diario podemos saber cómo nos van a afectar los astros, y, si queremos una información más personal y detallada, podemos acudir a un astrólogo con la misma facilidad que acudimos al médico.

La Astrología se ha introducido en nuestra cultura como ninguna otra realidad virtual esotérica lo ha hecho en los últimos años.  Como sucedió con el Yoga, nuestra sociedad cienticifista la ha acogido por sus connotaciones científicas, por su cariz astronómico, por la rigurosidad que parece deducirse de sus complicados cálculos matemáticos, y por no poseer apenas escenarios religiosos.  Los signos de zodiaco hoy en día no se consideran dioses o fuerzas divinas, se interpretan como fuerzas astrales, aunque algunos de ellos sean antiguos dioses convertidos en energías. 

El atractivo principal de la Astrología radica en su supuesta capacidad de predecir el destino.  Llegar a conocer el futuro siempre ha sido muy deseado, aunque casi nunca conseguido.  Lástima que exista tanta falta de acuerdos entre los astrólogos a la hora de confeccionar los horóscopos.  Recordemos que la falta de acuerdos es algo típico de toda realidad virtual.  Y, como toda realidad virtual, es de una  tremenda fragilidad, es una seudo ciencia desarrollada en una realidad imaginaria sin ningún fundamento científico; sólo se mantiene en pie por nuestra creencia en ella.  Podemos darle un margen de confianza a esta observación milenaria de los astros y al estudio de cómo nos afectan, pero recordemos cuanta paja tuvo que soportar la Humanidad durante milenios de explicaciones esotéricas en torno a las inclemencias meteorológicas, por ejemplo.  Cuando hacía viento no se reconocía como un hecho natural, era el dios del viento el que soplaba, y gigantescos dioses continuaron soplando hasta que descubrimos las causas científicas de los meteoros. 

No hay gran diferencia entre el hombre antiguo, sugestionado por el poder del dios del trueno, y el hombre moderno sugestionado por la fuerza de Plutón.  Tanto es así que es muy difícil saber cuando son los astros quienes influyen en la vida del adicto a al astrología o cuando es su sugestión quien determina el rumbo de su destino.

El principal error del fanático de la astrología ―como el de cualquier otro fanático― es creer que esas energías que nos llegan de los astros son las “únicas” que dirigen nuestra vida.  Cuando en realidad nos relacionamos con tantas fuerzas y energías que resulta un grave error dar prioridad en nuestras vidas a cualquiera de ellas.  Porque recordemos que a todo aquello que le demos prioridad, en la dimensión mental o espiritual, se desarrollará en nosotros, crecerá desplazando a otras formas vitales de nuestra persona, y acabaremos desequilibrados, con unas fuerzas y energías muy desarrolladas, muy presentes en nuestras vidas, por haberlas potenciado con nuestro interés, y con otras sin apenas desarrollar por no haberles prestado interés alguno.  Si dirigimos nuestro programa de selección de preferencias sobre un determinado tipo de energía exclusivamente, acabaremos viviendo en una realidad virtual construida por dicha energía y por sus derivados o transmutaciones.

Por ello es necesario reconocer si hemos alcanzado un insano grado de adicción partidista hacia cualquier realidad virtual.  Para ello primero habremos de descubrir la realidad imaginada y después nuestro grado de adicción. Nuestra adicción no es difícil descubrirla, basta con que alguien ponga en duda la realidad virtual en la que creemos ciegamente para que se nos revuelvan las tripas, pues ese tipo de creencias necesita de un fanatismo visceral que le dé realidad.

Desenmascarar a una realidad virtual no es difícil, incluso siendo adictos a ella; si nos esforzamos por ser objetivos y sinceros, podremos reconocerla.  Hay una pista infalible para descubrir una ilusión esotérica: toda realidad virtual espiritual se forma con elementos extraídos de la cultura de los pueblos, sociedades o grupos que las generan, y si se ha creado una realidad virtual en torno a determinado tipo de energías en una civilización, es casi seguro que en otra parte del mundo, en otras culturas diferentes, se hayan creado otras realidades virtuales diferentes en torno a las mismas energías.  Por ejemplo: un dios del viento de una cultura antigua era distinto del dios del viento de otra cultura totalmente diferente.  Esta es una forma de erradicar fanatismos.  Una amplia culturización de los individuos nos da el ingrediente básico para eliminar la ciega creencia en estos mundos ilusorios.  El fanatismo de una persona puede resquebrajarse si observa la existencia de otras personas tan fanáticas como ella que defienden una realidad virtual diferente u opuesta sobre el mismo tema y con el mismo ahínco.

La astrología no es una excepción a esta regla de diversidades ilusorias.  Existen otras realidades virtuales espirituales astrológicas diferentes de la popularmente conocida por los doce signos del zodiaco.  En el lejano oriente tenemos el horóscopo chino, basado en los ciclos lunares, al que aconsejo que se le preste un poco más de atención para desmitificar nuestra astrología occidental.   (También está empezando a llegarnos a Occidente noticias del horóscopo azteca, pero está mucho menos introducido en nuestra sociedad que el chino).  Los sabios chinos hicieron un sorprendente trabajo para ayudar a entender al pueblo llano los complicados cálculos astrológicos.  Los doce animales del horóscopo chino ejercen su influencia cada uno en cada año, y cada doce años se vuelve a renovar el ciclo.  Cada persona tiene las características del animal de año en el que ha nacido, y en cada año nos irá diferente según el animal reinante en ese año.  Esta compleja interrelación entre las psicologías de estos animales resulta muy fácil de asimilar y no exige cultura alguna, ya que cualquier analfabeto conoce la personalidad de estos animales y su relación entre ellos.  Y por supuesto que su efectividad es tan comprobable como lo es en nuestra astrología babilónica, a pesar de ser totalmente diferente a ella.  Incluso en algunos casos pueden las personas descubrir que define su personalidad mucho mejor que la astrología zodiacal.

El partidario de la astrología, como el que lo es de la religión, o de cualquier vía esotérica o espiritual, hará muy bien en conocer otras alternativas semejantes a la suya para abrirse a nuevos horizontes, ampliar sus opciones de elección, y, en definitiva, aumentar su grado de libertad.   Si Marte nos está dando mucha guerra, no estaría nada mal echarle un vistazo al horóscopo chino, porque igual en él encontramos un pronóstico, para el animal que somos, de un tiempo de placida bonanza.  Es en estas contradicciones donde se pone a prueba nuestra capacidad de elección, según deseemos paz o guerra nos inclinaremos por utilizar un horóscopo u otro.  Ésta es una buena manera de retomar nuestro auténtico poder para dirigir nuestro destino.

Yo mismo me confieso influenciado por las predicciones astrológicas, pero, como no se me dan bien los complicados cálculos de la astrología zodiacal, y las predicciones que puedo observar en los horóscopos de los periódicos y revistas son contradictorias, y, además, como me niego a gastarme dinero alguno en astrólogos, porque yo consultaría a más de uno para contrastar datos, y seguro que no se pondrían de acuerdo en cómo me va a ir, he optado por la astrología china que me lo pone más fácil y es menos contradictoria (no se si por el hecho de que haya menos astrólogos chinos en Occidente).  Así que he escogido el año del buey para que este trabajador animal me ayude a realizar el esfuerzo de escribir este libro, y procuraré editarlo en el año del tigre, tiempo propicio para las revoluciones culturales, ya que necesitaré un apoyo extra para que ni yo ni el libro seamos aplastados por las fuerzas tradicionalistas. 

 (He de notificar que cuando escribí por primera vez este capítulo así pensaba que iba a suceder, no contaba con que este estudio iba a ser tan extenso ni que iba a necesitar tanto tiempo como el que he necesitado para concluirlo.  Se me pasó el año del tigre sin editarlo, llegó el año siguiente, el año del gato, también llamado el año del conejo o de la liebre, y se conoce que a estos tiernos animalitos no les gustó como había quedado lo escrito, por lo que le estoy dando un repaso.  Espero que este año, o el siguiente, el del dragón, sean unos años propicios la edición de nuestro “paseo por el interior de las sectas”.  No me gustaría tener que esperar doce años para que cada animal estelar chino me diese el visto bueno al texto).

Como se puede observar, quien no se monta su particular película astrológica es porque no quiere.

 


 

EL YIN Y EL YANG, EL KI Y EL PRANA

           

            Volviendo a recordar el capítulo de la transmutación de las energías, y como continuación del de la Astrología, vamos a centrarnos ahora en otros diferentes matices energéticos que varias vías espirituales o esotéricas nos muestran.  Uno de esos principales matices nos llega del taoísmo, en esta vía espiritual se afirma que todas las realidades existentes se sustentan por estar sometidas a la dualidad.  Sólo existe una realidad total e infinita que existe por sí misma, y ésta es el Tao.  La creación se forma al dividirse esta magnitud universal primordial e infinita en innumerables pares de opuestos que dan realidad a todos los elementos de nuestra realidad.  Es como si toda la creación funcionase a pilas, cada elemento de ella tiene su polo positivo y su polo negativo por el que circula una corriente que lo mantiene en la dimensión de la realidad, y a su vez cada elemento es un polo opuesto de otro elemento similar a él pero diferente, entre los cuales también circula una corriente o una energía que les da vida a ambos; se trata una atracción repulsión semejante a la fuerza de gravedad compensada por la fuerza centrifuga que mantiene en equilibrio a los sistemas planetarios y a los átomos. 

La teoría del Yin y del Yang nos dice que nada existe sin polaridad, de hecho, nos dice que es precisamente la polaridad lo que da la vida.  Toda la creación parece haber sido llevada a efecto por un poderoso ordenador y programada en un sistema binario.  Todo es reducido por esta doctrina a Infinidad de dualidades en una compleja interrelación:  Cielo y tierra, masculino y femenino, frío y calor, alto y bajo, positivo y negativo, vida y muerte, vacío y lleno, acción e inacción, expansión y contracción, separación y unión, grande y pequeño, blanco y negro, etc.  Son las innumerables formas que adopta el Yin y el Yang, en un difícil equilibrio entre su atracción y repulsión mutua.  El camino del Tao enseña a buscar ese equilibrio en todas las cosas; por supuesto, también en uno mismo.

La mayor dualidad que nos afecta más directamente a los seres humanos la forman dos energías primordiales que nos llegan una de arriba, del cielo, que nos entra por la cabeza, y otra de abajo, de la Tierra, que nos entra por la parte inferior del cuerpo.  Ellas son el aspecto energético de la eterna dualidad humana entre la materia y el espíritu.  Casi todas las vías esotéricas, que se dignan a esquematizar las corrientes que circulan por nuestro cuerpo, nos hablan de estas dos principales entradas de energía.  Nuestro delicado y poderoso sistema bioenergético es alimentado por la corriente bioeléctrica que se forma entre estos dos polos, uno positivo y otro negativo.  Toda nuestra maquinaria vital es abastecida por esta corriente que pone en funcionamiento al resto de los chacras según le ordene nuestro programa de selección de preferencias.

            Pero los chacras no sólo realizan la función de estimular los nervios, provocarnos sensaciones y llevarnos a actuar, también tiñen nuestra visión con su color particular.  Estos centros energéticos, cuando están radiantes, emiten sus radiaciones, colorean nuestra aura, y todo lo que vemos a través de ella lo observamos del mismo color, como si lleváramos unas gafas del color predominante en nuestra aura; de ahí que la vibración del chacra en particular que esté irradiando más en nosotros será el que más condicione nuestra visión del mundo.  Esto nos muestra que el cuerpo no es solamente elemento de percepción y experimentación, sino que además es una especie de proyector de luz coloreada que nos pinta todo lo que vemos.  Nuestra visión está impregnada de nuestras propias energías personales.  Y cuando se trata de realidades virtuales espirituales, entonces, si es un sólo chacra el que domina sobre los demás, no se limitará a colorear la realidad virtual, también la invadirá, ocupándola totalmente y actuando como lo hacen los dioses, de forma absoluta, convirtiéndose en la esencia de todo, en la sustancia con la que se construye ese mundo virtual espiritual; la energía del chacra será la fuerza creadora de la vida, la esencia del universo, virtual, por supuesto.  En el sueño esotérico sucede como en los sueños normales, si en ellos prima la energía sexual ―por ejemplo― será un sueño erótico, y, si prima cualquier otra energía, será ella la que imprima sus propiedades en los escenarios soñados y en sus personajes.

Como ya hemos advertido en los capítulos anteriores, baste estudiar algunas de las energías más populares en esoterismo para observar en ellas el mismo viejo y ancestral totalitarismo de los principales dioses de las religiones.  Cada una de estas energías, para sus seguidores, son tan únicas, básicas e imprescindibles para la vida, como lo es cualquier dios de cualquier religión para sus devotos.  Se trata del mismo totalitarismo virtual típico en la mayoría de los espíritus sectarios.

            Si en una vía esotérica en cuestión prima el chacra del sexo sobre los demás, pues sus seguidores creen que la sexualidad es la función primordial de la vida, el elixir de la evolución espiritual, la fuerza del alma, el fuego alquímico de la transmutación, etc., estos creyentes verán sexualidad hasta en las piedras, pues para ellos el sexo es un dios omnipresente.  La creación fue el resultado de un acto sexual divino, un parto a lo bestia.  E intentarán divinizar toda sexualidad que vivan en su cuerpo.

            Pero si vamos ascendiendo por el cuerpo, a la altura de las tripas, nos encontramos con el Ki, energía también llamada Chi, muy popular en los ambientes de las artes marciales.  Por supuesto que también se considerará como la energía vital cósmica que habita en el universo y da vida a todos lo seres que lo pueblan.  Según el arte marcial que la trabaje, será utilizada para romper con la frente un montón de ladrillos ―sin romperse uno la cabeza―, para derribar al oponente que tenga un Ki más bajo que el nuestro, o para entrar en una danza cósmica que termine con las narices de nuestro oponente en el suelo por no ser tan buen bailarín como nosotros.

Bromas aparte, como en el caso del sexo, quienes trabajan con esta energía se la toman muy en serio, reside en el Hara, centro energético que está debajo del ombligo.  (Yo apenas la he experimentado y no puedo hablar de ella con propiedad).  Podríamos decir que quien la experimenta siente una especie de armonía sagrada, de fuerza de vida que exige todo un esforzado trabajo interior para poder ser vivida en plenitud.

Si ahora nos centramos en el Yoga, y nos detenemos a la altura del pecho, nos encontraremos con el depósito más importante de Prana, otra energía tan totalitaria para sus seguidores como las otras dos anteriores; se trata, por supuesto, de la energía universal que da vida a todo lo existente.  Mediante el pranayama, ejercicio respiratorio que el aficionado al Yoga realiza muy a menudo, se toma el Prana del aire, se acumula en los pulmones y después puede ser utilizado para revitalizar cualquier zona del cuerpo. 

(Me temo que en nuestros ambientes urbanos no podrá funcionar el pranayama como antiguamente; el Prana acumulado en nuestros pulmones puede llegar a ensuciarse tanto por la contaminación atmosférica que podemos acabar llenos de toxinas en vez de la sutil energía que andábamos buscando).

Continuando con nuestra ascensión por el cuerpo llegamos al tercer ojo, a la glándula pineal.  Sus fervientes partidarios ven luz en todas las partes, y si no la ven se la imaginan, sobre todo en la realidad virtual que se inventan.  La luz divina todo lo impregna, todo es luz, la vida es luz, y la luz es dios, nosotros somos luz y el único camino es el que lleva a la luz.  Estos son los más visionarios de todos los seguidores de estas diferentes modalidades energéticas.  Las reacciones de este chacra se producen precisamente en el centro de la cabeza y no necesitan de ser emitidas al exterior para afectar a la visión de las cosas.  En muchas ocasiones la luz que ellos ven no llega más allá de sus narices.

Y no nos olvidemos de los amantes de las divinidades que no cesan de cantar, como trovadores enamorados, las glorias del amor divino.  Ellos viven en un mundo rosa donde todo es amor, pues la omnipresente divinidad amorosa que ellos adoran todo lo impregna.  Quizás estos son los más dichosos, hoy en día es muy difícil encontrar unas gafas de color de rosa que nos convenzan de que todas las barbaridades que suceden cotidianamente en este planeta están impregnadas de amor.

Cada una de estas modalidades energéticas deja bien claro que cuando algo no marcha bien, o se produce una enfermedad, es porque vivimos un desequilibrio energético o porque sufrimos alguna carencia de su energía particular:  No sabemos mantener en equilibrio el Yin y el Yang en esa situación, estamos desperdiciando nuestra energía sexual, tenemos muy bajo el Ki, estamos sufriendo una deficiencia de Prana, nos falta luz, no hay amor en nuestra vida o ―recordando el capítulo anterior― no nos favorecen los astros.

Hay explicaciones para todos los gustos.  No terminaríamos nunca de hablar de estas diferentes energías totalitarias.  En los innumerables métodos que utilizan los sanadores y sanadoras de las medicinas alternativas, nos encontramos con una gran variedad de energías con personalidad propia, todas ellas bastantes diferentes entre sí, con propiedades muy dispares e impregnadas de la personalidad del sanador o sanadora que inventó el método de aplicarla.  Y todas ellas con las susodichas características totalitarias, de las que se resalta ex profeso sus facultades sanadoras, cuando no milagrosas.  No es el sanador quien realiza la curación, es esa energía especial elevada a la categoría de divina quien sana al paciente.  Y la enfermedad, por supuesto, es la carencia de esa energía particular.  El resto de las energías que desconoce cada sanador no tienen importancia para él, pues la suya, la que él utiliza, es la mejor, la verdadera y la única.  ¿Existen grandes diferencias entre esta actitud con las energías y la postura que adoptan las religiones con sus deidades particulares?


 

INTENTOS UNIFICADORES

 

            La invasión en los ambientes culturales esotéricos de tanta diversidad de energías, y de dioses totalitarios, está produciendo un descenso popular de su credibilidad.  Al sincero buscador ya le resulta intolerable este escándalo de tan disparatadas ofertas.  Solamente la persona que comienza a iniciarse en actividades sectarias, o lleva desde la infancia practicando una religión sin conocer las demás, puede ser convencida de que aquello que le están presentando es lo mejor y lo único.  En cuanto se comienzan a estudiar otras opciones, donde se comprueba que también se ofrece lo inmejorable, insustituible y supremo, la duda y el escepticismo minan la credibilidad de todas ellas. 

Por mucho que se ha predicado a lo largo de la Historia la existencia de un padre único para todos los hermanos que poblamos la tierra, nunca se ha conseguido que nos lleváramos bien tan desavenida familia.  Proclamas que consiguieron separarnos más, porque cada religión afirma poseer, en su cielo particular, al auténtico padre nuestro, todos ellos diferentes entre sí.

No pueden existir dos dioses ni dos energías artífices de la creación.  Las religiones, las sectas, las diferentes vías o caminos espirituales y los sanadores, sabiendo esto, siempre intentaron remediarlo presentando a la competencia como algo maligno, demoníaco; las otras vías, religiones o sectas, no se debían ni nombrar so pena de sufrir grandes males.  Pero, como esta actitud amenazante no les está sirviendo de nada para defender su absolutismo en estos tiempos modernos, ya que el desarrollo cultural de los pueblos está descubriendo su sucio juego, ahora se les empieza a notar un pequeño interés por clarificar todo el batiburrillo insostenible de deidades y de energías esotéricas omnipotentes.  Conscientes del ridículo que están haciendo, pretenden ahora subsanar este error milenario con tímidos acercamientos de posturas presumiblemente más tolerantes.  Pero estos pequeños pasos son a todas luces insuficientes.  Hasta que los dogmas de fe no se cambien de raíz, continuaremos siendo testigos de esta absurda competencia por atribuirse unas competencias que, de existir, ya habrían sido concedidas desde la creación a quien correspondiera.  Mientras no se abandone el ansia por la prepotencia virtual, continuaremos siendo testigos de la absurda lucha por un trono que, de existir, llevaría muchísimos milenios ocupado.

En esta era de acuario se está pregonando a diestro y siniestro la llegada  de la religión de las religiones.  Existe tal ansia popular por extirpar las prepotencias partidistas, en los niveles espirituales, que se está proclamando la llegada de una religión universal que acoja a todas las demás y las unifique.  Esta proclama parece insinuar que las religiones llegaron a la Tierra como por arte de magia, y que la nueva religión también habrá de hacerlo de la misma manera, como caída del cielo, sin que nosotros tengamos mucho que ver en ello.  A veces, en los caminos espirituales estamos tan rodeados de fuerzas, entidades y dioses, que nos olvidamos de nuestro propio protagonismo.  A dios gracias que existen los ateos para recordarnos que somos nosotros los únicos protagonistas de todos estos montajes.  

Si fueron nuestros antiguos intereses los que propiciaron la creación de tantos totalitarismos religiosos, habrá de ser a base de un gran desinterés como desmantelaremos semejante montaje virtual.  Será necesario abandonar el instinto de posesión, al menos en las dimensiones espirituales, para evitar la tentación de apropiarnos de ellos.  Disponibilidad altruista que precisamente brilla por su ausencia en los ambientes donde el altruismo y las posturas desinteresadas deberían de derrocharse a diestro y a siniestro.  Los mayores santos místicos siempre estuvieron dispuestos a entregar todo de sí mismos excepto su creencia en la prepotencia de la deidad particular que adorasen, muchos entregaron su vida antes de negar que su dios era el único y todopoderoso creador del Universo.  Son muchas las deidades que se han defendido con sangre, son muchos los mártires de la fe en todas las religiones.  Esta especie de instinto por defender lo indefendible (ya que es ridículo defender algo que se anuncia como omnipotente), prevalece hoy en día en los creyentes.  Y si hoy no corre la sangre, al menos en los países desarrollados, es porque el infiel discrepante no es perseguido con las armas como antiguamente, gracias a la libertad religiosa.

Por consiguiente, nos encontramos con el poderoso y ancestral instinto posesivo de las verdades religiosas, en oposición a un nuevo y tímido deseo de unificación de tanta diversidad totalitaria insostenible.  Después de tanta guerra santa, emergen débiles intentos negociadores de la paz.  La Iglesia Católica ha pedido perdón por sus grandes errores históricos cometidos; esto es algo que le honra en la actualidad.  Dirigentes de diferentes religiones se están reuniendo en congresos con la intención de aclarar el caos espiritual producido por la unión de las culturas y de sus respectivas religiones.  Actitudes que son de agradecer y pueden terminar por hacer desaparecer totalmente del mundo las terribles matanzas religiosas que tanto han asolado nuestro planeta.  Pero la abrumadora prepotencia de los dioses creadores impide que una paz total se extienda por las dimensiones espirituales, pues continúan triunfando las viejas creencias, desafiantes entre ellas, sobre las nuevas pretensiones reconciliadoras.  La guerra fría entre los poderes espirituales es el resultado de estos tímidos acercamientos.  Muy pocos creyentes están dispuestos a ceder el trono del creador del Universo, anunciado en su particular realidad virtual espiritual, a otros dioses creadores de otras religiones.

