EL TANTRA O LA ALQUIMIA SEXUAL

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          Como venimos observando, es habitual encontrarnos ofertas de doctrinas diametralmente opuestas que nos ofrecen las mismas glorias divinas.  Uno de los ejemplos más sorprendentes lo tenemos en lo referente al sexo: unas vías nos dicen que para llegar a dios hemos de ser castos, y otras nos dicen lo contrario.  Y lo más sorprendente es que las dos opciones funcionan, la experiencia mística se produce tanto siguiendo una opción como la otra.  Si preguntamos a un adepto de cada una de ellas, los dos nos hablarán de su vivencia de dios, muy parecida la una de la otra.  Los dos llegan al mismo destino aún siguiendo caminos con direcciones opuestas.
          Algo que pude comprobar en mi vida, pues, tanto en lo vivido intentando seguir las directrices de la castidad, como en lo vivido siguiendo las directrices de la libertad sexual, pude observar su eficiencia como caminos de aproximación a lo divino; aunque ninguno de los dos me condujo al sublime cielo prometido excepto en momentos puntuales.
           Seguro que los creyentes en cada una de estas vías estarán pensando que fui yo el único responsable de mi fracaso cuando seguía su camino particular.  Aunque si escucho a los castos cuando me hablan de la promiscuidad, me dirán que no fui yo el culpable de no vivir a dios plenamente en la libertad sexual, pues, según ellos, eso es imposible siguiendo ese camino.  Y si escucho a los liberales místicos del sexo, me dirán que si no encontré a dios en la castidad es porque eso es imposible, a dios no se le puede encontrar sin vivir la sexualidad, pues dios es ante todo eso: sexo.
            Así que, harto de tantos consejos contradictorios, y después de comprobar que tanto un método como otro no eran perfectos, continué con mis investigaciones por otros derroteros, encauzando mis pasos hacia una sexualidad muy especial y mucho más prometedora que las anteriores.  Se trataba del tantra, del sexo de los dioses, también llamado alquimia sexual.
            Esta divina forma de hacer el amor no recomienda huir ni de la castidad ni de las relaciones sexuales cuando se desea encontrar a dios, incluso considera necesario tanto a la castidad como al erotismo, y propone para realizarse espiritualmente vivir un sexo extraordinario donde se ha de hacer el amor castamente a la vez que sensualmente.  Se trata de un estilo de amor platónico con erotismo incluido sin dejar de ser platónico.
             Para nosotros los occidentales es tan inconcebible esta sexualidad que dudo si podré explicarla y hacerme entender.  En primer lugar diré que no es un invento de reciente creación, es una sexualidad muy antigua, nos la encontramos en muchos de los ambientes más sagrados de nuestros antepasados, en especial en Oriente.
             Hablando en plata, se trata de realizar el coito sin llegar al orgasmo.  Las teorías alquimistas dicen que de esta forma el fuego sexual no se apaga, y se emplea como energía calórica para hacer hervir el matraz de la alquimia interior que convertirá en oro todo el pesado plomo de nuestra naturaleza.  Las teorías tántricas nos dicen que es la única manera de elevar a la sagrada serpiente Kundalini hasta más allá de la coronilla y alcanzar así el nirvana.  Otras teorías afirman que así se controlan las fuerzas animales pasionales.  Y otras aseguran que esta forma de realizar el acto del amor es una garantía de permanencia del enamoramiento entre los amantes, pues siempre los mantiene hambrientos al uno del otro.  Además, también se considera un método anticonceptivo natural (si se consigue realizar la hazaña, claro está).
             Así que, ni corto ni perezoso, después de encontrar una pareja que estaba dispuesta a gozar esa sexualidad especial conmigo, nos pusimos manos a la obra:  Exigiéndole a mi amada la quietud necesaria —cuando era necesaria—, pude conseguir no moverme del lugar donde debía de estar y así superar la primera fase donde otros fracasan.  Era indispensable no derramar la copa sagrada.  Después, sazonado el método con ciertas meditaciones, solamente me quedaba esperar que el sexo de los dioses me proporcionara la divinidad prometida. 
