TERCERA PARTE

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ABRAZOS, BESOS Y CARICIAS 

            El fluir de lo sagrado es un tipo de energía creativa que puede ser utilizada para conseguir aquello que se desea.  La satisfacción de los deseos es uno de los mayores beneficios que de él se esperan.  La persona religiosa, sabiendo esto, implora a los cielos en sus oraciones aquello que anhela.  La grandeza, el poder y la infinitud, experimentados en torno a los dioses, propician la sensación de que no existen dificultades para conseguir satisfacer nuestros deseos más insospechados.  Y en ocasiones estos deseos se consiguen, el poder de la fe unido al poder de dios parece no tener límites.  Si revisamos la Historia veremos que del seno de la espiritualidad han emergido toda una serie de sorprendentes fenómenos que cambiaron el curso de la Historia.  Las guerras santas son un claro ejemplo ―y lamentable― de la utilización de la creatividad sagrada al servicio de los deseos, violentos y conquistadores en este caso.

            Los profesionales de la espiritualidad, sabiendo la mala fama que les ha aportado la violenta utilización en el pasado del elixir sagrado, en la actualidad se están esmerando en mejorar su imagen, acomodándola a los nuevos aires pacifistas, y nos están proponiendo atractivos cambios en la utilización de lo divino.  Ahora, además de poder cantar y bailar con los dioses, en éxtasis amorosos, envueltos por ese amor, también podemos amarnos entre nosotros.  Un gran porcentaje de religiones y de sectas parece que se han puesto de acuerdo en conseguir tan anhelado y difícil propósito.  En las congregaciones de los rituales religiosos se está poniendo de moda darse la mano, abrazarse, besarse, e incluso acariciarse.  Todo dirigido a manifestar físicamente el perseguido y tan pocas veces conseguido amor al prójimo.

            Estas manifestaciones de amor y de cariño están produciendo un impacto entre quienes las experimentan.  No estamos acostumbrados a semejantes muestras afectivas excepto con nuestros más allegados.  Y, en ocasiones, ni con nuestros parientes más próximos las vivimos.  Por ello resulta impresionante, para la persona común, vivir esas manifestaciones de cariño con personas que no pertenecen a su entorno familiar o de amigos. 

La primera deducción lógica que se obtiene al vivir esas muestras de afectividad, con personas prácticamente desconocidas, es el convencimiento de que en esa religión, o comunidad sectaria, se está viviendo un auténtico amor fraterno.  La personas con carencias emocionales se sienten muy atraídas por tanta efusión amorosa, esperando que van a encontrarse en un entorno de amor y de comprensión; pero muy a menudo acaban desengañadas.  En las reuniones en hermandad, donde se experimenta lo sagrado, todas esas muestras de afectividad surgen sin apenas dificultad entre personas embriagadas por las benditas cualidades de lo divino.  Pero, cuando pasa la borrachera y todo vuelve a su estado normal, el desengaño suele hacer acto de presencia.  Cierto es que existen comunidades donde sus miembros se unen como una piña, viven en comunas, y son los unos para los otros como auténticos hermanos, (aunque pocos se libran de las peleas entre ellos que cuestionan su fraternidad).  Pero en la mayoría de comunidades no sucede así, sus miembros se reúnen unas pocas veces durante la semana, y los efusivos gestos amorosos no transcienden más allá de sus reuniones.  Aquellos caminantes de lo esotérico novatos, que creían en la existencia de un amor fraterno real, convencidos por tanta amorosa efusión física, pueden sentir como un mazazo al comprobar que no es así.   Puertas afuera de los rituales de la comunidad las cosas continúan con la fría convivencia típica de nuestra sociedad; y aquellos que se manifestaban como auténticos amorosos hermanos en los rituales del templo o de la sala de reuniones, en la calle no pasan de parientes lejanos que se preocupan muy poco de cómo le va en la vida a aquél que acaban de abrazar efusivamente en la fiesta espiritual.

Sin embargo, aunque habitualmente esas muestras de cariño se den solamente de puertas adentro, la utilización de ellas está teniendo un notable éxito.  La falta de amor en el mundo propicia que esas efusiones sean bien recibidas por el público; aunque sean fingidas, terminan por ser uno de los ingredientes más importantes para la captación de adeptos.  Es tal el éxito que los abrazos están alcanzando en la actualidad que hay  personas sumergidas en el mundo de las sectas únicamente por el hecho de vivirlos.  A nadie le amarga el dulce acariciarse o el abrazo de varios minutos; sobre todo si es con esa persona que nos resulta atractiva y con la que nos gustaría hacerlo más intensamente en la intimidad.  No creo exagerar si afirmo que para una de las cosas que más han servido las efusiones cariñosas “espirituales” ha sido para iniciar contactos más materiales, romances que acabaron en relaciones de pareja.  En ocasiones resulta inevitable que los efluvios sexuales se mezclen con los divinos cuando nos abrazamos a esa persona que nos resulta atractiva.

No está nada mal que en el seno de la espiritualidad hagamos más el amor que la guerra, aunque muy a menudo sea un amor fingido o vivido temporalmente.  Sea cual sea nuestra vivencia, siempre es conveniente reconocer que es debido al elixir de santidad, propio de la atmósfera sagrada, vivido en los rituales o en los cursillos espirituales, lo que nos hace sentir benditos los abrazos, los besos y las caricias.  Y si este elixir no nos embriaga lo suficiente, todas esas muestras afectivas se convierten en fríos rituales, en imposiciones costumbristas que no garantizan lo que pretenden demostrar.  Un abrazo puede llenarte de amor, pero también puede no ser otra cosa que un apretón físico, incluso desagradable.  Sucede igual que con la música sagrada que comentábamos en el anterior capítulo.  En cualquier cosa que nos ofrezcan como sagrada, lo sagrado habremos de ponerlo siempre nosotros; no olvidemos que toda manifestación sagrada emerge de nuestro interior.  Tanto en una música como en un abrazo, si deseamos que sean celestiales, lo celestial habremos de ponerlo nosotros.

Necesitando incluso realizar una criba de vivencias, pues lo divino, en los seres humanos, suele presentarse unido a lo profano.  Cuando vivimos tal santidad en las reuniones espirituales, que nos hace sentir divinos los abrazos, también podemos observar muy frecuentemente que nuestra percepción corporal es muy selectiva.  Como la mayoría de nosotros estamos más a menudo en nuestro cuerpo que en los mundos sutiles del espíritu, no podemos evitar sentirnos mejor o peor según nos abrace una persona un otra.  Esto suele producir una rivalidad que crea sutiles envidias entre los cofrades o sectarios:  “A mi no me abrazas tanto como a aquella persona.  Esta persona no me hace sentir lo mismo que aquella.  Tu abrazo da más lástima que amor.  Aquellas dos personas se ponen siempre juntas en las reuniones para darse un apretón de espanto cuando llegue el momento de los abrazos”,  etc.  Y no olvidemos los ataques de celos que puede llegar a sentir uno de los miembros de una pareja cuando observa al otro miembro abrazarse, a quien pudiera ser su rival, más efusivamente de cómo mandan los cánones,

En esta especie de competición afectiva, también hay personas que se sienten menospreciadas por la mayoría en el ritual de los abrazos, ―suelen ser las menos agraciadas― mientras que otras personas están muy solicitadas.  También hay líderes, como en toda competición.  Normalmente el liderazgo lo ostentan los propios líderes de la secta, su abrazo es tan anhelado por todos sus seguidores que es frecuente tener que hacer fila para conseguirlo.  Porque siempre se tratará de un abrazo divino, naturalmente.

 


LA DROGADICCIÓN MÍSTICA                      

            A los miembros de las sectas se les suele considerar adictos al fanatismo de su credo particular, enfermos de una de las drogadicciones más perniciosas.  Creencia popular semejante a la que se tiene del consumo de las drogas ilegales, mientras que las legales se consumen sin preocupación e incluso apoyadas por la cultura del pueblo que las acoge.  Situación similar a la que padecen los adictos a los juegos de azar, buscadores enfermizos de la buena suerte, que la sociedad compadece mientras por otro lado les tienta con la publicidad que se hace de los sorteos de loterías oficiales o apuestas deportivas.

            En el mundo de la espiritualidad no es diferente: el consumo de las ofertas sectarias se considera una perniciosa drogadicción, mientras el consumo de las religiones oficiales no.

            Si deseamos realizar un análisis serio sobre la adicción que se puede dar en el mundo del espíritu, hemos de abandonar todo tipo de preferencias culturales.  Cuando se consigue sortear los peligros que tanto abundan por los caminos espirituales, superar la resistencia a evolucionar espiritualmente y el pánico a arrojarse al infinito vacío celestial, la vivencia de lo sagrado implica en la mayoría de las ocasiones un aumento del bienestar.  La paz que se puede llegar a sentir, cuando nos invade la presencia divina, es uno de los mejores analgésicos existentes para contrarrestar los dolorosos trances por los que puede transcurrir nuestra vida.  Cuando la santidad se siente en las venas, por haber entrado en contacto con lo sagrado, una plenitud feliz invade al afortunado que consiguió probar las mieles del cielo.  A partir de ahí, si la suerte se repite, tendremos a una persona adicta a las drogas sagradas, adicta a los regalos de los dioses.

             Los contrastes que experimenta nuestro bienestar influyen de forma muy importante en nuestra vida.  La espiritualidad puede proporcionar tan importantes aportaciones a nuestra felicidad que es muy fácil convertimos en adictos a una vía espiritual si estamos viviendo en ella gozosas experiencias.  Está demostrado que nuestro cerebro sintetiza drogas en nuestros momentos más felices, como por ejemplo durante un orgasmo, de ahí que la mayoría seamos adictos al sexo.  Las endorfinas, opiáceos generados por nuestra glándula pituitaria, nos emborrachan de bienestar cuando la felicidad nos envuelve.  Las diferentes experiencias de lo divino nos pueden embriagar de dicha y engancharnos, son unas de las drogas más fuertes que puede disfrutar o padecer ―según se mire― el ser humano. 

La drogadicción espiritual, como la sexual, no tiene contraindicaciones biológicas; es provocada por drogas que genera nuestro organismo de forma natural, no afecta a nuestra salud sino es para mejorarla.  Sin embargo, como cuando se usan tóxicos, dependiendo de la dosis, existen peligros para nuestra salud o nuestra vida, en este caso peligros psíquicos.  La drogadicción sexual puede convertirse en grave obsesión e impulsar a cometer locuras, y con la drogadicción espiritual puede suceder lo mismo.  Si se llega a un elevado estado de embriaguez frecuentemente, el borracho de dios puede actuar con un notable descontrol y caer en un irracional fanatismo; puede convertirse en un defensor a ultranza de la fuente proveedora de la droga mística, del cártel al que pertenezca; grupo de fanáticos que puede entrar en guerra contra otros cárteles que, como mafias de lo sagrado, quieren imponer por la fuerza su especial polvo blanco en el mercado espiritual.

Las diferencias más notables entre la adicción sexual y la espiritual se basan en el culto, en un caso es una adoración material y en el otro se trata de un culto espiritual.  La desinhibición sexual de nuestra civilización propicia un exceso de fluidos eróticos en muchas personas, que pueden acabar convertidas en fanáticas defensoras del placer sexual, en adoradoras del cuerpo.  El culto al cuerpo está muy extendido hoy en día entre la población occidental.  Sin embargo, el exceso de las bebidas celestiales, propicia el culto al espíritu, a los espíritus o a las deidades, y muy a menudo el menosprecio de la vida.  Recordemos el típico rechazo del cuerpo como algo pecaminoso, los suicidios colectivos ―que estudiaremos más adelante― y las guerras santas, que no cesamos de citar, repletas de kamikazes suicidas.

Cuando las endorfinas las genera el sexo, creemos que los goces provienen de nuestro cuerpo o del cuerpo de la pareja que copula con nosotros.  La felicidad sexual es un goce corporal que puede prescindir de lo espiritual.  Sin embargo, los placeres espirituales parecen no provenir del mundo físico, aunque la drogadicción suceda en el cuerpo.  Y al no tener limitaciones físicas la sensación de su procedencia, los goces espirituales cubren un abanico de matices y de calidades tan amplio que nos va a resultar muy difícil llegar a alcanzar una idea aproximada de todos ellos.  Los diferentes elixires que pueden producirse en cada individuo sumido en el seno de diferentes atmósferas sagradas son infinitos.  Cada gurú, cada ritual, cada secta o cada religión, produce un tipo de elixir sagrado particular en cada individuo, como si de innumerables tipos de drogas se tratara, provocando una gran cantidad de tipos de adicciones.   

Las propiedades analgésicas y relajantes de las drogas generadas por nuestro organismo en las vivencias espirituales son indudables.  Los mártires sin ellas nunca hubieran podido permanecer impasibles, e incluso felices, en las torturas que les tocó vivir; la sedante paz espiritual no falta en cualquier atmósfera sagrada.  Incluso todo parece indicar que también somos capaces de generar alucinógenos en los trances místicos, pues la percepción sufre muy a menudo notables cambios cuando respiramos densas atmósferas sagradas, tan notables como que cada uno de nuestros cinco sentidos físicos puede empezar a percibir “alucinaciones”, como ya vimos en el capítulo sobre las percepciones extrasensoriales. 

 Exceptuando las conexiones con dimensiones del mas allá infernales (pesadillas de todo drogodependiente) y las terroríficas visiones apocalípticas, los contactos con las glorias celestiales siempre son contactos felices, gozosos, llenos de dicha.  El alucinado que alcanza la realidad virtual espiritual en la que cree, el sueño esotérico que le ha tocado en suerte soñar, puede percibir gloriosas visiones celestiales que le llenarán de felicidad; también puede oír otros dulces sonidos diferentes a los escuchados con nuestros oídos ―como ya dijimos en el capítulo sobre la música y la danza―; también puede oler el perfume de los ángeles, y creer que lo está oliendo con sus narices, sin haber olor alguno en el ambiente que le rodea; y gustar las mieles del maná celestial, sentir en su boca una dulce sensación, sin estar gustando pastel alguno; así como también puede sentir sensaciones en su cuerpo venidas de otro mundo, caricias divinas de sublime amor. 

            Entre las más notables diferencias que la drogadicción por endorfinas tiene con la generada por sustancias preparadas, tenemos en primer lugar que todavía no hemos sido capaces de fabricarlas, son drogas que no se pueden ingerir ni inyectar en la sangre, las produce nuestro organismo; y, en segundo lugar, todavía nadie ha conseguido controlar su elaboración en nuestro cuerpo.  Drogas que no se pueden comprar, y no hay forma alguna ―todavía― de asegurarse su abastecimiento de por vida.  Por lo tanto, conviene dejar bien claro que toda persona enganchada a este tipo de adicción tiene asegurado padecer, tarde o temprano, el síndrome de abstinencia, pues no hay forma de asegurarse su abastecimiento de por vida. 

Las investigaciones farmacéuticas, a pesar de no cesar en su empeño por sintetizar endorfinas, no lo han conseguido todavía.  Pero, aunque se consiguiera algún día, me temo que su dosificación y la elección del tipo de droga nunca serían tan adecuadas ni tan naturales como cuando se originan espontáneamente en cada persona.  Todo parece indicar que, en los casos en los que no se alcanza la borrachera, el cerebro de cada individuo genera su propia droga, la adecuada para su organismo, y habitualmente en la cantidad justa para aumentar notablemente su grado de bienestar, y sin contraindicaciones biológicas.

Quien prueba asiduamente las drogas de los cielos se convierte en un drogadicto de la armonía feliz, muy difícil de sustituir con cualquier otro tipo de inyección en nuestro cuerpo.  Por ello, el drogadicto de dios, se convierte en un buscador incansable de los camellos venidos de arriba con la mercancía sagrada alucinógena, y no cesará de buscar a los repartidores de la experiencia mística, a los maestros de los rituales sagrados y de las creencias que harán segregar de su cerebro las sustancias de la felicidad.  Multitud de mediadores aseguran repartir el sagrado polvo blanco de los cielos a diestro y a siniestro, charlatanes en muchos casos que ofrecen lo sagrado mezclado con venenos, sustancias divinas adulteradas con credos enfermizos, toxinas para el alma, creencias de infelicidad. 

Probablemente sean los grandes gurús orientales en la actualidad los mejores proveedores de experiencias divinas, son capaces de sintetizar atmósferas sagradas de una pureza extraordinaria y de hacernos segregar como nadie endorfinas de felicidad.  Lástima que vayan acompañadas habitualmente de tóxicos para la mente, de creencias extrañas e irracionales, del gran fraude espiritual. 

Conseguir que nuestro cerebro sintetice en su estado puro la droga que es capaz de generar la divinidad del hombre, es un empeño todavía no logrado, pues siempre suele ir acompañada de sustancias intelectuales dañinas para la salud mental.  Algo semejante a lo que sucede con la pura droga que es capaz de generar nuestra sexualidad, delicia de placer tan a menudo intoxicada por anormalidades psicológicas.

Uno de mis empeños de estos últimos años de mi vida consiste en intentar generar por mí mismo, en mi organismo, en mi cerebro, las drogas espirituales de la felicidad, sin camellos ni traficantes ni intermediarios que tan caro nos las hacen pagar; es decir, sin dioses ni gurús, sin ningún mediador que especule con lo que es nuestro.  Y sobre todo sin sus doctrinas o creencias impuestas.  Si nosotros creamos a los dioses, y los dioses nos proporcionan las drogas celestiales de la felicidad, resulta evidente que nosotros somos los únicos que deberíamos de tener el control sobre estas drogas.  Las drogas divinas las genera nuestra propia divinidad, nuestro propio organismo, nosotros.

 Más cuando somos creyentes no lo sentimos así, creemos que la felicidad nos viene del cielo, convencidos por la fe.  Una sola vez que hayamos probado los elixires de la divinidad a través de la fe, puede ser suficiente para continuar buscándolos de por vida por los territorios virtuales espirituales. 

Y si se ha vivido durante tiempo borracho de elixires, cuando estos desaparecen, uno puede convertiste en un consumidor de todo tipo de adulteraciones espirituales, padeciendo una penosa situación semejante a la que padece el drogodependiente típico, consumidor de tóxicos perniciosos para su salud por no poder adquirir la droga pura.

Pues conviene saber que la gracia de dios sobreviene muy a menudo como por arte de magia, y desaparece también como por arte de magia.  Cuando perseguimos los goces divinos de los dioses, conviene no olvidar que no tenemos garantizado su abastecimiento.  En toda búsqueda de dios hemos de tener presente que podemos llegar a encontrarlo con la misma facilidad que podemos llegar a perderlo.  La experiencia divina es una de las más escurridizas que puede sentir el ser humano. 

            Si estudiamos las vidas de los santos, observaremos las fluctuaciones del fluir divino en sus vidas y todo lo que sufrían cuando padecían el mono de la ausencia divina.

            Aunque yo no soy un santo, en mi vida he sufrido muy a menudo el síndrome de abstinencia, así como también lo he visto padecer a otras personas compañeras de camino.  No sé como será el mono provocado por la ausencia de continuar inyectándose droga en el caso del drogadicto de tóxicos, pero no creo que sea muy diferente.  Cuando viví la pérdida del amor de Cristo, allá por la juventud, padecí un mono desesperante.  Y durante el resto de los años de mi vida, en mi recorrido por las sectas, esta situación se ha ido repitiendo con sorprendente asiduidad.  Había temporadas que conseguía beber a raudales los elixires sagrados, seguidas de otras temporadas de desasosegada y dolorosa abstinencia.  Y en la actualidad, habiéndome negado a seguir tomando toxinas intelectuales ―dogmas de fe ya inaceptables para mi inteligencia― apenas soy capaz de conseguir generar las drogas de la felicidad espiritual.  Y he de reconocer que la alegría y la paz interior se han reducido notablemente en mi vida, aunque no hasta extremos desesperantes.

            Parece ser que el drogarse, de forma natural o antinatural, es típico del ser humano en su búsqueda de la felicidad.  Si yo nunca me decidí a ingerir sustancias fue porque mi débil organismo apenas aguantaba la ingestión de droga alguna si resentirse demasiado.  Pero las generadas por mi propio cerebro no me provocaban daños físicos, e incluso me sentaban bien, así que me convertí en un en un adicto a ellas, experto en encontrarlas en densas atmósferas sagradas.

            Hoy puedo dar gracias que a mi cerebro no le dio por generar intensamente alucinógenos, a pesar de haber estado inmerso en densas atmósferas sagradas que sumían en profundos trances alucinatorios a otras personas, porque entonces sí que hubiera tenido problemas más serios.  No voy a negar que he tenido sueños esotéricos en suaves trances meditativos, pero siendo consciente en la mayoría de los casos de que eran sueños.  Algo que no siempre resulta fácil, porque todo creyente tiene cierta predisposición a creer que son verdad. 

Podemos dudar de todo lo que vivimos por los caminos espirituales, de lo que creemos por fe aunque no lo veamos, de los paraísos, de los infiernos, de los dioses y de los demonios; pero cuando nos convertimos en videntes y “vemos” las realidades virtuales espirituales, cuesta mucho creer que no son verdad.  Las creencias se han forjado de esta manera, así creamos a los dioses, en borracheras alucinatorias; y creímos que el sagrado vino nos lo daban ellos, los dioses, cuando en realidad se genera en nuestras propias glándulas.  Las bodegas de los divinos vinos están en nosotros, en nuestro cuerpo, por mucho que las creamos ubicadas en los cielos y que los dioses tienen sus llaves.

            Es esencial comprender el fenómeno de la drogadicción mística para entender como se crearon las realidades virtuales espirituales y a los personajes que las pueblan.  Las impresiones extrasensoriales son muy fuertes bajo los efectos de las drogas, (todo drogadicto de alucinógenos sabe lo intensas que pueden llegar a ser las sensaciones o las alucinaciones).  Y si se repiten una y otra vez las mismas sensaciones o la misma videncia, el místico acaba creyendo que su estado proviene de la aparición virtual, creencia que le permitirá de ahora en adelante emborracharse con sólo invocarla mediante algún ritual que le evoque la experiencia extrasensorial. 

Ahora podemos comprender mejor porqué las creencias se defienden con tanto ahínco, pues de la fe depende el suministro de las drogas místicas.  En nuestra mente colectiva debe de estar tan grabado que las poderosas drogas de la felicidad nos llegan del cielo, que, cuando dejamos de creer en dios, lo tenemos muy crudo para acceder a ellas.  No parece haber otra forma de conseguirlas con frecuencia que a través de la fe.  Se echan en falta cuando se decide dar el paso del agnosticismo o del ateísmo, a pesar de las adulteraciones de insanas creencias que contienen, y de lo aleatorio de su abastecimiento.  Sería un gran logro dar con la clave que nos permitiera sintetizar la poderosas drogas místicas sin tóxicos credos.

Pero todavía no lo hemos conseguido.  Una fría estadística actual nos mostraría que lo más frecuente es sentir esporádicamente las vivencias divinas con cierta moderación en el seno de la fe, sin grandes borracheras, en momentos que nos llenan de gozo y que desaparecen tarde o temprano, sin provocar fuertes drogadicciones.  Muchas personas se conforman con eso y aseguran que dios no da para más, que ellos están recibiendo lo máximo del cielo.  Pero si realizamos análisis comparativos en diferentes individuos borrachos de dios, entre aquellos que se drogaron más de lo habitual, observaremos que la divinidad da para mucho más y de infinidad de formas diferentes.  Las drogas divinas que podemos generar nosotros mismos nos pueden otorgar multitud de estados felices.  En unos casos nos pueden dar más fortaleza, en otros más alegría, más paz, más belleza, etc.  Es una lástima que todavía no se conozca método espiritual alguno que nos ofrezca todos los beneficios que es capaz de darnos la nuestra divinidad.  Es obvio que hacen falta más investigadores al respecto, y, sobre todo, hace falta una auténtica revolución espiritual.

 


LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL 

            No creo equivocarme si me atrevo a afirmar que estamos comenzando a vivir, en Occidente, una revolución en nuestra dimensión espiritual semejante a las otras grandes revoluciones que cambiaron en pocas décadas nuestra sociedad.

            La proliferación de sectas en los países libres occidentales, a pesar anunciarse a los cuatro vientos su peligrosidad, es una muestra del inconformismo de una gran parte del pueblo con los poderes religiosos oficiales o con el ateísmo que niega la existencia de todo lo sagrado.  Rebeldía popular que está creando una auténtica revolución en el mundo del espíritu.

            Derrocar a los viejos poderes espirituales es uno de los principales fines de dicha sublevación.  Destronar a los tiranos dioses, que llevan milenios reinando en las almas de los hombres, es una meta revolucionaria que poco a poco se está consiguiendo. 

Pero, como sucedió en otras de nuestras revoluciones, muchos de los dirigentes revolucionarios están cayendo en la tentación de apropiarse de los poderes usurpados, mientras que a sus seguidores los emborrachan con el vino encontrado en las bodegas de los todopoderosos, elixires divinos, drogas celestiales robadas a los dioses. 

Muchos de estos revolucionarios del alma se están convirtiendo en los nuevos tiranos del espíritu, pues, aunque ahora apenas tiranicen a sus seguidores con el látigo del castigo divino, ejercen el control utilizando las drogas divinas, manteniendo enganchados a sus seguidores gracias al consumo de las mieles celestiales cosechadas en los infinitos campos del cielo, goces prohibidos para el pueblo desde hace miles de años.

Así hemos vivido durante años muchos de nosotros esta nueva revolución, borrachos de felicidad, enganchados a la droga diaria, sin vivir un auténtico despertar revolucionario. 

El fin primordial de toda revolución no es el de suplantar a un tirano por otro, sino el de entregar el poder al pueblo, a cada individuo, tal y como lo estamos intentando hacer con la democracia en la dimensión de la política.  Pero para ello es necesario que las personas se crean que eso es posible.  Y si entregar al pueblo el poder político resultaba increíble hace unos siglos, mucho menos creíble resulta en la actualidad entregar al pueblo el poder religioso.  Sin embargo, ese es el propósito final de toda revolución.  Tarde o temprano serán usurpadas las riquezas a los todopoderosos dioses, y el pueblo podrá hacer uso de ellas, sin condiciones y sin necesidad de besarle los pies a nadie por ello.  Pero primero tendremos que comprender que la divinidad no es una exclusividad de los dioses, sino de todo ser humano.  Después podremos aceptar a los auténticos revolucionarios espirituales, capaces de robar la divinidad a los dioses y de entregársela al pueblo, a sus antiguos propietarios; pues, al fin y al cabo, fueron nuestros antepasados quienes se la dieron a los dioses.

            Las revoluciones experimentadas en los niveles cultural, científico, industrial, político y sexual, siguieron en sus principios una pautas liberadoras con ciertas semejanzas a las que estamos viviendo en la actualidad en nuestra dimensión espiritual.  ¿Quién se iba a imaginar hace unos siglos que la sexualidad iba ser disfrutada libremente por cada individuo?  ¿O quién podía sospechar la abundancia y la libertad económica que hoy disfrutamos?  Los viejos temores que vaticinaban el fracaso de nuestras revoluciones hoy nos resultan hasta graciosos.  Nos podemos reír de aquellos vaticinios que nos pronosticaban que toda mujer liberada sexualmente se iba a convertir en una prostituta, al igual que pensábamos que liberar nuestro pensamiento político nos iba a mantener en una guerra constante con quienes no pensaban igual, o que la revolución industrial nos iba a convertir en robots de una sociedad dominada por la tecnología.  Ninguno de aquellos oscuros pronósticos se ha llegado a cumplir, y es de esperar que tampoco se cumplan ninguno de los oscuros pronósticos vaticinados por los detractores de esta nueva revolución humana.  Aunque, bien es cierto, que son de mayor magnitud las oscuras amenazas pronosticadas en la dimensión del espíritu que las que se pronosticaron en las otras revoluciones; pues tengamos en cuenta que no se tratan de amenazas humanas, sino de amenazas divinas cargadas de pronósticos infernales, castigos apocalípticos que caerán sobre los sacrílegos revolucionarios y sobre todo aquel que se atreva a seguirlos. 

            Para que toda revolución progrese es necesario que los ejércitos de revolucionarios superen el miedo a caer en combate.  Ahora bien, en esta revolución espiritual no se trata de superar el miedo a perder el cuerpo, sino superar el miedo a perder el alma, cuestión que nos puede llegar a aterrorizar mucho más de lo que pensamos.  De ahí que, probablemente, necesitemos de más tiempo que el que hemos necesitado para concluir las otras revoluciones.  Y no sólo por los temores que hemos de superar, sino por la enorme envergadura del cambio, pues recordemos que las propiedades divinas, que se pretenderán sean asumidas en un futuro por los individuos, son de carácter infinito, y las personas estamos más acostumbradas a asumir nuestras propias limitaciones que a reconocernos seres de facultades ilimitadas.  

            Más el desánimo nunca hace presa en los revolucionarios.  Hace unas pocas décadas, el disfrute de la actividad sexual era algo prohibitivo, un vicio pecaminoso e insano, una perniciosa adicción y a la vez un placer reservado a unos pocos afortunados; hoy, el disfrute de la sexualidad, es una saludable virtud, y la adicción al placer sexual se considera como algo natural.  La mayoría de los individuos la consideramos algo propio que podemos utilizar libremente. 

Es de esperar que pronto nos suceda lo mismo con nuestra dimensión divina.  En mi opinión, la liberación de la espiritualidad sigue unas pautas semejantes a la liberación sexual: Hoy se considera una perniciosa adicción las asiduas prácticas o rituales destinados a gozar de las dichas espirituales fuera de los contextos tradicionales.  Los perjuicios en torno a las novedades sectarias propician que muchas personas rechacen las nuevas revoluciones espirituales y no lleguen a conocer sus delicias.  Como sucedió con el sexo, los miedos y los tabúes nos impiden disfrutar de una importante dimensión humana. 

Tampoco vamos a olvidar los errores propios que habitualmente se cometen en los inicios de toda revolución, pues al igual que sucedió en los primeros tiempos de las libertades sexuales, la libertad espiritual de nuestros días contiene las típicas torpezas de los principios de una liberación prácticamente recién nacida.  La libertad religiosa ha propiciado la liberación del consumo de diferentes métodos de estimular nuestra espiritualidad.  Pero, como sucedió con el sexo, su consumo se realiza como una ciega drogadicción, atendiendo a los primarios instintos de búsqueda de la felicidad, rompiendo los tabúes a golpe de vivencias, caminando en ocasiones a ciegas, adoptando nuevas ideologías aperturistas pasionales contrarias a las creencias tradicionales; más por estimular una revolución incipiente contra los poderes espirituales establecidos que porque realmente sean unas ideologías equilibradas del alma.

            Estas nuevas ideologías espirituales suelen pecar de fanatismos semejantes a los que padecen las antiguas creencias.  Todas compiten entre sí para intentar llevarse el premio de la razón que apoye su nueva forma de ser feliz.  Mas las explicaciones de los divinos hechos, que se experimentan en su seno, se continúan obteniendo a través de códigos de fe, sin apenas lógica alguna, donde la razón brilla por su ausencia.

 


CON O SIN RAZÓN 

            Uno de los impulsos que más estimulan el crecimiento de nuestros conocimientos es el de la curiosidad por encontrar explicación a todo lo que nos sucede y a todo lo que nos rodea.  Nuestro entendimiento ha ido creciendo a golpe de ir comprendiendo poco a poco lo que nos resultaba incomprensible.  La evolución de las ciencias es el más claro ejemplo de este crecimiento, su ámbito de estudio no cesa de crecer tanto en cantidad como en calidad.  Pero aun existen grandes terrenos inexplorados llenos de misterios, en especial en la dimensión espiritual del hombre.  La psicología es una de las ciencias que más se atreve a sumergirse en esas profundidades, sin encontrar en muchas ocasiones explicación a ciertos fenómenos del alma humana, aunque poco a poco va robándole terreno a los misterios.  Intromisión nunca bien vista por los creyentes, pues de siempre han estado convencidos de que la inteligencia humana nunca será capaz de entender los misterios divinos.

            Tanto es así que al buscador de caminos espirituales se le suele aconsejar que deje en la cuneta su sabiduría si quiere llegar a alguna parte.  Los creyentes saben que para conseguir ciertas metas de elevada santidad es necesario sumergirse en la ignorancia más absoluta, pues nuestro entendimiento estorba más que otra cosa en nuestra ascensión a los cielos más elevados.  Una inteligencia formada para desenvolvernos en este mundo, sirve de muy poco para movernos por el otro.  Las leyes que rigen la materia no funcionan en las dimensiones espirituales.  Y nuestra sabiduría habitual se ha de volver ignorancia si deseamos llegar a conseguir el escondido conocimiento.  Es necesario vaciar de viejos programas y de viejos datos el ordenador de nuestra mente para que los nuevos ocupen su lugar.

Por todo ello, en la mayoría de las sectas, vías espirituales o religiones, se nos dice que en los mundos de dios el raciocinio nos sirve de muy poco, la lógica no funciona como habitualmente la conocemos, y la explicación más usual de los hechos divinos es: “misterio, hijo, misterio”.  Buscarles una explicación es un terrible pecado de soberbia.  La ignorancia siempre será una virtud indispensable para todo aquel que desee progresar en el conocimiento espiritual.  Si no abandonamos nuestra erudición, no dejaremos espacio para que la sabiduría divina deposite en nosotros las migajas del conocimiento sagrado que, como regalo de los dioses, podemos llegar a alcanzar.

Todo esto propicia que los intelectuales no seamos bien vistos en el mundo de las sectas.  Cuando uno está acostumbrado a ir de listo por la vida le resulta muy difícil ir de tonto aunque se lo proponga.  Cuanto mayor sea el saber que uno acumula, mayor esfuerzo habrá de realizar para vaciarse de él.  Esto lo saben los dirigentes sectarios, y por ello exigen más que a nadie al intelectual que se vacíe de su saber antes de enseñarle los conocimientos ocultos.  Para mí siempre resultó muy dura tal exigencia, y creo que nunca la  cumplí del todo.  Para conseguir mi empeño de aprender en las escuelas de lo oculto me convertí en un experto en poner cara de tonto.  En muy poco tiempo terminaba por convencer de que estaba listo para recibir las instrucciones, mi aspecto de ignorante, unido a las ganas que tenía de aprender, convencía a los exigentes maestros.  Así fui acumulando conocimientos sin necesidad de tirar a la basura todo mi saber.  (También he de reconocer que hubo algunos instructores esotéricos a los que no pude engañar, y a los que abandoné, pues me exigían un duro proceso de desprogramación mental que yo no estaba dispuesto a seguir). 

De todas formas, es hasta cierto punto comprensible que se pida el abandono del discurrir al principiante.  Hay que tener en cuenta que los valores espirituales de cada secta, vía espiritual o religión, son diferentes a los habituales.  Si recordamos lo expuesto en el capítulo de “La visión”, cuando comentábamos que la visión del mundo no nos la dan nuestros ojos sino nuestro cerebro, a través del programa cerebral de selección de preferencias, resulta obvio que para entrar en otro mundo sólo es necesario cambiar dicho programa, de esta forma tendremos otra visión del mundo, veremos otro mundo y, por lo tanto, será en el que vivamos.

Cambiar los códigos del programa cerebral no es nada fácil.  Y existe el tan cacareado riesgo de volverse loco, a causa del fuerte cambio intelectual o del exceso de dosis de droga mística que puede desequilíbranos psíquicamente.  Aunque no es frecuente que esto suceda, pues pocas personas pueden respirar grandes dosis de atmósfera sagrada; la mayoría las toman en pequeñas cantidades.

No se puede negar que cambiar los programas de selección de preferencias cerebrales produzca una crisis en el individuo, pero la drogadicción mística, en vez de empeorar la crisis de adaptación a las nuevas creencias, suele incluso ayudar a superarla.  (Algunos estudiantes toman drogas en época de exámenes para ayudarse a realizar el esfuerzo intelectual).  La paz y la armonía de toda atmósfera sagrada son ingredientes clave para concluir con éxito el delicado cambio intelectual.  La drogadicción mística, si se lleva a cabo con cuidada dosificación, ayuda a asentar el nuevo cambio intelectual en vez de perturbarlo.  Este es un proceso que las sectas llevan miles de años experimentando con un alto porcentaje de éxito.

  Existe un miedo exagerado a volverse loco.  El cambio de los programas cerebrales se suele hacer de forma muy estudiada por las escuelas de lo espiritual, y nuestra resistencia a la locura es mayor de lo que habitualmente se cree.  El tipo de locura que se le suele achacar al sectario viene más determinado porque sus hábitos no son los habituales de nuestra sociedad que por un desequilibrio de su mente diferente al de una persona normal.  Al miembro de las sectas típico se le llama loco porque sus locuras no son las mismas que las aceptadas socialmente, pero no porque esté más loco que los que estamos fuera de las sectas.

Cierto es que el cambio del programa de selección de preferencias humano es un proceso que necesita tiempo.  Realizarlo demasiado deprisa puede generar desequilibrios psíquicos.  Por ello las sectas suelen dar “tiempo” a los adeptos para que vayan digiriendo los cambios.  Tengamos en cuenta que las creencias espirituales están muy arraigadas en nuestra mente, son ancestrales creencias que pertenecen al inconsciente colectivo de la sociedad en la que hemos crecido.  Cambiarlas puede llevarnos años, aunque pensemos que no creemos mucho en ellas.

No existe un proceso de cambio típico, cada secta o cada religión, cuando capta nuevos adeptos los adiestra a su manera.  La experiencia religiosa suele ser un factor importante para el cambio de creencia, cuanto mayor sea el goce espiritual que vivan los nuevos seguidores, menor será el poder de convencimiento que habrán de usar los instructores o sacerdotes para seducir al primerizo.  Cuanto más elixires divinos droguen a los adeptos, más alegremente dejarán a un lado su inteligencia para afrontar el nuevo cambio en sus vidas.  Aunque, como venimos diciendo, si tomamos excesiva dosis de droga mística, la locura o el descontrol puede esperarnos a la vuelta de la esquina.

No es fácil delimitar las fronteras de la locura, sobre todo en los caminos espirituales.  Todos sabemos que un pequeño grado de “locuras” a nuestra vida le da cierto aliciente.  Y no por ello perdemos el entendimiento de forma absoluta, pues ―en mi opinión― la razón es algo tan esencial de la mente humana que es necesaria una gran locura para extirparla del todo. 

El proceso del cambio del programa cerebral de selección de preferencias se realiza en un tiempo determinado, y, mientras dura ese proceso, la lógica puede llegar a no funcionar con normalidad, la razón suele entrar en crisis, y nuestra capacidad de discurrir puede permanecer mermada hasta que el nuevo programa cerebral se asiente definitivamente en nuestras neuronas.  Después de que esto se haya completado, nuestra inteligencia, con un nuevo programa de preferencias, volverá funcionar como lo hacía antes, o incluso mejor si el cambio fue positivo.  Pues no vamos a negar que en el sistema cultural occidental existen conceptos religiosos dignos de ser eliminados de los individuos.

Los insistentes consejos que dan en el seno de las sectas para que abandonemos los patrones de lo aprendido, en realidad, la mayoría de las veces, no van destinados a fomentar nuestra ignorancia ni a mermar nuestra capacidad de raciocinio, sino a invitarnos a cambiar las preferencias de nuestra vida.

Sin embargo, esto puede no presentarse tal y como es.  La lógica puede llegar a ser desprestigiada brutalmente, y considerarse nuestra capacidad de raciocinio poco más que un estorbo para la evolución espiritual; lo que es un tremendo contrasentido.  Pues si al principio se le aconseja insistentemente al adepto principiante que abandone toda lógica, después se le incitará para que vuelva a usarla, pero utilizando los valores que ya habrá aprendido de cada secta en particular. 

Las realidades virtuales espirituales no son otra cosa que sistemas lógicos donde las entidades divinas, las fuerzas celestiales y nuestras almas, desarrollan sus actividades.  Son explicaciones virtuales a lo que todavía no sabemos explicarnos de otra manera.  En los universos celestiales todo funciona con lógica, divina, pero lógica al fin y al cabo.  Lo que no tiene explicación se explica por decreto divino.  En estos teatros particulares, de cada religión o secta, se enseña que las razones de dios están muy por encima del razonar del hombre.  Pero el razonar, ya sea divino o humano, nunca se abandona a pesar de que al estudiante se le aconseje no utilizar el raciocinio.  Cuando se desconocen las razones de las actuaciones divinas, se apela a nuestra ignorancia para hacernos reconocer nuestra incapacidad para descubrir las razones que dios tiene para actuar como actúa.  Pero la razón, ya sea conocida o desconocida, siempre reina en los teatros de lo divino.  Por ello, cuando nos aconsejen abandonarla, hemos de recordar que lo único que pretenden es que abandonemos nuestras razones para imponernos las suyas.  (Dejando bien claro que al decir esto no pretendo dar la razón a nadie en particular).

            Una persona que se haya sumergido en diversas creencias espirituales y haya obtenido experiencias religiosas en cada una de ellas ―tal y como es mi caso―, si hace uso de su razón, no podrá dar la razón en particular a ninguna de las creencias en las que depositó su fe durante su vida; sin embargo, reconocerá que cada una de ellas tiene sus razones para sustentar sus creencias, y que resulta necesario reconocer esas razones para obtener los resultados prácticos que otorga la experiencia de lo sagrado, para conseguir la drogadicción mística particular que proporciona cada creencia y cada ritual. 