Y en el caso de los creyentes en una energía creadora del Universo, el ánimo de aproximar posturas a otras vías que promulgan otro tipo de fuerzas supremas, parece encontrar más facilidades para llevarse a efecto que cuando se trata de deidades; pero solamente en apariencia, ya que el creyente que siente plenamente un tipo de energía dentro de sí, a la que le concede los supremos poderes de las deidades, no tiene inconveniente en aceptar otros tipos de energías como supremos poderes universales, siempre y cuando se acepte su semejanza a la energía que él considera como única fuerza creadora del Universo.  Estos creyentes están dispuestos a aceptar la unificación de todas las energías creadoras en una sola, siempre y cuando todas la demás se parezcan a la suya, o mejor dicho, sean igual que la suya, en definitiva, sean la suya propia.  Si recordamos el capítulo anterior, donde expusimos la gran variedad de energías que se mueven por los mundillos esotéricos, habremos de reconocer que, por mucho que se empeñe el seguidor de una de ellas en promulgar que todas las demás son en realidad la suya propia, no puede convencer a nadie que haga un minucioso análisis comparativo entre todas ellas. 

La tentación de convencerse y de querer convencer a los demás de estar en la posesión del descubrimiento de la energía madre, origen de todas las demás, no es nada nuevo.  Este tipo de intentos unificadores los hemos contemplado en todos los albores de las ciencias, los científicos de aquellas épocas, deslumbrados por sus descubrimientos, no dudaban en proclamar como sumamente trascendente para la existencia lo que ellos acababan de descubrir.  Sería más tarde cuando la evolución del conocimiento científico pusiera todos esos descubrimientos en su sitio.  Ahora, este tipo de insostenible intentos unificadores nos los encontramos en los actuales albores de la ciencia del espíritu.  Será más tarde cuando la evolución de nuestro conocimiento del alma ponga a todas las energías espirituales correctamente en lugar que le corresponden.

Y cuando se trata de intentar unificar a las divinidades, si son deidades de poca monta, con ciertas semejanzas y con limitados atributos, las que se pretenden agrupar en una sola, se suelen hacer, como en el caso de las energías, intentos unificadores con grandes dosis de ignorancia y de soberbia.   Se pretende convencer a los creyentes de una fe que el resto de deidades menores, a primera vista semejantes de otras vías o religiones, son en realidad las mismas que la suyas, sólo que en otra parte del mundo, en otras culturas, les pusieron otros nombres porque utilizaban otro idioma.  Otro minucioso estudio comparativo nos descubrirá que realmente hay alguna semejanza entre esas deidades, pero que en absoluto se puede tratar de la misma deidad, ya que las diferencias entre ellas son tan notables que es imposible se trate de una misma entidad.  Esto se da muy a menudo con los seres angelicales de los diferentes cielos, con las vírgenes, con los grandes santos, y con los grandes demonios.  Quienes creen que son reales los seres de su realidad virtual espiritual particular, creen a su vez que los seres de otras creencias son los mismos que los suyos.  Algo totalmente insostenible cuando se hace un detenido estudio, pues se observa sin lugar a dudas que son seres diferentes, nacidos en espacios diferentes, de culturas y de mentes diferentes, y que trasmitieron mensajes muy diferentes.

La soñada gran unificación tiene grandes impedimentos para llevarse a efecto, aunque el mayor obstáculo unificador nos lo encontramos, no en los personajes, sino en los mundos virtuales espirituales.  Los escenarios en los que los dioses se desenvuelven, al igual que los demonios, son de una diversidad enorme.  Existe un cielo para cada dios, un paraíso para cada tipo de deidad angelical y un infierno para cada tipo de demonio.  Las notables diferencias entre ellos impide pensar que todos los paraísos de todas las religiones sean en realidad el mismo.  El paraíso cristiano no se parece en nada al musulmán, ni estos se parecen en nada a los diferentes paraísos de las deidades hindúes.  Cualquier minucioso estudio de los detalles de esas realidades virtuales demuestra que son creaciones muy diferentes entre sí, imposible de unificarlas todas sin desvirtuarlas.

El creyente modernista, con voluntad unificadora, suele pretender realizar el proceso unificador intentando meter a los dioses y energías, de las otras vías y religiones, en el mundo virtual que él conoce; pero otorgándoles una posición secundaria, desvirtuando así las cualidades de las deidades o de las magnitudes que no son las suyas.  En un paraíso con un sólo trono para un sólo dios creador de todo el universo, rey de todas las cosas, no hay cabida para otros dioses creadores ni para otros reyes.  Cuando se invita a otro dios de otra cultura, como mucho, se le considerará un noble invitado que se sentará a la mesa de los banquetes paradisíacos.  Nunca se le considerará cocreador con la deidad adorada por el creyente.  ¿Se imaginan un reparto de la creación entre todos los dioses creadores que existen?  Sería algo ridículo, y muy difícil de llevar a efecto.  Aunque se podría hacer por sorteo: uno se llevaría  la creación de las aguas, otro la creación del viento, otro la de la tierra, la de los astros...

            La solución ideal para el problema unificador sería crear un nuevo y complejo universo espiritual donde todas las deidades y energías tuvieran cabida, una especie de parlamento democrático virtual donde se debatiría el destino del Universo, un cielo donde tuvieran cabida todos los dioses conocidos y se pudieran repartir el pastel de la creación, como hacemos con el pastel de nuestro mundo real; pero muchas de las más importantes deidades y energías totalitarias se nos quedarían en nada al perder su omnipotencia infinita por tener que compartir su poder con otros dioses u otras energías.

Cada deidad o energía es inseparable del escenario virtual donde desarrolla su actividad.  Cada personaje de un sueño es inseparable del escenario del sueño.  Estas invenciones espirituales del ser humano son completas en sí mismas, cada personaje o fuerza es inseparable del escenario donde se desarrolla su actividad.  Si deseamos encontrar la esencia de todos estos sueños de la Humanidad, una teoría que unifique tanta diversidad, tendremos que esforzarnos por interpretarlos, por psicoanalizarlos.  Pretender defender que unos personajes de los sueños son más importantes que los de otros sueños, que en esencia nos dicen lo mismo, es absurdo.  Nuestra mente puede crear infinidad de personajes para decirnos lo mismo en diferentes sueños.  Cada persona escenifica en sus sueños lo mismo que otras pero con escenarios y personajes diferentes según sus culturas o nivel intelectual.  Y con los sueños espirituales sucede igual.

Los chinos tienen dioses chinos en paraísos chinos y con costumbres chinas, los negros tienen dioses negros con costumbres africanas.  Cada cielo y cada dios es una creación de una cultura de una civilización.  Si cada creyente continúa defendiendo las diferencias de sus sueños espirituales con las de los sueños del resto de creyentes, nunca habrá unificación.  Los detalles de los sueños pueden ser de una variedad infinita.  Y nuestra mente no ha cesado nunca de crear realidades virtuales espirituales, es su forma de decirnos algo, probablemente lo mismo, pero de multitud de formas diferentes.  Si no encontramos la esencia de tanta diversidad, no habrá unificación, pues la mente humana no ha cesado nunca de crear infinidad de sueños esotéricos muy diferentes entre sí.  No esperemos que nos muestre un sueño único, una misma película con unos mismos personajes, ella escoge sus escenarios y actores de la fantasía de sus creadores, fuente infinita de variedades.

La mente humana crea y recrea sin cesar mundos y más mundos espirituales diferentes, es una actividad que no ha cesado nunca.  En el seno de las realidades virtuales espirituales más populares y más estables, como puede ser el cristianismo o el budismo, no han cesado nunca de emerger nuevas ramificaciones, nuevas religiones o sectas que, sin cambiar en esencia la realidad virtual espiritual, se atrevieron a realizar importantes cambios en sus escenarios virtuales, ya sea en sus cielos o infiernos, en sus personajes o deidades, o en las propiedades de sus fuerzas celestiales o demoníacas.

En cuanto fallece un fundador de una religión, vía espiritual o método sanador, desaparece la principal mente del grupo que sostiene íntegra la realidad virtual espiritual, y son precisamente sus discípulos más allegados quienes crean nuevas ramificaciones basadas en divergencias entre ellos.  Crean nuevos mundos virtuales espirituales de acuerdo con su visión particular.  De esta forma la diversificación está servida.  Los impulsos de división en las dimensiones espirituales o esotéricas son de una fuerza mucho mayor que el actual incipiente impulso que pretende unificar a todas las realidades virtuales espirituales.  El moderno impulso unificador apenas puede competir con el ancestral impulso separador. 

Nosotros vamos a seguir buscando la soñada unificación, la esencia que subyace tras tanta diversidad onírica, observando todo aquello que nos ofrece nuestro paseo por el interior de las sectas.

 


 

DIFERENTES FORMAS DE INTENTAR LLEGAR A DIOS

 

            Nos estamos refiriendo al dios declarado como infinito creador de todas las cosas, al que cada religión totalitaria declara como el único y el más grande.  Es el dios que no da cabida a otros dioses tan poderosos como él, aunque cada religión monoteísta defienda un dios infinito diferente.  Este dios ―que deberíamos de escribir con mayúsculas―  es por definición la entidad, energía o magnitud, que unifica todas las realidades existentes.  Es su propiedad de omnipresencia la que da cabida todo lo existente y lo unifica.  Una genial idea de unificación que muy lejos de unirnos al resto de las cosas o a los demás, nos ha dividido en fanáticos bandos de ciegos creyentes; una genial idea de paz universal bajo un mismo gobierno divino que nos ha traído innumerables guerras. 

            Y, aún así, la búsqueda continúa.  Existe un viejo cuento oriental que denuncia la problemática en la que nos encontramos los seres humanos cuando “percibimos” lo que damos en llamar dios.  En esencia, ese cuento nos muestra como un grupo de ciegos se acerca a un elefante para intentar comprender como es ese animal.  Uno tras otro lo tantean para tomar conciencia de él a través del tacto; pero cada uno toca solamente una parte del animal: uno le toca una pata, otro la oreja, otro la trompa, otro la tripa, otro el rabo…  Y cada uno queda satisfecho de la impresión que ha obtenido del elefante.  El problema viene cuando se cuentan los unos a los otros lo que cada uno ha percibido la realidad del animal.  Uno dice que el elefante es como una columna, otro que es como una gran lona en movimiento, otro como una manguera, otro como un enorme globo, otro como una cuerda…   La incomprensión mutua hace presa en ellos: no se llegan a poner de acuerdo en como es un elefante; y, como cada uno defiende su parte de razón, sin comprender la de los demás, terminan muy enfadados los unos con los otros.

            En este sencillo cuento se resume lo que nos sucede a los seres humanos cuando tenemos oportunidad de aproximar nuestra conciencia al “infinito paquidermo cósmico”.  En el caso de que existiera ese dios infinito, casi siempre instauramos una fe totalitaria sobre ese “algo” que sólo hemos llegado a conocer en parte.  Las religiones son una muestra de esta ciega y arrogante actitud humana, así como lo son también las vías espirituales que definen a un dios infinito basándose en percepciones incompletas. 

A simple vista, parece mentira que la estupidez humana haya podido alcanzar estas cotas de arrogante soberbia cuando hemos tratado los temas teológicos, pero así ha sucedido casi siempre.  Los grandes místicos fundadores de religiones, o vías de realización espiritual, tantearon la realidad divina que les tocó en suerte percibir, y sobre estas parciales percepciones se levantaron descomunales teologías en desacuerdo mutuo que muy frecuentemente acabaron en sangrientas disputas. 

Pero esto no sólo es consecuencia de la estupidez o de la soberbia, también es resultado de la ignorancia y de las limitaciones humanas cuando nos relacionamos con el infinito.  En el cuento faltan detalles que complican todavía más la realidad de los hechos:  El “elefante”, si es un fiel representante del dios infinito, debería de ser un animal con dimensiones infinitas, de esta forma cada ciego experimentaría una parte del “elefante” infinitamente grande, percepción que por si sola desborda el limitado entender individual y no deja opción ni siquiera a pensar que puedan haber otras partes; lo que cada ciego siente del “animal” es todo lo máximo que se puede sentir.  De no ser así, no les hubiera resultado a los ciegos muy difícil el recomponer el puzzle del “paquidermo” uniendo todas las piezas de sus sensaciones particulares y comunicándose los unos a los otros sus experiencias.  Pero la percepción de la infinitud desborda nuestra limitada habitual capacidad de percibir, y no nos podemos ni imaginar que otras personas puedan tener otro tipo de percepciones infinitas diferentes a las nuestras.

Sea cual sea la forma particular en la que se perciba una manifestación de divinidad, siempre la sentimos completa en sí misma por su cualidad de infinitud y por las demás cualidades positivas que completan su grandeza sin límites.  La experiencia de lo sagrado conlleva sublimes sensaciones de infinitud, de ensanchamiento de la mente y del alma; es una experiencia de las más satisfactorias y completas que puede vivir el ser humano, de hay que siempre se haya buscado la experiencia sagrada.  La proximidad de la santidad gratifica todos nuestro niveles sensoriales.  Cualquier parte que lleguemos a tocar del “sagrado elefante” nos llena de felicidad y alivia nuestras dolencias.  Tanta plenitud proporcionada por la experiencia del fenómeno dios nos lleva a considerar completo lo percibido.  Respirar la atmósfera sagrada siempre supone vivir una realidad sin límites.  Solamente el análisis comparativo con otros individuos nos mostrará que la percepción ha sido incompleta, pues podremos comprobar que ellos sienten algo tan grande como nosotros pero diferente. 

Es necesario un esfuerzo extraordinario para comprender que otras personas están teniendo una experiencia parecida a la nuestra venida de otras diferentes percepciones.  Incluso cuando un mismo individuo está teniendo una percepción de la divinidad diferente a la que tuvo en otro tiempo, apenas podrá compararlas debido a la abrumadora realidad de su experiencia presente, que superará en mucho los recuerdos que le pudiera traer su memoria de otra experiencia pasada.

Y si recordamos que esa sublime divinidad está en todas las cosas debido a su omnipresencia, no habremos de extrañarnos de las innumerables formas de buscarlo y de experimentarlo.  Pero todas ellas por separado son incompletas aunque las vivamos completas en sí mismas. 

Vamos a hacer un breve repaso de las más importantes formas de buscar y de percibir la divinidad, no porque realmente sean las más importantes, ya que la divinidad infinita puede ser experimentada en cualquier cosa y de cualquier forma, sino porque son las más utilizadas.  La forma más típica de intentar experimentarla es a través de los diferentes dioses infinitos, a través de la atmósfera sagrada que les envuelve y de la realidad virtual enseñada por la religión dominante en el ámbito cultural donde crece el individuo.  El abundante acopio de escrituras sagradas que las religiones hacen, mantiene la tradición de las formas de adoración y de búsqueda de dios.  El aprendido escenario virtual queda fijado en la mente del creyente y en él se desarrolla su relación con la divinidad, imponiéndole las limitaciones propias del mundo místico imaginado.   La fe mantiene vivas las reglas del sueño místico.  Estos escenarios virtuales actúan de forma semejante a un vídeo-juego con reglas propias, donde el creyente en él se juega el destino de su vida de forma dramática; el cometer errores en el vídeo-juego puede hacerle acabar en un temido infierno en vez de en el tan ansiado cielo.

Las reglas del vídeo-juego espiritual de cualquier religión o doctrina, o de cualquier otra vía de caminar espiritual, imponen unas limitaciones al ilimitado fenómeno divino desvirtuándolo.  Actúa como lo haría una severa educación sexual inculcada en un niño, que durante toda su vida perturbará su plenitud sexual si no llega a ser consciente e intenta ponerle remedio.  Nuestra divinidad está igualmente “educada severamente” por las creencias religiosas que nos inculcaron de niños.  En primer lugar nos creemos que la divinidad no es nuestra, sino de dios, y a partir de ahí tenemos multitud de condicionamientos para vivirla.  Por ejemplo:  Un dios que está ubicado en un remoto cielo puede antojársenos demasiado lejano para experimentar su presencia; una energía divina, de complicadas características, puede considerarse inalcanzable para los inexpertos en su manejo; la exigencia de la intervención de un mediador entre dios y el hombre, o el imperativo cumplimiento de unos mandamientos impuestos por un dios autoritario, son otros típicos condicionantes de los vídeo-juegos programados en las realidades virtuales espirituales.

Para otorgar realidad a las deidades incluidas en los escenarios virtuales, la idolatría fue utilizada desde los tiempos más antiguos.  Las realidades virtuales espirituales siempre necesitaron de un soporte físico para  aproximar el mundo espiritual a las gentes, los altares siempre han sido punto de unión entre el mundo virtual espiritual y el mundo físico.  A pesar de que hoy en día la idolatría es reconocida como una forma dudosa de adoración, todavía continua siendo la forma más popular de aproximación a lo sagrado.  La mayoría de los buscadores espirituales siguen buscando a dios en las imágenes, en los lugares santos, o en cualquier elemento físico que se les antoje sagrado.  Símbolos o imágenes sagradas llenan los templos y los altares de casi todas las religiones.  Infinidad de lugares, objetos y reliquias, que tuvieron alguna relación con acontecimientos místicos, son considerados como sagrados habitáculos permanentes de la divinidad hacia donde el devoto dirige sus peregrinaciones.  La atracción por la idolatría está tan arraigada en las gentes que resulta habitual consagrar objetos o lugares aunque estos no hayan tenido relación alguna con acontecimientos sagrados.  Los santos ―que clamaron hasta la extenuación la máxima de que nunca se debe de adorar nada material―, si hoy levantaran la cabeza, no podrían por menos que tirarse de los pelos al observar como sus más fieles devotos adoran a sus estampitas, a sus estatuas de barro, y a sus trozos de cuerpo.

Resulta hasta gracioso que a un trozo de muerto se le confiera un grado de presencia de dios, del creador de la vida, mayor que el que se le confiere a cualquier otro ser vivo.  La idolatría, a pesar de la proximidad con lo divino que parece otorgar, puede alejar más de lo divino que lo que en apariencia parece acercar.  Los creyentes idólatras centran más su atención en los objetos físicos sagrados, o en los lugares supuestamente santos, que en la atmósfera sagrada que los envuelve.  La ineficacia de la idolatría ha propiciado nuevas búsquedas de la divinidad.

En las últimas décadas se han hecho muy populares unas nuevas formas de búsqueda divina, importadas de Oriente, que pretenden salvar algunas de las dificultades creadas por las realidades virtuales occidentales, inculcándonos la idea de la existencia de un dios menos lejano e inaccesible.  Algunas de estas creencias se basan en el supuesto de que si dios está en todas las partes también está dentro de nosotros, y aprovechan esta circunstancia para incitarnos a buscar algo que llevamos dentro.  No puede haber una forma más íntima y más accesible de relacionarnos con la divinidad.  En torno a ese supuesto gravitan innumerables métodos de meditación que intentan ayudarnos a buscar ese lugar sagrado de nuestro interior.  Pero tampoco es tarea fácil encontrar a dios en nosotros mismos, nuestro interior alcanza a ser tan profundo, extenso y complejo, que podemos encontrarnos con innumerables sensaciones muy distantes de lo sagrado; y aunque hayamos tenido la suerte de acercarnos a la divinidad que reside en nuestro interior, ésta suele esfumarse al cabo del tiempo, consecuencia inevitable de toda percepción incompleta de dios.  Suele suceder que quienes practican estos métodos de búsqueda acaban perdidos en sí mismos olvidándose de que en el interior de los demás también está dios.

Quizás la forma más respetable de intentar llegar al sublime dios sea la práctica de la virtud.  Nadie que se precie de persona religiosa rechazará el camino de la virtud.  La honorabilidad de esta forma de caminar por la vida ha salvado el prestigio de quienes se dedican a fomentar la evolución espiritual de la Humanidad.  Pero los andares más brillantes por las dimensiones espirituales suelen ser truncados por las fuerzas del lado oscuro humano, a las que les dedicaremos especial atención en el capítulo de “Las traicioneras pasiones”.

Mas el empeño por alcanzar la virtud de la persona religiosa puede no llegar a desfallecer nunca, y ante las fuerzas de las pasiones podemos observar actitudes de mortificación de los sentidos.  No es infrecuente el uso del látigo en el caminante espiritual intentando domar a su fiera interna.  Método muy respetable siempre y cuando no se pretenda imponer a los demás.  (Suele suceder que quien usa el látigo contra sí mismo, también siente a menudo la tentación de usarlo contra el prójimo). 

Otros buscadores de la virtud entran en batallas en contra de los dragones de sus profundidades, protagonizando auténticas películas de realidad virtual espiritual que harían las delicias de los cinéfilos.  La vía del guerrero es un incansable combatir contra las innumerables monstruosidades que plagan los caminos de los seguidores de estas vías épicas.  Dramas personales que muy pocas veces terminan con el típico final del príncipe rescatando a la princesa de las garras del dragón, y el “fueron felices y comieron perdices”; mas bien suele suceder lo opuesto, es el dragón quien se come al príncipe y a la princesa.  Pero como todavía nos sigue gustando soñar despiertos a héroes …  No está mal que la esperanza no se pierda nunca, lo que no está tan bien es que, pretendiendo buscar a dios, perdamos el tiempo en protagonizar películas quijotescas luchando contra molinos de viento a sabiendas de que acabaremos con un revolcón en el suelo.

Más aconsejable que las luchas con uno mismo ―y al menos más rentable para la Humanidad―, son los caminos de abnegación y de servicio a los demás:  Entregar la vida para hacer más feliz al prójimo merece el aplauso de todos.  El único problema a resolver, en esta forma espiritual de vivir, es el método a seguir para ayudar a los demás.  Como veremos en un próximo capítulo, son muy variadas las formas de servir al prójimo que se practican en los caminos espirituales.  Y a veces da la sensación de que cuanto más intentas arreglar con toda tu buena voluntad las cosas de este mundo, más las estropeas.

El amor incondicional al prójimo puede deparar muchas amarguras y desánimos, además de que podemos llegar a enfocarnos tanto en los demás que nos olvidemos de buscar lo que realmente deseamos encontrar.  Buscar a dios exclusivamente en los demás es otra forma incompleta de búsqueda divina.

Últimamente están surgiendo otros métodos para intentar encontrar al  dios absoluto.  Se basan en la idea de que para encontrarlo solamente es necesario quitarnos de encima todo lo que no es dios.  De esta forma la experiencia de la divinidad aparecerá en nuestras vidas como por arte de magia.  Se trata de separar la paja del trigo.  No es una mala idea, pero ¿quién es capaz de distinguir el trigo entre tanta paja?

Como estamos viendo no resulta nada fácil esto de intentar llegar a dios.  Espero no descorazonar a la persona entusiasmada en esta empresa ya siga un método u otro.  No es mi intención que nadie que sienta ese impulso de búsqueda lo abandone.  Sólo pretendo avisar de los errores que se suelen cometer en las diferentes formas de intentar llegar al dios supremo, y de los engaños en los que uno puede caer.  Considero que la búsqueda de dios es una de las actividades humanas que más dicha puede traer a nuestras vidas, aunque no conviene olvidar que ha sido una de las que más desdichas nos haya traído en el pasado. 