             Menos mal que fueron unos pocos meses de espera, porque, si llego a esperar más, a lo mejor ahora no lo estaría contando.  No solamente la prometida divinidad no llegó nunca a invadirme, sino que además me entraron unos impresionantes ataques de nervios que de poco acaban conmigo.  La enorme cantidad de energía psíquica acumulada saturó mi sistema nervioso.  Mi poca tranquilidad interior, hirviendo en el matraz de la alquimia, en vez de convertirme en oro, me convertía en un manojo de nervios.  En aquellos meses estuve sumido en un insoportable borboteo nervioso, desazonado interiormente.  Tanto es así que instintivamente no se me ocurría otra cosa para calmar aquel fuego, y mis nervios, que acudir a la masturbación para vaciarme del combustible que me estaba convirtiendo en un cohete sin rumbo. 
             No dejaba de ser cómico: tanto esfuerzo por no derramar la copa sagrada en pareja, para después acabar vaciándola yo solito.  Así acabaron mis intentos tántricos.  Después de aquello no me cabía duda de que aquel sexo de dioses debía de ser precisamente para los dioses y no para los humanos.  Algunos expertos en el tema seguro que piensan que me faltaban iniciaciones.  Pero consultadas las mujeres que vivieron experimentos similares con hombres más iniciados que yo (no pregunté a muchos hombres, ya que no solemos ser muy sinceros cuando de reconocer nuestros fracasos sexuales se trata), me comunicaron que la mayoría de las veces no se pasaba de la primera fase de contención y fallaba el natural anticonceptivo.  Por consiguiente, y como consecuencia, vinieron al mundo ―y me imagino que continúan viniendo― muchos hijos producto del derrame del sagrado matraz alquímico.
             Otras personas, que superaron la primera dificultad y lo intentaron durante más tiempo que yo, acabaron destrozadas interiormente, en manos de expertos en psicología que después intentaron curar sus graves quemaduras en el sistema nervioso.  Estos hechos provocaron importantes denuncias en contra de las sectas que practicaban esta sexualidad.  Incluso muchas de las personas que la vivieron, y acabaron desequilibrados interiormente, denunciaron a las sectas donde la habían estado practicando. 
             Aún así, todavía hay quienes predican los beneficios de su práctica y la consideran indispensable para realizarse espiritualmente.  Yo no me alcanzo a creer que le pueda funcionar correctamente a alguna pareja, pero si el río suena será porque algo de agua lleva, aunque sea poca.  No voy a descalificar totalmente este método de realización,  con avisar de los peligros que conozco por experiencia yo ya estoy cumpliendo con el principal propósito de este libro.
              Los fanáticos de este exótico método sexual (casi siempre hombres) lo consideran tan esencial, para todo desarrollo espiritual, que incluso afirman que todos los grandes maestros espirituales lo practicaron como técnica indispensable para conseguir alcanzar las alturas que alcanzaron.  Todos los grandes mediadores, incluido Jesucristo ―faltaba más―, tenían una amante o una esposa con quien vivir el sexo sagrado.  A Jesucristo ―como no― le tocó en suerte a Magdalena.  Nada mejor que una santa prostituta para vivir el divino erotismo.
              Y les voy a contar un secreto: la gran pirámide de Keops no es un monumento funerario, es en realidad el escenario sagrado donde el faraón, el hombre-dios, sufría su particular proceso alquímico practicando el sexo divino, de faraones, naturalmente.  En la cámara de la reina se las tenía que ver con la sacerdotisa (supongo que sería una experta reina del sexo), quien le ayudaría a practicar la sexualidad sagrada que lo terminaría en convertir dios definitivamente.  Si no superaba esta prueba final, no alcanzaría la inmortalidad.  Está claro que hasta los faraones fracasaron en sus intentos, pues se quedaron aquí, en sus tumbas, hechos unas momias por no haber conseguido ese sexo divino que les hubiera convertido en inmortales.