Es decir, un análisis como el que estamos realizando en este libro, donde intentamos que la razón se imponga a base del discurrir del entendimiento, basándonos en todos los conocimientos que poseemos sobre diversos caminos espirituales, es una forma de razonar inteligente para quien desee obtener un conocimiento intelectual general de estos temas; sin embargo, no es una sabia forma de razonar si deseamos obtener el conocimiento de dios, ya que dios solamente se revela (hasta ahora) a través de las realidades virtuales espirituales, sistemas lógicos de valores esotéricos ―contradictorios entre sí la mayoría de las veces― donde extrañas razones a la lógica, de un conocimiento general intelectual, permiten obtener la vivencia de lo divino.

Mis conocimientos sobre las sectas o religiones no me han permitido hasta ahora alcanzar lo divino sin pasar por las condiciones que cada una de ellas imponen.  (Es de esperar que la revolución espiritual nos permita conseguirlo).  En el capítulo sobre los “intentos unificadores” hablamos de que, por los caminos espirituales, se comentaba que en un futuro se impondrá una religión universal consensuada entre las ya existentes, pero también observamos que si ponemos sobre la mesa todas las condiciones que cada religión o vía espiritual exige para llegar a su dios particular, con la esperanza de que se trate de un dios único, veremos que no hay forma de conseguir vislumbrar un camino consensuado, más aún, si encontramos alguno en el que coinciden varias formas de fe, observaremos con asombro que unas nos aconsejan seguirlo en una dirección para encontrar a dios, mientras otras nos aconsejan que caminemos en dirección contraria. 

No hay forma de poner de acuerdo a esos sistemas lógicos, porque cada uno de ellos posee una lógica aparte, un mundo virtual aparte, muy diferente a los demás.  Y, si hemos de ser fieles a los más elementales principios de la lógica, obtendremos la conclusión de que esos sistemas de lógica espiritual, vistos todos en conjunto, no guardan lógica alguna.  Cuando los estudiamos llegamos a conclusión de que son dioses y mundos inventados, escenarios virtuales donde cada creyente escenifica su papel, para al final de cada función recibir la satisfacción de la experiencia sagrada.  Da la sensación de que lo importante no es cómo esta hecha la realidad virtual de cada religión o secta, sino su capacidad para producir la experiencia sagrada.  Podríamos crear incesantemente mundos virtuales espirituales que nos permitieran obtener la vivencia de lo sagrado, pero siempre tendríamos que abandonar nuestros sistemas de valores conocidos y adoptar los suyos para conseguir vivir las fantásticas vivencias espirituales que proporciona la drogadicción mística.

Por mucho que los intelectuales reivindiquemos nuestro derecho a vivir lo sagrado, como cualquier otro ser humano menos aficionado a meterse en las profundidades mentales en que nosotros nos metemos, todavía no existe método alguno que nos acoja para hacernos llegar a la divinidad tal y como nosotros somos, partidarios de la razón, científica, si es posible. 

 


RELIGIÓN O CIENCIA           

            Las razones científicas y las razones religiosas siempre han estado enfrentadas.  Si exceptuamos el tremendo esfuerzo que Santo Tomás de Aquino hizo ―allá por el siglo doce― por acercar a estas dos razones, bien podríamos decir que siempre estuvieron muy alejadas la una de la otra.  Son lógicas creadas sobre unas bases muy diferentes.  Mientras las ciencias se basan en las observaciones y en las deducciones lógicas obtenidas a través de nuestros cinco sentidos, las religiones se basan en las revelaciones recibidas a través de las percepciones extrasensoriales.

            Como no cesamos de aclarar, es el programa de selección de preferencias de nuestro cerebro quien nos da una visión de una realidad u otra.  Nuestro entendimiento discurre por el sistema lógico que nuestro cerebro nos crea combinando las preferencias que hayamos elegido.  Podemos crear tantos sistemas lógicos y visiones del mundo, de la vida, de la realidad, como combinaciones de preferencias recibidas a través de nuestras percepciones seamos capaces de elaborar.

A pesar de que el hombre no ha dejado nunca de percibir a través de sus cinco sentidos, el tipo de visión que más ha primado en la Humanidad a lo largo de la Historia ha sido la visión religiosa.  La importancia de todo aquello que presumiblemente existe, aparte de lo que percibimos por los sentidos, ha superado con creces a lo que nos entra por los ojos o por los oídos.  Pero, en los últimos siglos de nuestra Historia, las ciencias le han ido comiendo el terreno a la visión religiosa.  La lógica científica, empírica, matemática, basada en las percepciones físicas, ha robado popularidad a las razones de fe religiosas.

Las causas de semejante cambio no son totalmente nuevas, tienen cierta semejanza con la pérdida de poder de algunas creencias a lo largo de la Historia.  En la antigüedad, cuando no se hizo uso de la fuerza bruta, muchos dioses, con sus sofisticadas realidades virtuales espirituales, desaparecieron por el simple hecho de que el pueblo los olvidó, porque las gentes se aburrieron de ellos, o porque sencillamente fueron suplantados, derrocados, por otros dioses más poderosos o más benefactores. 

Yo me atrevería a asegurar que el éxito popular de la visión científica no ha sido propiciado por su elevado grado de realismo sobre las realidades espirituales, sino por su mayor capacidad para realizar milagros y para beneficiar con ellos al pueblo.

  Los seres humanos no solemos elegir un tipo de visión de la vida u otro porque sea el más próximo a la verdad, sino por su grado de efectividad.  La mayoría no prestamos excesiva atención al rigor de los razonamientos, eso queda para los filósofos, nos suele dar igual que los razonamientos sean correctos o incorrectos, lo que realmente nos importa es que tengan resultados prácticos.  Y las ciencias nos han proporcionado milagros de tal magnitud que han superado en mucho a los milagros religiosos; y, como consecuencia de ello, el pensar científico va robándole terreno al pensar religioso.

Las ciencias nos dan una sensación de realismo superior que las religiones a muchos de nosotros por los fabulosos resultados prácticos que obtenemos de ellas; pero, en su esencia, contienen tantas preguntas sin responder como las religiones, o incluso más.  Los grandes misterios científicos son de un tamaño tan grande o más que los de las religiones; con la diferencia que los místicos acostumbran a enseñar los misterios divinos, mientras que las ciencias acostumbran a enseñar lo que han llegado a comprender y a descubrir, y suelen ocultar lo que desconocen.

Lo que más distingue a la realidad científica de la espiritual es su rigor matemático, pero ese rigor no es absoluto, no se extiende por toda la realidad de nuestro mundo, lo hace exclusivamente en ciertas áreas de estudio.  Cada una de las ciencias desarrolla su rigor científico a base de buscar relaciones matemáticas entre diversos materiales de dichas áreas.  Pero, fuera de esas áreas, el misterio rodea a la realidad científica.  La verdad científica es exacta solamente en su territorio, por lo tanto no es una verdad absoluta, es una verdad incompleta.  Su poder matemático reside en las científicas piezas ya descubiertas del gran puzzle de la existencia, pero las ciencias todavía no han rellenado muchos misteriosos huecos de piezas no encontradas.  Vacíos de misterio que muy a menudo bordean amenazantes los territorios científicos, islas descubiertas en un mar de misterios, grandes edificios con cimientos desconocidos. 

La sólida materia, donde descansa nuestro mundo materialista, contiene multitud de matices ignorados para los científicos.  Los terrenos científicos seguros pertenecen a las piezas del gran puzzle de nuestra existencia que ha conseguido reunir cada ciencia, mas sus bordes tocan lo desconocido.  Y cuando nuevas piezas encontradas, por nuevos investigadores, continúan encajando en los ámbitos científicos y ensanchando su extensión, entonces aparecen nuevos bordes que continúan siendo un misterio.  De tal forma que cuanto más ampliamos la superficie del saber del polígono de una ciencia, más ensanchamos el perímetro de su ignorancia. 

Una gran esperanza científica radica en conseguir que las piezas, que ha conseguido reunir cada ciencia, lleguen a tocarse; y aumenten tanto su perímetro de contacto con el resto de las ciencias que lleguen a unirse todas, se rellenen los huecos que todavía quedan vacíos, y nos muestren el mapa completo de toda la realidad (suponiendo que ese mapa fuera esférico).  Pero las ciencias guardan todavía grandes distancias entre sí.  Además de que, para intentar recomponer el puzzle de nuestra realidad, necesitaremos tener al menos una remota idea de la imagen que tenemos que recomponer.

Cuando compramos un puzzle, adquirimos, aparte de las piezas, la imagen que tendremos que recomponer con ellas.  Pero, para recomponer nuestra realidad, no tenemos ninguna imagen que nos dé una visión aproximada de lo que tenemos que componer.  Nos falta el mapa general.  Muy a menudo no sabemos dónde colocar las piezas que nos descubren los nuevos avances científicos. 

En los comienzos de las ciencias, después de cada ¡eureka!, el entusiasmo cegaba a algunos científicos, suponían que lo descubierto era una importante pieza central del puzzle de nuestra realidad.  El paso de los años, y nuevos descubrimientos, iban relegando aquellos deslumbrantes hallazgos a pequeñas piezas del puzzle general.   Hoy en día, el científico es más cauto, y sospecha que el mapa completo de nuestra realidad es mucho más extenso y complejo de lo que antiguamente se pensaba.

Para que el cientificismo venza por completo a la religiosidad es necesario que encuentre el mapa general de nuestra realidad, algo que las religiones, o cualquier creencia esotérica, han proclamado conocer desde el confín de los tiempos.  El descaro de los místicos a la hora de explicar cómo se realizó la creación, y cómo se sustenta, no tiene límites.  En realidad, el descaro es de los dioses que así lo revelaron.  Existen tantos mitos de creación del mundo, del universo y del hombre, como creencias existen.  Cada dios creador nos dice que hizo todo de una manera y lo mantiene vivo a su manera, explicándonos su mapa particular de fuerzas esotéricas que sustentan nuestra realidad, por lo que tenemos tantos mapas de nuestra realidad como dioses creadores existen.

Contrario a lo que se pudiera pensar, las ciencias tampoco se han quedado cortas, a lo largo de la Historia, a la hora de esgrimir argumentos fundamentales sobre nuestra realidad tan gratuitos como los de las diferentes creencias.  En especial, en los inicios de las ciencias, diferentes mapas generales de nuestra realidad fueron defendidos, y más tarde se comprobó que no eran correctos. 

Esta es una de las virtudes de las ciencias, su capacidad para corregir.  La palabra del científico no se parece en nada a la palabra de dios.  El científico reconoce que se puede equivocar, dios no.  La prepotencia divina, peculiar de los dioses, propicia que el creyente esté orgulloso de ellos; así como también propicia su ocaso, pues a medida que las ciencias van descubriendo la realidad, descubren a su vez la mentira y el engaño de los dioses.  Algo que siempre ha mantenido en pie de guerra a estos dos grades adversarios.

Durante muchos siglos las religiones dominaron sobre las ciencias, y, después, especialmente en el mundo occidental, fueron las ciencias quienes dominaron sobre las religiones.  Hace unos cuantos siglos ser científico podía suponer acabar en la hoguera, la investigación científica era un grave sacrilegio, el hombre no debía de atreverse estudiar la creación divina y poner en duda lo que dios había revelado a los hombres.   Mas tarde, las perseguidas ciencias alcanzaron el poder y arremetieron contra las religiones.  Su venganza fue terrible.  En muchos países, apoyadas por el ateísmo, las ciencias arrinconaron a las religiones a pequeños reductos del ser humano.  Negaron la existencia del dios que llevaba siglos reinando en nuestra civilización.  Borraron del mapa científico al  todopoderoso dios cristiano, creador de todas las cosas.  Científicamente, dios no aparecía por ningún lado, por lo tanto no existía.  En sus comienzos, las ciencias fueron estudiadas por una mayoría de individuos no creyentes que utilizaban a menudo sus descubrimientos para apoyar el ateísmo y atacar así a las religiones.  Se llegó a creer que la victoria sobre la religión fue total, pero no fue así.  Dieron por muerto a un enemigo al que todavía le quedaba mucha vida.  Las creencias espirituales se atrincheraron en lo más profundo del ser humano, allí donde las ciencias no llegaban.  Y hoy en día podemos observar como resurgen con fuerzas renovadas tanto en las religiones tradicionales como en las sectas.

Las ciencias celebraron demasiado a la ligera su victoria.  Tan a la ligera que como se descuiden un poco pueden volver a ser derrotadas.  La enorme proliferación de sectas y de creencias esotéricas en nuestra sociedad es señal de que nos espera una nueva ofensiva de creencias.  En mi opinión esto ha sido debido a que los argumentos que la ciencia utilizó para atacar a la religión eran muy poco científicos.  Estaban impulsados más por la venganza que por el riguroso minucioso estudio que debe de preceder a toda sentencia científica.  Por ello urge iniciar un minucioso y profundo estudio del fenómeno religioso, al estilo científico, si queremos ver reforzada la razonable sabiduría del hombre y evitar regresar al oscuro pasado de las ciegas creencias.  Nosotros lo estamos intentando en este libro. 

Podemos aprovechar estos tiempos de pacifismo y de libertades en las sociedades occidentales, donde, por ahora, la convivencia pacífica entre estos dos grandes enemigos es prácticamente obligada.  Ya nadie puede cortarle la cabeza a nadie porque crea en la ciencia o en la religión, las disputas se llevan a cabo intelectualmente, como lo hacen los políticos, en debates, que aunque puedan ser virulentos, también pueden ser fructíferos.  El ateísmo científico ha llegado a reconocer que puede matar a dios, pero no puede matar la necesidad de divinidad que tiene el hombre; y las religiones reconocen que sus muchas verdades reveladas no son tan verdades.  Incluso la persona religiosa que quiere maravillarse de la sabiduría divina en los descubrimientos científicos puede hacerlo, y la persona no creyente que desee estudiar el fenómeno religioso sin ver a dios por ninguna parte, también puede hacerlo.  En nuestra sociedad occidental, las ciencias y las religiones conviven pacíficamente, aunque continúen siendo viejos oponentes y de vez en cuando se enseñen los dientes.

En los tiempos actuales, el pensamiento científico ya es patrimonio cultural del individuo medio, es parte de nuestra mente y de nuestra forma de pensar.  A todos se nos enseña en las escuelas el método científico. Y, por otro lado, el viejo impulso religioso continua vigente en muchas personas, al que hay que sumar las nuevas tendencias espirituales o esotéricas.  La religiosidad y la mentalidad científica han de convivir unidas queramos o no.  Incluso se sospecha que puedan llegar a integrarse en un abrazo tan furibundos enemigos.  Yo no oculto que albergo tal esperanza (en la ciencia ficción ya está sucediendo).  Por mucho que se pronostique su imposibilidad y peligrosidad, intentar evitarlo sería retrasar lo que tarde o temprano tiene que ocurrir.  La proliferación de sectas, en un mundo en el que reina el materialismo científico, es un síntoma de tal acercamiento.  Y, a un nivel individual, muchas personas ―en las que me incluyo― viven en su interior este viejo conflicto entre religión y ciencia.  Educado su intelecto para ser razonablemente científico, se han visto inmersas en una densa religiosidad, teniendo que soportar una dualidad en su interior tan en conflicto que muy a menudo han tenido que elegir a una tendencia y desechar la otra.

Las ciencias, con su tremenda capacidad para realizar portentos, no son capaces de llenar la dimensión espiritual humana.  Algo que es totalmente lógico, porque el sistema científico es materialista y todavía no alcanza al espíritu.  La psicología es la única ciencia que se atreve a inmiscuirse en las dimensiones espirituales.  Es éste un interesante punto de encuentro entre la ciencia y la espiritualidad.  Espero algún día cobre unas dimensiones mucho más importantes que las que ahora tiene. 

Hasta ahora las ciencias no han sido capaces de saciar la sed de espiritualidad que muchos seres humanos sentimos.  Todos aquellos que hemos decidido saciar la sed de nuestra alma, y somos admiradores del rigor científico, hemos tenido que soportar la irracionalidad de los diferentes caminos espirituales, hemos tenido que creer a ciegas para conseguir un poco de agua celestial.  Muchas personas han decidido abandonar el rigor científico y sumergirse en la sin razón de las realidades virtuales espirituales, mientras otros, como en mi caso, continuamos negándonos a abandonar la lógica científica, a pesar de su incapacidad para hacernos felices, y así nos mantenemos en el viejo conflicto en la espera de algún día resolverlo. 

Yo apuesto por la fusión de estos dos grandes sistemas de pensamiento, aunque nos lleve siglos; pues es algo que ya ha comenzado, las sectas tienen cantidad de adeptos con rigurosa educación científica, y aunque a menudo su ciencia sea derrotada por la creencia o viceversa, es inevitable que tarde o temprano se vayan fundiendo.  Este libro es un intento de aproximación entre ciencia y fe, de hacer razonable lo irrazonable, de reconciliar la fe con el intelecto, dentro de mis limitadas posibilidades intelectuales, naturalmente.  No me puedo considerar una eminencia intelectual cuando me he pasado media vida andando por caminos espirituales que me exigían dejar mi inteligencia en la cuneta.

No puedo disimular que sueño con que algún día encontremos un método científico que nos permita vivir nuestra divinidad.  Me resisto a aceptar la imposibilidad de vivir la esencia sagrada sin abandonar la inteligencia; aunque, hasta ahora, todo aquel que no abandona su razón y su lógica apenas vive lo sagrado en una excelsa plenitud religiosa.  Esperemos que una revolución espiritual consiga otorgarnos a los intelectuales la experiencia de lo divino sin necesidad de abandonar nuestra adicción a hacer discurrir nuestro entendimiento.


 

CIENCIA-FICCIÓN Y EXTRATERRESTRES

 

            A pesar de que la fusión entre ciencia y religiosidad todavía no sea posible en la realidad, en el mundo de la fantasía ―donde todo es posible― las rigurosas ciencias pueden llegar a unirse con nuestras inquietudes espirituales.  En la ciencia-ficción podemos imaginar grandes ilusiones científicas, deseadas o temidas, a la vez que soñamos con grandes esperanzas espirituales.  Las obras de ciencia-ficción que alcanzaron un mayor éxito fueron las que mejor escenificaron nuestras inquietudes interiores.  En un principio fue el miedo a la tecnología, o al mal uso de ella, lo que llenó las páginas de las obras de ciencia-ficción; pero después fue ganando terreno la victoria de los valores humanos al mando de sofisticadas tecnologías de futuro.  La ilusión del poder del hombre sobre la máquina, del alma sobre la materia, y la subordinación de la tecnología al servicio de los más altos valores humanos, son sueños que nos permitimos hoy en día gozar en la ciencia-ficción.

Esta nueva cultura científico-espiritual ha venido a llenar el hueco, en la dimensión espiritual, en muchas de aquellas personas que abandonaron la religiosidad tradicional.  Gran parte del pueblo ya no mira los designios de los profetas para prever el futuro de la Humanidad, ahora es la ciencia-ficción quien muestra el destino del mundo en sus diferentes versiones sobre el futuro, innumerables hipótesis fantásticas basadas en probabilidades de acontecimientos científicos y espirituales.

            La fantasía de la ciencia-ficción ha venido a sustituir en gran parte de la población a la fantasía religiosa.  El hombre moderno es un gran consumidor de ciencia-ficción, ya sea en la literatura o en la cinematografía.  El enorme progreso científico de las últimas décadas, y su gran influencia sobre nuestras vidas, ha conseguido que se mire a la ciencia como un importante motor de cambios futuros.  La inmovilidad de las tradicionales fuerzas religiosas, místicas o esotéricas, apenas puede competir con el imparable crecimiento tecnológico.  Esto puede dar a entender que se está imponiendo un brutal materialismo científico en la sociedad actual, pero, en mi opinión, nada más lejos de la realidad.  Aunque nos lleguemos a sentir muy modernos porque hemos dejado en la cuneta a las viejas religiones, y nos creamos muy alejados ya de ellas, en su esencia se están volviendo a recrear precisamente en ilusiones de ciencia-ficción.

            Si en este estudio estamos llegando a la conclusión de que las realidades virtuales espirituales, donde se asientan las religiones, han sido creadas por nuestros impulsos internos; cuando abandonamos una vieja religión, sin ni siquiera haber reconocido los impulsos internos que la crearon, lo único que conseguiremos, con toda probabilidad, es volver a crear otra nueva muy parecida a la vieja.

            Mientras no alcancemos un profundo conocimiento de nuestra totalidad, todo parece indicar que lo más desconocido de nuestro inconsciente continuará creando realidades virtuales espirituales.  El ateísmo científico que pareció iba a reinar en nuestro mundo no cesa de perder poder.  La mente humana es capaz de crear esperanzas espirituales aun partiendo de la fría realidad científica.  En las extensas lagunas de misterio de las ciencias, la mente espiritual es capaz de anidar e incubar geniales creaciones de realidades virtuales espirituales.

            La mayoría de los dioses y de las religiones dieron respuestas a las grandes preguntas que siempre se ha hecho el ser humano.  La aparición de dioses creadores nos respondió a la pregunta de quién o qué hizo el mundo y el universo.  Pero cuando las teorías evolucionistas empezaron a demostrar que todo lo que nos rodea no fue creado por ninguna mano divina, la religiosidad tuvo que buscarse nuevos argumentos para seguir creyendo en la  función creadora de sus dioses. 

Las ciencias no han cesado de minar la fe del creyente en los últimos siglos.  Pero el espíritu religioso es capaz de realizar portentosas creaciones aun en los ámbitos que le son más hostiles.  Si bien es cierto que las ciencias minaron con su rigor matemático la credibilidad en las viejas religiones, estas mismas ciencias han creado terrenos donde se están asentando grandes circos del ilusionismo religioso. 

El sencillo cálculo de probabilidades astronómicas que nos muestra la gran cantidad de planetas semejante al nuestro, que puede haber en el universo, nos convence de que puede existir vida en otros planetas; en unos en un estado primario, y en otros en un estado evolutivo superior al nuestro. 

Este sencillo cálculo le ha dado a nuestra mente religiosa una oportunidad extraordinaria para crear realidades virtuales espirituales.  Igual que dios se generó en el pensamiento de que es imposible que todo lo existente se haya hecho solo, estas nuevas creencias se justifican en el hecho de que es imposible que estemos solos en el universo.  Nuestra capacidad creadora de fantasías virtuales tiene ahora en el universo sobrados ingredientes para realizar sus creaciones.  Son millones y millones de mundos habitados los que puede haber en el universo.  Cualquier creación de un mundo virtual puede caber en tan amplias expectativas.  Toda forma extraterrestre puede resultar creíble, nuestra imaginación ha encontrado un filón sin fin, se pueden crear tantos mundos virtuales extraterrestres como se desee. 

El fenómeno ovni, como toda realidad virtual espiritual, ha sido creado por nuestros impulsos más profundos.  Y cuando esas pulsaciones psicológicas o espirituales cambian, si no se sellan las creencias con férreos dogmas de fe, también cambiarán las características de la realidad virtual espiritual en la que se crea.  Después de la segunda guerra mundial, cuando el terror todavía imperaba en la mente de las gentes, los extraterrestres eran terroríficos; moldeados por ese impulso interno dominante, venían a invadirnos, a destruir nuestro mundo.  La visión de los extraterrestres era espantosa, tanto como el espanto que nos dejó en las venas la gran contienda bélica.  Pero cuando el miedo fue desapareciendo a lo largo de décadas de paz, también fue desapareciendo el miedo a los extraterrestres, que acabaron siendo tan feos como siempre pero mucho más bondadosos.  Incluso decididos a enseñarnos a evolucionar espiritualmente, profundo anhelo de nuestro espíritu, también escenificado en la realidad virtual espiritual ovni.

Resulta sorprendente que haya sido la ciencia, vieja enemiga de la religiosidad, quien haya plantado la semilla de la última gran religión universal en Occidente.

            Los estudiosos del fenómeno religioso tienen una oportunidad extraordinaria en la actualidad, en pocos años pueden observar como de la nada surge una religión que se está extendiendo por toda nuestra civilización.  Es la realidad virtual espiritual más joven de nuestro tiempo.  Estudiándola podremos comprender cómo surgieron otras realidades virtuales espirituales que gobernaron en amplias zonas del mundo en otras épocas.  La realidad del fenómeno ovni es semejante a la realidad del demonio o de los ángeles, de los seres de la mitología griega o egipcia, de los entes del espiritismo o de los innumerables dioses de la magia negra.  Y para quienes duden que estamos estudiando un fenómeno religioso, baste observar la gran cantidad de puntos en común que el fenómeno ovni tiene con el resto de religiones.

Toda religión se considera el ombligo del mundo, y el creyente en ella la ve eterna y origen de todas las cosas; y en las creencias extraterrestres no iba a ser menos.  Sus seguidores consideran que las demás religiones no fueron sino desviaciones de la verdad extraterrestre:  Todos los fenómenos paranormales de las otras religiones no fueron sino provocados por extraterrestres, los ángeles son extraterrestres, la estrella de Belén fue una nave extraterrestre, el profeta Elías se fue de este mundo en una nave extraterrestre, todos los dioses mitológicos son extraterrestres, y los adornos de los antiguos sumos sacerdotes y de sus dioses no son otra cosa que sofisticados artilugios extraterrestres de tecnología muy avanzada, incluso los sofisticados trajes de los mayas no dejan lugar a dudas de que son trajes espaciales extraterrestres. Y así seguiríamos dando ejemplos de la enorme capacidad de absorción que cada nueva religión tiene para absorber a las demás, para demostrarse a su modo que el pasado histórico de la Humanidad fue originado en su realidad virtual, en este caso extraterrestre.

El fenómeno ovni ya se ha convertido en un fenómeno religioso de lo más normal.  Incluso su grado de desarrollo es ya tan elevado que ha empezado su proceso de división.  Sabemos que las realidades virtuales espirituales, con sus dioses y demonios incluidos, nacen, crecen, se reproducen y acaban muriendo.  Las creencias extraterrestres hace años que llegaron a ser adultas y ya han iniciado su proceso reproductor diversificándose en varias vías espirituales.  Los videntes cósmicos no cesan de descubrir nuevos mundos y nuevos personajes extraterrestres que se dignan a ofrecer sus consejos a los ignorantes humanos y a convencernos de su indispensable participación en la vida del universo.  Por lo tanto, no estamos hablando de una sola religión, son más bien una amalgama de religiones con una misma base.  Como sucede en el cristianismo o en el budismo, el fenómeno ovni es la base para multitud de creencias.  Bajo bandera extraterrestre existen multitud de religiones según el planeta con el que se mantienen contactos o el gran gurú extraterrestre que le ha tocado en suerte dirigir la vida de sus adeptos, infelices mortales terrestres.  Multitud de sectas se crean en torno a diferentes mundos extraterrestres, las enseñanzas de más allá de las estrellas pueden ser tan variadas como planetas con vidas más evolucionadas que la nuestra creamos que hay en el universo.  Y, como no tuvimos dificultad en comunicarnos con los cielos para crear las religiones, ahora tampoco tenemos ahora dificultad para comunicarnos con las más alejadas galaxias.

El fenómeno ovni se sustenta en los mismos fundamentos o percepciones paranormales que lo hacen las religiones.  La única diferencia notable que se puede observar es que muchas de las viejas religiones son creencias en hechos sucedidos en el pasado, y el fenómeno ovni es algo que está sucediendo ahora; pero, si observamos el origen de esas religiones, veremos que los hechos o vivencias que sucedieron en el pasado son muy semejantes a lo que está sucediendo en la actualidad en torno al fenómeno ovni. 

Nuestros intelectuales ni siquiera son conscientes en muchos casos de lo que está sucediendo en torno al fenómeno ovni.  Nuestra ignorancia en torno a las pautas evolutivas del fenómeno religioso es enorme: siglos y siglos de culturas impuestas por intereses de religiones en el poder nos ha impedido ser objetivos a la hora estudiar aquello que lleva miles de años gobernando sobre nosotros.  Estamos indefensos ante las sorprendentes evoluciones de la mente humana, religiosa en este caso.

La fascinante novedad del tema extraterrestre ha atraído a multitud de personas, en especial a los jóvenes, sedientos de frescas creencias revolucionarias.  Pocos son conscientes de que esta nueva revolución cultural, supuestamente venida de las estrellas, no viene de más allá de nuestra propia mente.  Las señales y las pruebas de la existencia del fenómeno ovni, no son mayores que las pruebas y señales que en los cielos se observaron en el pasado venidas de otras realidades virtuales espirituales, de lo que nos quedó abundante constancia en las diferentes historias sagradas.  Los llamados avistamientos, no son diferentes a las apariciones divinas, de ángeles o de santos, o de la multitud de dioses o seres mitológicos; la única diferencia es que ahora se aparecen en platillos volantes.  Los contactos con las apariciones son tan viejos como el mundo.  Incluso las aducciones fue algo típico en aquellos santos que fueron elevados a los cielos para después ser traídos de regreso a la tierra.  Y no hablemos del morbo de los extraterrestres, cuando deciden copular con nuestras mujeres terrícolas; las copulas de seres celestiales o infernales con humanos también han sido siempre frecuentes en el pasado, y todavía se producen casos en nuestro tiempo.

Como podemos ver, del seno de la ciencia-ficción puede emerger modernas religiones muy semejantes a las antiguas.  Si no deseamos caer en la religiosidad y disfrutar de la ciencia-ficción, es necesario afinar el entendimiento para discernir cuándo estamos hablando de una religión o de una creación fantasiosa literaria.  La línea entre ambas es apenas imperceptible, podemos cruzarla sin darnos cuenta y meternos en una religión sin desearlo. 

Para que esto no suceda primero es necesario comprender por qué la ciencia-ficción es terreno abonado para que de ella broten nuevas religiones.  La principal circunstancia que utiliza la mente humana para crear realidades virtuales espirituales es la creencia popular de que cierta fantasía pueda tener visos de realidad.  Cuando esto sucede en una cultura ya está plantada la principal semilla para que brote una realidad virtual espiritual.  Y, en nuestra cultura, la ciencia-ficción es una fantasía a la que muy a menudo se le atribuyen ciertos visos de realidad gracias a los ingredientes científicos que sazonan estas modernas creaciones literarias.  Las verdades científicas son utilizadas descaradamente para dar realismo a una ficción.  Para evitar que la mente humana siga creando realidades virtuales espirituales es necesario separar la ficción de la realidad, dos conceptos irreconciliables que siempre ha gustado mezclar a los creadores de fantasías literarias para dar una cierta categoría de realismo a sus obras.  Cualquier caprichosa mezcla de realidad con la ficción a un nivel popular conlleva el peligro de convertirse en una realidad virtual espiritual, en una creencia. 

Y el concepto de ciencia-ficción ya nos anuncia descaradamente la unión de la realidad, científica en este caso, con la fantasía.  Algo que a poco que nos paremos a pensar es insostenible, imposible de conseguir; porque, si una obra literaria es de ficción, no puede ser científica; y, si es científica, no puede ser una fantasía.  La ciencia es todo lo opuesto a la fantasía, por lo tanto, una obra de ciencia-ficción es una pura fantasía; en la ciencia no cabe la ficción.  En cuanto la fantasía penetra en la ciencia, ésta deja de ser ciencia.  La justificación de llamar a estas creaciones literarias con un título tan contradictorio, supongo que vendrá porque muchas de ellas están basadas en las expectativas de futuro que nos pueden deparar las investigaciones científicas.  Pero aun así hemos de tener claro que siempre se tratará de ficciones de futuro.  Vamos a dejar a la ciencia en el lugar que le corresponde y a la fantasía donde ha estado siempre.  No es honesto utilizar la ciencia para dar seriedad a una obra de fantasía, ni para intentar dar realismo a las fantásticas realidades virtuales espirituales.

El hecho de que sea imposible una alta culturización popular científica, debido a tremendo esfuerzo intelectual que ello supondría a la mayoría de las gentes, propicia que la mayoría de las personas sean incapaces de distinguir la ciencia de la ficción.  Esto lo saben los dirigentes de las sectas, y lo aprovechan siempre que pueden.  No es infrecuente encontrarnos en sus folletos explicativos, o en sus discursos, aquellos argumentos científicos con los que pretenden reforzar sus doctrinas y darles cierto apoyo racional a sus  irracionales creencias.

Los científicos que se pasan media vida investigando, devanándose los sesos en los laboratorios, no salen de su asombro cuando, después de publicar sus últimos descubrimientos, al poco tiempo les llega la noticia de que su trabajo está siendo utilizado para reforzar ―sin justificación científica alguna― las más extrañas creencias esotéricas.

Esto no es jugar limpio, es otra de las facetas que puede adoptar el gran fraude espiritual.  Es una descarada forma de aprovecharse de la ignorancia científica del pueblo.  Es aconsejable desconfiar de los argumentos científicos con los que se pretende reforzar las creencias.  Cuando la ciencia entre en una creencia, está dejará de ser una doctrina, se convertirá en una ciencia conducida por científicos, y dejará de ser una fe encauzada por predicadores.

Resumiendo: cuando observemos que se intentan mezclar a las ciencias con las creencias, con los fenómenos esotéricos ―incluidos los ovnis―, o con cualquier tipo de ficción, es conveniente reconocer que ese tipo de mezclas no se pueden dar nunca, por lo que es recomendable desecharlas, o sencillamente considerarlas lo que son: fantasías, creaciones de nuestra mente fantástica. 

Y al decir esto no quiero quitar importancia a capacidad de disfrutar de la fantasía que tenemos los seres humanos.  No hay por qué avergonzarse de fantasear, nuestra imaginación puede realizar creaciones extraordinarias, los misterios de nuestro mundo dan todavía para muchas fantasías; lo que es inadmisible es considerarlas reales o pretender convertirlas en ciencia.  Podemos incluso disfrutar de ellas, siempre sabiendo que se trata de ficciones.  Cuando hemos comprendido que nunca pueden unirse la ficción con la ciencia, podemos disfrutar de ambas sin graves equívocos. 

Las fantasías nos permiten obtener vivencias imposibles de conseguir de otra manera.  La imaginación del hombre puede crear mundos fabulosos con los que podemos soñar, la ficción nos puede hacer gozar de dimensiones ocultas en nuestro interior; no veo por qué no podemos disfrutar de ello siempre que sepamos que se trata de una fantasía.  La gran mentira de las fantásticas realidades virtuales espirituales es que se presentan como reales, si los creyentes en ellas las viesen como fantasías de la mente humana no esconderían los graves peligros de fanatismo que esconden.  En toda fantasía se pueden mostrar el bien y el mal humano, los impulsos creadores y destructores del hombre.  En la ficción podemos observar nuestros impulsos más ancestrales e incluso vivirlos sin temor cuando somos conscientes que los estamos evocando utilizando la imaginación.

Los grandes éxitos literarios y cinematográficos de ciencia-ficción o de cualquier otro tipo de fantasía han sido aquellos que mejor nos mostraron nuestros grandes temores y esperanzas.  En este capítulo estamos denunciado el peligro y el engaño que en el mundo de las sectas podemos padecer respecto a la ciencia-ficción, y en especial respecto al fenómeno ovni.  Pero la mayoría de las personas sabemos que cuando estamos contemplando una película de ciencia-ficción estamos viendo una fantasía.  La mayoría de los espectadores de E.T. o de la Guerra de las galaxias sabíamos que se trataban de fantasías.  Aunque podamos observar a extraterrestres genialmente escenificados en la pantalla, no creemos que existan, sabemos que se trata de ficción.  Lo que no nos impide vivir los sentimientos que nos evocan, emociones que surgen de nuestras profundidades. 

La trama principal de los grandes éxitos de ficción gira en torno a la lucha entre el bien y el mal que padecemos los humanos desde nuestros orígenes.  En toda realidad virtual espiritual también esta ancestral lucha se escenifica, con la diferencia de que los creyentes creen que los actores que la representan son reales. 

Los millones de espectadores de la Guerra de las galaxias pudimos sentir vibrar nuestras propias pulsaciones internas, sin necesidad de creer que los personajes de la película eran reales.  La fantasía fue capaz de hacernos sentir a muchos de nosotros, miembros de una civilización tan fervorosa del todopoderoso dios, que éramos capaces de sentir como nuestro el poder de una fuerza divina sin dios alguno de por medio.  Pudimos soñar vencer al mal sin ayuda de ningún dios.  Fue un paso para empezar a asumir que la divinidad que proyectamos en los dioses es nuestra.  Aquella trilogía cinematográfica también nos enseñó que podríamos seguir el camino del reverso de la fuerza, y vivir en sintonía con un poderoso mal sin demonios de por medio.  Fue otro paso para empezar a asumir que el mal que proyectamos en los demonios también es nuestro.

Vamos a soñar despiertos, evocando el gozoso final de aquellas obras de fantasía en las que el mal vence al bien, mientras continuamos caminando en nuestro paseo por el interior de las sectas, penetrando poco a poco en nuestro lado oscuro.  ¡Que la fuerza nos acompañe!

 


LAS INICIACIONES

             Sin riesgo a equivocarnos, podríamos decir que las iniciaciones son los rituales más importantes del mundo de las sectas.  En ellos se condensa lo más exquisito y poderoso de la atmósfera sagrada que los dirigentes, los grupos o las religiones, son capaces de generar.  Habitualmente provoca en el acólito un impacto emocional causado por algún tipo de percepción extrasensorial, aunque en muchos casos se llegan a realizar rituales de iniciación que son meros formalismos sin apenas vivencias extraordinarias.  Lo más habitual es que en tan importantes rituales se provoque la videncia gracias a la borrachera mística, y se inicie al discípulo en la maestría de contactar con las realidades virtuales espirituales ―en las que se crea― y en sus personajes.

Las iniciaciones son tan viejas como el mundo.  En las tribus son los rituales de iniciación los que marcan las diferencias entre sus miembros.  Es a través de un ritual cómo el niño se convierte en hombre, y cómo el hombre se convierte en cazador o en guerrero.  Hasta que nuestra civilización no separó el sexo y la violencia de lo sagrado, nuestros antiguos ―y en actuales tribus sin civilizar― incluían en sus iniciaciones religiosas tanto a la sexualidad como a la violencia, dos importantes pulsaciones en todo ser vivo, en las que los seres humanos podemos ser iniciados.  Aunque, si no tenemos maestros que nos inicien en esas lides, nosotros solitos nos iniciamos de todas maneras.  Nuestras primeras vivencias sexuales ―por ejemplo― marcan nuestras preferencias en la búsqueda del placer.  Y las iniciaciones espirituales marcan el futuro por donde vamos a caminar espiritualmente en la vida.  Esto nos puede dar una idea de la importancia de las iniciaciones en la vida espiritual del hombre.  Una fantasía sexual vivida en los inicios del despertar de la sexualidad, será una fantasía que nos proporcionará una intensa vivencia durante toda nuestra vida.  Y una fantasía espiritual, como puede ser sentir la presencia de un dios y su realidad virtual particular, vivida en los inicios del despertar de la conciencia a la divinidad, será una fantasía que nos proporcionará vivencias espirituales de por vida.

            Para que nos hagamos una idea de la importancia de las iniciaciones y del elevado grado de adicción que generan, no tenemos nada más que observar nuestro grado de adicción al tipo de sexualidad en el que nos iniciamos en la adolescencia, y lo difícil que resulta cambiar ese costumbrismo por otro.

            En nuestra civilización, con todo lo listos que somos, y a pesar de la importancia de este proceso adictivo, apenas se estudian las iniciaciones espirituales y sus consecuencias.  Conocemos la inmensa cantidad de fantasías sexuales que pueden vivir las personas, pero no tenemos ni idea de la inmensa cantidad de fantasías espirituales que vive y puede llegar a vivir el ser humano.  Sabemos casi todo sobre la iniciación de nuestra sexualidad, pero no sabemos apenas nada sobre la iniciación de nuestra divinidad.  Y esta ignorancia la llevamos pagando muy cara a lo largo de toda nuestra Historia. 

La libertad religiosa no nos ha aportado progreso al respecto, las gentes se inician en las vivencias de la divinidad tal y como lo hemos hecho siempre, por dogmático decreto divino, sin permitir que la razón aporte la inteligencia necesaria para empezar a cambiar las cosas. 

La proliferación de sectas en Occidente únicamente nos ha aportado una gran variedad de iniciaciones en las vivencias de la divinidad.  Es inmensa la diversidad de rituales que podemos llegar a conocer hoy en día, iniciaciones en la adicción de las fantasías esotéricas o sencillamente espirituales.  Cada secta, religión, gurú o chamán, tiene las suyas totalmente diferentes de las demás.  Incluso un mismo ritual de iniciación, como puede ser el bautismo, difiere tremendamente según sea tratado por una religión u otra, por una secta u otra.  Tan notable es la diversidad de iniciaciones existentes que muy a menudo se utilizan otros calificativos, para denominar los rituales iniciáticos, con la intención de diferenciarlos de los demás.  Sesión de apertura de la mente, tomar el conocimiento supremo, abrir los chacras, tomar los sacramentos, apertura del tercer ojo, recibir al espíritu santo, despertar de la conciencia..., son otras formas de llamar a las iniciaciones.