  Como buen creyente que fui en mi caminar por los mundos sectarios, siempre estuve buscando a dios en cada secta, religión o vía espiritual, en la que me metí.  Siempre me esforcé por separar la paja del trigo y por vivir la experiencia de lo sagrado en cada ocasión que se me ofrecía la oportunidad.  Y han sido muchas las ocasiones y temporadas de mi vida que he vivido en presencia de la divinidad.  En unas ocasiones sentía que la santidad provenía de mí, y en otras que provenía de fuera de mí, ya fuera de un maestro espiritual o de una realidad virtual espiritual en la que yo creía y donde se representaba a dios en un cielo imaginado.  Pero siempre abandonaba la senda por la que me había adentrado.  Las imperfecciones que observaba en cada camino me desanimaban.  Cuando no sentía la perfección divina en todas las dimensiones, abandonaba el camino espiritual que estuviera siguiendo.  Los maestros o instructores, que me aconsejaron en mis diferentes caminatas, me consideraron excesivamente exigente y falto de paciencia, defectos por los que me auguraron pocos éxitos en mi búsqueda de dios.  Yo nunca les hice caso, siempre consideré esas opiniones como una forma de intentar retenerme en su doctrina particular; aunque no descarto que puedan tener su parte de razón.

Muchas personas buscadoras, que han dedicado menos tiempo que yo a la búsqueda de dios, están proclamando que lo han encontrado.  Mas su proclama no me llega a convencer, no creo que hayan encontrado algo aparte de una ilusión, los observo demasiado interesados en atribuirse el éxito final de la incesante búsqueda que la Humanidad ―en mi opinión― no ha hecho sino empezar.  No se puede proclamar haber encontrado la perfección y el amor supremo cuando las imperfecciones y los desamores corretean por nuestros pasillos interiores; ni se puede asegurar estar en el camino correcto cuando, a pesar de experimentar algunos aspectos del fenómeno dios, los aspectos de nuestro lado oscuro continúan haciendo de las suyas e incluso creciendo día a día.

En el nivel sensorial y sentimental han sido innumerables las ocasiones en las que he sentido la presencia de ese infinito lleno de paz y de amor, de esa perfección que parece elevarte del suelo, de esa pureza llena de belleza y de inocencia, de esa exquisita experiencia.  Han sido muchas las ocasiones en las que sumergido en la atmósfera sagrada he podido acariciar al virtual “gran elefante blanco”.  Pero siempre estuvieron presentes las fuerzas del lado oscuro dificultándome llegar a la santidad.  Por un lado es evidente la atracción que sentimos hacía lo sagrado, pero por otro emerge de nuestro interior una fuerza que limita nuestra ansia de penetrar en el fenómeno dios.  Se trata de una de las más fuertes dualidades humanas, la eterna lucha de la materia contra el espíritu, donde se produce la cómica situación de estar persiguiendo algo de lo que a la vez estamos huyendo.  En la búsqueda de dios ―nos llegan a decir algunos maestros― si no tenemos éxito es porque en realidad no lo estamos buscando, o porque cuando jugamos a buscarlo, en realidad nos estamos escondiendo de él. 

No cabe duda de que esto de intentar llegar a dios está lleno de dificultades.  Es una empresa semejante a buscar la salida de un complicado laberinto.  En los capítulos finales de este libro expondremos nuestra teoría particular para encontrar la salida de este laberinto, observaremos las posibles causas de este patético juego, y quizás alcancemos a comprender porqué el hombre creó a los dioses y después se creyó separado de ellos.

De todas formas, si somos acérrimos creyentes y no podemos resistirnos a la tentación de seguir buscando a dios, existen algunas vías de realización espiritual recomendables que aconsejan no desesperar en este empeño, porque dios y nosotros, según dicen, somos la misma cosa; sólo que no nos hemos dado cuenta todavía.

Siento no poder dar ninguna pista segura sobre el mejor método para llegar a dios, primero porque no la conozco, y segundo porque actualmente considero que dios sencillamente no existe.  Si conociera un método para encontrar a dios no estaría escribiendo un libro como éste, estaría afiliado a la religión o vía espiritual que practicase el exitoso método de búsqueda; y, si hubiera encontrado la fórmula por mí mismo, ya habría fundado mi propia secta con el novedoso método recién descubierto y me estaría dedicando a hacer proselitismo ―y ha hacerme rico de paso―.  Y la Humanidad tendría un nuevo profeta que le estaría aportando más de lo mismo.

Y mira que me he dedicado de por vida a tocar cuantas más partes mejor del “elefante cósmico”, con la intención de intentar recomponer en mi imaginación como es dios, pero lo único que he conseguido en mi mente es eso: una imaginación, una realidad virtual que al final no me convence en absoluto, un sueño de grandeza creado por esa extraordinaria capacidad humana de crear dioses.  Por ello, últimamente me centré en investigar esa suprema capacidad del ser humano para crear.  Ahora ya no busco a dios, busco esa divina creatividad humana, esa gloriosa vivencia de la que emanan las imaginaciones celestiales.  Si dios es grande ¿cómo habrá de ser la grandeza de sus creadores?   Si dios es divino ¿cuan divina habrá de ser nuestra divinidad, creadora de dioses?

 


 

LOS MEDIADORES

 

Se practique el método que se practique para intentar llegar a dios, siempre es de agradecer que a uno le echen una mano en tan arduo empeño; de hecho se llega a decir que es imposible por nosotros mismos alcanzar al gran elefante blanco, y que al menos un mediador resulta imprescindible para ayudarnos a encontrar el feliz camino espiritual que nos llevará hasta él.

Los vídeo-juegos espirituales se las apañan para ponernos difícil la búsqueda de algo que en teoría está en todas partes, y después nos aconsejan seguir a especiales guías que nos conducirán por unos laberínticos caminos que no existen sino en nuestra propia mente.

            Si creemos que dios existe, estamos dispuestos a buscarlo y no sabemos por donde empezar, no desesperemos, porque mediadores los hay para todos los gustos; cada religión tiene los suyos.  Vamos a hablar de los más utilizados, no porque sean los más efectivos, sino porque son los que fueron impuestos en las tradiciones populares por las religiones dominantes.

            (Obviamos hablar de los mediadores que ayudan en la búsqueda de los dioses menores del chamanismo o de la magia negra, dioses que por ser más pequeños que los infinitos, están más cercanos a nosotros, y aunque también necesitan de mediadores que los encarnen o los acerquen de alguna manera a sus seguidores, no necesitan tanta mediación como la que hace falta para acercarnos al dios o a los dioses infinitos).

            El supuesto dios infinito de las grandes religiones muy pocas veces se manifiesta directamente a los humanos, casi siempre lo hace a través de sus delegados, ya sean ángeles, encarnaciones o su propio espíritu.  Para nosotros los occidentales, es el espíritu santo probablemente el mediador por excelencia entre nosotros y dios, el más allegado a él.  Si uno consigue ser anfitrión de tan sagrado invitado tendrá garantizados los regalos celestiales más exquisitos en forma de milagros.  Otros espíritus representantes de su majestad celestial son los ángeles, y en las mitologías orientales existen innumerables deidades, espíritus bondadosos dedicados a ayudarnos a llegar a dios.

            Pero como los humanos estamos más acostumbrados a relacionarnos con otras personas, humanas como nosotros, podemos llegar a tener alguna dificultad para comunicarnos con espíritus sin forma ni cuerpo determinado.  Entonces, dios, sabiendo esto, parece ser que decidió encarnarse en individuos ―especiales, claro está― para acercarse más a nosotros.  De esta forma comenzaron a aparecer en la Tierra las encarnaciones divinas.  Cada religión universal tiene las suyas.  Y un poco por debajo de ellas tenemos a los iluminados por la gracia divina, también elegidos por dios para ejercer de mediadores entre él y su pueblo, son los profetas, los enviados o los predestinados.  Todos ellos intentos de aproximación del todopoderoso a la perdida Humanidad.  Jesucristo, Buda, Mahoma, Krisna, son ejemplos de grandes mediadores. 

El salvador, el profeta, el hijo de dios, la encarnación divina o el maestro espiritual, son importantes arquetipos aceptados por la mayoría de las personas religiosas.  Incluso las religiones que no aceptan como válido ningún mediador de los anunciados hasta ahora, por otras religiones diferentes a la suya, permanecen a la espera de que a ellas les llegue su salvador particular aún no nacido.  Y algunas de las religiones que ya tuvieron su salvador particular, todavía esperan que éste vuelva, pues parece ser que con la anterior venida no llegó a salvarlos del todo.

El protagonismo de estos mediadores es de suma importancia en todo ámbito espiritual.  Sus funciones se anuncian como imprescindibles en la mayoría de las vías espirituales.  Ellos han sido los fundadores de la mayoría de las religiones.  Y la relación que la persona religiosa emprende con ellos puede llegar adquirir un grado de intensidad enorme aunque el personaje lleve siglos desaparecido del mapamundi.  El creyente puede llegar a sentir en su vida una presencia muy real de estos mediadores estrella.  Las apariciones de estos personajes a las personas que creen en ellos se han producido siempre y se continúan produciendo.

Compartiendo la fama de estos personajes se encuentran las mediadoras, deidades o personajes femeninos, portadoras del virtuosismo maternal, nos enseñan a andar por los caminos espirituales como cualquier madre enseñaría a caminar a su hijo.  Derrochadoras de amor, ternura y comprensión, bálsamos benefactores para el sufrido caminante espiritual.  Y si dios es la representación de nuestro padre celestial, ellas son las encarnaciones de la madre celestial; ancestral concepto místico que han  heredado.  No sólo madres de todos los hombres, sino también en ocasiones madres de dios, de las encarnaciones divinas, como en el caso de María.  Santidades femeninas que pueblan las diferentes realidades virtuales de las religiones y de las vías espirituales al más puro estilo familiar.  En las mitologías orientales existen diversas deidades que hacen el papel de madre para los desamparados mortales.

Mas si todavía se nos antoja inaccesible relacionarnos con la divinidad, por debajo de todas estas mediaciones estrella nos encontramos con los santos, mucho más humanos.  No se trata de encarnaciones, nacieron como nosotros y se ganaron a pulso el cielo en el que ahora están.  Mediadores entre los hombres y las grandes encarnaciones divinas, nos ayudan a completar el puente que nos llevará al cielo.

Pero, aún así, parece faltar un eslabón en la cadena de personajes mediadores entre dios y nosotros.  Aún pueden llegar a resultar muy lejanos los santos, ya que los muertos, por muy santos que sean, los podemos llegar a sentir muy distantes, demasiado fríos entre los mortales.  Para dar este último paso de aproximación, aparecen en escena las personas que amablemente nos echarán una mano, son los mediadores mortales, personas que conviven con nosotros en este mundo, sacerdotes, maestros espirituales, gurús, predicadores, sanadores espirituales; profesionales del caminar espiritual, personas muy acostumbradas a relacionarse con los grandes mediadores; maestros indispensables para todo ignorante profano que pretende comunicarse con dios.  Muchos de ellos proclamados como encarnaciones divinas.

Ellos son el peldaño más bajo de la escalera que nos comunica con el cielo, el más humano, el más cercano a todos nosotros, imprescindibles para todos aquellos que no sentimos ni vemos apenas nada más de lo que nos muestra el horizonte de la tierra en la que vivimos.

Estas personas especialistas de la espiritualidad, dirigentes espirituales de grupos, incluso de naciones, son los maestros más allegados a nosotros, con el determinado propósito de enseñarnos los caminos de la espiritualidad,  son las almas más elevadas con cuerpo de carne y hueso. 

Muchos de ellos y de sus seguidores son quienes continúan cometiendo el mayor fraude espiritual que lleva padeciendo la Humanidad desde hace siglos.

 


 

EL GRAN FRAUDE ESPIRITUAL

 

            Cuando el hombre religioso inventó a los dioses infinitos, creó una trampa mortal para la espiritualidad.  Mientras los dioses tuvieron sus poderes limitados, ejercieron sus funciones en una lógica competencia los unos con los otros; pero con la aparición de las religiones monoteístas, que siempre pretenden implantar el monopolio divino en el universo de las almas, ya no podía existir esa competencia, pues si existe un dios infinito creador de todas las cosas, no pueden existir otros semejantes.  De esta forma comenzaron las  sangrientas luchas por imponer rotundamente la potestad imaginada del dios totalitario, por intentar establecer en el mundo una sola religión que anulé a las demás, un sólo dios por encima de los demás, y una sola verdad ―imposible de demostrar― que también esté por encima de la de los demás.

Las religiones que se venden como las únicas y las verdaderas en este mundo, no son tales, al menos la mayoría, pues al haber muchas que se anuncian así, solamente una puede ser la verdadera; y, como quien lleve la única razón no es demostrable, el porcentaje de que una de ellas sea la portadora de la verdad es muy pequeño.  Si hay en el mundo cien religiones monoteístas ―que hay muchas más―, tendríamos un uno por ciento de probabilidades de acertar si seguimos a una de ellas.  Si hay en el mundo cien personas que se consideran la única representante de dios en la tierra ―que hay muchas más―, si seguimos a una de ellas, tenemos un noventa y nueve por ciento de posibilidades de equivocarnos de encarnación divina.  Quienes ponen su alma en manos de una religión o creencia de estas características están sufriendo el gran fraude espiritual de los últimos siglos, están jugándose su vida espiritual en una extraña lotería divina, apostando por un número que les han garantizado va a ser el único premiado; cuando otras personas están en la misma situación pero apostando por otros números diferentes.

            La libertad religiosa de las últimas décadas en los países desarrollados no ha venido a solucionar el problema de las ofertas fraudulentas de los monopolios de las religiones universales, incluso me temo que lo ha empeorado.  En el ámbito del consumismo, la libre competencia siempre beneficia al consumidor, pues propicia la aparición de mejores productos y a mejor precio.  Pero si recordamos los comienzos de nuestra sociedad consumista, cuando no existía regulación oficial alguna sobre la publicidad o el etiquetado, y no se exigía que lo que se anunciaba se correspondiera con las cualidades de lo que se vendía, recordaremos que las ventas fueron fraudulentas en muchas ocasiones; hasta que la legislación vigente terminó con ellas.  Esto es algo que está sucediendo ahora en el mercadillo espiritual de nuestros días.  Al no existir legislación que obligue a anunciar honradamente las auténticas propiedades de lo que se vende, las ofertas exageran fraudulentamente en su publicidad los beneficios de sus productos. 

No vamos a negar que algunas producciones espirituales hayan mejorado en los últimos tiempos, pero la mayoría prometen ofertas tan fraudulentas como las que provocaron tantos desastres históricos causados por sus fanáticos ofrecimientos.

Y a ver quién es el guapo que ahora le pone el cascabel al gato y crea una legislación que regule las ofertas espirituales, su publicidad y su etiquetado.  Gran parte de la sociedad demanda una legislación, en especial para regular las ofertas sectarias, pero los legisladores saben que si empiezan a aplicar rigurosas leyes a las sectas, pronto tendrían que hacerlo con las grandes multinacionales religiosas, lo que puede llegar a crearles grandes problemas.  Si se atienden todas las denuncias contra las ofertas fraudulentas de las sectas, pronto las sectas podrían denunciar a las grandes religiones con los mismos argumentos que les están aplicando a ellas.  Las sectas de hoy en día no son mudas, no hay nadie que les calle la boca como antiguamente, y muchas de ellas son imagen y semejanza de las grandes religiones pero en pequeño y con pequeñas diferencias.  Enfrentarse el poder legislador a un dios sectario, poniendo la ley humana por encima de su ley divina, puede resultar llevadero si la secta no tiene muchos seguidores; pero, aplicar la ley de los hombres a la ley de los todopoderosos dioses de las grandes religiones, es una labor que muy pocos legisladores estarán dispuestos a llevar a cabo; todo un pueblo o toda una sociedad puede estar apoyando actividades espirituales susceptibles de ser denunciadas.  Por lo tanto, por ahora no nos queda otro remedio que seguir tragando las actividades fraudulentas de los lanzamientos  publicitarios espirituales.  Informarnos adecuadamente y realizar análisis comparativos es nuestra única solución para evitar el fraude, algo que pretendemos hacer en este libro.

            Cuando existía en el comercio espiritual de cada país un sólo elixir de salvación, porque sus creadores habían desterrado a toda competencia, no se apreciaba el gran fraude espiritual; evidentemente era un producto único, pues no había otro en el mercado.  Cada región de la Tierra tenía su elixir particular, su dogma de fe que lo mantenía, y su ejército y su inquisición para defenderlo.  No existía la permisividad que ahora existe, las religiones dominantes degollaban ―en el sentido estricto de la palabra― todo brote sectario que se atrevía a crecer en su país.  Pero la libertad religiosa propició la aparición de una gran cantidad de elixires, lo que generó una feroz competencia entre ellos.

            En la situación actual, una gran cantidad de elixires milagrosos se venden en los mercados del mundo como medicina para enfermedades incurables, en las etiquetas de cada uno de ellos se dice que es un producto único e inigualable, y que el resto de productos, que también se anuncian con las mismas propiedades, no son sino placebos.    

Hoy vivimos tiempos de grandes libertades en los países desarrollados.  Las sectas brotan como por arte de magia, y los elixires milagrosos se cuentan por miles.  Y en la mayoría de estos tarros de espiritualidad condensada se continúa diciendo en su etiqueta la misma máxima de sublime producto único e inmejorable.  La única diferencia con el pasado, que se aprecia en el etiquetado de estos modernos tarros, consiste en que en muchos de ellos el mensaje de autenticidad, que descalifica al resto de elixires del mercado calificándolos de placebos, lo ponen en una nota por la parte de atrás y en letra pequeña.  Poco a poco se aprecia que van tomando conciencia las productoras de estos elixires de la gran estafa que están cometiendo con las gentes; y digo que van tomando conciencia porque en la mayoría de los casos el fraude se realiza inconscientemente.  Las primeras personas engañadas son los vendedores de los elixires, pues son ellos los primeros que se creen  poseedores del número premiado.  Pero, como saben que existen miles de números que se anuncian así, su sentido del ridículo les obliga a poner en letra pequeña su convencimiento de que su número va a ser el agraciado con premio gordo del paraíso eterno.

Hay casos en que no ponen dicha nota, incluso en el prospecto anuncian el producto esotérico como compatible con cualquier otra creencia o religión.  Se trata de un método para mejorar el bienestar espiritual―dicen―, de una energía benefactora.  Utilizan estos argumentos o semejantes para intentar convencer a la persona que ya esté afiliada a otros elixires, incompatibles con los demás, a iniciar un cambio, o para convencernos a todos aquellos que no admitimos tomarnos nada que menosprecie a todo lo demás.  Así resulta más fácil picar el anzuelo y acabar colgado de una opción totalitaria que precisamente queríamos evitar.  La sorpresa de comprobar que nos han querido pescar nos la llevaremos más tarde, cuando llevemos tiempo probando el elixir y ya nos hayamos creado hábito, entonces nos comunicarán que en realidad no se trata de una sencilla pócima para mejorar el bienestar del alma, sino que lo que llevamos tiempo experimentando nos viene dado por la suprema gracia divina, patente exclusiva del método particular de realización espiritual que estemos siguiendo.

            Estas miles de patentes de exclusividad, que nos dicen tener la mayoría de religiones u otras vías espirituales absolutistas, están avaladas por los certificados de autenticidad; por supuesto, tan fraudulentos como el hecho que pretenden demostrar.  Todas estas vías espirituales disponen, según ellas, de la documentación necesaria que demuestra en cada caso estar en posesión de la verdad, al mismo tiempo que también demuestran, en cada documentación particular, que las otras opciones espirituales están en posesión de la mentira.  Todos estos avales de autenticidad, que intentan demostrar que su dios es el verdadero, siguen unos patrones típicos y apenas difieren los unos de los otros.

Los documentos que en primer lugar se exhiben son las antiguas sagradas escrituras.  Nunca han existido en la Tierra escritos que más interpretaciones se les haya dado, hayan sido más manipulados y utilizados con intereses partidistas, que las antiguas sagradas escrituras.  Cada uno de estos libros sirve para apoyar a innumerables religiones o vías espirituales con doctrinas muy diferentes entre ellas.  Todas afirman que en estos libros está escrita la palabra del auténtico dios, opinión que ninguna de ellas pone en duda porque cada una se apoya en aquellas partes de estos voluminosos libros que justifican y apoyan su doctrina o método de realización espiritual.  De esta forma nos encontramos con doctrinas muy dispares apoyadas por un mismo libro, sagrado, claro está.

Otro tanto sucede con los mediadores más famosos, su prestigio es utilizado descaradamente para garantizar el éxito de las excursiones particulares por los mundos espirituales.  Y así tenemos a Cristo, por ejemplo, erigido en guía de multitud de caminos espirituales que llevan a lugares muy diferentes.

             Muchas de las religiones monoteístas, que se hicieron universales, presentan como su mejor aval de autenticidad el éxito de la propagación de su doctrina.  Pero esto no es cierto, porque su éxito no hubiese sido posible sin el apoyo de los poderes políticos y militares que les ayudaron a implantarse en amplias extensiones del planeta.  Se propagaron basándose en la fuerza bruta, cuando no terrorífica y asesina.  Para comprobar cómo no son capaces de sobresalir sobre otras creencias por sí mismas, no tenemos nada más que observar en la actualidad cómo se ven obligadas a convivir en la India con multitud de creencias diferentes sin apenas sobresalir de entre ellas.  Cuando no se hace uso de la fuerza, todas las formas de fe acaban a la misma altura, aunque cada una se pretenda erigir por encima de las demás.  Muchas de estas religiones universales deberían de avergonzarse de los métodos que usaron para conseguir su supremacía en vez de presumir de ello.

            Otro argumento expuesto, para convencer al incrédulo, y al creyente para que siga creyendo, es la vivencia de lo sagrado en el seno del particular círculo espiritual.  Más si recordamos lo dicho en el capítulo de la percepción extrasensorial en hermandad, donde expusimos la enorme facilidad que existe para experimentar cualquier realidad espiritual en todo grupo que la invoque, nadie debiera de alardear de estar en posesión de la verdad por haber conseguido lo que la naturaleza humana y divina regala.  Para obtener una experiencia de aproximación a lo sagrado no hace falta ningún ritual especifico, la atmósfera sagrada en muy fácil de provocar, cualquiera de los rituales que se practican en las innumerables religiones puede conseguirlo.  Incluso individualmente el cielo se ha experimentado siempre bajo infinidad de doctrinas y de ideologías espirituales.  Para los creyentes en un solo dios, no tengo noticia de que de existir el dios verdadero esté afiliado a alguna religión en especial o vía de realización espiritual determinada, más bien creo que está a disposición de darse a conocer a todo aquel que lo desee.  Incluso existen creencias de que dios es una parte muy importante de nosotros mismos que sencillamente hemos olvidado.  Sólo tenemos que sanar la amnesia que padecemos y recordar lo que realmente somos para volvernos a reencontrar con nuestra auténtica naturaleza divina.

            Pero esta idea no está muy extendida.  Son los viejos conceptos sobre la divinidad los que más continúan utilizándose por los caminos espirituales.  Viejos dramas milenarios del ser humano, fraudes espirituales enraizados en nuestras viejas costumbres.  Ya va siendo hora de realizar un cambio.

