TERRORISMO POLÍTICO

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           Siempre ha sido habitual que todo imperio tenga que combatir contra sus bárbaros terroristas particulares.  Y, como venimos diciendo, ―sin ánimo de asustar a nadie― la caída de todos los imperios ha sido propiciada por el ímpetu de esos bárbaros.  Ahora bien, en cuanto los bárbaros derrotaban al imperio, y empezaban a gobernar y a escribir ellos la Historia, se convertían de la noche a la mañana en los grandes héroes históricos de las nuevas naciones, a las que levantaban de las ruinas que ellos mismos habían causado.  Naciones a las que les volvían a crecer nuevos grupos de bárbaros terroristas disconformes con el nuevo sistema de gobierno, y vuelta a empezar. 

Son los juegos de guerra que llevamos jugando desde hace milenios.  La violencia no ha cesado de manifestarse en nuestra Historia tanto en el comportamiento individual como colectivo.  La agresividad siempre ha sido considerada como un medio válido para conseguir cambios políticos.  Pero, en la actualidad, nuestros viejos juegos de guerra se han visto perturbados por el desarrollo científico.  Las ciencias han mejorado la capacidad destructiva de los armamentos, el control de las masas y el bienestar de los ciudadanos, especialmente en las sociedades civilizadas.  Tres aportaciones tecnológicas que han cambiado notablemente las características de la violencia política.  

La elevada capacidad destructiva de las armas atómicas ha conseguido que se tema como nunca se han temido a los conflictos bélicos.  El miedo al holocausto nuclear, no deseado por nadie, ha detenido las grandes guerras mundiales.  Sin embargo, las pequeñas guerras, las viejas guerrillas, contra las que no se puede usar el poder atómico ―porque sería como pretender matar hormigas a cañonazos―, continúan igual que siempre; aunque también han sufrido notables modificaciones causadas por el desarrollo tecnológico.  Los grupos de guerrilleros están compuestos ―como siempre lo estuvieron― por sectas de cariz político, con connotaciones religiosas muy frecuentemente, en lucha contra el poder dominante; pero, en la actualidad, la moderna tecnología ha aumentado considerablemente su capacidad de atacar, de tal forma que pueden conseguir una enorme capacidad destructiva con un pequeño número de guerrilleros.  El desarrollo científico favorece de esta forma al terrorista, pero, como los gobiernos de las diferentes naciones no son mancos, también usan los avances científicos para combatir a las guerrillas.

Ya el progreso tecnológico de una nación puede favorecer de tal forma el bienestar de los ciudadanos que muy pocas personas son capaces de dejarse convencer por ideales revolucionarios.  Las grandes revoluciones sociales fueron estimuladas por las penalidades y el hambre que padecía el pueblo.  El estado del bienestar de los países desarrollados da muy poco margen para que un ciudadano se juegue la vida por un cambio político.  Pero, aún así, existen descontentos dispuestos a entrar en los viejos juegos de guerrillas.  Las luchas por el control del territorio o por las riquezas son las causas más frecuentes por las que combaten los guerrilleros terroristas.

Pero, la mayor arma que la tecnología pone a disposición de los gobiernos, en contra de los revolucionarios, es el control de las masas mediante la manipulación de los medios de comunicación.  Raro es el país que en sus medios de comunicación trata a los terroristas, que le ha tocado en suerte padecer, como a los de otros países.  La objetividad informativa se nubla por el furor del contraataque contra quien ha atacado primero.  Los gobiernos se esmeran en primer lugar por ocultar en los informativos los valores por los que luchan los terroristas que atentan contra su sistema de gobierno, y, en segundo lugar, los presentan al pueblo no como revolucionarios, sino como peligrosos delincuentes de los que hay que huir como del diablo; de esta forma se intenta posicionar a la mayoría de la población en contra del movimiento revolucionario.  Sin embargo, cuando se habla en los medios de comunicación de otros grupos terroristas que atentan contra otros países, no se tiene dificultades paras calificarlos de guerrilleros revolucionarios.

Espero que todo lo que vamos estudiando en este libro sobre las sectas, y todo lo que nos queda por estudiar, nos ayude también a entender el fenómeno del terrorismo político.  Ya hemos comentado que nuestra sociedad actúa como una secta dominante, y que desde la visión subjetiva de una secta es muy difícil comprender al resto de las sectas, especialmente si nos están agrediendo.   Pero nuestra evolución cultural ―si no es frenada por intereses de baja cultura― tarde o temprano tendrá que alcanzar a entender a las sectas que no piensan como nosotros, incluso a aquellas que nos están agrediendo. 