En la mayoría de los casos, cada iniciación da paso a un tiempo de experimentación posterior.  El discípulo deberá de ir desarrollando su espiritualidad con la herramienta que se le ha dado, o caminando en la nueva vía espiritual que se le ha abierto.  Y transcurrido ese tiempo, ya madurada la enseñanza esotérica, se suele dar paso a una nueva iniciación.

Existen iniciaciones que sólo se dan una sola vez en la vida.  Volvemos a poner de ejemplo al bautismo; aunque sabemos que podemos bautizarnos tantas veces como queramos con solamente cambiarnos de religión o secta cristiana, porque cada una de ellas anula los bautismos anteriores.

Hay vías espirituales que representan los pasos que se dan en las iniciaciones mediante cámaras.  A medida que el acólito avanza en su evolución espiritual, cada iniciación le hará pasar a una nueva cámara, y así progresará durante su vida, yendo de habitación en habitación, hasta llegar a las más recónditas profundidades donde se encuentran las cámaras más secretas de las enseñanzas esotéricas, donde se escenifican las realidades virtuales espirituales más profundas.  Habitaciones virtuales repletas de deidades y de fuerzas, envidia de los más sofisticados vídeo juegos informáticos, donde el estudiante deberá de vérselas con las representaciones del mal, aunque no le faltará para ello la ayuda de las representaciones de las fuerzas del bien. 

Si la vía es afiliada al chamanismo, el aprendiz de brujo penetrará en los escenarios animistas ayudándose a menudo con alucinógenos.  Si la vía es afiliada al yoga, al estudiante se le darán las secretas técnicas yoguis que deberá de utilizar a lo largo de su vida para crecer interiormente.  Si se trata de una religión más basada en las creencias que en las vivencias, se recibirán las iniciaciones como supuestas gracias divinas que presumiblemente ayudaran en el caminar por la vida, aunque para creérselo haga falta tener bastante fe.

Los elegidos para ser iniciados pueden ser aquellos que les corresponde por la edad, por sus méritos, o, sencillamente, porque el iniciador ya las considera preparadas para alcanzar el estado propicio para recibir las buenas nuevas.

Porque hemos de tener en cuenta que para toda iniciación hacen falta la persona que vaya a ser iniciada y un iniciador.  Los iniciadores pueden ser los dirigentes de la secta, o aquellos a quienes ellos hayan designado como sus representantes; pueden ser los sacerdotes de la religión, o en muchos casos grandes mediadores ya muertos que desde el otro mundo tienen la bondad de arrimarse por aquí y derramar sus gracias sobre los pobres mortales. 

El iniciador mortal no suele darse todo el mérito de las gracias derramadas en el ritual, casi siempre se presentará como gran benefactor de la iniciación al espíritu santo, al dios supremo o a la energía sagrada que se utilice.

Son tan importantes las iniciaciones en las vías espirituales que el conocimiento que enseñan se suele considerar absoluto, el regalo más exquisito de los dioses, “único”.  Por lo que, siguiendo con nuestro empeño en desmitificar exclusivismos, aconsejamos a todos los viandantes sectarios tomar iniciaciones en más de una vía espiritual.  No para acumular medallas, como hacen algunos, y acabar poseyendo un importante curriculum espiritual para después venderse al público, sino para realizar un interesante análisis comparativo entre diferentes iniciaciones.  Así se descubre que ese conocimiento iniciático, aunque se enseñe como definitivo y absoluto, es un conocimiento parcial e incompleto, que solamente suele asomarnos a una parte de nuestro interior, mostrarnos una cara de la divinidad o asomarnos a una de tantas realidades virtuales espirituales. 

Creerse la exclusiva divinidad de las iniciaciones viene en unos casos apoyado por la tradición, y en otros, especialmente en las sectas, porque en los rituales de iniciación se consiguen atmósferas sagradas especialmente densas, lo que da una exclusiva credibilidad a las fantasías.  En mi opinión son los gurús orientales quienes, al ser expertos en manejar la atmósfera sagrada, más impacto causan en sus adeptos cuando los inician en sus especiales rituales de meditación o en cualquier otro ritual esotérico.

No voy a negar la importancia que en mi vida han tenido y siguen teniendo las iniciaciones que he recibido en mi caminar por el interior de las sectas.  Emocionalmente, algunas apenas me despertaron sentimientos especiales, sin embargo, otras me despertaron tanto amor que las lagrimas no cesaban de caer por mis mejillas.  Otras se me concedieron como dulces regalos en el caminar espiritual, y otras me fueron dadas como condecoraciones o títulos sin mas importancia.  Y respecto a aquellas que me hicieron percibir lo extrasensorial, nunca les presté gran interés, aunque las percepciones extrasensoriales me indujeran sueños esotéricos con cierto grado de realidad.  Si una divinidad se presentaba en mi mente, para derramar sobre mí sus gracias, lo disfrutaba; pero, como sabía que esas representaciones varían según las creencias, tarde o temprano la falta de fe terminaba por borrarme la gozosa imagen de la conciencia.

No voy a ocultar que ―como casi todos los caminantes sectarios― busqué en las iniciaciones tesoros preciosos, grandes descubrimientos espirituales, pues anhelaba que me enseñaran a andar por los cielos.  Hubo ocasiones que imploré alguna que otra iniciación que se me antojaba o intuía llena de gracia divina.  

Aunque en estos últimos años de mi vida haya despachado a todos los dioses de mi conciencia, incluso al dios infinito, no puedo negar que continúo utilizando esporádicamente, cuando el cuerpo o el alma me lo pide, algunas de las técnicas o recursos iniciáticos que aprendí para potenciar la divinidad que todo ser humano puede vivir;  pero sin necesidad de creerme los dogmas que envuelven a toda iniciación.   

            Si hoy en día sabemos que la lluvia no nos la proporcionan los dioses, y la recibimos como quien oye llover, dando gracias porque debido a ella nuestras tierras puede llenarse de vida; realizando un tremendo esfuerzo por intentar dejar de ser prehistórico, permito que la gracia divina caiga sobre mí sin pensar en que sea un regalo de los dioses.  No sé de dónde viene, pero, no por ello voy a inventarme su procedencia, por muchas ganas que me vengan de imaginarme a una santa divinidad volcando su cuenco de gracias sobre mí.  Me siento agradecido por la calidad que la divinidad da a mi vida, pero hasta que no sepamos a ciencia cierta de dónde viene o cómo se genera en nosotros, me limitaré a disfrutarla. 

            Las iniciaciones que he recibido han marcado mis hábitos de vivir lo sagrado.  En cada iniciación se me concedió un rumbo a seguir hacia el bienestar interior.  Doy gracias por todas ellas a los iniciadores que me las dieron, porque cambiaron mi vida en un sentido positivo, me hicieron más feliz y me siguen proporcionando bienestar.  Ya su vez pido disculpas por no creerme casi nada de todo lo que sobre ellas me dijeron.  Las herramientas, aunque sagradas, para mí son solamente eso: herramientas.  Brújulas que siguiendo su dirección marcaron el rumbo de mi vida. 

Las iniciaciones son unos de los más importantes indicadores del rumbo en los caminares espirituales, pero hay otros más.

 


LOS INDICADORES DEL RUMBO 

            El desprestigio que la razón tiene en la mayoría de los caminos espirituales no es impuesto exclusivamente por parte de las sectas o religiones.  El adepto principiante suele abandonar su capacidad de raciocinio sin oponer gran resistencia, no es necesario insistirle demasiado, ya que le supone un gran esfuerzo intelectual usar la lógica en el nuevo mundo en el que se ha metido, y no duda demasiado en abandonar su capacidad de raciocinio cuando se le aconseja que lo haga.  Poner la vida en manos de dios, o de su representante en la tierra, no lo vive el creyente como una peligrosa temeridad,  la mayoría de las veces se vive como si nos quitasen un peso de encima.  Se puede sentir un gran alivio cuando nos dicen que no somos responsables de nuestra vida, que no nos preocupemos de ella; los universos espirituales son tan infinitos que es absurdo para quien cree en ellos tomar la responsabilidad del rumbo de su existencia. 

No se nos ha educado para dirigir el timón de nuestra vida por los insondables mares del espíritu, lo más corriente es que dejemos su control a las deidades o al gurú de turno, cuando no es el viento esotérico en el que creamos quien lleva el barco de nuestra vida donde se le antoja.  Navegamos por los mares del alma como hace milenos surcaban los mares nuestros antiguos, sin saber muy bien a dónde vamos.  Por esta razón son necesarios los indicadores del rumbo, las brújulas o los sextantes que nos digan a dónde vamos o dónde estamos.  Primarios instrumentos que nos indiquen si vamos bien o mal encaminados, si estamos en el camino correcto hacia el cielo o perdidos en limbos infernales. 

Indicadores del rumbo a los que se les exige lo imposible, pues es muy fácil perder el norte en los mares del espíritu.  Algo hasta cierto punto lógico, porque ―que yo sepa― no existe norte alguno en los mares del alma.  El norte, el sur, el este y el oeste, lo ponen las creencias en sus particulares mapas de sus también particulares realidades virtuales espirituales.

            Por lo tanto, como se podrá sospechar, existen muchos y muy variados indicadores del rumbo.  Unas sectas utilizan unos y otras otros.  Y, lo más sorprendente, en muchas ocasiones ―como el norte lo marcan las creencias― utilizan el mismo unas doctrinas u otras, pero en sentido contrario.  Como, por ejemplo, en el caso del bienestar general. 

En unas sectas se proclama que cuando uno se siente feliz, porque aumentado su bienestar general, es entonces cuando va progresando en su evolución espiritual; su rumbo es el correcto.  Pensar así es totalmente lógico.  Es natural que como resultado de un proceso de cambio interior nos encontremos cada vez mejor, si dicho cambio es positivo.  Pero, como ya sabemos, la lógica deja mucho que desear en estos mundos ocultos, y es todavía más frecuente que nuestro bienestar sea interpretado en sentido contrario: es decir, que, si nos sentimos bien, es síntoma de que vamos por mal camino, y, cuando nos sentimos mal, es síntoma de que estamos en el camino correcto, de que evolucionamos de forma adecuada.  Según esta creencia, la crisis humana que se padece en todo proceso de cambio evolutivo espiritual, dolorosa metamorfosis necesaria, propicia que nuestro bienestar brille por su ausencia, y que un malestar general sea el mejor indicador para demostrarnos que estamos en plena crisis y, por lo tanto, en pleno proceso evolutivo positivo de transformación interna.  Cuando nos sentimos bien en nuestro caminar es porque nos hemos detenido en el camino y hemos interrumpido nuestro proceso de aprendizaje interno, hemos sido seducidos por las mieles de las drogas divinas y nos encontramos emborrachados de felicidad, drogados, y probablemente tirados en la cuneta del camino espiritual, como cualquier vagabundo, borrachos de dios.

            Esto no es una broma.  Es más bien una creencia trampa en la que muchos seguidores de diferentes métodos de transformación interna están atrapados.  Hay muchas personas hechas polvo, destrozadas interiormente, padeciendo fuertes crisis constantemente, sin hacer absolutamente nada para remediarlo porque lo consideran algo positivo en la evolución de sus vidas.  Hasta cierto punto es normal que todo cambio interno produzca cierta crisis, pero éste es un proceso que tarde o temprano tiene que terminar, y del cual habremos de salir mejorados si ha sido realmente una crisis curativa; ahora bien, me atrevo a asegurar que la mayoría de esas crisis que sufren muchos sectarios no son producto de un cambio interno positivo, sino causadas por las imperfecciones de los diferentes métodos de crecimiento espiritual en los que están sumergidos.  La mayoría de las veces los creyentes no resurgen de ellas transformados en seres sumamente equilibrados y angelicales, es más frecuente observar cómo se mantienen en crisis de por vida, considerando este hecho algo positivo.  Y es que no nos podemos imaginar el poder de sugestión que podemos llegar a  padecer, hasta el punto de encontrarnos cada día peor y considerar que estamos mejor.

            Este tema es tan grave y de tal importancia que volveremos sobre él en capítulos posteriores.

            Ahora continuemos con nuestros indicadores del rumbo.  Todos nos dicen, a su manera, cómo vamos caminando, y algunos de ellos son tan buenos que nos pueden llegar a indicar hasta por dónde debemos de ir.  Este es el caso del “camino del corazón”.  Otra forma de dirigir nuestros pasos en virtuosa ignorancia intelectual que está alcanzando gran popularidad en los últimos tiempos.  Digamos que se trata de un sistema de orientación por los infinitos espacios del espíritu, sirve incluso para multitud de creencias, nos indica si vamos bien o no y qué dirección hemos de tomar.  Unos dicen que con sólo escuchar la voz del corazón ya es suficiente para dirigir nuestros pasos.  Yo he de reconocer que no conozco esa sabia voz (si es que existe).  La voz de mi corazón siempre la he sentido en forma de sentimientos, en ocasiones pasiones; y, al seguirlas, en unas ocasiones me ha ido bien, pero en otras me han deparado algún que otro disgusto.  A lo mejor es que mi corazón es un corazón traicionero.  Si así fuera, sería muy conveniente asegurarse, antes de seguir la voz del corazón, cual es el tipo de corazón tenemos.

Bromas aparte, quizás el mejor indicador para saber si estamos progresando en nuestra evolución espiritual, es sopesar de vez en cuando la cantidad de amor que tenemos en nuestra vida.  No es poco frecuente que el buscador del amoroso paraíso celestial se encuentre perdido en medio de un desierto sin una gota de amor que llevarse a la boca, o incluso rodeado de odio.  Este puede ser un claro síntoma de que hemos tomado un rumbo equivocado.  Aunque, como hemos dicho antes, hay quienes piensan que cuanto peor estemos y menos amor sintamos, es mucho mejor, pues con más fuerza lo buscaremos.  Y también es típico afirmar que, cuando se abrazan nuevas creencias, uno puede verse rodeado de odios por todas partes, al estilo de los mártires.

 Yo me inclinaría por usar el indicador del amor en un sentido directamente proporcional a nuestra evolución, es uno de los indicadores más serios y de los menos utilizados en un sentido correcto, pues reconocer que no estamos evolucionando correctamente, o que caminamos hacia atrás, es muy duro, sobre todo cuando se ha tenido fe ciega durante muchos años en el método elegido.  El indicador del amor no engaña, pero hemos de ser muy sinceros a la hora de utilizarlo:  Sólo habremos de observar si el amor que vivimos en todo nuestro contorno ha crecido o ha disminuido, pero, repito: en todo lo que rodea nuestra vida, incluyendo a todas las personas y circunstancias.  Es muy típico creerse que uno crece en amor porque está viviendo un gran cariño con su nuevo dios o con los miembros de la secta en la que acaba de entrar, mientras su vivencia de amor decrece tremendamente en su entorno familiar, en su trabajo y en el resto de relaciones sociales.  Esto no es crecer en el amor, es lo contrario.

Otros creyentes, para observar cómo les van los cambios de su alma en el otro mundo, se fijan en los cambios más materiales que les están sucediendo en éste.  Este indicador del rumbo ha sido el más usado desde la antigüedad.  Los creyentes en él consideran que si su comportamiento agrada a su dios, éste les hará todo tipo de regalos, y el éxito estará presente en sus vidas; y si sus actos no agradan a dios, les castigará despiadadamente con la miseria.  Si su economía progresa adecuadamente, si tienen abundantes relaciones satisfactorias, si andan bien de salud, si tienen buen aspecto, etc., es que su progreso en el otro mundo marcha bien, tal y como se refleja en este.  Aunque volvemos a recordar que los hay quienes consideran lo contrario, quienes si les va bien en esta vida piensan que no les va a ir muy bien en la otra.  Pueden pensar que dios los ha abandonado porque ya no les pone pruebas, que no están expiando sus culpas al estilo del santo Job, o cosas parecidas.

Como podemos observar, la utilización de estos indicadores del rumbo puede ser manipulada a gusto del consumidor, o del vendedor.  Ya nos vaya bien o mal en la vida, puede ser interpretado como queramos o como nuestros consejeros espirituales quieran.  Si deseamos convencernos, o desean convencernos, de que hemos escogido el camino correcto, de que vivimos en la doctrina adecuada, o de que ya es hora de abandonar una vieja creencia, podemos hacer uso de estos indicadores del rumbo de una forma o de otra.  Son como brújulas de madera que nos pueden indicar la dirección que nosotros queramos o la dirección que desean que sigamos nuestros consejeros espirituales. 

Es muy aconsejable no fiarse de estas falsas brújulas diseñadas para ser manipuladas, y hacer siempre lo que creamos más conveniente.  Y si no sabemos qué es lo que más nos conviene, entonces podemos hacer lo que nos dé la gana.  Esto puede parecer no muy adecuado en los caminos espirituales, pero ejercita nuestra libertad: importante facultad humana, muy olvidada por los diferentes métodos de trabajo espiritual, y muy necesaria para un desarrollo integral de nuestro crecimiento interior.

 


SECTAS DESTRUCTIVAS 

            No vamos a hablar en este capítulo de los detalles destructivos de las sectas, porque eso es algo que no cesamos de hacer a lo largo de este libro, estudiando los detalles de cada peligro que nos encontramos en nuestro paseo por el interior de ellas.  Vamos a prestar atención al popular término de sectas destructivas con en el que habitualmente se les califica a la mayoría de ellas, pues provoca un injusto temor generalizado a toda actividad sectaria.   

            El elevado grado de peligrosidad que se achaca a la mayoría de las sectas es uno de los bulos más extendidos sobre este tipo de organizaciones.  Sectas que se consideran dañinas, en algunas naciones, son extensiones de respetables religiones oficiales de otros países.  El ataque sistemático a las sectas solamente se comprende como consecuencia de la vieja guerra entre creencias.  No creo que todas las sectas juntas hagan más daño a la Humanidad que la que están haciendo ―y han hecho a lo largo de la Historia― las religiones oficiales.  Solamente una mala intención interesada y sostenida por las viejas religiones en el poder, el miedo a lo desconocido, y los ataques sistemáticos sin razón que el miedo provoca, han podido crear en nuestra cultura “civilizada” una descalificación tan brutal para este tipo de asociacionismo. 

Incluso otras actividades humanas no religiosas asentadas en nuestra sociedad implican riesgos de mayor peligrosidad, o son motivo de fraudes mayores, y no tienen ni una mínima parte de mala fama que la que tienen las sectas.  Hay más fanáticos y recaudaciones millonarias inútiles en los deportes, por ejemplo, que en el mundo de las sectas, y nadie se escandaliza por ello; porque un fanático del deporte, que se gasta gran parte de su jornal en seguir obsesivamente a su equipo, es una persona integrada en nuestro sistema social; pero un sectario es de alguna forma un extraterrestre, vive en un mundo desconocido y ve la realidad diferente a nosotros; y eso da miedo.  Muy a menudo se huye de las sectas como si de la peste se tratara, y se trata a los sectarios como a leprosos muy contagiosos.  Este racismo no es digno de nuestro nivel cultural, es una injusticia que debemos de subsanar.  El miedo nos hacer ser injustos a la hora de juzgar a lo que tememos, pues el miedo se extiende por todo el ámbito de lo desconocido aunque el peligro sólo resida en una pequeña porción de él. 

Para superar ese temor injustificado es necesario conocer aquello que tememos.  Y, será entonces, cuando podamos discernir lo peligroso de lo que no lo es.  Todos sabemos que el montañismo es peligroso, por ejemplo, pero nadie se priva de los placeres que encierran las montañas, porque conocemos sus peligros y podemos evitarlos; y, quien quiera correr riesgos acercándose a los precipicios, allá con su responsabilidad.  Muchas son las víctimas que cada año se cobran las montañas, pero la mayoría de las veces suceden en personas que se aproximan a los peligros.  Espero que algún día se conozcan los peligros “reales” de las sectas, se les pierda el miedo y podamos evitarlos, para poder adentrarnos en ellas sin riesgos, como quien va a darse un paseo por los montes, y así todos podamos disfrutar de las ventajas que nos pueden aportar, evitando sus males.

Mientras tanto, tendremos que seguir aguantando toda una sarta de calificativos peyorativos sin fundamentos objetivos sobre las sectas y sobre sus miembros.  Como, por ejemplo, los típicos insultos que habitualmente recaen sobre quienes frecuentas las sectas, en ocasiones tachándolas de personas inmaduras, inseguras, de bajo nivel intelectual, con carencias emocionales, desequilibradas, inadaptadas socialmente, etc.  Quienes así piensan parecen olvidar que la mayoría de los grandes personajes de la Historia pertenecieron a sectas.  Poniéndome a la altura de la estupidez de estos calificativos, podría decir lo contrario: que toda persona que no ha pertenecido a una secta es una persona inmadura y sin conocimiento, porque la única forma de tener un conocimiento de algo es viéndolo de fuera, alejándose de ello para tener una visión objetiva; y la única forma de alejarse del mundo y, por lo tanto, de poder comprenderlo, es yéndose a otro mundo, y eso sólo se consigue en los ambientes sectarios.

También es cierto que las sectas no se quedan mancas a la hora de criticar a quienes al mundo.  He de reconocer que sus insultos superan en malicia a los nuestros.  Desde su mundo, nos ponen mucho más verdes a nosotros que nosotros les ponemos a ellos; y en cada secta lo hacen de forma diferente.  Ésta es una de las facultades más destructivas de las sectas: su tremenda capacidad para atacar los valores de nuestra sociedad.  Aprovechando los abundantes puntos flacos de falta de espiritualidad de nuestro mundo, descargan sobre ellos su capacidad depredadora de nuestros valores con sus virulentas críticas. 

Nuestro boyante materialismo no llena a muchas personas con sed de vivencias espirituales.  La incapacidad de nuestro mundo de hacer profundamente felices a las personas provoca que muchas de ellas se vayan en busca de otros mundos, y desde ellos critiquen éste.

            En esta guerra psicológica entre mundos, donde se bombardean unos a otros con tremendas descalificaciones, como en toda guerra, no sale nadie ganando.  Machacar al enemigo con insultos no es la mejor forma de alcanzar una paz beneficiosa para todos.  Tanto en nuestro mundo, como en el mundo de las sectas, habremos de reconocer los defectos y las virtudes de cada uno.  Incluso podríamos aprovechar las críticas del oponente si estuvieran exentas de furibunda agresividad.  Y si alguno realiza alguna actividad destructiva, delictiva, nuestras leyes están ahí para algo.  Eso es lo que realmente se ha de perseguir: el delito, tanto se realice en los mundos sectarios, como en el nuestro. 

En muchas ocasiones se les reprocha a los legisladores su indiferencia ante las denuncias sobre la proliferación de sectas “peligrosas”.  Parece olvidarse que nuestras modernas leyes sobre el derecho de asociacionismo permiten que los individuos nos agrupemos para realizar todo tipo de actividades, que no sean delictivas, claro está.  Cuando los jueces llegan a estudiar esas denuncias, observan la mayoría de las veces que esos grupos no están realizando actividades más peligrosas que las que se realizan de forma consentida por nuestras leyes en nuestra sociedad.  Si los legisladores crearan nuevas leyes que penalizaran y persiguieran muchas de las actividades de esas sectas llamadas peligrosas, mucho me temo que muchas de las agrupaciones aceptadas socialmente se verían afectadas por esas nuevas leyes, como, por ejemplo: las federaciones que acogen los deportes de riesgo o las mismísimas religiones universales.  La mayoría de las actividades consideradas destructivas de las sectas las llevamos practicando en nuestra sociedad amparadas por el costumbrismo durante siglos. 

Reconociendo que en el interior de la mayoría de las sectas se viven situaciones especiales que no se viven en otras formas de asociacionismo, el grado de maldad humana que pueda haber en ellas no sobrepasa, en mi opinión, a otras formas de agrupaciones.  El mal que se puede vivir en el interior de las sectas no “pesa” más que los males que suceden en otros grupos de nuestra sociedad.  Esto es debido a que el mal, más que provenir de la actividad determinada del grupo, proviene de los seres humanos.  Y en el fondo no nos diferenciamos mucho los unos de los otros, ya pertenezcamos a un tipo de asociación o a otro.  Cuando nos agrupamos nos comportamos de forma muy semejante.  Puede parecer que el perseguir unos fines u otros nos diferencian de los demás, pero eso es un espejismo.  En el seno de agrupaciones con fines presumiblemente benéficos puede haber personas padeciendo auténticas torturas psicológicas. 

Los seres humanos, cuando nos agrupamos, creamos grupúsculos sociales donde surgen una amalgama de pasiones humanas que pueden resultar muy peligrosas y destructivas para los individuos menos afortunados.  Esto sucede tanto en las agrupaciones familiares, como en las empresas de trabajo, como en cualquier forma de agrupación social; y las tragedias que suceden en su seno apenas nos llaman la atención por ser ya parte de nuestro costumbrismo.  Infinidad de personas acaban destrozadas en el seno de sus familias, y no por ello se nos ocurre pensar que la forma de agrupación familiar sea destructiva; estamos acostumbrados a sus males, son nuestros entrañables males.  Pero no admitimos que otros males se puedan producir en otras formas de agrupación por el simple hecho de resultarnos desconocidas.  El hecho de que la forma de agrupación sectaria sea una novedad, todavía no asimilada por nuestra sociedad, no nos da derecho a señalar la paja en el ojo, de quienes se asocian de forma diferente a nosotros, y a no ver la viga en el nuestro.

 


EL LAVADO DE CEREBRO 

Otro de los bulos más populares en torno a las sectas, que discurre sin apenas motivos justificados, es que en todas las sectas en general te lavan el cerebro, es decir: te dañan la mente.  Como acabo de comentar en el capítulo anterior, estas agresiones verbales son provocadas por el típico miedo que suele producir lo desconocido, ya que diversas actividades tradicionales, ya sean religiosas o no, lavan más el cerebro a los ciudadanos, como se cree que lo hacen en las sectas, sin que nadie haga nada por remediarlo.

  No es cierto que en general las sectas dañen la mente del adepto, aunque no se puede negar que en algún caso particular sea cierto.  El lavado de cerebro, que habitualmente se practica en el seno de las sectas, no tiene nada que ver con la refinada tortura psicológica utilizada en prisioneros por los tiranos regímenes políticos que la practicaron en el pasado o la practican en la actualidad.  En las sectas, como en las religiones o como en cualquier vía espiritual ―tal y como estamos aclarando en este libro― se le induce a la persona, que se inicia en sus andaduras, a realizar un cambio en sus valores humanos y a creer en realidades virtuales espirituales.  Y esto no se parece en nada a la  agresión psicológica que el término “lavado de cerebro” implica.

            En primer lugar deberíamos definir correctamente que es un “lavado de cerebro”, frase de tal sencillez que, de no ser por el doble sentido que se le ha dado, no admite tergiversación alguna.  Cuando yo andaba por las sectas y alguien me decía que me estaban lavando el cerebro, yo le solía contestar: “y bien limpio que me lo están dejando”, dando a entender que se trataba de una beneficiosa limpieza sin más complicaciones.

            Un lavado efectivo es aquel que quita la suciedad sin dañar lo limpiado.  Y nuestros cerebros, como cualquier parte de nuestro cuerpo, se ensucia con el uso, por lo que no le viene nada mal de vez en cuando una limpieza.  Cierto es que la delicadeza de nuestro cerebro dificulta su limpieza, y se corre el riesgo de dañar alguna parte de él; pero en la mayoría de las sectas, religiones o vías espirituales, tienen sus técnicas particulares para realizar sus limpiezas interiores con un alto porcentaje de éxito.  El buen lavado de cerebro consiste en limpiar de nuestra mente todo lo que nos estorba o nos perjudica, y dejar aquello que nos interesa o es beneficioso para nosotros.  Las oraciones, las meditaciones, el canto de mantras y todo ritual realizado en atmósfera sagrada, relajan nuestra mente.  La paz mental que conlleva la experiencia religiosa es semejante a un fluir de agua limpia por nuestra mente, es un auténtico lavado de sucios pensamientos.  En la paz divina descansa toda mente por muy estresada que se encuentre, la paz espiritual calma los pensamientos más desordenados, y, si esa paz se vive profundamente y se mantiene durante días, se produce un auténtico lavado de cerebro que deja a la persona como nueva.  Yo he vivido ese proceso, y he de reconocer que te renueva profundamente, la mente se queda en blanco, embriagada por las drogas que sintetiza nuestro propio cerebro, embelesada por la maravilla de lo sagrado.  Y, terminados los ejercicios espirituales, la semana de retiro o el largo fin de semana, uno afronta su realidad cotidiana renovado totalmente.

            La paz espiritual vivida profundamente actúa como un verdadero lavado de cerebro semejante a la limpieza del disco duro de un ordenador.  Ahora bien, conviene aclarar que existen diferentes niveles de limpieza.  Si el místico no detiene un proceso creciente del fluir de la experiencia religiosa, ésta es capaz de lavarle tan profundamente la mente que puede borrarle el sistema de valores por los que vivimos en este mundo, y cambiarle del programa de selección de preferencias los valores mundanos por las preferencias celestiales, deseando incluso la muerte.  Esto lo saben en todos los monasterios sacerdotales que creen en un paraíso en el más allá, si alguno de sus miembros se emborracha demasiado con los elixires divinos hay que tirar de él hacia abajo para evitar que se eleve hasta el otro mundo y deje de prestar los servicios que ha venido ha realizar en éste.  Muchos de nuestros grandes místicos anhelaron la muerte como un paso exigido para unirse definitivamente con su amado divino.  Sin embargo, no hay por qué llegar a esos extremos si elegimos una vía espiritual que admita la posibilidad de alcanzar el paraíso sin necesidad de morir.  Desear la muerte en los caminos espirituales es provocado más por las creencias que por la experiencia divina.  No conozco un fluir de energía más limpio y más respetuoso con la libertad de elección del individuo que el fluir de la experiencia religiosa limpia de polvo y paja.  La divinidad ―a pesar de representarse con cierta tiranía en los dioses― es ante todo una presencia tremendamente respetuosa con la libertad del hombre.  El fluir de la energía sexual, por ejemplo, es mucho más exigente en sus manifestaciones.

            La energía divina es la energía de la santidad, una energía pura, poderosa en sí misma y tremendamente creativa.  Como venimos advirtiendo, el peligro no reside en ella, sino en lo que hacemos con ella.  El peligro no radica en el lavado de cerebro que nos hace, sino en con qué llenamos el hueco que ha quedado en nuestra mente después de haber retirado la porquería;  pues, habitualmente, un beneficioso proceso de limpieza de la mente va seguido de un adoctrinamiento que puede ya no ser tan beneficioso.

            Mis primeras experiencias religiosas las tuve en el seno del Catolicismo, y cierto es que pasó por mi mente el deseo de morir; pero esto sucedía porque yo imaginaba, según lo que había aprendido, que morir era necesario para llegar a unirme a aquello que sentía con tanta fuerza y con tanto amor.  Creía  que dios estaba en el cielo y que para llegar a él había que fallecer (en gracia de dios, naturalmente).  Cuando años más tarde tuve experiencias de lo sagrado en otras vías que afirmaban que el ser humano puede unirse a dios con toda su gloria sin necesidad de dejar que se lo coman los gusanos, desaparecieron mis sentimientos suicidas; entonces (lo que pueden hacer las creencias) la experiencia religiosa no sólo dejó de invitarme a la muerte sino que me invitó a vivir más intensamente y mucho más feliz.

            Cierto es que he sentido a veces en esas vías ―llamémosles más vitales― la sensación de que la experiencia espiritual me sacaba de este mundo; pero, como todavía no estoy por la labor de abandonarlo ―al menos en lo que de mí dependa―, siempre se me disparó una especie de alarma que me invitó a reducir la práctica de los rituales que me levantaban del suelo, evitando así terminar en el mundo de las hadas. 

            Con esto quiero decir que vivir lo sagrado es tan peligroso como vivir cualquier otra dimensión humana, no hay por qué temer algo que fluye de forma tan natural en nosotros como nuestra sangre por las venas.  Los peligros que pueden existir son tan naturales como los que nos puede producir la alimentación, por ejemplo, si no somos cuidadosos con ella.  Un atracón de comida puede causarnos serios problemas.  Pero, de la misma forma que todos los seres vivos poseemos un instinto supervivencia, que nos puede ayudar a evitar los accidentes con la alimentación avisándonos de los peligros, los seres humanos poseemos también un instinto que regula nuestra alimentación espiritual, una luz de alarma que nos avisa de los peligros y nos ayuda a evitar que ingiramos algo pernicioso.

            Claro está que ese instinto primero habrá de ser despertado cuando empecemos a comer espiritualmente con cierta normalidad, porque, por ahora, la mayoría de los habitantes de este planeta ―sin ánimo de ofender a nadie― somos unos muertos de hambre, espiritualmente hablando.

            Cuando observamos fotografías antiguas, podemos observar en las gentes el rostro de la hambruna que solían padecer.  Espero que quienes observen nuestros rostros dentro de un siglo, puedan también apreciar nuestra hambruna espiritual, pues será síntoma de que ya están mejor alimentadas sus almas.

            El síntoma principal que demuestra la hambruna espiritual, que padecemos los humanos, es el apetito devorador de experiencias espirituales que se suele despertar en todo aquél que acaba de llegar a una secta y se le muestra la sagrada mesa con abundantes manjares de los dioses.  Es frecuente que el primerizo acabe dándose un atracón que se le indigeste.

            Pueden pasar años hasta que se alcanza la experiencia suficiente en ese tipo de alimentación y se le pierde el miedo.  A base de vivir y vivir lo sagrado, uno puede aprender a regular la alimentación de su alma.  Y puede incluso controlar a su gusto el nivel de prelavado, lavado y aclarado de su cerebro, siendo capaz hasta de elegir entre los diferentes tipos de detergente que se ofertan en las diferentes sectas o vías espirituales, y evitar el inevitable desteñido cuando se lava con agua demasiado caliente por avivar demasiado el fuego místico. 

Pero, vuelvo a repetir que existe un peligro de ser engañados, no en el lavado, éste puede estar mejor o peor hecho y puede dejarnos más o menos limpios, o algo desteñidos, pero eso no tiene gran importancia; el mayor peligro reside en el teñido que después suelen pretender hacernos a nuestra mente sin nuestro consentimiento las diferentes doctrinas.  Y lamento denunciar que esto es muy habitual: corrientemente, unido al lavado de cerebro, va incluido el teñido con los colores de la bandera de la religión, secta o vía espiritual que nos haya hecho el favor de limpiarnos la mente.

Cierto es que de todas formas teñida ya la tenemos la mente.  Nuestra sociedad se encarga de colorear mediante la educación los pensamientos vírgenes de los niños, con la intención de que todos llevemos colores semejantes en la bandera del pensamiento para favorecer la paz social.  Pero, cuando una persona no está contenta con los colores que luce su alma, puede estar de acuerdo en que después de un lavado espiritual le hagan un cambio de colores en sus vestiduras interiores.  Sin embargo, quienes estamos satisfechos con nuestra forma de ser y no deseamos cambiarla en esencia, no tenemos por qué soportar los tintes.

Y lamento no poder notificar la existencia de lavados de cerebro en las sectas sin teñidos.  Si yo, en estos momentos, no me encuentro practicando ningún tipo de ritual, que me proporcione un buen lavado de cerebro de vez en cuando, es porque no soporto los tintes que se incluyen en todos los lavados que conozco.  Las comunidades espirituales que se anuncian como lavanderías espirituales no son tales, son en realidad tintorerías.  En los últimos años de mi pasear por las sectas, harto de teñidos y desteñidos, me esforcé tremendamente por vivir únicamente lo sagrado puro, en esencia, sin contaminaciones doctrinales añadidas.  Siguiendo la máxima de dame pan y dime tonto, me alimenté como pude de los elixires sagrados de las comunidades sectarias o religiosas, intentando pasar de todo aquello que no era pan para mi alma.  Pero es prácticamente imposible conseguirlo al cien por cien.  Aunque no se haga caso de los adoctrinamientos, estos se cuelan en la mente si te los están cantando al oído cuando se está viviendo la dichosa paz celestial. 

Es ésta una situación semejante a la que ha vivido la Humanidad durante casi toda su existencia a la hora de alimentar sus estómagos, pagando precios carísimos, incluso dejándose la vida por llevarse un trozo de pan a la boca.  Es de esperar que de la misma forma que hemos conseguido llenar nuestros estómagos sin grandes sufrimientos, y sin necesidad de profesar creencia alguna ni pertenecer a ningún grupo sectario de ricos, podamos algún día llenar nuestra alma con el alimento espiritual sin padecer engaños ni grandes sufrimientos, y sin profesar creencia alguna ni pertenecer a ningún grupo sectario de presuntos ricos espirituales.  Como ahora alimentar el cuerpo es un derecho reconocido de todos en los países desarrollados sin penosas exigencias, alimentarse espiritualmente esperemos que pronto también lo sea sin exigencias doctrinales.

Se puede llegar a pensar que la doctrina es algo necesario para vivir lo espiritual, pero eso no es cierto: seguidores de doctrinas contradictorias entre sí viven sus particulares experiencias religiosas, y, si una de ellas fuera necesaria para vivir lo sagrado, los creyentes en la otra no tendrían acceso a lo divino, y lo tienen.  Pensar que la doctrina es algo necesario responde a defender los intereses particulares de cada secta o religión.  Es una barbaridad actuar como habitualmente se actúa sobre la inteligencia de los sinceros buscadores de la verdad.  En el mundo de las sectas es habitual que aconsejen al novato abandonar su entendimiento de las cosas para facilitar el lavado de su mente; si el buen estudiante así lo hace, cuando casi no ha terminado de relajarse en la paz divina y de abandonar en la cuneta del camino su vieja mochila cargada con todos sus viejos conceptos sobre la vida, van y le cargan con otra mochila en ocasiones mucho más pesada, llena de otros conceptos más pesados todavía.  Por ello conviene siempre saber qué se oculta tras todo lavado espiritual del pensamiento.  Podemos estar muy satisfechos con lo limpia que nos han dejado la cabeza, pero puede que no estemos muy de acuerdo con el tinte que con toda seguridad nos van a intentar dar después.

Resumiendo: el lavado de cerebro, la limpieza de mente, que se experimenta en toda atmósfera sagrada, es algo beneficioso y positivo.  El engaño y los problemas vendrán más tarde, a veces simultáneamente, cuando limpiados de dañinos hábitos mentales, muchos de ellos enraizados en el costumbrismo social, nos encontramos con que nos intentan inculcar otros hábitos de pensamiento y de acción desconocidos.  Esta distinción entre lavado y teñido no se hace en las religiones, ni en las sectas, ni en camino espiritual alguno.  El lavado se presenta siempre unido inevitablemente al teñido, aunque son dos funciones claramente separadas.  

            Éste es el peligro del lavado de cerebro que se suele producir en las sectas, religiones o diferentes vías espirituales.  No tiene nada que ver con la terrible manipulación psicológica de los típicos lavados de cerebro de los tiranos regímenes políticos.  Se trata sencillamente de un engaño, de un fraude, no de una agresión a nuestra inteligencia.  Todo esto que estamos diciendo es continuación del capítulo “El gran fraude espiritual”.  Es un engaño tan milenario que todo lo alerta que el buscador espiritual se mantenga en torno a él es poco.  Es lógico que quien va buscando la paz mental acabe allí donde le prometen ofrecérsela, aunque después pueda descubrir que la susodicha paz es en realidad un plan de guerra.

            No siempre los nuevos valores que nos pretenden inculcar en los teñidos son peores que nos inculcaron de niños en nuestra sociedad, en muchas ocasiones son mejores, pero, sucede que al ser diferentes a los aceptados socialmente, entran en conflicto; y, aunque poseamos valores mejores que los anteriores, viviremos en una guerra contra el mundo que nos amargará la existencia, por mucho que nos creamos poseedores de la verdad suprema.  Al buscador con espíritu guerrero puede incluso resultarle atractivo emprender una santa cruzada contra el mundo; pero todos aquellos que buscan la paz no tienen por ser engañados ni reclutados para una guerra que no desean.

            Por lo tanto, el lavado de la mente que se realiza en estos mundos de dios no es tal, es un teñido; la alimentación que nos ofrecen para el alma es más una exigencia doctrinal que un darnos la divinidad limpiamente.  Cobran demasiado caro los mendrugos de pan espiritual que ofrecen a sus siervos.  (Actúan como esas ONG religiosas que dan alimentos a los pobres cargados de mensajes proselitistas).  La prometida limpieza del programa de nuestro cerebro es en realidad una programación interesada.  Abandonados los valores mundanos, de los que podemos estar hartos, se nos inculcan otros que pueden crearnos más problemas que los que hemos abandonado.  Desprogramada nuestra mente de los hábitos mentales que no nos hacían felices, apenas se nos deja descansar en la paz mental y se nos vuelve a programar una realidad virtual espiritual con códigos de fe, sin lógica ni razón alguna, basados en las realidades reveladas, que nos sumergirá en un universo tan irreal y tan apartado del mundo, que podemos llegar a pedir a gritos una nueva desprogramación que nos vuelva a dejar por lo menos como estábamos antes.