            Si en la dimensión de los bienes materiales la justicia social ha llegado al pueblo en los países desarrollados, ¿no es ya hora de que también haya justicia en la dimensión de los bienes espirituales?  ¿Por qué permanecemos impasibles ante los grandes fraudes espirituales, ante los grandes engaños del alma?  ¿Acaso nos complacemos en pensar que son padecimientos típicos de los buscadores de dios?  ¿No estamos comportándonos como los antiguos cuando pensaban que el hambre de los pobres era algo propio de ellos y que no tenía remedio?  Si hemos llegado a demostrarnos que en la Tierra puede haber comida para todos los que la habitamos,  ¿qué nos está impidiendo demostrarnos que en los cielos también hay alimento espiritual para todos?  Si el gran dios es un concepto de abundancia infinita, de inagotables beneficios,  ¿a quién le interesa su racionamiento?  ¿A los estraperlistas?  ¿Por qué cada buscador de las riquezas del alma está expuesto a sufrir tanto fraude y engaño?  No hay derecho a cobrar los precios que se están cobrando por algo que, como el agua, nos pertenece por derecho propio.  Los sedientos de dios están padeciendo una injusticia intolerable, pagando precios desorbitados por una gota de agua, engañados por los defraudadores del espíritu.

            La magnitud del gran fraude espiritual puede alcanzar cotas increíbles, y los sistemas para llevarlo a efecto pueden llegar a ser sorprendentes.

            En el anterior capítulo hicimos una exposición de los tipos de mediadores más habituales, pero en ocasiones estas categorías no se manifiestan tan definidas como las hemos mostrado.  Existen mediadores que pertenecen exactamente a alguna de las categorías de las señaladas, pero en muchas ocasiones estas categorías se mezclan en un mismo personaje, incluso se pueden llegar a mezclar todas en un sólo individuo, en una persona que viviendo en este mundo asegura tener todas las facultades de los grandes mediadores que están en el otro.  Entonces tenemos al mediador estrella, al hombre dios o a al dios hecho hombre.  Las escrituras sagradas están llenas de estos personajes que en vida fueron mitad hombres mitad dioses, santos, sacerdotes y profetas, portadores del espíritu santo y predicadores de la palabra de dios.  Fueron los salvadores de los pueblos en los que vivieron.  Auténticos revolucionarios en su tiempo.  Son los protagonistas principales de las historias sagradas, son Historia.

            Pero para que sean Historia primero tuvieron que existir. Y, si existieron, ¿quién nos dice que no puedan existir ahora personas como ellos?  Porque son cientos las personas que hoy en día se consideran enviadas por dios para salvar al mundo  ¿Quién puede poner en duda a todo aquel que se anuncia como el nuevo salvador de la Humanidad?  Si estudiamos la vida de los grandes mediadores, en sus comienzos, no eran sino dirigentes de unas sectas bastante mediocres y minoritarias.  ¿Quién puede negar que un dirigente de una secta actual sea el nuevo salvador del mundo?  Nadie.  Pero lo que sí podemos negar es que cada uno de ellos sea el nuevo y “único” salvador del mundo, tal y como muchos se anuncian, porque eso es imposible.  El único salvador podrá ser solamente uno de ellos, y en la actualidad, en el mundo, sin temor a equivocarme, habrá cientos de personas, que se anuncian como los únicos salvadores de la Humanidad, las únicas encarnaciones de dios o de grandes mediadores, los únicos canales divinos que el dios supremo ha escogido en este tiempo para salvarnos; los únicos elegidos en este tiempo para representar al gran dios en la Tierra.  Multitud de sectas y religiones están dirigidas por estos personajes.

            Como podemos ver, es el mismo fraude ya comentado, pero ahora, en vez de estar protagonizado por organizaciones espirituales y sus correspondientes realidades virtuales, está personificado en innumerables individuos concretos; lo que agrava y aumenta la magnitud del gran fraude espiritual. 

            Tengamos en cuenta que la persona religiosa establece una relación muy íntima con el mediador que ha escogido como guía de su caminar espiritual.  Esta entidad espiritual es venerada con sumisa devoción.   El mediador, para el creyente en él, es como el gran dios, en ocasiones más que dios, pues muy a menudo se le da tanta importancia y protagonismo en la realidad virtual espiritual que llega a nublar a la propia divinidad celestial, desviándose hacia él la adoración que por lógica debiera de dirigirse hacia dios.

Cuando el mediador ya ha desaparecido de nuestra realidad física, y pertenece a la realidad virtual de la religión o vía espiritual, es otro elemento más del escenario virtual espiritual, una entidad más del mundo místico, aparte de la realidad física;  pero cuando se trata de una persona de carne y hueso, entonces no sólo asume las propiedades espirituales de la realidad virtual sino que, además, pretende encarnarlas e introducirlas en nuestra realidad, consiguiéndolo en muchas ocasiones, y generando un impacto emocional enorme en sus seguidores.  Ya no es un objeto del altar el centro emisor del elixir sagrado, dios se ha encarnado en la persona divina; ella es el altar viviente; y, cuando ella no está, es su fotografía la que emana la santidad, colocada en el centro de todos los altares de sus seguidores.  Su palabra es palabra de dios, ya no hacen falta las escrituras sagradas excepto para reafirmar lo que él dice.  La salvación está asegurada, garantizada por el mediador.  El gran premio de la lotería celestial caerá sin lugar a dudas en el único número que él reparte entre sus devotos, inconscientes del gran fraude, desconocedores de que hay otras personas que, como su maestro, están repartiendo otros números  presumiblemente premiados con el gordo celestial.

No tendría nada de dramático apostar en esta lotería si lo que estuviera en juego no fuera la integridad física, psicológica y espiritual de la persona.  La absoluta entrega de la persona que el gran fraude exige puede afectarnos muy directamente en todas las dimensiones de nuestro ser.  En este dramático juego uno se juega la vida.

(La tan criticada magia negra o las vías de chamanismo son mucho menos fraudulentas al respecto, sus líderes no proclaman que en ellos se encarne un dios infinito, los dioses que se encarnan en sus rituales son de poderes limitados, y, aunque exageren, sus anuncios son menos fraudulentos que los de aquellos que afirman ser encarnación del supremo poder infinito).

Si el mediador es un sanador o sanadora, sus devotos seguidores harán muy bien en beneficiarse de ello.  La dramática situación se produce cuando se tiene una fe ciega en esa persona, considerándola una infalible encarnación de la divinidad suprema, imposible de fallar en sus diagnósticos y curaciones;  llegándose a vivir la ilusión de que uno está sano porque ella lo dice, cuando en realidad se está padeciendo una enfermedad, y se está viviendo la ilusión de que a uno le están curando cuando no es así o incluso se está empeorando.

Se han dado demasiados casos de personas que se han puesto en manos de estos milagreros, para ser curados de una enfermedad, y han vivido en la ilusión de estar curándose, hasta que sus familias tuvieron que ingresarlos urgentemente en hospitales porque se iban al otro mundo con el método terapéutico que le estaban administrando. 

No estoy diciendo que sea siempre así.  Toda atmósfera sagrada ejerce una función terapéutica.  Lo que resulta inadmisible es que esta especie de curanderos, mitad divinos, mitad humanos, descalifiquen a todas las otras medicinas que no son la suya, cuando, con esta actitud están poniendo en peligro la vida de sus seguidores que padecen enfermedades que ellos no consiguen sanar.  Su divinidad exclusiva llega a ser tan indiscutible que cuando alguno de sus seguidores enfermo se le va al otro mundo, cuando se hubiera podido curar en la medicina oficial, por ejemplo, ellos dicen que dios así lo quiso.  Su dios, claro está, porque el dios de la mayoría de los creyentes no creo que así lo quisiera.

Y otro tanto sucede en los niveles emocionales y psicológico.  Un gran porcentaje de creyentes padecen desequilibrios en estos niveles, esperando que un milagro les llegue del cielo a través de su mediador particular, cuando una buena terapia psicológica podría poner fin a sus males.

Las sectas digamos que son los hospitales de estos sanadores estrella, a ellas llegan las personas con dolencias físicas, mentales o espirituales.  Y cierto es que casi siempre se experimenta un alivio de los males, incluso se viven curaciones milagrosas; pero no siempre.  El milagro funciona de forma aleatoria.  Vuelvo a repetir que la atmósfera sagrada tiene un gran poder terapéutico.  La trampa se descubre cuando uno se da cuenta de qué ese hospital se ha convertido en una cárcel sin rejas, cuando hemos sido convencidos para que permanecer en él de por vida, persuadidos de que solamente a través de ese mundo sectario y de su líder en particular podremos vivir nuestra dimensión sagrada, cuando se nos han borrado de la mente todas las otras opciones de evolucionar espiritualmente.  ¿Qué hace una persona, una vez curada o aliviada de sus males, permaneciendo de por vida en un hospital?  Sólo la terrorífica y fraudulenta idea de que en el resto del mundo todo es enfermedad puede mantener a una persona en tan patética situación, entregando su vida por una causa que considera única, cuando en realidad hay muchas más.

Si usted, amable lector, no pertenece a ninguna secta y no se considera  un convencido creyente de alguna de las religiones oficiales, ya siento la machaconería de la que estoy haciendo uso en torno al gran fraude espiritual.  Consciente de que estoy corriendo el riesgo de resultar pesado, no desaprovecho oportunidad alguna para denunciar el gran engaño y las diversas formas y maneras en las que se manifiesta.  Usted podría pensar que ya está suficientemente expuesta la cuestión, pero le puedo asegurar que aunque todo este libro fuera dedicado exclusivamente a la denuncia del gran fraude espiritual, y a todas las formas en las que se manifiesta, habría muchos creyentes de fe ciega que no se darían por aludidos.  ¿Cómo podría ser posible que su religión salvadora o su amado maestro espiritual les estuvieran engañando?  Para ellos es algo tan inconcebible que ni a cañonazos despertarían de su sueño virtual.  Así que pido disculpas por ser tan reiterativo.

El gran fraude espiritual no se produce al dar mucho de uno mismo y no recibir nada a cambio, eso no es cierto.  Antes de que la ideología religiosa se implante en la lógica del adepto, exceptuando a los creyentes que continúan siéndolo por tradición, habitualmente es necesaria una fase previa de experimentación, de sentir que es verdad lo que se está predicando, de experimentar lo sagrado, la presencia divina.  Después será cuando el creyente acoja la ideología, en la mayoría de los casos fraudulenta, pues será convencido de que ha conocido en su totalidad al gran elefante sagrado y de que deberá de entregar toda su vida a él, cuando en realidad solamente ha percibido una pequeña parte del gran infinito divino. 

Como se puede comprender, no hay nada malo en experimentar algún aspecto de la divinidad, el fraude se produce cuando se nos convence, o nos convencemos nosotros mismos, que es la totalidad del dios infinito aquello que estamos experimentando.

Por supuesto que cuanto más carencias tengamos, en todos los niveles, más propensos seremos a engancharnos con una determinada experiencia mística y a magnificarla.   Karl Marx no afirmó de forma gratuita que la religión es el opio del pueblo.  Muchos creyentes se comportan como auténticos drogadictos, enganchados a algo que en un tiempo les fascinó y que ya apenas les aporta nada y está acabando con su vida.  Pero el mal no está en las drogas sino en la drogadicción.  Las drogas bien utilizadas son medicinas.  Y todavía menos malas son las drogas que genera nuestro propio organismo en los felices éxtasis que nos regala la vida, como puede ser en el éxtasis místico.

No hay nada dañino en la experiencia religiosa, el mal radica en la actitud que adoptemos ante ella.  Incluso es de agradecer que un maestro espiritual nos enseñe a vivir la divinidad.  Pero yo aconsejaría salir corriendo cuando se nos diga que ése es el verdadero maestro, el único camino, la verdadera y única experiencia de dios, la ideología o el método al que debemos de entregar nuestra vida.

Se dice de dios que está en todas las partes, por lo tanto será tan digno  buscarlo en un burdel como en un templo.

Yo he llegado a experimentar a dios de tantas formas y maneras que puedo asegurar la inexistencia de una manera “única” de vivir la divinidad.  Todas son válidas.  Y todas son fraudulentas cuando nos exigen creer en que son las únicas válidas.

Por supuesto que cualquier método de realización espiritual necesita de tiempo para que podamos recoger sus frutos.  No estoy diciendo que vayamos de una secta a otra como mariposas de flor en flor.  Vivir la divinidad necesita de paciencia, siempre habremos de dar un voto de confianza a aquel método que nos parezca más adecuado para caminar espiritualmente.  Todo necesita su tiempo, sobre todo los profundos cambios psicológicos que se producen siempre que modificamos las realidades virtuales espirituales en las que hemos depositado nuestra fe desde niños.

Existen caminos espirituales, que no siendo totalitarios, recomiendan dedicarse a ellos de por vida para conseguir algún éxito en la búsqueda de dios.  Esto nos puede dar una idea de la lentitud, que se asegura necesaria muy a menudo, del proceso evolutivo espiritual; aunque también es cierto que muy a menudo se habla también de un rápido despertar.  Por lo tanto, y como casi siempre, no tenemos referencias muy concretas para saber cuándo deberíamos de continuar un método espiritual o cuándo abandonarlo.

Sólo una gran dosis de sinceridad puede hacernos ver que estamos perdiendo el tiempo y la vida atrapados en el gran fraude espiritual.  No somos tan tontos como para caer reiterativamente en el timo de la estampita.  El bienestar interior es el mejor síntoma de nuestra riqueza del alma.  Si nos están timando o nos estamos dejando timar, acabaremos en una pobreza espiritual que denunciará el robo del que estamos siendo víctimas.  Pero repito que hemos de ser muy sinceros con nosotros mismos, muchas personas se consideran muy ricas espiritualmente no porque se sientan así sino porque creen ciegamente que están en el único camino correcto, y, cuando les pides te muestren sus riquezas, no ves otra cosa que una estampita, el billete que encabeza un fajo de recortes de periódicos.  Lamentablemente sólo les queda la esperanza, el sueño de que dios proveerá, de que se les restituirá con creces todo lo que han perdido, casi siempre después de muertos.

             Cuantas veces he sido testigo de la gran riqueza espiritual de muchas personas, que no teniendo relación directa con método alguno de crecimiento espiritual, ni siendo practicantes enfervorizados de ninguna religión, ni seguidores de ningún maestro, personas normales de la calle, llevan dentro de sí la divinidad con la misma naturalidad que la sangre corre por sus venas.  Mucha más riqueza espiritual he apreciado en ellas que en aquellas otras que alardeando de estar en el camino correcto, de seguir al único maestro de este tiempo, y presumiendo de las iniciaciones que han recibido como si fueran medallas, han sido presas del gran fraude espiritual, del gran robo que les ha cambiado su gran riqueza interior por una estampita sin valor alguno.

            Y esto no sucede exclusivamente a un nivel individual.  El desarrollo de los acontecimientos históricos delata la existencia del gran fraude a un nivel social.  Innumerables religiones que en un principio fueron inmensamente ricas espiritualmente, con el paso de los siglos fueron perdiendo toda su riqueza y alcanzaron las más altas cotas de la miseria humana, protagonizando auténticas barbaridades sociales. 

            El gran fraude espiritual ha hecho estragos en la Humanidad.  Y mucho me temo que va ser necesario el esfuerzo de todos para erradicarlo del mundo.  Su implantación milenaria en el costumbrismo religioso va a exigirnos un esfuerzo extraordinario para extirparlo de los senderos espirituales.

            El mayor control que habremos de realizar habrá de ser en el nivel emocional.  Las explosiones emocionales, que siempre acompañan a la experiencia mística, son la causa principal del gran fraude espiritual.  Sus impulsos traicionan nuestra objetividad, y acabamos engañándonos, nos dejamos engañar y engañamos a los demás.  El exacerbado entusiasmo que podemos llegar a sentir ante la felicidad prometida, o temporalmente experimentada, nos puede llegar a no desear otra cosa diferente aunque nuestro proceso evolutivo nos esté pidiendo lo contrario.  La pasión ciega nuestros ojos mucho más a menudo que la luz mística nos los puede llegar a abrir.  El grado de enamoramiento que las vivencias espirituales pueden provocarnos nos  puede llegar a cegar, tal es su poder de seducción.  Como cualquier enamorado siente que la persona que enciende su corazón es la persona más especial del mundo, aunque ésta sea muy corriente, podemos llegar a sentir que la religión o la vía espiritual escogida es la más especial de la Tierra y del Cielo, la única que puede hacernos felices a nosotros y a la Humanidad, aunque ésta sea una religión muy corriente, del montón. 

Y ya no digamos si nuestra pasión emotiva se centra en un mediador.  El ardor místico que puede llegar a sentir el devoto hacia su salvador es un tipo de furor pasional tan cegador que por si sólo convierte a la persona mítica en el único objeto de adoración.  Y si se trata de un mediador vivo, en especial de algún gran gurú oriental...  Mejor será que les dediquemos un capítulo aparte.

 


 

LOS GURÚS

 

            En Occidente, consideramos a la India como el país con más espiritualidad del planeta.  Los maestros espirituales hindúes que nos han transmitido sus enseñanzas ―llamados gurús en hindi― han dado buena cuenta de ello.  Sus iniciaciones han causado furor en Occidente y han conmovido a las masas.  Por supuesto que no me estoy refiriendo a los imitadores, sino a los auténticos gurús, quienes han conseguido fascinar a millones de personas.  Su facilidad para conseguir hacer que sus discípulos obtengan experiencias sagradas ha sido muy aplaudida y ha venido a recordarnos que la santidad no es una vivencia histórica inaccesible para el hombre moderno, exclusiva de unos santos del calendario, sino una vivencia accesible para todo aquel que desee vivirla.

            Podríamos definir la santidad como una cualidad originada por una intensa penetración de la atmósfera sagrada tanto en los individuos como en los animales, los lugares o las cosas.  (Exceptuando, claro está, la multitud de  casos en los que el título de santidad es nobiliario)   En todas las culturas nos encontramos con santos personajes, animales sagrados, lugares santos como por ejemplo los templos y los altares, y cosas sacralizadas como las reliquias, objetos que pertenecieron a personas o lugares santos.  La santidad en los individuos no es sino un estado de bienestar tan profundo e intenso que se llega a contagiar, es una muestra de la capacidad humana para experimentar su propia divinidad.  Los estados de santidad se consiguen según las culturas y las creencias de diversas formas.

La llegada de los gurús a nuestra sociedad fue favorecida por la incapacidad de las religiones occidentales para hacer vivir intensamente a sus feligreses su propia divinidad.  Todos estábamos convencidos de que para ser santos había poco menos que ser mártires.  Han sido los ciudadanos occidentales sedientos de dios quienes han abierto las puertas de nuestra sociedad a estos maestros espirituales.  La mayoría de los gurús nos ofrecen ―sin pedirnos martirio alguno a cambio― la oportunidad de sentirnos santos, aunque sea temporalmente.  Todo un regalo, una experiencia inolvidable.  Un cambio revolucionario en nuestras creencias, un mazazo a las dogmáticas realidades virtuales espirituales a las que estamos acostumbrados en Occidente. 

Los gurús nos han venido a demostrar que la santidad no es una exclusividad de las religiones dominantes, y que cualquiera puede aproximarse a ella sin padecer dolorosos martirios.

            Lamentablemente, la mayoría de los gurús afirman que la santidad es exclusividad suya, su método de llegar a dios es el único y el mejor, así lo anuncian, y clavan su bandera de propietarios en un terreno que es propiedad de todo ser humano.  El gran fraude espiritual es una tentación tan poderosa que hasta los seres más espirituales de la Tierra caen en ella.

            Cierto es que los ingredientes que contiene la experiencia de lo sagrado parecen ponerse a favor del totalitarismo.  Como ya expusimos en el capítulo sobre el fanatismo, sus innumerables aspectos positivos son experimentados con una intensidad, grandeza y realismo fuera de lo común; la paz, el conocimiento, la pureza, el poder, la belleza, etc., son sensaciones espirituales que incluso invaden la dimensión física.  Tal es la grandeza con la que se llegan a vivir estos aspectos que siempre se les añade algún otro calificativo superlativo, para diferenciarlos de las mismas vivencias pero de índole más común; se les suele llamar: la paz celestial, el conocimiento supremo, la pureza divina, el poder superior, la belleza inmaculada, etc.  Y entre estos atributos de la experiencia divina está el de la verdad, el de la verdad suprema, naturalmente.

Toda experiencia de santidad conlleva el sello de la verdad.  Una sensación de estar viviendo en lo auténticamente cierto embarga a quien experimenta la atmósfera sagrada.  Probablemente sea la vivencia de infinitud que conlleva toda aproximación a lo divino lo que produzca la impresión de verdad, de algo imperecedero.  Esta sensación de estar viviendo una realidad más auténtica que la que vivimos a diario es la que fanatiza a los místicos y les hace luchar por ella, pues cuando la pierden no se llegan a sentir tan vivos como cuando la tienen.  Y esto no sucede porque se les haya convencido de que esa es la verdad, como se cree popularmente, sino porque así lo están sintiendo.

No es una realidad cierta porque sea convincente en un nivel intelectual, la verdad mística es silenciosa, no enarbola argumentos que pretendan engatusar a nadie, otra cosa es que los individuos lo hagan, pero ella es verdad por sí misma, su certeza se siente sin necesidad de argumentos que la apoyen; es como si poseyéramos una intuición que la reconociera.  Las personas que hemos experimentado en nosotros este fenómeno sabemos de lo que estamos hablando, aunque para quienes no lo hayan vivido les resulte incomprensible. 

En el mundo espiritual casi todo es incomprensible para la razón materialista, los atractivos y deseados atributos sagrados que acabamos de comentar son todos de un origen enigmático, solamente explicables mediante los polémicos argumentos esotéricos que cada religión o vía espiritual utiliza particularmente.  La fuerte sensación de verdad suprema, que la experiencia de aproximación a lo divino conlleva, tiñe de un fuerte realismo el mundo espiritual para quien así lo está experimentando; es como si asomásemos nuestra conciencia a una dimensión mucho más real que ésta en que vivimos.  Toda vivencia de lo sagrado siempre conlleva el sello de la verdad suprema.

Lo lamentable es que siempre, o casi siempre, este sello de verdad se haya aplicado y se continúe aplicando a lo que es mentira.  Esta  circunstancia es aprovechada fraudulentamente para dar realismo a las realidades virtuales espirituales.  No ceso de insistir en ello, una cosa es la experiencia de lo sagrado y otra cosa es lo que nuestra cabeza hace con ella.  Esta impresionante sensación de verdad, que toda aproximación a lo divino conlleva, siempre ha sido utilizada para pintar de verdad lo que no es cierto.

            Un gurú, un maestro o una escuela espiritual, están en su derecho de anunciar que está enseñando a experimentar la verdad suprema; pero lo que es una vergüenza es observar como también se anuncian como poseedores de la “única” verdad suprema, reyes de su reino virtual, considerándose superiores a cualquier otra doctrina o método didáctico espiritual.  Es un engaño en ocasiones muy difícil de descubrir, porque en realidad es verdad que se está enseñando la “única” verdad suprema, ya que la experiencia de esa verdad es siempre única y suprema, pero los maestros o métodos empleados para llegar a ella no lo son.  

Tener una vivencia de la verdad absoluta no quiere decir que también sea una verdad absoluta el método que se utilizó para alcanzarla, o que el cabecilla que nos la enseñó a sentir sea el único poseedor de la única verdad suprema.  La experiencia de lo sagrado se puede obtener por caminos muy diferentes; sin embargo, en casi todos estos caminos pone el cartel de “único” camino al cielo.