Yo no puedo negar que, a pesar de lo vivido en mis propias carnes, todavía me continúa fascinando esta sexualidad.  Las eróticas figuras de las fachadas de los antiguos templos tántricos de la India, y muchos grabados antiguos orientales de elevado erotismo, nos hablan de este sexo sagrado, que continúan fascinando a muchos de quienes las contemplamos.  Si prestamos atención a esas imágenes comprobaremos que nos están mostrando algo extraordinario: sus cuerpos están realizando el coito, u otro tipo de tocamiento eróticos, en posturas que nos transmiten una elevada sensualidad, lujuria u obscenidad, como queramos calificarlo.  Sin embargo, en sus rostros no aparece gesto lujurioso alguno, sus semblantes nos transmiten una belleza espiritual suprema, una paz que nos puede parecer incompatible con lo que están haciendo con sus cuerpos.  Esas imágenes nos están diciendo que existe una sexualidad donde es posible tener el cuerpo viviendo un fuerte erotismo y la mente en santa beatitud.  Es como hacer el amor sin deseo, sin pasión erótica, a la vez que vivimos el erotismo como espectadores, sin identificarnos con él.

Aunque nos parezca extraño, creo que muchos de nosotros hemos vivido aspectos esa especial sexualidad, al menos momentáneamente, cuando no lo pretendíamos y la vida nos sorprendía dándonos ese regalo.  Me voy a remitir a esos momentos mágicos de nuestra vida, cuando hacíamos el amor con la persona de la que estábamos enamorados, invadidos de un extraordinario enamoramiento, de un embeleso sublime, supremo, casi sagrado; embriagados por la divinidad que envuelve a los amantes.  Mientras nuestros cuerpos realizaban todo tipo de obscenidades, nosotros permanecíamos en el cielo, casi ausentes de lo que sucedía en la tierra, conscientes de un divino erotismo.  Momentos en los que, por ser la felicidad tan plena, desaparece el deseo animal de los amantes.  Aunque los  cuerpos no cesen de copular, nuestra atención permanece fija en la divina virginidad que vemos en los ojos de nuestra amada o de nuestro amado.  Son los éxtasis de los enamorados, embriagados por el más poderoso de los afrodisíacos, por el amor, por la gloria de amarse.  Éste es el único sexo que me ha llevado al cielo, sin secta ni doctrina de por medio, el que viven los amantes cuando están llenos de divinidad, por muy ateos que sean.

El sexo que predica el tantra o la alquimia sexual se me antoja que no puede ser muy diferente al sexo natural del pueblo, pero del que se ha suprimido el orgasmo para intentar apartar a la bestia lo más posible del nido del amor.  Supongo que al hacer esto se intenta mantener durante largo tiempo la magia mística de forma semejante a como la intentan mantener los amantes adictos al amor platónico.  En teoría es un sexo fascinante, pero solamente en teoría.  Yo al menos, no he podido comprobar en la práctica los beneficios de suprimir el orgasmo asiduamente.

Siento no poder dar más detalles esenciales al respecto.  Espero que todas estas explicaciones hayan servido para dar una idea aproximada de esta famosa forma de sexualidad en los caminos sectarios.  Una teoría que continúa fascinado por lo que promete, aunque resulte casi imposible alcanzarlo.

Continuemos nuestra andadura sin perder el entusiasmo investigador, aunque nos encontremos con muchas incógnitas que todavía no podamos resolver.  Existen otros factores, tan importantes o más que el sexo, que condicionan nuestro bienestar.  Con orgasmos o sin orgasmos, la mayoría de las veces, no podremos evitar que la gloria del amor se nos escape de las manos cuando más la estamos disfrutando, robada por las bestias de las pasiones: celos, instinto de posesión y de manipulación de la persona amada, deseos exigentes, violencia sin razón que nos convierte en enemigos de la persona que más queremos... Pasiones que nos atacan a traición robándonos nuestro tesoro más preciado.