           


LA DESPROGRAMACIÓN

             Desengancharse de un proceso adictivo que nos crea problemas es de todos sabido que no es cosa fácil, y, en especial, cuando se trata de abandonar la adición religiosa.  Aunque ésta tenga ciertas similitudes con otro tipo de adicciones, implica un mayor número de dificultades para deshabituarse de ella, pues la adicción religiosa se produce en todos los niveles del ser humano: en el espiritual, en el intelectual, en el emocional y en el biológico.  Esto propicia que la mayoría de las personas practiquen la religión oficial y las creencias que se les enseñaron de niños durante toda su vida.  De ahí la importancia que tienen los conceptos religiosos que se les enseña a los niños o los rituales a los que se les hace asistir.  Naturalmente esto no se considera una adicción, pues es parte del costumbrismo social.  Solamente es al adepto de las sectas al que se le considera enganchado de forma perniciosa, pues se ha salido de ese costumbrismo y vive unos valores religiosos no tan asentados en la sociedad como los valores predicados por las religiones oficiales.

            Por ello, el término de desprogramación habitualmente se aplica para cambiar los valores del sectario por los aceptados socialmente; sin embargo, el adepto ya sufrió una desprogramación cuando cambió sus viejas creencias por las de la secta.  Ese primer proceso de cambio suele afrontarse con cierto júbilo y borrachera mística, así como con la esperanza de iniciar un cambio prometedor; factores que ayudan a superar la crisis de valores típica que se produce en todo cambio en el programa de selección de preferencias mental.  No obstante, cuando el sectario decide salir de la secta y volver al punto en el que estaba antes de llegar a ella, ya no lo suele hacer jubilosamente, sino como una víctima enfermada en la secta por la que fue seducido o en la que escogió meterse.  Circunstancia que dificulta el cambio y propicia que en ocasiones se pida ayuda a algún experto en desprogramación.  Mas la asistencia psicológica solamente es capaz de ayudar en el nivel mental a cambiar unos valores humanos por otros, y recordemos que la adicción religiosa alcanza varios niveles. 

            Habitualmente, en este tipo de desprogramaciones se ignora el nivel biológico.  La producción de endorfinas en nuestro cerebro cuando vivimos un éxtasis religioso produce una auténtica drogadicción muy semejante a la toma de drogas.  Sin embargo, esta drogadicción no se considera una toxicomanía, pues son sustancias no tóxicas generadas naturalmente por nuestro organismo.  Lo que no impide que, si las vivencias de lo sagrado se producen a menudo, enganchen biológicamente como cualquier otra droga; y desengancharse de ellas exija un proceso semejante a los utilizados para deshabituar a drogadictos.  Esto habitualmente no se reconoce, pues las endorfinas son drogas que produce de forma muy natural nuestro cerebro y, no sólo no enferman como las tóxicas, sino que, además, el organismo las asimila de forma beneficiosa; añadiendo a todo esto que la experiencia que producen se considera habitualmente regalo de dioses.  No obstante, la acumulación de las adversas circunstancias, que se pueden dar en el seno de las sectas, impulsa al adepto a abandonar totalmente al clan al que pertenece, y, por lo tanto, a dejar su adicción.  Cuando se ha tomado esta decisión, y se empieza un proceso de desprogramación, inevitablemente aparece el síndrome de abstinencia.  Este síndrome será más intenso cuanto más elevadas hayan sido las experiencias religiosas y cuanto menos lo sean en la nueva vida que se lleve después de salir de la secta.  Esto es muy importante tenerlo en cuenta, sobre todo porque habitualmente se ignora en los procesos de desprogramación, y puede dar al traste con un buen programa psicológico de readaptación a una vida normal.

            Mi historial religioso está lleno de entradas y salidas en estos procesos adictivos.  Nunca acudí a programas de desprogramación psicológica porque, además de que estos programas son de reciente creación, yo nunca viví esos cambios como procesos de desenganche sino como circunstancias de mi búsqueda interior.  Cierto es que cuando decidía salir de una secta, que me estaba proporcionando el acceso a elixires divinos, sufría el síndrome de abstinencia; padecimiento que me duraba poco, pues tarde o temprano acababa bebiendo de otras fuentes sectarias.  Al final he terminado abandonando las bebidas gloriosas de los dioses, no por haberme propuesto un programa de deshabituación, sino como un proceso normal de abandonar una drogadicción natural por problemas con circunstancias de su contexto.  No obstante me considero tan adicto a la experiencia religiosa como a la experiencia sexual, son dos tipos de adicciones muy similares, las dos suponen la generación de endorfinas en nuestro organismo.  Pero, sucede a menudo que para vivir una plenitud, tanto en una dimensión como en la otra, pueden surgir tal cantidad de inconvenientes que uno acabe por elegir la tranquilidad de no vivirlas plenamente en los contextos tradicionales.  En el sexual ya hemos descubierto nuevas formas de alcanzar satisfacción fuera de las relaciones tradicionales de pareja.  Y ahora nos falta encontrar nuevas formas de gozar lo sagrado fuera de los conflictivos espacios religiosos tradicionales.  Cuando las encontremos tendremos una buena alternativa para todo aquél que abandona las sectas.

            Mientras tanto, si deseamos conseguir una buena desprogramación, sin penosos síndromes de abstinencia, es conveniente administrar los mejores sustitutos que tengamos a mano.  Y como todavía no se han descubierto sustitutos químicos que sean tan bien asimilados por nuestro organismo como las endorfinas, sin contraindicaciones, no nos queda sino elegir otras vías espirituales menos “duras”.  Cambiando a otras sectas que nos proporcionen unas experiencias religiosas menos flipantes, y, a su vez, menos problemas, podremos conseguir un proceso de deshabituación menos doloroso al abandonar la drogadicción poco a poco, administrando como sustitutos drogas místicas más suaves.  Se trata de deshabituarse reduciendo lentamente los trances espirituales que producen endorfinas.

            Pero siempre teniendo en cuenta que las sectas o las religiones no se abandonan por desengancharse de las drogas divinas, la felicidad que éstas provocan es muy natural y saludable; son las inaguantables situaciones que se viven en el seno de esas santas asociaciones las que provocan la pérdida de fe en ellas y la urgencia por salir de allí.  Las relaciones de pareja no se abandonan por desengancharse de las delicias sensuales que se viven en su seno, sino por otras insoportables situaciones que vive la pareja.  Cuando se tiene cierta madurez, se valora más la estabilidad en las relaciones que los éxtasis de felicidad, y esto sirve tanto en el mundo de las relaciones de pareja como en el mundo de las sectas.

            Las vías espirituales de reciente creación denominadas de crecimiento personal o de la nueva era, bien pueden ser un eslabón en el proceso de desengancharse.  Basadas en modernas tendencias espirituales, muchas de ellas contienen importantes ingredientes extraídos de modernas psicoterapias.  Digo esto porque, en mi caso, harto de subidas y bajadas, mareado de tanto experimentar la montaña rusa que me estaba produciendo el intentar llegar al cielo, dando grandes saltos que luego iban seguidos de grandes caídas, al final conseguí encontrar el camino de salida de las sectas más duras metiéndome en estas nuevas vías.  Sin que por ello esté asegurando que todo método de realización incluido en los sacos del crecimiento personal o de la nueva era sea beneficioso.  Eso es algo que cada uno ha de sopesar.  Y aviso que bajo esos modernos títulos se están incluyendo métodos de desarrollo interior de dudosa efectividad.  De todas formas, suelen ser métodos con un índice de racionalidad superior a las vías espirituales basadas en las tradicionales revelaciones divinas, por lo que son asociaciones menos conflictivas.  Y a su vez tienen una capacidad menor de generar intensas atmósferas sagradas que las vías basadas en la fe, lo que nos viene como anillo al dedo en un proceso de deshabituación. 

Otra ventaja de estas modernas vías radica en que en sus programas de trabajo se incluyen intentos por erradicar de las personas tanto los malos vicios religiosos tradicionales como los de nuestra sociedad laica.  Ambiciosos proyectos que todavía, en mi opinión, se encuentran en una fase experimental, pues nos queda un arduo camino hasta que consigamos erradicar los grandes males del hombre y de nuestra sociedad.  Para alcanzar el éxito en semejante empeño, primero será necesario una visión de la totalidad del mal del ser humano, y eso es algo que todavía no hemos conseguido.  El mal en esencia siempre se nos ha escondido, y cuando aparece lo hace casi siempre disfrazado ya sea de demonio, personificado en los enemigos, en las enfermedades, etc., pero nunca lo hemos visto tal y como es. 

            En este libro vamos a intentar obtener esa visión con la mayor claridad posible, y a partir de ahí intentaremos sentar las bases de un programa de desprogramación del mal, tanto para quienes están en las sectas como para quienes estamos fuera de ellas.  Porque si enfocamos la desprogramación solamente sobre aquellos que salen de las sectas, y los devolvemos al mundo del que se fueron, sin haberlo mejorado, mucho me temo que eso es pan para hoy y hambre para mañana.

            Para seguir en nuestro propósito, continuaremos en nuestro paseo por el interior de las sectas, recorriendo aquellos territorios que nos conducirán a las profundidades del ser humano y de nuestra sociedad. 

Ya hemos tratado el estudio de la desprogramación en los niveles de adicción biológico y mental.  El estudio en los niveles espiritual y emocional sobre la adicción religiosa lo tratamos en los siguientes capítulos.

 


LA RUPTURA DE LAZOS EMOCIONALES

             Es en el nivel emocional donde se produce la mayor actividad en el seno de las sectas, y a al vez es también donde se producen un mayor número de manipulaciones y engaños.  La actividad en este nivel humano es de tal importancia que determina ―en un elevado porcentaje de individuos― el introducirse en la secta, la permanencia en ella o su abandono.  Mientras el balance emocional del adepto sea positivo, éste no suele tener inconvenientes para permanecer en la secta disfrutando de las buenas emociones que las relaciones con sus hermanos espirituales y con sus deidades le proporcionan; pero, en cuando empiece a tener sentimientos negativos frecuentemente, será entonces cuando probablemente decidirá abandonar el mundo sectario, y será entonces cuando correrá los mayores riesgos que pondrán el peligro su integridad personal.

            El proceso de salir de una secta tiene muchos puntos en común con el  proceso de divorcio de una pareja.  Es un cambio ciertamente peligroso que exige tomar todas las precauciones posibles para correr los mínimos riesgos a la persona que ha elegido separarse.  Los ataques entre aquellos que fueron amantes pueden ser brutales.  Y aquellos que se consideran personas espirituales, que no se permiten manifestar agresividad alguna (visible), pueden caer en una especie de agresividad inconsciente, mucho más dañina que si se dedicaran a dar puñetazos.  La amenaza de caer en los infiernos eternamente es un claro ejemplo habitualmente utilizado por las religiones tradicionales para todo aquel que desea divorciarse de ellas.  Pero, como en muchas de las nuevas vías sectarias, ya no existe tal castigo divino, utilizan argumentos semejantes destinados a asustar a todo aquel que se le ocurra abandonarlas. 

            Este tipo de amenazas no sólo es un método para evitar que los adeptos se vayan de las sectas, es también un ejercicio de autoafirmación.  Tengamos en cuenta que el ambiente sectario y su doctrina, para quienes creen en él, es una panacea, regalo de los dioses.  Si alguien que ha vivido esas glorias las abandona, no puede haber duda alguna de que ha sido engañado por algo, atrapado por el mal, seducido por el demonio, etc.  La persona que ha elegido ser libre puede tener serios problemas si se sigue relacionando con sus antiguos “hermanos”.  Es muy aconsejable abandonar totalmente a la vieja familia sectaria, algo que puede llegar a costar gran esfuerzo y mucho dolor.  Tengamos en cuenta que el adepto, en la mayoría de los casos, abandonó a sus antiguas amistades para sustituirlas por las sectarias, y ahora, al abandonarlas, se encuentra en la soledad más absoluta; de ahí que muy a menudo se pretenda continuar manteniendo la amistad con miembros de la secta abandonada, lo que no es nada recomendable, pues es muy difícil continuar manteniendo una amistad con quien te considera encarnación del peor mal de la tierra.

            Mientras el adepto continúe manteniéndose en la secta, aunque se sienta muy mal en ella, no habrá problemas de relaciones con el resto de los miembros.  Continuarán halagándole, ensalzando sus virtudes, minimizando sus defectos o sus dolencias, y dándole ánimos para seguir adelante en el caso de que flaquee su fe.  Pero, en cuanto haga saber su decisión irrevocable de abandonarlos, será calificado de cobarde incapaz de soportar el sufrimiento que todo camino espiritual exige.  Abandonar su camino perfecto es algo que difícilmente le perdonarán.  Le echarán en cara todo lo que hicieron por él y ya no le engrandecerán sus virtudes, ahora le harán ver sus defectos engrandeciéndoselos.  “Has sido atrapado por las fuerzas del mal” le dirán sus cofrades.  Los videntes, los entendidos del grupo, le dirán que ha sido presa del tipo de mal que ellos quieran inventarse.  Si en la secta se reciben mensajes del más allá, seguro que habrá más de uno, dedicado a quien quiere abandonarlos, avisándole de los terribles peligros que corre si lo hace.  Tendrán un elevado poder de sugestión sobre quien quiere irse del grupo, pues utilizarán todo tipo de argumentos espirituales en su contra basados en las enseñanzas que se le transmitieron mientras estuvo en la secta.  Hasta es posible que pretendan hacer un exorcismo con quien los abandona por libre elección; esto nos da una idea del horroroso concepto que pueden llegar a tener de él.

Como consecuencia de mi deambular por las sectas durante muchos años, la mayor parte de mis amistades se forjaron en su seno.  Y, después de abandonar las comunidades, en muchas ocasiones realicé grandes esfuerzos por mantener estas relaciones dentro de una normalidad, pero casi siempre resultó un gran fracaso, aun con aquellas personas que mantenían una cierta proximidad conmigo por circunstancias ajenas al mundo sectario.  En la actualidad todavía mantengo alguna pequeña relación de amistad con miembros de sectas, y siempre tiene que haber un gran distanciamiento entre ellas y yo, pues ellas continúan considerándome una persona enferma, afectada por algo semejante a un virus mortal muy contagioso.  Como se podrá comprender ese tipo de relaciones son insostenibles.

Aunque por cortesía los sectarios disimulen su creencia en el mal que, según ellos, padece todo aquel que les abandona, e intenten amar a quienes les dejan, el amor hacía sus creencias superará a su hipotético amor al prójimo; sobre todo si ese prójimo es quien ya no les va acompañar en su caminar espiritual.  Puede ser tan fuerte su aversión hacia esa persona que  ésta no puede evitar percibirlo y sentirse muy incómodo en su compañía.  Es difícil no darse cuenta cuando te miran con malos ojos conocidas amistades.  En el momento que se comunica la rotunda decisión de abandonar la secta, se pasa de ser un hermano angelical a ser un temido demonio.

Esto es muy doloroso vivirlo, y es necesario reconocerlo, aunque cuando uno se mete en una secta no suele pensar en los problemas que podrá tener el día que decida abandonarla, si es que algún día lo decide.  Algunas sectas, que yo no he tenido la desgracia de conocer, persiguen al adepto que quiere dejar de serlo hasta el punto de acosarlo constantemente para intentar convencerle de que corrija el error que según ellos está cometiendo.  No se trata de una sádica persecución, se guían por los “buenos sentimientos” de intentar salvar su alma.  Las hay que hasta secuestran al enfermo de ansias de liberación con la intención de mantenerlo en una cuarentena que le cure del mal de libertad que padece.

El momento de abandonar una secta es tan delicado y peligroso que yo aconsejo concluirlo cuanto antes para no alargar un proceso que puede convertirse en una agonía.  Aunque resulte muy doloroso y nos encontremos en la calle más solos que la una, un portazo puede ser muy aconsejable.  No se puede tener consideración con quienes no la van a tener con nosotros.

Y para sobrellevar la soledad y el síndrome de abstinencia emocional que podemos llegar a padecer, podemos hacer lo que habitualmente hace una persona recién divorciada:  acudir a un psiquiatra o buscarse otro tipo de relaciones que compensen lo perdido.  Como he aconsejado en el capítulo anterior, una buena idea es meterse en uno de esos grupos de trabajo interior menos radicales, más permisivos con la libertad del hombre.  Pero teniendo sumo cuidado en la elección, no vaya a ser que vayamos de mal a peor.

Los centros de psicoterapia y de enseñanzas dedicadas al crecimiento integral de la persona, son los más adecuados para superar el síndrome de abstinencia emocional, en ellos podemos relacionarnos de nuevo y continuar respirando cierta atmósfera sagrada.  Teniendo siempre presente que tras ellos puede esconderse una fanática secta.  Elegir un centro de crecimiento personal que funciona como una academia, con sus horarios, cursos, cursillos, niveles de enseñanza y precios, es una garantía de que se nos va a respetar la libertad de abandonar la enseñanza cuando queramos como quien abandona otro tipo de estudios académicos.  Es un buen paso para abandonar definitivamente los niveles más duros de las sectas.


CAMBIOS EN LOS VALORES ESPIRITUALES

             La Humanidad no ha cesado a lo largo de su Historia de realizar profundos cambios en la elección de los valores espirituales.  Revoluciones que siempre se han producido de forma muy lenta, pues las desprogramaciones y las nuevas programaciones en el nivel espiritual del hombre necesitan de un mayor tiempo que las realizadas en sus otras dimensiones.  No porque el alma humana sea más lenta en experimentar cambios, sino porque una revolución espiritual solamente alcanza su madurez cuando se ha extendido a toda una sociedad; y eso lleva su tiempo.  Mientras que en los otros niveles el ser humano puede vivir cambios completos en sí mismo, los cambios nivel espiritual son incompletos si no se extienden al resto de los individuos.  Uno de los impulsos más vitales del espíritu humano es el de hacer llegar la revolución concebida por un individuo, o por un grupo de individuos, al resto de la Humanidad; y si ese impulso es reprimido, si el cambio espiritual no es compartido, la desprogramación de valores espirituales no ha sido efectiva ni siquiera para el propio individuo que la concibió.  Será una revolución en semilla, sin germinar, un cambio inacabado, incompleto.  Las revoluciones espirituales no se llevan a cabo únicamente a un nivel individual, sino que atañen al inconsciente colectivo que nos une a todos.

            De ahí la necesidad que tiene el alma humana creadora de agruparse para sembrar las nuevas creaciones espirituales, tierra donde pueda germinar la semilla engendrada con la esperanza de que crezca y se extienda por toda la Tierra.  Las sectas son esos grupos de personas donde el experimento se lleva en secreto, invernaderos clandestinos donde la plantación se esconde del resto de la Humanidad para proteger su crecimiento.  Protección que resulta insuficiente en muchas ocasiones, e incluso contraproducente, pues de la misma oscuridad del misterio surgen todo tipo de intrigas que, como malas hierbas, terminan con las esperanzas de una buena cosecha.

            Esta especie de plantaciones espirituales ―sectarias o no― no han cesado de producirse a lo largo de la historia de la Humanidad.  Unas fructificaron con gran éxito y se extendieron por todo el mundo, otras lo hicieron en zonas concretas del planeta, y otras fracasaron.  Unas son de carácter filosófico, otras de carácter ético, otras político, otras sencillamente culturales o artísticas, y otras de carácter esotérico o religioso.  Todas ellas componen el conglomerado de valores espirituales de los seres humanos.

            Las preferencias de las sociedades por uno u otros valores no han cesado de cambiar a lo largo de nuestra Historia.  La adicción social a unos o a otros valores ha sufrido constantes procesos de deshabituación seguidos de nuevos procesos adictivos.  La búsqueda de respuestas, de la felicidad, de la perfección y de nuevas fronteras, nos incita a experimentar constantemente con nuevos valores espirituales.  El proceso evolutivo de estos cambios en la actualidad parece dirigirse hacia una humanización de los valores.  El esfuerzo por la implantación de los Derechos Humanos a un nivel planetario, que están realizando los países desarrollados, es una buena muestra de esta humanización, y supone una auténtica revolución espiritual universal.

            Recordemos que en la antigüedad se consideraban una actividad espiritual los sacrificios humanos en muchos lugares de la Tierra.  Desde entonces hemos dado un giro de ciento ochenta grados a nuestros valores espirituales.  Ahora defendemos la vida de todo ser humano y pretendemos combatir todo aquello que atente contra ella.  (Aunque no podamos evitar que todavía existan grupos religiosos que consideren la matanza de infieles como un valor espiritual).

            Las ciencias también han hecho cambiar los valores espirituales.  A medida que fueron descubriendo la realidad, fueron perdiendo credibilidad las creencias basadas en que todo funcionaba por arte de magia o por voluntad de los dioses de turno. Ya casi nadie ve a un dios en un rayo o en el sol.

            La infalibilidad de las religiones se está cuestionando como nunca se había hecho hasta ahora.  Sin embargo, probablemente debido a que la sed espiritual del hombre todavía no ha sido saciada, y gracias a la libertad de culto y el derecho de asociación, las sectas han proliferado en nuestra sociedad, y cualquier ciudadano de los países desarrollados tiene acceso a multitud de religiones o sistemas de culto por muy extraños que sean.  Esto ha propiciado realizar unos análisis comparativos que nos han demostrado la validez de la mayoría de las creencias para saciar la sed de la experiencia religiosa, y en los que también hemos podido comprobar que ninguna de ellas sobresale tanto por encima de las otras como sus predicadores anuncian.  A un nivel popular ya no se valoran a nuestras viejas religiones como entidades infalibles y todopoderosas.

            Todos estos cambios en los valores espirituales han necesitado de un gran esfuerzo social.  Cambiar un costumbrismo espiritual asentado en la tradición necesita superar una notable resistencia.  Especialmente, ha sido la religiosidad uno de los mayores impedimentos para el progreso de la evolución de los valores humanos, han sido necesarios períodos de muchos siglos, incluso milenios, para que arcaicos y obsoletos patrones religiosos fueran abandonados y dejaran de ejercer su influencia social.  Los dogmas de obligatoria creencia han sido los sellos que durante siglos han mantenido vigentes las diferentes religiones.  Pero la libertad religiosa, que las leyes sociales nos otorgan en los países desarrollados, ha suprimido la obligatoriedad de creer en los dogmas de fe de las religiones oficiales.  Las dudas que siempre estuvieron en la mente de los feligreses, en torno a las verdades reveladas de los diferentes credos religiosos, han cobrado fuerza.  La fe está en crisis, y, en consecuencia, muchas personas con inquietudes religiosas, están buscando unos cimientos más sólidos para su religiosidad, están buscando una demostración más palpable, incluso física, de la existencia de las verdades religiosas. 

La fe ya no es un valor predominante en nuestra sociedad, el valor en alza es la experiencia, la vivencia.  Lo que está produciendo un gran número de agrupaciones sectarias en torno a favorecer la drogadicción mística y los fenómenos paranormales de carácter religioso.  Apariciones, milagros, mensajes del más allá, efluvios emitidos por los hombres dioses, y todo tipo de exaltadas sensaciones sagradas, están siendo los nuevos objetivos de gran número de buscadores.  La fe ya no es gran valor supremo, ahora es la vivencia religiosa, espiritual, esotérica, lo que se valora más por los caminos del alma.  Ahora, para creer en dios, casi hay que tocarlo, sentirlo, vivirlo, gozarlo.  La fe se ha quedado sola, ahora se lleva ver para creer.  Cambio en los valores espirituales que supone un regreso a volver a vivir los valores antiguos, los prehistóricos, los que crearon las creencias.  Cambios que no suponen una evolución, suponen más bien una regresión a nuestro pasado espiritual.  Ahora el típico buscador espiritual moderno se está comportando como el hombre religioso antiguo: cree en dios a base de vivirlo.  Se está regresando a Babilonia.  (Retroceso cultural que no considero negativo.  Prefiero la libertad de culto babilónica, que los siglos de creencias impuestos por las grandes religiones a golpe de espada).

            El mayor peligro del regreso a los valores primitivos en los ámbitos espirituales reside en el aumento de la drogadicción mística, y en consecuencia en la irracionalidad con la que se puede llegar a comportar todo borracho de dios.  Es muy grande el peligro de que volvamos a caer en un nuevo periodo de inmovilidad, en siglos de adicción a estos viejos valores espirituales, cualquier drogadicción asentada en parte de la sociedad puede costar siglos erradicarla. 

Puede pensarse que exagero, que todas estas historias no afectan a nuestro modernismo; pero yo no estaría tan seguro de ello.  Nuestra modernidad tiene mucho de escaparate, como lo han tenido otras grandes civilizaciones de la antigüedad, complacidas en que todo iba bien en su seno, mientras en las sectas se cocían revoluciones que pusieron patas arriba a imperios muy poderosos.  No querer ver el poder que tienen las sectas, obviar todo lo que se cuece en su seno, es arriesgarse a llevarse un susto (de muerte muy a menudo, como nos muestra la Historia).  Son muy poderosas las fuerzas espirituales que podemos desarrollar los seres humanos sumidos en densas atmósferas sagradas.  Obviarlas nos aboca a llevarnos sorpresas que pueden llegar a ser muy desagradables, por ello es necesario buscar alternativas lo más válidas y beneficiosas posibles.

Para salir de este nuevo periodo espiritual, insatisfactorio para muchos de nosotros ―que ya lleva décadas gestándose― no va a ser suficiente con mostrar el fraude de las movidas religiosas, habrá que encontrarles una alternativa válida.  Muchos de los grandes filósofos griegos, en los inicios de nuestra civilización, ya nos avisaron que los dioses no eran ropa limpia.  Pero, como no dieron alternativas válidas para drogadicción mística, el pueblo continuó drogándose, emborrachándose con los dioses, y con los nuevos dioses más tarde, más flamantes, más infinitos, más seductores.  Porque no pensemos que las creencias han sido exclusivamente impuestas por la fuerza, también hubo cierta complacencia en los creyentes para que así fuera, y la sigue habiendo.  Las creencias pueden darnos regalos sensoriales a los seres humanos tan gozosos, que podemos creer en auténticas estupideces si al hacerlo nos sentimos más felices.

Nos encontramos en un momento fascinante, la evolución de nuestros valores espirituales vuelve a encontrarse en un nuevo instante de crítico.  En la actualidad tenemos otra nueva oportunidad para salir del oscurantismo religioso, otra nueva oportunidad para dejar de ser borrachos de los dioses, pues ahora los tenemos a todos ―o a casi todos― ofreciendo sus dulces vinos al pueblo.  Circunstancia que nos puede ayudar a sospechar el engaño, así como a impulsarnos a buscar nuevas alternativas a tanta deidad contradictoria y a sus gozosas glorias divinas.

En mis sueños de futuro confío en que los cambios de los valores espirituales, que estamos experimentando en los últimos tiempos, nos permitan evolucionar hacia una espiritualidad más auténtica, más asumida por los hombres y menos proyectada en las divinidades.

Cuando vivíamos en nuestra prehistoria sexual, el placer era un tabú.  Los dioses de la fertilidad reinaban sobre las sociedades prehistóricas, suyo era nuestro sexo.  Levantábamos menhires o tótems fálicos que representaban nuestra virilidad, altares para una sexualidad que creíamos venida de los cielos, y dedicábamos templos a la fertilidad femenina; adorábamos algo que creíamos no nos pertenecía.  Ahora, que hemos asumido nuestro poder creativo sexual, abandonamos aquellos rituales y tabúes; somos responsables de la procreación de nuestra raza, y disfrutamos del sexo como algo nuestro.  El sexo fue una energía psíquica reprimida por las creencias, proyectada en los dioses, y ahora está liberada.  Esperemos que la energía sagrada también deje de estar reprimida por las creencias que aseguran que no es un fluir nuestro, esperemos de la divinidad deje de estar encarnada en los dioses, y sea liberada en cada individuo. 

Cuando abandonemos nuestra prehistoria espiritual dejaremos de levantar altares a los dioses y dejaremos de considerar tabú las delicias de lo sagrado.  Habremos reconocido que dios es una dimensión humana y dejaremos de verla fuera de nosotros, abandonaremos los rituales de adoración, asumiremos la responsabilidad de nuestro poder creativo espiritual, y disfrutaremos del goce de lo sagrado como algo muy nuestro.


LAS TOXICOMANÍAS 

            No podemos abandonar el tema de las adicciones sin hablar de las toxicomanías.  El uso de drogas en esoterismo o en las religiones fue en la antigüedad algo habitual.  Los chamanes, los brujos y las brujas, utilizaban los alucinógenos como puertas de acceso a sus realidades virtuales particulares y para ponerse en contacto con las entidades que las pueblan.  La persecución a escala mundial de las drogas ilegales ha terminado con estas viejas costumbres.  Solamente se continúan utilizando en contadas ocasiones en el mundo de las sectas, y siempre en secreto.  Son en las sectas de carácter chamánico, de magia negra o de brujería donde más se pueden llegar a utilizar.

            Yo nunca me pude permitir el lujo de drogarme (ni con las drogas legales), siempre temí que mi débil constitución física se me resquebrajara bajo la influencia de las drogas; además de que no me agrada cualquier perturbación de la conciencia o de la percepción.  Por lo tanto, no puedo hablar de las drogas con la propiedad que avala la experiencia.  Únicamente me permito el lujo de drogarme con las endorfinas  ―de las que ya hemos hablado― generadas por las experiencias místicas, pero sin llegar a alucinar ni a sumirme en placenteras somnolencias.

            No obstante, sí que he sido testigo en varias ocasiones del consumo de drogas en el seno de las sectas por las que he andado, pero este consumo nunca fue inducido por la doctrina sectaria ni por el gurú de turno, sino por circunstancias ajenas.  Las sectas típicas occidentales procuran evitar que entre sus adeptos haya drogadictos; ya tienen bastante mala fama como para que encima la aumenten acogiendo a drogodependientes o induciendo al consumo de drogas.  Sin embargo, allá por los setenta, bastantes sectas acogieron una gran oleada de drogadictos provenientes del proceso de desintegración del movimiento hippy.  Muchos de estos jóvenes se introdujeron en el seno de las sectas como continuación del proceso de búsqueda del paraíso utópico, al que el movimiento hippy no les había conseguido llevar.  Y muchos de ellos continuaron en las sectas con sus drogodependencias adquiridas en sus años de hippy.  Yo fui testigo de cómo se desgañitaban los dirigentes de la secta de carácter hindú ―en la que me encontraba por aquellos años― predicando en vano para que no se consumieran drogas.  Se estaba intentando enseñar a meditar a unos jóvenes adictos a volar; y, para desdicha de sus instructores, no había forma de que se sumergieran en la quietud indispensable para iniciar cualquier tipo de meditación; las alteraciones que les producía su drogodependencia se lo impedía.  Los elixires sagrados que se vivían en el seno de las actividades místicas sectarias no saciaban por completo su sed de borrachera, y gustaban de mezclar la droga sagrada de la volada mística con las otras drogas tóxicas para volar más alto.  Naturalmente, cuando se caían, se hacían bastante daño. 

La mezcla de las experiencias espirituales con el consumo de drogas es un cóctel muy explosivo del que es muy difícil salir bien parado.  Solamente los chamanes y los aficionados a la brujería se atreven a manipular esta mezcla.  Como yo no he estado en contacto con este tipo de vías esotéricas, no puedo apenas dar detallada información sobre ellas.  Uno de los argumentos más importantes que estas vías exponen para justificar el consumo de drogas en sus rituales es que lo hacen como se hacía en la antigüedad, de forma naturalmente asimilable para los individuos.  Aseguran  que en la actualidad es perjudicial el consumo de drogas porque se ha perdido el contacto espiritual con el alma de la planta alucinógena.  Dicen que las drogadicciones actuales son exclusivamente químicas, mientras que ellos consumen las drogas acompañados siempre de espíritus que ayudan a asimilar el impacto alucinógeno y a evolucionar espiritualmente al aprendiz de chaman, de brujería o de magia negra.  Yo, si desconozco estos métodos ―además de por el miedo que les tengo― es porque nunca he sido partidario de ellos.  En cualquier tipo de vía espiritual el estudiante ha de realizar un gran esfuerzo para integrar las variaciones internas propias de todo caminar esotérico; añadirle nuevas variaciones, producidas por sustancias de perturbación de la conciencia, me parece desbordar la capacidad de asimilación humana.

En mi opinión, si el chamanismo o la magia negra necesita de drogas tóxicas, es porque no son capaces de generar la suficiente atmósfera sagrada que provoque, en los asistentes a los rituales, una espontánea drogadicción mística a partir de endorfinas.  Digamos que sus métodos son un poco rudos, manejan la espiritualidad a lo bestia.  Al trabajar más con la energía de la tierra que de los cielos no alcanzan la sutileza suficiente para provocar la drogadicción natural mística, no son lo suficientemente espirituales como para prescindir de las drogas, necesitan de los tóxicos alucinógenos para penetrar en sus realidades virtuales espirituales y ponerse en contacto con sus dioses particulares.  No es la atmósfera sagrada quien los lleva a la borrachera, son las borracheras, que les producen las drogas que se suministran respirándolas, ingiriéndolas o a través de la piel, las que les llevan a vivir lo sagrado.

Como hemos visto en los capítulos anteriores no es necesario tomar sustancias tóxicas para alucinar en los caminos espirituales típicos.  Las drogas que segrega nuestro cerebro, de forma natural cuando estamos sumergidos en la vivencia de lo sagrado, ya son más que suficiente para hacernos disfrutar de dulces borracheras sin peligro de matarnos lentamente.  El efecto sedante de la paz espiritual es de una calidad muy superior a cualquier tipo de tranquilizante farmacéutico o de droga hipnótica.  Y si somos adictos a la “mucha marcha”, no hay mejor estimulante que la fuerza espiritual para darnos toda la cuerda que deseemos.  Y las visiones de los iluminados espirituales, o las apariciones que puede producir la experiencia religiosa, no tienen nada que envidiar a los efectos alucinatorios que produce el consumo de alucinógenos. 

 Estas propiedades biológicas de la vivencia de lo divino, están siendo aprovechadas por algunas organizaciones de carácter espiritual para crear programas de rehabilitación de drogadictos.  Sólo se trata de sustituir una adicción que está matando por otra inofensiva e incluso beneficiosa para el organismo.  Algo que puede parecer muy sencillo, pero que exige un gran esfuerzo y suele provocar fuertes crisis internas en los afectados.  Hay que tener en cuenta que para drogarse, la persona adicta a sustancias tóxicas, ha tenido que realizar siempre un tipo de esfuerzo digamos material, para conseguir el dinero que le van a costar las drogas, por ejemplo; y ahora tiene que hacer un tipo de esfuerzo, habitualmente desconocido para él, de tipo espiritual.  Es tal el cambio de valores que ha de realizar el drogadicto en su programa de selección de preferencias que no puede evitar sufrir una fuerte crisis de adaptación al nuevo sistema de vida.  Las organizaciones enfocadas en semejante empeño realizan esfuerzos dignos de ser aplaudidos.  Tenemos un ejemplo digno de mencionar en la asociación “Alcohólicos Anónimos”, sociedad empeñada en rehabilitar a los enfermos de una de las peores adicciones a un tipo de droga legalizada en los países desarrollados.  El uso que hacen de las propiedades divinas para curar a estos enfermos es ejemplar.  Sin afiliarse a ningún credo ni religión, invocan el poder divino para que les ayude en su curación, con tal grado de éxito que están mereciendo el aplauso de la sociedad.  Es uno de los pocos grupos sectarios que ha conseguido utilizar la fuerza espiritual para algo realmente práctico, sin necesidad de perderse por las ramas de complejas doctrinas.

Existen otros grupos de rehabilitación de drogadictos de carácter espiritual integrados en religiones o vías espirituales.  La sociedad ha de estar agradecida al esfuerzo que todos ellos están realizando para intentar rehabilitar a los afectados de una de las peores lacras de nuestra sociedad.  Aunque no vamos a negar que tras la rehabilitación de drogadictos, como tras cualquier otro servicio social de estas organizaciones, se esconda un notable proselitismo.


LA SANACIÓN

             De todos es conocido que en el seno de las sectas no sólo se rehabilitan drogadictos.  Las artes curativas desarrolladas en ellas abarcan prácticamente la curación de todas las enfermedades existentes.  Mucho antes del nacimiento de la medicina, los chamanes y los brujos ya daban a sus enfermos pócimas medicinales envueltas en rituales esotéricos.  Innumerables métodos terapéuticos, muchos de ellos de carácter milagroso, son utilizados por las sectas en sus curaciones.  Unos trabajan con la bioenergía corporal, otros en la mente del paciente, y otros en el nivel espiritual.  Todos ellos usan los diferentes elixires, que han conseguido extraer de las dimensiones sagradas, y los aplican a sus técnicas terapéuticas particulares; son sus poderes curativos sobrenaturales. 

Veamos algunos de ellos:  Los hay quienes afirman que toda enfermedad es una falta de energía en el cuerpo o una falta de armonía de las corrientes energéticas, y entre ellos nos encontramos a aquellos que utilizan las manos para canalizar la bioenergía, rellenar los vacíos energéticos o armonizar las corrientes por el cuerpo.  La imposición de manos es un gesto ritual ancestral de muy variada utilización.  A través de ellas fluye nuestra energía vital, de tal forma que cuando alguna parte de nuestro cuerpo nos duele, instintivamente ponemos la mano allí para aliviarnos.  Sin necesidad de ser curanderos todos sabemos que nuestras manos si no curan al menos alivian las dolencias.  Pero el sanador explota al máximo esta propiedad de las manos, y a través de ellas dice canalizar todo tipo de energías milagrosas que curarán al más enfermo.  También los hay que, poniéndose a la altura de las nuevas tecnologías, aseguran que no necesitan ponerle la mano encima a nadie para curarle y que son capaces de hacer el milagro por control remoto, enviando su curativa energía por el éter hasta quien la necesite.

            Otras técnicas de armonización energética utilizan las piedras y las gemas, otras las esencias florales, otras las meditaciones, el Yoga, etc.

            Y entre quienes trabajan con la mente del paciente se encuentran, por supuesto, aquellos que creen que toda enfermedad es producto de un desequilibrio mental; por consiguiente, su terapia habrá de ser aplicada a la mente del paciente, de tal forma que para dar la salud a una persona enferma,  solamente hay que convencerla de cambie la actitud mental que está originado su enfermedad.  Desde hace décadas ha sido la hipnosis muy utilizada para estos propósitos; pero hoy está haciendo furor la imposición del pensamiento positivo, en el consciente, claro está, porque hasta el inconsciente no se si seremos capaces de llegar y cambiar esos oscuros y negativos pensamientos ancestrales que llevan miles de años haciéndonos la puñeta.  

            Luego tenemos a los sanadores espirituales.  Estos, como es de esperar, afirman que el origen de nuestras enfermedades está en nuestra alma, y no dudan en tratarla.  Y como ellos no suelen ser capaces de llegar hasta allí, ―donde se encuentra nuestro espíritu― invocan al Espíritu Santo o al mismísimo Jesucristo, para que les haga el trabajo.  La Virgen María también es una buena curandera, recordemos los milagros de Lourdes y Fátima; y en todas y cada una de las abundantes apariciones, que lleva a efecto cada año, siempre hace alguna sanación milagrosa como regalo a alguno de sus devotos.  Tampoco hemos de olvidar las abundantes reliquias de santos a la que se les atribuyen propiedades milagrosas.

            El espiritismo también nos trajo otra curiosa forma de sanación espiritual: son las canalizaciones.  Hay sanadores que aseguran no tomar parte en las curaciones que llevan a cabo: dicen que quien realmente trata a sus pacientes es algún eminente doctor fallecido que se encarna en ellos cuando están en trance.  Otros afirman que en ellos se encarnan fuerzas especiales del más allá o alguna que otra divinidad para curar a las gentes.

            Luego tenemos a los afiliados al chamanismo, especialistas en relacionarse con los viejos espíritus de la Naturaleza, fuerzas ancestrales que  también se dignan en curarnos.  En muchas sectas se está volviendo a relacionarse con estos espíritus de la Naturaleza.  Y los chamanes nos aseguran que el olvidarnos de aquellas deidades de andar por casa nos está saliendo muy caro: la degradación de nuestro planeta y nuestras modernas enfermedades ―dicen― es consecuencia de una falta de respeto por la Naturaleza.  Y nos aconsejan recordar ese costumbrismo ancestral de no mover una piedra sin consultar al espíritu de la montaña, y de no manipular los ríos sin pedirle consejo al espíritu de las aguas.  (No cabe duda de que nuestros ingenieros de obras públicas están siendo muy desconsiderados con ellos).  ¿Cómo estará el espíritu del viento con tanta contaminación en el aire?  ¿Y el de las plantas con tanta devastación de los recintos selváticos?  ¿Y el de los animales salvajes?  No es de extrañar que cuando, los pocos chamanes que nos quedan, nos traducen el sentir de los espíritus de la Naturaleza, nos comuniquen que están muy disgustados.  Yo me lo pensaría antes de ponerme en sus manos, con lo enfadados que deben de estar con el hombre moderno, causante de todas sus desdichas, en vez de curarnos, igual tienen decidido acabar con nosotros para así salvar lo poco natural que queda en nuestro planeta.