En el caso de los gurús, muy pocos se libran de caer en la tentación de promulgar como la única verdad absoluta lo que ellos enseñan y el método que utilizan.  Y sus discípulos están encantados en que así sea; su percepción de la verdad absoluta así lo confirma.  No puede haber error.  La experiencia de la verdad no deja lugar a dudas.  El engaño está servido.  Dios lo avala.  Imposible de descubrir por los discípulos.  “¿Cómo nos va a engañar nuestro maestro que está tan lleno de dios y con tanta facilidad nos lo hace sentir?”  Argumentos como éste ciegan en entendimiento de los devotos, borrachos de los elixires sagrados que su maestro les proporciona. 

            No puedo definir los métodos que los gurús utilizan para acercarnos a dios con tanta facilidad.  Sus secretos didácticos están enraizados en su cultura milenaria, son transmitidos directamente de los maestros a los discípulos elegidos que más tarde serán nuevos gurús.  Digamos que el trono de su reino virtual espiritual tiene garantizada de esta manera la sucesión. 

Sus enseñanzas son iniciaciones que nos abren las puertas a nuestros mundos interiores de la más exquisita espiritualidad.  No es de extrañar que a los gurús se les entregue la vida.  Muchos de ellos son capaces de recibir el alma hecha polvo de cualquiera que se la entregue y devolvérsela renovada, incluso en un estado mejor que el mejor estado conocido por el devoto.  Y esto lo digo por experiencia.

El ignorante occidental sobre estos temas, que observa el fenómeno devocional hacia los gurús desde afuera, le da la sensación de que se trata únicamente de una fuerte autosugestión engañosa, pero nada más cierto de la realidad.  En nuestra cultura utilizamos demasiado a menudo a la palabra autosugestión para explicarnos aquello que no nos podemos explicar.  No vamos a negar que los engaños sugestivos, hipnóticos, existan en los ambientes sectarios, no cesamos de hablar de ellos en este libro.  Pero tampoco estamos dejando de hablar de las fuertes vivencias que se experimentan por estos mundos de dios.  Respirar cualquier atmósfera sagrada no es una broma, y los gurús saben muy bien trabajar la alquimia necesaria para hacernos respirar la atmósfera divina.     

A simple vista, en muchos casos, no le exigen a los discípulos nada extraordinario para que puedan experimentar a su dios particular.  En ocasiones, a modo de ejemplo, puede tratarse de repetir con machaconería el nombre sagrado de la divinidad adorada: una palabra suelta repetida hasta la saciedad puede hacer que el discípulo experimente una aproximación a lo divino, lo que no le dejará lugar a dudas de que está en el único camino correcto; aunque el gurú del ashram de al lado esté haciendo experimentar otra aproximación a lo sagrado a sus discípulos invocando a otro dios con nombre diferente.  

            Pero los discípulos no se paran a efectuar investigaciones para descubrir el fraude, sería un insulto dudar de su maestro, quien les asegura que la vivencia del dios que él proporciona es la más importante, la única, diferente a todas las demás.  Y en cierta manera la experiencia que él proporciona de la divinidad se diferencia del resto de caminos espirituales.  Recordemos el cuento del elefante, cada aproximación a lo sagrado nos puede hacer sentir diferentes aspectos de la divinidad, habitualmente interpretado como una aproximación a un dios diferente.  En cada ocasión que yo he tenido oportunidad de revivir mi contacto con lo sagrado, en circunstancias diferentes, con maestros o en sectas diferentes, nunca ha sido igual.  Digamos que lo divino siempre lo he podido sentir, pero sus matices variaban según las circunstancias.  (Sucede como cuando nos enamoramos varias veces a lo largo de nuestra vida de diferentes personas: con todas ellas vivimos el amor, pero en cada una de ellas con matices diferentes).  Si la experiencia divina se compone de diversos factores, como hemos comentado anteriormente, estos factores se entremezclan entre sí de forma diferente, de tal forma que en unas ocasiones, bajo la enseñanza de un maestro o bajo la doctrina de una enseñanza religiosa, sobresaldrá por ejemplo la paz, en otras la belleza, en otras en conocimiento, en otras el equilibrio interior, en otras la seguridad en sí mismo, etc.  En cada una de ellas se puede sentir la personalidad espiritual que invade a sus creyentes, es algo palpable, es la vibración personal del grupo donde se han acomodado y se han atrincherado en la creencia de que esa forma especial que ellos viven de relacionarse con dios es única.  Pero aunque el tocar una parte del elefante sagrado ya proporcione una experiencia de dios, estas percepciones son incompletas, y como tales muy poco consistentes, por lo que necesitan de bastante constancia en las prácticas y vivencias en grupo o en relación con sus dirigentes espirituales, para conseguir así mantenerlas vivas.  Es necesario de un gran teatro, de una gran realidad virtual, con fantásticos fuegos artificiales, para que nadie descubra el gran fraude espiritual, para que nadie descubra que aunque nos están ofreciendo todo, en realidad solamente nos están vendiendo una parte.

Y todavía podemos hablar de otro ingrediente básico espiritual que empeora esta ceguera fraudulenta.  Se trata del amor, del amor supremo, naturalmente.  La experiencia divina de los creyentes conlleva siempre una vivencia de amor con dios, y entre las personas que la comparten.  Las sectas espirituales se forman por el íntimo vínculo del amor fraterno.  Y de ese ambiente de sentimentalismo sobresale la relación amorosa del dirigente con sus seguidores.  En otras ocasiones surge ese amor, con algún mediador que ya no convive físicamente con nosotros, sin la intervención de grupo alguno. 

Cuantas veces hemos oído decir que dios es amor a todos aquellos que experimentaron una aproximación a lo divino.  Un amor pasional en muchas ocasiones, que hace desear a los místicos incluso la muerte para poder conocer a su amado, para conocer al mediador, elegido por su corazón, que habita en el otro mundo.  Situación que no se da en el caso de los gurús de cuerpo presente, pues, como ellos son la encarnación de dios, ellos son el origen del amor divino y el objetivo pasional de sus devotos, que se sienten muy afortunados de tener al amor divino de cuerpo presente en este mundo.

            (A mí me tocó experimentar estos dos tipos de amores: sobre los dieciocho años viví un fuerte enamoramiento de Cristo que cambió toda mi vida.  Con el paso de los años mis sentimientos hacia este mediador estrella fueron desapareciendo.  Y años más tarde volví a experimentar el amor místico, pero esta vez enfocado en un gurú oriental).

El creyente siempre establece una relación muy familiar con el mediador que haya escogido para alcanzar a dios.  En cualquier cultura encontraremos vínculos con mediadores, ya desaparecidos del mundo físico, semejantes al del matrimonio, al de la maternidad o al de la paternidad.  Todos conocemos a esas personas que aseguran estar casadas con dios o con cualquiera de los dos grandes mediadores del cristianismo, Jesucristo o la Virgen María, ya sean mujeres u hombres; o, en otros casos, hablan de su padre o su madre celestial.  Este tipo de vínculos emocionales el creyente los puede llegar a experimentar de forma muy real.  El amor que acompaña la vivencia de la atmósfera sagrada parece necesitar un soporte determinado donde enfocarlo.  ¿Y a quién dirigir mejor nuestros mejores sentimientos que a quien pensamos que nos está ayudando a caminar espiritualmente?

Hoy nadie se extraña que se haya podido vivir en el pasado esa exacerbada devoción en los tiempos en que vivían los grandes mediadores, protagonistas principales de las historias sagradas, cuando sus devotos se relacionaban con ellos directamente. Tampoco nos extrañamos de que se les continúe manifestando fervores pasionales en la actualidad; forman parte de nuestras tradiciones religiosas.  

No obstante, cuando observamos que eso está sucediendo en torno a una persona viva, puede llegarnos a parecer hasta ridículo.  Parece increíble que algo que sucedió en la antigüedad pueda suceder ahora.  Muy poca gente se puede llegar a creer que puedan existir actualmente mediadores de superior categoría, auténticas encarnaciones de la divinidad.  Tan increíble parece que, a un nivel popular, se tiene la idea de que un mediador vivo es un oportunista embaucador.  Sin embargo, estudiando las historias sagradas de las diferentes culturas, yo no encuentro grandes diferencias entre aquellos del pasado y los actuales.  Cualquier devoto de cualquiera de los grandes gurús actuales podría escribir exaltadas páginas de la vida de su maestro, incluyendo milagros, que no tendrían nada que envidiar a las que hay en las sagradas escrituras sobre los grandes mediadores.  Pero, a la persona que no está implicada en las enseñanzas de ningún maestro actual, le resulta muy difícil entenderlo, es más fácil divinizar a un espíritu de algún mediador desaparecido de la dimensión física, incluido en el costumbrismo de alguna tradición religiosa, que a esos desconocidos gurús de carne y hueso.  Esta situación es semejante a la que se produjo en el pasado en los tiempos en que se escribieron las historias sagradas; la mayoría de los habitantes de los pueblos antiguos rechazaron y no comprendieron a los grandes mediadores históricos, cuando no les apedrearon.  Hemos de comprender que tanto el fenómeno de las sectas, como el de sus predicadores o maestros que enseñan las doctrinas, son fenómenos habituales en la evolución de la Humanidad.  Reconociendo que en la Historia se repiten con sorprendente asiduidad estos casos, no vamos ahora a comportarnos como nuestros incultos antepasados, considerando a los desaparecidos maestros antiguos superiores a los que ahora están pisando la tierra.

Si así lo entendemos, comprenderemos mejor que las historias sagradas se estén repitiendo asiduamente a lo largo de los siglos y de los años.  La diferencia más notable entre ellas es que unas terminan escritas y otras no, y entre las que se escriben, unas pasan a la posteridad en letras de oro y otras no: todo depende de los intereses o poderes ocultos que manejen las entidades editoriales de cada época y lugar donde se desarrollen los hechos.

El amor místico entre el maestro y el discípulo es uno de los hechos más sorprendentes y más exquisitos de experimentar, pero no por ello menos frecuente.  Lo que llegamos a conocer de su existencia es una mínima parte de lo que está sucediendo.  De alguna forma el devoto digamos que se avergüenza de sentir lo que está sintiendo y lo oculta.  Esto sucede sobre todo al principio, cuando el devoto se siente sorprendido por sus propios sentimientos, y se descubre protagonista del antiguo drama que siempre supuso amar a un dios hecho hombre.  También el hecho de que esta especial condición sentimental sea criticada, y ridiculizada en los medios de comunicación frecuentemente, ayuda a que no transcienda al exterior.  El miedo consigue acallar un sentimiento que pide ser anunciado a gritos.  Mas cuando se rompen estas barreras, el escándalo estalla, y la indignación popular arremete contra quien se ha atrevido a amar a un hombre considerándolo dios, como arremetió contra otros que se atrevieron a amar en otros tiempos a otros maestros que convivieron con ellos, y protagonizaron un escándalo social semejante.

Este tipo de amor es tan inocente y tan digno de ser vivido como cualquier otro, incluso podríamos añadir que es de los más exquisitos y sublimes que el ser humano puede llegar a experimentar.  Y, como en todas estas vivencias positivas que estamos estudiando, características de lo sagrado, lo malo no está en ellas, sino en lo que hacemos con ellas.  Y ese tipo de amor es moneda cambio muy frecuente para cometer el gran fraude espiritual.

Todos sabemos que la persona enamorada vive engañada de alguna forma, y muy a menudo acaba defraudada por no cumplirse las expectativas que en un principio esperaba de su amor.  Ya forma parte de nuestra cultura escuchar pacientemente las alabanzas que la persona enamorada hace de su pareja.  Sin embargo, habitualmente se pierde la paciencia cuando alguien habla de las glorias de un amor místico entre algún gurú y alguno de sus discípulos.  Nos resulta inadmisible que una persona se engañe de esa manera y nos quiera engañar a nosotros.  No perdonamos el ansía proselitista, que inevitablemente surge en el devoto, como perdonamos la publicidad que algunos enamorados dan a su amor.  Si una persona enamorada siente un fuerte impulso por ensalzar ante los demás a la persona elegida por su corazón, cuando se trata de los devotos del amor místico, las alabanzas que hacen de su maestro se convierten en sublimes cantos celestiales que ansían ser pregonadas a los cuatro vientos.  Al estar mezclada la vivencia religiosa con las celestiales realidades virtuales espirituales, la exaltación que proporciona ese tipo de amor, cobra tal intensidad que el devoto no tiene duda alguna de que su gurú es una encarnación divina: si ha sido capaz de elevarle a él hasta el sublime cielo, también puede hacerlo con toda la Humanidad.  No le cabrá duda de que un nuevo gran mediador está entre nosotros; y, porque no, no le cabrá duda de que su maestro es la nueva encarnación de un gran mediador estrella, del único e insustituible; hecho que queda confirmado cuando, sorprendentemente, su maestro consiente en afirmar que así es. 

Sorprendidos quedaríamos si llegáramos a conocer la cantidad de este tipo de maestros que se anuncian como la nueva encarnación de Jesucristo, por ejemplo, se podrán contar por cientos, porque ya no sólo lo pregonan los grandes gurús, cualquiera que tenga un mínimo éxito en la implantación de su doctrina se puede llegar a anunciar como el nuevo Jesucristo.  Esto es algo que en Oriente se ha hecho siempre, la importación de la teoría de reencarnación y los gurús nos ha traído esta especie de tradición, allí es habitual que un gurú se anuncie como la encarnación de cualquiera de sus mediadores estrella más famosos de esa cultura, son innumerables las personas encarnaciones de Buda y de Krisna que caminan por la India.  Y, cuando llegan a Occidente, no se cortan un pelo en afirmar que también son la encarnación de nuestro gran mediador estrella, de Jesucristo.

Yo no alcanzo a comprender que necesidad tienen estos personajes de comportarse como auténticos charlatanes, vendiéndonos sus enseñanzas etiquetadas con prospectos falsos, cuando lo que nos ofrecen es de una calidad tan elevada.  Es como si el vendedor de una miel exquisita nos estuviera diciendo que ha sido confeccionada en el cielo por los ángeles.  Si esa miel es realmente exquisita ¿qué necesidad tiene de engañarnos contándonos mentiras?  Alguien ―probablemente seguidor de alguno de estos gurús― nos podría insinuar que alguno de ellos ―en especial el suyo― podría ser la auténtica encarnación de Jesucristo; pero hay tantos que así se anuncian que uno llega a la conclusión de que no es ninguno.  En Oriente justifican esta situación diciendo que los grandes mediadores tienen el don de la ubicuidad, y pueden manifestarse cuantas veces quieran en este mundo y en los cuerpos que quieran.  Claro está que cuando uno descubre los notables desacuerdos entre las diferentes encarnaciones de un mismo mediador, no le queda otro remedio que sospechar que algo falla en esta teoría. 

Yo le aconsejaría a al creyente, deslumbrado por la encarnación que ha llegado a conocer, que tuviera la valentía de dudar, aunque solo fuera un poco, y se animase a conocer a otro u otros gurús que también se anuncian de la misma manera.  Así podrá observar que todos enseñan algo sublime, a pesar de que entre ellos no se parecen en nada.  Todos enseñan a experimentar una parte del gran elefante sagrado.  Lo que resulta intolerable es que, estimulados por el deslumbramiento que produce la maravilla vivida, cerremos las puertas a otras opciones de aprendizaje, descalificándolas brutalmente.

El gran fraude espiritual, en todas las formas en que se manifieste, ha existido desde tiempos inmemorables, es parte de la cultura de nuestro mundo, como lo son los grandes fraudes políticos o los económicos.  Está enraizado en nuestra absurda y egoísta forma de ser que adoptamos frecuentemente los humanos.  Cuando es el amor el protagonista principal del fraude, el engaño es semejante al que experimentamos cuando nos enamoramos al más tradicional estilo romántico y quedamos atrapados entre una serie de pasiones humanas que muy poco tienen que ver con el amor. 

Los amantes, ya sean una pareja normal o un gurú y su devoto, viven un amor exclusivo, se aman aparte de todo lo demás.  Amar a otras personas como ellos se aman supone para ellos un peligro del que hay que huir si no se quiere correr el riesgo de perder su especial unión, su realidad virtual paradisíaca creada en el nido del amor, la ilusión, la mentira; por ello es necesaria la exclusividad del amor en los amantes, ya sean carnales o místicos.  Es necesario marcar bien su territorio de amor, su realidad virtual particular, para que en este mundo, de carestías amorosas y de ladrones, nadie venga a robarle su preciado tesoro; por ello, el instinto de territorialidad y de posesión de los amantes es una pasión muy fuerte.  Nadie puede entrar en el territorio sagrado de su pasión amorosa excepto ellos dos.  La poligamia es una excepción que admite a varias amantes de un mismo individuo, pero esto exige a un único individuo, nunca a dos o más.  Y algo semejante sucede con los amados mediadores.  El juego amoroso devocional permite entrar en el territorio virtual de la devoción a innumerables discípulos, pero nunca se permitirá entrar a otro mediador, so pena de desatar la celosa ira divina del mediador propietario del harén místico.     

Es muy difícil encontrar un tipo de relación amorosa limpia de polvo y paja, ya sea de pareja, con el grupo familiar, con el grupo sectario o con el gurú o maestro espiritual con el que nos relacionemos.  Necesitamos realizar un gran esfuerzo si no deseamos corromper las extraordinarias vivencias espirituales con actividades egoístas y fraudulentas.  Mas urge hacerlo si queremos disfrutar largamente de los goces que nos puede proporcionar nuestra dimensión sagrada.  Quien sufre el fraude como víctima puede ver mermada su capacidad de vivir su plenitud espiritual; pero, quien lo realiza, lo suele pagar muy caro.  Llevar a cabo un fraude en la dimensión económica, si no nos cae el peso de la ley encima, puede otorgarnos elevados beneficios; pero en la dimensión espiritual, un fraude termina, tarde o temprano, por hundirnos en una miserable pobreza de espíritu.  Recordemos a esas grandes religiones que, a base de vivir actividades fraudulentas, perdieron las glorias sagradas de sus principios y alcanzaron unas altas cotas de miseria espiritual.

 


 

LA CREACIÓN DE MITOS

 

            No es necesario realizar exhaustivos estudios antropológicos para observar cómo se crea un mito en torno a un líder religioso.  En la actualidad tenemos ejemplos de todas las fases de creación de un mito, podemos observar su proceso evolutivo desde sus principios.  En muchos casos, como en el budismo tibetano, los lideres o los santos son adiestrados desde niños para la santidad.  Elegidos por los astros o por los videntes, son apartados de sus padres para hacer de ellos seres divinos; modelos ejemplares de lo que puede conseguir una educación determinada desde la infancia en los seres humanos. 

Pero los casos más extraordinarios de santidad son aquellos surgidos del pueblo sin manipulaciones previas.  En el hervidero espiritual hindú tenemos ejemplos de todas las fases de la creación de un personaje mitológico por generación espontánea.  Normalmente, en la infancia suelen ser niños muy normales con algún pequeño síntoma de niño prodigio, pero sin mayor importancia.  Ya en la adolescencia comienzan encauzar sus preferencias por la vida espiritual, como tantos otros que eligen el celibato y la religiosidad, a diferencia de la mayoría de los jóvenes de su edad que comienzan a pensar en cosas más mundanas.  Si su adiestramiento esotérico le permite continuar evolucionando espiritualmente, y alcanza la facultad de hacer algún milagro, su conversión en mito está garantizada.  Cuando la población hindú comprueba la santidad de dicha persona, ya sea hombre o mujer, certificada por sus milagros y por la dedicación de su vida a la enseñanza de las virtudes necesarias para alcanzar la beatitud, ya se le considera oficialmente un maestro espiritual, un gurú.  Sus devotos seguidores comienzan a escribir su historia particular, su curriculum espiritual, su historia sagrada, donde se hará una detallada recopilación de todos los acontecimientos virtuosos que haya protagonizado, en especial los milagros.  A partir de aquí, la realidad comienza a mezclarse con la ficción.  La inventiva de los autores de las historias sagradas no tiene limite: el gran fraude espiritual comienza a tomar cuerpo, pronto se comentará que se trata de una encarnación de alguna entidad divina.  Su familia también se verá implicada, arrojada sin remedio al escenario de la nueva realidad virtual que se está creando; sus padres y familiares se verán santificados aunque sean personas muy normales.  Las circunstancias, tanto de la gestación como del nacimiento del individuo, se convertirán en milagrosas como por arte de magia, señales del cielo inventadas santificarán con todo lujo de detalles un pasado más o menos corriente, así convertirán a una persona normal en un elegido de dios incluso antes de su nacimiento, pues seguro que encontrarán a alguien que anunció su santa venida a este mundo.  El nuevo santo ya tiene su historia sagrada particular.  Sus devotos no cesarán de cargar su guirnalda de bendiciones.  Las exaltadas experiencias espirituales que se producen a su alrededor propiciarán la creencia de que son ciertas todas las glorias que de él se cantan. 

            Y llegada la hora de su muerte, el proceso no se detiene, normalmente se amplifica.  Existe una explosión de fuegos artificiales esotéricos cuando estos dioses hechos hombres fallecen.  Este es un fenómeno muy digno de tener en cuenta.  Los discípulos continúan comunicándose con su maestro fallecido, sienten su presencia en sus reuniones y rituales incluso con más fuerza que cuando estaba vivo.  Experimentan una infusión de energía espiritual enorme, una euforia mística que les hace afianzarse más todavía en la fe en su maestro y en la doctrina que él predicó. 

            Siento no poder dar explicación a este fenómeno.  Como dije en la presentación de este libro, en muchas ocasiones tenemos que conformarnos con relatos de hechos incomprensibles para la razón, pero que han sido y son de gran importancia en el mundo de las sectas y, por lo tanto, en la Historia de la Humanidad.

Este efecto post mortem, típico de todos los grandes maestros espirituales, ha generado a lo largo de la Historia de la Humanidad sorprendentes cambios sociales.  La euforia que los discípulos pueden llegar a sentir y las maravillas que ―supuestamente― su maestro puede realizar a través de ellos, es de tal magnitud que el proselitismo está más que garantizado.  Y si se tiene la suerte de convertirse dicha doctrina en oficial, por haber sido acogida por los poderes políticos y militares del país o países en expansión donde está sucediendo el milagro, puede convertirse en una religión universal.

Para ello también es indispensable que la nueva creencia se vea apoyada por las escrituras, ninguna religión universal pudiera haber llegado a extenderse por el mundo si no hubiera sido por la escritura.  Y probablemente la escritura no hubiese prosperado como lo ha hecho, a lo largo de la Historia, de no ser por la urgente necesidad de conservar en el escrito las claves evocadoras de las vivencias espirituales.  Los textos sagrados han sido durante milenios la lectura madre de toda civilización, y en la actualidad en muchos países continúan siéndolo.  

Toda escritura sagrada nos habla de la vida y milagros de los maestros espirituales, de sus doctrinas y rituales, de las revelaciones divinas que recibieron del más allá, y de las realidades virtuales espirituales donde se ubica todo el teatro esotérico.  Es un tipo de escritura, llamémosle mágica, que puede provocar la experiencia mística en los creyentes con solo leer las palabras del libro sagrado. 