No cabe duda de que nuestro futuro es muy emocionante.  El desarrollo científico ha revolucionado los métodos de combate de las viejas guerrillas, aunque los impulsos esenciales del terrorismo político sean los de siempre.  Los terroristas ideológicos que nos están amargando la vida están imitando el modelo mítico del héroe.  Están cumpliendo con un ritual revolucionario que nunca ha cesado de manifestarse en nuestro mundo.  Y nuestro interés por erradicar el terrorismo es el mismo interés que todo imperio del pasado tuvo por mantener su hegemonía mundial.

Tanta indignación y sorpresa por los atentados terroristas da la sensación de que se nos ha enseñado en las escuelas una Historia descafeinada e interesada.  Si hubiéramos aprendido bien nuestro pasado histórico no nos sorprenderíamos de lo que nos está deparando el presente.

No es mi intención hacer apología del terrorismo, ni justificarlo.  Sencillamente estoy intentando comprenderlo, siguiendo en la línea principal de este libro.  Es necesario clarificar aspectos habitualmente nublados por la subjetividad de las pasiones con las que nuestra sociedad afronta los problemas que nos crean las sectas, en especial las terroristas.  Y quizás ni aun así podamos solucionar el problema del terrorismo, pero al menos seremos más conscientes de lo que está sucediendo y de lo que estamos haciendo.

Para comprender el terrorismo sectario es necesario primero comprender nuestras reacciones ante él.  No creo que sea una visión objetiva el considerar a los terroristas la peor lacra de la sociedad, asesinos natos y delincuentes comunes, sin ninguna ideología; cuando ellos, apoyándose en nuestros propios patrones históricos, se están considerando los valientes héroes liberadores de nuestro tiempo, santos en muchos casos.  No es serio considerar héroes del pasado a los terroristas que ensalzan nuestros libros de Historia, porque lucharon contra imperios presumiblemente opresores, y a los actuales terroristas, que están siguiendo las mismas pautas de comportamiento, considerarlos despreciables delincuentes.  Se nos nota demasiado que somos nosotros los que estamos escribiendo la Historia.

Un acercamiento de posturas es necesario para acallar el diálogo de sordos.  Si un gran número de países occidentales, haciendo un alarde de pacifismo, están siendo capaces de no llevar a la horca ni a la guillotina a todo revolucionario que atenta violentamente contra su poder, también pueden ser capaces de intentar comprenderlos, al menos un poco.  Una visión global de la violencia y de sus típicas justificaciones nos ayudaría a ello.  El tremendo distanciamiento en las posturas ideológicas, y la terquedad de sostenerlas invariables, solamente consigue mantener en pie de guerra al terrorismo.  Es necesaria una visión global y profunda del problema.  La persecución, captura y condena de los activistas y de los líderes terroristas políticos, no es la solución definitiva.  Hemos de tener en cuenta que esas personas suelen estar apoyadas por parte de la población, son representantes de grupos humanos.

 Cuando el terrorismo político afecta a un país, no está nada mal que dirigentes de otros países ayuden a negociar la paz, pues su falta de apasionamiento puede ayudar a comprender y a solucionar el conflicto.  Es ridículo observar como dirigentes de ciertas naciones se prestan a negociar la paz con terroristas revolucionarios de otros países, y son incapaces de permitir que otros diplomáticos de otros estados les ayuden a negociar una paz con los terroristas de su propio país.  Es muy difícil ser objetivo cuando se está metido en una guerra.  Por esta razón, alguien venido de fuera, ajeno al conflicto, puede tener una visión más objetiva y ayudar a calmar los brotes de violencia de ambos bandos.  Cuesta reconocer a la violencia y al instinto de muerte disfrazados de heroísmo, de amor patrio, o de defensa propia cuando se está en guerra.  Es muy difícil que cada una de las partes en el conflicto asuma su responsabilidad.  La culpa siempre la tiene el contrincante.