Pero como todos somos libres de elegir sanadores, y sobre gustos no hay nada escrito, elijamos lo que elijamos, yo recomendaría hacerse un chequeo por profesionales de la medicina oficial de vez en cuando para observar si nuestra dolencia progresa hacia la curación o está empeorando.  Normalmente, cuando uno se pone en manos de estas personas profesionales de la sanación, se nos aconseja que no nos apliquemos ningún otro remedio aparte de aquellos incluidos en su terapia, pues podríamos perturbar su proceso sanador.  Esto hasta cierto punto es lógico, diferentes terapias pueden ser incompatibles.  Pero lo que sí podemos hacer, sin perturbar en absoluto la sanación, es hacernos una revisión médica de la dolencia que estamos intentando curarnos.  Sin embargo, aunque parezca extraño, esto no se suele hacer.  Primero porque la persona que ha solicitado una sanación es porque ha perdido la confianza en la medicina oficial, y no se fía ni de que le miren el pulso; y, segundo, porque hacerse un chequeo significa que se duda de los resultados de la sanación, y eso puede suponer una merma en la fe necesaria para la curación milagrosa, y un insulto a las fuerzas divinas que le están intentando curar a uno.  Hay muchas personas profesionales de la sanación que se ofenden si a sus pacientes se les ocurre hacerse un análisis de sangre o mirarse la tensión para ver como progresa la enfermedad de la que están intentado curarse.  Si es éste nuestro caso, podemos hacernos la revisión médica a escondidas, como ya aconsejé en el capítulo del ayuno.  Ya sea de una forma o de otra, la revisión no sólo me atrevo a aconsejarla sino que la considero obligada, sobre todo si nos estamos intentando curar de dolencias graves.  Si la curación marcha bien, los resultados del chequeo nos lo confirmará, y, si estamos empeorando, también nos lo confirmará.  Se puede pensar que no es tan necesaria la revisión médica como afirmo, pues, las personas notamos cuando nuestro organismo mejora o empeora.  Esto es cierto, pero también es cierto que los profundos niveles de sugestión, que se nos pueden inducir en las sanaciones, nos pueden hacer pensar, e incluso sentir, que estamos mejorando, cuando en realidad estamos empeorando.  Como ya comentamos cuando hablamos sobre los indicadores del rumbo, un argumento típico, de este tipo de sanaciones, es que previamente a toda curación se produce un empeoramiento.  Esto sucede muy a menudo en estas curaciones, es como una crisis que se produce al iniciar la terapia, que incluso se interpreta como un síntoma de que el tratamiento está empezando a ser efectivo.  Yo vuelvo a insistir en que abandonemos la sanación si el empeoramiento se alarga demasiado.  Es muy corriente observar en el seno de sectas con cariz sanador ―que son la mayoría― a muchos de sus miembros asegurar que su proceso curativo espiritual va de maravilla, pues se encuentran cada día peor.  Se dan todo tipo de explicaciones esotéricas al incremento de sus males.  Incluso si el fanático paciente es creyente en la reencarnación y en el Karma, puede permanecer sufriendo toda su vida enfermedades y crisis curativas sin mover un dedo fuera de las terapias esotéricas que él conoce, considerando sus dolencias como naturales consecuencias del Karma, padecimientos que soportará estoicamente durante toda su vida, y aún pensará que necesitará de más vidas padeciendo para terminar de pagar su deuda Karmica.  Esto no es serio, pero sucede muy a menudo.  Y cuando alguna de las personas, sumergidas en semejantes padecimientos sanadores, pierde la fe, despierta de la pesadilla y decide abandonar tan penosa terapia, se le suele aconsejar que no lo haga, pues abandonar la sanación en un momento tan crítico es muy perjudicial para la salud (y sobre todo para el bolsillo del sanador o para el prestigio de la secta sanadora).

No vamos a negar que algo de razón tienen los sanadores con todos estos argumentos, pero nunca hemos de olvidar que la salud es nuestra responsabilidad.  Por ello, no debemos de dejar a un lado nunca las revisiones médicas cuando estemos llevando dichos tratamientos.  Si nos estamos curando, nos darán una alegría cuando nos den los resultados de los análisis, y, si no es así, tiempo tendremos para tomar otras decisiones.  Ya son demasiados los casos de personas que, por confiar ciegamente en cierto tipo de sanación y no hacerse revisiones médicas, acabaron en el hospital en peor estado que estaban cuando abandonaron la medicina oficial.

Sé que para las personas que confían su curación a las divinidades, dudar de ellas es casi un sacrilegio.  Creen en sus sumos sacerdotes cuando les dicen que pueden curarlos, creen en ellos incluso cuando les aseguran que sus enfermedades son producto de espíritus malignos, y que para curarse necesitan un exorcismo.

 


EL EXORCISMO 

            Cuando la sanación se realiza en al dimensión espiritual es porque se considera la enfermedad del cuerpo como un reflejo de la enfermedad del alma, en muchos casos producida por algún maligno espíritu que se intentará expulsar de la víctima enfermiza.  Sanaciones que se están haciendo muy populares por realizarse a menudo en agrupaciones, con gran alboroto emocional, durante los rituales religiosos que las acogen.  El principal cuidado que hemos de tener, si hemos escogido este tipo de sanación, es en las etapas previas a la curación, cuando se nos está diagnosticando el mal que tenemos;  porque como se nos diagnostique que nuestra enfermedad es producida por un terrible demonio, es posible que al sacarlo de nuestro cuerpo nos saquen también a nosotros.  Se están dando casos de exorcismos realizados por “sanadores” con resultado de la muerte del paciente.  Auténticas carnicerías, baños de sangre realizados por chapuzas exorcistas, que destrozan el cuerpo del paciente al hurgar brutalmente en él en busca de un demonio que probablemente ni existe.

            Toda secta achaca sus males a las fuerzas maléficas del inframundo.  Idea muy peligrosa cuando se cree que esas fuerzas están encarnadas en algún individuo o grupo de individuos, pues se emprenderá una guerra santa contra ellos.  También es típico que las sectas se mantengan en una lucha constante contra los estamentos sociales que ostentan el poder calificándolos de demoniacos, incluso países con cierta tradición religiosa pueden emprender una guerra contra otros países de diferentes creencias por considerarlos nidos de fuerzas satánicas.  Estas aptitudes agresivas son muy peligrosas, han sido siempre la causa de terribles guerras. 

            Y, como todavía la ideología exorcista continúa vigente en los ambientes espirituales de los países desarrollados, su peligrosidad permanece, porque, aunque nuestras leyes y sistema policial ya no permitan guerras santas entre grupos, sí que se permite la sanación de cariz exorcista practicada por aquellos sanadores que creen que esas fuerzas o esos demonios se han encarnado en una persona.  Lo que permite iniciar terribles procesos de exorcismo que en ocasiones han terminado matando a la persona afectada.

            Cierto es que los casos extremos con resultado de muerte se dan en contadas ocasiones, pero no está de más no bajar la guardia si estamos llevando a efecto algún tipo de terapia espiritual con connotaciones exorcistas.  Si nos hemos metido en un proceso de curación semejante y vemos que están desarrollándose los acontecimientos como acabo de exponer, antes de llegar al fatídico final, hay que abandonar la trágica terapia.  Y si la persona o personas que nos están tratando insisten en sacarnos el mal del cuerpo en contra de nuestra voluntad, no se debe dudar ni un momento en acudir a la policía.  Más vale vivir con un demonio a cuestas que no vivir; porque lo más probable es que el demonio no exista sino en la mente de aquellos que lo necesitan para seguir manteniendo su profesión de sanadores exorcistas.

Cuando un personaje o personajes se escenifican en la realidad virtual espiritual de una religión u otra vía espiritual es porque, habitualmente, les da cuerpo algún tipo de fuerza psíquica o situación especial muy humana.  Podríamos decir que el dios benevolente que reina en nuestra civilización encarna ciertas fuerzas positivas del hombre, y el demonio fuerzas negativas.  El exorcismo se produce cuando estas dos fuerzas opuestas del hombre se encuentran, y las fuerzas del bien intentan imponerse a las fuerzas del mal.  Entonces se produce una resistencia al cambio.  Los seres humanos tenemos aspectos del bien y del mal en nuestro interior en un equilibrio inestable, en pugna constante.  Cuando una persona se sumerge en una experiencia de lo sagrado, si lo hace bruscamente, sin seguir un proceso lo suficientemente lento como para asimilarlo con naturalidad, vivirá una crisis de rechazo hacia el nuevo estado interior, que incluso podrá ser convulsiva.  Entonces tendremos lo que llamamos un exorcismo.

            En este estudio estamos denunciando el error que supone creer que son reales los personajes o fuerzas espirituales, pero no los estamos considerando creaciones banales de la mente humana, como ocurre muy a menudo, incluso por algunos profesionales de la psicología, que llegan a afirmar que tanto dios como el diablo son creaciones de la imaginación del hombre para quitarse culpas y eludir responsabilidades, sin más consecuencias. 

Nosotros nos inclinamos por pensar que los personajes de las realidades virtuales espirituales son producidos por impulsos psicológicos muy profundos y muy reales, no por banales caprichos de fantasía.  El que no hayamos llegado todavía a conocerlos en profundidad, no nos da derecho a negar la realidad que esconden.  Sabemos que el dios del rayo fue una creación de la mente religiosa del hombre prehistórico; pero, aunque el rayo no sea un dios, continúa achicharrando a todo el que le cae encima. 

Nuestro desarrollo científico nos ha permitido reconocer que las propiedades místicas, que nuestros antiguos atribuían al dios del rayo, no son sino producto de su ignorante imaginación calenturienta; sin embargo, las propiedades físicas continúan vigentes, y continuarán siéndolo mientras sigan cayendo rayos sobre la tierra.  Con esto quiero decir que tras cada creación de entidad o circunstancia de los mundos virtuales espirituales, se esconde una realidad que no podemos ignorar aunque no la hayamos reconocido científicamente.  A mi entender, está más cerca de la verdad aquel que cree en dios o en el diablo que quienes piensan que tras ellos no hay nada.  A estas entidades virtuales las han creado unas pulsaciones psicológicas o espirituales de indudable fuerza e importancia.  Que no las conozcamos científicamente, no quiere decir que no existan.  Estamos de acuerdo en que las realidades virtuales espirituales y sus personajes son creaciones de la mente humana, ¿pero qué hay detrás de esas creaciones?,  ¿qué impulsos psicológicos les dan vida?

            No hay otra forma de responderse a estas preguntas que reconociendo las vivencias espirituales puras.  Algo que podemos conseguir observando cómo se produce en nosotros el proceso de atribuírselas a diferentes personajes o a diversas características de los mundos espirituales.

            Este análisis comparativo, antiguamente, no era apenas posible llevarlo a efecto, pues las personas espirituales, no tenían otra opción de desarrollar su espiritualidad que en la religión dominante del país donde hubieran nacido.  Pero, en la actualidad, una persona puede obtener vivencias religiosas semejantes en el seno de diferentes credos, lo que le permite separar por un lado la misma vivencia de lo sagrado y por otro lado las distintas creencias religiosas que la envuelven.  Algo que nos permite comprobar que una misma vivencia puede estar representada virtualmente de muchas formas en las diferentes realidades virtuales espirituales que puedan existir.  Lo que nos hace sospechar que la vivencia es algo real, mientras que la creencia en el personaje, o circunstancia virtual donde podemos asentarla, son creaciones de la mente, pues varían de una realidad virtual a otra, según la religión o vía espiritual que estemos siguiendo.

            Y como hemos sido capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza del rayo y a descartar todas las falsas elucubraciones mentales que el hombre antiguo hacía sobre él, quizás algún día seamos capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza tanto de dios como del diablo, después de descartar todas las abundantes y falsas elucubraciones mentales que el hombre ha hecho siempre sobre ellos.

            A las personas que nos ha tocado experimentar a dios y al diablo, en diferentes métodos de realización espiritual o religiones, nos cuesta menos separar la experiencia de la creencia que a las personas que se mantienen en una creencia de por vida.  He llegado a conocer tantas personificaciones de manifestaciones divinas y demoníacas que, ya instintivamente, no les doy gran importancia a estos personajes virtuales, mi interés se centra en la esencia que ellos representan y transmiten, y en nuestra capacidad de gozar lo divino o en nuestra fatalidad de sufrir lo demoníaco.

            El exorcismo es el resultado del choque de estas dos tendencias humanas opuestas entre sí.  A medida que seamos capaces de observarlas en esencia, y de controlar su manifestación en nosotros, irá desapareciendo la teatralidad dramática que habitualmente envuelve a este tipo de sanaciones.  Existen vías de realización espiritual y maestros o gurús que son capaces de enseñarte a sumergirte en lo sagrado sin necesidad de desmayos, ni de ataques epilépticos.  Su capacidad de iniciarte en el conocimiento de lo divino es de suficiente calidad como para que en el seno de su enseñanza no se produzcan extraños aspavientos sensacionalistas de grandes exorcismos.

            Un exorcismo es también consecuencia de un elevado grado de relajación conseguido de forma excesivamente rápida que la paz divina puede producir en el individuo que la experimenta.  Como comenté en el capítulo de la relajación, relajarse es liberar las tensiones inconscientes y los impulsos psicológicos que las produjeron.  Toda vivencia intensa de lo sagrado implica una profunda paz, una profunda relajación, de esta forma nos liberamos de todo aquello que no aceptamos de nosotros, abrimos la caja de Pandora, y los impulsos psicológicos reprimidos que generan las tensiones inconscientes pueden tomar forma en las realidades virtuales espirituales en forma de demonios, que al expulsarlos tan rápidamente de nuestro cuerpo armarán la marimorena.

            Si la paz divina experimentada es de suficiente calidad, penetrará en nosotros progresivamente y podremos asimilarla, a la vez que nos ayudará a integrar todo lo reprimido que desprende de nosotros, sin producirnos las escandalosas crisis típicas del exorcismo muy difíciles de digerir.

            Muchas personas han escogido el exorcismo como sanación por el sensacionalismo que encierra.  Las indudables fuerzas esotéricas, que se manifiestan durante un exorcismo, alimentan la fe en aquellos creyentes que se dejan deslumbrar por las convulsiones físicas que puede producir el impacto de lo sagrado arrojado violentamente sobre los individuos.

Para concluir este capítulo, solamente recordar que un auténtico crecimiento, ya sea físico o espiritual, siempre se produce de forma imperceptible.  Todo lo demás es un espectáculo circense atractivo para  aquellas personas que creen en las ilusiones de los magos de las realidades virtuales espirituales.

 


LAS MEDICINAS ALTERNATIVAS 

            Los sistemas de curación, que se encuadran en las llamadas medicinas alternativas, se encuentran entre la sanación y la medicina oficial; unas se aproximan a las técnicas curativas comentadas en los anteriores capítulos, y otras se acercan a la medicina oficial debido a la rigurosidad y seriedad de sus procedimientos curativos.  Entre estas últimas se encuentran la acupuntura, la homeopatía y la osteopatía; incluidas en el cajón de sastre del naturismo por tratarse de métodos curativos llamados naturales, en los cuales también se incluyen otras diferentes terapias que utilizan elementos de la naturaleza, como son las famosas plantas medicinales, el agua, el barro, dietas vegetarianas, macrobióticas, el ayuno, etc. 

Los médicos naturistas han tenido una gran aceptación en los últimos años.  Pero sucede que en muchos de los países desarrollados no están regulados oficialmente, lo que propicia que cualquiera pueda colgarse un título de una especialidad sin apenas haberla estudiado, a pesar de que muchas de estas disciplinas terapéuticas necesiten ser estudiadas durante años, como si de unos estudios universitarios de medicina se tratara.  Por lo tanto, nos podemos encontrar con doctores titulados en la misma especialidad pero con grados de estudio muy diferentes: mientras unos han conseguido su título a base de hincar los codos durante años, a otros se lo han podido dar en un par de cursillos.  Para solventar este problema de diferencias, estas nuevas vías de medicina alternativa tienen sus propias titulaciones, donde queda bien claro el nivel de estudios del especialista.  Pero, como estos niveles no son de dominio público, la persona que busca curación suele dejarse guiar por el título genérico de la disciplina sanadora sin prestar atención a estos detalles, por lo que es frecuente terminar en manos de un inexperto. 

No olvidemos ser muy precavidos a la hora de elegir a un terapeuta de este tipo.  No podemos dirigirnos a él con la misma confianza que cuando vamos a un médico oficial.  Hay que esmerarse en leer la letra pequeña de todos los títulos que puede llegar a ostentar el sanador en la pared del despacho de donde pasa la consulta: conviene recordar que un solo título, que avale unos estudios de varios años, es mucho más valioso que un montón de títulos conseguidos en cursillos de fines de semana.  Y si el terapeuta está doctorado en medicina, es médico oficial, mucho mejor; pues aunque esto no nos garantice que sea un buen profesional de la medicina alternativa que practique, al menos tendrá unos estudios universitarios que le habrán enseñado una ciencia valiosísima a la hora de jugar con nuestra salud.

A diferencia de cuándo el naturismo irrumpió en nuestra sociedad, en guerra con la medicina oficial, en la actualidad ya se están calmando un poco las aguas, e incluso se puede hablar en muchos casos de sabias alianzas para beneficio nuestro.  La medicina tradicional tomó buena nota de las furibundas críticas que el naturismo hizo sobre ella hace unas pocas décadas, y una vez corregidos muchos de sus errores, incluso ha sido capaz de aliarse con su fiero enemigo, tomando de él lo más esencial de su filosofía naturista.  Y, a su vez, el naturismo ha hecho otro tanto: envainada su espada pendenciera, está aprovechando los indudables conocimientos de la medicina científica para enriquecer su ideología naturista. 

Hace treinta años, mi condición de persona enfermiza, me obligaba a recibir frecuentemente tratamientos de la medicina oficial.  La frecuente ingestión de fármacos, de dietas erróneas y de intervenciones quirúrgicas, a la vez que me estaban curando de mis enfermedades, me generaban otras que mi debilitado organismo apenas podía soportar.  La abundante  administración de fármacos, en especial de antibióticos, estuvo a punto de acabar con mi vida.

Guiado por el instinto de supervivencia, acudí a las medicinas alternativas (incluido el yoga), que progresivamente terminaron por devolverme la salud.  Entre sus consejos “naturales” me decían que huyera de la medicina oficial como si de la peste se tratara.  Algo que no dudé en llevar a efecto, a pesar de que me creaba algunos problemas, porque cuando caía enfermo y necesitaba la baja laboral, tenía que acudir al médico de la Seguridad Social.  Al final, durante los años que duró mi rehabilitación naturista, estuve acudiendo a la consulta médica oficial exclusivamente para recibir la baja laboral cuando la necesitaba; el tratamiento que me ponía el doctor no lo seguía, y las medicinas que me recetaba las tiraba a la basura.  A la vez que seguía el tratamiento de médico naturista que me estuviera tratando en ese momento.

En la actualidad las cosas han cambiado notablemente, la medicina oficial ha corregido muchos de sus errores, de tal forma que hoy no dudo en acudir a mi médico de cabecera de la Sanidad Pública y seguir su consejo cuando tengo alguna dolencia, pues observo con alegría cómo me receta alguno de aquellos viejos consejos de nuestras abuelas, muy naturales, cuando no es necesario intoxicarse con medicación alguna.

Es de agradecer la influencia de naturismo que la medicina oficial ha permitido colarse en su vieja rigidez científica.  A la vez que también es de agradecer la merma del fanatismo en las filas naturistas. 

En los primeros años de guerra entre la medicina oficial del naturismo, innumerables pacientes fallecieron en manos de naturistas que podrían haber sido curados por la medicina oficial.  Hoy es de agradecer a muchos médicos naturistas, que reconociendo sus limitaciones, no dudan en mandar a sus pacientes a quienes fueron sus viejos enemigos cuando observan que, por ejemplo, con una intervención quirúrgica se puede extirpar un cáncer que ellos difícilmente podrían curar.

Sin embargo, hemos de tener en cuenta que hoy todavía algunos naturistas continúan en pie de guerra contra la medicina oficial, por ello insisto en que nunca está de más hacerse de vez en cuando una revisión médica, por los especialistas de la sanidad pública, mientras nos estemos tratando con alguno de esos naturistas.  No vaya a ser que acabemos siendo víctimas de una guerra que no va con nosotros.

Y a los partidarios de la medicina oficial no les vendría nada mal hacerse una revisión naturista de vez en cuando.  La ciencia médica no es perfecta, y el naturismo nos puede dar una visión diferente de nuestros males que puede ayudarnos a remediarlos.  Las revisiones naturistas son muy sencillas de hacer, no son complejas ni dolorosas como muchas de la medicina oficial, con estudiar el iris del paciente suele ser suficiente para dar un diagnostico del estado general.

No está nada mal contrastar pareceres de diversos profesionales respecto a nuestra salud.  Cuanto más practiquemos una medicina preventiva mejor, ya sabemos que más vale prevenir que curar.  Aunque esto nos exige el esfuerzo añadido de elegir una terapia u otra, algo que no sucedería si fuésemos a un solo médico o usáramos una sola medicina.  No está nada mal tomar una responsabilidad más directa en el mantenimiento de nuestra salud.  Es muy lamentable observar como ciertas personas responsabilizan de su salud a los médicos o a un tipo de medicina mientras ellos continúan sin abandonar los hábitos que les están produciendo las enfermedades.  Tomar responsabilidad directa en nuestra curación, sobre todo si además hemos acudido a las medicinas alternativas y nos está costando dinero, nos obliga a tomar una parte más activa en el mantenimiento de nuestra salud, algo que es muy saludable.

Incluso los gobiernos de los diferentes países están empezando a ver con buena cara a las medicinas alternativas, pues están ayudando a desahogar sus cargados presupuestos de Sanidad Pública.

Ahora bien, conviene reseñar que ningún tipo de medicina es una panacea, a pesar de que muchas de las medicinas alternativas se anuncien como tal.  No voy a negar que cuando me inicié en mis tratamientos por el naturismo creí haber descubierto un filón que me daría la salud para siempre, pero el paso de los años me está demostrando que nuestros males se pueden llegan a inmunizar ante los métodos terapéuticos que en el pasado nos curaron.  Esto es algo semejante a lo que sucede cuando los virus o las bacterias se inmunizan ante los antibióticos que en otro tiempo consiguieron combatirlas. Por ello es conveniente tener siempre a mano otra medicina alternativa, otro método curativo, para no cesar en la lucha contra las enfermedades.

La razón por la cual algunas enfermedades se resisten a ser curadas quizás la encontremos en las profundidades de nuestra mente.  La relación entre nuestros pensamientos y nuestro cuerpo cada vez está siendo más reconocida.  Modernas investigaciones de la psicofísica están demostrando que muchas de las enfermedades son producidas por actitudes mentales.  Me temo que si seguimos tratando la enfermedad solamente a un nivel físico no haremos otra cosa que desplazarla de un lugar a otro del cuerpo, o tendremos salud hoy pero nos faltará mañana.  En el libro “La enfermedad como camino” tenemos un interesante estudio al respecto, con consejos para actuar ante las enfermedades. 

Yo apuesto por estas modernas líneas de investigación que están descubriendo cómo en lo más profundo de nuestra mente inconsciente existen ciertos tipos de pensamientos que nos están robando la salud.  La moderna psicología científica está demostrando que nuestra mente actúa de forma semejante a un ordenador.  Digamos que las enfermedades estarían producidas por códigos o profundos programas dañinos para el sistema central que regula la salud del cuerpo.  Ojalá pronto seamos capaces de solucionar los problemas de nuestra mente para poder beneficiar la salud de nuestro cuerpo.  Seguro que los gobiernos estarían encantados de que así fuera.  Pues las recetas de la Sanidad Social les saldrían muy baratas, ya que solamente se le recetaría al paciente pensar de forma diferente.

 


LA REENCARNACIÓN 

            Como acabamos de ver en los anteriores capítulos, cada creencia espiritual trata a las enfermedades a su manera: después de deducir en su sueño particular su origen, las presentan como si fueran cualquier otro elemento de sus realidades virtuales espirituales.  Recordemos el concepto sobre el origen de las enfermedades que se tiene en las religiones derivadas de las enseñanzas bíblicas, donde se afirma que la enfermedad es consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres.

            Los creyentes en la reencarnación tampoco se quedan mancos a la hora de inventarse el porqué de las enfermedades.  Nos dicen que son consecuencia de nuestro mal Karma, originado por la suma de nuestras malas acciones a lo largo de nuestras innumerables vidas, que nos las debimos pasar dándonos a la gran vida sin pensar demasiado en las consecuencias.

            Y para alcanzar la salud, según nos dicen unas u otras creencias, hemos de sufrir alguna especie de expiación sanadora, pasando por una obligada práctica de la virtud, sanadora también.  Así purgamos nuestros pecados, según las creencias bíblicas, y, por la gracia de dios, nos librarnos de las terribles consecuencias enfermizas del pecado original.  Y, según la teoría de la reencarnación, con la práctica de las virtudes nos curamos de las consecuencias de nuestras malas vidas pasadas, compensando en ésta los excesos que realizamos en las otras.  Así sanamos nuestro karma, reduciendo los números rojos de la deuda que tenemos con la vida, según ellos, claro está.

            Mas nuestras enfermedades no solamente pueden ser consecuencia del karma según la teoría de la reencarnación, también pueden ser debidas a traumas heredados de otras vidas.  Si está demostrado que los traumas de la infancia nos afectan a lo largo de nuestra vida, ¿cómo no nos iban a afectar los de las vidas pasadas? 

            Y, de la misma forma que el psicólogo se esfuerza por revivir los traumas de la infancia de sus pacientes para sanarlos, los psicoterapeutas de la reencarnación, a través de la hipnosis, se esfuerzan también por revivir los traumas de otras vidas de sus pacientes para sanarlos.  Por supuesto que semejante terapia no es científica ni está aceptada oficialmente por la psicología, a pesar de que en algunos países se estudie en las universidades.  Muchos psicólogos, profesionales de la hipnosis, creen que las regresiones a otras vidas son imaginaciones inducidas tanto por el paciente como por el psicoterapeuta.

            Aun así, las regresiones a vidas pasadas se están haciendo muy populares, no sólo para efectuar sanaciones, sino como investigación de nuestro supuesto pasado prenatal.  La teoría de la reencarnación ha dado respuestas, más o menos convincentes, a muchas de las preguntas sobre nuestra existencia.  Pero también, como suele suceder, nos ha traído nuevas preguntas que somos incapaces de responder.

            Yo, como tengo por costumbre, discrepo; y no creo que la teoría de la reencarnación nos muestre exactamente lo que realmente sucede con las almas de los mortales.  La transmigración de las almas (al igual que el acabar en un cielo o en un infierno) no creo que sea otra cosa que producto de viejas realidades virtuales espirituales.  Ya en civilizaciones antiguas se creía en la transmigración de las almas, sin ponerse muy de acuerdo en el lugar de dónde venimos, ni a dónde vamos, ni en qué nos reencarnamos después de la muerte cuando se asegura que volvemos a este mundo; pues unos dicen que nos vamos a mundos más sutiles, otros que pasamos a animales, o incluso a plantas.  La teoría más aceptada actualmente es que nos volvemos a reencarnar en otras personas.

            Como venimos deduciendo, las realidades virtuales espirituales escenifican profundas fuerzas de nuestro inconsciente colectivo.  No son vanas fantasías sin justificación alguna, sino que nos muestran facetas de nuestras profundidades de diferentes formas, como si se tratara de diferentes tipos de sueños que nos muestran mensajes psicológicos semejantes.  Cuando dormimos, nuestro subconsciente puede escenificarnos mediante sueños distintos una misma vivencia psicológica.  Si somos capaces de descifrar su mensaje onírico, habremos obtenido un resultado eminentemente práctico de unos sueños.  Las realidades virtuales espirituales, aunque sean muy diferentes entre sí, nos muestran semejantes aspectos de nuestras profundidades.  Llegar a interpretar los mensajes que nos transmiten, intentar descifrar su sentido profundo es uno de los empeños de este estudio.  La trasmigración de las almas que proclaman muchas creencias pone de manifiesto un anhelo intemporal del hombre, una soñada infinitud de nuestra existencia, un revelarse ancestral contra la fatalidad de la muerte.  La infinitud temporal es reivindicada tan a menudo, y de tan diversas formas, en los caminos espirituales, que todo parece indicar que nos pertenece por derecho propio.  En mi opinión, las creencias que proclaman nuestra naturaleza eterna, no lo hacen únicamente por huir del miedo a la muerte, por pretender zafarse de nuestro terrible final corporal, como muchas personas incrédulas en el más allá afirman.  Son tan insistentes los sueños esotéricos de eternidad en los caminos espirituales, que no cabe duda de que algo muy importante nos están mostrando sobre nosotros, todavía desconocido.   El ser humano no ha cesado nunca de imaginar, de soñar y de creerse, la eternidad de su vida de multitud de formas.  Conocemos muchos sueños de eternidad, pero no conocemos nuestra realidad eterna.  En las realidades virtuales espirituales nos encontramos con muy variadas escenificaciones de nuestra naturaleza profunda, creencias diversas con tal grado de contradicciones que nos resulta muy difícil descifrar la auténtica realidad que las origina.  Pero, aun así, lo seguiremos intentando.

            Podemos continuar nuestras investigaciones estudiando la influencia de las realidades virtuales espirituales en nuestra vida material.  Ya sabemos que según sean tratadas por las fantasías esotéricas las fuerzas esenciales que las originan, se obtendrán de ellas unos u otros resultados prácticos, todo depende de la realidad virtual espiritual donde el creyente deposite su fe.  Recordemos como el ejemplo más significativo a los milagros, muestras físicas indiscutibles para el creyente de que su fe está más que justificada.

            La creencia en la reencarnación también produce resultados eminentemente prácticos: los efectos sanadores de las regresiones a otras vidas son indudables para el creyente en la reencarnación, y muy valiosos para comprender su vida actual: consecuencia de sus supuestas vidas anteriores.  Estas terapias son semejantes al psicoanálisis de los sueños, con la diferencia de que el creyente en la reencarnación no considera sueños las visiones que obtiene de sus vidas anteriores.

            No vamos a entrar en detalles sobre las particularidades de la reencarnación, existe abundante literatura sobre ello para todo aquel que desee introducirse en el hipotético pasado que nos brinda.  En lo que sí vamos a centrarnos  ―como tenemos por costumbre― es en los aspectos fraudulentos de está realidad virtual espiritual.  Como en cualquier otra fantasía esotérica, la principal trampa en la que podemos caer es en creer en ella ciegamente, en no considerarla como lo que es: un sueño espiritual, una escenificación de nuestras fuerzas y circunstancias ocultas.

            Cuando comencé a iniciarme en el conocimiento de está filosofía quedé fascinado por ella, pues nos ofrece ―como toda realidad virtual espiritual― una visión muy convincente de nuestro supuesto existir antes de nacer y después de morir.  Todo parecía encajar, mi vida era resultado de mis otras vidas pasadas, en mis regresiones pude contemplarme en otras vidas, y encontré explicación para las circunstancias de mi vida actual.  Tan fascinante me resultaba aquello que puse en marcha todo mi espíritu investigador.  Era necesario afianzar lo descubierto con toda mi capacidad de indagación experimental, no porque lo pusiera en duda, sino porque mi mentalidad siempre me ha exigido una comprobación rigurosa del grado de ilusión o de realidad de lo descubierto. 

Y bien es cierto que no es buena idea ponerse a investigar con cierto espíritu científico a las realidades virtuales espirituales cuando uno se encuentra a gusto en ellas, pues acaban desmoronándose como castillos de naipes.  Siempre se le ha aconsejado al creyente que, si no quiere perder la fe, deje a un lado la razón ante los misterios de las verdades reveladas.  Pero yo nunca pude evitarlo, y siempre fui de una realidad virtual a otra esperando que alguna de ellas dejara de ser virtual y fuera real; mas siempre, al final, acababa defraudado por el elevado grado de irrealidad de estas creaciones de la mente humana.

Cuando estudiemos los mensajes del más allá, base fundamental de las realidades virtuales espirituales, veremos que son inducidos por impulsos psicológicos no tan divinos ni tan reales como los considera el creyente en ellos.  Y en el caso de las regresiones a otras vidas sucede otro tanto.  Si el creyente en la reencarnación se empeña en demostrar que su anterior vida sucedió de cierta manera, no cabe duda que todas sus regresiones le hablarán de ella según él se la imagine.  Pero si observa fríamente los mensajes que le llegan de su hipotético pasado prenatal, sin aferrarse a ellos ni pretender sellarlos como creencia indudable, empezará a observar que no son otra cosa que explicaciones que nuestra mente nos da para satisfacer nuestras ansias de explicarnos de dónde venimos y a dónde vamos, películas de vidas pasadas que no son otra cosa que sueños producidos por las circunstancias que vivimos en esta.  Con esto quiero decir (y siento discrepar con los creyentes en la reencarnación) que ésta, nuestra vida presente, no es consecuencia de nuestras pasadas vidas, sino que nuestras vidas pasadas, que nos muestran las regresiones, son consecuencia de las circunstancias que vivimos en ésta.  Llegar a esta conclusión es muy sencillo: solamente es necesario cambiar lo más posible las circunstancias de nuestra vida actual para observar cómo cambian los mensajes que nos puedan llegar de nuestras vidas pasadas.

Una buena forma de comprobarlo es cambiando de secta o religión de creyentes en la reencarnación, si es que ya estamos en alguno de estos grupos esotéricos; de esta forma veremos como no solamente son nuestras circunstancias individuales las que afectan a las películas que nos llegan de nuestras vidas pasadas, sino que también el grupo cultural al que pertenezcamos influencia sobre los mensajes de nuestro pasado remoto que nos puedan llegar; de la misma forma que, si nuestras regresiones son asistidas, también se verán influenciadas por la persona que nos esté ayudando.

Estas influencias, ya sean nuestras o de los demás, crean y recrean nuestras vidas pasadas.  Creaciones al servicio, en muchas ocasiones, de los intereses, instintos y pasiones más miserables del hombre.  Por lo tanto, llegados a este punto, hemos de poner otra señal de peligro en nuestro paseo por los caminos sectarios.  La cultura de la reencarnación, como cualquier otra cultura religiosa o esotérica basada en una realidad virtual espiritual, puede convertirse en una peligrosa trampa, donde oscuros intereses de grupo o individuales se disfrazan de virtuosismos espirituales, engañando a los creyentes.

Veamos unos ejemplos prácticos: si se pertenece a un grupo de creyentes en la reencarnación, las noticias que nos lleguen sobre nuestras vidas pasadas, ya sea a través de nuestras propias regresiones o de los mensajes que nos transmitan los videntes del grupo, estarán influenciadas por las creencias espirituales del grupo, es decir:  si en el grupo se practica algún tipo de chamanismo ―por ejemplo― sus miembros serán indios reencarnados de antiguas tribus, importantes brujos de otras épocas que han venido a esta vida para volver a reunirse y volver a intentar salvar al mundo, ya que se conoce que antes no lo consiguieron.  Esto, como se podrá comprender, afianza más los lazos de hermandad sectarios, ata a sus miembros entre sí, pues se considerarán eternos compañeros de viaje en el tiempo siempre unidos a través de la Historia.  Por lo tanto, la ideología de la reencarnación les ha venido como anillo a dedo a las sectas por lo que puede llegar a reforzar la unión entre sus miembros.  Tampoco es infrecuente que se visualicen en sus regresiones lazos familiares entre ellos en otras vidas.  Si me piden que levante acta de las personas que se han declarado familiares míos en otras vidas, no sería capaz de hacerlo debido a su elevado número.  Claro está que si ahora alguien viene diciéndome que es un antiguo primo mío, que convivió conmigo allá por el medievo, y que le devuelva los maravedíes de oro que me prestó por aquella época, no puedo sino tomármelo a broma.  Pero no es una broma.  La persona novata en estas lides, o aquella que lleva años creyendo en la reencarnación sin realizar minuciosos análisis comparativos, se cree a pies juntillas todo lo que le dicen y todo lo que visualiza.  Y es realmente impresionante recibir la noticia de que una persona, a la que no conoces de nada, haya sido tu padre en tu vida pasada, o tu madre o tu hermano o tu cónyuge;  y a partir de ahí no es difícil imaginarse todo tipo de manipulaciones emocionales que se pueden realizar sobre quienes practican esta creencia. 

Veamos otros ejemplos:  Cuando no le caes muy bien a alguno de los miembros de este tipo de sectas, enseguida visualizará alguna faena que le hiciste en otra vida, y así tendrá un pretexto más que suficiente para desahogar su furia contra ti.  Él dirá que se siente iracundo contigo por aquello que le hiciste en el siglo quince; pero la verdad es que esa historia no es otra cosa que un sueño de su mente, mejor dicho: una pesadilla, producto de sus oscuras pasiones.

Y, cuando la situación se produce a la inversa, no es menos molesta:  Se te puede acercar una persona a la que le caes muy bien, pero a la que no conoces de nada, con intenciones de intimar contigo, con el pretexto de que en la pasada vida fuisteis familiares muy íntimos o incluso cónyuges.  Claro, como esa visión la ha tenido él, o ella, siguiendo un método infalible, o le ha sido revelada por uno de los importantes videntes del grupo, uno no puede por menos que callarse.  Lo malo es cuando esa persona, por haber sido tu cónyuge en otra vida, por ejemplo, se siente con el derecho de continuar siéndolo en ésta.  Incluso te puede llegar a decir que fuisteis Romeo y Julieta, y se siente con pleno derecho a pedirte que continuéis vuestra vieja historia de amor que la Historia se empeñó en truncar.  Si estas libre de compromiso, y esa persona te resulta agradable para vivir una aventura amorosa, adelante, no hay problema para vivir la fantasía, pero si tienes ya una pareja con la que no deseas romper, o la persona que te hace la proposición esotérico-sexual te cae gorda, la situación puede ser bastante embarazosa y molesta.

Esto parece un chiste, pero no lo es.  Nos sorprenderíamos del elevado número de personas que se creen la reencarnación de Romeo o de Julieta. 

Insisto en que estas creencias resultan muy impresionantes para quien se inicia en ellas, además de ser un método de seducción y de captación de adeptos.  Es habitual que al recién llegado a la secta se le convenza de que es la reencarnación de alguien importante, con facultades extraordinarias, un histórico personaje relacionado con la vía espiritual que siga la secta.  Si se practica el chamanismo indio americano, te pueden decir que eres Toro Sentado, porque te han visto, los videntes, en el pasado, en la estepa americana junto a Caballo Loco.  Pero si la secta practica las creencias tibetanas, los videntes te verán en el siglo doce caminado por las heladas cumbres del Himalaya como algún importante lama.  Y así podríamos continuar hasta el infinito.  La persona a la que le comunican semejantes noticias, por un lado se siente sorprendida, pero por otro se siente halagada, engrandecida, seducida por la idea de ser alguien importante, pues rara vez se le dirá que es una reencarnación vulgar, ya que el hecho de estar en esa secta, formada por “elegidos”, justifica que sea una reencarnación importante destinada a continuar la obra que inició siglos atrás.

Muy a menudo, para descubrir este tipo de engaños, es necesario andar durante bastantes años por los caminos esotéricos, cambiar de grupos sectarios y no cesar de investigar al respecto.  Tengamos en cuenta que la teoría de la reencarnación está basada en religiones orientalistas de gran prestigio, y existen abundantes escrituras antiguas y modernas destinadas a apoyar la veracidad de esta creencia.  Incluso se estudia en universidades de países donde abundan los creyentes en la reencarnación, y donde se demuestra mediante minuciosos estudios la veracidad de esta teoría.  Por nuestra parte solamente añadir, como ya venimos diciendo, que toda realidad virtual espiritual afecta muy directamente a nuestra realidad, y que en todos los casos es muy fácil encontrar señales en nuestro mundo de lo que creemos sucede en el otro.    

Insisto en que la reencarnación no se trata de otra cosa que un sueño esotérico.  Cuando ya uno se ha cansado de vivirlo, y se ha aburrido de creerse ser extraños personajes del pasado, entonces se despierta y se vuelve a ser la persona normal que siempre se ha sido en el presente.

 


EL DESTINO

             A quienes creen en la reencarnación y en el karma no les cabe duda de cuáles son las fuerzas que dirigen nuestro destino: Las circunstancias de nuestro nacimiento, el haber nacido en una familia rica o pobre, viene impuesto por la severa ley del karma.  Si has sido bueno en tu vida anterior nacerás rico, y si has sido malo, nacerás pobre.  (Esto nos hace sospechar que está teoría fue una creación interesada de los ricos de la antigüedad oriental, pues según se deduce de ella son poco menos que santos).

            Otras tendencias más modernas adscritas a la reencarnación están empezando a devolver la libertad al individuo, y aseguran que el hombre siempre es libre de elegir su destino, incluso antes de su nacimiento.  Aseguran que antes de nacer elegimos lugar, país y padres donde reencarnarnos; siempre para beneficio de nuestra evolución espiritual, naturalmente, pues, según dicen, somos espíritus puros antes de ser carne mortal. 

Yo no consigo imaginarme esta situación prenatal, me da la sensación de que les iba a resultar muy difícil a los ángeles, encargados de la distribución de las almas por los cuerpos de recién nacidos, atender a todas las demandas de los espíritus a la hora de escoger unas familias u otras; pues es de suponer que unas serán muy solicitadas, mientras a otras no las querrá nadie.