Para la permanencia inalterable en el tiempo de un mito es necesaria la escritura.  Hasta que ésta no hizo su aparición, los mitos se transmitían oralmente y, por lo tanto, se desvirtuaban moldeados a capricho por la imaginación de los narradores.  Tanto es así que no podemos saber cuál es el origen de toda la mitología griega, por ejemplo; los primeros escritos sobre los dioses griegos, relatan hechos tan fantásticos e irracionales, que demuestran las abundantes imaginaciones fantasiosas que a través de las generaciones transformaron los hechos que originaron esos mitos.

Cuando el fenómeno mitológico nace en una sociedad que conoce la escritura, a pesar de que en ella también se puedan relatar exaltadas fantasías espirituales, tendremos al menos un documento más real que si su historia hubiera sido transmitida oralmente.  Y con sólo observar como se continúan produciendo conatos de creación de mitos en el seno de las sectas occidentales, o en sociedades de densa espiritualidad, como por ejemplo en la India, podremos comprender cuál fue el origen de los hechos que relatan las escrituras antiguas. 

Aunque siempre habremos de tener presente que cuanto más alejada en el tiempo se ubique la creación del mito y su inmediata escritura, aumentarán las probabilidades de que la auténtica historia original haya sido falseada.  Si los primeros escritos realizados por testigos directos del acontecimiento espiritual ya son capaces de añadir fantasiosos complementos destinados a engrandecer lo acontecido, no digamos a lo largo de los siglos lo que se puede añadir, borrar o tergiversar; la manipulación interesada está garantizada cuando se realizan copias o traducciones de las escrituras sagradas.  En las escrituras con más de mil años, aunque se haya sido lo más fiel posible al original en todas sus traducciones o copias, nos llega a nosotros muy poco de lo que realmente sucedió o del mensaje que aquel maestro de aquel tiempo transmitió a sus discípulos.  Aunque el texto fuera el mismo, no nos llegaría a nosotros el mismo significado, ya que las palabras de hoy no significan lo mismo para nosotros que lo que significaban para las personas de hace miles de años.  Sobre todo los vocablos de cariz espiritual son de una relatividad tremenda, ya que están basados en la experiencia y en la interpretación personal o cultural de la época, y si un escritor relata su vivencia personal de un acontecimiento sagrado, mal lo puede traducir quien no haya tenido la misma vivencia ni conozca los patrones de interpretación vigentes cuando ocurrieron lo hechos.

Sin embargo ―y esto es sorprendente― cuanto más viejo es un mito, más solera tiene y más a gusto se consume.  El creyente apenas se para a pensar en todas las fantasías que se hayan podido añadir durante los siglos en que estuvo vigente.  En la dimensión espiritual del hombre pesa más la tradición que la lógica más sensata.  Y cuanto más fantasioso es un mito más atractivo resulta. 

Las fantasías añadidas convierten los hechos originales en leyenda, por ello es necesario observar las creaciones de mitos cercanas en el tiempo, para ayudarnos a comprender los mitos que tienen más de mil años.  Siendo conscientes de que no todos los mitos siguen unas pautas semejantes en su creación, ya que pueden existir diferentes versiones creadoras de un mismo mito.  No es infrecuente que, después del fallecimiento de un personaje destinado a convertirse en mito, sus discípulos más directos, embriagados por la euforia mística, se dividan y creen diversas vías doctrinales, y distintas historias sagradas según la interpretación de cada uno, e incluso ubiquen a su maestro en diferentes realidades virtuales espirituales.  Enseñanzas de importantes maestros espirituales fallecidos en este siglo han sido dispersadas en tantas ramificaciones como discípulos directos tenían.  Y cuando los mitos permanecen vigentes durante varios siglos, en muchas ocasiones sufren una disgregación incesante.

  Un ejemplo muy familiar para los occidentales lo tenemos en Jesucristo.

 


 

JESUCRISTO

 

            Posiblemente no exista otro mediador estrella en otras civilizaciones que haya sido tan manipulado como Jesucristo en nuestra cultura occidental.   Las religiones cristianas, sectas o vías de realización ―llamémosles como queramos―, se cuentan por cientos.  Aquel hijo de carpintero, probablemente, nunca llegó a sospechar que su mensaje pudiera llegar a dar pie a tantas doctrinas y tan diferentes.  En mi paseo por las sectas es sorprendente todo lo que he podido llegar a oír sobre él.  Son innumerables las versiones que hay sobre su vida, cada una de ellas defendida por argumentos convincentes para los creyentes en esas versiones particulares.

Aprovechando la sospecha de que el nuevo testamento ha sido manipulado a lo largo de la Historia, unas versiones dicen que los años que precedieron a su vida pública no se los pasó ayudando a su padre en la carpintería, sino que estuvo educando su espiritualidad en los centros más espirituales del mundo de aquella época. (Naturalmente esos centros de estudios esotéricos suelen coincidir con las tendencias religiosas de la vía o secta cristiana que defiende dicha versión sobre el pasado de Jesús).

            Las tendencias esotéricas que ven en la sexualidad el elixir indispensable para el crecimiento del espíritu, no creen que Jesús fuera célibe, más bien creen que se acostaba con María Magdalena, prostituta elegida para las difíciles posturas que estos místicos profesionales han de adoptar en el proceso alquímico sexual.

            Su inmortalidad tiene bastantes detractores, aunque hay muchos más que están a su favor, incluso algunos afirman que en la actualidad se pasea por las calles de nuestras ciudades como un turista cualquiera, luciendo un cuerpo de dos mil años de antigüedad, pero con un aspecto del que todavía no ha cumplido los cuarenta.

            Otros lo sitúan allá en el paraíso, a la cabeza de las huestes celestiales, presidiendo la gran logia blanca, compuesta por todos los grandes personajes espirituales que se fueron al otro barrio; y que desde allí ―dicen― están haciendo todo lo posible para salvar al mundo de sus males.

            La mayoría esperan su segunda venida, la anunciada en las escrituras a bombo y platillo, retorno definitivo y apocalíptico como rey salvador, inminente según aseguran muchos.  En unos casos vendrá al frente de una inmensa flota de platillos volantes a salvar a los buenos (entre quienes se encuentran los miembros de la secta aficionada a los ovnis, naturalmente); y, en otros casos, será al frente de una huestes de ángeles, con trompetas y esas cosas que usan los ángeles.  Pero hay otros que aseguran que su venida será como la anterior, como todo hijo de vecino, parido por hembra humana, más no en plan mártir, sino como rey del mundo.  Y anuncian la venida tan inminente que muchos ya han anunciado su nacimiento.  Lástima que no se pongan de acuerdo.  Llevo más de treinta años escuchando que acababa de nacer en algún país afortunado, hijo de unos padres más afortunados todavía.  Sin exagerar, serán unas cinco veces las que he recibido la buena nueva de cinco nacimientos en años diferentes, distanciados por varios años, y en lugares y de padres distintos.  Cinco nuevas Navidades con fecha diferentes y cinco sagradas familias de otros tantos pueblos elegidos.  Como se les ocurra a todos ellos predicar a la vez su buena nueva, no sé qué método habrán de usar los legisladores espirituales para saber cuál de ellos es el auténtico.  Y seguro que habrá muchas más anunciaciones de las que a mí no me llegó noticia.  De ser ciertas todas ellas, tendríamos en la actualidad un gran número de Jesucristos predicando doctrinas diferentes..., y, de hecho, los tenemos.

            Hay sectas, incluidas en el montón de las partidarias de la reencarnación, que tienen un descaro sorprendente a la hora de acreditar que su dirigente es el auténtico dios hecho hombre reencarnado en innumerables ocasiones, todas ellas de mediadores estrellas, naturalmente.  Y nos podemos encontrar, en su certificado particular, el periplo que el alma santa de su maestro recorrió por este mundo metiéndose un cuerpo tras otro de todos los grandes maestros que han existido.  No es poco corriente encontrarnos en alguna sala del centro sectario o en las páginas de algún libro, una consecución de retratos realizados por algún devoto correspondientes a Krisna, Confucio, Buda, Jesucristo, Mahoma, etc.  Todas ellas puestas en orden cronológico, para insinuar el recorrido a través de los siglos del alma grande de su maestro, la única que ha merecido la pena ser adorada en este mundo.  En los lapsus de siglos donde no ha sobresalido ningún mediador estrella, se sacan de la manga algún santo que sin llegar a gran mediador sobresalió en esa etapa histórica, y lo ponen en la lista para rellenar el hueco temporal, de esta forma demuestran que su incansable maestro no ha abandonado el cuidado del mundo ni un momento.

Como se puede comprobar, el gran fraude espiritual tiene infinidad de modalidades.  Al inocente occidental buscador, que desconoce estas patrañas, siempre le causa una fuerte impresión el anuncio de estas nuevas venidas de Jesucristo.  Es una forma típica de captación de adeptos.  La buena fama de Jesucristo se convierte en anzuelo para pescar al incauto.  En ocasiones se mantiene en secreto la noticia de la nueva venida, (igual temen que algún moderno Herodes se ponga a degollar niños), buena nueva que solamente recibirán aquellos que sean de la secta en cuestión.  Crías de nuevos salvadores que suelen llegar a hacerse adultos.  Nos sorprendería conocer el elevado número de individuos que en la actualidad se creen ser Jesucristo y tienen seguidores.

            El hecho de que fuera un gran milagrero, también le hace estar en cabeza de las invocaciones de los sanadores junto con el Espíritu Santo.  Las técnicas particulares de muchos sanadores esotéricos son anunciadas como las que utilizó Jesucristo hace dos mil años.  Un pequeño repaso de todas ellas nos demuestra que eso es imposible, pues son muy diferentes entre sí y corresponden a orígenes muy dispares; pero los sanadores no se suelen cortar un pelo para invocar el poder sanador de Jesús, aun cuando están utilizando un método chamanístico o de brujería, que muy probablemente sería rechazado por nuestro mediador estrella si éste levantara la cabeza.

            Otras tendencias nos dicen que Jesús fue una persona normal que alcanzó el estado “crístico”, etapa final de la evolución espiritual del ser humano.  Este tipo de interpretaciones nos dicen que Cristo no es una persona si no un estado que se puede alcanzar,  (esto nos puede explicar porqué hay tantos cristos).

            Y no podemos dejar de referirnos en este capítulo a quienes están en comunicación constante con él vía telefónico-celestial.  Pero éste es un asunto que trataremos más detalladamente en el capítulo sobre los mensajes del más allá.

 


 

EL PECADO, LA CULPA Y EL KARMA

 

            Nuestra civilización cristiana lleva padeciendo el síndrome del mártir desde sus orígenes.  Ya el antiguo testamento nos cuenta como metimos la pata y nos ganamos la expulsión del paraíso en el que vivíamos.  Este mito lleva amargando la vida de gran parte de la Humanidad desde hace miles de años, los golpes de pecho y la culpa no nos han aplastado totalmente porque por suerte siempre existieron los hombres de poca fe.  La creencia de que somos terribles pecadores se afianzó todavía más con la muerte de Cristo.  Somos tan perversos que fuimos capaces de torturar y de matar al hijo de dios.  Miles de templos nos han recordado durante siglos ―y nos lo continúan recordando― el dramático final de nuestro favorito mediador estrella; la tétrica imagen de Cristo clavado en la cruz de los altares de nuestras iglesias nos muestra nuestra maldad, nuestro pecado y nuestra culpa, todo ello reforzado por el incumplimiento de unos mandamientos divinos prácticamente imposibles de cumplir.

            La expiación siempre ha sido necesaria, y el martirio la forma más gloriosa de alcanzar el cielo.  Casi todos nuestros santos fueron mártires.  El santo o el profeta debían de tener vocación de martirio y esperar felizmente a que sus perseguidores les sometieran a tortura.  Antiguamente no había otra forma de purgar definitivamente las culpas, todo místico debía de ser adicto al suplicio si quería alcanzar el éxito, sus males eran anheladas pruebas divinas, un honor que dios le hacía para ayudarle a alcanzar el cielo.  Esta tradición masoquista asegura que sin sufrimiento no hay progreso espiritual.  Tan profundamente es deseado el martirio que, a falta de crueles infieles martirizadores en la actualidad, hay fieles —elegidos por dios— que sufren el honor de padecer los estigmas de Cristo para no perder nuestra santa tradición masoquista; los fenómenos paranormales están al servicio de los impulsos psicológicos más ancestrales y profundos.  La vida, pasión y muerte de Cristo, ha sido siempre fervientemente imitada por sus devotos, (pero parece ser que ninguno consiguió imitarle en su resurrección).

La vocación de martirio no es exclusiva del cristianismo, en muchas otras vías religiosas también se practica.  La mortificación del cuerpo se considera en muchas ocasiones como camino imprescindible para alcanzar la virtud y purgar el pecado, se cree que el maltrato, el desprecio y el abandono de la carne y de todo lo material, es necesario para alcanzar el mundo espiritual. 

Esta creencia es aterradora, y es capaz por sí sola de impedir el progreso del estado de bienestar de multitud de países subdesarrollados, afianzados en unas creencias que fomentan su status miserable.  El hambre, la miseria, las enfermedades, y todo tipo de penalidades son castigo de dios, expiación de las culpas humanas, son algo inevitable ante lo cual sólo hay una postura virtuosa y digna de ser adoptada: sufrir con paciencia de santo, siguiendo el ejemplo del santo Job.  Rebelarse contra el sufrimiento es un atrevimiento de impíos.

Pero estas creencias no fueron impuestas en sus principios por una capricho de las entidades religiosas, fueron y son la explicación más convincente que los hombres siempre se han dado a sus desgracias.  El castigo divino y la expiación de culpas son las justificaciones asumidas por el pueblo llano a todos sus males.  Una sociedad apesadumbrada se pregunta qué habré hecho yo para merecer esto, e inmediatamente vienen las respuestas espirituales del pecado o del mal karma.  Cuando los individuos de una sociedad sufren cualquier tipo de mal, se convierten en terreno abonado para que germinen en ellos las semillas del miedo, y vislumbren todo tipo de sombras tenebrosas en los cielos.

Así que, por un lado, podemos observar como una creencia influye en la sociedad, y, por otro lado, observamos cómo el estado de bienestar o de malestar de una sociedad influye sobre las creencias.  Esta influencia mutua es muy digna de ser tomada en consideración a la hora de estudiar los cambios sociales de un país o de un tipo de civilización.

Nuestras décadas de paz disfrutadas en Occidente, y el desarrollo tecnológico, han supuesto un cambio tan notable en el grado del bienestar en nuestro pueblo que inevitablemente las creencias espirituales se han visto afectadas.  A pesar de que las tendencias más tradicionalistas permanecen manteniendo las antiguas creencias, la ausencia de grandes males en las vidas de la mayoría de los individuos está consiguiendo que los grandes patrones religiosos atormentadores estén perdiendo credibilidad.  Como ya hice alusión en el capítulo “La evolución de los dioses”, están apareciendo en el seno de las sectas nuevos objetivos devocionales.  Aunque los personajes divinos sean los mismos, la visión de éstos está cambiando considerablemente.  Al mismo Jesucristo ya no se le representa en sus momentos trágicos de la crucifixión, aquello es un agua pasada hace dos mil años que muy poco tiene que ver con la gloria libre de todo sufrimiento que ahora ven en él sus más modernos seguidores.  Los mediadores más modernistas, incluyendo a los gurús, son aquellos que predican una espiritualidad libre de culpa y de grandes castigos para el pecador. 

Cierto es que los tradicionales sistemas religiosos todavía continúan vigentes, pero, si les prestamos atención, veremos que están sustentados por personas adictas al apesadumbramiento, enganchadas a alguna forma de sufrimiento personal, muchas de ellas padecieron en su juventud o infancia la tragedia de una guerra, dolor de un mal no olvidado que se mantiene vivo en su espiritualidad, estimulando la aparición del castigo divino, de la culpa o de la expiación dolorosa.  Los países que dieron al olvido y al perdón los desastres bélicos que sufrieron, olvidan más fácilmente la ira divina, la culpa y el pecado.

En Occidente, las tendencias espirituales más modernas reducen  considerablemente estos dolorosos conceptos, son elegidas por personas que no padecieron grandes tragedias sociales o personales en su vida o por aquellas que ya las olvidaron y las perdonaron.  Se duda que para llegar a dios sea necesario sufrir grandes padecimientos o amenazas, y se emprenden caminos de búsqueda mucho más agradables y llevaderos, más en sintonía con el tipo de vida que disfruta el ciudadano medio.  El aumento del estado del bienestar reduce el sufrimiento, y a su vez se reduce la sensación de castigo, que a su vez reduce la sensación de haber pecado, que a su vez reduce la sensación de culpa.

Los diferentes infiernos de las diversas realidades virtuales espirituales religiosas, con sus demonios incluidos, están perdiendo credibilidad.  No cabe duda de que estas diabólicas creaciones virtuales son en parte reflejo de las infernales condiciones de vida en las que vivían nuestros antepasados.

A medida que los derechos humanos se vayan implantando en el mundo, los viejos sistemas religiosos atemorizantes irán perdiendo credibilidad.  Cuando se reducen los padecimientos del pueblo, merman los temores circunstanciales donde enraízan los horrores de las religiones.  La reducción de las injusticias sociales convierte a los creyentes en personas dignas de ser amadas por un dios con un amor verdadero, completo y sin fisuras, sin ira y sin dolorosos castigos.  De ahí la importancia de la extensión por todo el mundo de los derechos humanos, su implantación mundial mermará la creencia en los temibles castigos divinos.  Y nuevas formas de enfocar la culpa menos trágicas se asentarán en las culturas.

En Occidente ya hemos aceptado novedades importantes traídas de Oriente.  La ley del Karma nos ha venido como anillo al dedo para empezar a ir suplantando el concepto de pecado.  El concepto kármico, al ser semejante a una cuenta corriente celestial, merma la vieja sensación infernal del pecado.  En esta especie de cartilla de ahorros, las obras buenas nos generan ingresos, mientras que las malas nos generan deudas; teniendo en cuenta que las deudas hay que pagarlas siempre, con obras buenas, claro está.  Cuando oímos que ésta o aquella persona tiene mal karma, entendemos que su cuenta corriente esta en números rojos.  Naturalmente, esta filosofía de pagar las culpas de nuestros pecados con obras buenas, durante las vidas que haga falta en este mundo, resulta mucho más atractiva que pagarlas mediante un abrasarse vivo eternamente en los infiernos.  Sin embargo, no olvidemos que la ley del Karma continúa teniendo notables semejanzas con el castigo eterno, es una especie de ojo por ojo justiciero muy severo, en ocasiones las deudas pueden ser tan grandes que al creyente en la reencarnación se le exige un pago de vidas y vidas de sufrimiento en este mundo semejante al que se le exige por toda la eternidad en los infiernos al tradicional creyente pecador.

Pero, como esta nueva creencia encaja con nuestro actual concepto de la justicia y de pensamiento económico, está teniendo una buena aceptación en las modernas tendencias espirituales.  Nos parece justo que alguien que ha cometido malas acciones pague con buenas acciones, y, si no lo hace así, que sufra en vida todo lo que él ha hecho sufrir.  Aunque este juego de justicia puede ser eterno también, porque durante toda una vida es muy difícil que al mismo tiempo que hacemos buenas obras no hagamos daño a nada ni a nadie.  Si nos tomamos muy en serio el juego del Karma podemos acabar como los miembros de esa secta hindú que van barriendo el terreno delante de ellos, cuando caminan para no pisar ningún insecto, y evitar así hacer un daño a un ser vivo que pudiera descompensar su cuenta corriente de buenas obras.

De todas formas, modernas tendencias afirman que el Karma es negociable, sólo es necesario ponerse en contacto con los banqueros espirituales y renegociar con ellos el préstamo.  Lo malo es que los señores del Karma que financian nuestra deuda están en el cielo, dificultando la negociación por falta de comunicación, aunque sabemos que muchos creyentes superan muy a menudo las dificultades para comunicarse con el más allá.

Todo por rebajar nuestra sensación de culpa y el pago por ella.  Incluso existen tendencias espirituales que van tan deprisa en su ansia por liberarse de la culpa que se la pasan de largo, ignorándola totalmente y proclamando la total inocencia del ser humano, haga lo que haga.  Anuncian que el hombre está sumido en la total ignorancia y que por ello actúa como un niño de corta edad, sin auténtica conciencia de lo que hace, y por lo tanto no es culpable de sus actos, ni merece castigo alguno ni crear ninguna deuda Kármica.   Quienes así piensan son los sibaritas de la espiritualidad, el suyo pretende ser un camino de rosas pero sin espinas. 

Llegados a este punto del camino en nuestro paseo he de colocar una señal de peligro:  El pecado, el infierno y el Karma han sido durante siglos muy duros castigos para los creyentes; pero, a su vez, han sido métodos correctores del comportamiento; sin ellos, probablemente nuestro pasado hubiese sido más caótico que como fue.  Si con semejantes amenazas sobre quienes hacían el mal a su prójimo, hemos sido capaces de matarnos como lo hemos hecho a lo largo de las Historia, no quiero ni pensar que hubiera sucedido si esos duros castigos celestiales prometidos no hubiesen estado ahí. 

Cierto es que hoy en día está empezando a no ser necesario en el mundo esta dura justicia divina, la comunidad internacional ya se esfuerza por castigar las violaciones de los derechos humanos. 

Pero la ONU. no alcanza a castigar la sutil perversidad que se puede producir en las relaciones interpersonales.  Una persona que consigue liberarse de la culpa, si no tiene una educación moral suficiente, puede convertirse en un perverso sin freno que, sin llegar a cometer delito denunciable, haga imposible la vida a las personas de su alrededor. 

Por ello, cuando nos sintamos atraídos por una secta que nos promete liberarnos de la culpa, no olvidemos que la perversidad humana tiene infinidad de formas de manifestarse, y, aunque podemos acabar sintiendo la agradable sensación de nuestra inocencia original, también podemos ser víctimas de alguno de nuestros candorosos hermanitos sectarios que, en su inocencia y en su falta de conciencia de culpa, nos están haciendo la puñeta hasta límites insospechados, comportándose como un refinado sádico con nosotros.

Esto también han de tenerlo en cuenta quienes se relacionan directamente con personas pertenecientes a sectas que las ha liberado de la culpa.  Ya sea en la familia o en cualquier otro grupo social, podemos encontrarnos con personas ―poco normales― que descaradamente nos estén amargando la vida mientras están cantando felizmente sus cánticos espirituales.

            La anhelada inocencia original podremos disfrutarla cuando alcancemos los altos niveles espirituales en los que el amor nos invada de tal manera, a nosotros y a todos quienes nos rodean, que nos resulte imposible hacer daño a nadie; solamente en semejante estado de santidad la culpa no tendría razón de ser.  Pero, mientras estemos en el camino, habremos de conformarnos con vivir en el virtuoso justo medio que nos corresponde.

            Si en nuestro mundo ya no tenemos por qué padecer pesadas culpas por tradiciones religiosas o por hacer cosas inocentes, tampoco tenemos por qué comportarnos como inocentes cuando tengamos la culpa.