Aunque no me cabe ninguna duda de que lo expuesto en este capítulo no les sorprenderá a los políticos más intransigentes con el terrorismo.  Seguro que ellos son capaces de comprender muy bien a los terroristas e incluso de acceder a sus exigencias.  Pero si lo hacen, si un gobierno no es implacable con el terrorismo, se expone a que le crezcan los grupos terroristas como setas en el bosque.

Nuestra flamante democracia, erigida como bandera de paz, da para justificar muchas guerras.  A pesar de los indudables beneficios que la democracia aporta sobre otras formas de gobernabilidad, no es una forma de gobierno perfecta, garantía de paz.  Las inamovibles fronteras de los países democráticos ―por ejemplo― son resultado de viejas guerras, líneas imaginarias que se trazaron con sangre, a base de contiendas bélicas, de terrorismo oficial; y siempre ha habido grupos sociales de revolucionarios, disconformes con ellas, dispuestos a cambiarlas iniciando su guerra particular.  Pensar que todo el mundo tiene que estar contento con esas líneas imaginarias, habitualmente innegociables, es una vana ilusión.  Grupos de violentos independentistas luchan por conquistar o reconquistar un territorio que consideran suyo en muchos países del mundo.  Y otro tanto podríamos decir sobre la distribución de la riqueza.  La globalización de la economía está condensando las riquezas mundiales en manos de unos pocos, una situación que puede ser utilizada como pretexto para iniciar revoluciones.

Y no olvidemos tampoco el recuerdo histórico como motivo de lucha, muchas de las actividades terroristas se apoyan en parte de la población que mantiene el odio en su sangre porque sufrieron masacres en pasadas guerras.  Perdedores de viejas contiendas bélicas, que nunca se dieron por vencidos, utilizan las guerrillas para llevar a cabo su contraataque; manteniendo viva la lucha armada de una guerra que el resto de la población ya ha olvidado.

Justificaciones y justificaciones para dar paso al poderoso instinto violento, al fin y al cabo el arma más poderosa que los terroristas siempre tuvieron a su favor.  Implacable instinto que subyace tras toda guerra, impulso irracional al que gustamos tanto justificar los seres humanos cuando estamos en guerra, a pesar de lo irracional de toda guerra. 

Si el terrorismo tiene muy difícil solución es porque está fomentado por el poderoso instinto violento.  Fuerza que ha movido el mundo, y puede que lo continúe moviendo por mucho que pretendamos impedirlo.  Ya sea por reivindicaciones políticas, económicas, territoriales, o sencillamente legislativas, todavía continúa fascinando la revolución armada contra el imperio.  Muchos de nuestros jóvenes necesitan muy pocos argumentos para liberar su reprimida agresividad, una pequeña causa reivindicativa puede ser suficiente para hacerlos vestirse de héroes y atacar a la paz social.  Es un viejo costumbrismo que los jóvenes encarnen la violencia revolucionaria de los pueblos.  Y en estos tiempos de pacifismo, al quedar su violencia instintiva sin justificación, se puede aliar muy fácilmente con cualquier objetivo revolucionario.  Apostaría que un alto porcentaje del apoyo social que ostentan algunos grupos terroristas, en los países desarrollados, no es debido principalmente a las razones que esgrimen para matar, sino provocado por el viejo impulso instintivo de atacar al poder en el gobierno.  Se trata del mismo instinto animal que propicia el ataque, de los animales jóvenes de una manada, al macho dominante para arrebatarle el poder.

Los instintos continúan siendo fuerzas incontroladas a pesar de todos los esfuerzos que los hombres estamos haciendo por controlarlos.  Espero que, en estos últimos cinco capítulos, haya conseguido mostrar cómo el poderoso y camaleónico instinto de muerte anda suelto por nuestra moderna sociedad tal y como siempre anduvo por el mundo.  La visión de su fantasma por nuestra casa puede que nos ayude a comprender su permanencia en casa ajena.  Sabiendo ya que no es habitante de casa alguna en particular, sino huésped del ser humano, instinto del hombre, de la vida.

 Vamos a continuar la inmersión en nuestras entrañas, visitando otras casas llenas de amor, de religiosidad y de paz, donde ―como en cualquier lugar― el terrible instinto de muerte hace su aparición de las formas más sorprendentes, incluso cuanto más se quiere evitar.  No sé si seremos capaces de llegar al fondo, pero si conseguimos iluminar nuestro lado oscuro un poco más, yo me daré por satisfecho.