            También hemos hablado de que nuestro destino puede estar escrito en las estrellas, sobre todo para aquellos que creen en la astrología.

            Y no podemos olvidar que nuestro destino está sobre todo en manos de dios, dirigente supremo de la vida de todo creyente religioso.  Aunque cuando dios tiene un representante en la tierra, un importante mediador suyo, ya sea un gurú o un sumo sacerdote, será en sus manos donde estará el destino de sus seguidores.

            Vamos, que, después de conocer todo lo que puede influir en nuestro destino, resulta muy difícil saber porqué nacimos aquí o allá, o qué fuerzas son las que dirigen los pasos de nuestra vida y deciden el momento de nuestra muerte.  Aunque para los creyentes eso es pan comido: según la realidad virtual espiritual en la que crean, su destino estará dirigido por unas fuerzas o por otras, por una divinidades o por otras, incluso por unos demonios o por otros.  De tal forma que al creyente le queda muy poco de libertad para dirigir su futuro. 

El ateo tiene más suerte al respecto, pues, aunque no se sienta totalmente libre para hacer con su vida lo que quiera, al menos no siente las limitaciones de los creyentes.  Pero, aunque la persona religiosa tenga menos libertad, también le corroerán menos dudas respecto a su destino, pues si éste está en manos de dios, no tiene que preocuparse por nada: dios proveerá.

            El elevado grado de sugestión que alcanzan los creyentes propicia que estén convencidos de que su destino está en manos de aquello que consideran influye directamente en sus vidas, ya sea un dios, una energía o un conglomerado de dioses y energías, o un gurú.  Los bienes de la vida son concedidos por las deidades o fuerzas benefactoras de la realidad virtual espiritual en la que se crea, mientras que los males sufridos serán producidos por la ira de los dioses, por fuerzas oscuras o demonios malignos, o sencillamente se considerarán pruebas divinas.

            Lo sorprendente de esta situación estriba en que cuando una persona se convierte en creyente de una realidad virtual espiritual, no sólo será a partir de entonces cuando las fuerzas, dioses o demonios incluidos en su nueva fe, influenciarán en su destino; sino que, además, la persona, al recordar toda su vida, reconocerá cómo esas nuevas entidades, o energías que acaba de conocer, estuvieron siempre presentes en su vida pasada, e incluso antes de nacer.  Y lo más sorprendente todavía sucede cuando se pierde la fe en todo eso que se cree, y se vuelve a depositar la confianza en otra realidad virtual espiritual diferente.  Entonces, todo en lo que se creía anteriormente pierde su poder sobre nosotros, y se vuelve a realizar el mismo proceso anterior, reconociendo que son nuevas fuerzas, nuevos dioses o demonios, los que ahora determinan nuestro futuro e influyeron en nuestro pasado.  Claro está que si este proceso se repitiera varias veces más, uno empezaría a sospechar que su destino es más bien cosa suya que de otras cosas en las que uno quiera creer.  Pero esto no es frecuente que suceda, ya que no es habitual cambiar muy a menudo en la vida de religión o de camino espiritual.

            En los ámbitos más intelectuales, la psicología científica está empeñada en demostrarnos que actuamos como ordenadores y que nuestro destino responde a los programas de nuestra mente.  Modernas tendencias de esoterismo psicológico ―sin base científica alguna, claro está― afirman que desde el momento en que nacemos, incluso ya desde el período de gestación, estamos siendo moldeados por las circunstancias que nos rodean, y programados por los pensamientos que recibimos de nuestro entorno.  Estas hipótesis pretenden demostrar que ya tanto el feto como el bebé, aunque no sepan idioma alguno, ya nos entienden a la perfección.  De hay que tengamos a infinidad de modernas mamás hablando con su bebé, incluso con el que todavía no ha nacido, enviándole pensamientos positivos para que su hijo acabe siendo una persona radiante, programada en positivo para ser feliz desde antes de su nacimiento. 

No cabe duda de que estas modernas tendencias prometen.  Solamente añadir al respecto por mi parte que el pensamiento positivo no es un pensar desnudo, ha de estar impregnado de sensaciones positivas.  Con esto quiero decir que si un bebé está escuchando de su madre frases positivas mientras ella está sufriendo por una u otra causa, seguro que el bebé estará recibiendo con más claridad lo negativo del sufrimiento de su madre que lo positivo del mensaje de sus palabras.

            Estas modernas tendencias que nos dicen que nuestro pensamiento moldea nuestro destino, forman una de las hipótesis más serias que explica porqué nos suceden las cosas.  Desde las enfermedades, hasta cualquiera de las circunstancias que nos rodean, aseguran ser producidas por nuestros pensamientos más profundos.  Lo problemático de esta creencia radica en saber cuáles son los pensamientos negativos y en cambiarlos por otros positivos.  Yo he estado durante años realizando diferentes test para intentar descubrir los pensamientos que moldearon mi vida y la continúan moldeando, y una vez obtenidos los resultados de los test, iba sustituyendo los pensamientos negativos por sus opuestos positivos.  Estuve hasta un mes trabajando en la desprogramación de cada pensamiento negativo importante, escribiendo a diario su opuesto positivo unas treinta o cuarenta veces para intentar cambiar esa especie de código negro que me estaba haciendo la puñeta durante toda mi vida, y realizando a la vez ejercicios de meditación y de respiración para integrar el cambio en la personalidad.

Vamos a poner un ejemplo típico: nuestros padres se pasaron toda nuestra niñez diciéndonos que somos niños malos, afirmación que durante toda nuestra vida se ha confirmado, pues no hemos podido evitar continuando haciendo trastadas ni aun siendo adultos.  Una vez hallamos descubierto este código, habremos de crear el contrario e iniciar un largo proceso de desprogramación.  Para anular el pensamiento negativo “ yo soy malo” habríamos de pensar muy a menudo y muy profundamente: “ yo soy bueno”, y, en teoría, nuestra vida habrá de cambiar en un sentido positivo.  Pero solamente en teoría, pues si bien parece ser cierto que estos pensamientos dirigen nuestro destino como si fueran códigos de nuestro profundo ordenador personal, también es cierto que no es nada fácil cambiarlos. 

No voy a negar que todo el trabajo psicológico que durante años realicé de esta forma no haya producido cambio alguno en mi vida.  Cierto es que se produjeron notables cambios en las circunstancias que me rodeaban y sobre todo en mi comportamiento, siempre en un sentido positivo.  Pero lo que damos en llamar negativo no cesa de manifestarse en mi vida de una forma o de otra.  Es como si cuando limpiáramos una capa de nuestras profundidades apareciera la siguiente tan sucia como la anterior.  La limpieza parece no terminarse nunca.

  Nuestra forma de ser profunda y las circunstancias que rodean nuestra vida, si es cierto que se forman a través de un programa mental, este programa fue introducido en nuestra niñez en las profundas capas todavía vírgenes de nuestro cerebro y con una notable carga emocional.  Es un programa base muy difícil de cambiar cuando se es una persona adulta, pues nuestra mente ya está formada y estructurada, y cualquier información que ahora le introduzcamos difícilmente penetrará hasta donde están esos pensamientos básicos.   Los esfuerzos por cambiarlos puede interpretarlos nuestra mente como otros datos superficiales más a procesar, entre la tremenda cantidad de información que un adulto procesa durante cada día de su existencia.

Para solucionar este problema de profundización, muchas de estas nuevas psicoterapias esotéricas que se esfuerzan en desprogramar los pensamientos negativos, están haciendo uso de lo divino para meter los nuevos códigos en un ambiente devocional, sabiendo las propiedades de programación tan extraordinarias que los ambientes sagrados proporcionan,  adecuados para creerse todo lo que haga falta y todo lo que se nos ponga por delante, en este caso: pensamientos positivos que deberán de cambiar nuestra vida.

Otras técnicas de desprogramación utilizan meditaciones al estilo Yoga para hacer penetrar los códigos positivos.  Vamos, que se están haciendo esfuerzos extraordinarios para intentar ser un poco más felices.  Y todo lo que se haga al respecto será poco, pues me temo que no sólo será necesario llegar a las profundidades individuales de cada persona, sino que habrá que alcanzar el inconsciente colectivo de nuestra especie, donde creo que residen códigos mentales que nos están fastidiando desde que existimos como raza humana.

Mientras tanto, hasta que demos con los todos los comandos del programa que dirige la vida humana, muchas personas continuarán echando mano de las artes adivinatorias para intentar saber que les depara el destino.

 


LAS ARTES ADIVINATORIAS 

            Desde los orígenes de la Historia el hombre no ha cesado de intentar adivinar lo que le deparaba el futuro.  No había civilización antigua que no contara entre sus individuos con algún brujo o adivino, con alguna pitonisa, o con profetas o clarividentes que se dedicaran a predecir lo que se avecinaba.  Y cuando ciertas religiones intransigentes alcanzaron un gran poder social, persiguieron y castigaron a los adivinos incluso con la muerte, solamente consiguieron que se continuase con las prácticas esotéricas de adivinación en la clandestinidad.  La persistente curiosidad que el hombre siempre ha tenido por conocer el devenir de los acontecimientos, ha permitido que lleguen hasta nuestros días un gran número de rituales adivinatorios ancestrales.  Actualmente, entre los más famosos, tenemos las cartas del tarot y la lectura de las manos.  Otros que se usaron bastante hasta hace poco fueron la famosa bola de cristal y los mensajes de algún médium en trance a viejo estilo de la sacerdotisa del oráculo de Delfos.  

Existen otras muchas formas de predecir el futuro que no nos vamos a detener ni en mencionar, pues no creo que tenga demasiada importancia el sistema que se siga para practicar la adivinación.  Los soportes físicos sobre los que se realizan estas artes esotéricas, ya sean unas cartas o una bola de cristal, son un mero pretexto para llevarlas a cabo.  La esencia del trabajo adivinatorio la lleva la persona que lo realiza, indistintamente del método que utilice.

Aclarar también que aunque estamos hablando de artes de la adivinación, en realidad no son tales, ya que si lo fueran habrían terminado hace mucho tiempo con los diferentes juegos de azar y loterías de todo el mundo, pues hubiese sido pan comido llevarse los primeros premios de estos juegos o sorteos a los profesionales de la adivinación si en realidad fueran adivinos. 

Todavía no conocemos forma alguna de saber el futuro con precisión matemática.  Podemos hacer cálculos de probabilidades para aproximarnos a dar en el clavo, pero sin lograr exactitud alguna.  Algo que también sucede cuando se trata de adivinar el futuro de una persona o grupos de personas.   Por todo lo que llevo observando por estos caminos de lo esotérico, he llegado a la conclusión de que estas predicciones las realiza el profesional de la adivinación ―indistintamente del método que utilice, repito― efectuando a un nivel inconsciente un cálculo de probabilidades de futuro.  Digamos que a través de sus sentidos extrasensoriales observa hacia donde se dirige esa persona que le ha encargado le aclare su futuro, lee en la mente de su cliente las circunstancias más importantes que le rodean y las fuerzas y directrices que van a determinar su destino, y de esta forma predice su futuro; es como si la mente inconsciente del adivino se pusiera en contacto con la mente inconsciente de la persona que hace el encargo de la adivinación y obtuviera así sus conclusiones, reveladas a través de la lectura e interpretación del soporte físico que se utilice para la adivinación, ya sean unas cartas o una bola de cristal.  Y cuando se trata de adivinar el devenir de un grupo o sociedad, el intuitivo inconsciente del futurólogo realiza ese cálculo de probabilidades observando el inconsciente colectivo de ese grupo o sociedad.

Por lo tanto, la función de la persona que práctica este tipo de adivinaciones es esencial, el nivel de su inteligencia intuitiva irá en proporción con sus éxitos, y las limitaciones de su conocimiento irán en proporción con sus fracasos.  Esto hemos de tenerlo siempre en cuenta, incluso cuando nos encontremos ante complejos cálculos astrológicos.  El ser humano es de una complejidad asombrosa, y todo este tipo de adivinaciones de su futuro no suelen incluir en sus cálculos de probabilidades a toda la gama de factores que el ser humano puede estar viviendo.  Las predicciones se realizan en las dimensiones más comunes humanas, como son la económica, emocional, relaciones, salud, etc.  Pero existen otras, como las derivadas de la espiritualidad, que se le escapan al adivino, pues es imposible que llegue a conocer en toda su vida las infinitas vivencias que puede experimentar el alma humana.  Con esto quiero decir que habitualmente una predicción de futuro se realiza basándose en cálculos de probabilidades de magnitudes básicas conocidas de los seres humanos.  Pero como todavía existe mucho por descubrir de nosotros, serán esas facetas desconocidas las que acaben haciendo fracasar la exactitud de las predicciones del más adivino entre los adivinos.

            Los videntes del futuro más atrevidos, en su esfuerzo por perfeccionar el mapa de las magnitudes que influyen sobre el destino del ser humano, incluyen en sus cálculos de probabilidades a ciertas fuerzas ocultas del hombre que ellos han llegado a conocer bien a base de creer en ellas y de vivirlas; pero en vez de que sus predicciones se perfeccionen con su aportación esotérica, lo que suele suceder es que éstas acaban muy influenciadas por esas mismas propiedades ocultas que han desarrollado, lo que les lleva a cometer todavía errores mayores en sus predicciones de futuro.  Esto es semejante a lo que sucede cuando las predicciones se realizan en el seno de las realidades virtuales espirituales, mundos imaginados donde sucede todo lo importante que le puede suceder al ser humano, para el creyente en ellos, naturalmente.  Lo malo es que para quien no cree en ellos, su influencia es prácticamente nula e inservible para predecir su futuro.

Entre este tipo de vaticinios místicos sobre el destino que nos aguarda podríamos distinguir a los optimistas, que nos pronostican un futuro lleno de luz y de felicidad por la futura victoria de dios sobre las fuerzas de las tinieblas; y a los pesimistas, que serían los partidarios de los tradicionales vaticinios de las catástrofes apocalípticas.  Este tipo de predicciones son las que más abundan en el seno de las sectas, entremezclándose muy a menudo los vaticinios optimistas con los pesimistas, mostrándonos un futuro medio feliz y medio trágico, donde las catástrofes se suceden a la vez que de ellas son salvados los elegidos y transportados a un mundo feliz.

            En próximos capítulos nos centraremos más en el estudio de estas intentonas de predecir el futuro, e indagaremos en las fuerzas o intereses que influyen en las predicciones.

 


LOS PODERES SOBRENATURALES 

            No cabe duda de que un gran porcentaje de las personas, que frecuentan los ambientes esotéricos, lo hacen buscando desarrollar facultades extraordinarias, impulsados por unas ansias de notoriedad o por una ambición de poder.  Estos instintos tan materiales es frecuente encontrarlos en los ambientes más espirituales.  Es habitual que la persona sectaria, cuando recibe iniciaciones esotéricas y despierta su percepción extrasensorial, acabe creyéndose ser una persona renovada, diferente, con poderes extraordinarios, fuera de toda vulgaridad; aunque en realidad continúen siendo tan vulgar como antes.  La situación es tan ridícula como pensar que ya somos un profesional de una carrera universitaria por el mero hecho de que nos han dado un título, sin que nos hayamos pasado varios años hincando los codos estudiando la profesión.  Esto sucede a menudo en las sectas, sus miembros se convierten de la noche a la mañana (en ocasiones por la gracia de dios) en personas extraordinarias, reencarnaciones de personajes históricos, o en superdotados por el mero hecho de pertenecer a la secta.  Los años de experiencia que toda especialización exige no son necesarios, pues, cuanto menos se sepa, más limpios estaremos de contaminación intelectual y más rápidamente alcanzaremos el extraordinario destino que nos espera.  Lamentablemente, esto solamente sucederá en el seno de la realidad virtual a la que la secta esté afiliada, en su ensoñación particular, muy alejada de la realidad.  Cuando un sectario hace gala de sus facultades extraordinarias en nuestro mundo, habitualmente hace el ridículo, pues en nuestro mundo no tenemos el mismo sistema de valores que tienen en el suyo, y no vemos sus portentos como los ven ellos. 

Sin embargo, no se cesa de buscar facultades o poderes “reales” que impacten en nuestro mundo materialista, cosa que tienen bastante difícil los fanáticos del ocultismo espectacular, pues en nuestro mundo gobiernan en gran medida las ciencias, y a éstas es muy difícil engañarlas.  Lo más extraordinario que alcanzan a hacer ciertos profesionales del ocultismo espectacular es a doblar cucharas, a imitar a los santones faquires, o ha realizar portentos circenses semejantes.

No vamos a negar que los hechos paranormales existen, la parapsicología los estudia y tipifica.  Pero de ahí a que podamos controlarlos y podamos ejercer un poder continúo sobre los demás haciendo uso de ellos, eso es algo que por ahora sólo sucede en las películas.

La creencia de que los miembros de las sectas esotéricas poseen poderes sobrenaturales es algo que, mientras a los sectarios les enorgullece, a la mayoría de la gente les llena de temor.  Amparado en el ocultismo, el sectario se engrandece ante los demás, más que por la evolución de su grandeza interior, por el miedo que los demás sentimos ante su mundo desconocido.  Vuelvo a insistir en la necesidad de conocer al detalle todo lo que sucede en las sectas para que la información supere al miedo, y se vaya acercando a la normalidad la relación de las sectas con el resto de la sociedad.

Si bien es cierto que no se ha cesado nunca de intentar conseguir poderes sobre los demás, no creo que nunca se haya alcanzado éxito alguno excepto sobre personas muy influenciables.  También he de reseñar que no tengo mucha información del resultado de estas intentonas porque nunca me interesé en ellas.  Desde los comienzos de mis andares por estos mundos de lo oculto, fui advertido del peligro que suponía centrarme en desarrollar poderes paranormales para ejercerlos sobre los demás.  Soy un amante de la libertad, y siempre tuve muy claro que según uno se comporta con los demás, así ellos se comportarán contigo; por consiguiente: si deseaba ser libre, tendría que respetar la libertad de los demás.  Parece ser que estamos muy unidos en el fondo, y todo lo que hagamos al prójimo revierte en nosotros tarde o temprano.  Los únicos beneficios que he buscado en la aplicación de mi saber esotérico han sido para mejorar mi salud y mi bienestar general, y considero que mis éxitos al respecto son muy parecidos a los que puede obtener cualquier persona con entusiasmo por mejorar su bienestar utilizando otros medios; por lo que nunca me pasó por la cabeza la habitual locura del fanático en estas lides de pregonar a los cuatro vientos sus descubrimientos sanalotodo.  No voy a negar que siempre me fascinaron ciertos poderes sobrenaturales como pudieran ser los milagros o el elixir de la eterna juventud, asuntos que trataremos más adelante.

   Por lo tanto, no puedo hablar por experiencia propia de experimentos de poder sobre los demás, no los conozco.  No sé practicar ningún tipo de magia, ya sea blanca o negra, para influir en mi prójimo.  Más, a pesar de mi inexperiencia, vamos a continuar analizando los poderes sobrenaturales, intentando descubrir las fuerzas psicológicas o espirituales que dan vida a  poderosas realidades virtuales esotéricas.

 

 


MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA

             Se llama magia blanca a la que practican los magos del espectáculo, diestros en realizar trucos para aparentar que realizan portentos que en realidad no realizan.  También se llama así a la magia realizada a través de poderes sobrenaturales que no perjudican a nadie, e incluso hace el bien, como en el caso de los milagros.  Y la magia negra es aquella que, a pesar de utilizar también los poderes sobrenaturales para hacer el bien, muy a menudo perjudica a alguna persona o personas, animales o cosas, directa o indirectamente. 

Estas tres formas de magia, a pesar de estar tipificadas, se entremezclan habitualmente.  Los magos de espectáculo son los únicos que no hacen uso de los otros dos tipos de magia, sus actuaciones se resumen a engañar al público lo mejor posible, todos lo sabemos, y nos encanta que hagan bien su trabajo.  Sin embargo, en los otros dos tipos de magia, se presume de que no tienen truco, y en muchas ocasiones lo tienen, a la vez que también se convierten muy a menudo en un espectáculo.  Además, estos dos tipos de magia, blanca y negra, se entremezclan habitualmente aunque se anuncien que son de una sola clase.  Por ejemplo, es frecuente observar en un mago o secta, que dice invocar exclusivamente a las fuerzas del bien, como manejan o son manejados por fuerzas del mal.  Así como también nos encontramos con magia negra que hace uso de fuerzas del lado oscuro del ser humano para hacer el bien, aunque no sea bien vista popularmente en el mundo civilizado por el temor que despiertan sus rituales con connotaciones  violentas u obscenas.

   Jugar a buenos y malos, aunque lo hayamos hecho siempre, ya estamos empezando a ser mayorcitos para dejar de hacerlo.  Los malos siempre tuvieron algo de buenos, y los buenos siempre tuvieron algo de malos.  Si bien es cierto que la magia negra sacraliza los más bajos instintos y pasiones del hombre, también es cierto que sus practicantes no son tan negros como los pintan.  Me da la impresión de que todavía nos queda mucho rechazo de aquél que se nos inculcó hace siglos hacia las brujas.  Como también da la impresión de que los creyentes en las religiones blancas, dedicados a potenciar las virtudes del hombre, creen ciegamente que todo lo que sucede en su seno de su creencia esta inspirado por el bien divino, cuando en realidad, cometen en muchas ocasiones más barbaridades contra las personas que los practicantes de magia negra.

En mi opinión, no está suficientemente clarificada esta diferenciación entre las magias que hacen uso de poderes sobrenaturales, de hecho creo que no existe tal tipificación.  En la antigüedad no existía esta diferenciación de blanco y negro para los rituales y para las magias.  Esto sucedió cuando creamos a los dioses omnipotentes, creadores de todas las cosas y supuestamente portadores del bien infinito, fue entonces cuando separamos el bien del mal, a dios del demonio.  Así apareció una magia divina y otra demoníaca, una magia blanca y otra negra.  Pero antes de que esto sucediera, en las civilizaciones antiguas el bien y el mal aparecían entremezclados frecuentemente, en ocasiones como dos caras de una misma moneda.  Innumerables dioses convivían en una sana competencia, unos mejores que otros, unos más perversos que otros, unos más exigentes o más permisivos que otros.  Y no era de extrañar encontrarse en un mismo altar a un dios benevolente junto a un malvado dios demoníaco, un dios de imagen llena de belleza y otro de aspecto terrible; cuando no era el mismo dios el que en unas ocasiones se mostraba monstruoso y en otras hermoso.  Esto todavía podemos observarlo en las imágenes de antiguos templos que no han sido arrasados por la cristiandad o por el Islam.  Todavía quedan cultos politeístas en Oriente y en algunos otros lugares de la Tierra donde no se impusieron ideologías religiosas totalitarias aniquiladoras de todo dios que fuera el suyo.  Allí permanecen los dioses como siempre fueron, en convivencia unos con otros, como estaban en el Panteón romano antes de que los cristianos arrasaran todo tipo de idolatría, o como estaban en la Caaba antes de que Mahoma los expulsara de allí.

Es necesario comprender estas formas ancestrales de adoración para observar adecuadamente en nuestra evolución espiritual.  Nuestros antepasados no tenían el concepto del bien y del mal como nosotros lo vivimos hoy en día, ellos vivían sus impulsos internos descarnadamente, con una sinceridad pasmosa.  Los dioses que adoraban eran reflejo de esos impulsos y, por lo tanto, todo hay que decirlo, eran más lógicos que los dioses infinitos eternamente benéficos.  Las filosofías o religiones que basan sus creencias en los dioses totalitarios tienen muchos más problemas para ser comprendidas por el pueblo que las religiones politeístas.  Tanto es así que allí donde se impusieron las religiones totalitarias, el pueblo continuó adorando a sus viejos dioses en la clandestinidad, o disfrazados de santos, como en el caso de Sudamérica.  Y en Europa, podemos observar como el pueblo llano adora a sus santos locales, como si fueran sus dioses antiguos.  Esta forma de idolatría disimulada es un residuo de una forma de adoración ancestral, consentida por los poderes religiosos al no haber podido extirparla totalmente del pueblo.

En las diferentes realidades virtuales de las diferentes religiones cristianas se consintieron con una mayor o menor permisividad estas mezcolanzas religiosas, permitiéndose una adoración velada a los viejos dioses benéficos, ahora con nombre de santos.  Pero con lo que nunca transigieron las huestes cristianas fue con los rituales de adoración a las deidades malignas (según el concepto cristiano del bien y del mal) o a aquellas que eran buenas en unas ocasiones y perversas en otras.  El concepto del mal de las religiones derivadas de la hebrea, representado por el demonio, había sido arrojado a los infiernos desde el pecado original, y toda forma de adoración al mal debía de ser por obligación herética: es imposible concebir para un creyente en la Biblia que dios se pueda sentar al lado del demonio y recibir los mismos honores de adoración.  Durante muchos siglos se persiguió brutalmente esta ancestral forma de idolatría, recordemos las terribles persecuciones obsesivas de la Inquisición.  Las brujas eran quemadas vivas por practicar sus rituales de magia, que se empezó a llamar negra a pesar de que llevaba miles de años con tonalidades multicolores.

Mas aquello que pueda suceder en una determinada realidad virtual espiritual, en este caso en la bíblica, por mucho que se pretenda imponer por la fuerza, puede no corresponderse con lo que realmente está sucediendo en el interior del hombre.  No se puede imponer un determinado sueño esotérico negando la validez de todos los demás que difieran de él.  La mente humana seguirá soñando con todo aquello que represente su realidad aunque se nieguen por la fuerza ciertos aspectos del sueño.  ¿Quién puede controlar por la fuerza a los sueños?  ¿Quién puede decirnos lo que hemos de soñar?  Es imposible controlar lo que la Humanidad sueña en forma de realidades virtuales espirituales.  Y, sobre todo, es imposible reprimir un sueño repetitivo, porque todo sueño repetitivo nos está denunciando algo importante que está sucediendo en el interior de nuestra mente.  

 Por mucho que las religiones de origen hebreo expulsaran al mal de lo sagrado, en el mundo continuaba el mal ejerciendo su reinado como siempre lo hizo, y los pueblos que no se contaminaron de ideología bíblica continuaron adorándolo, como siempre lo habían hecho.  El mal era escenificado en sus realidades virtuales espirituales, en sus sueños esotéricos particulares.  Rituales de sacrificios de animales o de seres humanos, que a nosotros nos pueden resultar intolerables e incomprensibles, para estos pueblos eran una forma de adoración al mal, semejante a los rituales de adoración de los dioses del bien, pues en muchos casos el bien y el mal eran encarnados por un mismo dios. 

Y en aquellos lugares de la Tierra donde la hegemonía cristiana se había implantado, apareció una forma nueva de adoración clandestina opuesta al ritual más significativo del nuevo régimen religioso, a la misa cristiana.  Con la misa negra se devolvió su dimensión sagrada al mal que le había robado el cristianismo.  La magia negra surgió como revolución contraria al sistema religioso dominante, en ella se adoran y se invocan esas fuerzas que, por mucho que intentamos desterrar de nuestra realidad, continúan existiendo en el mundo muy a pesar nuestro.

En Oriente, también existió la influencia casta y pacifista del budismo, que restó protagonismo al gran número de dioses del Olimpo hindú agresivos u obscenos.

La magia blanca es la que todos conocemos, en las escuelas nos enseñaron que la practicaban los santos de nuestro calendario.  La magia negra es la gran desconocida, donde se adoran en rituales a deidades, fuerzas o entidades, de realidades virtuales creadas con esos impulsos internos de nuestro lado oscuro.

No he practicado ni he asistido a ninguna forma de ritual de magia negra.  Como la mayoría de los ciudadanos occidentales mis preferencias espirituales han estado siempre teñidas de blanco.  Pero esto no quita para que en este estudio sobre las sectas nos interesemos por el negro, más que por conocer las características de los rituales de magia negra ―hay abundantes libros al respecto―, por llegar a descubrir las fuerzas de nuestro lado oscuro que toman cuerpo en estos rituales.

Sigmund Freud también polarizó nuestros principales impulsos internos en dos tendencias principales que podrían corresponderse con la clasificación de las magias blanca y negra; estos impulsos él los llamó eros y tánatos, instinto de vida e instinto de muerte, impulso creador e impulso destructor.  Una bipolaridad que podría explicar la diferenciación de las dos magias sino fuera porque son dos impulsos internos inseparables en la realidad de nuestro mundo:  Toda pulsación de vida lleva, aunque sea en germen, programada su muerte; y toda pulsación de muerte lleva, aunque sea en germen, algún tipo de vida.

Nuestra civilización occidental se ha inclinado hacia la creatividad, obviando los impulsos destructores e incluso negando que sean innatos en el ser humano.  Esta idealización “blanca” de la humanidad, por un lado nos está haciendo desarrollar la creatividad hasta limites insospechados, pero, por otro lado, estamos ignorando al mal como realidad humana, lo que nos está causando ir de sorpresa en sorpresa y de frustración en frustración cada vez que el mal se manifiesta en nuestra sociedad o en nuestras vidas.

No estaría nada mal empezar a interesarnos por llegar a conocer estas fuerzas de nuestro lado oscuro, ocultarlas o negar su existencia no sirve de ayuda para su erradicación.  Con esto no quiero decir que ahora nos dediquemos a asistir a misas negras o a rituales de vudú.  Las creencias en estas realidades virtuales espirituales, como en el caso de las de color blanco, no ayudan en mucho a conocer la realidad de los impulsos internos que las mueven, pues los disfrazan de tal manera que es muy difícil reconocerlos.  La observación de todos esos rituales ha de ser imparcial y objetiva, sin fanatismos, centrándonos en descubrir las esencias que los provocan.  Es un buen método para llegar a conocer nuestro lado oscuro.

Si observamos nuestra reacción ante un ritual sagrado inca o azteca donde se sacrificaba a un individuo como ofrenda a los dioses, no nos costará mucho descubrir nuestro rechazo ante semejante asesinato.  No estamos acostumbrados ni educados para observar fríamente esos rituales sangrientos.  Los sacrificios humanos eran algo bastante frecuente en la antigüedad, eran algo de dominio público.  En la actualidad prácticamente han desaparecido, perseguidos por la ley han sido sustituidos por los sacrificios de animales.  Nuestra censura y condena es absoluta y la vivimos de forma natural, sin ser muy conscientes de cómo hace unos cuantos cientos de años unos seres humanos vivían el asesinato como algo natural y sagrado.  Calificamos de costumbres religiosas bárbaras y salvajes a esos rituales sangrientos, pero, en mi opinión, solamente eran manifestaciones naturales del instinto destructivo del hombre, encarnado en unos dioses iracundos sedientos de sangre y de muerte.

Puede pensarse que el hombre civilizado ha superado en su evolución estos instintos.  Yo no estoy muy de acuerdo con ello.  Las cárceles están llenas de asesinos, y si el asesinato no estuviera perseguido por la ley, sería el pan nuestro de cada día.   Más adelante trataremos en este estudio con más detalle la violencia.

Aunque nosotros no creamos en esos dioses terroríficos, si algún ancestral creyente en ellos levantara la cabeza, se espantaría del caro tributo que en su opinión estamos pagando a sus dioses por no adorarlos.  Tributo que se cobran en los sangrientos accidentes de tráfico o laborables, o en los asesinatos, masacres comparables con las producidas en las guerras o desastres naturales que ellos vivían.  Casi seguro que nos comunicaría la necesidad de, según sus creencias, adorar sus terribles dioses para que no continuasen masacrando nuestra población.  De esta forma ellos pensaban que calmaban la sed de sangre de las fuerzas del mal.  Nosotros no lo creemos así, pero todavía no hemos encontrado la fórmula para evitar que el mal siga bebiendo nuestra sangre y se siga cobrando su tributo de víctimas aunque no hagamos ya sacrificios humanos.

Son esas fuerzas destructivas, instintos del lado oscuro humano, las que tienen cabida en la magia negra y mueven los hilos de sus dioses.  Sin embargo, en la magia blanca se consideran instintos pecaminosos que debemos de reprimir.  No cabe duda de que la magia blanca esta diseñada para facilitar la convivencia pacífica entre nosotros.  Pero, insisto, aunque hallamos escogido el camino de la blancura espiritual, no debemos de olvidarnos de nuestro lado oscuro; zona sin luz de nuestro interior porque la hemos arrojado a las profundidades de nuestro inconsciente colectivo; y, aunque no la veamos, vemos el mal nuestro de cada día que nos muestra como sigue tan vivo como cuando estaba representado en los altares.

Las realidades virtuales de las vías esotéricas de magia negra, como se puede comprender, están llenas de seres espeluznantes, dioses medio animales, medio hombres; el mismo demonio es uno de ellos.  Las deidades del vudú, de la Macumba, de los rituales chamánicos, suelen ser espíritus de la naturaleza, muchos de ellos de animales que se encarnan en los danzantes al ritmo trepidante de los tambores sagrados.

Sin embargo, las realidades virtuales de magia blanca ―todos las conocemos― están representadas por dioses todopoderosos, reyes únicos, rodeados de santos y de hermosos ángeles benéficos, puros, vestidos de blanco, entonando alabanzas al ritmo de cánticos celestiales.

Tantos unos como otros dioses o entidades espirituales se encarnan en sus devotos creyentes.  Los blancos siempre empeñados en hacer el bien y evitando en lo posible hacer el mal, aunque en ocasiones no dudan en hacerlo cuando se trata descargar la ira divina sobre los herejes.  Los negros, al estar impulsados por los instintos más primarios humanos, por sus pasiones, no dudan en hacer el mal para beneficiar a alguno de sus devotos.  La ira, la venganza y las luchas por el poder mueven los hilos de las oscuras fuerzas ocultas negras.  Algo que también les sucede a los blancos, pero no tan descaradamente, ya que lo disimulan muy bien.

El mal de ojo es la fuerza negativa de la magia negra que más popularidad ha alcanzado.  Los especialistas en el mal de ojo se están forrando; por un lado cobrando para echarlo sobre quien les paga para que lo hagan, y, por otro lado, quitándoselo a quien siente que se lo han echado, y también les paga.  Se está haciendo tan famosa esta maldición que muchas personas, obsesionadas con ella, en cuanto les duele la cabeza, o tienen algún otro achaque, ya piensan que les han echado el mal de ojo.  Es una maldición que atemoriza y obsesiona en exceso.  Su poder de dañar creo que radica más en el miedo de las personas, que en el propio poder de las fuerzas utilizadas para hacer el mal.  Yo, lo siento, no puedo dar detalles de cómo se produce ni de como se contrarresta ―hay muchos especialistas que han escrito sobre ello―, nunca he presenciado un ritual para echar el mal de ojo sobre alguien, y si me lo han echado encima, yo no me he dado cuenta.  En mi ignorancia puedo deducir que se trata de la mala leche que tenemos los humanos condensada y arrojada sobre alguien para enfermarlo; algo semejante a lo enfermos que nos puede poner estar durante días en el trabajo o en la familia conviviendo con alguien que nos tiene ojeriza.  Ese es el único mal de ojo que conozco, nada desdeñable por otra parte.  Como también es nada desdeñable el mal de ojo que echan algunos religiosos magos blancos sobre quienes consideran herejes.  Ese tipo de mal de ojo blanco, apoyado por la ira divina de los grandes dioses de “infinita bondad”, ha causado muchos más muertos que el típico mal de ojo de la magia negra.

Para el hombre moderno, el mayor atractivo de la magia negra, y quizás el único, son las orgías sexuales que en muchas ocasiones ponen el punto final en los rituales.  Pero ese es un tema que lo dejamos para el capítulo siguiente.

 


EL SEXO 

            Como acabamos de comentar en el capítulo anterior, la magia negra ha conservado la ancestral costumbre de finalizar ciertos rituales de adoración populares con orgías sexuales.  El sexo casi siempre estaba incluido en los rituales sagrados de nuestros antepasados, no solamente como relaciones humanas, sino como fertilidad de la tierra, sexualidad de los animales e incluso de otros elementos naturales asexuados por naturaleza, como puede ser el sol la luna o las estrellas.  El sexo y la violencia estaban casi siempre presentes en las realidades virtuales espirituales de nuestros antiguos.  Sus fiestas populares eran muy a menudo a la vez que sagradas, sexuales, incluyendo algún tipo de sacrificio; en su espíritu religioso se manifestaba tanto el placer como el dolor, podía adorarse a la diosa de la fertilidad así como a algún dios sediento de sangre, representante de los impulsos de muerte, que exigía alguna víctima, ya fuera humana o animal. 

Como venimos afirmando, el hombre antiguo vivía todas sus dimensiones unidas, y las manifestaba en sus rituales.  Todavía quedan residuos de estas celebraciones religiosas en lugares alejados de nuestra civilización, donde sucede toda esta mezcolanza de impulsos humanos que a nosotros nos pueden parecer contradictorios.  Nuestra cultura ya no admite mezclar la religiosidad con el sexo ni con la violencia, en nuestra mente no cabe tal fusión, aunque en nuestra vida se continúen manifestando mezcladas tal y como el hombre las ha vivido siempre.

            Al igual que sucedió con la violencia, la implantación de las religiones castas y pacifistas hicieron desaparecer el sexo de las fiestas religiosas en nuestra civilización.  La sexualidad se convirtió en algo dedicado exclusivamente para la procreación, y las orgías desaparecieron de los rituales sagrados.  Esto produjo una escisión en las vivencias de las fiestas populares, ya no se podía vivir unido placer y religiosidad, pues el placer se convirtió en vicio incompatible con lo sagrado.  En consecuencia, las  fiestas se dividieron en religiosas y profanas.  El hombre siguió viviendo sus dimensiones orgiástica y religiosa por separado.  Durante las festividades religiosas, en las iglesias se adoraba al dios monoteísta y a sus santos y mediadores, y, fuera del templo, el pueblo, continuó viviendo su dimensión orgiástica en la clandestinidad de las noches de las fiestas.  Esto lo podemos observar hoy en la mayoría de nuestras festividades religiosas: durante el día suceden los ritos religiosos en los que se predica la virtud, mientras por la noche gran parte del pueblo se dedica a vivir el vicio.  Es muy difícil erradicar de los pueblos costumbres ancestrales, siglos de rigurosos decretos religiosos represores no lo han conseguido.

Cada fin de semana se santifica con rituales sagrados castos, y, a su vez, el pueblo, en especial los jóvenes, viven su orgía sexual en el sábado noche.  La única diferencia que existe entre las modernas orgías populares y las ancestrales, es que éstas se realizan a escondidas, no son públicas, y tampoco se viven como un ritual sagrado.  Me pregunto si habrá más diferencias entre aquellos pueblos ancestrales danzando al ritmo de la percusión de los tambores sagrados en las horas previas a la orgía ritual, en torno a los menhires, tótems fálicos o diosas de la fertilidad, y los bailes de nuestros jóvenes al ritmo del rock o del bacalao en las horas previas a las orgías privadas que cada cual vivirá en el sábado noche.

He de confesar que la mitad de los años, aproximadamente, que permanecí en el interior de las sectas, fueron en vías castas, donde el sexo quedaba relegado a una mera función fisiológica de escasa importancia e incluso molesta para el caminar espiritual.  La opción de la magia negra nunca me resultó atractiva, la paz espiritual que buscaba nunca esperé encontrarla en esos rituales donde tienen acceso tanto hervor de pasión humana.  También he de reconocer que en esos años, a pesar de huir de las pasiones en mi caminar espiritual, estas no cesaron de hervir en mis profundidades.  Exceptuando una corta época de un año, nunca se me calmaron del todo las ganas sexuales, y los enamoramientos se me sucedían uno tras otro intentando romper mis anhelos espirituales más castos.

Hay que tener siempre en cuenta, y esto conviene no olvidarlo, que cuando uno practica una vía espiritual efectiva que lo pone en contacto con los elixires emitidos por la experiencia sagrada, si ésta es de una buena calidad, tendrá como ingrediente inevitable a la belleza.  La armonía espiritual es siempre hermosa.  Ahora imagínense ustedes una comunidad sectaria, embriagada por los elixires divinos, formada por gente embellecida por una especie de santidad compartida; en ese ambiente las ganas de enamorarse los unos de los otros no cesan de producirse.  En unos sencillos cursillos espirituales de fin de semana, donde lo sagrado se manifieste con calidad      ―repito― nos convertimos en personas radiantes, y no resulta extraño descubrir entre esas personas que nos acompañan al príncipe azul o a la princesa rosa de nuestros sueños.  La atmósfera sagrada se convierte así en un notable afrodisíaco, gracias a sus propiedades embellecedoras y  liberadoras de toda represión, sexuales en muchos casos.  No es de extrañar que muchas doctrinas religiosas hayan impuesto la castidad a sus seguidores, de esta forma intentan no perturbar la paz espiritual con algún que otro desmadre pasional, algo que no siempre consiguen.  En aquellas sectas que la castidad no es impuesta, es habitual que los amoríos sorpresa se den muy a menudo.