 


 

LA POBREZA Y LA RIQUEZA

 

            La pobreza ha sido un gran mal que desde tiempos inmemorables ha padecido la Humanidad.  La riqueza mundial se centraba en unos pocos individuos que gobernaban sobre el resto del pueblo sumido en la miseria.  Causa de innumerables males, la pobreza ha visto derrocado su ancestral poderío por el reciente progreso de las afortunadas naciones occidentales.  Únicamente en los países desarrollados hemos conseguido erradicarla de la mayoría de la población.  Este éxito no ha sido debido a un altruista reparto de la riqueza, sino al crecimiento económico que ha permitido a los ricos ser más ricos y a los pobres dejar de serlo.  Digamos que el desequilibrio económico entre los individuos sigue siendo el mismo, pero, al menos, de unas décadas a esta parte, hemos expulsado a la pobreza de la mayoría de nosotros.

Y, como comentamos en el capítulo anterior, todo cambio social sugiere un cambio en las creencias; y viceversa: todo cambio en las creencias estimula al cambio social.  Sabiendo que siempre se ha de superar la resistencia al cambio, incluso cuando se trata de abandonar el ancestral y miserable hábito de vivir en la pobreza.

Parece ser que las leyes físicas de la inercia no solamente afectan a los cuerpos pesados; los costumbrismos sociales y las creencias pueden atraparnos en una inercia que nos impida movernos cuando estamos anclados en hábitos del pasado, o nos impida desviarnos o detenernos cuando vamos en una dirección que realmente no deseamos.

Aunque todo individuo pobre desee conscientemente dejar de serlo, existe una resistencia inconsciente provocada por las creencias y por los hábitos tradicionales.  ¿Cuántas personas que fueron pobres en su niñez o juventud continúan comportándose como si realmente lo fueran, a pesar de que hace décadas que dejaron de serlo?

Nuestra próspera civilización hace más de un siglo que emprendió la imparable marcha del progreso impulsada por el crecimiento económico.  Pero los hábitos de conducta, y en especial las creencias espirituales tradicionales, no son capaces de cambiar a la misma velocidad.  Tengamos en cuenta que las escrituras sagradas son sistemas inamovibles de creencias indiscutibles para el creyente, creadas en un ambiente social de penurias económicas, afectadas por la pobreza reinante, influenciadas por ella.

Aunque parezca ridículo, la pobreza, como cualquier otra circunstancia social, a pesar de ser aborrecible, también es justificada por las viejas creencias que surgieron en su seno.  Podríamos enumerar innumerables claves de fe que proclaman a la pobreza como una virtud indispensable para entrar en los cielos.  Baste con recordar aquella parte de los evangelios cuando Jesús dice que es más difícil que un rico entre en el paraíso que un camello pase por el agujero de una aguja, o bienaventurados los pobres porque ellos heredarán la tierra.

            No existe nada reprochable en toda persona que elija a la pobreza como camino de evolución espiritual, todos somos libres de elegir el tipo de caminar espiritual que deseemos.  Como en el caso de quienes eligen el celibato, la clausura o el cilicio.  Ahora bien, lo que resulta intolerable es la imposición de una forma directa, o indirecta mediante argumentos religiosos, de esos males benditos, a un pueblo que ni los desea ni se los merece.  No es de extrañar que los pensadores de izquierdas sospecharan que esas proclamas de virtuosismo de la miseria fueran una herramienta más, que los poderosos gobernantes siempre utilizaron descaradamente, para mantener al pueblo conforme con las migajas sobrantes de sus banquetes que arrojaban sobre sus súbditos.  

Básicamente, los elogios que en muchas tendencias espirituales convierten a la pobreza en una virtud, vienen determinados por la necesidad del espíritu de desprenderse de la materia.  Todo aquél que desee alcanzar el más allá tiene que renunciar a todo lo que lo ata al más acá.  Por ello son bienaventurados los pobres de la Tierra.  Pero esa práctica de la virtud no ha sido elegida por los pobres, sino impuesta; y una virtud no elegida tiene muy poco de virtuoso. 

Si bien es cierto que la riqueza puede resultar una trampa mortal para el espíritu, más cierto es que la pobreza es una trampa mortal para el cuerpo, pues produce una indigna muerte prematura no deseada por nadie.  La mayoría de los pobres de la tierra, si son virtuosos, es porque están más cerca del otro mundo que de éste, pero no por evolución espiritual ni por elección libre, sino porque se están muriendo de hambre.

Los creyentes más tradicionalistas creen que las realidades virtuales espirituales de las que hablan las viejas escrituras, y en las que se ha creído durante siglos, no son afectadas por los cambios sociales; son dogmas de fe avalados por la palabra de dios que siempre habrá de ser la misma en el pasado, en el presente y en el futuro.  Muchos de ellos, en Occidente, escogen el voto de pobreza aún viviendo en un ambiente de abundancia.  Un camino tan digno como cualquier otro de evolución espiritual, sobre todo ahora que no es impuesto por las circunstancias sociales.  Aunque he de comunicar ―persistiendo en mi empeño por avisar de los peligros― que he conocido casos de quienes, en su prisa por realizarse espiritualmente, comenzaron a entregarlo todo, incluido su dinero; y en su alarde de desprendimiento de la materia de este mundo también abandonaron su trabajo, su única fuente de ingresos; y el único cambio que pude observar en ellos fue que, en vez de alcanzar la iluminación, se quedaron a oscuras porque la compañía eléctrica les cortó la luz por no pagar la factura.

Avanzadillas de modernos creyentes, ponen en duda que la pobreza sea una virtud, incluso aseguran que es un concepto masoquista residuo de un oscuro pasado religioso.  El principal argumento que esgrimen para justificar semejante atrevimiento se basa en que todos somos hijos del gran dios infinito, hijos del creador de todas las cosas, dueño de todo el universo; por lo tanto somos hijos del ser más “rico” de la creación.  ¿Cómo podemos llegar a pensar que nuestro padre desea que vivamos en la miseria?  Estas nuevas vías consideran que la pobreza es un mal sueño de los hijos de un padre de riqueza infinita, una pesadilla de la que ya es hora que despertemos y recordemos quiénes somos.  Son las nuevas vías de la opulencia, donde los ricos son los bienaventurados que heredarán la Tierra.  Atractivos caminos de riquezas prometidas para quienes los realicen.  La pobreza es un concepto, una idea de los pobres de espíritu, una forma de vivir elegida por los condenados por su propia culpa.  En realidad ―según afirman en estas vías― somos hijos de un padre de riqueza infinita, bondadoso y ansioso por llenarnos de riquezas espirituales y materiales, esperando a que aceptemos sus maravillosos regalos. 

Con sólo pensar en ello a uno se le ensancha el alma (y los bolsillos).  Merece la pena prestar atención a estas nuevas vías espirituales.  Nuevos conceptos religiosos que pueden cambiar nuestra vida.  Yo les auguro un gran éxito.  La infinita opulencia divina, como cualquier otra, es muy atractiva para los pobres humanos; sobre todo si nos dan la parte del infinito patrimonio divino que nos correspondería a cada uno de nosotros.

 


 

EL SERVICIO A LOS DEMÁS

 

Como acabamos de comentar, la pobreza es un gran mal del que nos hemos librado la mayoría de los occidentales.  Ahora somos los ricos del planeta, y, como tales, sentimos el buen propósito de dar limosna a los pobres de la Tierra.  Las partidas de los presupuestos nacionales destinados a la ayuda al tercer mundo, en proporción, son similares a la limosna que nos daban los ricos cuando ni hace un siglo éramos nosotros, el pueblo, los pobres.  Estamos haciendo con el tercer mundo lo que hicieron con nosotros los potentados ricos que nos gobernaban: darle a pobre lo que nos sobra.  No cabe duda de que aprendimos bien la lección, y ahora imitamos lo que tanto reprochamos cuando pasábamos hambre.  Estas son cosas que suelen suceder en la vida: hacer lo que se critica.

Mas las conciencias sensibles denuncian constantemente la injusticia del gran desequilibrio en el reparto de la riqueza en el mundo, y, en consecuencia, las ONG brotan con gran profusión en todos los países desarrollados, a través de las cuales cualquier ciudadano puede dar algo más que una limosna para erradicar la pobreza del tercer mundo o la que pudiera quedar todavía en su propio país.  Ahora, siendo ricos, respecto a los miserables de la Tierra ―recordemos que son mayoría― podemos ser excepcionalmente generosos.  Tenemos una oportunidad para demostrarnos que somos capaces de hacer lo que los ricos del pasado no hicieron con nosotros.  Erradicar del planeta el peor mal que desde siempre ha padecido la Humanidad es un empeño que ennoblece.  Responde a un instinto de servicio a los demás que todo ser humano, con sus necesidades básicas satisfechas, debería de sentir hacia quienes padecen importantes carencias. 

La atención sanitaria ha sido otro éxito de Occidente que acompañó a la erradicación de la pobreza, y es otra forma de servicio a los demás, que surge en los individuos más sensibles, ante los padecimientos del prójimo por las enfermedades.  Innumerables ONG están destinadas a atender a los enfermos del tercer mundo.

Cierto es que antes de que las ONG llegaran al tercer mundo ya llevaban décadas los misioneros de diferentes religiones atendiendo las penalidades mundiales.  Pero ese espíritu de ayuda tiene importantes añadidos.  Las organizaciones de caridad religiosa siempre añaden a las ayudas materiales el auxilio espiritual con una clara intención proselitista.  Y es que el mayor servicio que se le puede hacer a la Humanidad ―según estas organizaciones espirituales― es el proselitismo; meter a todo el mundo en el saco salvador de sus creencias y doctrinas.  (Muchas sectas y religiones tienen sus ONG particulares en la actualidad).  Esta forma de servicio a los demás se deriva de sus creencias, por lo que existen tantas formas de hacer servicio a la Humanidad como creencias existen.  Y si dar de comer al hambriento lo sabría hacer cualquiera, incluso instintivamente; dar de comer a las almas hambrientas es mucho más difícil y se puede hacer de multitud de formas, todas ellas diferentes.  Y, como es de esperar, unas descalifican a las otras.  

            Todo caminar espiritual persigue varios fines, y uno de ellos, habitualmente, es realizar el importante servicio de ayudar a liberar al mundo de sus males.  Pero no esperemos que nos den el tipo de ayuda que cada uno de nosotros pensamos que nos hará bien, la persona espiritual cree que nos aqueja un tipo de mal habitualmente desconocido por nosotros, males extraños, esotéricos, inventados por el creyente, escenificados en la realidad virtual espiritual en la que deposita su fe.

            En estos intentos salvadores esotéricos, unas ideologías sueñan con salvar al mundo de golpe, a lo bestia, otras se contentan con ir salvándonos uno por uno, con la esperanza de que a través del contagio se extienda por todo el planeta su elixir salvador, y otras lo intentan alternando estas dos maneras.  Sin olvidar los intentos liberadores violentos, de los que hablaremos más adelante.

            Para liberar al mundo, primero es necesario imaginarlo prisionero de algo, y en esto son especialistas los místicos.  El principal mal conocido por todos, en especial en Occidente, es el demonio y su capacidad para hacernos caer en el peor de los males: el pecado, origen de todas nuestras desgracias.  Todas las religiones que incluyen a este personaje en sus realidades virtuales espirituales, se las ven y se las desean para evitar que Lucifer nos haga la puñeta.  Hay otros muchos tipos de demonios en otras creencias, pero todos se parecen mucho entre ellos, puede variar la forma en cómo nos causan calamidades, pero al final todos persiguen cargarse la frágil felicidad de los humanos.

            Por ello existen sanadores dedicados a servir al mundo librándonos de los demonios.  Mitad predicadores, mitad curanderos, están causando furor en la actualidad.  Sus espectaculares curaciones se basan en sacar el mal del alma del paciente, o, mejor dicho: en sacar a los demonios del cuerpo del paciente.  Recordemos que para ellos cualquier enfermedad es provocada por un demonio.  Sus sesiones curativas en grandes grupos, cuando se trata de predicadores cristianos, son auténticos exorcismos, donde personas se retuercen, o, mejor dicho: el maligno las retuerce y las hace revolcarse por el suelo con grandes ataques de histeria, ya que el demonio se suele negar a salir de donde, al parecer, se encuentra muy a gusto.  No cabe duda de que, para todo creyente en el demonio, es un gran servicio a los demás luchar contra él.

            Las vías afiliadas a la ley del Karma y a la reencarnación tienen otra particular forma de enfocar el servicio a los demás.  Piensan que el pobre está en su situación porque la escogió antes de nacer, para evolucionar espiritualmente, alejado de las tentaciones de las riquezas, o porque su mal Karma lo ha arrojado a la pobreza y a la enfermedad como castigo por haber sido malo en vidas anteriores.  No es infrecuente encontrarnos en el interior de ese tipo de sectas o religiones una frivolidad e incluso un menosprecio hacia la persona que sufre.  “Es su mal Karma, él se lo ha buscado, puede dar gracias que no se ha visto reencarnado en una rata”.  Argumentos como estos espantan a cualquier espíritu sensible, y son causa de que Oriente tarde tanto de salir de la pobreza a pesar de la gran sabiduría que alberga.

Sin embargo, también pueden enfocar el servicio a los demás de otra manera los seguidores del Karma: si uno hace cosas buenas por los demás, acumulará buen Karma, entonces es conveniente ayudar a los pobres, no por ellos, sino por nosotros.  Es parecido a pretender ganarse el cielo haciendo buenas obras.  Es un tipo de egoísmo espiritual muy corriente.  Es evidente que un ateo ayudando a los demás sin recibir nada a cambio, siempre que no lo haga por el que dirán, es más altruista que un creyente que lo hace por su salvación.

Normalmente, el servicio que se presta en la mayoría de las sectas, es estimulado por la creencia de que se está colaborando en la importante misión de salvar al mundo.  Tarea tan sumamente trascendental que puede convertirse en un auténtico placer, en un goce que favorece las actitudes serviciales necesarias para la subsistencia de las sectas.  Los fanáticos sectarios disfrutan cuando apoyan, tanto económicamente como con sus actividades, a la secta de la que son miembros.  El servicio individual es un granito de arena importantísimo para la misión salvadora de la secta, y produce un cierto goce espiritual.  Sobre todo si se trata de servir a un poderoso gurú, o a la misión salvadora que él ha emprendido en el mundo, pues las expectativas de gozar a su servicio pueden quedar desbordadas.  La capacidad que estos maestros tiene de provocar felicidad en sus seguidores más serviciales es extraordinaria.  Importante cuestión, apenas conocida, y que conviene tener en cuenta al estudiar las sectas. 

Cuando dirigí mis actividades serviciales hacia uno de los gurús, que escogí como maestro espiritual durante varios años, viví a cambio unas de las sensaciones más dichosas de mi vida cuando realizaba algún tipo de servicio para la secta, ya fuera dar dinero o trabajar en su infraestructura.  E igualmente pude observar el mismo fenómeno en devotos de otros gurús.  Vuelvo a repetir que no sé como lo hacen, pero no me extraña que los gurús tengan a sus seguidores pegándose por limpiarles los zapatos.  Son auténticos expertos en la manipulación de la atmósfera sagrada.  Cualquier aportación que yo efectuaba voluntariamente (nunca me obligaron a ello) me proporcionaba una sensación de una dicha extraordinaria.  Uno se sorprende un poco cuando realiza los ejercicios esotéricos aconsejados por su gurú y experimenta sensaciones agradables, pero al final podemos explicarnos el fenómeno pensando que el estado feliz es causa de las meditaciones o de los rituales; sin embargo, cuando por pelar unas patatas para una cena comunitaria de miembros de la secta, por ejemplo, alcanzas uno de los estados más dichosos de tu vida, la sorpresa es mayúscula.  Acabas convencido de que tu estado feliz es consecuencia de la manipulación que tu gurú esta realizando en ti, es la gracia de sus bendiciones derramada sobre sus devotos servidores.  

  Esto explica que el servicio dirigido al maestro, o a la infraestructura económica y social de la secta o religión que él dirija, esté tremendamente extendido.  Para los devotos que han encontrado un elevado grado de felicidad, gracias a las gracias de su gurú, el dinero pierde importancia, y no les cuesta desprenderse de él.  Las sectas que dirigen los grandes gurús manejan ingentes cantidades de dinero recaudado a base de las aportaciones de sus desprendidos discípulos.  Salvar al mundo exige enormes presupuestos.  Es una pena que no se pongan de acuerdo en como hay que salvarlo, porque si uniesen todos los esfuerzos igual lo conseguían.

Es muy importante tener muy claro que esto nos puede llegar a suceder si nos estamos implicando con alguna secta con gurú incluido.  Ya no es el convencimiento intelectual únicamente lo que puede incitarnos a aflojar la cartera, o a dedicar nuestra vida por una causa mística; a esto se pueden sumar los caramelos de felicidad que podemos recibir a cambio de entregar nuestras energías a la causa.  Hay personas que entregan todo, incluso su vida.  Por ello es necesario estar informado de todos los detalles antes de que semejante cambio pueda llegar a sucedernos.  Así podremos elegirlo más libremente.

Se alzan voces escandalizadas calificando estos hechos como comedura de coco y lavados de cerebros.  Algo sorprendente cuando llevamos siglos permitiendo en nuestra sociedad sacrificios religiosos mucho más duros, como, por ejemplo, en los monasterios de clausura, donde personas se encarcelan en cadena perpetua, encerradas de por vida entre cuatro paredes, entregando su vida al servicio de la Humanidad de esa forma tan severa.  Después de llevar tantos siglos conviviendo con este tipo de actitudes “serviciales”, no deberíamos de extrañarnos de las rarezas importadas de otros lugares de la Tierra. 

Para comprender cualquier forma de servicio espiritual, es necesario no olvidar el goce que casi siempre conlleva la entrega a la causa en la que ser cree.  Además de vivir los goces del servicio en mis carnes, he visto a muchas personas gozar de la delicia de servir a su gurú o a su dios.  Yo no puedo criticar a esas personas, sencillamente están intentando ser más felices.  Si observamos en lo que se gasta el dinero, o pone su esfuerzo, el occidental medio, para conseguir el grado de felicidad que consigue, no deberíamos de asombrarnos de que existan otras formas de intentar ser más feliz, aunque nos resulten muy extrañas.  Yo, solamente, me limito a advertir que los éxtasis de felicidad pueden no ser eternos.  El amor místico es muy semejante al enamoramiento típico de pareja, los dos pueden ser pasajeros.  Y los dos nos pueden llevar a hacer locuras que después podemos lamentar.

En los países desarrollados existen leyes que nos libran de quedar desprotegidos en los divorcios de pareja, leyes que evitan que uno de los dos se lleve todo después de la ruptura y el otro quede en la calle en paños menores.  Pero para los matrimonios con los dioses o con los gurús ―ya sean unos u otros masculinos o femeninos― nuestras leyes no prevén separación de bienes ni defensa alguna en el caso de divorcio.  Claro que el místico primerizo suele pensar que su dios o su gurú nunca le fallará, los que fallamos somos siempre los humanos.  Yo, por experiencia propia, como sufrido humano, he vivido varios divorcios de dioses y de gurús.  Y, aunque en muchas ocasiones haya abandonado a estas deidades, en otras han sido ellas las que dejaron de derramar sus gracias sobre mí, sin que yo fuera consciente de haber hecho nada para recibir semejante desplante.  Ruptura que te puede dejar más desamparado que el santo Job, como te hayas entregado totalmente al matrimonio celestial.

Ciertamente es muy complejo el estudio del servicio espiritual.  Las creencias que lo motivan, los diferentes grados de dicha que proporciona, las distintas formas de aplicar el esfuerzo o de invertir el dinero, las consecuencias...  Son tantas las variantes que pueden influir en el servir espiritual que puede ser difícil hacerse una idea general al respecto.

Incluso en las clausuras, o en las cuevas de los renunciantes ermitaños orientales, también se está realizando un servicio a dios y a los hombres, según las creencias de quienes llevan esa vida.  Los oradores o meditadores, pertenecen a otra casta especial de servidores a la Humanidad.  No suelen ver al prójimo que están ayudando ni en pintura, son los que ayudan por telepatía o algo así.  Emiten sus buenos pensamientos y oraciones para que, una vez oídas sus súplicas, por quien corresponda en los cielos, beneficie a los de la tierra. 

Últimamente están apareciendo en las sectas quienes ni siquiera utilizan intermediarios celestiales en sus emisiones benefactoras, lanzan directamente sus buenas intenciones sobre lo que estimen oportuno, o sobre quien desean.  Es lo contrario a un mal de ojo.  Lanzan sus buenas vibraciones, sus colores pastel, y nos bañan de melosidades lumínicas y melodiosas para hacernos más buenos.  (Lo que todavía no sé es si para recibirlas es necesario algún tipo de antena parabólica).  Los políticos, gobernantes y militares, son objetivos primordiales de estas ondas.  Ya sean de derechas o de izquierdas, conviene ayudar a quienes llevan semejantes responsabilidades echándoles una mano virtual para aliviar su duro trabajo, para que no cometan más errores históricos, y, sobre todo, para que no persigan a la secta emisora de tan buenos deseos.  Estos grupos de meditación son semejantes a los que siempre ha habido en las viejas comunidades sacerdotales.  Pero que incluyen novedosas aportaciones, como, por ejemplo: para ayudar a compensar la deforestación de nuestro planeta, se lo imaginan en profunda meditación todo pintado de verde.  De esta forma pretenden, con sus buenos deseos virtuales, en profundo esfuerzo meditativo, estimular a otros para que hagan el esfuerzo de plantar los árboles, mientras ellos sueñan con ello.

            Como podemos ver, hay multitud de maneras de servir a los demás.  Yo aconsejo ser auténticamente sinceros y prudentes para evitar lamentarnos de haber tirado nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestro dinero o nuestra vida, allí donde nadie lo ha aprovechado.  En el mundo religioso y en las sectas es muy fácil prestar elevados servicios a la Humanidad, mientras desatendemos al de al lado que nos está pidiendo algún tipo de pequeña e insignificante ayuda.  Yo no me excluyo de esta situación.  Sentado en mi cómodo sillón, frente a mi ordenador, escribiendo este libro, estoy llevando a cabo la forma que he escogido para ayudar a los demás, mientras podría prestársela directamente a los más necesitados de entre quienes me rodean.  En el servicio directo a los demás es más difícil perderse que en fantasías serviciales.  Yo mismo no sé, en el momento de escribir estas páginas, si este libro se editará algún día, incluso no sé si acabará en la papelera.  (No sería el primero que después de varios años escribiéndolo lo tirara a la basura). 

Si uno no desea correr el riesgo de que su servicio acabe en la basura, es aconsejable hacerlo directamente.  No es infrecuente que esfuerzos intelectuales, esotéricos o espirituales, se queden en agua de borrajas.  Aun así, muchos de nosotros correremos ese riesgo y continuaremos comprometidos con nuestras creencias especiales, ayudando de forma indirecta a los demás. 

Yo, por de pronto, paso a escribir el siguiente capítulo.

 


 

FORMAS Y COLORES

 

            En este nuestro paseo no podemos olvidar la tremenda importancia que ciertas formas y colores tienen en las realidades virtuales espirituales.  Son elementos esenciales en la decoración de los escenarios virtuales, distintivos del otro mundo que afectan muy directamente a los creyentes que viven en éste.  El ejemplo más conocido lo tenemos en la cruz o en la media luna, en el blanco inmaculado de los cielos y en el rojo oscuro de los infiernos, y en el color que las diferentes congregaciones de monjes y monjas escogen para sus sotanas.