No está nada mal estar avisado de estas sorpresas que nos puede dar la vida en los ambientes sectarios.  Uno puede ir a un cursillo espiritual buscando aprender la paz de espíritu, y se puede encontrar sumergido en una aventura amorosa que puede hacerle perder la poca paz de espíritu que ya tenía antes de ir al cursillo.  Pero, como dice el refrán, para muchas personas: “sarna con gusto no pica”.

Incluso es frecuente encontrar en las sectas a ligones profesionales que, conociendo las propiedades afrodisíacas de las drogas sagradas, consiguen que las novatas sectarias caigan rendidas en sus brazos, hechizadas por el brillo de su mirada celestial.  Unos ojos que ven a dios, son unos ojos que enamoran.  Lo sorprendente es que, entre tanta divina mirada, la fuerza del sexo consiga que acabemos mirando aquello que sonrojaría a los castos dioses que habitualmente adoramos.

No hay que subestimar ni tomarse a broma esto que estoy diciendo.  Las probabilidades de enamoramiento en los ambientes sagrados son muy elevadas.  Si usted no tiene inconveniente de que le suceda o incluso lo encuentra atractivo, no hay problema; pero si usted es una persona con un compromiso de pareja estable, casada, en incluso con hijos, y una familia que no desea perturbar en absoluto, queda advertida del riesgo que corre en esos ambientes “espirituales”.  Se lo digo por experiencia.  Si no se desea dar paso al enamoramiento, con estar vigilante para que no se produzca, es suficiente.  Al fin y al cabo, si usted es mujer, y ha creído ver al príncipe azul de sus sueños en alguno de sus compañeros de secta o de cursillo espiritual, le puedo garantizar, con muy pocas probabilidades de equivocarme, que ese príncipe azul se volverá a convertir en rana en cuanto terminen los efectos del seductor carisma que ahora le envuelve.  Esto es algo que también se lo digo por experiencia: yo he pasado de príncipe a rana y viceversa en muchas ocasiones en mi vida.

A pesar de no ser un hombre apolíneo, la belleza espiritual me ponía tan atractivo en ocasiones y estaba tan rodeado de mujeres hermosas, que terminaba por ligar más que si me hubiera ido el fin de semana de fiesta profana en vez de cursillos espirituales.  Conscientemente no era un ligón profesional, pero inconscientemente no puedo negar que lo fuera.  Mi voluntad de castidad sucumbía muy a menudo ante los encantos “espirituales” de alguna de mis divinas hermanas.  Durante los años que duraron mis intenciones de castidad, fui asaltado en innumerables ocasiones por la sorpresa del enamoramiento.  Mi añorada paz espiritual era perturbada por uno de los impulsos humanos más intensos que podemos vivir.  La verdad es que, en aquellos años, siempre sentía que mi dimensión sexual no terminaba de integrarse en mi paz espiritual, pues mi sexualidad seguía pidiendo guerra.

Exceptuando las vías espirituales que dedican sus cursillos espirituales a poner cilicios en sus deseos más animales, la vivencia de lo sagrado escarba en el fondo de las personas, la paz espiritual libera las represiones, y una sexualidad reprimida puede estallarnos en las mismísimas narices en los momentos más tranquilos y sagrados de nuestro caminar espiritual.

Durante muchos años no supe acomodar al bienestar espiritual de mi casta alma lo que bullía en mi cuerpo.  En los comienzos de mis últimos diez o doce años de caminar por las sectas, coincidiendo con la explosión de un gran número de diversidades de métodos de realización espiritual, encontré ciertas vías que prometían fundir la armonía del alma con la del cuerpo, en las que se podía vivir el impulso sexual unido a lo sagrado.  Métodos que, sin ser magia negra, prometían divinizar la sexualidad a la vez que humanizaban el espíritu. Así que, después de tantos años de represión, aquella noticia me alegró el alma, y el cuerpo también, naturalmente.


CASTIDAD O PROMISCUIDAD 

A casi todos los occidentales, que ya rondamos por los cincuenta, se nos inculcó desde la infancia que el sexo era algo pecaminoso y que la espiritualidad estaba inevitablemente unida a la castidad.  Tanto es así que una persona con fuertes impulsos sexuales nunca podría ser elevadamente espiritual, así como una persona espiritual nunca podría ser muy sexual.  Durante los años que creí cierta esta incompatibilidad, entre sexo y espíritu, padecí la lucha interna entre estas dos manifestaciones interiores.  Ya en mi adolescencia y parte de mi juventud, en el seno del catolicismo, estas dos fuerzas luchaban por sobrevivir en mí, cada una a expensas de la otra.  Fueron varios años santiguándome con la mano derecha mientras con la izquierda me masturbaba (metafóricamente hablando, por supuesto).  Cuando el sexo, ya fuera de pensamiento o de obra, me hacía perder la gracia de dios, no crean que corría a confesarme para recuperarla, bebía de mi sexualidad, o de la mujer que estaba dispuesta a compartir su sexualidad con la mía, hasta saciarme; y después de harto, confesaba mis pecados contra el sexto mandamiento; y vuelta a empezar.  La auténtica castidad solamente la viví entre los diecisiete y los dieciocho años, fue a causa de una explosión de amor entre yo y Jesucristo.  Reconozco que nunca he vivido nada igual.  Se trataba del amor místico del que tanto nos han hablado nuestros santos, en cada oración diaria bebía del amor divino y acababa embriagado de dios.  Estuve a punto de meterme monje trapense; únicamente lo impidió la idea de que aquella gloria no podía acabar encerrada en una celda de clausura.  No sé cuanto más me hubieran durado esos éxtasis diarios en un monasterio.  Llevando una vida normal no me duraron ni un año.  Aquella sensacional sublimación de la libido terminó en cuanto mis vivencias inferiores volvieron a elevarse.  Y en mí quedó el recuerdo de una experiencia que no he dejado de buscar por todos los rincones sectarios a los que he tenido acceso.  El amor místico, devocional, es una de las mayores delicias que puede vivir un ser humano.  La búsqueda de esa felicidad perdida, y el intento por mejorar mi salud por otros caminos diferentes de los oficiales, me hicieron conocer nuevas vías esotéricas y religiosas, lo que produjo indirectamente mi pérdida de fe en el catolicismo.

Sumergido en semejantes movidas espirituales, mi vida continúo por unos cauces normales, dentro de lo que cabe.  Mi capacidad de amar se unió a mi sexualidad, y me enamoré de una mujer por primera vez, allá por los veintidós años.  Conocí el amor pasional y todo el contexto de las otras pasiones que no son amor y que lo suelen acompañar.  Fueron estas pasiones negativas las que destrozaron esa relación que no me duró ni dos años.  Fue una ruptura muy dolorosa, quedé destrozado.  Esto provocó que me refugiara de nuevo en las ideologías espirituales castas como único remedio para intentar recuperar la salud del alma.  Convencido de que las mujeres me volvían loco, aposté por la cordura y me refugié en la soltería.  Ese desengaño amoroso se unió a mis otras inquietudes que me impulsaban a buscar nuevos rumbos de vida espiritual.  Durante diez años no volví a acariciar a una mujer con sensualidad.  Como ya he contado, un gurú oriental me echó una mano para recuperar la salud del alma.  Entre dos o cuatro horas de meditaciones diarias me ponían en contacto con mi cielo interior y mantenían a raya los impulsos sexuales que no cesaban de llamar a la puerta.  Muy a menudo tenía que abrirles y darles una masturbación para calmar su hambre.  Al hacer todo lo posible por mantenerme fuera de todo contacto erótico, conseguí que mis pies no se fueran tras ninguna mujer, aunque no podía evitar que mis ojos se fueran tras ellas.  Me tomé tan a pecho lo del celibato que, aunque en esos años me enamoré varias veces, no había diosa humana capaz de llevarme a la cama; mi intenso propósito casto siempre me ponía alguna zancadilla donde tropezaba y me impedía llegar al lecho del amor. 

Después de esos diez años, fortalecido espiritualmente, decidí abrir la puerta de mi dormitorio a la mujer y dar rienda suelta a las fuerzas que llevaban tanto tiempo reprimidas.  Fueron doce años los que estuve con la puerta abierta, y fueron cuatro mujeres, una detrás de otra, naturalmente, las que compartieron mis venturas y desventuras sexuales y emocionales.  Ninguna de ellas duró más de tres años en mi íntima compañía.  Al principio todo me sucedió un poco por sorpresa, después estuve buscando métodos de ayuda a la pareja; pero, ni sofisticadas terapias psicológicas, ni las poderosas bendiciones divinas, pudieron evitar que esos cuatro intentos de construir una relación feliz y duradera se convirtieran en cuatro fracasos. 

Hoy, mi familia y mis amigos más próximos, se preocupan por mi futuro emocional y me preguntan cómo van mis amoríos; yo les contesto que no tengo tiempo para esos menesteres, pues estoy escribiendo un libro.  Lo que no tengo muy claro es si no tengo pareja porque no tengo tiempo para relacionarme porque estoy escribiendo un libro, o si estoy escribiendo un libro como pretexto para no tener pareja.

            Lo que sí es cierto es que escribir este libro me está ayudando a comprender mi vida.  Puedo entender que es muy difícil, para una persona acostumbrada a una espiritualidad de calidad, acostumbrarse a vivir en pareja, cuando ello implica vivir plenitudes amorosas a la vez que tormentos dolorosos.  Aunque mi caso por supuesto que no es exclusivo.  El gran número de personas que rompen sus compromisos o se divorcian no lo harán por motivos muy diferentes a los míos.  En el mundo de la pareja se pueden llegar a vivir tales miserias humanas que muchas veces es mejor deshacer el nido donde se incuban antes de que acaben con nosotros.  Yo y las mujeres que fueron mis parejas no conocimos otro remedio para nuestros males que la ruptura. 

Admiro a esas personas que soportan estoicamente sus miserias compartidas y consiguen mantener viva su relación a través de los años.  Y admiro también a esas parejas que se animan a buscar en los mundos de las sectas esa plenitud que no les da la vida.  Yo no lo he conseguido a pesar de haber estado sumergido en varias vías espirituales que prometían mejorar las relaciones de pareja.  No es mi intención descalificar a todos esos métodos prometedores, a lo mejor mis fracasos se deben a que inconscientemente me gusta cambiar de pareja a menudo; visto de esa forma, mi vida amorosa es todo un éxito.

Sean cuales sean los intereses que a una persona le lleven a intentar mejorar sus relaciones amorosas, hoy en día existe una gran variedad de sectas que incluyen entre sus enseñanzas la forma de mejorar la vida en pareja.  Las enseñanzas van desde las vías que aconsejan la castidad más absoluta para mantener en virginal bendición divina el casto matrimonio, hasta las vías que aconsejan un desmadre total sexual, para liberar lo reprimido y poder así, según ellas, alcanzar el vuelo que nos llevará al cielo.  Las vías que fomentan la promiscuidad, muy acordes con la liberación sexual de los últimos tiempos, nos dicen que la represión sexual es un obstáculo para alcanzar la divinidad.  El poder creativo de dios lo consideran un poder sexual a lo grande que mantiene la vida en continuo florecimiento.  Nos aconsejan vivir el sexo intensamente, incluso la promiscuidad a las personas que viven en pareja, para soltar todo deseo reprimido, vivir la esencia de dios y liberarnos del peso enfermizo de la represión que nos está impidiendo alcanzar la realización espiritual.  Según esta teoría ningún reprimido puede alcanzar a dios, la realización del amor carnal la consideran un paso previo indispensable para llegar a amor divino.  Y algo de razón seguro que tienen, ¿quién, por muy ateo que sea, no ha sentido alguna vez el sexo como algo divino?

Evidentemente, los seguidores de estas dos vías opuestas se ponen verdes lo unos a los otros: los castos condenan a los infiernos a los lujuriosos, y los lujuriosos condenan a los castos por faltos de amor, sexual, se entiende.

            Yo no he pertenecido a secta alguna practicante de estos dos extremos.  Vivir en pareja y en castidad, para mí creo que hubiera sido imposible.  Si conseguí durante diez años no acostarme con mujer alguna fue porque puse tierra por medio entre ellas y yo.  Sin la distancia, mi casta voluntad se hubiera desmoronado como un castillo de naipes.  Y tampoco estuve inmerso en vías de promiscua sexualidad, siempre se me antojaron como un desmadre sexual muy poco conveniente para ayudarme a equilibrar el desmadre que yo llevaba dentro.  Si relacionándome sexualmente con una mujer ya me volvía loco, me resultaba impensable hacerlo con más.

            Las vías que escogí tenían unos programas de psicoterapia y de yoga ―de los que ya hablé en el capítulo sobre el destino― que incluía alguna deidad o mediador.  Uno hacía ciertos test para saber cuáles eran las limitaciones o represiones que tenía que liberar, después buscaba los patrones que debería de adquirir para perfeccionarse y los afirmaba a menudo como si fueran mantras.  Y a la vez que uno realizaba la desprogramación psicológica, hacía ciertos ejercicios respiratorios para ayudar a desbloquear la represión, y se invocaba a la deidad que se adorase en la escuela esotérica para que echase una mano en el empeño. 

No le voy a quitar importancia a los positivos efectos que esos trabajos de crecimiento personal hicieron sobre mí; pero, lo que es cierto es que no consiguieron que yo tuviera éxito en conseguir una estabilidad duradera en mis relaciones de pareja.

            Sin embargo, son muchas las personas que acuden a las sectas en busca de ese cambio milagroso que les dé la felicidad.  Normalmente cada miembro de la pareja piensa que es el otro el que tiene la culpa de los males de la relación, pero en estos grupos de trabajo, de profundización psicológica, se deja bien claro que cada cual es el único responsable de su vida en pareja.  Uno no puede por menos sorprenderse cuando investiga concienzudamente las causas de sus frustraciones amorosas, y se encuentra de frente con que son producto de patrones psicológicos, inconscientes a menudo, que atraen las mismas situaciones frustrantes a lo largo de nuestra vida si no somos capaces de cambiarlos.  En mi caso, por ejemplo, después de la primera pareja o de la segunda, podría insinuar que la culpa de las rupturas fueron suyas y no mías, pero después de cinco intentos serios, cuyas rupturas se produjeron de forma similar, uno empieza a sospechar que cada cual llevamos siempre en los bolsillos los mismos billetes de lotería que nos terminan por tocar a lo largo de nuestra vida.

            Por consiguiente, aunque uno no consiga todo lo que se propone metiéndose en esas sectas, o grupos de terapias spico-espirituales, siempre se aprenden cosas muy importantes.  Y si uno cree en la reencarnación, y se hace viejo aprendiendo, sin realizar sus sueños de pareja, no hay porqué desanimarse, será en la otra vida, con un cuerpo más joven, cuando podamos continuar nuestros estudios y poner en práctica lo aprendido.  (Quien no se consuela en estos caminos del espíritu es porque no quiere).

            Y respecto a los peligros particulares que nos podemos encontrar en las vías castas, recordar que la represión es una bomba de relojería que nos puede estallar en cualquier momento.  Muy pocos doctores en psicología nos recomiendan la castidad cuando hay en el cuerpo ganas de transgredirla, su estricto cumplimiento nos hace correr el riesgo de  producirnos serios trastornos en la personalidad.  Muchos menos riesgos corremos siguiendo las doctrinas del libertinaje sexual, liberar nuestras fantasías sexuales es más sano desde el punto de vista psicológico que reprimirlas.  Y sobre los riesgos de contagios indeseados, tampoco hay que preocuparse; algunos de los gurús, de esas doctrinas libertinas, dan preservativos a sus devotos junto con el incienso para los rezos.  Quizás lo más preocupante sean esos niños de dios que casi rozan la prostitución en su empeño por llevarnos al amor divino a través del amor humano, sexual para más señas.

            Pero no todo en los caminos espirituales es tan promiscuo ni tan casto, la mayoría de las sectas se encuentran entre los dos extremos, tratando la sexualidad dentro de unos márgenes más normales.  Sin embargo, sin querer alarmar a nadie, yo no bajaría la guardia.  En la mayoría de las sectas de aparente normalidad sexual pueden suceder situaciones muy poco normales.  Recordemos que toda atmósfera sagrada es afrodisíaca y que la mayoría de las sectas tienen unos valores humanos diferentes a los de la sociedad; y, por muy normales que aparenten ser, el tratamiento que dan a las relaciones sexuales no suele ser muy normal.  Aquella persona que tenga al cónyuge en alguna secta, no estaría de más que investigase el grado de permisividad sexual de la doctrina que sigue su pareja.  En las sectas que tienen un alto grado de promiscuidad entre sus miembros, el riesgo de infidelidades es elevado.  Y en las que se prodigan abrazos besos y caricias como muestras de amor fraterno, no es infrecuente que se conviertan en muestras de amor erótico entre personas que simpaticen sexualmente.  La atracción de la belleza espiritual se puede convertir muy fácilmente en atracción sexual.  Tampoco conviene olvidar que, cuando se cambia de religión o de creencias, los matrimonios realizados por rituales anteriores no son válidos.  Es frecuente que en la secta se anule las uniones anteriores y se hagan otras nuevas.  No vaya a ser que nos consideremos casados con nuestro cónyuge mientras él se sienta divorciado o casado con otra persona.

Por todas estas causas no están del todo injustificados los temores que puede experimentar quien tiene a su cónyuge metido en una secta, sobre todo si en esa secta se enseña a practicar el sexo de los dioses.

 

 


EL TANTRA O LA ALQUIMIA SEXUAL 

Como venimos observando, es habitual encontrarnos ofertas de doctrinas diametralmente opuestas que nos ofrecen las mismas glorias divinas.  Uno de los ejemplos más sorprendentes lo tenemos en lo referente al sexo: unas vías nos dicen que para llegar a dios hemos de ser castos, y otras nos dicen lo contrario.  Y lo más sorprendente es que las dos opciones funcionan, la experiencia mística se produce tanto siguiendo una opción como la otra.  Si preguntamos a un adepto de cada una de ellas, los dos nos hablarán de su vivencia de dios, muy parecida la una de la otra.  Los dos llegan al mismo destino aún siguiendo caminos con direcciones opuestas.

Algo que pude comprobar en mi vida, pues, tanto en lo vivido intentando seguir las directrices de la castidad, como en lo vivido siguiendo las directrices de la libertad sexual, pude observar su eficiencia como caminos de aproximación a lo divino; aunque ninguno de los dos me condujo al sublime cielo prometido excepto en momentos puntuales.

Seguro que los creyentes en cada una de estas vías estarán pensando que fui yo el único responsable de mi fracaso cuando seguía su camino particular.  Aunque si escucho a los castos cuando me hablan de la promiscuidad, me dirán que no fui yo el culpable de no vivir a dios plenamente en la libertad sexual, pues, según ellos, eso es imposible siguiendo ese camino.  Y si escucho a los liberales místicos del sexo, me dirán que si no encontré a dios en la castidad es porque eso es imposible, a dios no se le puede encontrar sin vivir la sexualidad, pues dios es ante todo eso: sexo.

Así que, harto de tantos consejos contradictorios, y después de comprobar que tanto un método como otro no eran perfectos, continué con mis investigaciones por otros derroteros, encauzando mis pasos hacia una sexualidad muy especial y mucho más prometedora que las anteriores.  Se trataba del tantra, del sexo de los dioses, también llamado alquimia sexual.

Esta divina forma de hacer el amor no recomienda huir ni de la castidad ni de las relaciones sexuales cuando se desea encontrar a dios, incluso considera necesario tanto a la castidad como al erotismo, y propone para realizarse espiritualmente vivir un sexo extraordinario donde se ha de hacer el amor castamente a la vez que sensualmente.  Se trata de un estilo de amor platónico con erotismo incluido sin dejar de ser platónico.

Para nosotros los occidentales es tan inconcebible esta sexualidad que dudo si podré explicarla y hacerme entender.  En primer lugar diré que no es un invento de reciente creación, es una sexualidad muy antigua, nos la encontramos en muchos de los ambientes más sagrados de nuestros antepasados, en especial en Oriente.

Hablando en plata, se trata de realizar el coito sin llegar al orgasmo.  Las teorías alquimistas dicen que de esta forma el fuego sexual no se apaga, y se emplea como energía calórica para hacer hervir el matraz de la alquimia interior que convertirá en oro todo el pesado plomo de nuestra naturaleza.  Las teorías tántricas nos dicen que es la única manera de elevar a la sagrada serpiente Kundalini hasta más allá de la coronilla y alcanzar así el nirvana.  Otras teorías afirman que así se controlan las fuerzas animales pasionales.  Y otras aseguran que esta forma de realizar el acto del amor es una garantía de permanencia del enamoramiento entre los amantes, pues siempre los mantiene hambrientos al uno del otro.  Además, también se considera un método anticonceptivo natural (si se consigue realizar la hazaña, claro está).

Así que, ni corto ni perezoso, después de encontrar una pareja que estaba dispuesta a gozar esa sexualidad especial conmigo, nos pusimos manos a la obra:  Exigiéndole a mi amada la quietud necesaria —cuando era necesaria—, pude conseguir no moverme del lugar donde debía de estar y así superar la primera fase donde otros fracasan.  Era indispensable no derramar la copa sagrada.  Después, sazonado el método con ciertas meditaciones, solamente me quedaba esperar que el sexo de los dioses me proporcionara la divinidad prometida.  

Menos mal que fueron unos pocos meses de espera, porque, si llego a esperar más, a lo mejor ahora no lo estaría contando.  No solamente la prometida divinidad no llegó nunca a invadirme, sino que además me entraron unos impresionantes ataques de nervios que de poco acaban conmigo.  La enorme cantidad de energía psíquica acumulada saturó mi sistema nervioso.  Mi poca tranquilidad interior, hirviendo en el matraz de la alquimia, en vez de convertirme en oro, me convertía en un manojo de nervios.  En aquellos meses estuve sumido en un insoportable borboteo nervioso, desazonado interiormente.  Tanto es así que instintivamente no se me ocurría otra cosa para calmar aquel fuego, y mis nervios, que acudir a la masturbación para vaciarme del combustible que me estaba convirtiendo en un cohete sin rumbo. 

No dejaba de ser cómico: tanto esfuerzo por no derramar la copa sagrada en pareja, para después acabar vaciándola yo solito.  Así acabaron mis intentos tántricos.  Después de aquello no me cabía duda de que aquel sexo de dioses debía de ser precisamente para los dioses y no para los humanos.  Algunos expertos en el tema seguro que piensan que me faltaban iniciaciones.  Pero consultadas las mujeres que vivieron experimentos similares con hombres más iniciados que yo (no pregunté a muchos hombres, ya que no solemos ser muy sinceros cuando de reconocer nuestros fracasos sexuales se trata), me comunicaron que la mayoría de las veces no se pasaba de la primera fase de contención y fallaba el natural anticonceptivo.  Por consiguiente, y como consecuencia, vinieron al mundo ―y me imagino que continúan viniendo― muchos hijos producto del derrame del sagrado matraz alquímico.

Otras personas, que superaron la primera dificultad y lo intentaron durante más tiempo que yo, acabaron destrozadas interiormente, en manos de expertos en psicología que después intentaron curar sus graves quemaduras en el sistema nervioso.  Estos hechos provocaron importantes denuncias en contra de las sectas que practicaban esta sexualidad.  Incluso muchas de las personas que la vivieron, y acabaron desequilibrados interiormente, denunciaron a las sectas donde la habían estado practicando. 

Aún así, todavía hay quienes predican los beneficios de su práctica y la consideran indispensable para realizarse espiritualmente.  Yo no me alcanzo a creer que le pueda funcionar correctamente a alguna pareja, pero si el río suena será porque algo de agua lleva, aunque sea poca.  No voy a descalificar totalmente este método de realización,  con avisar de los peligros que conozco por experiencia yo ya estoy cumpliendo con el principal propósito de este libro.

Los fanáticos de este exótico método sexual (casi siempre hombres) lo consideran tan esencial, para todo desarrollo espiritual, que incluso afirman que todos los grandes maestros espirituales lo practicaron como técnica indispensable para conseguir alcanzar las alturas que alcanzaron.  Todos los grandes mediadores, incluido Jesucristo ―faltaba más―, tenían una amante o una esposa con quien vivir el sexo sagrado.  A Jesucristo ―como no― le tocó en suerte a Magdalena.  Nada mejor que una santa prostituta para vivir el divino erotismo.

Y les voy a contar un secreto: la gran pirámide de Keops no es un monumento funerario, es en realidad el escenario sagrado donde el faraón, el hombre-dios, sufría su particular proceso alquímico practicando el sexo divino, de faraones, naturalmente.  En la cámara de la reina se las tenía que ver con la sacerdotisa (supongo que sería una experta reina del sexo), quien le ayudaría a practicar la sexualidad sagrada que lo terminaría en convertir dios definitivamente.  Si no superaba esta prueba final, no alcanzaría la inmortalidad.  Está claro que hasta los faraones fracasaron en sus intentos, pues se quedaron aquí, en sus tumbas, hechos unas momias por no haber conseguido ese sexo divino que les hubiera convertido en inmortales.

Yo no puedo negar que, a pesar de lo vivido en mis propias carnes, todavía me continúa fascinando esta sexualidad.  Las eróticas figuras de las fachadas de los antiguos templos tántricos de la India, y muchos grabados antiguos orientales de elevado erotismo, nos hablan de este sexo sagrado, que continúan fascinando a muchos de quienes las contemplamos.  Si prestamos atención a esas imágenes comprobaremos que nos están mostrando algo extraordinario: sus cuerpos están realizando el coito, u otro tipo de tocamiento eróticos, en posturas que nos transmiten una elevada sensualidad, lujuria u obscenidad, como queramos calificarlo.  Sin embargo, en sus rostros no aparece gesto lujurioso alguno, sus semblantes nos transmiten una belleza espiritual suprema, una paz que nos puede parecer incompatible con lo que están haciendo con sus cuerpos.  Esas imágenes nos están diciendo que existe una sexualidad donde es posible tener el cuerpo viviendo un fuerte erotismo y la mente en santa beatitud.  Es como hacer el amor sin deseo, sin pasión erótica, a la vez que vivimos el erotismo como espectadores, sin identificarnos con él.

Aunque nos parezca extraño, creo que muchos de nosotros hemos vivido aspectos esa especial sexualidad, al menos momentáneamente, cuando no lo pretendíamos y la vida nos sorprendía dándonos ese regalo.  Me voy a remitir a esos momentos mágicos de nuestra vida, cuando hacíamos el amor con la persona de la que estábamos enamorados, invadidos de un extraordinario enamoramiento, de un embeleso sublime, supremo, casi sagrado; embriagados por la divinidad que envuelve a los amantes.  Mientras nuestros cuerpos realizaban todo tipo de obscenidades, nosotros permanecíamos en el cielo, casi ausentes de lo que sucedía en la tierra, conscientes de un divino erotismo.  Momentos en los que, por ser la felicidad tan plena, desaparece el deseo animal de los amantes.  Aunque los  cuerpos no cesen de copular, nuestra atención permanece fija en la divina virginidad que vemos en los ojos de nuestra amada o de nuestro amado.  Son los éxtasis de los enamorados, embriagados por el más poderoso de los afrodisíacos, por el amor, por la gloria de amarse.  Éste es el único sexo que me ha llevado al cielo, sin secta ni doctrina de por medio, el que viven los amantes cuando están llenos de divinidad, por muy ateos que sean.

El sexo que predica el tantra o la alquimia sexual se me antoja que no puede ser muy diferente al sexo natural del pueblo, pero del que se ha suprimido el orgasmo para intentar apartar a la bestia lo más posible del nido del amor.  Supongo que al hacer esto se intenta mantener durante largo tiempo la magia mística de forma semejante a como la intentan mantener los amantes adictos al amor platónico.  En teoría es un sexo fascinante, pero solamente en teoría.  Yo al menos, no he podido comprobar en la práctica los beneficios de suprimir el orgasmo asiduamente.

Siento no poder dar más detalles esenciales al respecto.  Espero que todas estas explicaciones hayan servido para dar una idea aproximada de esta famosa forma de sexualidad en los caminos sectarios.  Una teoría que continúa fascinado por lo que promete, aunque resulte casi imposible alcanzarlo.

Continuemos nuestra andadura sin perder el entusiasmo investigador, aunque nos encontremos con muchas incógnitas que todavía no podamos resolver.  Existen otros factores, tan importantes o más que el sexo, que condicionan nuestro bienestar.  Con orgasmos o sin orgasmos, la mayoría de las veces, no podremos evitar que la gloria del amor se nos escape de las manos cuando más la estamos disfrutando, robada por las bestias de las pasiones: celos, instinto de posesión y de manipulación de la persona amada, deseos exigentes, violencia sin razón que nos convierte en enemigos de la persona que más queremos... Pasiones que nos atacan a traición robándonos nuestro tesoro más preciado.

 

 


LAS TRAICIONERAS PASIONES 

            Las pasiones son intensas pulsaciones psicológicas que se manifiestan en el ser humano.  Existe una variopinta gama de estas fuerzas psíquicas.  Pero no todas suelen estar integradas en la personalidad de los individuos ni en los sistemas éticos de las sociedades, aún me atrevería a afirmar que la mayoría se encuentran ocultas, reprimidas, prohibidas, bullendo en el inconsciente, hasta que nos estallan como volcán que irrumpe en erupción cuando menos lo esperamos.

            Como toda pulsación psicológica, las pasiones se reflejan en las realidades virtuales espirituales.  En nuestra cultura occidental, quizás fue en la mitología griega donde mejor se escenificó el hervidero de pasiones humanas.  Pero ahora tenemos a dioses mucho más educados en nuestra civilización, y las pasiones negativas para la convivencia han sido transferidas a los demonios, arrojadas a los infiernos, y al pobre pecador con ellas. 

Censuradas, las fuerzas que no deseamos vernos se nos han ubicado en lo más profundo de nuestra inconsciencia.  Y desde allí suelen hacer fracasar los más denodados esfuerzos por vivir en armonía, ya sea con nosotros mismos o con los demás.  En el mundo de las sectas, así como sucede en cualquier otra forma de agrupación social, pasiones no gratas para la convivencia se empeñan en romper o en transgredir los sistemas de valores éticos que cualquier sociedad se impone a sí misma.  Por ello son prohibidas, se menosprecian o se ignoran.  Construimos sensacionales proyectos de vida feliz sin contar con ellas, no las integramos en nuestra personalidad ni en nuestra sociedad por su cariz anárquico; mas ellas continúan irrumpiendo sorpresivamente en nuestras vidas, aguándonos la fiesta cuando más la estamos disfrutando.

            Por un lado necesitamos a las pasiones, pues contienen la fuerza de nuestra vida; una vida sin pasión es una vida gris; pero, por otro lado, muchas de ellas son como animales de tiro sin domesticar, fuerzas salvajes que nos avergüenzan.

            En el mundo de las sectas resulta hasta cómico, por no decir dramático, observar cómo sus miembros se esfuerzan por implantar la práctica de la virtud en sus sociedades, para que tarde o temprano el intento acabe fracasando estrepitosamente por haber sido atacado por pasiones ajenas al programa básico doctrinal. 

Me da la sensación de que las sotanas o túnicas que gustan de llevar los miembros de las sectas o de las religiones tienen como principal misión la de ocultar las oscuras pasiones que se esconden tras ellas.

            Ya en el capítulo anterior hemos hablado del peligro que conlleva la castidad al reprimir pasiones de origen sexual.  Es típico en la historia de las  sectas castas que el sumo sacerdote acabe ligándose con la discípula más exuberante y virginal, sacudiendo con el escándalo a una agrupación enfocada en un virtuosismo casto.  Como venimos advirtiendo, la atmósfera sagrada propicia los enamoramientos, y las pasiones de origen sexual estallan en los ambientes más castos. 

La atmósfera sagrada escarba en el interior del ser humano y saca al exterior todo lo que llevamos dentro.  Y como normalmente no conocemos las pasiones que habitan en nuestro interior, no estamos avisados de lo que nos espera cuando nos sumergimos en un proceso evolutivo espiritual.  La sorpresa o el susto no hay quien nos lo quite, en especial si las pasiones que nos sorprenden son de carácter violento, sobre todo si llevamos años practicando una doctrina pacifista.

Mas no habremos de preocuparnos, las sectas tienen capacidad suficiente para asumir y disimular las pasiones que surgen en su seno contrarias a sus doctrinas.  Pongamos unos ejemplos habituales: si el sumo sacerdote o el gurú de turno se ha beneficiado a una casta adepta virginal, no ha sido por una incontrolable pasión, ese desliz llegó a suceder porque en otra vida ―pasada, claro está― fueron marido y mujer, y ahora vuelven a encontrarse.  De esta forma se calma el escándalo y la vida sectaria continúa con normalidad.  Y cuando se produce un adulterio, es porque otra relación de otra vida ha venido a perturbar el compromiso de ésta.  Y otro tanto sucede con las terribles pasiones de carácter violento: los impulsos violentos en el seno de las sectas suelen estar justificados por algún tipo de cruzada salvadora en contra de alguna fuerza, sociedad o persona considerada demoniaca.  Sectas y religiones con doctrinas tremendamente pacíficas han protagonizado en la Historia una extrema violencia, pero siempre basada en justificaciones convincentes para los creyentes.

 E igualmente sucede con otras miserables pasiones humanas, como son los celos, la envidia, el odio, la ambición, el exacerbado egoísmo, la sed de poder, el instinto de posesión, de territorialidad, etc.  Todas estas vergüenzas humanas, negros instintos animales la mayoría de las veces, se pasean bajo las túnicas o las sotanas por los ambientes sectarios, como bajo las ropas de cualquier otra agrupación humana, disfrazados para engañar a los demás, y para engañarnos a nosotros mismos cuando no estamos dispuestos a reconocerlas.

Hasta cierto punto es natural que se oculten los defectos, sobre todo cuando no se sabe que hacer con ellos.  Lo que ya resulta intolerable es que encima se presuma de ellos, se ensalcen e incluso se pretendan convertir en virtudes.  Esta aptitud camaleónica la podemos encontrar en individuos pedantes o en pomposas organizaciones diestras en vanagloriarse de sus miserias.  En las sectas es muy común encontrarnos con grandes defectos humanos ensalzados hasta las más altas cotas de la virtud, consecuencia de creerse los falsos efectos milagrosos de ilusorios elixires divinos, capaces de convertir, por la gracia de la sugestión, un defecto en una virtud.  Los borrachos de dios se creen perfectos, las drogas divinas los hace felices, y por ello se creen superiores a los demás, diferentes, santos; pero sencillamente son borrachos inconscientes de sus miserias humanas.  Ni la drogadicción mística, ni las iniciaciones, ni la perfección sacramental, por decreto divino, nos liberan de las pasiones.  Si observamos a quienes se creen libres de ellas, comprobaremos como esas personas continúan con sus defectos, como antes, o mucho peor, pues ahora difícilmente tendrán remedio, ya que los afectados no reconocerán sus pasiones como suyas.

Es habitual observar en las sectas como el ansia de virtud ciega a quienes quieren conseguirla a toda costa, y para ello no dudan en ponerse medallas de virtudes en sus sotanas o túnicas cuando bajo ellas continúan bullendo oscuras y prohibidas pasiones.  Esto es realmente grave:  Sociedades destinadas a propiciar el perfeccionamiento del ser humano convertidas en escuelas diestras en disimular las miserias humanas, en nidos de imperfecciones disfrazadas de virtud, de tal manera que al confundir una cosa con la otra propician el crecimiento del mal en vez del crecimiento del bien.

La atmósfera sagrada que se vive en las sectas saca a la luz nuestras miserias; y es habitual que el sectario, el fanático, no sea capaz de reconocerlas, de asumirlas e intentar afrontar un cambio real en su interior; por lo que opta por el camino más fácil, por disimularlas, e incluso por justificarlas.  ¿Cuántas sectas o religiones con un notable carácter pacifista han protagonizado casos de violencia extrema, justificada la mayoría de las veces por sentirse brazos justicieros de la ira divina o argumentos semejantes?   ¿Cuánto odio encontramos en los caminos del amor espiritual?  ¿Cuánto sexo en los caminos más castos?

Siento no poder presumir de medallas de virtud, siempre que me las pusieron las arranqué de mi pecho.  Nunca pude soportar presumir de perfección o de virtud cuando mis defectos, mis imperfecciones y mis pasiones campan a sus anchas por mi interior.

Por los caminos sectarios hay que ir siempre con lupa, una actitud detectivesca nos puede alertar del fraude y descubrirnos que nos están o nos estamos engañando a la hora de sopesar nuestro progreso espiritual.  Es muy fácil confundir el auténtico fuego divino con las luces de neón que produce nuestra propia sugestión o la sugestión del grupo en el que estemos trabajándonos.

La auténtica radiación sagrada hace emerger en nuestra vida lo que en realidad somos y todo lo que pulula por nuestros interiores.  Y es habitual encontrarnos con las pasiones más oscuras y prohibidas que nos podamos imaginar.  Las comunidades sectarias, por muy altas metas que se propongan, son nidos de las más viles pasiones; y aún diría más: cuanto más alta fijen su mirada, menos verán las vilezas que se produzcan en sus niveles inferiores y más los padecerán.  Esto es algo semejante a lo que les sucede a los enamorados: el amor extrae de la persona todo lo que lleva dentro, incluido lo que no es amor.  La sorpresa de los enamorados, así como de los adeptos a las sectas, suele ser morrocotuda, las pasiones les pillan a traición, habitualmente cuando mejor se encuentran disfrutando de las mieles divinas, ya sean en la pareja o en los caminos espirituales.  Después vendrá el tratamiento que se les dé.  Es típico de muchas personas no querer reconocer sus defectos y echarle la culpa de sus consecuencias al otro miembro de la pareja o a alguna otra persona o circunstancia.  Y en las sectas no es muy diferente.  Como el mundo sectario es intocable, incluidos sus componentes, hay que inventarse a alguien que cargue con las culpas de las consecuencias de nuestras pasiones negativas.  Así nació la peor creación virtual de todos los tiempos: el demonio, malvado personaje al que se le achacan todos los males de este mundo.  En él se encarnan todas las maldades de la Humanidad, y de él se sirven sus creyentes para no reconocer sus maldades como suyas.   

En la actualidad son en especial las pasiones de carácter violento las más rechazadas por nuestra conciencia y prohibidas por la sociedad.  Para nuestro espíritu civilizado, y para una buena convivencia, nos resultan tan negativas en nuestros sistemas de valores que somos capaces de no reconocerlas aunque nos estemos comportando violentamente a diario. 

Es muy importante el reconocer nuestras pasiones ocultas para evitarnos sorpresas, cuanto más las conozcamos mejor evitaremos que tanto en una vida normal como en los mundos sectarios nos cojan a traición.

Detengámonos a estudiar una de las más importantes pulsaciones psicológicas de la Humanidad. 

 


LA VIOLENCIA Y EL INSTINTO DE MUERTE 

            Para estudiar la violencia en el ámbito de las sectas, en primer lugar habremos de saber de qué estamos hablando.  Si estamos intentando realizar un estudio serio, no podemos trasladar a estas páginas toda la polémica, la confusión y las contradictorias opiniones, que sobre la violencia existen hoy en día en los ambientes culturales.  Para evitarlo vamos a inclinarnos por las   teorías que más serias nos parecen al respecto, y las que precisamente mejor nos pueden ayudar a explicarnos las manifestaciones de violencia que suceden tanto en nuestra vida cotidiana como en el interior de las sectas.  Vamos a aportar nuestro granito de arena al gran debate sobre la violencia inclinándonos por las teorías que la definen como un importante impulso psicológico innato en el ser humano y en toda forma de vida. 

Desde el momento en que todo ser vivo comienza su existencia, corre el riesgo de ser devorado ―especialmente cuando es una cría― por otro ser que habitualmente se alimenta de él.  El pez grande se come al chico, y en el mundo microscópico de los microorganismos sucede otro tanto.  En los mamíferos, especie animal a la que pertenecemos, tenemos los ejemplos más claros para nosotros de la importancia de la violencia para la supervivencia.  Ya sea para comer o para evitar ser comido, para cazar o para evitar ser cazado, todo mamífero tendrá que hacer uso de su agresividad para sobrevivir.  Es una ley básica natural.  La violencia es esencial para la supervivencia, está muy relacionada con la muerte, y a su vez con la alimentación de los seres vivos.  La Naturaleza proporciona a todo ser vivo un instinto agresivo para evitar ser comido, que en la mayoría de los casos se convierte en instinto asesino cuando se necesita cazar para comer.  Un instinto con tanta violencia con resultado de muerte que lo damos en llamar el instinto de muerte.  Un instinto que lleva a matar o a morir según el papel que le toque realizar a cada partícula de vida.  Un instinto que da fuerzas para matar al ser vivo que hace el papel de asesino, y hechiza al que le ha tocado ser la víctima.  Un instinto tan aterrador para la conciencia del hombre que habitualmente preferimos olvidarlo, a pesar de que él no se olvida de nosotros. 

Las personas que vivimos en los países desarrollados, nos hemos desnaturalizado hasta el extremo de no necesitar la violencia para comer o para evitar ser comidos, por lo que no tenemos ni una vivencia ni una visión muy clara de lo que es la violencia y la muerte en su estado natural.  Sin embargo, aunque ya no lo necesitemos ni para comer ni para defendernos de las fieras que nos consideran comida suya, el instinto de muerte permanece activo en nosotros, y, cuando no nos mata de puro viejos, nos acaba matando de otras maneras, a la vez que salpica nuestra vida social con multitud de manifestaciones agresivas. 