            Pero existen otros símbolos y colores, menos conocidos popularmente, de suma importancia en esoterismo.  Uno de esos símbolos es la estrella de cinco puntas, una forma geométrica de las más difíciles y peligrosas de utilizar; pues cuando la estrella tiene dos de sus puntas mirando hacia abajo y una hacia arriba, invoca a las fuerzas del bien, pero si nos descuidamos y la giramos un poco, de tal forma que entonces sea sólo una de sus puntas la que mire para abajo y dos para arriba, entonces estaremos invocando a las fuerzas del mal.

            Aviso que es éste es un asunto muy serio en esoterismo y está muy extendida su creencia en los círculos ocultistas, de tal forma que si tenemos en casa alguna estrella de cinco puntas de adorno, como quien tiene un florero, conviene asegurarse de que está bien colocada y de que al niño no le dé por darle ese pequeño giro de pocos grados que la convertiría en invocación de los infiernos.  Probablemente nosotros no nos íbamos a enterar de nada, pero alguno de nuestros amigos, experto en estas lides sin que nosotros lo sepamos, puede salir huyendo de nuestro domicilio como quien huye del diablo (nunca mejor dicho), sin nosotros saber muy bien que le dijimos o le hicimos para que saliera espantado de nuestra casa.

            No es conveniente tomarse a chirigota los símbolos esotéricos mientras haya personas que se los tomen tan en serio.  Así nos evitaremos más de una sorpresa.  Sin olvidar que estos símbolos no solamente se usan en esoterismo, importantes entidades sociales los han usado siempre y los siguen usando.  Recordemos la esvástica nazi, o la estrella de cinco puntas que usan algunos ejércitos como emblema (poniéndola en posición benefactora, por supuesto, para avisar que pertenecen al bando de los buenos, y que su guerra es contra los malos). 

Es conveniente estar informado y ser prudente al utilizar estos símbolos.  Aunque aún siendo muy cuidadosos será muy difícil no estar usando alguno de ellos inadecuadamente sin enterarnos, pues entre las creaciones de bisutería o de joyería se esconden símbolos muy serios para los sectarios.  No podemos hacer un detallado comentario sobre cada uno de ellos porque los hay a miles.  Cruces las hay de una variedad inmensa, así como escudos, imágenes y los más variados instrumentos sagrados, convertidos por los oportunistas de la bisutería o de la joyería en pendientes, en colgantes de collares o en otros objetos de adorno.  Estas frivolidades hace siglos podía costarnos la cabeza, hoy en día no es para tanto; excepto, claro está, si nos vamos a un país del tercer mundo, llevándonos sin saberlo de colgante al dios que se adora en la aldea que vamos a visitar.  El devoto de un dios desconocido para nosotros, que llevamos de pendiente en la oreja, puede sentir lo mismo que sentiríamos nosotros si viéramos como un desconocido lleva la fotografía de nuestra madre colgada de la oreja.  Un poco de cuidado al respecto no viene mal.

            Las ropas también tienen su importancia en estos mundos de dios.  Excepto los angelitos y los demonios, muy pocos personajes van desnudos por el otro mundo.  Y para quienes estamos en este, una vestimenta recatada es esencial cuando se presume de ser una persona espiritual.  Los colores de esas vestimentas también tienen bastante importancia.  Rara es la secta que no viste a todos sus adeptos igual, con el mismo modelito y de un mismo color, para realizar sus rituales o para vestir a diario. 

También se dice que la persona se viste con los colores que más abundan en su aura.  Según esta teoría, la moda del negro nos convirtió a todos en negras almas de un plumazo.  (Y nosotros sin enterarnos).  El blanco es uno de los colores favoritos representante de la pureza del alma, clásico de las vírgenes destinadas al culto de algún dios amante de la castidad.  A otros colores claros también se les dan propiedades benefactoras.  Y no olvidemos la famosa túnica azafrán de los tibetanos.  Todo esto, aunque no comulguemos con ello, conviene tenerlo en cuenta pues ya es parte de nuestra cultura, la proliferación de sectas influye inevitablemente en nuestra sociedad.  Cada vez son más las personas afiliadas a sectas que consideran esencial los colores con los que nos vestimos, y como llevan en secreto su afiliación y sus nuevos gustos, es muy probable que nos miren de arriba abajo con un gesto de desagrado, por cómo vamos vestidos, sin que nosotros sepamos muy bien por qué nos tienen ojeriza.

            Tanta importancia se les da a los colores que ―como ya hemos comentado― se trabaja con ellos en las meditaciones tipo visualización.  Uno se imagina que una luz blanca, de inmaculada pureza, le envuelve; entonces se puede llegar a sentir como si un el cuerpo se dulcificara.  A lo mejor es porque nuestras carnes piensan que las hemos envuelto en merengue y tienen que hacer las veces de pastel. 

            Los seguidores de Saint Germain utilizan el violeta.  Dicen que es un tipo de color muy sanador, que te puede provocar la metamorfosis de transformarte en su ser muy espiritual.  Yo estuve durante varios años imaginándome diariamente metido en un tubo lleno de un fuego violeta.  Si hubiese continuado por más tiempo, aparte de acabar morado, no creo que me hubiera aportado poco más.

            Bromas aparte, está demostrado que los colores afectan al psiquismo, todos sabemos que el color de las habitaciones donde pasamos más tiempo afectan a nuestro estado de ánimo.  De igual forma sucede en esoterismo con las túnicas, el color de los templos y los colores de las meditaciones tipo visualización.  Lástima que no se pongan de acuerdo en el color que mejor nos sienta.  Aunque algunas ideas generales podemos obtener de entre tanta pincelada colorista.  Los mundos infernales son oscuros y teñidos de rojo por el resplandor del fuego o de la sangre de las víctimas.  Si embargo, en los mundos celestiales, todo es luz y colores brillantes.

Avispados ocultistas pretenden impulsar la evolución espiritual del hombre sumergiéndolo en energías brillantes utilizando la imaginación.  Yo siento no estar de acuerdo con estos métodos.  Sería como si alguien quisiera acabar la carrera de abogado imaginándose con la toga vestido.  Hay un trabajo inevitable a realizar que esas vías pretenden saltarse.  Ciertas técnicas de sanación también utilizan la luz para efectuar sus curaciones, pero me temo que por mucho que bañemos en luz a un enfermo inundado en oscuros pensamientos, muy difícil tendremos su curación.

De todas formas, los aficionados a las bellas artes y con ganas de hacer el bien, escogerán estos caminos espirituales para intentar pintarnos el mundo de un color de rosa.  Y aunque no sean capaces de cambiarnos nuestro maltrecho hábitat, un poco de pintura no le vendrá mal.

 


 

LA MÚSICA Y LA DANZA

 

            La experiencia de lo sagrado estimula multitud de sensaciones positivas y de aportaciones creativas.  Mientras no se entra en contacto con nuestro lado oscuro, con la maldad de los infiernos, la alegría y el amor que se pueden llegar a experimentar son desbordantes.  El místico puede vivir sumergido en una fiesta de devoción amorosa, de amor correspondido; una fiesta donde la música y la danza tienen un importante protagonismo.  Un ascenso a los cielos suele permitir escuchar la música celestial y observar la danza de los ángeles.  Es indudable que, aparte de los peligros que esconde toda experiencia extrasensorial, la vivencia de lo sagrado puede transportarnos a un tipo de realidad donde se pueden alcanzar cotas de felicidad insospechadas.

            Uno de los ingredientes básicos de toda atmósfera sagrada es la armonía, y, como consecuencia de ella, la musicalidad.  Por supuesto que existen diferentes grados o texturas de armonización, lo que induce diferentes estados felices de plenitud, de perfección, y, por lo tanto, diferentes grados de musicalidad en las diferentes atmósferas sagradas.  Goces que han sido siempre privilegio de los grandes místicos, conseguidos a base de grandes esfuerzos, sacrificios y mortificaciones; estados de felicidad vetados para las personas normales.  La alta sensibilidad mística permite escuchar la armonía celestial, la música de los cielos, los felices sonidos que vive toda alma elevada a las altas cotas de la espiritualidad.

            Sin embargo, en la actualidad, los caminos espirituales más vanguardistas, se esfuerzan por traernos el cielo a la tierra a todos aquellos que nos somos capaces de volar tan alto; intentando hacernos sentir las grandes sensaciones celestiales, sin pedirnos ―aparte de nuestro dinero― grandes sacrificios ni martirios.  Y para conseguir insuflar las delicias celestiales a los profanos, lo hacen trayéndonos el cielo a la tierra por partes, para que no tengamos dificultad en digerir las vivencias sagradas, algo que resulta mucho más fácil que intentar hacerlo por completo.  Además, se presupone que si se vive alguna propiedad del cielo imaginado, como escuchar sublimes composiciones musicales, las otras facultades celestiales emergerán por simpatía.  Se trata de intentar vivir con nuestros sentidos las sensaciones que deberíamos de vivir con los sentidos del alma.  Una imitación que da algunos resultados; pero, como toda imitación, no es igual que lo auténtico.

            El glorioso objetivo de conseguir lo sublime viviendo una imitación ―musical en nuestro caso― casi nunca se consigue.  Los intentos se suelen quedar en ciertas elevaciones temporales del grado de felicidad.  Las oscuras y pesadas facetas humanas, que se ignoran en el intento de dar el gran salto, impiden conseguir la permanencia en las alturas; aunque en momentos se consiga volar muy alto.  Incluso el tirón hacia abajo puede ser tan fuerte que es muy fácil acabar estrellados en suelo, quedándonos peor que antes de empezar la aventura celestial, por intentar imitar un vuelo cuando todavía no se sabe volar.  Es la típica frustración de todo aquel que intenta conseguir un atajo que no lleva a ninguna parte.

            De todas formas, estos métodos oportunistas, aunque no concedan una permanencia feliz por mucho tiempo en los limbos celestiales, consiguen tentar en ocasiones a la persona, convenciéndola de que se puede aumentar la permanencia en esos estados felices sin grandes esfuerzos.

            Escuchar las composiciones de música espiritual es uno de los más importantes de estos prometedores métodos.  Presente en casi todos los rituales de la antigüedad, aquella música se vivía como una consecuencia de lo sagrado, en su esencia original.  Sin embargo, hoy en día se nos intenta convencer de que la vivencia sagrada nos vendrá de escuchar composiciones espirituales.  No se nos presenta la música espiritual como consecuencia de lo sagrado, mas bien se nos presenta lo sagrado como consecuencia de ella.  Tanto es así que la música se ha convertido en una gran invitada de todos los modernos caminos de realización, su presencia en toda atmósfera sagrada ayuda a elevar el alma y llena de júbilo al creyente que incluso puede bailar gozoso al son de esas composiciones.  El trato que en muchas ocasiones se le da a la música es semejante al de una diosa, se le considera una gran mediadora entre el cielo y la tierra, una herramienta fabulosa para transportarnos a la felicidad mística; una panacea.  Un sagrado recurso material: música espiritual, para oírla con los oídos del cuerpo, para todos aquellos que todavía no somos capaces de oír la música celestial, esa que se oye con los oídos del alma.

            Y si bien es cierto que la mayoría de las composiciones de música espiritual fueron creadas para elevar el espíritu, también es cierto que han de darse otras condiciones para que cumpla su cometido.  La música por sí misma apenas tiene el poder de elevarnos que se le atribuye.  Lo que convierte a una música en espiritual es el ingrediente sagrado que ha de aportar el individuo o grupo de individuos que la escuchan, la música en sí apenas contiene dicho ingrediente, en un noventa por ciento lo tiene que aportar la actitud del oyente.  Una obra de elevada espiritualidad, si es escuchada mientras se piensa en los problemas que hemos tenido en la jornada del trabajo, probablemente se convierta en algo que nos está molestando en vez de algo que nos transporta a un estado feliz.  El fluir de lo sagrado habrá de estar unido a la música espiritual para hacernos vivir una experiencia inefable.  Habitualmente se cree que no es así, y se pretende que la música nos aporte el mismo estado feliz que conseguimos cuando reunidos en hermandad, practicando rituales religiosos y respirando una densa atmósfera sagrada, nos vimos transportados al séptimo cielo escuchando esa gran obra musical.  No existe tal música celestial, es nuestra vivencia interna la que la convierte en espiritual.  Cualquier tipo de música puede llevarnos al cielo (no hay nada que nos impida bailar con los ángeles al ritmo del rock).

            Cierto es que existen ciertos grados o calidades de músicas espirituales.   La música clásica tiene una gran espiritualidad, así como las composiciones religiosas tanto orientales como occidentales.  Se asegura por los pasillos sectarios que las obras más sublimes de la música son copias de la música que suena en los cielos, pues los grandes compositores no hicieron otra cosa que dignarse a escribir aquello que oían en su interior con sus oídos del alma.  Con argumentos semejantes ¿quién se atreve a dudar que la música es un poderoso elixir celestial?

Los instrumentos también parecen imprimir, unos más que otros, espiritualidad a las composiciones.  Sutiles flautas llenan de música muchas de las atmósferas sagradas orientales, las trompetas celestiales parecen ser el instrumento favorito para mostrar la gloria de los cielos de muchas realidades virtuales espirituales, y los tambores del chamanismo, aunque nos parezcan menos sutiles, también nos hacen vivir en sus rituales profundas fuerzas de nuestro espíritu.  Y lo más novedoso, tanto en instrumentos como en composiciones, lo tenemos en la música de la nueva era.  Intentos de aproximarnos a las exquisiteces melódicas del alma.  Modernas creaciones emergidas de atmósferas sagradas contemporáneas en unos casos, y en otros, sin casarse con creencia alguna, se anuncian como creaciones que nos pueden hacer sentir lo más exquisito de nuestra propia alma.  Sin embargo, insisto en que la música espiritual, por sí misma, sin que el oyente respire un mínimo de atmósfera sagrada, no puede cumplir el principal cometido para el que fue creada. 

            Para hacernos una idea de lo que quiero decir, vamos a recordar esas canciones que sonaron en los momentos más maravillosos de nuestra vida, instantes sagrados inmersos en nuestra propia divinidad, como por ejemplo: cuando estábamos bailando con esa persona con la que vivimos un gran amor.  Cada vez que escuchemos esa canción podemos sentirnos contagiados de aquello que nos evoca.  Pero hemos de tener esa predisposición de desear volver a recordar; y a otra persona puede no decirle absolutamente nada dicha melodía.  En este ejemplo sucede algo muy similar a lo que ocurre con la música espiritual, no es la composición en sí la que nos transporta a ese cielo, es la unión de nuestra actitud espiritual con la composición lo que produce la alquimia mágica; no es el sonido, sino nuestra aportación de lo sagrado unida a él lo que nos hace tan felices.

 Y de la misma forma que se vende música romántica, sin que ello nos garantice ser transportados a nuestros momentos más felices, no esperemos que comprándonos todas las composiciones de música espiritual, que se anuncian como tal, vamos conseguir elevados estados de conciencia sin aportar nosotros el ingrediente básico que la convierte en espiritual.  No nos dejemos engañar.  Si deseamos disfrutar de la música espiritual, adelante; pero no la convirtamos en una panacea.  Ella, sin nuestra aportación de lo sagrado, no es más que un vulgar ruido en ocasiones.

            Recordemos el cantar de los mantras, sonidos que nos prometen llevarnos al cielo, utilizados como puente con la divinidad por innumerables vías de realización espiritual; y no son otra cosa que machaconas canciones repetidas hasta la saciedad, repeticiones reiterativas de frases, de palabras o de sílabas, entonadas rítmicamente durante horas y horas, durante días y días; durante toda la vida para quienes creen en ellos como puente indispensable entre el cielo y la tierra.  Y para el no creyente en la magia de esos sonidos, no son otra cosa que molestos ruidos insoportables.

A la hora de escuchar en el domicilio de una familia uno u otro tipo de música, se produce un típico conflicto generacional cuando los miembros más jóvenes ponen sus equipos musicales a un poco más alto de lo que los mayores aseguran soportar.  Molestias que no siempre son debidas a la potencia sonora, sino más bien al gusto de cada uno, pues cuando los mayores ponen la música, que a ellos les gusta, la suben de volumen tanto o más que sus hijos.

Las composiciones que para una generación son sagradas, evocadoras de momentos sublimes, para otra son ruidos sin sentido.  Los éxitos superventas que sonaron en las épocas más gloriosas de nuestra vida son diferentes a los superventas que suenan hoy en día en los momentos más gloriosos de la eufórica juventud de nuestros chavales.  Esta incompatibilidad de gustos es la principal consecuencia de los conflictos hogareños a la hora de escuchar la familia una música u otra.  Los insultos como: la música del demonio de nuestros hijos; o lo que los jóvenes llaman: la música de los carrozas, no son nada más que ataques defensivos de unos sonidos que son ya una íntima parte de nuestra vida; actitudes que provocan un distanciamiento generacional nada recomendable para la convivencia. 

            En algunos círculos esotéricos se afirma que existen sonidos demoníacos.  Las composiciones de heavy metal cargadas de rabia, de cólera,  de enloquecimiento y de drogas, envueltas en atmósferas siniestras, son calificadas por los puros del alma como creaciones del demonio.  Y quienes asisten a esos conciertos punk o de rock duro son siervos de Satanás.  Los miembros de estos grupos musicales son considerados gurús del mal, y sus seguidores fanáticos miembros de sectas demoníacas. 

En mi opinión, estas opiniones no son sino consecuencia del puritanismo espiritual pacifista que invade muchos de los caminos espirituales y a nuestra civilización en general.  No vamos a negar que la música con un alto grado de violencia parezca estar alejada del ingrediente básico de la paz de una atmósfera sagrada de calidad; pero me atrevería a afirmar que no existe en este mundo atmósfera sagrada perfecta, todas cojean de una pata o de otra.  No podemos criticar las imperfecciones de quienes eligen ciertas vivencias gozosas de dudosa perfección, cuando todavía no hemos sido capaces de encontrar la vivencia gozosa perfecta.  En capítulos posteriores hablaremos del lado oscuro humano, de ese que no quieren ver, ni oír, ni hablar de él los puritanos del alma porque hace muchos siglos que lo arrojaron a los infiernos.  Nuestros jóvenes amantes de la música violenta no hacen sino vivir más sinceramente la realidad humana que los culturetas del espíritu no hacen sino ocultar.  Si bien es cierto que en esos conciertos hay violencia, imperfección humana según los conceptos perfeccionistas del espíritu, también es cierto que hay alegría, amor y fuerza de juventud, e incluso éxtasis. 

El distanciamiento entre generaciones viene reforzado porque mientras algunos adultos consideran a los jóvenes como seguidores del demonio, muchos jóvenes nos consideran a nosotros como falsos puritanos, hipócritas de la existencia, defensores del bien a ultranza mientras vivimos con el mal en las entrañas.  ¿Existe alguna diferencia entre los violentos conciertos del heavy metal y los candorosos coros celestiales del medioevo, que tanto nos gustan escuchar hoy en día a muchos de nosotros, cuándo estos servían para arengar a las tropas antes de iniciar las santas cruzadas?  ¿No son más espirituales esos conciertos de rock duro que esos dulces cánticos de ángeles que llenan el alma de quienes después se dedican a clavar puñales por la espalda?

            En fin, el drama de las grandes contradicciones humanas tiene infinidad de matices.  Dejemos la sinceridad transcendental para otros capítulos más profundos.  Olvidemos la sincera violencia de muchos de nuestros jóvenes, y volvamos a regodearnos escuchando creaciones de gran belleza, sublimes cánticos celestiales, melodiosas oraciones, invocaciones musicales, plegarias, alabanzas y agradecimientos, glorias y aleluyas dirigidos a los cielos o a los dioses que se adoren. 

Creaciones musicales de una exquisita belleza son utilizadas por muchas vías religiosas para estimular y evocar en sus seguidores las grandes maravillas de la espiritualidad.  Algunas vías consideran a la música como ingrediente indispensable para evolucionar espiritualmente, y trabajan principalmente, o exclusivamente, con la música en sus ejercicios espirituales.  Llegué a conocer a un importante gurú indio, mujer en este caso, que no daba otra instrucción a sus devotos para alcanzar el cielo que la de estar cantando y bailando, y puedo garantizar que aquellas canciones, bailadas en comunidad, provocaban auténticos éxtasis de felicidad.  Si a una atmósfera sagrada de calidad le añadimos una buena música y la danza, viviremos un baile celestial envidia de los ángeles.  (Exagerando un poco). 

Llegué a conocer otra vía espiritual ―de moderna creación― que después de hacer un estudio muy serio de la evolución histórica de la música, y un minucioso análisis de las composiciones musicales ―en especial de la música clásica―, propone como método de evolución espiritual el imbuirse en las grandes obras a base de escucharlas reiteradamente y profundamente, de vivirlas y de sentirlas incluso físicamente, realizando movimientos acordes con las sinfonías, como si de una danza celestial se tratara.

            La música como manifestación física de la armonía celestial, y la danza como el resultado espontáneo de tal vivencia.  Bailando con los dioses.  Danzas prehistóricas recordadas en la macumba, en el vudú y por los tambores de los chamanes.  Inmortales mediadores, como Krisna, que descienden de los cielos para bailar con sus devotas.  Derviches danzantes como peonzas embriagados por las gracias de su dios.  Bailes sagrados que emborrachan de elixires a quienes los disfrutan.  Danzantes esotéricos que desnudan su alma poco a poco, en un fascinante strip-tease espiritual, con la sola intención de seducir a su dios amado y conseguir una noche de amor con él.  Devociones arrebatadoras, casi físicas, vividas al son de la música y de la danza.  

No voy a ocultar que me encanta escuchar esas composiciones que me acompañaron en los momentos celestiales más importantes de mi vida.  En unos casos en compañía de la mujer amada de un tiempo pasado, y, en otros casos, cantos devocionales vividos en hermandad, respirando exquisitas atmósferas sagradas, cantos gloriosos de amor espiritual, inefables, exquisitos, coros de devotos cantando al gran amor místico de su vida, música llena de gloria, impregnada de los elixires sagrados que traen mis recuerdos.  Corales que me complazco en escuchar. 

Mas siempre he de realizar ese esfuerzo, o tener esa predisposición, para evocar la felicidad que viví cuando sonaron esas creaciones musicales.   Y soy consciente de que al vecino le puede estar molestando los ruidos de las glorias que yo estoy viviendo.  Y al decir esto vuelvo a insistir en que no es en la música donde están las glorias musicales que nosotros vivimos.  Nuestras vivencias espirituales están en nosotros mismos, la gloria de las composiciones musicales radica en la gloria de nuestra propia divinidad.

Es típico en toda secta que, a la salida de sus programas públicos, haya unas mesas o un chiringuito donde venden, junto con sus estampitas, grabaciones musicales de las composiciones que ellos usan en sus rituales.   Y es habitual que el visitante se sienta tentado a comprar esa música que le elevó el alma en alguna de las sesiones públicas de la secta.  Muy a menudo nos la venderán como una auténtica música celestial.  Entonces conviene recordar que nos podrán vender una música, pero que lo celestial no nos lo pueden vender, eso es algo que tendremos que poner nosotros.