Al retirarle al instinto violento sus objetivos principales, él sigue actuando por otros derroteros vinculados con su función primordial.  La agresividad humana destinada por la Naturaleza para defendernos de las bestias y para la caza, al verse desprovista de propósito principal, se centra en otros objetivos, no sin cierto descontrol y caos.  Las guerras ―manifestaciones de la locura humana― casi siempre han sido a causa de la lucha por el territorio, muy vinculado con el alimento, con el poder que garantiza el sustento y la riqueza.  Hace muchos siglos que los humanos dejamos de pelearnos con los animales para sobrevivir, pero no hemos cesado de hacer guerras entre nosotros, luchamos a muerte para conseguir el poder, no ya sobre los animales, sino sobre los demás seres humanos, imponiendo la ley del más fuerte, en definitiva la ley de la selva.  Pulsaciones agresivas que hoy nos avergüenzan y ya creemos erradicadas de nuestra cultura, aunque, en mi opinión, todavía andan por nuestros interiores.  La ley del más fuerte continúa vigente en nuestra sociedad, disimulada en nuestro modernismo.

            Las diferentes formas de violencia que observamos en nuestra sociedad son desviaciones de la función principal de un instinto básico destructivo que, en su estado natural, acaba matando antes de que lleguen a viejos a la mayoría de los seres vivos.  A excepción del hombre, la mayoría de seres vivos no llegan a viejos, pues se los acaban comiendo sus particulares depredadores en cuanto empiezan a perder sus defensas.  De esta forma la Naturaleza mantiene siempre jóvenes a sus criaturas.  Una terrible ley de vida que no conviene olvidar. 

Necesitamos recuperar la visión del instinto de muerte, aunque nos aterrorice, si deseamos continuar adentrándonos en los misterios de nuestra naturaleza.  La muerte es la manifestación suprema de violencia, pues toda violencia llevada hasta el final conduce a la muerte, es el definitivo acto de violencia, aunque se muera en paz.  La muerte siempre sobreviene por una agresión.  Visto fríamente, morir comidos por un tigre es semejante a morir comidos por los gusanos o por un virus que nos quita la vida, aunque para nosotros no signifique lo mismo.  La muerte es el definitivo acto de violencia que nuestra bendita madre Naturaleza depara a toda forma de vida.  Lo que llamamos una muerte natural es un acto tan agresivo para la vida como lo es un asesinato, por mucho que a nosotros nos parezca diferente.  A pesar de que en muchos casos nuestra cultura diferencia la muerte de la violencia, en realidad son la misma cosa, lo que damos en llamar violencia es un proceso de muerte, inacabado en unos casos o terminado en otros.

 Toda muerte es una agresión a la vida, y toda forma de violencia es una aproximación a la muerte.  La violencia y la muerte son dos consecuencias, dos manifestaciones de un mismo instinto que porta toda forma de vida, el instinto de muerte.  Una fuerza destructiva que lucha contra otros instintos creadores de vida ganado siempre la batalla.

 Este brutal instinto, hasta que mata a cada uno de los seres vivos, compite con el instinto sexual.  De hecho los dos actúan en toda forma de vida y crean un asombroso juego de fuerzas opuestas: un instinto dedicado a crear la vida y otro a fomentar la muerte.  Nuestra cultura a uno lo define como el bien y al otro lo define como el mal.  Freud ya nos indicó que el juego de la vida en nuestro mundo se realizaba entre dos fuerzas: el instinto de vida y el instinto de muerte, eros y tánatos; por un lado la vida no cesa de crearse y de recrearse, y por otro lado la misma vida no cesa de matarse.  Pulsaciones de vida y pulsaciones de muerte juegan constantemente con los seres vivos, un juego que siempre tiene el mismo final para cada vida particular: será con un jaque mate como la muerte ganará la partida a toda forma de vida.  El envejecimiento será el paciente asesino que concluirá la partida a favor de una muerte que damos en llamar natural, cuando ésta no ha llegado antes por otras causas que solemos llamar violentas.  El proceso del envejecimiento y las enfermedades provocan una autodestrucción impulsada por el instinto de muerte, artífice del punto final de toda forma de vida que se ha librado de ser destruida por otras causas.

Es muy importante para nuestro estudio tener una visión clara de este importante instinto muy poco reconocido en nuestra cultura.  Se trata de una fuerza que nos induce a morir o a matar, a herir o a enfermar, a envejecer y a morir.  Es una misma fuerza instintiva muy poderosa que nuestra cultura ha disimulado y disgregado en diversidad de aspectos, probablemente por el terror que nos produciría reconocerla integra, tal y como es.  Cuando, por ejemplo, diferenciamos una muerte violenta de otra que nos parece que no lo es, es debido a conceptos culturales.  El instinto de muerte no hace distinciones, mata sin más, está programado para matar.  Es una pulsación agresiva que atenta contra nuestras vidas, ya sea de una forma o de otra, convirtiéndonos en víctimas mortales ya sea de una forma que nos parezca violenta o no nos lo parezca.

Esta visión general de la violencia nos va a servir para entender que, a pesar de todo lo que estamos luchando los seres humanos evitar ser agredidos, a pesar de haber aumentado la edad media vida, este importante instinto sigue haciendo de las suyas en nosotros, matando a muchos miembros de nuestra especie antes de lo que quisiéramos.

Aunque ya no seamos perseguidos por fieras que nos consideren su comida, ni tengamos enemigos mortales que atenten contra nuestra vida, y vivamos una paz social envidiable, el número de fallecimientos en nuestras sociedades civilizadas, antes de que la muerte por envejecimiento se produzca, continúa siendo alarmante; no ya causados por animales agresivos ni por asesinatos o por guerras, ahora son los accidentes o las nuevas enfermedades quienes los provocan.  Es como si tuviéramos siempre que pagar una cuota de muerte anticipada a la vida aunque vivamos en paz.  El instinto de muerte, cuando no te mata, te induce para que te mates; para muestra observemos como realizamos hechos que perjudican nuestra salud con toda la naturalidad del mundo, sin ser conscientes de que estamos atentando contra nuestra vida.  Hábitos perniciosos como el tabaquismo o el alcoholismo son claras muestras del instinto autodestructivo.  El elevado número de suicidios delatan que la violencia autodestructiva continúa en nuestras ejemplares sociedades.  Y en los accidentes laborales, de tráfico, o en los deportes de riesgo, nuestros jóvenes encuentran la muerte o quedan inválidos de por vida como si fueran víctimas de una guerra. 

La atracción por el riesgo de muerte que sienten los jóvenes viene impulsada por el instinto violento, que, como todo instinto, en la juventud se manifiesta con elevada fuerza vital.  Una elevada afluencia de bioenergía enerva todo organismo cuando se satisface un instinto.  El cuerpo humano se llena de vitalidad cuando se satisface el instinto sexual o el instinto violento; si el miedo o la educación no provoca una represión que bloquea el fluir de energía, naturalmente. 

Muy pocas veces se habla de la muerte como una fuerza instintiva.  Nosotros vamos a hacerlo, pues es una forma de sintetizar las fuerzas de nuestro lado oscuro que nos ayudará a comprender los hechos más tenebrosos que nos vamos a encontrar en nuestro paseo por el interior de las sectas.  Sin entender que el instinto de muerte es una fuerza más poderosa que los instintos que fomentan la vida, nunca podríamos entender las barbaridades que suceden tanto en las sectas como fuera de ellas, no podríamos entender las guerras ni los suicidios colectivos.  Por ello habremos de realizar el esfuerzo extra de mirar aquello que no queremos ver, aunque para ello tengamos que hacer de tripas corazón.  

Al hombre civilizado le cuesta reconocer que la violencia y la muerte son fuerzas instintivas de todo ser vivo, en especial cuando nos referimos a nosotros, a los seres humanos.  Porque cuando hablamos de la vida de los animales o de las bacterias podemos entender que la violencia y la muerte sean parte esencial de su supervivencia.  Pero, cuando hablamos de nosotros, de nuestra vida, a la muerte ni la vemos, o no queremos verla; y con la violencia nos sucede otro tanto.

Esta actitud “civilizada” nos ha creado un gran problema, pues ―sin ánimo de asustar a nadie―, tanto la violencia como la muerte, se rigen por leyes naturales como las leyes físicas, son fuerzas instintivas.  Al negar su existencia en nosotros, al no querer ver esas fuerzas naturales, las hemos arrojado a la inconsciencia, donde nos hemos creado un terrorífico territorio oculto lleno de fuerzas destructivas y autodestructivas que nos negamos a reconocer.  Son muy pocos los estudiosos de la mente humana que después de penetrar en nuestro lado oscuro anuncian los horrores que han visto.  Prefieren dejarnos en la inopia antes de arriesgarse a que cunda el pánico.  Prefieren que sigamos preguntándonos el porqué de nuestras desdichas, o echando las culpas de nuestros males a diestro y a siniestro, antes que decirnos la oscura verdad de la naturaleza humana.

Sin embargo, aunque nadie nos hable de nuestro principal mal intrínseco, lo podemos ver sus manifestaciones.  Por ejemplo, las horas que un televidente medio se pasa al día viendo violencia ya nos denuncia la existencia de un atractivo instinto destructivo en el hombre.  El instinto de muerte es tan seductor como el instinto sexual, especialmente cuando dichos instintos están reprimidos.  No echemos la culpa a las programaciones televisivas porque tengan excesivo terror o violencia.  Cuando en las pantallas de televisión se proyectan tan gran número de películas violentas es a causa de la demanda de la audiencia.  Un éxito cinematográfico o literario se debe habitualmente a que evoca aspectos ocultos que bullen en el interior de las personas.  Nos fascina nuestra violencia interna.  Nuestro instinto de muerte, y el pánico que nos provoca, palpita ante la escenificación cinematográfica de las fuerzas de nuestro lado oscuro.  

En nuestro estudio vamos a llamar a esas fuerzas las fuerzas del mal, las fuerzas asesinas, las que nos llevan a la muerte; son los impulsos psicológicos que no queremos ver, que censuramos.  Donde podemos incluir todo tipo de agresividad, de tendencias autodestructivas, de atracción por la muerte, de instintos asesinos, etc. 

No vamos a detenernos a analizar minuciosamente cada uno de ellos, pues nos desviaría demasiado de la meta que nos hemos propuesto en nuestro estudio.  Vamos a dedicar unos pocos capítulos a iluminar nuestro lado oscuro, enfocando nuestra atención en nuestra sociedad, antes de continuar penetrando en las sectas. 

Ya sabemos que toda fuerza humana, que no es reconocida por los seres humanos, se proyecta con suma facilidad en las realidades virtuales espirituales.  Por lo que no nos costará deducir que las fuerzas del mal nos las vamos a encontrar muy a menudo en los caminos espirituales, disfrazadas de lo que caprichosamente haya querido vestirlas el inconsciente de los creyentes.

Actitud camaleónica que no solamente atañe a las sectas, pues en nuestro mundo, en especial en las sociedades desarrolladas, también gustamos vivir los carnavales de la vida.  Así que, antes de criticar casa ajena, vamos a echar un vistazo a la nuestra.

 


 

EL PACIFISMO

 

            Solemos hablar de las sectas como si su fiesta no fuera con nosotros, pero nuestro mundo no sería como es sin ellas.  Aunque nos duela, y no seamos creyentes, somos hijos de las sectas, en especial de aquellas que alcanzaron el poder.  El no matarás y el amarás al prójimo, por ejemplo, son preceptos antinaturales, contrarios al instinto de muerte, que ha heredado nuestra cultura de antiguas sectas religiosas que consiguieron extender sus mensajes espirituales por todo el mundo.  Ideologías espirituales blancas que nos ofrecen una visión de la vida diferente a la cruda realidad, creencias con las que hemos creado un mundo irreal en nuestra mente colectiva (tal y como sucede en las sectas).

En el capítulo sobre la visión explicamos que los seres humanos somos capaces de ver mundos diferentes los unos de los otros aunque estemos mirando lo mismo.  El filtro de selección de preferencias de nuestro cerebro nos hace ver exclusivamente aquello que hemos elegido ver.  Gozamos de la belleza del mundo natural observando la belleza de las flores, por ejemplo, pero no somos conscientes de la terrible violencia que viven las plantas entre ellas.  El arbusto más insignificante, incluso el que produce las flores más hermosas, lucha a muerte con las otras plantas que le rodean por la conquista del territorio.  Toda planta intenta extenderse y reproducirse de tal forma que no duda en ahogar a todas aquellas que se le pongan por delante.  Sus raíces luchan a muerte en el subsuelo por la conquista de los nutrientes del territorio subterráneo, y sus ramas no dudan en acaparar toda la radiación solar que les sea posible; elevándose y extendiéndose hasta donde les permite su constitución, matando a cualquier otra planta que no es tan fuerte como ella, privándole del alimento subterráneo o sumiéndola en la sombra.

La idílica idea de la Naturaleza pacífica se ha extendido tanto que apenas se reconocen los terribles dramas que sufren los seres vivos a causa de las drásticas leyes naturales.  El pacifismo imperante en nuestra cultura nos ofrece una visión de la Naturaleza al estilo Walt Disney.  Admiramos los aspectos amorosos del mundo de los animales, pero obviamos la violencia que viven.  Gozamos contemplando el gran amor de una hembra por sus crías, pero no vemos el terrible drama que esa misma hembra provoca en otros animales cuando para alimentarse se come a las crías de otra familia animal, tan amorosa como la suya.

Y cuando se trata de vernos a nosotros, al ser humano, hacemos otro tanto.  Corremos un tupido velo sobre la violencia que encarnamos.  Ni nos damos cuenta que hemos matado a esas dulces crías de nuestros amorosos animalitos cuando nos comemos los deliciosos cochinillos asados ―por ejemplo― o nos hacemos un sencillo huevo frito.

            No hay por qué avergonzarse de nuestras pulsaciones de carácter violento.  Los seres humanos pertenecemos a la especie de mamíferos dominantes, depredadores supremos de la tierra.  En mí siento en ocasiones los impulsos violentos y asesinos de mi raza, soy un miembro de la especie animal más depredadora y destructora del planeta, y no me avergüenzo de ello (aunque también es cierto que no me hace sentirme orgulloso).  Este reconocimiento me permite, entre otras cosas, no ir culpando a los demás de los males de este mundo.  Es típico de la persona que no asume su instinto violento el ver muy a menudo exclusivamente la violencia en otras personas, en quienes ―según su opinión― no saben controlar sus instintos animales.

Esta negación de un instinto tan vital en nuestra sociedad provoca una importante represión en el ser humano.  El auge del pacifismo en la actualidad agrava nuestra condición de reprimidos.  Estamos asfixiando el instinto violento como nunca lo hemos hecho antes.  La llegada de la democracia ha provocado que el pueblo dictamine la extirpación de todo tipo de agresión física.  Hoy nadie desea volver a sufrir una nueva guerra.  El miedo del pueblo a ser agredido físicamente se ha impuesto en la política.  La paz es implantada por decreto aunque la guerra permanezca en nuestras entrañas.  A nuestro instinto agresivo solamente le permitimos estimularse contemplando filmes violentos, como lo haría cualquier reprimido sexual que solamente se permitiera excitarse mediante la pornografía.

No vamos a negar los beneficios del pacifismo que todos estamos disfrutando, ni que tenga un origen sincero y profundo en el alma humana; puede incluso que la paz y el amor sean unas fuerzas espirituales de mayor intensidad que lo es la violencia.  (Eso es algo que estudiaremos en los últimos capítulos).  Lo que no es correcto es que la paz y el amor se intenten imponer en nuestro mundo ocultando y negando la existencia de la violencia como intensa pulsación psicológica humana.  No es digno de nuestra cultura echar tierra sobre la violencia como lo estamos haciendo, queriendo enterrar ya de paso a los que consideramos violentos.  Para intentar desenmascarar semejante ocultación, no vamos a perder de vista a la violencia en el resto capítulos que nos quedan, intentando explicarnos su origen y la multitud de formas que adopta.  Si no vemos la realidad de nuestro lado oscuro, el poder destructivo que esconde, nuestro pacifismo continuará siendo de una fragilidad espantosa.

Mas, aunque frágil, insisto en que no podemos negar los beneficios que nos está aportando la represión de la violencia para el tipo de convivencia pacífica que hemos elegido vivir en los países desarrollados.  Aunque sea una represión inconsciente, aunque sea  una forma de engañarse, nos ha servido para disfrutar la vida olvidándonos de aquello que nos la quiere amargar.  Sin embargo, ya es hora de mejorar nuestra relación con este instinto que se nos antoja tan desagradable, pues toda represión conlleva su tributo enfermizo, y en este caso, aunque suene a sarcasmo, estamos privándonos de una vida saludable por reprimir nuestros instintos de ataque contra la vida. 

Los terapeutas más conscientes de este drama, que nos está tocando vivir, denuncian que la mayoría de las enfermedades del hombre moderno son  producidas por la represión de su agresividad.  Resulta hasta cómico observar en ciertos gabinetes de terapias a sus pacientes, personas normales, intentando descargar su agresividad dando golpes con porras de goma o tirándose cojines.  Admirables pretensiones de liberar lo reprimido; vanos intentos en aquellas ocasiones en las que una fuerte pulsación agresiva pide el derramamiento de sangre.

Los países desarrollados vivimos una gran fiesta cuando comenzamos a liberarnos de la represión sexual, fue algo que hicimos con mucho gusto y placer, sobre todo los jóvenes; fue toda una explosión festiva de vida la que sacudió a nuestras sociedades.  Ahora, sin embargo, con la violencia lo tenemos mucho más crudo: si liberáramos nuestro instinto violento también viviríamos una explosión de vida, pero sería una vida corta.  La violencia engendra violencia.  Una pequeña llamarada de violencia, si no se apaga a tiempo, puede provocar un incendio de dimensiones insospechadas, una reacción en cadena que, gracias al poder de los modernos armamentos, generaría una masiva destrucción, a un nivel universal, que tardaría en traernos la muerte mucho menos de lo que tarda en afectarnos la represión de la violencia.  Para muestra la última guerra mundial.   

No tenemos solución fácil al problema de la represión de la violencia, en realidad no tenemos, todavía, ninguna solución válida.  Por ahora no se nos ocurre otra cosa que construir cárceles y más cárceles para encerrar a aquellos que no tienen fácil reprimir su agresividad.  Las otras soluciones más aceptadas, que se proponen para erradicarla, se basan en la premisa de que la violencia no es un poderoso e incontrolable instinto innato en el ser humano.  La idea de que somos seres civilizados, muy por encima de cualquier animal, capaces de domesticar a la fiera que llevamos dentro, es la base del pacifismo.  Sin embargo, la Historia nos muestra lo contrario: que somos la especie más destructora del planeta, y la única capaz de volverse contra sí misma masacrándose sus individuos masivamente, tal y como lo hemos hecho en tantas guerras. 

Los expertos militares y los políticos más conscientes bien saben que un exceso de pacifismo en un país puede dejarle desprotegido, a merced de agresiones venidas de fuera.  Pero aun así se insiste en que la agresividad de la Humanidad es adquirida por circunstancias que se pueden evitar fácilmente, como por la educación; no se tiene conciencia de la imponente fuerza del instinto violento.  Y es que el pacifismo está de moda.  Se considera a la violencia como un instinto animal, como si no fuera nuestro, a pesar de que los seres humanos siempre hemos demostrado ser más animales que los animales.  Nuestros bebés tienen unas rabietas de tal virulencia que no se dan en ninguna cría de otro ser vivo, y nuestros acogedores nidos familiares se convierten a menudo en algo mucho peor que nidos de víboras.  La violencia doméstica salta a las páginas de los medios informativos a diario.  La guerra de los sexos es otra manifestación más de nuestra exuberante violencia.  Así como el sadismo o el masoquismo tampoco se dan en ninguna otra especie con el ensañamiento que se dan en la nuestra.  Y el odio que podemos llegar a sentir es el sello principal del mal que es capaz de generar nuestra raza.  Somos sin lugar a dudas la especie con más violencia del planeta.  También es cierto que somos la especie que más está luchando por erradicarla. 

Por mucho que se nos tache de pesimistas al leer estos capítulos dedicados a la violencia, no estamos hablando sino de la punta del iceberg.  La violencia es un mal casi irremediable de este nuestro mundo.  Y digo casi porque siempre hay que dejar una puerta abierta a la esperanza.  Si la violencia es un gran mal, puede que algún día encontremos una gran remedio.  En los capítulos finales hablaremos de ello. 

A pesar de la gravedad de nuestro estado, no tenemos porqué sentirnos derrotistas al estudiar la violencia.  Incluso podemos sentirnos afortunados en los países que llevamos disfrutando décadas de paz.  Excepto para quienes están en las cárceles, los sistemas represivos de la violencia nos han beneficiado a la mayoría; mas hemos de ser conscientes de su carácter enfermizo y de que toda represión de un importante impulso psicológico puede estallarnos en las manos en cualquier momento.  Teniendo en cuenta que reprimir el impulso violento no es igual que reprimir cualquier otro impulso humano.  Su potencial destructivo es inmenso.  Continuemos buscando nuevas formas de intentar desactivar definitivamente esta bomba de relojería, teniendo en cuenta que no vamos a conseguir erradicar la violencia definitivamente si seguimos disimulándola, negando su cualidad de intensa pulsación vital en nosotros, o echando la culpa de nuestra situación a quienes consideramos violentos. 

Antes de solucionar el problema de la violencia tendremos que ser conscientes de que ella es tal como es.  Hemos perdido la visión de nuestra agresividad a base de soñar con mundos pacíficos.  Hemos dejado de ver comida cuando observamos cariñosamente a un animal, incluso podemos ser miembros de alguna sociedad protectora de animales, aunque después nos los comamos disimuladamente en sofisticados guisos culinarios.  El hecho de que ocultemos en los mataderos las masacres de animales, que nos alimentan cada día, no nos exime de ser conscientes de las matanzas diarias que los matarifes realizan por nosotros.  Nuestra agresividad, al ser la raza más depredadora del planeta, permanece tan vigente como siempre lo estuvo, aunque la vistamos de pacífica civilización.  Nuestra naturaleza no permite que arranquemos de nosotros este instinto porque es necesario para que sobreviva toda forma de vida en este mundo en su ambiente natural.  Los cachorros del pacifismo, ante un gran cataclismo mundial que destruyera la civilización, lo tendrían muy difícil para sobrevivir si no hicieran uso de la violencia para cazar y así alimentarse.

            Si deseamos aumentar nuestro bienestar, habremos de ser más conscientes de la violencia que hay en todo ser humano en vez de arrojarla a la inconsciencia y permitir que desde allí nos siga dando sorpresas desagradables.   El sumo cuidado que se está teniendo para evitar que la violencia de nuestros jóvenes sea excitada en exceso, es semejante al férreo control represivo de la sexualidad de siglos atrás.  Y si los ambientes más castos del pasado no consiguieron acabar con la sexualidad, mucho me temo que los ambientes más pacíficos no conseguirán acabar con la violencia.

            No estoy diciendo que lo estemos haciendo del todo mal.   Probablemente, por ahora, no tengamos otra forma mejor de enfrentarnos a la violencia.  Lo que estoy denunciando es la falta de sinceridad en el sistema que estamos usando para reprimir la violencia.  Se proclama que la educación es esencial para erradicar la violencia definitivamente, algo que no es cierto.  La educación lo único que hace es cambiar la forma de aplicar la violencia, una persona educada es una persona que puede ser agresiva dentro de los límites de la legalidad.  Y, en mi opinión, no hay mucha diferencia entre la violencia legal y la ilegal.  Si me diesen a elegir entre recibir un navajazo o que me amargasen el resto de mi vida a golpe de abogados, al estilo culebrón norteamericano, no sabría muy bien con qué quedarme.  Las personas educadas, sobre todo si son adineradas y tienen poder social, pueden ejercer una violencia dentro la legalidad más dañina que la que ejercieron muchas de las personas que están en las cárceles.  Y esto lo sabemos todos.

            Por mucho que creamos que la ley de la selva ya no gobierna sobre las personas civilizadas, muchos sospechamos que sigue gobernando en el mundo.  La educación puede servir para negar que sigue vigente la ley del más fuerte, para negar el poder de la violencia, para reprimirla, pero un instinto reprimido puede estallarnos en las manos cuando pensamos que lo estamos controlando.  Nadie calma su sexualidad ―por ejemplo― pensando que no existe la fuerza del sexo.  Nadie calma su hambre pensando que no necesita comer.  Nadie calma su agresividad pensando que no es violento.  Todo instinto pide manifestarse en su función, este educado, reprimido o negado. 

La sinceridad de nuestros ancestros al respecto no dejaba lugar a dudas, en sus actividades religiosas no cesaba de aparecer la muerte mediante rituales violentos, incluyendo los sacrificios humanos.  Aquellas gentes reconocían el aspecto asesino de la vida y le rendían culto exigido por sus dioses.  Después, a medida que nos fuimos civilizando, nos alejamos de esa sinceridad natural, y elegimos ser más pacíficos, y nos engañamos creyendo en realidades virtuales espirituales que condenan la violencia aunque ella siga reinando en la vida. 

Pero, aunque nuestra pacífica religiosidad haya conseguido disimular las fuerzas de nuestro lado oscuro, no ha podido evitar que continúen representadas allí donde se manifiesta la atmósfera sagrada.  Recordemos que la experiencia sagrada extrae de nosotros “todo” lo que llevamos dentro, y en el caso de la violencia, por mucho que deseemos no verla, también es representada en los mundos espirituales.  Las vías esotéricas o religiosas más pacíficas contienen en sus verdades reveladas todos los aspectos violentos reprimidos, ya sea el aspecto agresivo, el de víctima, la autodestrucción, o el pánico que todo ello produce.  Pero son escenificados de tal forma que aparecen aparte de nosotros, como si esa violencia no fuera nuestra, sino de dios a través de su ira divina, o de su amenaza apocalíptica, o del demonio a través de la maldad infernal, o como consecuencia de un karma irremediable.  Así, las fuerzas de nuestro lado oscuro quedan reflejadas en las realidades virtuales espirituales.  Los lugares y personajes tenebrosos de los que nos hablan las religiones, al igual que las leyes implacables espirituales, fueron creados por nuestras tenebrosas realidades internas.

Y conviene recordar que el hecho de no creer en el demonio, o en cualquier realidad violenta espiritual, no nos libra de nuestra maligna realidad.    Aunque en la actualidad hayamos conseguido disimular nuestro lado oscuro, sus fuerzas estén muy disimuladas por las ideologías blancas, el pacifismo reine en nuestro mundo, y nos sintamos muy orgullosos de él; no olvidemos nunca que esas pasiones o instintos destructivos permanecen al acecho dispuestos a darnos algún que otro disgusto atacándonos por sorpresa.

Olvidemos por un momento el empeño generalizado de echar tierra sobre el lado oscuro de la existencia, donde reside el instinto de muerte, nuestro instinto de muerte en especial, porque será precisamente ese instinto el que termine por echar tierra sobre nosotros.

Aunque no seamos creyentes, vivimos afectados por el ímpetu predicador de las religiones blancas que durante siglos condicionaron nuestra cultura.  La mayoría de nosotros soñamos con alcanzar estados felices donde solamente reina el bien, cuando en realidad sigue hirviendo el mal en nuestra sangre.  El gran mediador pacifista de nuestra civilización, Jesucristo, se desgañitó por inculcarnos el amor a los demás y el rechazo a la violencia, pero no pudo evitar que sus seguidores protagonizaran sangrientas agresiones a lo largo de la Historia.  Mas he de reconocer que algo hizo, pues, de no ser por su ideología religiosa, probablemente no hubiera sido posible nuestro progreso en los últimos siglos.  La paz que nos ha inducido a vivir el cristianismo, su influencia en nuestros valores éticos, ha sido fundamental para crear ese ambiente necesario donde creció nuestro progreso.  Aunque haya sido una paz conseguida a través de la represión de la violencia, bienvenida sea.  Probablemente otras religiones u otras vías espirituales, utilizando diferentes métodos, no lo hubieran hecho mejor. 

Añadir que la represión de la violencia, a un nivel individual, en muchas ocasiones no alcanza cotas de extrema gravedad, pues los impulsos vitales violentos suelen encontrar salidas por los sitios más inesperados por mucho que se les intente encerrar.  La Naturaleza es muy sabia.  El pacifismo de aquellas personas que se consideran pacíficas, sorprendentemente, casi siempre esconde algún escape de agresividad contra quienes ellas consideran personas violentas.

 


SECTAS TERRORISTAS 

            A diferencia del resto de animales del planeta, los seres humanos, debido a nuestra inteligencia, necesitamos encontrar una explicación racional a los instintos irracionales que nos pueden llegar a hervir en las entrañas.  Habiéndonos negado hace siglos a considerarnos tan animales como los animales, intentamos racionalizar las pulsaciones psicológicas más oscuras de nuestra mente. Tan importante es esto para nosotros, seres inteligentes, que si no encontramos razones que nos justifiquen los impulsos irracionales, nos las inventamos.

            En lo referente al sexo, como todos ya lo hemos reconocido como fuerza natural innata de todo ser vivo, no necesitamos justificar su práctica, lo hacemos sin más, y con mucho gusto.  Pero con el impulso psicológico de la violencia lo tenemos mucho más crudo, ya que, como no lo aceptamos como impulso natural, necesitamos casi siempre justificarlo.  Y para ello nada mejor que inventar enemigos para satisfacer “razonablemente” la necesidad de agredir.  Necesitamos alguna razón para atacar, para eso somos seres inteligentes.  Algo que no es problema, pues nuestra inteligencia se pone muy a menudo al servicio de la satisfacción de los instintos más insospechados.

            A lo largo de este libro venimos recalcando la peligrosidad que existe tanto en las sectas, como en las religiones, como en cualquier otra vía esotérica o espiritual, a la hora de engendrar agresividad hacia quienes no creen en lo que ellos creen y hacia quienes no sienten lo que ellos sienten.  Los más altos valores del espíritu humano caen por tierra muy a menudo a causa del instinto de la violencia.  Grupos, sociedades, religiones o sectas dedicadas a las más altas metas de la espiritualidad, convertidas en incubadoras de agresividad.

            No hace falta extendernos demasiado en las causas de la violencia terrorista de los creyentes, ya hemos visto la mayoría en anteriores capítulos, importantes semillas que pueden crear sectas terroristas de origen religioso; aunque todavía nos quedan otras causas por estudiar también importantes.  La principal causa que justifica los ataques es la “creación del enemigo”.  Los patrones típicos enfrentados son el del creyente contra el infiel, el del santo contra la persona endemoniada, el de la persona religiosa contra el hereje, etc.  Dándose muy a menudo la circunstancia de que cada bando de la contienda califica a las personas del bando contrario de herejes endemoniados mientras ellos se consideran santos creyentes.

            En la Historia tenemos multitud de ejemplos de grandes contiendas bélicas por estas insensatas causas.  Y en la actualidad todavía tenemos que padecerlas.  No cabe duda de que creer en dios, además de ser una creencia ilusoria, es muy peligroso; pues cuando se tiene fe en un dios cualquiera, a la vez se piensa que las personas que no creen en él son despreciables infieles, seres inferiores porque no conocen la verdad, cuando no temibles demonios herejes que hay que borrar de la faz de la Tierra.

            El terrorismo religioso es muy peligroso porque el fanático creyente no cree que está haciendo mal alguno ni agrediendo a su prójimo, él piensa que está matando demonios; puede ni llegar a ver el daño que hace, su vista está más puesta en el paraíso prometido, o en su cegador dios, que en la sangre que derrama cuando está degollando a sus víctimas.

            Los adeptos de una secta terrorista religiosa bendicen estas matanzas.  Sus sangrientas actividades son sagradas, benditas por su sádico dios de turno.  Y no estoy hablando de dioses extraños, hablo también de “él” que todos conocemos en los países occidentales.  Todos han bendecidos guerras, santas cruzadas contra los infieles.  

            Y el hecho de que ahora vivamos en paz en los países civilizados, no debiera de hacernos olvidar que nuestro imperio occidental se construyó a golpe de guerras santas, y que todavía existen países o grupos religiosos que intentan continuarlas por su cuenta, descontentos con los resultados de aquellas sagradas contiendas.  Pensamos que las guerras santas ya no van con nosotros, que la violencia religiosa es cosa de delincuentes terroristas, cuando en realidad esta es una guerra en la que llevamos milenios implicados. 

La justificación de la violencia subyace en las creencias religiosas.  No hay forma mejor de justificar el ataque al prójimo que a través de la fe en dios,  aunque éste sea un dios bondadoso.  ¿Cuántas matanzas de infieles ha dirigido el mismo dios que decretó el no matarás?  Rara es la batalla religiosa del pasado en la que cada uno de los contendientes no se sentía apoyado, inspirado y bendecido por su pacífico dios particular.  Y mira que ha habido batallas y guerras santas a lo largo de la Historia.  Y, repito, aunque presumamos de un flamante pacifismo, no nos engañemos, todavía estamos en guerra, santa para más datos. 

Los fanáticos terroristas religiosos, que nos pueden estar amargando nuestra gozosa paz, se consideran seres celestiales, santos salvadores de su pueblo destinados a defender la gloria divina; mientras que a nosotros nos consideran seres infernales, miembros de un imperio opresor demoníaco.  Actitud beligerante con muchos siglos de historia.

El terrorista religioso está usando los patrones de comportamiento de muchos de nuestros héroes históricos, de aquellos santos guerreros que haciendo uso de la espada lucharon contra los infieles opresores.  No podemos calificar a nuestros santos del pasado, que sembraron el terror entre las líneas enemigas de los infieles, como admirables héroes celestiales, porque pusieron los cimientos de nuestras naciones; y a los terroristas religiosos, que perturban nuestra paz en la actualidad, calificarlos de despreciables locos fanáticos porque intentan desestabilizar nuestro imperio, cuando están haciendo lo mismo que hicieron nuestros santos héroes históricos.  No podemos ser tan interesados en nuestros juicios, nuestro nivel cultural exige una objetividad histórica más exigente, tanto para comprender el pasado como el presente.

La mayor parte del terrorismo religioso tiene su base en el tercer mundo, unido casi siempre a reivindicaciones políticas o sociales.  El terrorismo surgido en los países subdesarrollados todavía puede continuar apoyándose en ideales revolucionarios dignos de morir por ellos.  El hambre y la libertad de un pueblo siempre ha merecido la pena una revolución, una lucha armada para conseguir unos derechos humanos dignos para la población. 

Cuanto más nos esforcemos en extender los derechos humanos por todo el mundo, menos motivos tendrán los grupos terroristas para continuar con su revolución. 

En el tercer mundo están viviendo una etapa de su historia semejante a la que nosotros vivimos hace siglos, su etapa de evolución histórica lleva varios siglos de retraso con respecto a la nuestra.  La forma de actuar de sus líderes es semejante a la de muchos de nuestros grandes personajes históricos.  Sencillamente están imitando el comportamiento de nuestros héroes, de aquellos revolucionarios terroristas, santos mártires en ocasiones, que derrocaron a un viejo imperio y consiguieron crear nuestro nuevo mundo a partir de sus cenizas.

Si no somos capaces de ver nuestro pasado histórico con objetividad e imparcialidad, mal vamos a comprender nuestro presente.  Si nosotros somos los civilizados pacifistas, a nosotros nos corresponde dar el primer paso de acercamiento.  Es una larga distancia a recorrer, pero alguien tiene que empezar por reducirla para intentar solucionar el problema del  terrorismo religioso.  Utilizando métodos represores tenemos muchas probabilidades de acabar como acabaron tantas civilizaciones masacradas por el terrorismo religioso-político.  Quizás sea la unión de la política con la religiosidad la fuerza humana más destructiva.  No hay nada más peligroso que un guerrero creyente en que su dios le ha concedido el derecho a matar para “salvar” a su pueblo.  Y no digamos lo peligroso que resulta para todo el mundo un ejército de estos “iluminados” guerreros.  En sus manos cayeron grandes imperios.  Y conviene recordar que en la actualidad el imperio somos nosotros. 

No es de extrañar que temamos a las sectas y usemos todas nuestras “armas pacifistas” contra ellas.  Los medios de comunicación no cesan de machacarlas.  Vano empeño de intentar derrotar a un tipo de asociaciones que siempre tuvieron la fuerza de mover el mundo. 

Con Estados Unidos a la cabeza, los países desarrollados occidentales formamos un grupo imperialista condenado frecuentemente por dirigentes religiosos de países subdesarrollados.  Nuestro régimen de libertades lo observan como un peligro para sus estrictas normativas religiosas.  Somos demonios de un libertinaje infernal.  Para ellos está justificada la guerra santa.  Y a nosotros sólo nos queda defendernos y demostrarles que no somos demonios.  Para ello no hace falta que tengamos que vestirnos de santos, con dejar de comportarnos egoístamente con el tercer mundo, dejando de llevarnos la mayor tajada de la tarta mundial, y acogiendo dignamente a los países subdesarrollados en nuestro sistema, será más que suficiente. 

Aunque puede que no sea fácil dejar de ser los egoístas materialistas que siempre hemos sido, pero es necesario hacerlo para que nos empiecen a quitar de la cabeza los cuernos que muchos creyentes religiosos del tercer mundo nos han puesto.  Si no lo hacemos, es posible que sus ataques destructivos acaben con nuestro sistema.  Nos va a salir más barato empezar a repartir nuestras riquezas con los pobres de este mundo antes de esperar sentados a que nos las quiten.

La diferencia de clases es nido de conflictos sociales y de violencias revolucionarias terroristas.  El capitalismo, aunque es capa de elevar el nivel de vida de los ciudadanos de los países desarrollados, tiene dificultades para enriquecer al tercer mundo.  Todo lo que hagamos a favor de reducir las diferencias sociales entre países, lo haremos a nuestro favor para reducir el riesgo de atentados.  Si ayudamos a las gentes del tercer mundo a conseguir los derechos humanos, reduciremos tremendamente el riesgo del terrorismo tanto religioso como político.  La igualdad social es esencial para la paz social.  Cuando el pueblo tiene pan y libertad es menos propenso a dejarse enganchar por violentos fanatismos religiosos.  En cuanto el desarrollo económico llega a un país se vacían los conventos.

Pero, aunque nos esforcemos por implantar en el mundo un régimen de igualdades sociales, conviene recordar que las religiones crean enormes desigualdades entre los hombres.  Las creencias religiosas crean diferencias de clases tan peligrosas como las diferencias de clases sociales.  Las elites de elegidos por diferentes creencias no han cesado de generar contiendas bélicas entre pueblos de status sociales semejantes.  Aunque no haya reivindicaciones económicas y políticas de por medio, el fanatismo místico por sí solo también puede convertir al creyente en un terrible kamikaze deseoso de morir mártir matando al enemigo demoníaco, ganándose así el paraíso eterno; toda una terrorífica gloria.

 Podemos observar, incluso en las religiones pacifistas, en las bases de sus creencias, una agresividad racista, contra aquellos que no pertenecen a su religión, condenándolos al infierno por ser incrédulos de su fe; y salvándose ellos, por su fe, también, naturalmente.  Esta agresividad ideológica religiosa genera por parte de quien no la comparte, o comparte otra diferente, una postura defensiva u ofensiva contra la ideología que lo califica de persona no digna; generándose por estas causas temibles enfrentamientos que masacraron a los pueblos a lo largo de la Historia de la Humanidad, ya sea por luchas entre clanes sectarios o entre naciones de religiones diferentes.

            Un ejemplo lo encontramos en la historia del pueblo hebreo.  Desde que comenzó su historia hace miles de años, no ha cesado de verse inmiscuido en contiendas bélicas.  A pesar de considerarse el pueblo elegido, ha vivido a lo largo de su existencia persecuciones y masacres terribles.  El holocausto que padeció en la segunda guerra mundial se engendró sobre la base de las diferencias raciales entre clanes religiosos o esotéricos,  Hitler intentó borrar del mapa a esta raza milenaria impulsado por ideales racistas elaborados en el seno del clan sectario esotérico al que pertenecía.

            En la actualidad, conscientes de las terribles consecuencias que toda discriminación de este tipo puede acarrear, en los países desarrollados estamos esforzándonos por ser más permisivos con las diferencias raciales o religiosas.  Estamos llegando al punto de considerarnos todos iguales, aunque seamos de diferentes razas o sigamos diferentes credos.  Ahora bien, dudo mucho, que los creyentes religiosos también estén dispuestos a considerarnos a todos iguales.  La mayoría de las realidades virtuales espirituales crean enormes diferencias entre aquellos que creen en ellas y las viven, y entre quienes no creemos ni las vivimos.  Las verdades reveladas son sistemas tremendamente racistas.  Necesitarían cambiar sus cimientos y ampliar sus cielos particulares para hacernos un hueco a quienes no creemos en ellos.  Arduo trabajo que puede concluir con una gran desilusión para el creyente, pues cantidad de personas vulgares, que se convirtieron de la noche a la mañana en miembros de alguno de los clanes de elegidos para salvar al mundo, tendrían que volver al vulgar montón donde estamos los demás, y eso puede defraudar un poco.